divendres, 18 de gener de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 20


CUANDO XOAN TALLÓN FUE DEL VALENCIA. 

Desde Cangas, Vigo parece Estambul. Sin embargo, una vez en Vigo, Vigo sólo puede ser Vigo. La ciudad del Celta tiene todas las anomalías que le pido a un lugar para enamorarme. Caos, lírica, musgo, urbanismo punitivo y desquiciado deslizándose hacia la bahía. En Vigo yo sería escritor, el escritor gallego que necesita el Valencia CF para ser el Valencia CF. Un escritor gallego es casi un pleonasmo. Todos necesitamos uno en nuestras vidas, aunque sea para convertirnos en dependientes de comercio o en refrito póstumo de una novela de Bernard Malamud. Un escritor gallego inventa la realidad cuando estás abocado al abismo. Después comprendes que la realidad no sirve para nada, pero por el camino haces amigos, te invitan a congresos y celebran banquetes en tu honor donde hay una rubia lánguida que te hace ojitos. Si es miope o no carece de interés. Tú crees que se ha enamorado de ti, y eso es lo que cuenta. 

Soy poco original, pero a ese escritor gallego le pongo siempre la cara de Xoan Tallón. Con un Xoan Tallón valencianista el mundo tendría sentido. Inventarle un pasado ché al autor de Salvaje Oeste es fácil. Basta con recurrir a Pereira, el Salinger de los porteros. El héroe de Heysel salió de Bruselas convertido en estatua para la posteridad, cuando él sólo quería pasar desapercibido. Años después se escondió en su aldea gallega. Un día, Tallón lo descubrió cogiendo setas por el monte. El primer partido que vi en la tele fue ese, el de tu penalti parado al Arsenal, le dice Tallón. Yo tenía 5 años. Como eras gallego y te parecías a Sandokan, me hice del Valencia. Pereira asiente en silencio. Ya me han descubierto, piensa. A condición de que guarde el secreto y no le haga ninguna foto, quedan a comer en casa Nisio, en Vigo. Obviamente, Pereira no acude a la cita. Tallón se resigna. En esa resignación crece la luz. En un moleskine hacendado color aceituna escribe la primera frase de un cuento: “Nunca te fíes de un portero con barba”. Es 1998 y todavía no ha escrito su gran novela de Valencia. Tiene el funicular, pero le falta el cable. Ya habrá tiempo, se dice. Si al menos Valencia estuviera en Valladolid. En la puerta, a punto de pagar e irse, coincide con Juan Sánchez, el Romario de Aldaya. En ese momento, el canterano del Valencia CF la rompe en Balaídos. El mucho alcohol bebido le da a nuestro escritor un punto de cordialidad que desarma a Juanito Sánchez. Hablan y beben, se hacen amigos. ¿Cómo es Mestalla, Juan? Pregunta el Tallón ficticio. Juanito piensa un poco. Es como el castillo de San Sebastián, si te caes desde la última fila te rompes los dientes. La respuesta fascina al escritor. A partir de ese día se ven con relativa frecuencia. Cuando Juan Sánchez vuelve a Valencia, el clon de Xoan Tallón le regala un libro, La incomprensión del comercio. Es un poemario breve escrito por Juan García Hortelano. Juanito, que lee poco pero es inteligente, lo abre al azar. “De esa noche conserva los mejores recuerdos, quizá de aquella otra noche que aún está por llegar”. Al leerlo siente un ligero escalofrío. Aún no lo sabe, pero la vida va a regalarle esa noche, la del 8 de mayo de 2001, la noche que todos hemos soñado en algún momento de nuestras vidas. El poema es su grito desaforado de gol rompiendo la barrera del sonido. Esa carrera hacia todos los lugares del mundo festejando el segundo tanto es la carrera más hermosa que he visto en mi vida. En su cara estalla la poesía, la rabia, la fe, el éxtasis. Mestalla se descuelga de felicidad. No hay palabras para esa felicidad. Las tribunas tiemblan, la ciudad tiembla, Juan Sánchez llora, todos lloramos. En Vigo, un escritor gallego del Valencia escribe el desenlace. Si lo piensas, es eso, sólo eso, lo que necesitas en tu vida, un escritor gallego que te la susurre al oído. A ser posible, tan bueno como Xoan Tallón. 

Rafa Lahuerta

divendres, 11 de gener de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 19

“SIXTO SÍ” Y ABELARDO MUÑOZ.



Fue el último fin de semana de agosto de 1985. Veníamos del homenaje a Saura y de la bronca a Sixto por parte de los amargados de siempre. Desde el viejo Yomus se activaba un soniquete invariable cada vez que atronaba la música de viento: ¡abuelos no, abuelos no, abuelos no! El ceremonial consistía en señalar hacia la tribuna agitando dedos como cuernos. Ese sábado empezó la liga con un Valencia-Valladolid. El equipo pucelano era un pequeño consulado chileno, con Yañez y Aravena en el campo y Vicente Cantatore en el banquillo. 

En el gol Norte triunfó la pancarta casera que trajo Luis, aún con pelo. Era corta, directa, taxativa: “Sixto Sí”. En la General de pie se veneraba a Sixto. Lo habíamos visto triturar defensas en el filial con su peinado new romantic al estilo ochentero y confiábamos en su enorme potencial. Era, con la venia de Cisco Fran, la gran esperanza blanca. 

Aquella noche salió en la segunda parte para revolucionar el partido. Durante muchos minutos el Valladolid fue superior y jugó mejor al fútbol. Sempere detuvo un penalti clave. Sin embargo, fue la salida de Sixto la que agitó el avispero. Mestalla reaccionó y se sumó al festín que activó la pancarta y el cántico de ¡¡¡Sixto sí, Sixto sí, Sixto sí!! Del 0-1 se pasó al 2-1 en apenas un cuarto de hora. Dos penaltis transformados por Arturo Sixto Casabona Martínez obraron la remontada ante el éxtasis de la tropa. El partido acabó con el canterano saludando al gremio libertino que lo había aupado con fervor. De madrugada, cosas de la edad, nos fuimos a la cama creyendo que la grada ganaba partidos. Todavía fue mejor dos semanas después, contra el Celta. Esta vez marcó los 3 goles de la victoria y se puso pichichi. 

Esa noche, el escritor Abelardo Muñoz subió al gol norte para tomar apuntes. Con cada partido del Valencia en casa, el autor de “Chaflán” firmaba una columna en la desaparecida Hoja del Lunes. Esas crónicas fueron lo mejor de la temporada del descenso. Inventó el génerode la novelita lumpen en Mestalla y alimentó la fábula de que se podía escribir desde el fútbol sin tener ni puta idea de fútbol. Su mirada fresca y su talento maquillaban cada lunes el desastre de un equipo que se desplomaba hacia el abismo. El día de autos se presentó como periodista en el núcleo caníbal del gol norte. “El Berga”, que tan sólo un año después defecaría bajo la luna en el círculo central del Javier Marquina en vísperas de un Castellón-Valencia, ejerció de anfitrión. Juntos, sentados en el paravalanchas, parecían los reyes de los suburbios en una época en que Valencia era todavía la capital mundial del Antiturismo. Muñoz tiró mano de su maestría para moverse entre tinieblas y se ganó al personal con su trato franco y desenfadado. Bebió de todas las cervezas que le ofrecieron, fumó todos los petas con que le agasajaron, se hizo un par de rayitas en el deslunado del balcón que daba a la calle Artes Gráficas, y tras cada gol del Valencia subió y bajó entre avalanchas que él mismo festejaba como si no hubiera un mañana. El lunes, no sé si fruto del ciego que pilló o porque no andaba muy bien del oído, tituló su columna “Los Yumas” en lugar de “Los Yomus”. No fue la mejor, pero las risas duraron semanas. A mí, debo reconocerlo, me ganó para su causa: ya no dejé de leerle nunca. De hecho, si sigo comprando la Cartelera Turia es sólo por su firma. 

Alguien con impulso y tiempo debería recopilar esos textos que Abelardo Muñoz escribió en su temporada de cronista en Mestalla. Ese libro sí merece la pena editarlo. La ironía, la lucidez, el gusto por el detalle inadvertido a los ojos del gran público escenificaban el estilo a la contraque Abelardo ha ido puliendo en sus muchos años de escritura nerviosa pero tenaz; y que le han convertido, sin duda, en el demiurgo por antonomasia de la Valencia más salvaje de la transición democrática.

Acabada la temporada 85-86 Muñoz desapareció de nuestros lunes al sol. Hizo su particular Bajada al moro y anduvo por Tánger bastante tiempo. Cuando volvió, su rostro evidenciaba la huella de cierta e inevitabledevastación. 

En 1994 le conocí personalmente. El Club Diario Levante organizó una mesa redonda sobre el poeta Eduardo Hervás y su Antología. Hervás, amigo y coetáneo de Muñoz, se había suicidado en 1972. Era, sinécdoque arriba, metonimia abajo, un poeta de culto. Era tan “de culto”que en la sala sólo éramos siete personas, incluyendo a los tres de la mesa. De los siete, en adelante “Los Siete de Hervás”, yo era el más joven;apenas tenía 22 años y medio, como Hervás cuando se quitó la vida. Alacabar la charla, y tras comprar el poemario del autor suicida y maldito, me acerqué al ponente Muñoz, demacrado, ojeroso, amortajado por una corbata de tonos imposibles. Una vez más, y he perdido la cuenta, se me metió dentro el demonio futbolero y mendaz que me obliga a mezclarlo todo con el puto Valencia FC. Tras asentar la voz con una leve carraspera que me hizo coger confianza, le recordé sus crónicas en Mestalla, así como la posibilidad de un regreso triunfal a la tribuna de prensa de la avda de Suecia. Entonces, desde un lugar parecido al sarcasmo o la piedad, me mirófijamente y dijo: joder, menos mal, creía que no las leía nadie. 

Rafa Lahuerta

divendres, 4 de gener de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 18

2019

Llego a 2019 agotado de fútbol. Hace 30 años lo imaginaba distinto. Me veía en la grada de Mestalla, con un puro y dos nanos de rabiosos ojos azules, celebrando bajo una lluvia de fuegos artificiales el centenario de nuestro equipo. Es posible, ahora me doy cuenta, que fuera uno de los primeros tarados en pensar en 2019 cuando 2019 era poco más que una película de ciencia ficción todavía por rodar. No sé si era defensa propia o ensoñación, pero el centenario del Valencia siempre estuvo presente en casa, al menos hasta que mi padre murió. Él lo utilizaba como frontera vital, yo como elemento de esperanza. En la misma semana de marzo en la que el VCF cumple 100 años, él debía cumplir 80. Ya entonces sabíamos que esa proyección tenía difícil cumplimiento. 

En 1989 el VCF era un club sano, pero él era un hombre enfermo. Si lo pienso, esa estampa recurrente de mi yo adulto acompañado por dos niños de ojos azules era una manera más de inmortalizar su presencia: me “futurizaba” a imagen y semejanza suya. Ahora que 2019 ha llegado descubro con estupor que no hay puro, ni hijos, ni tan siquiera el estricto VCF previo a las sociedades anónimas que él nos enseñó a amar. 

Sin ser lo mismo, sin parecerse en nada, algo similar le pasó a Max Aub cuando volvió a Valencia en 1969 desde su exilio mexicano. Encontró una ciudad que siendo la misma ya no era la suya, tal y como explica con dolorosa certidumbre en ese libro imprescindible que es La gallina ciega, diario español. 

Este verano, el 30 de agosto, se cumplen 50 años de aquel regreso de Max Aub a Valencia. El centenario trae consigo efemérides secundarias que sacralizan aún más la impronta de nuestro club. La de Max Aub no es la única. Empiezo 2019 releyendo Campo Abierto, la novela que inmortaliza a Vicente Farnals, socialista nada sectario, hombre de bien, jugador de fútbol, hincha del Valencia FC gracias a Montes y Cubells. Doy por descontado que ese retrato literario que Max Aub hizo del fútbol local sería pieza de museo en cualquier otro club menos cainita y desmemoriado que el nuestro. “El campo es duro: ni una brizna de hierba. La hierba para los vascos, aquí la pelota salta más. La controlamos mejor”. Doy por descontado que la militancia no se nutre sólo de resultados y títulos. Las palabras inventan la realidad, y el Valencia, pese a ser un club nacido en ambiente ilustrado, perdió esa batalla hace demasiado tiempo. 

Puede que la recuperación de Max Aub no sea el objeto social del VCF, pero es precisamente la consistencia de las palabras lo que da solidez a los proyectos. Leer a Max Aub no lleva implícito que el Valencia gane partidos, pero acota el escenario para que la charlatanería no nos imponga a la fuerza un escenario permanente de caos e infantilismo. Quizá la luz y el caos nos definan, pero ello no implica renunciar al mandato de la inteligencia que amplía la mirada y no ciñe el foco a lo efímero y lo superficial. Leer a Max Aub no sacará al Valencia CF de su ostracismo literario, pero te permitirá, querido lector, comprender mucho mejor algunas cosas. 

Ojalá en agosto, este próximo 30 de agosto, alguien tenga la bonita iniciativa de acordarse de él, de su regreso a la ciudad de la que tuvo que escapar acabada la guerra civil. Max Aub no marcó goles para el Valencia, pero hizo algo todavía más importante: puso al Valencia FC en el Olimpo sagrado de los clubs con novela propia mucho antes de que el boom literario-futbolero se convirtiera en pegajosa tendencia. Que casi nadie sepa quién fue Vicente Farnals es sólo una evidencia más de la desmemoria que nos ha traído hasta aquí. Por suerte, tiene solución. También el Centenario del Valencia es una buena excusa para leer a Max Aub, nuestro hombre en el estadio Azteca durante la gira valencianista de 1966 en México. Conviene recordarlo. Antes de que el mismísimo Andrés Calamaro le pusiera banda sonora, Max Aub ya estuvo allí. 

Rafa Lahuerta

dimarts, 1 de gener de 2019

LA FORÇA DE LA MILITANCIA





Ara que fem cent anys i amb la perspectiva que em dóna el tindre ja una certa edat, ni massa jove ni massa vell, crec que és de justícia reconèixer aquella beneïda bogeria que al març de 1919 uns adolescents van parir i van batejar amb el nom de Valencia Football Club. Més enllà del fet de la seua fundació m’agradaria fer-me ressò de la seua primigènia i alhora visionària idea d’agafar el nom de la ciutat de València però dotant a eixe jove “club de sport” d’una dimensió extra-radial, expandir-lo fora de les antigues creus de terme, al que a l’època entenien com la província. Per sort, esta iniciativa va arrelar profundament i eixes arrels van arribar 100 kilòmetres al sud, a Bocairent, el Finisterre provincial valencià. 

Si no recorde mal, crec que va ser Rafa Lahuerta qui va definir als seguidors valencianistes com alguna cosa semblant a la militància. El València FC és un tòtem al que els militants adorem, el futbol quasi és el de menys. I és precisament d’esta militància perifèrica, la de poble, d’on es nodreix de sàvia viva l’arrel mare del club. 

És esta militància perifèrica, sense voler menysprear altres aficions ni erigir-me ara en repartidor de carnets, la més potent. Feu-vos la idea que fa 60 anys no existia ni Internet ni WhatsApp, per exemple. A estos militants que ara són iaios no els parles de paraules com streaming, podcast o TuneIn. La seua militància està forjada a base de calfar l’orella pegats setmanalment a un transistor (o “arradiet”) i de llegir amb deler la Hoja del Lunes al dia següent. Ells no van vore mai jugar en directe a la Davantera Elèctrica, ni a Puchades, ni a Wilkes, ni a Claramunt, ni fins i tot a Kempes! Però ho sabien tot d’ells. A l’última dècada, alguns d’ells van tindre la sort de poder viure en televisió a color la cada volta menys recent època daurada de la institució. Però el que tinc clar és que si no haguera sigut així també continuarien sent del València. 

Quan de tant en tant m’acoste per la Penya Valencianista del poble perquè no he pogut anar a Mestalla tinc una sensació extranya, barreja d’orgull i vergonya ja que algunes d’estes persones que fins i tot no en sé el seu nom, me s’acosten i em pregunten amb modèstia si poden seure amb mi a vore el partit. Amb eixa excusa em pregunten per Mestalla, de com juga l’equip, per este jugador o per aquell infame arbitratge. La conversa sempre acaba amb eixa frase universal de “xicon, lo més important és que córreguen i lluiten”. 

El premi els va arribar el mes d’abril de 2016. Per commemorar el XX Aniversari de la fundació de la Penya Valencianista Bekirent el club va convidar-nos a Mestalla com a invitats d’honor. Llotja per al president i regidor del poble i ni més ni menys que amfiteatre per a la resta. El València fregava llocs de descens i anava a viure un partit quasi dramàtic contra un Sevilla en ratxa que anava com un coet. Naturalment l’autobús es va omplir de seguida. Allí anaven el meu germà i un amic, altres militants i patidors de base. El meu company de passe i jo vam fer d’avançada amb el cotxe i després d’aparcar estratègicament vam anar a esperar-los per anar a dinar amb ells abans del partit. La veritat és que vivíem una situació esportiva i institucional prou dolenta, quasi crítica i no ens arribava la camisa al coll. Esperant a que un semàfor canviara a verd per creuar l’avinguda d’Aragó un personatge baixet i regordet se’ns va posar al costat, el vam mirar, i el meu company i jo vam esbossar un somriure de complicitat, esta vesprada tot aniria bé. Era Espanyeta, era un bon presagi. 

L’autobús els va deixar prop de Mestalla a l’avinguda de Blasco Ibáñez. Hauríeu d’haver vist eixes cares d’il·lusió i ulls vidriosos de felicitat; una mescla de nostàlgia i emoció. Tots vestits de diumenge, mudats de dalt a baix. Eixa vesprada anaven a un temple sagrat però no per assistir a una missa pontifical, anaven a Mestalla! Per a molts d’ells seria la primera volta que vorien un partit oficial en directe, per a uns altres probablement seria la darrera vegada que sentirien eixe aroma de gespa mullada i fum de caliquenyo. Ha de ser terrible eixa sensació de comiat anunciat, de ser conscient que és una adéu i no un fins després. 

El partit supose que el recordeu, diumenge 10 d’abril de 2016. Pako Ayestarán a la banqueta local i Unai Emery a la visitant. Faig un incís, espere que algun dia el d’Hondarribia tinga lo que ha de tindre i torne la insígnia d’or del club, però això és una altra història. Torne al fil del relat. Partit bo del València que se’n va al descans guanyant 1-0. A la segona part no es remata la feina, empata el Sevilla i quasi a la fi gol de Negredo (menut “fiasco” de fitxatge). Eixa temporada vam acabar el que fa 12 en la Lliga, una absoluta vergonya per este club centenari. Però a eixos militants de poble no els parles d’açò perquè ells sempre recordaran que van anar eixa temporada convidats a Mestalla i que van vore guanyar al seu equip. Probablement esta batalleta la contaran com si fos un mantra fins que els arribe la seua hora; però el millor de tot és que de segur la contaran als seus netets i eixos netets voldran ser de l’equip del seu iaio malgrat que a l’escola els seus amics són del Barça o del Real Madrid i ells i elles sempre els podran dir que vore a Messi per la tele està molt bé però el seu iaio va haver un dia que va estar a Mestalla i que va vore guanyar en directe al seu València. 

Servisquen este humils lletres com a homenatge a tots estos militants anònims que ni saben de poder accionarial ni parts mèdics estranys ni comissions de representants. Són del València, per què? Ni s’ho pregunten, perquè sí i ja està; què ens importa la raó? O acàs esta gent no és hereua directa del “Bronco y Copero”? 

Paco Belda Pastor  (@pacorellotger).

dissabte, 22 de desembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 17

ALGUNOS HOMBRES BUENOS.

Gracias al bombo de Manolo supimos que existía el Huesca. Su escudo estaba serigrafiado en la piel del tambor, junto al del Zaragoza y al del Valencia. 

Durante décadas, el Huesca sólo tuvo un seguidor y vivía en el exilio, regentando un bar con vistas a la bahía de Mestalla. Con mucho menos, Kafka escribió El Proceso. 

La primera vez que vi ese escudo fue en Heysel. Esa noche Manolo estaba allí, animando al Valencia. En 1980, Manolo era el Curro Jiménez de las gradas españolas. Despertaba más admiración que rechazo. Después, el tiempo lo convirtió en caricatura, que es más o menos lo que nos pasa a todos. Esta semana he pensado mucho en ello, en como poco a poco nos vamos convirtiendo en nuestra propia caricatura. 

El martes vi Silvio, la película de Sorrentino sobre Berlusconi. Salí bastante decepcionado. La historia no levanta el vuelo en ningún momento y uno asiste a la parodia fracasada de una parodia real. El personaje más sensato acaba siendo un jugador de fútbol que duda entre fichar por el Milan o por la Juve. Todo no es suficiente, dice en un momento dado ante la sorpresa del magnate milanés. De fondo, la decadencia de un viejo que no acepta el paso del tiempo alimenta ensoñaciones que no vienen al caso. La película sólo me genera rechazo. 

Cuando llego a casa abro una novela de Clara Usón, El asesino tímido. Sandra Mozarovski, el rey Juan Carlos, Wittgenstein. Una historia desconocida pero verosímil atraviesa sus páginas. La impunidad y la locura, el eco de Match Point al acabar de leerla. No puedo dormir y recuerdo que aún no tengo nada pensado para la crónica del domingo. Es la primera semana que me cuesta escribir. Como sigo sin poder dormir, de madrugada me subo a la bici estática, que es el remedio a todos mis males. Escribo una idea inverosímil de Mestalla y el Puerto de Catarroja, como si ambos paisajes estuvieran secretamente unidos. Es una ensoñación recurrente, una más. Quiero creer que el Mestalla de 1940 es el Puerto de Catarroja de 2018. La acequia y la laguna, la ciénaga de la memoria. 

No estoy tan lejos de esos hombres que se convierten en su propia caricatura y formulan por escrito el balance de sus obsesiones. Después vuelvo a diciembre de 1980, a los días previos a la navidad. Recreo la semana en que fuimos campeones de la supercopa. Ese domingo nos visitó el Osasuna, que era, de alguna manera, el Huesca de entonces. Sucedió algo extraño. Por primera vez en mi vida preferí quedarme en casa viendo Tom Sawyer que asistir a Mestalla. Ganó el Valencia 4-1. Recreo esa semana y al mismo tiempo leo en UvaM un magnífico relato de JC Fernández Haba sobre el gran Pepe Vaello. Esta semana se cumple un año de su muerte. A los dos días de esa noche de insomnio, Merchina Peris me trae el libro que han publicado en su honor: Pepe Vaello y el Valencia CF. Nunca un homenaje ha sido tan merecido. Pepe Vaello fue un hombre bueno con una rara virtud: hacernos un poco mejores a todos. Aunque sólo sea por preservar su memoria, intentemos estar a su altura. Seríamos imparables.

Rafa Lahuerta

dilluns, 17 de desembre de 2018

EL ESCAPARATE DE VAELLO





Una vez leí que todas las ciudades amanecen igual pero anochecen distinto. No estoy seguro de que así sea, siempre pensé que hay muchas ciudades dentro de una misma. Tantas, posiblemente, como ciudadanos habitándolas, con sus particularidades y circunstancias, con sus filias y sus fobias, con sus pausas y sus prisas.

Las mías giran alrededor de Mestalla por devoción o adicción, por inercia de pasos aprendidos ya difícilmente prescindibles. A estas alturas, imposible cambiar el callejero interior, ese que no entiende más GPS que el de las coordenadas que marcan sus sístoles y diástoles.

No importa si supone unos minutos más en el reloj o unos metros más en la distancia, siempre que es posible fuerzo su encuentro. Es una manera de comprobar que el viejo Campo y probablemente yo, seguimos en pie después de tantos años.

Blasco Ibáñez, Aragón, Avenida de Suecia, Micer Mascó…cualquier calle que alcance su mirada, esas que los días de partido se visten de fiesta porque juega el Valencia.

Sin embargo, lejos de la sombra del Monumento con vida propia y nombre de acequia, existen otros lugares a modo de embajadas que también son parte de Mestalla por lo que en la historia del Valencia suponen: El kilómetro cero en la antigua Bajada de San Francisco donde estuvo ubicado el Bar Torino, las antiguas sedes sociales…y un lugar mágico de disfrute valencianista, el escaparate de la tienda de Pepe Vaello en la novelesca calle Pelaio.

Pararse junto a él y pegar la nariz al cristal, tengas la edad que tengas, te regresa a la infancia viendo en su reflejo aquel niño que salivaba mirando golosinas y pasteles que ahora son fotos de Pepito con su “amigo y hermano” Kempes, de Pepito con Bonhof, de Pepito con Puchades…

Siempre Pepito, siempre su Valencia, que durante tantos años y ya para la eternidad fueron y serán lo mismo.

Y miras a sus ojos intentando descifrar el secreto que guardan y te gratifica y enorgullece saber que es totalmente imposible, porque no hemos tenido mejor guardián del relato que debe quedar de puertas para adentro, ese que a su vez se autoengrandece.

Fidelidad, complicidad y militancia ejemplar hasta el último día de sus noventa y dos años de juventud. 

Echaremos mucho de menos aquellas historias, las que nos podía contar sin incumplir sus pactos de lealtad sobre vestuarios, banquillos, desplazamientos… casi con tanta ilusión como con la que nosotros le escuchábamos cuando los actos alrededor del club en los que habíamos coincidido habían finalizado y nos quedábamos haciendo corrillo en las aceras.

Fue un privilegio, don Pepe, escuchar la historia viva del club directamente de uno de sus protagonistas, usted, para el que nunca hubo derecho de admisión en las entrañas e intrahistorias de nuestro querido Valencia.

No olvidaré cada vez que me veía y me saludaba con un apretón de manos y una palmada en la espalda. Estoy seguro que ni siquiera sabía mi nombre, pero también que su mirada, además de guardar los secretos más preciados, sabía distinguir a la gente del pueblo de Mestalla. Y me sentía, ruborizado, el valencianista más privilegiado del mundo.

El Centenario de nuestro club se pierde su presencia, que como el propio Pepe Vaello deseaba se celebrará en Mestalla, ni viejo ni nuevo, el único, porque Mestalla como Pepito, sólo hay uno.

A sus devotos nos corresponde construir allí, en el escaparate de Vaello, una ermita del recuerdo, limpiar el polvo de esas fotos con nuestras miradas para que sigan estando vivas y diciendo tanto por lo que callan, para que no quede en el olvido esa vitrina de memoria, historia del valencianismo.

Vernos reflejados en el escaparate de Vaello, peregrinaje del valencianismo, anexo de Mestalla, tan cercano a la Estación donde los trenes, como nosotros los valencianistas, con demasiada frecuencia perdemos y encontramos el Norte.

José Carlos Fernández Haba