diumenge, 14 d’octubre de 2018

EL MURCIÉLAGO DE MI CORAZÓN



Hace unos meses tuve que ir al cardiólogo por primera vez en mi vida. Parece un contrasentido que un valencianista no frecuente con más asiduidad a este profesional, pero será que tenemos el corazón hecho de una mezcla de cara de político acomodado y fuego valyrio.


Cuando me puso en pantalla a modo VAR me soltó de sopetón: “¡pero si tiene un murciélago en su corazón!”. Y se lo expliqué con unas pocas frases:

Desde bien pequeño, tutelado por mi hermano Antonio, hablar del València CF era tan habitual como hablar del procés en Catalunya (bueno…creo que me he pasado; no daba tanto la brasa…)

Mis escapadas con mi hermano a un Mestalla de principios de los 70 a ver al Mestalleta. Ese aguacero el día del Acero que tuvimos que refugiarnos todos en tribuna. Esos partidos contra el Soledad o el Constancia o el Atlético Baleares, bajando por el lado de la pista de baloncesto donde jugaba el Valencia. Entonces nos las veíamos en nuestro grupo de 3ª División contra un resto formado por valencianos y baleares.

¡Alirón, alirón, el València campeón! Vaya final de Liga. 15 últimos minutos de partido al borde del infarto, en que el título pendía de un hilo tras el gol de Lamata y el empate en el Manzanares del Atlético. Esto sólo le podía pasar al València. Era muy pequeño y pensé que vendrían muchas más Ligas. Sin embargo, el juego de poderes en el fútbol español y las malas gestiones directivas hicieron que lo anecdótico fuese eso: ganar una Liga.

Mi regalo de comunión en Mislata. Un buen amigo de mi padre, Antonio Asunción, quien llevó su levantinismo de La Malvarrosa a Manresa, me regaló una camiseta con el 8 de Forment a la espalda (entonces no se rotulaba el nombre, sólo aparecía el número) y unas botas de reglamento que apenas utilicé (a ver cómo jugaba en la calle con esas botas sin que me rehuyesen tibias y peronés).

Las semanas antes de partir a otras tierras vimos al Sporting de Gijón con el golazo de Adorno desde la línea de fondo o el susto final del uno contra uno de Lavandera contra nuestro Abelardo. O el día del Betis, en que Orife hizo temblar nuestro larguero, pero Pepe Claramunt nos regaló uno de los mejores goles de la historia. 

El adiós a València un 10 de octubre de 1971 en un expreso que venía de Granada. El día más triste de mi vida. Para amanecer en otra ciudad en que los valencianos éramos (entonces) rara avis. Nuevas palabras para denominar el mismo producto. No podías decir mallorquina (sobrasada), longaniza (fuet), pamplonés (chorizo), puromoro (regaliz), pica-pica (sidral), clóchina (mejillón), y tantas otras, sin que te escaneasen las retinas escandalizadas.

“El Valencia lo que tiene que hacer es no impedir que ganemos la Liga cuando el Madrid no está fino”, y otras frases del montón que denotaban panchacontentismo y miraralombliguismo culé inanes. Empezaba a comprobar el odio visceral por todo lo que oliese a madridismo.

Mi foto vestido de valencianista (pantalón y medias blancas) en la Plaza de la Infancia de La Verneda, mi evocación callejera del Mestalla valenciano. Jugué de delantero centro a pepinazo limpio estilo Scotta, hasta que el puño de un portero dejó mi ojo llorando de la hostia que me atizó al bregar por un balón por alto. 


Mis Ligas de fútbol a botones, donde mi Mestalla particular era un espacio de 4x3 rajoles de 40x40 cm., y donde tenía que poner reglas debajo de los muebles para que no se colasen los botones más pequeños bajo los armarios. No sé por qué, de 8 Ligas que jugué, haciendo de jugador, entrenador, utillero (rotulando los botones), locutor de radio y público a la vez, y transportista de los botones al terreno de juego y de allí a su hotel de descanso (unas cajitas rotuladas equipo por equipo que guardaba en una caja más grande), el València CF ganó al menos la mitad…

Mi camiseta de la senyera versión 1978. Qué calor daba la condenada. Ya en mi madurez apareció en casa de mi hermano y me intenté enfundar esa camiseta de tubo. Imposible… El contenido excedía en mucho ese continente. Me la puse pocas veces. Las más insensatas, haciendo footing en Alicante del Postiguet al inicio de la Albufereta, y en Barcelona el día siguiente a nuestra Recopa contra el Arsenal.

El espectáculo de ver las cabalgadas con melenas al viento de Mario Kempes y esos zurdazos que doblaban las manos a los porteros. Orgullo de ser el Pichichi dos temporadas, arrebatando el primero a Marañón en una tarde de celebración colchonera, y de ser máximo goleador en aquel Mundial argentino. Cuando las lesiones lo doblaron no supimos agradecerle los derroches que había mostrado en el campo.

Aquella Recopa ganada a golpe de penalty, especialidad en que no solemos destacar, precisamente. Aquel penalty de Castellanos en que el 95 % de los valencianistas veíamos el antecedente del de Sergio Ramos al Bayern. Por fortuna, el larguero nos favoreció, y Santi Pereira hizo el resto para ganar mi primer título europeo.

Mis minutos de extremo sufrimiento aquel primero de mayo de 1983 mientras trabajaba en la caseta de entrevías de la Estación de França, escuchando cómo reculábamos en el césped para aferrarnos a nuestro hábitat de la 1ª División. La felicidad que sentí al escuchar que había finalizado el partido no la volví a sentir hasta muchos años después.

Esa satisfacción después de mojarles la oreja en el Camp Nou. Y esa vergüenza cuando nos goleaban hasta con goles de culo, empalmes a la escuadra que no les salía ni en los entrenos, o que a Timo se los metían hasta sin querer.

Esa búsqueda de horchaterías por Barcelona tras leer que Roberto Fernández había encontrado una en la que hacían horchata valenciana genuina. Estaba hartito de Chufis y Ches que sabían a cualquier cosa menos a horchata. Al final hallé unas pocas. La primera horchata de cada temporada es un momento intenso de valencianía.

La pegatina trasera en mis primeros coches, y las caras burlonas tras hacernos un siete en tierras nibelungas. O la vergüenza que sentí tras leer aquellas declaraciones de un Paco Roig pagado de sí mismo (poco después pagado por los Soler su retiro dorado) tras llegar a la presidencia vestido de moro y diciendo que iban a valencianizar Catalunya brindando los triunfos con agua de València.

Esas bajadas por la A-7 o AP-7, como se llama ahora, una vez al año con mi hermano a visitar Mestalla, y la tradicional paella en el Pasqualet. Ha habido de todo, desde goles a mansalva al Oviedo, o celebración de la Liga ante er Beti con U-ha Anglomá, hasta baile carioca del Barça con cena en Los Bestias. No sé si fue más traumática la experiencia en el campo o en la mesa…

Ese orgullo de ir a comprar el Levante-EMV los domingos y los lunes, y de hacerse con los fascículos de la Historia del València CF de Jaime Hernández Perpiñá. Henchido de satisfacción al completar el lanzamiento completo y encuadernado. Esos fascículos de nuestra primera y exitosa temporada en Champions que todavía tengo por casa. Yo era ese tío raro que cruzaba la ciudad condal sólo para comprar un diario regional, y que brincó de alegría cuando le dieron el traslado laboral a Barcelona, porque sólo allí había kioscos donde podía comprar el Levante. 

Esa cara a cuadros cuando Alfredo le robó la cartera a Zubi y al chaparrón que frustró nuestra remontada, vengando la afrenta del penalti de Djukic.

Todos esos goles del Valencia y algunos del Mestalla que grabé en vídeo VHS durante varios años. Tengo al menos dos cintas de dos horas enteras. Paciencia infinita para esperar a que los emitiesen en cadenas a las que resbalaba el València, que no era ni el equipo valdanesco que animaba los campeonatos. Incluso esperaba a altas horas de la noche. Ahí están. Algún día tendría que pasarlos a otro formato.

Ese cabreo monumental un lunes por la noche que el València de Rinaldi jugaba en el Camp Nou y que tuve que aguantar al paliza de Frederic Porta en A3 y que el Barça nos golease aún jugando bien. Tras encajar injustamente un gol tras otro, mi sueño era mayor que las ganas de ver cómo nos goleaban, y cuando el Barça metió el tercero, apagué la tele intempestivamente. “Estoy no hay quien lo aguante. No tengo ganas de ver otro 6-1”. Cuando me levanté la mañana siguiente a las 5:30 para ir a trabajar, puse el teletexto y tuve que mirarlo varias veces para abrir bien los ojos: ¡¡me perdí la mega-remontada del 3-4!! Mi mayor cagada valencianista.

Esa sonrisa de oreja a oreja para comprar los diarios un domingo de finales de junio de 1999 con mi pantalón del València CF. Y algunos felicitándome por el partidazo y ese gol orgásmico de Mendieta en el estadio de La Cartuja de Sevilla. 

Ese grito desgarrador tras el segundo gol de Baraja al Espanyol aquel sábado por la noche en mi piso. Se enteró todo el vecindario. Era un grito con sabor a Liga treinta y tantos años después.

Esas fotos históricas de una decena de temerarios valencianistas festejando esas Ligas en ¡la Font de Canaletes y el monumento a Colón! Los guiris pasaban por al lado y no daban crédito (ya empezaba la crisis) a semejantes viñetas. Suerte tuvimos que no pasase ningún boix noi que no comulgase con tamañas afrentas sacrílegas. 


Esa punta de los dedos de Kahn que nos dejó sin Champions. ¿La merecimos? Lo que no nos merecimos fue al gordinflas holandés que pitó aquel infame penalti y nos chuleó durante el partido. Desolación. Con esa palabra se puede definir aquella final.

Esas primaveras, cinco o seis seguidas, de gran ilusión valencianista, en que a la vez que se alargaba el día, se alargaban nuestras posibilidades de conseguir algo grande, y que me sentía superorgulloso de que conocieran de mi valencianismo. No todas culminaron, pero estar ahí hasta el final era la hostia.

Esas semanas escribiendo cartas del aficionado para Foroché, y mis colaboraciones para Valenciafórum, precursor de Checheche. Menudo grupito hicimos. Saltaban chispas en nuestro foro, con genios como Bixent, Little, Pkdor, GAN, Rayador, Vicarlos o hg, y más trolls como Bernabeu, Antiblanco o Geta. 

Ese día que me enfundé la camiseta naranja de Terra Mítica tras ganar la Liga 2003/04. Todo el día con ella, en el trabajo, en el transporte público, en el programa de televisión de TV3 Gol a Gol, junto con miembros de la Penya de Barcelona. 

“Aquí sólo venís a dar patadas”, me soltó un culé tras empatarles a 2 en su santuario. “Sólo desactivamos a vuestras figuritas con orden y efectividad. Cada uno lucha con los recursos que mejor maneja“. Contestación clara y concisa.

Ese viaje temerario a València yo solo tras salir del trabajo para ver la final contra el equipo azulón del que se puso de parte nuestro más famoso cazador de elefantes (y de movimientos sexy de cadera). Fue en la Plaza de Toros de València, junto con muy buenos valencianistas. Y el regreso a altas horas de la noche (llegué a casa a las 5 de la mañana) con la sorpresa cuando salía de València de una mención en el programa radiofónico de JR March. 

Esas cervezas Turia con mis amigos exiliados Paquito Gisbert y JR March. Los toros desde la barrera se ven con más perspectiva, pero también con menos hiel. 

Esos años de travesía en el desierto que pagamos con intereses los años de estirar más el brazo que la manga, y en que la supuesta influencia valenciana en Madrid sólo nos sirvió como ensañamiento contra aquel que osa hacer frente a los privilegios de los poderosos.

En fin. Todos esos años durísimos de distancia. Ser valencianista en la lejanía entonces era una aventura propia del Doctor Livingstone (supongo). No llegaban a cocinarnos en un caldero caníbal, pero nos torraban a estímulos informativos blanqui-azulgranas. Era difícil buscar mi propio nicho informativo. Yendo incluso a València a hacerme con cualquier libro que tratase sobre mi equipo, y regresando cargado con 10 o 12 libros, ante la crispación conyugal. Internet transformó todo. Se hizo accesible progresivamente un cúmulo de informaciones impensable antes y permitía interaccionar con sujetos con intereses y gustos comunes. E incluso internet también ha cambiado, pues empezó a escribir sobre mi equipo gente con mucho trellat, pero ahora hay que separar el mucho polvo de la escasa paja (paradójico, con lo que abunda el porno en internet) de excelsa materia gris.

“Por eso, señor cardiólogo, mi murciélago, ni tocarlo; que al fin y al cabo es quien alimenta mis ilusiones y curte mi maltrecho corazón”.

José Luis Brú


divendres, 5 d’octubre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 8 

Aproximación a Manolo (el del Barça)

Tuve una infancia privilegiada. Entre abril de 1977 y noviembre de 1983 el Valencia no perdió en casa contra el Barça. En Liga, pero también en Copa y Recopa, Mestalla fue campo maldito para los culers. Sólo debido al calamitoso arbitraje de Lamo Castillo en la 83-84 se rompió el idilio. Fue una jornada de lluvia, entre semana. La noche acabó con cargas policiales en la avenida de Suecia. Generó consecuencias: nos cerraron el campo. Pero eso vino después. Antes hubo tardes y noches memorables de gran fútbol. Victorias épicas, goleadas inesperadas, repasos absolutos. Los Valencia-Barça solían empezar en el Bar Los Checas. Llegaban decenas de autobuses. Si los fusterianos locales hubiesen visto aquellos desembarcos, su mirada fantasmagórica sobre la superioridad moral del Barça habría sido más cautelosa y prudente. Aquella turba no bajaba con libros de Salvador Espriu bajo el brazo. Eran hinchas. Primarios, rudos, elementales. Mi preferido era un tiparraco con barretina y culo de panadero que respondía al nombre de Manolo el del Barça. Era una caricatura siniestra del inefable Manolo el del bombo. Más que una parodia, parecía un quierosercomotú. A día de hoy cuesta creerlo, pero en el siglo XX había catalanes que tenían a Manolo el del Bombo como espejo y referente vital. Posiblemente, esa dialéctica de los Manolos confirmara el carácter bipolar del més que un club. El Barça era eso: una guerra de Manolos. Si Vázquez Montalbán recogía las inquietudes del culerismo ilustrado, el otro sintetizaba las aspiraciones de la culerada lumpen: tocar el bombo, ir de putas, eructar ritmos latinos. Durante tres temporadas seguidas, Manolo el del Barça se convirtió en mi gran ídolo. Cada vez aparecía más gordo, más culón, con menos pelo. Su primera aparición estelar fue en enero de 1981. Por la mañana fuimos a la playa de Pinedo a ver un buque encallado. Después, como cada domingo, pasamos por el bar Los Checas. La presencia de aquel tipo con bombo y barretina fue un shock. En un momento dado se arrancó con esta coplilla: hala Madrid, hala Madrid, el equipo del gobierno, la vergüenza del país. Fue la primera vez que la escuché. El resto de Morenos, anticipo castizo de los inminentes Boixos Nois, se sumó al karaoke con gran entusiasmo. En el aire flotaba una rara confraternización, fruto, sin duda, de la coplilla antimadridista. Ese año no hubo hostias. Las hostias empezaron a la temporada siguiente. 

Es difícil encontrar un día como el 21 de marzo de 1982. 10000 culers en Valencia, paseíllo de Nuñez por el césped antes del partido, la culerada que vislumbra el título. Resultado final: 3-0, delirio en Mestalla, cejas abiertas en los alrededores del campo, festival valencianista. Apenas unos meses después, en septiembre de 1982, se repite el mismo escenario. Sólo cambia la luz y la tormenta de la sobremesa. En la radio, El Puma y su “Dueño de nada” dan cobijo a la melancolía del verano vencido. Los charcos del solar de la calle Rubén Darío explican el paisaje mientras servidor apura sus últimas semanas de verdadera felicidad. De fondo, el rumor del debut de Maradona alienta el mito de todos los sábados por la noche, las calles mojadas, el esqueleto de Mestalla bajo la densa humareda de las tracas. La historia parece un círculo cerrado: todo vuelve. Gana el Valencia con remontada, 2-1. Al acabar el partido empieza otro partido. En la terraza del bar Los Checas, Manolo el del Barça jura venganza. Un día de estos mataré al hijoputa ese de Carrete, se le oye decir. Un llauro con manos como tenazas le interpela. ¿A qui vas a matar tú, tío serdo? Ese “tío Serdo” dicho a la valenciana anticipa la hecatombe. Se hace el silencio. Un cosquilleo me anuncia que años después recordaré a la perfección el golpe y la novela. No me engaño. En ese silencio cabe la biografía no autorizada de Manolo el del Barça, arlequín vencido, estereotipo de aquella otra Barcelona sucia y arrasada que Francesc Betriu retrató con lucidez en Furia Española, la gran película del viejo Barça y su barrio chino. Al otro lado de Blasco Ibáñez, las luces interiores del graderío se apagan lentamente. En la última fila de la Numerada, el hombre de las banderas guarda los pendones descoloridos que anuncian la primera victoria de la temporada, un espejismo que en ese momento nadie contempla. El silencio rompe en estruendo. Primero cae el bombo, después su propietario. Todo tiembla. No es un terremoto, es Manolo el del Barça, tamborilero caído de una sola galleta. En el umbral de la puerta del bar alguien dice: “l’any que vé tornes, fill d’una puta”. Sin ser un epitafio, se agita en la suave noche de septiembre como una sentencia inapelable. Pobre Manolo el del Barça. Ya no volverá nunca más al bar Los Checas. 



Rafa Lahuerta

dijous, 4 d’octubre de 2018

ETERNES VESPRADES A L'ALGIRÓS


I



Nunca es agradable presidir un funeral, pensaba el joven sacerdote, al tiempo que recogía con cuidado el utillaje litúrgico. Joven, aunque sin ínfulas de grandeza y lleno de ganas de hacer un buen trabajo en ésta, su primera vicaría; pensaba, al menos, que la ceremonia de hoy había sido pausada y contenida. La familia mantenía la serenidad propia de los que asumen que la vida es algo finito y que, como un cirio, lentamente el brillo vital se va consumiendo hasta desaparecer.

-Bon dia, Senyor Retor, disculpe vosté que el molestem però volíem agrair les seues paraules, mon pare era un bon home, sap vosté?- dice la mujer.

Un hombre y una mujer, ya mayores, hermanos e hijos del difunto, habían entrado con respeto reverencial en la sacristía. Las miradas serenas y las manos, estrechadas con el sacerdote con suma educación, gastadas y callosas, síntoma de una vida dura y trabajosa.

-Sí, estem molt agraïts, gràcies. -Continúa el hermano que parece algo menor -. Si necessita vosté qualsevol cosa més, si no, nosaltres ja marxem cap al cementeri.

-No, no gracias, acabo de recoger y salgo yo también para allá. -Responde amablemente el sacerdote.

-Per cert, senyor retor, una cosa que hem oblidat de dir-li i que és una curiositat: sap vosté que mon pare va ser, segurament, l’últim que quedava, dels que construïren la parroquia?

El sacerdote arqueó levemente las cejas, siempre había sido un apasionado de las historias y el anecdotario popular de la ciudad.

-I segur que vosté no sap, perquè és molt jove, d’on venen les rajoles de la construcció dels murs, veritat?

-No, no sabia jo res d’això… 


II

Los nudillos crujen de dolor, fuertemente estrechados por la mano del padre, aunque el pequeño no llora, de hecho, aún conserva la sonrisa traviesa por haberse librado de una más que segura azotaina. Los campos están llenos de piedras, huecos de acequia y otras trampas que podrían haberle hecho caer, de ahí que la instrucción, no cumplida, fuera severa: “Res de correr i agarra´t a la má de ton pare”. En cuánto la madre desapareció tras la puerta cerrándose de la barraca, nuestro pequeño, como si fuera una comadreja, había salido disparado, con habilidad innata, hacia su objetivo: el vecino muro de acceso al lugar de ensoñación.

-Jugarà Montes, pare? I Cubells?, guanyarà el València? Sempre guanya, veritat pare? Guanyarem? Montes farà un gol? Qui és millor, Pare? A mi m’han dit que Montes? Però a que Cubells també és boníssim? Guanyarem?.....

El padre sonríe mientras aprieta con fuerza la mano del hijo impetuoso que no ha podido evitar escapar, corriendo como un relámpago por la huerta, para llegar el primero al campo. Le ha costado más de un favor y esfuerzo conseguir una entrada para ir al campo del Valencia FC. Siempre le atrajo el Football desde que contempló, hace ya algunos años, por vez primera en una demostración junto al próximo cauce del río. Pero nada que ver con la emoción de su pequeño que, pese no haber nunca visto rodar un balón de verdad y no de trapos viejos, suspiraba de emoción y ansiedad cada vez que pasaba junto al tapiado de ladrillo amarillento del campo de juego. Mucho más interesado por las aventuras que contaban caminantes y transeúntes del lugar, que de aprender los rudimentos básicos del oficio de labranza propio del vecindario.

Minutos después, el pequeño asoma la cabeza entre la algarabía de los espectadores y curiosos allí reunidos; ya está en la tierra herbosa del solar tapiado el equipo rival, del que sólo se reconoce una camisola abierta azulada oscura con unas rayas negras y un pantalón y medias igualmente oscuras. Esperan brazos en jarra en el silencio del estallido previo al clamor de la afición local.

-Mira pare! El València!... mira, mira, mira, mira! Montes! I eixe ha de ser Cubells! Mira pare, els veus… són els jugadors del València!

Mientras, el padre sonríe , los ojos del pequeño retendrán para siempre esa imagen de felicidad e ilusión absoluta. Unos ojos vivarachos y alegres, que habrán de ver todavía muchas cosas en la vida que sucederá. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.


III

El viejo sacerdote siente que la providencia le ha abandonado. Desde siempre aprendió y aplicó aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando” y en ésta, la que era su gran obra, había golpeado muy fuerte con el mazo de la persistencia. Había conseguido, a cambio de un responso, reducir el precio de la portada, de piedra antigua, que habría de dar lustre a la construcción del templo definitivo. Había bordeado la afonía en más de un despacho y estaba a punto de conseguir las losas sobrantes de la reforma de la plaza de la Virgen para el atrio parroquial… cuando la riada, tragedia terrible y drama y dolor en la ciudad, se había llevado por delante los pocos materiales de construcción disponibles aparte de, más importante aún, las ilusiones y esperanzas de sus humildes parroquianos.

La acequia de Mestalla baja todavía crecida y el sacerdote mira el cielo, aún plomizo, preguntándose qué nueva plaga bíblica iba a recibir su templo aún no construido, cuando una voz recia y calmada le resuena por detrás en un impostado castellano.

-Senyor Retor, tenga usted cuidado, ahí hay mucho barro y puede resbalar y caer al agua.

Quien habla es un labrador parroquiano, de unos aparentes cuarenta años. Aunque avejentado por la dureza del trabajo en el campo próximo, se mantiene erguido y fuerte. En sus manos, pies y cuerpo la marca del duro trabajo y el barro persistente del que ha ayudado en todo lo posible a sus vecinos, amigos y hermanos a sobrevivir al drama reciente provocado por el agua indómita y criminal.

-Más me valdría, hijo mío. – El sacerdote necesitaba desahogar sus penas y frustración-. No hay manera… salvo que usted sepa dónde podemos encontrar ladrillos suficientes para construir la parroquia… más me valdría caer al agua, sí.

El labrador queda pensativo por un momento. El sacerdote le observa y por un momento parece percibir un rayo de luz en su mirada.

-¿Rajoles?… digo … ¿piedras dice, padre?... Escuche, yo sé dónde hay piedras, un montón.

-Pero… -dice el sacerdote.- tienen que ser de aquí cerca, para transportarlas con carretilla, y levantar la iglesia, y…

-Mire padre, yo le puedo traer a usted rajoles para construir una catedral si lo desea….de hecho –pensó en voz alta el labrador.-En ningún sitio mejor que aquí podrían acabar esas piedras.

El sacerdote alzó la mirada esperanzado y se topó con una leve sonrisa, que contrastaba con unos ojos cansados y melancólicos , que habían visto muchas cosas, demasiadas para una sola vida. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.

IV

El mes de julio está siendo tórrido y asfixiante, no vendrían mal unos ejercicios espirituales en alguna casa de Groenlandia, piensa el joven sacerdote mientras arranca el vehículo y se incorpora al camino que conduce al cementerio. A pocos metros, en el semáforo, el conductor del vehículo funerario saca su codo por la ventanilla, indolente.

En su interior un humilde féretro aguarda su último viaje a la eternidad, en el espejo retrovisor una fachada de iglesia avejentada y unas piedras que necesitan inminente restauración. 

Piedras algo más viejas que el templo que ahora protegen de la intemperie. 

Ocultas por una enredadera infinita que, a modo de velo, guarda el secreto de su origen.

En su viaje, tal vez el último, hacia la eternidad de la que fueron, un día y para siempre, testimonio.

Sergi Calvo





divendres, 28 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 7

ATOTXA ENTRE TINIEBLAS


La Real Sociedad eligió Atotxa para contrarrestar el poder hipnótico de su bahía. Entre el marco incomparable de la Bella Easo y el glamour de su festival de cine, el equipo local se atrincheró en una caja de zapatos para compensar, despistar y anestesiar a los rivales. Esa paradoja de equipo adusto y ferroviario en un entorno privilegiado debía chocarle al visitante que llegaba entre algodones. Cuando despertaba de la ensoñación, el barro ya había pinchado dos veces el esférico y la Real iba por delante en el marcador. Si llovía, el andamiaje de película de terror crecía exponencialmente al paso de los trenes que corrían en paralelo. La combinación de plomo y barro era infalible. Con o sin lluvia, el lodo era una constante, se perfilaba como el jugador número trece de la Real, una Real de altos vuelos, la mejor Real Sociedad de la historia. En el lodazal emergía siempre la puntita nada poética de Satrústegui y sus testarazos al más puro estilo Ansola, su predecesor en la delantera. Todo encajaba. Ormaetxea engrasó un equipo para combatir en la selva tropical, pero también para ganar en campo abierto. Se sostenía sobre los pies de bailarina del excelso López Ufarte, el cerebro privilegiado de Zamora y la contundencia extrema de la zaga. En última instancia siempre quedaba Arkonada, Arkonada y el lodo. A los rivales, el lodo los engullía. Venían de pasear por La Concha y se encontraban con el infierno. Sorprende que nadie haya escrito sobre esa dialéctica: ciudad versus estadio. En pocos lugares la distancia estética era tan evidente como en Donosti. Los goles txuri-urdin eran goles por allanamiento. El murmullo anticipaba el estallido. La pelota entraba llorando, como si las miradas de la grada ejercieran de imán. Las avalanchas de Atotxa eran las más británicas del fútbol hispano. Procedían de un desmayo colectivo. Caían a cámara lenta, como si la moviola dirigiera el orfeón y su puesta en escena. 

En Atotxa el Valencia lo pasaba siempre mal. En 20 años nunca le vi ganar un partido. A lo sumo, algún meritorio empate con goles de Kempes. Un día, Rainer Bonhoff entró en el vestuario llorando. ¿Qué te pasa Rainer? Le preguntó Pepe Vaello. Que me han llamado nazi, contestó desolado el germánico. También Castellanos mantenía un idilio muy particular con la afición blanquiazul. No lo podían ni ver. Lo singular en Castellanos era su mecánica. Era un Madelman articulado. Su juego de codos era similar al de Marchena. Hacía amigos con gran facilidad, sobre todo en el país Vasco. Sin duda, su aspecto de comandante de la guardia civil no le ayudaba mucho. 

En 1996 estuve en San Sebastián. Atotxa llevaba 3 años sin fútbol de primera, pero aún resistía en pie. Por la mañana fuimos a presentarle nuestros respetos. Se disputaba un partido de rugby y pudimos entrar. Sentado en su tribuna lo entendí todo. El espíritu del tío Benito sobrevolaba las gradas vacías. Bajo un aguacero aquello debía poner los pelos de punta. Esa misma tarde, a la hora clásica, el VCF saltó al césped de Anoeta atrapado en su particular pesadilla de Atotxa. A la media hora la Real ya ganaba 3-0. El resultado final no mejoró, 5-2. Fue el año en que los dos partidos contra los donostiarras nos privaron de ganar la liga, la vibrante temporada de Luis Aragonés en el banquillo. Con esos 6 puntos, o incluso con una victoria y un empate, el VCF hubiera sido campeón. 

Durante el otoño de 2008 volví a San Sebastián. La Real estaba en segunda y Atotxa ya era una plaza gris y fría entre tinieblas. Desde el monte Ulía me hice con el plano total de la ciudad. Como hago siempre que estoy lejos de Valencia imaginé tardes locales de fútbol en los años 70’. Esa rareza íntima me ayuda a comprender el rumor lejano de mis días de radio revoloteando en el comedor de casa mientras mi padre organizaba las facturas. A esos viajes lisérgicos de la infancia se lo debo todo: la memoria, la imaginación, la potestad del relato. La tormenta arreciaba y Arkonada emergía entre las arenas movedizas del área pequeña como el gigante de los chicles Super Boomer. Seguro que Aitor Zabaleta también estaba aquella tarde allí, en el viejo Atotxa, bajo la lluvia.

Rafa Lahuerta


BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 6

¿PARA QUE SIRVE EL GOL DE FORMENT?

Objetivamente un gol no se celebra en diferido. Su estallido es imperativo, presencial, vinculado al éxtasis del aquí y ahora. He celebrado tantos y en tantos lugares, de mil formas tan distintas y en momentos tan dispares que sin duda podría explicar mi vida a partir de su perfume, del rastro que dejaron. Un gol te cambia la vida. No eres el mismo antes del gol de Baraja al Español que después, como no eres el mismo antes de un viaje que cuando regresas. Todo te transforma y los goles de tu equipo no son una excepción que se pueda tomar a la ligera. Sólo hace falta prestar atención, esperar que el rumor que nos cobija explique quienes somos. En ese tratado antológico del gol que es “Maradona en Humahuaca” Vicent Chilet lo explica mejor que nadie. Es un libro tan bello como hipnótico. Cada gol parece un poema, cada poema explica la tensión de los goles que no vimos pero que nos acompañan. De todos los no vividos, ninguno como el de Forment al Celta el 28 de marzo de 1971. Para mí, en mayúsculas, EL GOL. Un gol que me obligó a bucear, a imaginar, a escuchar, a recrear, a escribir, a pensar, a madurar. No estaba en Mestalla aquella tarde, pero lo mismo da. Estar allí nunca fui mi prioridad. Es mejor asimilar que otros sí estaban, que los míos sí estaban. Elegí ese gol a los 18 años. Comprendí muy pronto la onda expansiva que representaba, lo inmensamente feliz que hizo a mi padre, el escenario en el que se consiguió, las circunstancias, el reflejo que aún brilla en las pupilas de todos los que sí lo vieron y nunca lo olvidarán. Un gol así no se celebra en diferido con una placa y un tuit del mago Ciberche. Un gol así exige otro tratamiento. Por eso decidí que cada 28 de marzo ese gol volviera a suceder. No solo por mí, sino por todos. Y muy especialmente por quienes ni siquiera sabían quién era Forment, ni conocían el impacto de un testarazo que transformó la ansiedad en locura y la locura en festejo. 

Después, cuando di el paso y el propio Forment se presentó en la tribuna de Mestalla a encender la traca supe que tenía razón. Tener razón es algo que me preocupa poco, pero ese día no. La sonrisa de Forment me ayudó a comprender lo esencial. De joven se juega para la gloria, la fama, el dinero, la inmediatez. Pero el fútbol, que parece una patología del puro presente, se juega en realidad en el pasado. Dicen que no tiene memoria, pero es precisamente al revés. El fútbol es sólo memoria. Y los grandes clubs son los que saben proyectar esa memoria en la inestabilidad de la competición, los que tienen un poso y lo hacen visible en cada detalle. Al final, lo que perdura es el reconocimiento afectuoso, la huella que tus acciones dejan en las vidas ajenas, el timbre de gloria y mística que eres capaz de suscitar. No sé si Forment lo sabía, pero creo que ahora lo intuye un poco mejor. En la tarde del 28 de marzo de 1971 le tocó sintetizar un instante único y ahora nos toca a nosotros dotarlo de continuidad y trascendencia. Eso es el fútbol. Consagrarse y trascender. No hay otro argumento.  Para eso sirve el gol de Forment, para explicar el significado de Mestalla y lo que nos convoca, para que Carlos Soler y los futuros Carlos Soler puedan coger la bandera. Todo eso es el gol de Forment. Un gol que sustenta la magia, la valida, la eterniza. Si me pongo un poco pesado con ese instante no es sólo por excentricidad. En una historia de 100 años todo ha pasado ya, pero todo tiene que volver a suceder al mismo tiempo. Es un arco que se tensa. Para que el futuro se llene de goles idénticos hace falta convocar  con devoción al duende del último minuto y todo lo que representa. No estoy enfermo de nostalgia. La nostalgia no es mi tema. Que no os engañen los que no saben distinguir entre memoria y nostalgia. Estoy hambriento de que se le haga justicia a un  hombre y a un club que casi nunca han sabido explicarse y cuyo relato suele ser  ninguneado incluso por aquellos mismos que dicen amar al club por encima de todo. El amor es algo más que una mera proyección verbal. Hay que sustentarlo a diario sin perder de vista lo sustancial: La entrega, la convicción, el carácter, el convencimiento, la lealtad, el respeto a nuestros mejores hombres. Para eso sirve el gol de Forment. Para no desfallecer jamás. Si no lo entiendes, vuelve al principio. Al gol de Forment contra el Celta, al de Montes contra el Levante FC el 20 de mayo de 1923. Es siempre el mismo gol. 

Rafa Lahuerta 

divendres, 21 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 5

OTRA MANTA A CUADROS

(A Miquel Nadal, que vio la manta a cuadros antes que nadie)

La noche más anómala de aquel verano tuvo El Madrigal como epicentro. Todavía era un entrañable campo de 2ªB, con grada de pie en el gol sur y cuatro filas de piedra en el fondo norte. La tribuna sostenía el sopor y la leyenda: abanicos en verano, mantas a cuadros en invierno. Las mujeres que revelaban el mito eran las mismas. Las delataba el pelo cardado, el rojo tímido de sus labios, la voluntad de convertir un partido de fútbol en un evento social que pudiera competir con las meriendas de la Regenta en la sacristía de San Pascual Bailón. Ya sabes: chocolate espeso, torrijas, jarra de agua fría, el eco rural de la moral levítica alimentando rumores. 

El himno del Vilareal era una versión suicida del “Yellow submarine” de los Beatles. Sonaba como el organillo callejero, la cabra, los Camela, la feria en los descampados. Tenía su rollo. Si aquella tarde viajamos a la Plana fue por puro hartazgo estival. Agosto se insinuaba voraz y Valencia estaba desierta. Todos los garitos clandestinos abrían pasadas las tres. Había tiempo de sobra para ir, ver las evoluciones del equipo, volver con ganas de cruzar el río e internarse en el lado oscuro de la ciudad veraniega y turbia, esa gran desconocida. 

Entre bostezo y bostezo comprendí la inutilidad del desplazamiento. El partido fue un quiero y no puedo, un entrenamiento con abanicos. Si no recuerdo mal, hubo empate a cero. Para festejarlo cenamos en un restaurante chino. Por entonces, un restaurante chino en Vilareal era un exotismo. Se percibía claramente en la indumentaria de los comensales y en la sonrisa complaciente del padre de familia, orgulloso de brindarle a los suyos una experiencia étnica inolvidable. En perspectiva, flotaba en el aire la evidencia del futuro chantaje. 

Para nosotros, muchachos del distrito 21 que ya habían leído a Bukowski, un Chino no era noticia. Esa mirada irónica y condescendiente me hizo sentir miserable. Me vi en el verano de 1982 soportando la chufla de los madrileños porque ellos sí tenían Burger King y nosotros no. Al recordarlo, el rollito de primavera se me atragantó. Acepté el desgarro y la penitencia. En algún momento de nuestras vidas todos somos pijos madrileños festejando supuestas carencias ajenas. Nadie lo dice, pero esa estupidez es la modernidad: la falsa creencia de que vivir en New York te hace mejor. 

Tras la cena volvimos a Valencia por la carretera General. Enseguida atisbamos un bar de lucecitas. La curiosidad nos hizo parar. La noche era joven y nadie nos esperaba. Pensé en todas las películas del cine español con toro de Osborne y puticlub de carretera. Hice una lista mental. En esa lista no pude incluir la mejor película del género, aún sin rodar: “Lo que sé de Lola”, de Javier Rebollo. Al entrar comprobamos que ni siquiera era un lupanar, más bien otra cosa. Sonaba una canción antigua de Julio Iglesias, “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame…”. Entonces, la chica de la barra nos preguntó qué íbamos a tomar. Al verla me estremecí. Parecía Prosinecki con tetas. Yo creo que me “endrogó”. Al menos, esa será mi coartada el día del juicio final: nos “endrogaron” Señor, nos “endrogaron”. Cuando desperté a la mañana siguiente tenía la boca pastosa y una muñeca hinchable a mi lado. La muñeca hinchable también se parecía a Prosinecki. Eran las 9,37 de la mañana y el sol estallaba contra los naranjos de la ruta. Del mar llegaba un flautín de azahar y brea. A duras penas nos recompusimos. De regreso a Valencia nadie habló. Fue media hora de tensa resaca, un atisbo de cuento que algún día escribiré. Dormí hasta pasada la hora de comer. Por la tarde estuve en el cine Xerea, en la calle En Blanch. Al anochecer se fue la luz del tendido eléctrico y la ciudad de agosto volvió al siglo XIX. No había nadie y los callejones de Sant Bult destilaban retazos de nostalgia fluvial. Los excesos de la víspera me invadieron como un mal presagio que no supe adivinar. Un tipo más atento hubiera anticipado con claridad la operación Eichmann que años después Fernando Roig y su hijo, Roig Nogueroles, pusieron en marcha para desactivar a los ultras del Vilareal, pero me faltó perspicacia. Jamás imaginé que un equipo sin tradición se consolidaría en primera. Han pasado casi 25 veranos y no he vuelto por allí. Esos 60 kilómetros se me antojan insalvables. Por si faltara poco, la camarera croata me visita en sueños de vez en cuando. En el momento álgido de la pesadilla, un niño pequeño ataviado de amarillo y cara de Prosinecki adulto me cubre con una manta a cuadros: “para que no te constipes papá”, me susurra al oído. Juraría, pero ya no estoy seguro, que las muñecas hinchables no pueden tener hijos. 

Rafa Lahuerta