Medio siglo ha transcurrido desde que Mario aterrizara, se vistiera de blanco, fallara hasta lo no permitido, conociera la irritación de aquel Mestalla y tan solo unos días después, comenzara a crear esa especie de mito hermoso e infalible, que hoy pervive en la memoria de aquellos afortunados que lo disfrutamos, en la de los herederos de estos a través de la persistente docencia de su maravillosa historia y en la del valencianismo en pleno, en forma de añoranza.
Medio siglo para concluir que pese al paso de grandes jugadores por el club, nadie como Kempes fue capaz de unirnos acerca del orgullo, admiración o pertenencia a una entidad, defendida entonces de forma unánime y cada uno con la cuota de posesión que le otorgaba su abono. Para no resultar injustos, vivencias repetidas posteriormente con el espectacular equipo en manos de Ranieri, Cúper y sobre todo Benítez. Mario fue mucho más que el “pichichi” repetido de la liga española o del mundial de Argentina, que el mejor futbolista del mundo del momento, que el artífice principal de los tres títulos alcanzados en aquel fútbol por el Valencia o que el autor de aquel antológico gol al Sevilla de “Súper Paco”, tras recorrerse el campo de derecha a izquierda y soltar aquel inolvidable zurdazo antes de pisar el área. Incluso resultó mucho más que los beneficios que lograba el club con la explotación de su imagen. Si el valencianista de entonces pudiera ponerle cara a la adolescencia, al ejemplo, a la celebración compartida, a la humildad, al respeto, a la Transición o a la devoción, esta sería la de Mario Kempes.
Medio siglo pasó en el que muchos íbamos al campo porque jugaba él, rodeado de grandes futbolistas y luciendo nuestro escudo por entonces inviolable. Asistimos a sus años de esplendor, a sus goles imposibles y al mismo tiempo previsibles, al ritual de cada falta con el imborrable cántico de aquel estadio rendido a su héroe en espera de su final feliz, ¡Keeeeempes Keeeeempes! También a su decaimiento, al dolor que sentíamos asociado a sus lesiones, a su hombro, a su malhumor. A Jena. A la exigencia desmedida de un público al que le costó entender que Mario era humano. Al impacto de verlo en su ciudad jugar al futbol sala solo seis años después de ser el mejor jugador del mundo cuando como luego demostró, aún le quedaba por delante tanto fútbol. Eso sí, con otras camisetas. Alejado de Mestalla. Siguiendo a distancia el descenso del 86 y el ascenso un año después, el resurgimiento económico y deportivo de manos de entusiastas valencianos, la innecesaria e injusta conversión del club en SAD y con ella el primer brote de especulación previa al expolio en colaboración con la mercantilización de un periodismo surgido de aquel brote. Si quisieran identificarlo es fácil, recurran al “Arturo suelta los duros”, al tiempo del perezoso homenaje que le dispensamos a nuestro protagonista. Tal vez , Mario pudo atenuar la sensación de incomprensión y agravio de su salida, tras ser testigo posterior de las consecuencias de aquel gol de Pauleta y la caída del “Valencia Campió”, del volteo del coche del entrenador que nos llevó a dos finales de “Champions” con su familia dentro, de los pitos en el discurso de presentación al presidente de un equipo campeón, este sí de verdad, del “Quique me aburro” o de aquella advertencia presidencial del mandatario que año tras año consentía las ventas de los mejores futbolistas, dirigida al entrenador que consiguió tres terceros puestos de forma continuada y que decía algo parecido a “ser terceros era algo necesario pero no suficiente”. Así hasta llegar a la degradación primero y la rendición después, escenificada en el bochornoso “benvingut Peter”.
Medio siglo para la reflexión, la primera la nuestra. La de la comparación, háganlo y cotejen dos fotos, una la de Kempes y otra la de Kiat Lim. Repónganse. La de la impotencia, deportiva, política o social. Siete, son las temporadas que lleva el equipo sin competir en Europa, no hace falta nada más para entender el frustrante momento futbolístico. Los políticos devolvieron riqueza contra nada en el mes de julio del 24 y en diferido, se estableció cancelar el riesgo con Caixabank, se adjudicó un suelo terciario y se fijó un “derecho de cobro” como garantía de una financiación hasta la venta de otro suelo, el de todos, aquel donde goleó Mario, el único Mestalla. Estaría bien que el partido político más votado del Ayuntamiento de Valencia, nos contara el motivo por el cuál centró su actuación en concluir las obras del nuevo estadio en vez de someter y acabar conforme a derecho, con quien incumplió, humilló o destrozó al club, a su ciudad o a sus ciudadanos. De igual forma, invitamos a aquellos partidos opositores al más votado, a no volver a argumentar, al menos ante nosotros, que el día 3 de agosto de 2024 era la fecha donde LIM recuperaba la edificabilidad sin condiciones y sin garantías para posicionarse. Ridículo razonamiento convertido en miseria, tan solo entendible desde el engaño. Por agotamiento, por rendición, exhaustos de un comportamiento inesperado y dividido, debemos reconocer que el contrapeso social es inexistente y que no hemos sabido detener el deterioro ni a su causante.
Medio siglo para entender que Mario Kempes se encuentra ante su jugada más complicada: hablar sobre su Valencia desde su celebrada independencia ya que nunca se adaptó a este disparate. La consecuencia es la conocida. Fuera del club pero dentro de nuestro corazón, donde nunca el abuso se convertirá en costumbre.
Plataforma “Espíritu del 86”
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