diumenge, 23 de setembre de 2012

Llámenme Lubo


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Creo que esa fue la frase que más nos caló a todos pues, a partir de ese momento, así fue como llamaríamos a aquel búlgaro desconocido con melena un tanto gitanesca recién aterrizado desde uno de los países miembros del pacto de Varsovia. Recuerdo que el Valencia meditó bastante el fichaje pues la alternativa de Polster, de similares características físicas y técnicas, estuvo presente hasta que las cartas se repartieron adecuadamente. Penev al Valencia, Polster al Sevilla y el compatriota del búlgaro, Stoichkov, otro en la agenda del gran Pasieguito, acabó en el Barça. Pasiego ya había traído a Kempes después de verlo jugar en Rosario Central tras una gira por aquellas tierras. Lubo fue el segundo grandísimo acierto (el tercero sería Mijatovic) de ese hombre que tanto dio por el Valencia. Penev no pudo ser partícipe en la vuelta del Valencia a Europa pues ya había empezado esta competición con su anterior club. Así pues disfrutamos de él con los goles ante el Barça en la eliminatoria copera.  Siempre recordaré  un penalti que le hizo Koeman en ese partido donde el búlgaro cayó como un plomo. Sus altura y su portento físico le hacían blanco fácil, aunque sudando lo suyo para derribarlo, de los defensas “killers” españoles (como al atlético súper López que casi lesionaría de por vida a Nando en un partido en el Calderón de la 91/92.

Lubo Penev fue, sin duda alguna, el ídolo de todos los chavales de principios de los 90. Todos queríamos ser Penev cuando jugábamos partiditos de patio de colegio, de igual manera que los chiquillos de finales de los 70 querían emular a Kempes o, hasta hace poco a Villa. Todos necesitamos ídolos. Yo no estoy muy seguro de esto pero diría que Lubo Penev fue el ídolo más mediático que tendría el Valencia desde la marcha de Kempes. Fue el hombre que necesitaba Mestalla. El que hacía que la afición coreara su nombre y que, prácticamente, toda la ciudad conociera su nombre, y no sólo por sus proezas en los terrenos de juego. Transmitía una seguridad en sí mismo que se salía del césped. Era lo que llamaríamos un tanto chulo. Pero nos gustaba tener un jugador así. Respecto al posible fichaje de Romario, Lubo se limitó a decir “conociendo este club sólo me lo creeré cuando lo vea con el escudo del Valencia en el pecho”.

Después vino su caída en picado a raíz del cáncer que le apartó del equipo durante casi un año. Pero Lubo lo superó. Su físico le ayudó a ello. Durante su ausencia, Mijatovic ocuparía el corazón de la afición ché. Aquí siempre hemos necesitado tener un ídolo, un líder, alguien al que admirar e idolatrar, lo cual ha sido un craso error bajo mi opinión.

Su despedida fue triste. A mí no me gustó lo que pasó. Una historia de enfrentamientos personales y peleas con sabor barriobajero con el presidente de aquel momento. Después visitó Mestalla con dos camisetas diferentes pero ya nadie coreó su nombre ni agradeció sus servicios. Cosas del fútbol. Amor y odio, fina línea en los sentimientos futbolísticos.


Fernando Tomás Puchades
Antiguo socio del Valencia CF
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