dissabte, 3 d’octubre del 2026

DE ARGENTINA A VALENCIA, CON EL CORAZON




De Argentina a Valencia, con el corazón

Yo era pequeña en aquel tiempo,
cuando Argentina soñaba con la gloria,
y mis padres admiraban tu nombre
sin saber que entrarías en la historia.

Yo aprendí a admirarte a través de ellos, 
a quererte sin siquiera conocerte,
y aquel recuerdo de mi infancia
hoy me ha traído hasta verte.

Mario Alberto Kempes, 
El Matador,
tu nombre quedó unido para siempre
a la primera estrella de nuestra historia.

En 1978 hiciste realidad un sueño, 
con tus goles, tu fuerza y tu pasión;
Argentina levantó aquella Copa
y tú quedaste para siempre en nuestro corazón.

Después, tu camino siguió creciendo:
Rosario, Valencia, River Plate… 
y otra vez Valencia,
donde Mestalla te hizo leyenda.

Allí dejaste goles, tardes y recuerdos, 
pero también algo mucho más profundo: 
el cariño de una ciudad
que llegó a sentirte como uno de los suyos.

Y después llegaron otras dos estrellas:
Maradona, en 1986, 
y Messi, en 2022.
Tres estrellas, tres generaciones, 
tres nombres unidos para siempre 
a la camiseta de Argentina.

Y hoy soy mujer y también escritora,
y he venido hasta Valencia a encontrarte; 
traigo un poema entre mis manos
y mi libro sobre el mate, 
que hoy quiero ofrecerte.

Mis padres ya no pueden verte,
pero siento que vienen conmigo.
Porque aquella niña que un día te admiró 
hoy ha cruzado el tiempo
para poder encontrarte.

De los ojos de mis padres
a mi pluma y a mi memoria, 
han pasado muchos años,
pero hay recuerdos que nunca se borran.

Y hoy, cincuenta años después
de aquel encuentro entre tú y Valencia, 
soy yo quien viene hasta aquí
para darte las gracias.

Gracias, Mario Alberto Kempes. 
Gracias, querido Matador,
por formar parte de aquellos recuerdos 
que el tiempo convirtió en historia.

Con admiración, cariño
y en memoria de mis padres,

Olga Chomón
© copyright septiembre de 2026



De los ojos de mis padres a Valencia: mi encuentro con Mario Alberto Kempes

Hay personas que forman parte de nuestra memoria mucho antes de que lleguemos a conocerlas.

Mario Alberto Kempes es una de ellas.

Cuando pienso en Kempes, inevitablemente vuelvo a mi infancia. Yo era una niña cuando Argentina conquistó el Mundial de 1978 y, en mi casa, mis padres vivieron aquella victoria con una enorme admiración por aquel jugador que se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la historia del fútbol argentino.

Yo aprendí a admirarlo a través de ellos.

Pasaron los años y aquella niña creció. Pero algunos recuerdos permanecen intactos. Y uno de ellos era el deseo de poder estar algún día frente a Mario Alberto Kempes y decirle gracias.

Ese momento llegó en Valencia, durante el encuentro celebrado los días 25 y 26 de septiembre de 2026, con motivo de los cincuenta años de la llegada de El Matador a Valencia.

El viernes 25 tuve el honor de conocer personalmente a Kempes. Pude hablar con él y, sobre todo, pude entregarle algo que había escrito pensando especialmente en él: un poema nacido de mis recuerdos, de la admiración de mis padres y de mi propia historia.

Cuando llegó el momento, lo leí.

Mientras recitaba aquellos versos, sentí que en realidad no estaba hablando solamente de un futbolista. Estaba poniendo en palabras una parte de mi infancia, la memoria de mis padres y todo aquello que, de alguna manera, me había llevado hasta aquel instante.

El poema terminaba con unas palabras que para mí tenían un significado muy especial:

“Con admiración, cariño y en memoria de mis padres,

Olga Chomón.”

Cuando terminé de recitar, Mario tomó entre sus manos el poema que acababa de entregarle. Me dijo:

—Gracias.

Y después vino un beso y un abrazo.

Fueron unas palabras y unos gestos muy sencillos, pero para mí significaron muchísimo. En aquel momento sentí que todo lo que había querido transmitirle —la admiración de mis padres, mis recuerdos de infancia, los años transcurridos y el cariño con el que había escrito aquellos versos—había llegado hasta él.

Y allí estaba yo, frente a Mario Alberto Kempes, viendo cómo sostenía entre sus manos aquel poema que había nacido de una historia que comenzó muchos años atrás, en mi propia familia.

Después ocurrió algo que tampoco olvidaré. Varias de las personas que habían presenciado la lectura se acercaron a felicitarme. Me dijeron cuánto les había gustado y cuánto les había emocionado el poema. Algunos incluso quisieron tener una copia para conservarla.

Aquello me emocionó especialmente.

Porque en ese instante comprendí que una historia que había nacido muchos años atrás, en mi casa y en la mirada de una niña hacia sus padres, había encontrado también un lugar en Valencia.

Además del poema, quise entregarle a Mario un pequeño obsequio personal: una bolsa preparada especialmente para él, con mi libro El poder del mate, una camiseta y unos bolígrafos. Quería compartir con él otra parte de mi mundo y de mi trabajo como escritora.

El poder del mate representa también una parte importante de mi identidad. El mate pertenece a mi cultura, a mis recuerdos y a esa Argentina que, de alguna manera, estuvo presente en mi vida desde siempre.

Por eso sentí que aquel regalo tenía un significado especial. No era simplemente entregar un libro. Era ofrecerle una pequeña parte de mí.

El sábado 26 llegó una segunda jornada, diferente pero igualmente especial. Compartimos una comida con personas vinculadas al Valencia y con otros asistentes al encuentro. No éramos exactamente los mismos del día anterior; solamente coincidimos dos personas que habíamos estado allí el viernes.

Y quizá eso también formó parte de la magia de aquel fin de semana: cada jornada tuvo su propia historia, sus propias conversaciones y sus propios encuentros.

Pero para mí, todo quedó unido por una misma figura: Mario Alberto Kempes.

Valencia no fue para mí solamente el lugar donde se celebraba un evento. Fue el lugar donde se cruzaron varias etapas de mi vida: la niña que escuchaba hablar de Kempes en casa, la hija que conserva la memoria de sus padres, la mujer que decidió viajar hasta Valencia y la escritora que pudo transformar todos esos recuerdos en unos versos para entregarlos personalmente.

Hay momentos que uno imagina durante mucho tiempo y que, cuando finalmente llegan, son incluso más emocionantes de lo que había pensado.

Conocer a Mario Alberto Kempes fue uno de ellos.

Y poder decirle, frente a frente, aquello que durante tantos años había guardado en la memoria, fue un regalo que guardaré para siempre.

Porque algunas historias comienzan en un lugar muy lejano y tardan muchos años en encontrar su destino.

La mía comenzó en Argentina, en la mirada de mis padres hacia aquel futbolista que hizo historia en 1978.

Y cincuenta años después de su llegada a Valencia, aquella niña que lo admiraba a través de sus padres pudo finalmente estar frente a él.

Con un poema entre sus manos.

Con un abrazo.

Y con la memoria de mis padres en el corazón.

Olga Chomón
© copyright septiembre de 2026







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