diumenge, 28 de novembre de 2021

EL ORGULLO QUE SEREMOS




A lo que se hace con y por amor nunca alcanzará el olvido. Se desdibujarán los rostros y se borrarán los nombres de sus autores pero los hechos permanecerán. No me cabe la menor duda.

Sucedió con aquellos cinco mil irreductibles que acudieron al Camp Nou aquel 12 de abril de 1986, con aquellos que acompañamos a nuestro club por los campos de Segunda hasta que volvió a ser lo que los valencianistas quisimos, con aquellos que pese a las ofertas venenosas de Paco Roig no vendimos nuestra dignidad y pasará con todos los que nos estamos movilizando, latido a latido, contra la nociva gestión de Peter Lim y sus cómplices.

Estamos en un momento histórico, aquí y ahora. No vale ni la equidistancia ni las medias tintas. Nos ha tocado a nosotros como antes les tocó a otras generaciones y somos responsables del legado que nos dejaron y del que dejaremos a nuestros hijos.

Se suele decir, y es cierto, que el fútbol nos regresa a la infancia, que es una forma de volver a ser niños cada quince días. Pero a los niños, biológicos o metafóricos, no hay que engañarlos, a los niños hay que enseñarles a querer al Valencia y ahora mismo eso significa a defenderlo de Meriton y su tiranía, la que trafica con sentimientos.

La militancia se forja con hostias como las de Mbia y con noches como las de Sevilla, cayendo al suelo y tocando el cielo. Pero hay algo mucho más importante que una derrota o una victoria, la dignidad, la esencia de lo que nuestro Valencia Club de Fútbol significa y sin la que no somos absolutamente nada. Y eso implica luchar, aquí y ahora, por recuperar nuestro club, por conseguir su libertad.

Observo a mi hijo tramando el plan con el que entrar a Mestalla un cartel de “Lim Go Home” sin que se lo requisen. Ya no es el acto inocente y que tanta gracia me hace de esconder el tapón de la botellita de agua que quitan al entrar, ahora es una auténtica lección de vida, una vez más, alrededor de nuestro Valencia. Ahora se trata de que ha comprendido que en nuestra propia casa intentan silenciarnos, que hay gente capaz de quitar la palabra a un pueblo, de mandarlo callar, de ponerlo en serio peligro de desaparición.

Recuerdo también a mi hijo con sus amigos ayudarme a hacer la pancarta “Lim, parásito de ilusiones” con la que fuimos a uno de los actos de protesta de hace unos meses. A él que por vergüenza nunca se atrevió a hacer una de “Soler, regálame tu camiseta”, y comprendo que ya está forjado en la militancia de nuestro Valencia Centenario como a nosotros nos enseñaron a entenderla, sirviendo a nuestro club y no sirviéndonos. Luchando por él y no mirando a otro lado, exigiendo su libertad.

Libertad y Valencia Club de Fútbol, quizá las palabras más bonitas que existen porque sin ellas no seríamos nosotros mismos.

Nos dirigimos a Mestalla mientras suena Aute en el coche: “¿Quién nos compuso el engaño de que existir es apostar a no perder? Vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar… Para qué seguir respirando si no estás tú… Libertad”.

Y pienso que dentro de 40 o 50 años, cuando nosotros ya no estemos, nuestros hijos nos recordarán ante sus hijos, devolviendo camisetas firmadas por toda la plantilla, rechazando invitaciones a desayunos en Mestalla, a subvenciones de locales, recorriendo las calles con pancartas hechas con nuestras propias manos, montando carpas los días de partido, agrupando acciones, burlando la censura… Contarán a sus hijos como en tiempos en los que nadie hacía nada por nadie, una masa de valencianistas nos movilizamos con y por amor a nuestro Valencia Club de Fútbol, simplemente porque nos necesitaba.

Y así, para las sucesivas generaciones venideras de valencianistas, como otras antes lo fueron para nosotros, aunque no recuerden nuestras caras ni nuestros nombres, el Valencia permanecerá y seremos orgullo.


José Carlos Fernández Haba.











dijous, 24 de juny de 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (y XV)



PARIS-TUMBUCTÚ. 1999.

Michel des Assentes, cirujano plástico, cansado de la monotonía de su vida y deprimido por su impotencia sexual, intenta poner fin a su vida tirándose por la ventana. En el preciso momento de hacerlo, ve pasar a un ciclista con un cartel en el que pone “París-Tumbuctú” y cambia de planes. Le compra la bici y decide emprender la aventura del viaje. En el trayecto sufre un accidente que le hace acabar en Calabuch, un pueblo de la costa mediterránea con habitantes muy particulares.

La última película del genio valencianista, su premeditado epílogo. Justo en 1999, cuando nuestro Valencia comenzaba el lustro más laureado de su historia con aquella memorable Copa del Rey en Sevilla.

La película es coproducida por Jordi García Candau, periodista experto en fútbol y en la historia y entresijos de nuestro Valencia.

De nuevo Calabuch, nuestro universo Mestalla, como lugar escogido por el maestro para colgar sus botas, que no su genialidad pues le seguiría acompañando durante el resto de sus días.

Cuarenta y tres años después los habitantes del pueblo costero ya no son los mismos, los tiempos han cambiado. La desconfianza ha ganado terreno a la ingenuidad como ha sucedido en el pueblo de Mestalla por el continuo engaño que hemos sufrido todos estos años por muchos de los dirigentes que han gestionado el club.

La película, como nuestro Mestalla, huele a Mediterráneo, desborda luz y es más de personajes que de argumento. Juan Diego es un mecánico anarquista y nudista, Amparo Soler Leal una monja viciosa del sexo y la horchata y Santiago Segura interpreta a un cura condenado por el asesinato de un árbitro que pitó un penalti en el último minuto contra su equipo aunque él sigue justificándose en que la moviola, antecedente del VAR, le dio la razón. En estos tiempos de hortera corrección política sería imposible ese personaje, aún hay mucha gente que no entiende que la caricatura es una forma de denuncia inteligente, legítima y respetable.

El viaje que Michel realiza en bicicleta es su huida imposible pero a la vez ilusionante, nuestra “voluntad de querer llegar” como rasgo que siempre ha caracterizado al valencianismo.

A sus habituales ingredientes de sarcasmo y ternura, el maestro añade una importante dosis de nostalgia que convierte París-Tumbuctú en una película muy especial dentro de su filmografía, una maravillosa forma de despedida del mundo del cine y probablemente también de la vida. Se percibe en todo ello un hastío vital, un cansancio asumido, una humana e inevitable resignación de fin de trayecto en el que siempre se regresa un poco al principio. Lo hace con maravillosos guiños a muchos de los personajes, escenas y situaciones que han formado parte importante de su trayectoria profesional y personal, porque sus películas trascienden más allá del propio cine, como nuestro Valencia lo hace del propio fútbol tal como comprobamos en la temporada del Centenario, en aquella marcha popular y en aquel inolvidable partido de Leyendas en el que como en París- Tumbuctú, sobre la pantalla del césped de Mestalla rememoramos inolvidables escenas de partidos y jugadores de tiempos pasados, de diferentes etapas de nuestras vidas.

Berlanga, además de al fútbol, era un gran aficionado al ciclismo. En una escena de la película homenajea a Federico Martín Bahamontes, el águila de Toledo.
En la película utiliza la bicicleta como un símbolo de búsqueda de la libertad.

París-Tumbuctú es una comedia con un trasfondo tremendamente duro, como todo el proceso que ha ido gradualmente desgastando nuestro club hasta venderlo, una encrucijada terminal.

Tumbuctú (nuestro democratizar el club) está todavía demasiado lejos, juntos debemos ir pedaleando sin que la desesperanza venza a la ilusión.

¿Hasta cuándo nos durará la pasión en esta nueva realidad de nuestro Valencia en la que nos quieren hacer totalmente prescindibles?.

¿Debemos como Imperio “Cheaustrohúngaro” sacar la bandera blanca, ya sin el escudo del murciélago, a modo de rendición?.

En el último plano de la última película de nuestro director de cine más universal y querido, aparece un cartel con dos palabras y una letra: “Tengo miedo. L”. Como nosotros ahora con la incertidumbre que amenaza al club de nuestras vidas en manos de unos irresponsables que nada han aprendido en el tiempo que llevan aquí.

¿Cómo lo pudimos permitir?. Como solía repetir el genio cuando creía que la escena no había sido bien rodada: “¡Vaya cagada!”. Sigamos pedaleando, aún estamos a tiempo.

Pero para el último párrafo de este último texto de “Un Valencia Berlanguiano” con el que durante quince semanas hemos pretendido humildemente homenajear la vida y obra del genio valencianista repasando cada una de sus diecisiete películas relacionándolas con nuestro querido club para acercarlas principalmente a los más jóvenes, hemos elegido quedarnos con otra escena de nuestra especialmente querida París-Tumbuctú:

Manuel Alexandre, que en Calabuch interpretó al pintor de la entrañable barquita “Esperanza” en cuya “s” ponía toda su pasión, mimo y empeño, interpreta ahora un veterano anarquista que rotula la fachada del casino libertario mientras declara su pasión por la voluptuosidad de las “eses”. Cuarenta y tres años después, quizá de distinta forma pero con el mismo amor por esa letra. La de Sempre Amunt y Sempre Berlanga!.

¡Imperio Cheaustrohúngaro forever!



@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).




dijous, 17 de juny de 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (XIV)




TODOS A LA CARCEL. 1993.

En la Cárcel Modelo de Valencia se celebra el Día Internacional del Preso de conciencia, para lo que se inician una serie de preparativos. El evento se plantea como un día de solidaridad y fraternidad pero todos los asistentes buscarán intereses diversos y egoístas. Entre las situaciones más disparatadas se planea la fuga de un mafioso italiano que vive a cuerpo de rey en la prisión. Todo ello bajo un motín de presos que hacen más caótica la situación.

Nueva comedia coral de un Berlanga en estado puro y atronador ejerciendo su maestría en un escenario fijo (fue uno de los condicionantes que impuso para el rodaje) de la ciudad de Valencia, la antigua cárcel modelo que actualmente es un macro complejo administrativo…

Las escenas, como ya caracterizaron a Moros y Cristianos, son una sucesión de tracas y terremotos, unos tras otros, como la actualidad valencianista desde hace muchos años, más propensa a aparecer en páginas de sucesos, tribunales o economía que en las específicamente deportivas.

Hasta intentos de secuestro (Juan Soler- Vicente Soriano) hemos llegado a tener, al más puro estilo mafioso del italiano Tornicelli que Torrebruno interpreta en la película ocupando una celda que bien podría ser una suite de lujo desde la que disfruta del compadreo y atenciones de los funcionarios de prisiones, quienes reciben a cambio obsequios del capo.

Para algunos estudiosos de la obra de Berlanga podría haber sido el primer epílogo de su filmografía. La película fue galardonada con tres premios Goya: mejor película, dirección y sonido.

Pese al continuo torbellino de situaciones disparatadas la película termina por autocontrolarse en cada momento. Nada que ver con el devenir valencianista que en vez de haberse ido apaciguando cada cierto tiempo o etapas, ha ido ganando gravedad hasta desembocar en la venta del club.

En el argumento de nuevo nos encontramos con un fin de aparente bondad, fraternidad y solidaridad pero tras el que se desenvuelven una serie de personajes que ansían aprovecharse de la situación para sus lucros y beneficios particulares. Nadie se salva, ninguno es de fiar. Podríamos extrapolarlo, una vez más, a muchos de los últimos presidentes y gestores que ha tenido nuestro Valencia, con sus respectivos intereses partidistas en perjuicio del club. Prestigio social, réditos económicos, etc.

En la película se dan muchas situaciones escatológicas, como un cocinero orinando en el marmitako que está cocinando o las “cacofonías” a modo de voces de presos que se escuchan a través del inodoro.

Berlanga volvió a priorizar las risas a la ortodoxia, como él mismo calificaba con ironía, de creador exquisito. La risa como única meta pero no exenta de crítica y reflexión, esa que tantas veces nos falta a los valencianistas y que deberíamos valorar antes de poner alfombras rojas a salvadores externos.

Muchos analistas consideran esta película como una continuación de la llamada Trilogía Nacional. Ahora en lugar de repartir tortas a la aristocracia y la burguesía de la derecha, Berlanga lo hace a los movimientos progresistas que caracterizaban la primera etapa socialista. El maestro siempre incomodando desde su innegociable libertad, tocando libremente los cojones a unos y otros. No cae en la simplicidad de muchos debates valencianistas en los que si criticas a Meriton es porque eres de Llorente, o viceversa. O en el maniqueísmo de los que legitiman a Meriton con el recurrente “Haberlos puesto tú”.

En esa especie de Bioparc en el que se convierte la Cárcel Modelo de Valencia, conviven desde un comunista que lleva toda la vida preso y solo piensa, literalmente en follar y comer, interpretado por Manuel Alexandre, hasta un falangista acérrimo como el que interpreta Rafael Alonso.

Berlanga hace un guiño a la Escopeta Nacional cuando Antonio Resines comenta:

“La cárcel es el mejor sitio para hacer negocios, antes con Franco eran las cacerías”.

Podríamos actualizar esa lista haciendo mención a los palcos de los equipos comprados como medios para hacer networking.

La película es otro lienzo que el genio incorpora al mejor retrato satírico de la España que abarca desde la propia Guerra Civil (La Vaquilla) hasta los primeros años de la democracia, pero que es perfectamente válido para todas las etapas que han venido posteriormente.

A diferencia de la ternura que podíamos encontrar en La Vaquilla, ahora ya no desprende piedad ni comprensión, es mucho más duro con estos personajes que actúan con premeditación y alevosía. Al estilo Meriton y sus cómplices que ya no engañan a nadie. Solo los interesados están dispuestos a darles nuevas oportunidades.

En la película, Berlanga, como todos los genios capaz de reírse de sí mismo, incorporó una anécdota real que a él le había pasado unos años antes cuando en su etapa de director de la Filmoteca Nacional fue cesado de una manera surrealista por Pilar Miró.

La escena en cuestión se produce cuando un ministro llega a prisión y comenta a un subsecretario que ha firmado algo para él esa misma mañana. Como no recuerda exactamente qué, le pregunta a su asesor, quien le confirma que lo que ha firmado es su cese. Así es como una década antes el ministro Solana notificó a Berlanga su despido firmado por Pilar Miró.

En Valenciastán las escenas de muchos despidos podrían haberse rodado en un plano secuencia desde el Bar La Deportiva hasta las oficinas del club, que viene a ser lo mismo.

En la escena final, en mitad de un baile, Artemio Bermejo (interpretado por el gran Saza en otro guiño a la Escopeta Nacional), siendo consciente de la frustración de sus logros, quizá los menos viciados de todos los que se exponen en la película, totalmente desquiciado se dirige a la cámara y se tira un tremendo pedo, una declaración de intenciones hacia un país gestionado por corruptos.

Quizá el próximo partido en Mestalla con la KissCam enfocándonos y Anil en el palco sea momento de rememorar coralmente esa escena como colofón al grito unánime y ya imparable de Lim Go Home!.
 

@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).


dijous, 10 de juny de 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (XIII)




MOROS Y CRISTIANOS. 1987.

Los miembros de Planchadell y Calabuig, una empresa familiar tradicional de turroneros de Xixona, se trasladan a Madrid para promocionar sus productos en una feria de alimentación. Allí les convencen para contratar a un asesor de imagen que les publicitará sus turrones. Todos parecen contentos con la nueva estrategia de marketing y sus resultados, excepto el padre de familia que continúa pensando que el negocio ha perdido su esencia.

“Against modern turrones” podríamos calificar la actitud del padre frente a la postura del resto de familiares que ceden a las demandas de los nuevos tiempos.

El debate de siempre, si el nuevo fútbol hace perder la esencia del mismo.

La llegada de Meriton al Valencia ha sido quizá la confirmación, el golpe de realidad cruel y definitivo a partir del cual que ya nada será como antes.

Es el último guión conjunto de Berlanga y Azcona, trasladado a nuestro Valencia, el último partido juntos de Pasieguito y Puchades, de Claramunt y Paquito, de Albelda y Baraja. Parejas que no volverán a juntarse pero siempre permanecerán en el imaginario colectivo de muchas generaciones porque sus obras les trascienden y quedan.

La antepenúltima película del genio tiene un marcado carácter mediterráneo, valenciano y fallero, con continuas escenas y situaciones de humor y risas introducidas de manera muy anárquica dentro de una incorrección temática. Los personajes son ninots dentro de una falla, reflejo de una sociedad que avanza acelerada y grotescamente hacia una amoralidad y egolatría en la que vale cualquier atajo para conseguir el objetivo individual, casi siempre mercantilizado. Una vez más el maestro predijo lo que años más tarde conocimos política y socialmente como “La cultura del pelotazo” que traducido a nuestro Valencia fue aquel “Equipasso” de Paco Roig.

Berlanga, que siempre reconoció su verborrea, comentaba que no le gustaban los silencios en sus películas, lo que relacionaba a su carácter valenciano y fallero, a su afición por las mascletás. Muchos de los diálogos de Moros y Cristianos son eso, una interminable traca de palabras que se superponen unas a otras en explosión continua.

Hubo una época en la que las gradas de Mestalla también fueron así, literalmente, con sonidos de tracas y olor a pólvora, nada que ver con esta temporada en la que por la epidemia nuestro campo ha estado vacío a excepción del partido contra el Eibar en el que unos dos mil aficionados pudimos acudir.

Ojalá la temporada que viene volvamos todos y al unísono rompamos su silencio con un estruendoso y continuo Meriton Go Home. Sin parar, hasta que se vayan.

A Berlanga siempre le gustó desdramatizar muchos temas que la sociedad trataba como tabú o territorio sagrado. Ya lo hizo en su película anterior, La Vaquilla. Ahora, en Moros y Cristianos, rehúye el tono academicista y pulcro para dar rienda suelta a la espontaneidad individual dentro del caos colectivo de su coralidad, sello del maestro.

Pero hasta en eso hay que tener arte y sabiduría para saberlo plasmar en sus continuos planos secuencias. Nada que ver con las continuas y desastrosas improvisaciones de la gestión de Meriton en la que la coralidad, esa que va más allá de un simple equipo de fútbol, no tiene cabida.

El maestro siempre se mantuvo abierto al cine industrial y de entretenimiento, tenía claro que ser comercial no estaba reñido con tener calidad.

En eso Meriton también ha sido muy torpe. Podían haber hecho perfectamente compatible su concepto de club como empresa y la esencia de lo que el Valencia significa para sus seguidores. Con dar un mínimo cariño a la historia y tradiciones del club, hubiera sido suficiente. Pero nunca han querido, jamás han realizado un esfuerzo más allá de dos o tres tópicos muy simplistas y superficiales.

Es una lástima porque el potencial de nuestro club es enorme e incluso se le podría sacar una rentabilidad económica, aspecto que tanto les interesa. A modo de ejemplo, camisetas vintage, Mestalla como campo más antiguo de Primera División, obsequios de libros de historia del club al renovar el pase, etc.

En definitiva, era perfectamente compatible que aceptáramos que los tiempos han cambiado a una mayor e inevitable mercantilización y globalización, como el mundo en general, con un cierto cariño a la cultura y tradiciones del club, a nuestro ADN.

En Moros y Cristianos la frase fetiche del maestro, su supersticiosa alusión al “Imperio austrohúngaro,” se realizó precisamente a través de la megafonía de unos grandes y modernos almacenes en los que se anunciaba la venta de un delicioso libro sobre su obra, “Berlanga, el último austrohúngaro”.

Tiempos modernos y tradición formando parte de una misma comparsa, esa que Peter Lim y sus gestores nunca han querido escuchar.

@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).

dijous, 3 de juny de 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (XII)






LA VAQUILLA. 1985.

En plena Guerra Civil, en el frente de Aragón, combaten nacionales y republicanos. En Perales, zona nacional, están de fiestas y van a realizar entre otros actos el encierro de una vaquilla que los republicanos intentarán robar para comérsela. Para conseguirlo, un grupo tendrá que infiltrarse en el pueblo del “otro bando”.

La película tiene el final más escalofriante de toda la filmografía de Berlanga. La escuálida vaquilla yace muerta en tierra de nadie con las órbitas de sus ojos llenas de moscas mientras los buitres sobrevuelan en la cercanía con la intención de devorarla.

Entre todos la mataron y ella sola se murió.

El guión es de 1956, la primera colaboración de la pareja mágica Azcona-Berlanga. La idea era incluso anterior pero no se pudo materializar por los continuos problemas motivados por la censura y el elevado presupuesto que suponía.

Cuando por fin se pudo rodar sobrepasó los 250 millones de pesetas, la película más cara hasta ese momento que también se convirtió en su mayor éxito comercial.

De nuevo asistimos a una película coral con unos maravillosos personajes que caricaturizan a la perfección el sinsentido y miseria de la guerra.

Una de las consecuencias más tristes y lamentables de la etapa Meriton ha sido la capacidad de dividir absurdamente a la afición. Afortunadamente el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio y hoy en día apenas quedan afines a su desastrosa e injustificable gestión. Solo la defienden los que como ellos intentan servirse de nuestro club por temas egoístas y particulares.

Son los de siempre, los que hasta de las guerras intentan sacar beneficio.

La visión de Berlanga sobre la guerra era humanista, no hay un bando ganador, todos perdemos. En nuestro caso el Valencia.

Qué sentido tiene enemistarnos con nuestro vecino de localidad de Mestalla o con compañeros de nuestra misma Peña si al final todos somos parte de nuestro club, si al final celebramos los goles con la misma euforia fundidos en abrazos. Como sucede en la escena en la que los republicanos se bañan en la balsa y son sorprendidos por los nacionales, en cuestiones de pelotas somos todos iguales. Ellos pasando completamente desapercibidos sin símbolos o ropas que los diferencien, y nosotros deseando que el esférico bese la red de la portería contraria.

Meriton no merece esas guerras fraticidas.

Berlanga hace en La Vaquilla un tratamiento satírico de la guerra, dejando claro lo irracional e innecesario de la misma. Lo hace además sin heroicidades, como hay que querer a nuestro Valencia, sin los delirios de grandeza y salvapatrias que tanto daño nos han hecho históricamente. La desmitificación, que es lo que hace el maestro con la Guerra Civil, también es una forma de contundencia para dejar en evidencia la sinrazón de los conflictos bélicos.

Ya lo hicieron los Monty Python (no confundir con Los Murthy Python que tan poca gracia tienen) con el tratamiento de la religión en su magnífica La Vida de Brian.

Al valencianismo de vez en cuando nos vendría bien quitarnos trascendencia, probablemente nos restaría presión e incluso esa dosis de autodestrucción que de vez en cuando nos caracteriza.

El Valencia siempre ha sido un club integrador y de carácter transversal en el que cabemos todos. Es parte de su grandeza.

La mimada “hija de Peter”, Kim, que en numerosas ocasiones ha dado muestras de utilizar nuestro club como un juguete del que presumir en redes sociales, nos tildó de racistas porque según ella criticábamos la gestión de su papá condicionados por su raza asiática. Una muestra más del desconocimiento de la historia de nuestro Valencia en el que nunca hemos juzgado a nadie por su procedencia sino por su honestidad y servicio al club. Difícil de entender para quienes únicamente vale el argumento del dinero y no aceptan críticas.

Ojalá aprendamos de una vez por todas a ir juntos de la mano sin bandos y que nuestro Valencia, al que se puede querer desde distintos puntos de vista, no acabe agonizando en tierra de nadie. Es posible, los actos del Centenario lo demostraron, estuvimos todos unidos dando muestras de nuestro potencial como la entidad civil más importante de la Comunidad Valenciana, esa en la que hay lugar para absolutamente todos siempre que el verdadero objetivo, tal como hacía don Vicente Peris con nuestro club, sea servir y no servirse.


@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).

dijous, 27 de maig de 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (XI)

LA TRILOGIA NACIONAL (1978-1982).


LA ESCOPETA NACIONAL. 1978.

Un empresario catalán de porteros automáticos, Jaume Canivell, asiste a una cacería en Los Tejadillos, la finca del Marqués de Leguineche. Asisten también personajes fácticos del franquismo. El objetivo de Canivell es convencer al ministro para que le facilite a través de una ley la comercialización de su producto. Cuando parece que lo va a conseguir, el ministro es destituido y tiene que regresar a Barcelona sin haber logrado su objetivo.




PATRIMONIO NACIONAL. 1981.

El Marqués de Leguineche abandona su finca tras treinta años y se instala en su palacio de Madrid. Pretende así comenzar a relacionarse con una incipiente monarquía y recuperar su estatus social. Sin embargo el país está en plena Transición, los tiempos han cambiado y ya nada será como antes.




NACIONAL III. 1982.

La familia Leguineche, con su estatus social en decadencia, han vendido su palacio y se han mudado a un piso. Se produce el fallecimiento del suegro de José Luis, el hijo del Marqués, y pese a llevar varios años sin ver a su mujer, intenta retomar el contacto con la intención de hacerse con la herencia. Traman un plan para sacar el dinero fuera de España y eludir impuestos. Se trasladan en un tren de pelegrinos a Lourdes, para lo que escayolan a José Luis, escondiendo los billetes y joyas dentro.


La Trilogía Nacional es otro punto de inflexión en la carrera del maestro que alcanza su mayor cuota de éxito comercial y popularidad.

Como aquellas míticas alineaciones que los valencianistas recitamos de carrerilla: Epi, Amadeo, Asensi, Mundo y Gorostiza, o más recientemente Cañizares, Ayala, Albelda, Baraja, etc, la formada por Berlanga como director, Azcona como coguionista, Alfredo Matas como productor y Sol Carnicero como jefa de producción, cada uno en su papel, conducen al éxito. Nada que ver con la gestión de Mériton, capaz de dinamitar un proyecto que está dando resultado, por pura envidia e intromisión en facetas que nos son las suyas.

Los planos secuencia que tanto aparecen en la Trilogía potenciaban la credibilidad de las escenas, permitían a los actores encontrarse más seguros y artífices de sus personajes, se sentían en una atmósfera más próximos al teatro.

Como sucede en el mundo del fútbol, cuando más claras queden delimitadas las parcelas y exista una profesionalidad y método, más posibilidades hay de llegar al éxito. Cuando tienes al enemigo en casa, capaz de traspasar a jugadores clave poco antes de que comience la temporada o usar el banquillo del club como campo de experimentos, pocas posibilidades hay de alcanzarlo. Al final a los jugadores, que son los actores del equipo, la inseguridad les merma el rendimiento, los atenaza, siendo mucho más probable el fracaso.

Las tres películas son una perfecta radiografía de España. Aunque se centran en el periodo que transcurre entre 1978 y 1982, muchos de los vicios que se denuncian son perfectamente extrapolables a cualquier época posterior, la nuestra por ejemplo, en la que el término “berlanguiano”, además de ser reconocido por la RAE, describe a la perfección la crónica social, política y económica que nos toca vivir de la que como es obvio, nuestro querido Valencia no es ajeno: Cierre de Mestalla por Covid, posicionamientos políticos contradictorios en referencia a la ATE, descenso de ingresos económicos, etc.

La primera película de la trilogía, La Escopeta Nacional, surge cuando Berlanga conoce la noticia de que Fraga Iribarne, recién nombrado ministro de Información y Turismo, accidentalmente ha perdigoneado el trasero (término que emplearía Valdano) o culo (como diría Luis Aragonés) de la hija de Franco, Carmencita, en una cacería.

Si en La Escopeta Nacional se organiza una cacería para conseguir tráfico de influencias, contactos y negocios, Mériton compró el Valencia para lo mismo, como forma de hacer networking. La caza o el fútbol es lo de menos, un mero medio para otros intereses que nada tienen que ver con la naturaleza o el deporte.

El propio proceso de venta fue una puesta en escena para favorecer la opción de Peter Lim en detrimento de cualquier otra. En lugar de la finca de los Tejadillos, se utilizó el mismo Campo de Mestalla de forma premeditada y partidista. Con alevosía y nunca mejor dicho porque los focos encendidos de nuestro campo así lo atestiguaron, nocturnidad.

Además, como el tiempo ha demostrado, pusieron nuestro club en bandeja a Mériton, con insuficientes garantías de por medio.

Ya quisiera Jaume Canivell, empresario catalán que asiste a la cacería, haber logrado su objetivo de manera tan sencilla.

En “La Escopeta Nacional” si había que cambiar leyes, se cambiaban. En el proceso de venta, si había que omitir, facilitar cláusulas o aligerar garantías para favorecer la transacción a Mériton, se accedía. Y sin riesgos de perdigonadas en el culo.

Después de siete años de gestión en el club, siguen acostumbrados a que las normas y leyes se adapten a ellos y no tienen reparos en acudir a las instituciones políticas valencianas, Ayuntamiento o Generalitat, sin ni siquiera llevar una carpeta bajo el brazo, para que les prorroguen la ATE del Nou Mestalla cuantas veces les venga en gana. Están tan habituados a salirse con la suya (creen que quien paga manda) que cuando no han sido correspondidos en sus propuestas no han dudado en utilizar los medios oficiales del club para expresar su rabietas partidistas que nada tienen que ver con los intereses del Valencia.

Si en La Escopeta Nacional, Jaume Canivell, interpretado por el colosal Saza, intenta comercializar sus porteros automáticos, Mériton va más allá en su pretensión de hacerlo no solo con porteros, sino también con defensas, medios, delanteros, entrenadores o lo que haga falta.

De nuevo en la película cada personaje va a la suya, a vender su libro, en un entramado de relaciones sociales donde la incomunicación vuelve a ser latente pese a los diálogos permanentes que se solapan unos a otros. Muchos críticos manifiestan el parecido de La Escopeta Nacional con Plácido, tanto en estructura como en desarrollo. Transcurren además en un tiempo real, una se desarrolla en una tarde-noche previa al día de Navidad y la otra en un día de caza.

Para explicar Mériton en el Valencia también nos valdría el tiempo real que transcurrió aquel día de su llegada a Valencia y posterior recibimiento en Mestalla, allí ya estaba todo escrito. Las llaves de un club de casi cien años de historia en aquel momento, entregadas “al portador”.

La película fue un gran éxito de taquilla, el primer triunfo pleno y absoluto del genio valencianista que desenmascara el poder y la sociedad a modo de caricatura sin incurrir en solemnidades ni adoctrinamientos. Si se nos permite el apunte, lo que en @MESTALLIDOS llevamos intentando hacer desde hace siete años con la llegada de Mériton, el humor como medio y compromiso, reconociendo nuestras propias contradicciones, como también le gustaba hacer al maestro, del que somos devotos.

En la segunda entrega de la Trilogía, Patrimonio Nacional, Berlanga continúa pegando tortas como panes a una burguesía que comienza a dar síntomas de agotamiento.

Qué bien nos habría venido esa mirada crítica y certera a muchas de las gestiones previas a la venta del club, las etapas anteriores a la llegada del magnate singapurés, pues no hemos de olvidar que fueron culpables de la deriva que desembocó en la imprudente transacción.

Como sucede en la película, muchos de esos gestores hicieron uso del club como status o posicionamiento social sin tener ni idea de cómo manejarlo. Juan Soler fue el ejemplo más claro aunque como a la hija de Franco, le saliera la perdigonada por la culata….

Los protagonistas de Patrimonio Nacional, para conservar su estatus se ven obligados a trasladarse de la finca al palacio, utilizan todo lo que sea posible para no perder su posicionamiento social y sobrevivir.

“Mi exilio ha terminado” afirma con solemnidad el Marqués de Leguineche sin ningún tipo de escrúpulos, como suelen hacer algunos medios de comunicación cómplices de presidentes que llegan al club y luego resultan ser un pufo. No tienen reparos en retirarles el apoyo como si con ellos nada hubieran tenido que ver, y empezar de nuevo, adaptándose a las nuevas situaciones y salvadores. Todo por perpetuar el estatus en forma de voceros oficiales del club.

Mériton, como las clases sociales que se muestran en decadencia en la película, no ha tenido reparos en intentar adaptarse a los nuevos tiempos según su credibilidad se ha ido agotando.

No les importó quitar de su puesto a Lay Hoon cuando la amortizaron a base de engaños y mentiras, como aquella tarde de Convención de Peñas en que aseguraba que Paco Alcácer era el murciélago del Valencia mientras Lim estaba firmando su traspaso al Barcelona.

En Patrimonio Nacional los personajes evolucionan paralelamente a la restauración del Palacio, donde se desarrolla la gran parte de la película. En estos últimos años vimos como restauraban Mestalla para dar una imagen de poderío y potencial. No dudaron en instalar modernos marcadores electrónicos o dar una mano de pintura a lo grande que el paso del tiempo ha desteñido para dejar a la intemperie las miserias de un proyecto basado en la mentira y que pese a todo continúa intentando perpetuarse.

En la película se desarrolla el plano secuencia más largo de la historia del cine español. Son siete minutos por una serie de laberintos entre habitaciones y corredores, regateando muebles, persiguiendo actores, etc.

Si Berlanga tuviera que rodar la situación actual del Valencia le valdría con una cámara fija en el Bar La Deportiva.

Las escenas de la película son largas, adornadas con muchos gags visuales y sonoros, el ritmo es trepidante sin lugar al aburrimiento, todo lo contrario a esta desastrosa temporada recientemente finalizada, en la que el equipo de Javi Gracia ha hecho bostezar hasta al murciélago de la grada de la mar.

En la escena final de la película, con el Palacio convertido en museo, vemos a un grupo de japoneses desfilando por sus instalaciones y haciéndose fotos con el Marqués y su hijo. Cualquier día, en el tour de Mestalla se habilitará una habitación en la que se den cita los amigos de Ultimes vesprades a Mestalla, Rafa Lahuerta, Miquel Nadal, Paco Lloret, Merchina Peris, Javier Iranzo y otros sentidos valencianistas en especie de extinción para recordar los tiempos gloriosos de su querido club mientras los guiris les hacen fotos.

La película fue recibida con bastante frialdad por el público y crítica, nada que ver con la primera de la saga.

Con Nacional III se cierra la Trilogía que hubiera podido continuar si no fuera por la muerte del Marqués de Leguineche interpretado por el maravilloso Luis Escobar.

La cuarta entrega se iba a titular “Viva Rusia”.

La película se centra en las aventuras y desventuras de los personajes que interpretan Luis Escobar y José Luis López Vázquez, que escayolado intenta transportar dinero y joyas a Francia ante la amenaza que les supone la llegada del socialismo a España.

La moralidad pasa a un segundo plano, no les importa formar parte de un tren de enfermos que viajan a Lourdes en peregrinaje.

Esa forma de evadir capitales y regatear impuestos que tanto nos suena a través de sociedades y holdings de compra-venta de jugadores.

“Quien paga, Mendes” sería la adaptación del refrán.

O esas excusas de prorrogar la ATE unos meses más por causa de los efectos de la pandemia.

Nacional III gira entorno a las bufonadas y gags de la familia Leguineche.

La sociedad ha evolucionado a cambios muy drásticos arrastrando a personajes, al contario de la actualidad valencianista para cuyos dirigentes es la sociedad la que debe adaptarse a sus circunstancias desde la prepotencia de quienes creen haber salvado al pueblo de Mestalla y por lo tanto todo les debe estar permitido.

En la película hacen pequeñas colaboraciones personalidades famosas de la época, de distintas facetas y artes, un antecedente de lo que años después popularizó Santiago Segura en su saga de Torrente donde los cameos son frecuentes.

La película recibió las peores críticas de la Trilogía.

La Trilogía Nacional en su conjunto es una sucesión de miserias heredadas por un grupo de personajes variopintos y desquiciados que intentan sobrevivir desde su amoralidad. Van evolucionando a lo largo de las tres películas, pero además de esas miserias heredadas también van construyendo una nuevas.

Como en nuestro club, por desgracia, son miserias a los que todos, en mayor o menor medida, por acción u omisión, hemos contribuido a perpetuar.

Ojalá a nosotros sí nos dé tiempo a rodar una cuarta película en la que recuperemos nuestro destino, seguiremos siendo imperfectos, pero más nuestros.

Ánimo a todos los Marqueses de Leguinechecheché que por ello están peleando.


@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).