dilluns, 29 setembre de 2008

Sector 4, fila 14, número 23

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Esas coordenadas corresponden al lugar donde recibí mi bautismo en Mestalla. Sucedió el 26 de Septiembre, hace más de 40 años. Sé que para todos el primer día queda grabado en la memoria de forma indeleble. También, por supuesto, es mi caso. Era domingo, el Valencia recibía al Córdoba y la hora y la temperatura eran ideales. Se hacía suavemente de noche, corría una ligera brisa. Como cualquier niño que va de la mano de su padre por vez primera a ver un partido, me sentía el más feliz del mundo. Fue un descubrimiento que me cautivó. El césped, las luces, el gentío, la salida de los equipos, el marcador iluminado, las banderas, los goles y el triunfo. Un torrente de sensaciones me invadieron y, probablemente, marcaron el rumbo de mi vida. No es una petulancia, constato la realidad. Desde aquella jornada inolvidable, contaba los días que quedaban para repetir la experiencia. No siempre lo lograba. Mi padre, mi tío y un amigo tenían los tres abonos juntos y no era fácil acomodarme en ese espacio salvo que fallara el amigo, cosa que, para mi satisfacción y también incredulidad, sucedía en muchas ocasiones. Aquel hombre prefería quedarse en casa los días de partido y sólo iba a los choques más atractivos.

Eso significaba que me tocaba ver a los equipos de segunda fila. No me importaba. Les tengo afecto a los rivales de aquella época aunque la mayoría sobreviven con más pena que gloria en la actualidad. Años atrás, el Pontevedra, el Elche, el Sabadell o Las Palmas eran asiduos de Mestalla. En aquellos años sesenta el campo desprendía aromas propios; una mezcla arrebatadora e intensa, el césped fresco y el humo del tabaco, la gente perfumada vestida de domingo con traje y sombrero. Estampas del pasado, los grises formados ante la boca de vestuarios, los camilleros de la cruz roja desfilando por los laterales y un sinfín de ritos que han quedado sepultados por la llegada de nuevos tiempos. Es lo que había. Ni tele, ni fotos en color, salvo los carteles anunciadores de los partidos que llevaban la publicidad de Danone o de Cervezas Turia. Y los cromos, claro está. Tuve suerte. En mi primer año el Valencia ganó la Copa y volví de nuevo a Mestalla para recibir a los campeones. Subí hasta anfiteatro, nunca había visto el campo desde ese ángulo y todo me parecía extraño. Las sillitas de madera, aquellos potentes focos y la enorme altura de esa grada que solía ver desde enfrente. El equipo no llegaba y se palpaba la impaciencia hasta que empezaron a sonar las tracas. Hubo gente que se tiró al campo y la policía los sacó a empujones. Vi la copa de lejos. El capitán era Roberto y la multitud cantó con pasión el himno regional.

Ante la desaparición de Mestalla me consuelo siempre con la misma idea. En realidad, Mestalla ya no existe. El campo y el equipo de los que me enamoré perdidamente ya han desaparecido. Es duro pero cierto a la vez. Mi padre hace demasiado tiempo que murió y el fútbol como la vida no ha dejado de cambiar. Acepto esa inevitable evolución y no quiero caer preso de la nostalgia. Me dolerá el momento del adiós de Mestalla pero tengo asumido que la despedida ya tuvo lugar sin que fuera realmente consciente del momento. La inocencia te juega malas pasadas. Me considero feliz por haberlo vivido y por haber tenido el honor de haberle escrito a Mestalla un libro. He pagado así la deuda afectiva que tenía pendiente. Cuando miro atrás se acumulan los recuerdos: la liga del 71, la figura majestuosa de Kempes, días de angustia y de alegría, goles providenciales en el descuento, reveses dolorosos y momentos de ilusión, tantos instantes únicos que permanecen por siempre no sólo en la memoria sino también en el corazón.


Paco Lloret
Socio del Valencia CF
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divendres, 26 setembre de 2008

Banqueta visitant. RC Deportivo de La Coruña

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Las lecciones de Mestalla.


Conozco Mestalla por los medios de comunicación. Hablan de una afición fiel, entendida, exigente, que nunca falla y con un gusto especial por el buen fútbol, lo que la convierte sin duda en la mejor afición de España (ahí está Naranjito para atestiguarlo). Nunca me atrevería a poner en duda estas afirmaciones de la siempre objetiva y rigurosa prensa deportiva nacional , pero reconozco que ciertas traumáticas experiencias dibujaban en mi mente un paisaje muy diferente. Algo no cuadraba. Yo debía estar equivocado.

Después de todo, fue en Mestalla donde el Depor empezó su actual recorrido en la primera división. Lendoiro, que consideraba el reto de la permanencia como algo demasiado sencillo, prefirió apostar por las emociones fuertes colocando en el banquillo a Marco Antonio Boronat al frente de un grupo de veteranos descatalogados. En su primer partido en la división de honor, tras 20 años en el pozo, el equipo fue recibido con cariñosos aplausos por los valencianistas que incluso nos permitieron abrir el marcador por medio de Sabín Bilbao. Mi primer gol de primera. Poco importó que Rommel y Roberto pusieran las cosas en su sitio. Ya estábamos aquí.

Casi tres años después, temporada 94/95, el Depor hacía su visita anual a Mestalla en circunstancias bien distintas. El partido no era una final para ninguno de los dos: el Depor venía de perder varios partidos seguidos a domicilio y el Valencia llevaba una temporada irregular lejos de sus objetivos iniciales. Sin embargo, los simpáticos jugadores ches caldearon el ambiente previo recordando el mal trago sufrido durante la primera vuelta en Riazor cuando el rencoroso público coruñés les pitó, increpó e insultó antes, durante y tras el partido, culpándolos por la liga perdida ¡4 meses antes!. No entendían nada, se sentían heridos y pedían a Mestalla que pusiera las cosas en su sitio.

Y Mestalla respondió.

Los jugadores deportivistas saltaron al césped ante la atronadora pita de una grada coloreada por pancartas que los (nos) llamaban llorones, perdedores, fracasados, cagones (por destacar los calificativos más elegantes), recordaban el penalti fallado por el innombrable (con sus trágicas consecuencias) y celebraban el último título de liga blaugrana (ese equipo hermano). El jaleo duró todo el partido y hasta a los comentaristas de la telegaita (habitual nido de celtarras) les parecía una reacción desproporcionada. Poco entendían ellos que el valencianismo trataba de darnos una lección de madurez y que para llegar a ser un equipo grande (como ellos) no se pueden montar pataletas cada vez que se pierde una mísera liga. Aprendimos la lección y, de paso, ganamos el partido.

En las siguientes temporadas han sido muchos los jugadores que defendieron las camisetas de ambos equipos en Mestalla, partidos buenos y no tan buenos, victorias de unos y otros, goles de todos los tipos (hasta marcó el bueno de Mauro Silva), jugadas polémicas, partidos suspendidos y reanudados sin público…..y ahora parece que este domingo será la última vez que Depor y Valencia comparezcan en ese escenario porque Mestalla será primero cerrado y posteriormente destruido.

Ya están tardando.


J. Bermúdez Rivera
Socio del RC Deportivo de La Coruña
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dimarts, 23 setembre de 2008

La culpa es del burro

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Tengo un amigo que, cuando quiere insultar a alguien, simplemente lo llama tonto. No recurre a los socorridos cabrón, hijoputa o lindezas de mayor sonoridad, sino solamente tonto. Un día le pregunté el porqué de esa extraña perversión lingüística que convertía a un calificativo tradicionalmente considerado como blando en el grado máximo del insulto. Es el insulto más real que existe, me contestó. Tenía razón. Cuando llamas a alguien cabrón no está probado que su pareja le ponga los cuernos o cuando lo llamas hijo de puta lo haces sin corroborar que su madre ejercía la profesión más antigua del mundo. Ni cuando mandas a alguien a tomar por el culo sabes si, entre sus apetencias sexuales, está el sexo anal pasivo. Mucho me hizo pensar la respuesta de mi amigo. Y un día, en un partido en Mestalla, acabé por entenderlo. Ante un flagrante penalti contra un delantero del Valencia, el árbitro no sólo no castigó la entrada del defensa con la llamada pena máxima (que es una expresión con connotaciones funerarias o psiquiátricas), sino que amonestó al damnificado con una tarjeta amarilla. Mestalla entero comenzó a entonar buuuuuuurro, buuuuuuuuurro.

Yo también lo hacía, pero aquel día me dio por pensar el porqué. En todos los campos del mundo, los improperios contra los árbitros suelen ser insultos del calibre de los relatados en el párrafo anterior y que mi amigo se resistía a emplear. En Mestalla, no. En Mestalla la gente le grita al árbitro que no está suficientemente capacitado desde el punto de vista intelectual para dirigir un partido de fútbol. Es un insulto infantil, de los que humillaban de verdad en el colegio. Allí, al menos en mis tiempos, nadie era cabrón o hijo de puta, más que nada porque, al no saber nadie lo que significaban esos improperios, no estábamos demasiado seguros de si era un insulto de verdad. Allí, tus enemigos eran burros. Y al torpe de la clase se le decía burro. Como en Mestalla. Ese coro recuerda al juez que, como decía Galeano, el árbitro es un intruso cuya misión es estropear la fiesta. Y que sólo a un tipo con escasas luces se le ocurriría estropear esa fiesta que se monta en Mestalla.

Lo curioso del caso es que esa unanimidad en las cualidades solípedas del colegiado es algo que se ha transmitido de generación en generación sin que nadie haya reparado en ello. A mí, mi padre no me enseñó cómo había que insultar al árbitro si no estaba de acuerdo con sus decisiones en el campo, pero, cuando lo vi llamándole burro a un trencilla, supe que aquella palabra reunía licitud y tradición. Los cánticos han cambiado, han ido renovándose con los años, mas la forma de herir al colegiado tras un presunto error es la misma desde que tengo uso de razón.


Burro es, con diferencia, mi tópico favorito de Mestalla. Y eso que, en ese aspecto, hay buena competencia. Una Champions League de frases del año. Me encantan dos que tienen la misma raíz: la marcha de Pedja Mijatovic al Real Madrid. El cántico personal más longevo que recuerdo en Mestalla es Pedja, jódete, una especie de Te chinchas, que como aquí no estabas en ningún sitio pero en versión bruta. Pedja empezó a joderse por cualquier nimiedad en la temporada 1996-97 y ha seguido haciéndolo hasta hace menos de cuatro años. Lo raro es que, ahora que es director deportivo del Madrid, nadie haya recuperado el grito de guerra. Será porque ya debe de estar bastante jodido en el Madrid.

Derivado de ese deseo de que el montenegrino practique un acto sexual no consentido está una frase que más que proclama pública, ha sido un común privado. La culpa es del Judas servía igual para justificar una derrota que para relativizar una actuación arbitral. Para perdonar que un futbolista no rinda porque se bebe todo el stock de los bares pijos de la ciudad o para rebajar los errores tácticos de un entrenador. Para no echar a un presidente o para no protestar cuando alguien se está forrando a tu costa. Era como la confirmación de que existe el demonio y, tras un doloroso exorcismo, ya no está con nosotros, aunque intente hacer el mal desde la capital de España. Parecía tan real como lo burro que podía llegar a ser el árbitro.


Paco Gisbert
Socio del Valencia CF
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diumenge, 21 setembre de 2008

Mi generación

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De The Who a Los Rebeldes. Casi medio siglo de canciones y de himnos de juventud y mil maneras de vivir y sentir los años más complejos y frenéticos de nuestras singladuras. En esta colección de miradas oblicuas a lo que Mestalla ha significado para nosotros, dejando a un lado esa alma de estadísticos que también tenemos algunos valencianistas enfermizos, quiero reivindicar la relevancia y el protagonismo de la que podríamos llamar Generación X del valencianismo, mi generación.

El término lo popularizó el escritor canadiense Douglas Coupland en una obra homónima publicada en 1991 y podemos rastrear su traslación autóctona, por ejemplo, en las fílmicas novelas de José Ángel Mañas.

Retomando el préstamo literario para su extrapolación valencianista, descubriríamos una cohorte formada por actuales veinteañeros, nacidos justo después de los títulos de los ochenta, demasiado jóvenes para enterarse a tiempo de lo que supuso el ascenso y la posterior catarsis y curtidos sentimentalmente gracias al VCF de los años noventa.

Els xiquets dels noranta crecimos en una atmósfera difícilmente comprensible para un valencianista de la New Wave. La Copa de 1999 fue un especie de bálsamo en la travesía del desierto que con religiosidad y orgullo recorrimos todos esos chavales que sólo sabíamos de las glorias de nuestro equipo por lo que nos habían relatado nuestros predecesores. Más que una cuenta saldada fue como una divisa que nos grabaron cual reses a los de mi generación para que no olvidáramos, como la cantaron los Siniestro Total, quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.

Con la gran victoria de Sevilla empezó la Edad de Oro y también, como nefasto correlato, la aparición de un cierto valencianismo de nuevo cuño, desafecto, contingente, infantil y mercantilizado. Pero ahora no es tiempo de hablar de eso.

Mientras muchos presumen de su presencia en finales y demás eventos de tronío, algo raro ha de pasar en el seno de una generación que se jacta de haber presenciado el 1-5 del Nápoles, el 7-0 de Karlsruhe o aquel 0-4 contra el Barça con Camarasa de portero arrodillándose ante la pena máxima lanzada por Koeman.

Nuestra infancia no vio ni un título y eso no lo podrán decir muchas generaciones valencianistas. Nos fajamos en una época en la que las escuelas estaban llenas de niños madridistas y culers que se burlaban los lunes de nuestra típica derrota contra el Burgos o el Cádiz. Sin embargo, para un chaval del área metropolitana del Cap i Casal como yo, dos momentos se erigían como los más esperados en aquellos tiempos. La visita a Mestalla (no conseguí mi abono de General de Pie Norte hasta 1996) y la llegada de la revista del socio El Jugador n12, regalo de un vecino.

Fueron años de compromiso en los que la masa social que tiró del club en los años oscuros mantuvo el tipo sosteniendo la entidad hasta que las SAD, la futbolmanía y sus epifenómenos locales (Huracán Roig) dieron paso a la sustitución casi total del aficionado por el cliente-espectador (paga por ver, no por participar).

Esa herencia es la que yo quiero reivindicar y si es posible legar a los que lleguen después de nosotros. Querer al Valencia cuando fue más nuestro que nunca, respetar valores como el esfuerzo y la honradez y, en fin, disfrutar de las pequeñas cosas, que hacen más feliz que la titulitis compulsiva que nos lleva a la paranoia y el engaño.

Todo ello me lo enseñó ese tan denostado Valencia CF noventero y lo aprendí en Mestalla, ya que entonces aún no tenía una edad suficiente como para acompañar al VCF por medio mundo. Cómo olvidar la dimensión que adquirían las gradas y el césped desde la numerada o lo grandes que se veían mis ídolos de entonces, que se llamaban Camarasa, Giner o Fernando (bandera de mi generación) y a los que admiraba con una inocencia y fervor puramente infantiles, mucho antes de que Mijatovic nos vacunara a todos los de mi generación y nos convirtiera un poco en iconoclastas, rasgo esencial en toda cohorte crítica y rebelde. Lejanamente recuerdo también el rumor que se producía entre los aficionados más impacientes cuando Bossio ralentizaba el juego o Tomás tenía agallas para disparar a puerta desde lejos cuando algunos compañeros se escondían.

Decenas de retales invaden mi memoria de aquellas primeres vesprades a Mestalla: la mujer que agitaba su bufanda de la senyera sin cesar a través de una de las vallas, aquel foso para periodistas y fotógrafos que tan malas pasadas jugó a Giner en el Trofeu Taronja (estando de vacaciones en Baqueira aún pude ver por televisión cómo el de 1992 se decidía por el lanzamiento de una moneda), los viajes de la Peña El Águila (el de Logroño era la estrella por entonces) anunciados por aquel videomarcador del que nos enorgullecíamos como envidia de la España futbolera (llegué a ver videoclips de Emilio Aragón en su pantalla, pero creo que ya lo he superado…), los vomitorios y las vallas de las Generales de Pie pintados de amarillo, el anuncio de “no es una más es una Kripxe”, las aplaudidas informaciones de las recaudaciones en el descanso (en Orriols he visto cómo silban algunos de los que las han generado, inaudito), el estridente sonido que nos avisaba de un gol en otro estadio, el banderón blanco con el murciélago de Spook y el de cuadros naranjas y negros, los espontáneos bufandeos, las bengalas…

Un sinfín de recuerdos invade mi memoria e iniciativas como este blog refuerzan nuestra militancia valencianista gracias a su narración compartida y comentada. Por mi parte, quería colaborar aportando algunas evocaciones de una década tan maltratada por cierta parte de nuestra historiografía como fue la de los noventa y extraer el meollo optimista de este sano ejercicio de memoria. Al fin y al cabo, como decía otro himno generacional, “del orgullo y del recuerdo todo lo que puede salir es bueno!”.


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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dijous, 18 setembre de 2008

Banqueta visitant. CA Osasuna

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Te llamabas.

[Álvaro Oyarbide junt a Claudio Ranieri, el juny de 1999, pocs dies abans de la final de Sevilla]

Sólo son dos fotos. Y gracias que las hicimos, porque en caso contrario el paso del tiempo hace difícil acreditar que pasaron las cosas. El escritor Cesc Nooteboom explica sus sensaciones al contemplar una foto desconocida, y tiene sentido en un blog en el que las fotos juegan un papel tan protagonista:

“Por ello gozamos del derecho de mirar a los desconocidos tal como ellos nos mirarían a nosotros si algún día encontraran nuestro álbum de fotos en el rastro, algún día, al cabo de mucho tiempo. Ellos verán entonces cómo nuestra familia aumenta y disminuye, verán a los que se añadieron, verán cómo crecimos y menguamos, y nosotros les miraremos con la cara seria o con una sonrisa, enamorados, viejos o llenos de esperanza, solos o en compañía de otros, y, sin saber nada, sabrán mucho de nosotros, y, con una ligera sensación de melancolía, cerrarán nuestro álbum sabiendo que se han mirado a sí mismos, la saga de las posibilidades humanas representada por unos desconocidos en el mismo país o en otro, en otro tiempo o en el mismo, si bien otra vida”. [1]

En la primera aparece Álvaro Oyarbide con Ranieri. La segunda que ilustra esta “entrada” no es cualquier foto. Acredita que crecimos y menguamos. Describe aquella esperanza y una melancolía. ¡Ahí van esos once! Es el reservado de Kailuze una semana antes de la final de Sevilla de 1999. Quizá yo no soy el más adecuado para esto, porque no llegué a ser amigo de Álvaro Oyarbide como Juan Lagardera o Paco Lloret. Respeto demasiado el sentido de la palabra amigo. Pero nos conocimos y compartimos años de cenas, risas y confidencias mensuales. En aquel tiempo una serie de irredentos merengues montamos una tertulia futbolística en Kailuze, y la dejamos en las manos gastronómicas de Álvaro Oyarbide. Estas son las fotos de la cena del mes de junio de 1999, con la incógnita del resultado en Sevilla, y en el estomago risotto y canutillos de crema. Todos los que están son, pero también otros compartieron ilusiones y proyectos inocentes y dejaron su huella: Pere Blasco, Aleixandre, Lagardera, Miragall o Todolí. A falta de acciones nos llenamos la boca de valores, mitos y leyendas. No pensábamos en un club campeón. Queríamos un club mejor, con mejores personas, sin eructos institucionales y quizá un poco más letrado. Buenas maneras frente al trazo grueso. Vino gente importante, aunque no pretendíamos ni salvar el mundo, ni postularnos para cargos. Estábamos enfermos, pero no de vanidad, atrapados en miles de detalles, en partidos incruentos, en derrotas humillantes, en inercias dolorosas, en complejas discusiones cromáticas sobre el equipaje del club. Escuchar la salmodia de Pollos Asados Casa Cesáreo o rememorar la propaganda de Viajes Valencia Travel (“A Madrid, a Madrid, a Madrid, con nuestro Valencia Club de Fútbol, a Madrid, a Madrid, a Madrid”), era suficiente para desencadenar un código secreto de entendidos, tontorrones connaisseurs de una historia plagada de guiños, sillas gol, anuncios de Mas Masiá y cromos de Tatono, de la que no nos podíamos desembarazar.
[Alguns dels components de la tertúlia amb Claudio Ranieri el juny de 1999. Foto presa per Álvaro Oyarbide al reservat del seu restaurant Kailuze]

A lo largo de aquellos años crecieron proyectos algo estimulados por la atmósfera generada por ese grupo de periodistas y buena gente que hoy todavía somos amigos. El libro colectivo Once titulares, los libros de Paco Lloret o Alfonso Gil. Álvaro era navarro, de Alsasua y de Osasuna. Pero aprendió a querernos y se hizo nuestro. En más de un sentido él se nos impuso, y nosotros también nos lo ganamos. Kailuze pudo ser un local vasco-navarro para refugiados gastronómicos en la tierra del arroz, pero Álvaro, sin renunciar a su Osasunica valiente, quiso crecer con nosotros, y pelear también por una profesión, la suya, una ciudad, Valencia, y un equipo, el Valencia, con la mejor de las fortunas.

Osasuna nació un año después del Valencia. Tuvo como portero al abuelo de Emery. Osasuna jugó en Mestalla el primer partido de la posguerra contra el Valencia, y la conexión navarra fue siempre amable y poco agresiva. Su visita siempre fue muy favorable, aunque Osasuna y El Sadar eran para mi sinónimo de partido perdido. De marcador 2 a 1 en tarde triste de domingo. Su himno revelaba bien a las claras una naturaleza luchadora:

“El "once" de Osasuna, valiente y luchador defiende sus colores con brío arrollador y por eso los hinchas le gritan sin cesar Osasuna Aupa, que tú sabes triunfar. De tu blusa y tu bandera, fuerte y rojo es el color de tu blusa y tu bandera como el roble montañés y el vino de la ribera vibra en tí Navarra entera en donde quiera que estés. Artistas en el juego, dominan el balón derrochan valentía y luchan con tesón y el público entusiasta así suele gritar Osasuna Aupa, que tú sabes triunfar. Osasuna valiente, no dejes de luchar que Navarra te admira porque sabes jugar, Osasuna valiente, juega con ilusión que jugando y venciendo tú serás campeón”.

El Osasunica rojo, luchador y valiente era un equipo y unas actitudes que cuadraban con la personalidad de Álvaro Oyarbide. Noble, arrollador y entusiasta. Pero Kailuze y Álvaro ya habían sido ganados por nuestras formas, y sin compartir la militancia de los detalles, Álvaro fue valencianista desde la ilusión. No sé porqué dejamos las tertulias. Él y yo nos volvimos a ver tres o cuatro veces en el local, y aún recuerdo un encuentro casual por la Gran Vía una tarde de sábado, de atardecer burgués y delicado en Aquarium, en la que me erigí en experto consejero en la elección de colegios para su hija.

Álvaro, el osasunica valiente, el valencianista maduro nos dejó. A su entierro en Alsasua acudieron los jugadores de Osasuna Patxi Puñal y César Cruchaga, y el presidente rojillo Patxi Izco. Pero el féretro fue a hombros de Rubén Baraja, Miguel Ángel Ferrer “Mista”, Xavier Eskurza y su hermano Fernando. Alvarete era ya uno de los nuestros.

Durante años compartimos guiños y proyectos. Los nuestros y los suyos. Al final Kailuze llegó a ser punto de referencia inexcusable de la Valencia deportiva, y su reservado un lieu de memoire con el que se podría explicar la reciente historia del club.

Durante años compartimos sus frases y gestos, sus muletillas y anécdotas. Su empeño profesional y su pasión por la vida. Sus difíciles inicios en Valencia. Indurain y Zubizarreta, Gerard o Penev, el gran Pasieguito. Para las quince o veinte personas que compartimos aquellos años, el Osasunica valiente siempre nos convocará su recuerdo. Y al contemplar estas fotos, las únicas que hicimos de aquellos años, recordaremos aquella expresión, retando alegre al interlocutor, “Te llamabas…”, que ya será para siempre, la memoria inmediata del rostro alegre de Álvaro Oyarbide.

[1] Cees Nooteboom. “Foto”. Babelia. El Pais, sábado 16 de agosto de 2003


Miquel Nadal Tárrega
Socio del Valencia CF
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dilluns, 15 setembre de 2008

El eco de las almohadillas

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[19 de març de 1972; València CF 1 - Real Madrid 2: Llançament de coixinets davant l'actuació de l'àrbitre Sánchez Ibáñez.]

De nano siempre me fascinaban los aspectos más colaterales del ritual. Ganar o perder eran sucesos que ateñían a los mayores y por los que yo aún pasaba de puntillas. Por una extraña querencia a los callejones, heredada quizás de la calle Zurradores donde nací, el corazón se me desbocaba cuando entrábamos a Mestalla y recorríamos los pasillos interiores hasta nuestra localidad en el sector 6. La estrechez de los vomitorios dejaba ver jirones de verde pero lo que de verdad llamaba mi atención era la humedad algo hosca de las tripas interiores de aquel Mestalla anterior a la reforma de 1978. Pasillos atestados que impelían a las oscuridades subterráneas de las bodegas. Y el eco furibundo que provenía de golpear las almohadillas contra las paredes. Era como una costumbre anticipatoria: un ruido seco y cavernoso. Una especie de clave sonora que daba la bienvenida a los indígenas y servía para marcar el territorio frente a los forasteros.

Las primeras almohadillas que recuerdo eran azules con cordel y se alquilaban jornada tras jornada como un ritual previo dentro del propio ritual del partido. Después llegaron las marrones con la publicidad de Vifasa, que eran más plásticas y rectangulares y cuyo tañido contra las paredes resultaba mucho más potente. Pesaban lo suyo y caían a plomo desde las localidades más altas con el consiguiente peligro. Duraron 4 ó 5 temporadas. Eran momentos de cambio en lo social y la autoridad de los grises ya no imponía el pavor de antaño. Cada lance conflictivo acababa con lluvia de almohadillas, en un periodo fronterizo que convirtió en costumbre local lanzar naranjas al árbitro. También en eso Mestalla desarrolló su propio carácter, a medio camino entre la nostalgia rural y la metáfora reivindicativa. Lo cierto es que las almohadillas de Vifasa tuvieron su apogeo al son del mítico orfeón que se extendía cada vez que el Matador se disponía a lanzar una falta: aquel estremecedor y acompasado grito de Keeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeees, Keeeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeeees. Posiblemente, el rugido más atemorizante de cuantos ha escuchado Mestalla a lo largo de sus casi 90 años de historia.

[Empleats del València retiren els coixinets amb la col·laboració del fotògraf Manuel Sanchis "Finezas". Al fons apareix Luís Vidal amb la seua màquina.]

Con el tiempo, las almohadillas-orquesta de Vifasa dejaron paso a unas más livianas de color verde que volaban sin llegar nunca al campo. O que sólo llegaban de uvas a peras. Esas almohadillas sin 'chicha ni llimonà' ya no hacían ningún ruido al golpearlas contra la pared. Una señal de que el carácter bronco de la parroquia se desintegraba. Esas nuevas y fofas almohadillas sintetizaron el periodo más gris del VCF, como una metáfora siniestra de lo que se avecinaba, dando paso a una época aséptica e incolora de fundas y almohadillas de tono cada vez más light que todavía perduran para desdicha de quienes crecimos en tiempos de almohadillazo limpio contra todo lo que se movía. Sin duda, ese espíritu del almohadillazo y su degradación es un espejo que va más allá de lo anecdótico. Las estanterías de los supermercados se han llenado de productos sin sal, sin azúcar, sin grasas. Los niños ya no juegan en la calle ni llevan rodilleras en los pantalones y el mundo en general se ha convertido en un escenario de pieles tan sensibles y anodinas que cuesta entender como hemos podido llegar hasta aquí atravesando guerras, penurias y epidemias. La blandenguería y la mojigatería son emblemas de los nuevos tiempos, señas identitarias donde todo ha de ser políticamente correcto.

Quizás, defenestrar las almohadillas sólo fue un primer paso. El siguiente fue la prohibición de los festejos pirotécnicos en las gradas. Sin duda, en ese mismo instante debimos sospechar que acabarían echándonos de Mestalla en aras de la modernidad, las comodidades innecesarias y la vocación glamourosa de nuestra clase dirigente. Nos faltaron reflejos. Y ahora ya es tarde. Sólo nos queda este blog. Y el lejano eco de las almohadillas haciendo temblar los cimientos del viejo Mestalla.

Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 12 setembre de 2008

Un Valencia Campeón: Una demagogia innecesaria

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[Escut del València amb la imatge de l'entrenador Anton Fivber]

Chicago es una gran ciudad. No tiene los encantos subyugantes de mi adorada Nueva York, pero hay que reconocerle méritos innegables. El blues eléctrico que surgió de la zona sur de la ciudad en los años 40 y 50 no es más que uno de ellos. Podríamos seguir con la escuela arquitectónica que floreció en el interior de su célebre Loop, ser el paisaje urbano necesario para los tejemanejes de los mafiosos de tronío como Al Capone o albergar entre sus calles al coqueto Wrigley Field, inaugurado en 1914, el campo de los Chicago Cubs. También es la ciudad de los Chicago White Sox, conocidos durante un tiempo como los Black Sox debido al fraude que sus jugadores llevaron a cabo amañando las Series Mundiales de 1919 (me encanta esta cifra). Un hecho que actuó como una maldición que les impidió volver a ganar el campeonato máximo de béisbol hasta el año 2005. Pero volvamos a los Chicago Cubs. Los Cubs juegan en la Liga Nacional de béisbol (creada en 1876, la más antigua de las dos que componen la Major League Baseball). La otra liga es la Liga Americana y ambas funcionan de modo independiente, con su propio campeón anual; pero, desde que en 1903 a uno de esos magnates de puro y mostacho se le ocurrió que sería una buena idea enfrentar a los campeones de ambas ligas en una especie de campeonato de campeones, las Series Mundiales (el nombrecito se las trae, lo reconozco, pero ya sabéis cómo son estos americanos) son el verdadero certificado de excelencia anual en el mundo del béisbol. Los Chicago Cubs ganaron por última vez las Series Mundiales en 1908. Sí, leéis bien, no me he equivocado al teclearlo. El año 2008 presencia el centenario de la incapacidad de un club fundado en 1876 (con el nombre original de Chicago White Stockings) para proclamarse campeón. Toda una pléyade centenaria de jugadores, propietarios, empleados y aficionados, que podría llenar toda una biblioteca de guías telefónicas, nunca ha visto a su equipo ganar las Series Mundiales. Durante años, los Cubs fueron el paradigma del equipo a ridiculizar, los perdedores profesionales, el verdadero equipo del montón. Aquellos malos tiempos no hicieron que los propietarios se plantearan cambiar de ciudad al equipo, dado que la afición siempre fue fiel y mantuvo la esperanza de que todo cambiaría en la siguiente temporada. La temporada actual nos muestra a unos Cubs liderando su clasificación, jugando con toda seguridad los play-offs por el campeonato de la Liga Nacional. Y quien sabe si llegando hasta las Series Mundiales. Los aficionados muestran su confianza en el equipo con carteles que llevan a los partidos; éstos rezan: “I believe in 2008” ("Creo en 2008").

Perdonadme esta digresión sobre Chicago, los Cubs y el béisbol, pero la encuentro imprescindible para poner en perspectiva lo que pretendo contar. El Valencia F. C. fue fundado en 1919 (mira que es chula esta cifra) y en breve contará con 90 años de vida. Su actual campo es el Camp de Mestalla inaugurado en 1923 y a finales de temporada cumplirá 86 años albergando los partidos locales de mi equipo. Mi equipo ha ganado títulos nacionales, internacionales, otros de menor entidad y muchos de ninguna. De entre todos ellos, destacan seis títulos de campeón del Campeonato Nacional de Liga, una competición de primer nivel europeo; título éste que sólo ostentan 9 equipos españoles. Fue campeón regional múltiples veces cuando la liga española no existía, fue campeón de la segunda división y subió a primera para no descender más que una vez y subir inmediatamente en la temporada siguiente. En los años 40 fue hegemónico y hasta la llegada de Di Stéfano al Real Madrid, tuvo mejor palmarés que “el mejor club del mundo”. Ganamos títulos en todas las décadas y a veces hasta dos en un año. No hace tanto que tuvimos una nueva edad dorada y la temporada pasada volvimos a poner una muesca en la culata de la Copa del Rey. Seguro que esto que os cuento no os viene de nuevo a casi ninguno de vosotros, así que ¿de qué va esta perorata?

Va de sentirse orgulloso de ser valencianista. Va de conocer nuestra historia. Va de no necesitar ganar un título todos los años para ser grandes. Ya somos grandes. Mucho. Va de asimilar esa grandeza y no traicionarla. Va de reconocer al lobo vestido de corderito. De aplaudir las grandes jugadas y apoyar al equipo cuando las fuerzas flaquean. De acordarse del último título, aunque hayan pasado décadas de aquello. De escribir Montes, Cubells, Mundo, Puchades, Claramunt, Kempes, Fernando y Mendieta en las paredes desconchadas de nuestra memoria valencianista. Va de acordarse de los Cubs de Chicago cuando nuestro equipo acabe la temporada en décimo lugar. Va de qué es el fútbol y qué no lo es. Va de no pedir peras al olmo, pero saber saborear una buena ciruela cuando cae madura en nuestras manos. Os hablo de todo eso. De saberse espectador y, por qué no, actor de la gran historia de nuestro club de fútbol. Ni más ni menos.


Francisco García (àlies Cisco Fran)
Soci del València CF
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dimarts, 9 setembre de 2008

Dos reflexions: Manolo Mestre i el futur en els ulls dels xiquets


Manolo Mestre, un dels nostres.

[Sol, Mestre i Roberto en les celebracions de la Copa de 1967]

Ja havia visitat el blog. Vaig tornar a fer-ho per llegir paraules d’homenatge a Manolo Mestre, un home al que vaig veure jugar, de xiquet, a Mestalla.

Ara, a la seua mort, el recorde com al jugador valencià que va ser. Una figura especial per a la colla d'amics que hi anàvem al camp. No sabria ben bé dir el perquè, atés què la meua memòria està contaminada per moltes experiències de tants anys com han passat. Segurament, Mestre era un dels jugadors que millor representava el València amb el qual ens voliem identificar, el València que ens encoratjava a sentir-nos valencians.

Mestalla era l'espai on, -això ho he comprés molts anys després-, ens identificàvem com a valencians sense que això generara cap problema. Parle dels anys seixanta del segle passat, quan la dictadura encara era forta i el nostre valencianisme era un sentiment senzill, poc elaborat, que, políticament parlant, era tan ingenu com innocent.

Des d’aquesta innocència, Manolo Mestre era, així ho enteníem, un dels nostres. Per què? Doncs perquè a més dels diners que l'home guanyara, com ne guanyaven altres jugadors, en ell donàvem per descomptada la seua identificació sentimental amb els colors del club i amb la nostra terra.

Ara que Mestre ha marxat, pense que potser en algun moment de perill per a la nostra porteria, jo també vaig dir-li a un amic a cau d’orella: “No passes pena, Manolet està allí” .


El futur en els ulls dels xiquets.

[Pepito Cubells, probablement el primer orgullós xiquet que xafà Mestalla acompanyant el primer equip,
junt a son pare i baix la bandera del club el dia de la benedicció de la mateixa el 1924]


Segurament no és possible ser massa festius quan ens convoca una consigna com Últimes vesprades a Mestalla. Al remat, es tracta del comiat d'un espai que desapareixerà per sempre més, emportant-se la possibilitat -si més no- d'evocar els nostres records futbolístics in situ. La desaparició física de l'estadi ens parla també de la nostra edat, dels anys que hem passat sent aficionats més o més fidels a l'equip. Ens fa memòria, a més a més, d'aquelles persones volgudes i admirades que ja no hi són; aquelles que, de menuts, ens van fer identificar-nos amb l'equip i estimar els seus colors.

En qualsevol cas, trobe que si ens quedem amb la cara trista de l'assumpte, malament anem. Hem de posar-li, crec, una miqueta d'optimisme i de tendresa. Si ens abandonem a la realitat real, i posem el futbol en el seu context tangible, estem perduts. Si ens deixem arrossegar per les accions i les malifetes de tant de tocacampanes i de tant de furtamantes com n'hi ha en el món del futbol, estem cardats. Si ens quedem amb la manipulació política i amb l'especulació econòmica, que a Mestalla assoleix nivells nocius per a la salut, val més que ho deixem córrer. Cal mirar els ulls dels xiquets que van al camp, de la mà del pare, amb la seua samarreta, i amb l'emoció de participar en un espectacle que, a diferència d'altres, -la qual cosa el singularitza-, exigeix una implicació afectiva per a gaudir-lo de veritat. Eixa emoció dels xiquets és l’emoció i la il.lusió que sustenta el futbol, i cal fer el possible perquè no es malbarate.

Crec que les "Ultimes vesprades..." ha de possibilitar anar més enllà de l'enyorança per un passat -un espai físic, un estadi- que, amb les seues llums i les seues ombres, de la mà de l'alegria i de la mà de la tristesa, ja no tornarà. Forma part de la nostra història, individual i col.lectiva. I en ella n'hi ha d'episodis, -esportius i socials-, que en són heroics, èpics, que formen part de la llegenda; i d'altres que en són, sens dubte, taques negres i brutes que voldríem poder esborrar. Però, eixe espai que té els dies comptats, també forma part del nostre futur, perquè amb els records del vell estadi haurem de continuar construint la il.lusió dels nostres fills i dels nostres nets.

Joan del Alcázar
Soci del València CF
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dissabte, 6 setembre de 2008

Las gradas vacías

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Tengo la buena costumbre de hacer turismo deportivo. Me explico. Me interesan los museos, monumentos y parajes naturales de los lugares que visito, pero también los templos del fútbol, aquellos lugares en los que, además de haber vestigios de tiempos remotos, se respiran emociones en las gradas vacías. He estado en la Bombonera de Buenos Aires, el Campín de Bogotá, el Phillips Stadium de Eindhoven o el Lerkendal de Trondheim, donde el Valencia hizo el ridículo el año pasado en la Liga de Campeones. Me gusta visitar los estadios vacíos, imaginar que esas gradas desiertas se llenan de aliento a cerveza, cánticos desaforados e hinchas apasionados que empujan a su equipo hacia la victoria.

Pero, de todos los campos de fútbol que he visitado en mi vida, para desespero de mi pareja, recuerdo dos con extraña nitidez. Uno es el antiguo Olympiastadion de Múnich, una caldera excavada en las entrañas de una montaña, por el que se accede desde el punto más alto y en el que se podía sentir, en aquel frío día de invierno, el hálito de los seguidores bávaros, el espíritu de futbolistas como Maier, Müller o Benckenbauer, el calor humano mezclado con la calefacción de los asientos. El otro es el viejo Highbury, el lugar en el que, como decía Nick Hornby, jugaba el equipo más aburrido del mundo, aquel Arsenal que representó el fútbol inglés carpetovetónico del patadón y el mordisco antes de que Arsène Wenger hiciera del equipo londinense un modelo para el fútbol moderno.

Quizá recuerdo con especial cariño ambos estadios porque en ellos ya no se juega al fútbol. El templo de los Juegos Olímpicos de 1972 ha quedado como un recuerdo del pasado, como una momia que permanece dormida y que avisa de que, en otro tiempo, un equipo glorioso jugó allí al fútbol. Highbury fue derribado para construir algún centro comercial o una manzana de casas, para dar ejemplo de que el Arsenal fue una vez algo de lo que avergonzarse por parte de sus fanáticos, pese al enorme bagaje de recuerdos que encerraban sus gradas.

Siento un escalofrío cuando pienso que a Mestalla le va a suceder algo parecido. Estoy seguro de que el Nuevo Mestalla, o como coño lo llamen quienes rijan el Valencia el día de su puesta de largo, será un campo mucho más cómodo, más divertido para que la gente que va al fútbol a ver un espectáculo (concepto tan absurdo como el que va al cine para pasar el rato) se lo pase en grande con sus tiendas, puestos de comida y bebida y atracciones varias. Pero Mestalla, el viejo campo en el que aprendí que la vida era igual que el fútbol, un lugar en el que ganan los de siempre pero en el que los que no ganamos tenemos derecho a soñar, nunca será peor que ese modelo de recinto deportivo.

No estoy hablando de los goles que he visto en Mestalla, las alegrías que he compartido o las decepciones que he sufrido, sino de algo mucho más prosaico. De las sillas de anea que poblaban la tribuna cuando era niño, de la fría grada de numerada o los escalones de general de pie. Del marcador simultáneo Dardo, con sus Tervilor, Radiant o Camisas Ike, de la megafonía que anunciaba que alguien se había dejado el coche con el motor en marcha y tenía que ir a apagarlo o de los vendedores de Turrón Viena o ¡Hay bombón helado!. Del tipo que vendía chupitos de alcohol y que en su bodega portatil sólo albergaba una botella de Soberano y otra de Ponche Caballero. De aquel marcador compuesto por cuadrados fluorescentes al que subía un tipo con el número cuando un equipo marcaba un gol. Del machacón Pollos asados, Casa Cesáreo o de los gatos que alguien soltaba de vez en cuando para que corretearan por el césped e interrumpieran el partido. De otro marcador, el más moderno de Europa en su época, que permitía ver el minuto de juego por medio de un reloj analógico. De las ignominiosas vallas que la gente agitaba el marcar un gol el Valencia o de Manolo el del Bombo cayéndose de la valla que separaba la general de la numerada y rompiéndose una pierna. De la señora mayor, La Loca para todo el campo, que desde la esquina de la general del Gol Gran no cesaba de gritar contra el árbitro o los jugadores del equipo contrario. Del empleado de la puerta de entrada, que a cambio de un puro barato nos guardaba el programa del partido.

El Nuevo Mestalla, o lo que sea, nunca tendrá eso. Porque lo tengo yo en la memoria y con ello he aprendido a vivir.


Paco Gisbert
Socio del Valencia CF
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dimecres, 3 setembre de 2008

Homenatge a Manolo Mestre


Hi ha les figures esportives. Hi ha les bones persones. Les que personifiquen els clubs des de la discreció i la faena callada. Eduardo Cubells. Luis Colina. Enrique Molina. Antonio Puchades. Manolo Mestre era figura, bona persona, i del València Club de Futbol. Gràcies a ell, i abans de títols, Oliva fou, en els anys seixanta i setanta un oàsi valencianista. Descanse en pau.

[Aficionats olivans en el debut de Manolo Mestre a Mestalla]

“No passes pena, Manolet està allí”.
Manolo Mestre vist per Evarist Falgàs Soler.
[A la memoria de Manolo Mestre (1935-2008) i Evarist Falgàs Soler (1941-2003)]

En finalitzar aquesta campanya 52-53, deixava la UD Manolo Mestre Torres, el nostre Manolet mamprenia el vol fora del niu i començava de debò la seua brillant carrera futbolística.

Havia nascut al nostre poble el 7 de gener de 1935. La seua afició –predestinació- es féu patent ben prompte. Podeu observar, en les fotografies de l’època, un Manolet de talla bonsai, comparat amb els seus fadrinots companys d’equip. Va començar a jugar –més o menys seriosament- quan encara era un xiquet, però la seua sapiencia innata suplia, amb escreix, qualsevol inferioritat física, pròpia de la diferència d’edat. Es va iniciar en la Peña Chico, del qual sorgiria l’Huracán. D’allí passà al Frente de Juventudes. Finalment entrà a formar part de la UD. Era la temporada 51-52. Per a poder entrar en la plantilla s’hagué de falsificar l’edat: aleshores era requisit indispensable tenir 18 anys per a jugar en categoria regional, i ell no els havia complit encara.

[Peña Chico. 1946-1947. Dempeus, Isidro, A. Pellicer l'Esvarós, A. Cots, F. Faus, Manolo Mestre Manolet, F. Llopis, V. Serrano, J. Bolinches;
ajupits, A. Serrano, M. Savall, Dominguet, A. Bertomeu, Faiquet]


M’explicava el mateix Manolo una anècdota molt xocant: li havien regalat unes botes, i la primera vegada que les va utilitzar va ser en un partit a Alzira (o potser fóra a Carcaixent o un altre poble de la Ribera). Siga on fóra, el cas és que, en anar a posar-se-les, se n’adonà que li venien estretes, i amb els mitjons i les mitges no li entraven, però sí amb el peu nu. Ràpidament prengué la decisió: jugaria calçat solament amb les botes… I perquè el públic no notara que portava mitges, es pintaria les cames de negre fins als genolls. I així ho va fer.

En la temporada 53-54, ja amb l’edat reglamentària, fitxà pel CF Gandia, que llavors estava en la Tercera Divisió Nacional, que avui és la Segona B. D’aquesta manera Manolet es va transformar en Mestre. L’any 54 se l’emportà el Mestalla. Estigué una campanya i mitja jugant a la Segona Divisió. A la meitat de la temporada 55-56, va passar definitivament al primer equip, el València CF. A Oliva, de pur content, els aficionats –i fins i tot els que no ho eren tant- posaven cara de pasqües.

El primer partit de Manolo en la Primera Divisió va ser un València-Las Palmas. Guanyà el València per 4-2. Durant molt de temps jugà de defensa esquerra. Després passaria a ocupar la plaça de defensa central.

Tota la vida esportiva de Manolo ha estat lligada al València CF. Va ser jugador durant més de tretze temporades. El dia 14 de juny de 1969, l’afició valenciana va retre un sentit homenatge a Manolo Mestre en Mestalla. Dos equips de veterans empataren a un gol. Seguidament, el València CF i l’Standard de Lieja obtenien el mateix resultat. I així Manolet, aquell xicon a qui hagueren de falsificar la fitxa perquè era massa Jove, aquell de les cames pintades, concloïa ara, gloriosament, el seu periplo futbolístic, envoltat per l’afecte i l’admiració del públic al qual va consagrar fins a l’últim alé de la seua vida professional –i potser sobra l’adjectiu-.

[Cartell del partit homenatge a Manolo Mestre entre el València CF i el Royal Standard de Lieja a Mestalla]

Després, ja retirat del futbol actiu i obtingut el títol nacional d’entrenador, exercí de tècnic i preparador, tant del Mestalla com del València. Pertany al quadre tècnic del València des del 1984. Manolo sempre ha sigut l’home de la casa, a qui s’ha acudit en els moments complicats i problemàtics, fent ús –i de vegades abús- del seu esperit de disponibilitat sense reserves.

Conec algunes anècdotes de la seua època d’entrenador. En relataré un parell. El seu debut com a mister del València va ser contra el Las Palmas, en l’Estadio Insular. El primer partit de Manolo com a jugador –com hem vist- també havia estat contra el Las Palmas, però a Mestalla, on havia guanyat el València per 4-2. Com que, com a jugador, les coses li havien anat tan bé, va caure en la temptació supersticiosa de pensar que, començant d’entrenador al capdavant del mateix equip, seria un bon auguri que el partit acabara amb el mateix resultat. A mitjan la segona part, el València anava guanyant per 1-4. Manolo, assegut a la banqueta al costat de Jesús Martínez, estava, a barracatxa, animant Las Palmas perquè marcara un altre gol. Jesús Martínez el mirava, de fit a fit, sorprés i desconcertat. I en això xiularen un penal contra el València. Manolo, desvanit, animava Germán perquè el marcara. Jesús Martínez, esbalaït, li preguntà si s’havia tornat boig. I Manolo li explicà el motiu de comportament tan excèntric… El partit acabà amb el desitjat 2-4.

Una altra anècdota. A Zaragoza, acabat el partit i de tornada a l’hotel, Manolo reuní la plantilla i els digué: “Podeu eixir, però vull que tot el món es gite a les tres”. Van transcórrer un parell d’hores i Manolo decidí anar-se’n a descansar. Abans de retirar-se, passà pel bar de l’hotel. En una taula arraconada estava Saura, jugador debutant, amb la cara pansida i ullerosa. Es va acostar a ell preguntant-li: “Què li passa?”, “Estic mort” –li contestà el castellonenc-, “I què fa ací” –va inquirir Manolo-, “Mire, esperant que passe el temps”, “Xe, per què no se’n va al llit?” –i Saura li contestà- “Ei, com vosté ha dit que tot el món es gitara a les tres…”.

Mestre va ser nou vegades internacional. Si haguera estat jugant al Real Madrid, ho hauria sigut noranta. Era un jugador ferm i segur, d’una efectivitat sòbria, austera i expeditiva.

Dur com una pedra i contundent com una maça, era, al mateix temps, noble i honest com un cavaller antic.

De tant en tant, ma mare venia al futbol amb mon pare i amb mi. Quan de vegades els contraris evolucionaven perillosament sobre l’àrea valenciana, i jo em posava tens, ma mare solia dir-me: “No passes pena, Manolet està allí”. Aquesta era la gran qualitat de Manolo Mestre: donava seguretat, confiança. Tant als companys com a l’aficionat… I això és una virtut inestimable.

Humanament, Manolo és una persona bona, afable i complaent. Sempre ha guardat relació amb la meua familia. El meu pare, qui intervingué decisivament en seu fitxatge pel club de Mestalla, va ser el seu padrí de boda, i ma mare, la padrina del seu fill major. És per aixó que puc dir que tenir Manolo Mestre com a amic és una satisfacció i un privilegi.

Evarist Falgàs
Soci del València CF


El text que reproduïm correspon a les pàgines 645 i 646 de l’extraordinari llibre d’Evarist Falgàs Un recorregut per la memòria (Des d’Oliva i el futbol). Ed. Gràfiques Colomar, Oliva, 2001.

Per a retre homenatge a la memòria de Manolo Mestre res millor que la recuperació d’este text que agraïm a la generositat de la familia Falgàs, i que dóna notícia complida de la figura humana de Manolo Mestre, i de la qualitat del llibre d’Evarist Falgàs, que recomanem per moltes raons, futbolístiques i literàries.

Per tal de publicar-lo no hem fet cap esmena, llevat de la introducció d’un títol, responsabilitat de qui signa esta advertència, Miquel Nadal Tàrrega.
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