dimecres, 9 de març de 2022

ESPÍRITUS DE MESTALLA



Desde que habito en el piso de la promoción de viviendas que construyeron en los terrenos de Mestalla mi existencia no es la misma.

No tiene la culpa la calidad de los pisos, no. Creo que está acorde con la publicidad con que los vendieron.

Buenas vistas, amplios, bien orientados, dotados de servicios adecuados. Hasta la zona recreativa para los más pequeños que rememora el campo hace que quieran pasar el mayor tiempo posible en ella, disfrutando, jugando, corriendo…

Soy yo.

Noto que una nostalgia blanquinegra se ha apoderado de mí.

Ya me lo dijo Jesús, “yo no podría comprarme un piso sobre Mestalla”.

No soy al único que le pasa. Somos bastantes los que deambulamos por los pasillos, los que nos cruzamos en los patios, nos miramos y nuestro saludo nos arranca por un instante una sonrisa.

¡Amunt! dice uno.

¡Sempre! responden los otros.

Muchas veces me descubro a mí mismo mirando por las ventanas hacia donde debería estar el GolGran.

Otras tantas, voy al centro social habilitado para los vecinos que se encuentra donde estaban los vestuarios y hasta puedo oler las victorias, las derrotas, el sudor de los jugadores extenuados, eufóricos, cansados. El linimento lo impregna todo. Oigo sus voces, sus quejas, la charla del míster, los gritos con que se infunden ánimos. Hasta el utillero se ríe con las bromas y yo con ellos.

La afición, la joven, la que ha ido rellenando el espacio dejado por los mayores, los que quedan, se trasladó al nuevo campo.

Sólo los melancólicos nos reunimos los días de partido.

Quedamos en la plaza que hicieron en lo que era el centro del campo.

En ese sitio ahora una placa te recuerda lo que allí se vivió, las tardes de ilusión, el jolgorio de los niños, los reniegos de los viejos, los cánticos de los más jóvenes a los que se unen el resto, las noches gloriosas, los días de malos resultados, los pañuelos hacia la presidencia, el ánimo con el que empezaban las temporadas, los “enguany si”, los goles que nos llevaron a triunfos, los encajados recibidos con dolor, el silencio triste de descensos…

Hasta nos parece oír los cánticos de la grada.

Ataviados con nuestra bufandas que hacemos girar al viento, cantamos los himnos que unen a los congregados, desafiando a los rivales, identificándonos como tribu.

Muchas veces me parece ver la fila de banderas que marcaban la posición en la clasificación.

Los marcadores se reflejan en los cristales de los ventanales de las viviendas. Y gritamos. Y cantamos. Y animamos.

Luego volvemos a nuestros nuevos hogares.

Tratamos de contarles a los que conviven con nosotros lo grandes que fuimos, lo importante que somos.

Ellos no lo escuchan, parecen ignorarnos.

Pero insistimos hasta que, hartos de que no nos hagan caso, arrastramos alguna silla, descolgamos algún cuadro, golpeamos la pared.

Todo para que sepan que SOM EL VALENCIA.

Que no olviden que de aquí, nuestra casa, no nos tirarán. Algunos vecinos han empezado a quejarse. Tienen miedo.

Alguien dice haber visto a seres que como alma en pena vagan por las zonas comunes. Comentan que que creen que alguno lleva una peluca naranja, otro bajito y regordete lleva un chandal del equipo, otros van vestidos de jugadores, otros visten de traje… Murmuran que han oido voces cantando, vituperando, animando. Todo ello en los días de partido.

No sé si llegaran a entender lo que significa ser del Valencia, pero han empezado a saber lo que es vivir junto a los espíritus de Mestalla.

Diego E.

diumenge, 13 de febrer de 2022

50 ANYS SENSE VICENTE PERIS (III)

GALLETAS PARA O ARTILHEIRO O QUÉ ES EL VALENCIA.


El Valencia es una mujer que hace cincuenta años cumplía doce, el mismo número de camiseta con el que se suele identificar la fidelidad y lealtad de una afición a un club. Una mujer de luz heredada, de vela que prende en vela y no hay viento, por mucho que sople en contra, que logre apagarla por verdadera y constante.

En su luz hay una niña que colecciona cromos de jugadores de fútbol que a la hora de comer se sientan en su misma mesa y una chica pionera, valiente y libre, que en Mestalla marca goles que agitan redes y rompen roles.

Es invierno en Burjassot y en la vida de aquel hombre de piel morena y pelo de nieve que en su silla de ruedas apura los rayos del sol y la vida.

No recuerda que en otro tiempo fue inmenso, fuerte, poderoso. Tampoco la arena de la playa de Río de su niñez, ni el césped del área en la que reinó en Mestalla. Ni siquiera el desayuno que hace apenas dos horas le sirvieron en la residencia donde vive.

Las hojas secas hace muchos años que dejaron de ser el arte que practicaba en el golpeo del balón con sus dos piernas, ahora solo son el pasar de página que algunos árboles del jardín en el que esa mañana se encuentra, dejan caer por el suelo y su calendario.

Sus ojos ya no ven, como su memoria, también quedaron ciegos.

Ella se sienta a su lado, en un banco de piedra, le coge el brazo, le abre la mano y le da una galleta, la más dulce que existe. El viejo sonríe, se la lleva a la boca, la paladea detenidamente con la inocencia y el deleite de un niño, con sus ojos entornados dejándose acariciar por el sol, intentando eternizar el momento.

Sus hijos, Vicky y Walmar, llevan contemplando la escena desde el principio, en silencio, sin querer interrumpir el ritual tantas veces repetido. Con cariño le preguntan a su padre:

-¿Sabes quién ha venido a verte?

Y vuelve a ocurrir el milagro de todos los meses, cuando ella le trae galletitas y hace sol.

-¿Cómo está mi hija blanca? ¿Cómo estás, Mey?

-Hola Waldinho – Le contesta acariciando su espalda - ¿Vas a jugar el domingo?

-Tengo molestias en el menisco, pero juego seguro - contesta orgulloso - Con Guillot.

-Muy bien, Waldinho. ¿Y de mi padre? ¿Te acuerdas de mi padre?

-¡Cómo no me voy a acordar, con lo que nos queríamos!

Y Merchina, emocionada, enlaza sus blancas manos con las manos negras de Waldo.

(A la memoria de Don Vicente Peris en el 50 aniversario del día en que su corazón dejó de latir en el mismo corazón de Mestalla. A Merchina Peris por ser el Valencia Club de Fútbol. Te queremos, bonica.)



JOSE CARLOS FERNÁNDEZ HABA.

ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA.







divendres, 11 de febrer de 2022

50 ANYS SENSE VICENTE PERIS (II)


LO QUE ESPERAMOS DE NUESTRO PUBLICO.

Publiquem hui la editorial escrita per Vicente Peris per al Programa del partit València CF - Club Atlético de Madrid disputat el 13 de febrer de 1972, el mateix dia de la seua mort. Les paraules son tot un homenatge en elles mateixa al compromís i a la visió d'un club, legitimada pel compromís constant, lluny de les fanfàrries que, posteriorment, s'han instal·lat en el missatge institucional del Club.


Hemos recibido de nuestro público numerosas e impresionantes pruebas de adhesión a los colores de nuestro club. Todavía vive en la memoria de todos nosotros el gran recibimiento que se tributó a nuestro equipo con ocasión de la visita del UD Las Palmas. Aquel recibimiento exaltó de tal manera el entusiasmo de nuestros jugadores, que se consiguió una de las más brillantes victorias de la temporada.

La identificación de la gran familia valencianista con las inquietudes deportivas del club es siempre importante. Lo es muchísimo más en los momentos amargos. Los aplausos de nuestros seguidores, su ilusión y su perseverante apoyo nos obligan a todos a superarnos, a no dejarnos ganar por el desaliento y a mantener en alto las banderas de las más ambiciosas aspiraciones. Hemos de repetir lo que tantas y tantas veces hemos proclamado con legítimo orgullo: que nuestro público, el público valencianista, es el mejor de cuantos fichajes hemos realizado.

Luego de nuestro desafortunado partido en Gijón hemos de recibir al At Madrid. Esta connotación, teniendo en cuenta la calidad y el prestigio de nuestro adversario, es de mucho compromiso para nosotros.

Para resolver favorablemente este encuentro confiamos en el esfuerzo y en el pundonor de nuestros jugadores y en la habilidad estratégica del director técnico del equipo. Pero confiamos también en nuestro público. No dudamos de que generosamente sabrá medir las circunstancias del partido y, dejando a un lado el disgusto que a todos nos ha producido nuestra visita a el Molinón, contribuirá a que los hombres que visten el glorioso uniforme del Valencia C de F se empleen sin otras preocupaciones que la de alcanzar el triunfo.

Por anticipado, queridos consocios y amigos, agradecemos los aplausos que vais a dedicar a nuestros jugadores en este dificilísimo partido. El encuentro con el Atlético de Madrid, como nadie ignora, entraña una indiscutible trascendencia para el porvenir del Valencia C de F en la liga actual. Vuestros aplausos recordarán a los jugadores de nuestro equipo, deseosos todos ellos de borrar el mal efecto de su actuación en Gijón, que tienen el deber ineludible de emplearse a fondo, con la más firme e insobornable voluntad de victoria.

EL GERENTE.


ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA.

dimecres, 9 de febrer de 2022

50 ANYS SENSE VICENTE PERIS (I)


Coincidint amb el 50è aniversari de la dolorosa i sobtada desaparició del que va ser gerent i "alma mater" del club, recuperem part de l'humil i xicotet homenatge que el col·lectiu d'Últimes vesprades a Mestalla li va fer a l'any 2012, per recordar l'empremta que deixà D. Vicente Peris a la història del València C.F.

Imatgens 1939 - 1972














ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA.





diumenge, 19 de desembre de 2021

EL VIEJO CASALE EN SEVILLA




Era el primer martes del mes de septiembre del año del Centenario. Estaba en el Hospital Quirón de Blasco Ibáñez (no podía ser otro, el mas próximo a Mestalla que hay en Valencia) tumbado en una camilla, preparado para entrar en la sala de quirófanos, cuando llegó la anestesista.

Sus primeras palabras de cortesía fueron suficientes para darme cuenta de que era argentina. Me dijo, muy dulcemente, que me iba a pinchar para dormirme y que lo mejor era pensar en algo que me resultara agradable.

Le pregunté si sabía quién era “el Negro” Fontanarrosa y me respondió: “Che boludo, ¿pero qué me preguntás?… Soy de Rosario y soy de Central, canalla a muerte. ¡Y los leprosos putos que se vayan a la concha de su madre!”

Le dije, pues, que le iba a contar una bonita historia, ocurrida en Sevilla escasamente tres meses antes, donde todo empezó para que yo estuviera en esos momentos en la camilla, y en la que un amigo, hay que decir que un poco cabroncete, me llamó el Viejo Casale. “¡Bárbaro!”, me respondió. Y se fue cantando 🎶🎶🎶 “Aldo Poy, Aldo Poy, el papá de Ñulsolboys” 🎶🎶🎶

Entonces, no sé si caí profundamente dormido debido a los efectos de la anestesia o por el shock que me había causado escuchar que la anestesista era hincha de Central.

Evidentemente, ya no pude contarle la historia, pero teniendo en cuenta que el 19 de diciembre de 2021 se cumple el 50 aniversario de la palomita de Poy, creo que ha llegado el momento de contársela a ustedes.

No me tuvieron que secuestrar los muchachos de la Sud (que los imagino como lo más similar a el Dani, el Cuqui, el Miguelito, el Valija, el Rulo y el Colorado), ni subirme a un omnibús engañado para estar en Sevilla. Era una Final a la que habían muy pocos motivos que me pudieran impedir ir. Afortunadamente, no se dio ninguno de ellos.

El viernes por la mañana salimos de Valencia, en mi coche, mi hermano Javier, mi hijo Pablo, su amigo Miguel (por ausencia -qué lástima- de última hora de mi hermano Juan Carlos) y yo mismo al volante. Pero no íbamos solos. Venía con nosotros, cuál quinto Beatle, el espíritu del más incondicional de los valencianistas que jamás ha existido, Jorge Iranzo, en forma de su bufanda talismán.

Iba a ser la primera final con mi hijo Pablo. Fue inevitable acordarme de aquel ya muy lejano sábado del mes de julio de 1971 (escasos 6 meses antes de la palomita de Poy) cuando salimos camino de Madrid mi abuelo, mis padres, mi hermano Javier y yo para ver la Final de Copa contra el Barça, mi primera final, en el nuevo coche familiar, un Morris MG color mostaza (“Morris, ja veus tu, aixó es nom de gos”, refunfuñaba enfadado mi abuelo Jesús. “El tío Ramonet el sant tenía un gos que li dien Morris. Els alemans sí que saben, sí: Mer-se-des”). Repetíamos rival. El Barça de Messi era un equipazo, igual que lo era aquel Newell’s del 71. Pero, sobre todo, no quería volver repitiendo durante todo el viaje de vuelta el mantra que repetía mi abuelo cuarenta y ocho años antes: “Mos han robat, xiquets. Mos han robat. Fills de putes”. Si cierro los ojos, aún puedo oírlo perfectamente. Y mi madre diciéndole: “Pare, que están els xiquets. No diga paraulotes”. A lo que mi abuelo respondía: “Fills de putes. Mos han robat, xiquets. Mos han robat. Fills de putes”.

Seiscientos cincuenta kilómetros nos separaban de Sevilla. Pensé cuántas veces habría hecho Jorge ese camino sólo para ver al VCF. ¿Sesenta quizás?. No me iré mucho.

Llegamos a Sevilla a primera hora de la tarde. Por supuesto, al salir de la Comunidad Valenciana sonó tres veces el claxon.

Tras dejar las maletas en el hotel, en pleno barrio de Triana, nos dirigimos junto con algunos amigos más a la Casa Regional Valenciana de Sevilla. Allí había un acto de presentación del libro autobiográfico de Mario Kempes, con la presencia del propio “Matador” y Enrique Arce, “Arturito”, como maestro de ceremonias; dos murciélagos con alma canalla. Nunca hay que dejar escapar una ocasión para ver al más grande en persona y, esta vez, tampoco lo íbamos a hacer.

Tuvimos que quedarnos de pie al final de la sala, pues no teníamos invitaciones. Y a los pocos minutos empezó mi calvario. Tras un sudor frio y un dolor muy intenso que intentaba disimular, caí fulminado perdiendo durante escasos segundos la conciencia. Al recuperarla, aún medio aturdido, es cuando el cabrón de Jose Carlos, mientras yo estaba en el suelo realmente jodido, me dice, “Jesús, no te preocupes. Si te mueres, te escondemos en la habitación del hotel, mañana te metemos en el Villamarín y hacemos como si te hubieras muerto allí. Y Rafa Lahuerta escribirá una maravilloso relato. Vas a ser nuestro Viejo Casale”. Su hijo, Rober, le miraba preocupado, como preguntándose si su padre hablaba en serio. Lo sabía capaz por una puta victoria del Valencia en aquella Final. Pero lo peor es que a mí me pareció un buen plan. Solo me sabía mal por mi hijo (mi mujer y mi hija, como no estaban allí, aún no me preocupaban demasiado).

Bueno, el caso es que al cabo de unos 15 minutos empecé a sentirme mejor a medida que fue disminuyendo el dolor hasta desaparecer. Al finalizar el acto, aún nos hicimos una foto con Kempes, que nos firmó la camiseta. Parecía que todo había quedado en un susto.

Los dolores remitieron lo que tardó en desaparecer el subidón que produce hablar con Mario unos segundos, hacerse una foto con él y que te firme la camiseta. No voy a entrar en detalles. El caso es que hubo que improvisar un cambio de planes. En lugar de , como estaba previsto, disfrutar de Sevilla, cenar y terminar la noche en el tablao de Casa Anselma con primo Vicente y otros amigos, terminé, a poqueta nit, en la sala de urgencias de un hospital. Un buen chute no sé de qué en ese mismo momento, que me dejó grogui casi al instante, y una buena dosis de pastillas cada cuatro horas para el día siguiente deberían ser suficientes para aguantar el dolor hasta nuestra vuelta a Valencia el domingo. Si no fueran suficientes las pastillas, vuelta al hospital para otro chute. Eso me dijo el médico sevillano de urgencias que me atendió, madridista por cierto, para empeorar, si ello era posible, las cosas. Hay que decir que su diagnóstico fue que no era nada grave, pero podía ser tremendamente doloroso y dar bastante por saco. Mejor aplicar la frase esa que dice que no es un problema grave si no lo conviertes en un problema grave. A dormir.

Y llegó el día del partido. El gran día. Sonó el despertador. Me tomé la primera pastilla del día, me puse la camiseta del Centenario, cogí la bufanda de Jorge Iranzo y a la calle. No iba a ser fácil. Mas bien iba a ser muy difícil, casi imposible, pero necesitaba creer que algo extraordinario era posible.

Fue salir a la calle e, inmediatamente, darme cuenta que era posible. Realmente algo extraordinario estaba sucediendo. Como decía Lawrence de Arabia, las ilusiones pueden ser muy poderosas, y en ilusión ya estábamos ganando por goleada. Todo eran cánticos valencianistas, risas, tracas y hasta tabalets y dolçaines oías por las calles sevillanas. Y tracas, más tracas. Mientras, los aficionados culés paseaban tranquilamente por las calles de la ciudad. Para ellos era otra final, un día más en la oficina. Sin duda, ahí, en las calles de Sevilla se empezó a ganar el partido. Los aficionados empezamos a ganar el partido.

Así durante todo el día. Entre la euforia y la medicación tenía la sensación de como si no hubiese pasado nada el día anterior. Hasta que, a mitad tarde, llegó la hora de ir al Estadio. Empezaron de nuevo los dolores. Cada paso que daba el dolor era aún más intenso y volvía el fantasma del viejo Casale. Como no había modo de pillar un puto taxi, le propusimos al vendedor de tickets de un bus turístico de Sevilla que en lugar de hacer una ruta por la ciudad nos llevara directamente al Estadio. Negociamos el precio a sabiendas de nuestra inferioridad en la negociación y, aunque salió algo caro, aceptamos. Todo un éxito, ya que la inmensa mayoría de los valencianistas que pasaron por allí se subieron y los aficionados culés, haciendo gala de su merecida fama de tacaños, al preguntar el precio empezaban a blasfemar y seguían andando. La pela es la pela. Resultado: bus turístico lleno de valencianistas, ondeando banderas y cantando el Amunt València.

Fue entonces cuando me di cuenta que había perdido la bufanda de Jorge. Y eso fue bastante más doloroso que mis achaques de salud. Además, para ese dolor no había medicación posible, ni chute en forma de pinchazo que lo aliviara. A día de hoy, dos años más tarde, esa herida sigue abierta y aún sigue doliendo, y mucho. Espero que su hermano Javier no piense eso de que el infierno está lleno de buenas intenciones, aunque lo entendería si lo hiciera.

Entre el dolor físico y el anímico, no llegué en mi mejor momento al Villamarín, pero una Final hace que te olvides de todos los problemas, no te duele nada (o si te duele, no lo notas). Con el gol de Gameiro te abrazas con tu hijo, con tus amigos y con los que no lo son y con el de Rodrigo (humillación incluida de Carlitos Soler a Jordi Alba) ya entras en éxtasis, ríes, lloras y repartes más abrazos que el añorado Jesús Barrachina. Cuando Messi recorta distancias te entra el canguelo. Aún quedan diecisiete minutos que parecen eternos. En los minutos finales, por dos veces, te cagas en la madre que parió a Guedes. Y te vuelves a acordar del viejo Casale. Y sólo deseas no palmarla, al menos antes de que termine el partido, esperando dar y recibir el mejor abrazo de tu vida, ese que te funde con tu hijo por primera vez celebrando un título, mientras lloras descontroladamente, sin poder parar, de alegría. Y, además, sabiendo que a tu lado, el amigo idóneo para compartir ese momento, también está a punto de vivirlo por primera vez con su hijo.

El árbitro silba el final del partido. Y sucede lo que tanto deseabas. Pero aún es mucho más bonito de lo que habías imaginado. No existen palabras para expresarlo o, al menos, yo no las encuentro.

Ahora sí, pensé, ahora ya me puedo morir, como el viejo Casale, con ese brillante final que “El Negro” Fontanarrosa le da a su maravilloso cuento: “Si uno pudiera elegir la manera de morir… Yo elijo esa, hermano. Yo elijo esa”.

PD: El día 19 de diciembre de 2021 mientras la OCAL celebre con su maravilloso rito la recreación de la palomita de Aldo Poy, mi madre cumplirá 87 años. Y, a pesar de que su maldita enfermedad no le permite acordarse de las cosas, como cada año, nos cantará el Amunt València, nos recordará que Puchades-Pasieguito son la mejor media que ha tenido el Valencia C.F., rectificando rápidamente “bueno… del Valencia solo no, del mundo” y nos dirá, una vez más, que ella será del Valencia hasta que se muera. Y añadirá: “Pero aún no, eh, aún no”. Que así sea.

De pares a fills. De iaios (i iaies) a nets.

Amunt sempre!!!

Jesús Roig Sena (Socio número 771 del Valencia C.F.)

dijous, 9 de desembre de 2021

VALENCIA, 11 DE DICIEMBRE DE 2021


@arturomarzal
                                                                                                       

Si me dieran la posibilidad de elegir a qué temporada de las vividas junto al Valencia me gustaría volver, elegiría la 1986-87. Sí, la que jugamos en Segunda División, dejando de lado incluso la de 2004 en la que fuimos declarados el mejor equipo del mundo tras ganar la Liga, la UEFA y la Supercopa de Europa.

Lo haría por muchos motivos, quizá algunos de ellos maquillados en el recuerdo por el paso del tiempo, pero aquella temporada fue objetivamente especial, los que la vivimos en primera persona lo sabemos.

Pertenezco a esa generación de valencianistas que llegamos demasiado tarde a la época de oropeles de nuestro club y demasiado pronto a la de sus miserias. Fuimos los que vivimos nuestra adolescencia, esa etapa tan determinante y rebelde en la quizá temporada más rebelde y determinante de la historia de nuestro equipo.

El destino, sin preguntarnos, nos eligió como protagonistas, sin apenas experiencia y con la responsabilidad de llevar en volandas a nuestro Valencia hacia su regreso a Primera.

Y cumplimos, vaya si cumplimos, no partido a partido como se dice ahora, sino segundo a segundo de cada uno de aquellos partidos, play off incluido.

Aquella temporada Mestalla, entonces Luis Casanova, fue una fiesta constante, la etapa más pop de su grada, la movida “valencianí”, el resurgir de un equipo desde la pirotecnia que nos caracteriza, dicho como metáfora y como realidad tangible que pueden atestiguar las banderas que aún guardo chamuscadas por las tracas y bengalas que prendían en la Vieja General de Pie.

Haber estado allí, cuando el club más lo necesitaba, os aseguro que es una de las sensaciones más reconfortantes y satisfactorias que he sentido como valencianista.

Como escribió el maestro JVA en su inolvidable artículo “Un sentimiento heredado” publicado el domingo 12 de mayo de 2002, tras la consecución del título de Liga 30 años después, “aquella copa era de todos, pero de algunos un poco más que de otros”. Así nos sentíamos nosotros, pletóricos de orgullo interior por la fidelidad demostrada.

De esa misma fecha es el texto “Un sueño realizado” en el que mi amigo Rafa Lahuerta comentaba que en la espera de un nuevo éxito (por suerte no fue así) podríamos tardar otros 30 años, que en esa espera habría deserciones y bajas pero que lo verdaderamente importante era que durante ese tiempo hubiese niños que soñaran y padres que contaran. Y que el relato se perpetuara en la memoria.

Han pasado casi 35 años de aquella temporada irrepetible y única del retorno a Primera División. No solo recuperamos la categoría, en todas su acepciones, sino que fue un chute de energía y músculo social cuya gasolina nos dio para atravesar otros tantos años de tedio y plomo hasta llegar a la etapa más gloriosa de nuestro club, el lustro 1999-2004. Nos lo merecimos todos, pero especialmente aquella generación de locos adolescentes que nos confirmamos en nuestra fe cuando las aguas de la acequia de Mestalla venían tan revueltas.

Estos días previos a la Marcha “Per la dignitat del Valencia CF, Lim Go Home” que tendrá lugar el próximo sábado a las 12 horas, algo de aquella atmósfera tan lejana ha vuelto. Se nota en el ambiente.

En mitad de un panorama tan desolador causado por la nefasta gestión de Meriton, en la calle ha surgido la ilusión, la alegría, el compromiso de defender a nuestro club en un momento histórico que marcará su/nuestro futuro.

Vuelve a haber un ambiente pop, reivindicativo, alegre, esperanzado, social, comprometido y revolucionario, todo envuelto en ilusión y alegría, tirando de arte e imaginación, característica del pueblo de Mestalla sobre todo cuando nos tocan los cojones/ovarios: Carteles, canciones, textos, vídeos, pancartas, eslóganes…

Esto va de proteger un patrimonio, una cultura, un sentimiento, una forma de vida, un punto de encuentro, hasta si me apuran, un derecho que nos pertenece y se llama Valencia Club de Fútbol.

El próximo sábado tenéis oportunidad de formar parte de la historia de nuestro Club Centenario. Os aseguro que no hay celebración de título, por más importante que sea, que provoque tanta satisfacción como caminar al lado de nuestro Valencia en los momentos en que más lo necesita. Los títulos pueden esperar, qué remedio, pero el relato que se perpetúa en la memoria tiene lugar y fecha.

Os esperamos. 

Per la dignitat del Valencia CF.

LIM GO HOME


Jose Carlos Fernández, socio y accionista del Valencia CF.
Miembro de uvaM.