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divendres, 26 d’agost del 2011

Elogio de la Cuperativa

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Yo siempre fui de Cúper. Más de Cúper que de nadie. Más de Cúper que de Benítez. Más de Cúper que de Rainieri. Más de Cúper que de Espárrago. Más de Cúper incluso que de Di Stéfano. De Cúper me gustaba todo. Su sobriedad, su laconismo, su falta de impostura. Cúper era, por encima de todo, el entrenador menos xoto de todos los posibles: el menos hipócrita, el menos fallero, el menos cínico. Fue, paradójicamente, el que más cerca estuvo de la filosofía fantasista de la ilusión, que como sabe la cátedra es el jodido adn del pueblo de Mestalla, su ideología más caliente y superficial: la puta recurrente que a tantos abismos nos ha llevado a lo largo de nuestra historia dentada. Porque con Cúper, la ilusión vivió sus momentos más álgidos, un paroxismo que sostuvo a la parroquia en un subidón permanente con doble parada: Paris-Milan. Tan lejos pero tan cerca del Paris-Texas wenderiano y ese hombre llamado Travis que vagaba por los no-lugares en busca de su mujer, tal cuál el VCF y su travesía en el desierto de 20 años de ostracismo europeo.

Con Cúper, el Valencia consolidó su estilo, ese que siempre olvida en cuanto la rubia le sonrie. Con Cúper, el Valencia salió a Europa a reivindicar una melodía joven y entusiasta con un centro del campo que jugaba al fútbol mejor que nadie. Nunca como en la primavera de 2000 Mestalla vio jugar tan bien al fútbol. Nunca. Fueron 3 meses de asombrosa energía, de recitales a diestro y siniestro, de fútbol eléctrico y jovial. Por eso, es doblemente injusto ese sambenito falso y ventajista del Cuper barraquero y aburrrido. No hubo tal o sólo en pequeñas dosis cuando hubo de reinventar el equipo para volver a salir a Europa con otro disfraz, quizás no tan atractivo pero si sumamente competitivo y eficaz. En ese interín nació La Cuperativa. Y del estiércol de ese bloque apareció el campeón de dos ligas casi consecutivas. Puede que la euforia de los títulos borre todo lo demás, pero ahora que ya hay espacio para la memoria y el relato yo recuerdo con más plenitud la primavera de Cúper que el largo verano de Benitez. Quizás porque las vísperas imponen en el escenario una felicidad expansiva y gozosa que los fastos y su colesterol acaban por traicionar. O quizás será que durante esos dos años servidor fue extremedamente feliz. No tanto en el fútbol como en todo lo demás. Nunca se sabe. Ahora que el mister vuelve a Mestalla, mi homenaje sincero y creo que merecido.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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dilluns, 28 de setembre del 2009

Un argentino en Mestalla

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Según cuentan los cuentos, el fútbol lo inventaron los ingleses. Es probable que si hablaran los genes ancestrales de este juego, codificarían sus mensajes con acento argentino. Dicen que las madres argentinas dudan de si llevan en sus entrañas un feto o una pelota. Sea como fuere de tanto patear sus tripas, los pibes tras nacer, pasan del biberón a las gambetas.

Cuando mi padre volvía de Mestalla y relataba con suspense la crónica del partido, mi mundo era su voz. Los nombres de Walter, Chicao, Héctor Núñez formaban parte de figuras sin rostro que se hacían realidad con la foto del álbum de cromos. Llegó el día en que mis héroes de papel se transformaron en un paraíso de hierba: Waldo, Guillot, Mestre, Roberto…una experiencia de imágenes que creó un vínculo de por vida. Y llegó mi primer argentino. Se llamaba Sánchez Lage, interior ofensivo con buena técnica al que Pasieguito había fichado pese a tener más de 30 años. En las tres temporadas que estuvo en el equipo, aquel veterano que mostraba sus prominentes entradas de calvicie deleitó con su maestría y me enseñó el camino de los argentinos. Recuerdo la exquisita calidad del defensa Jesús Martinez oriundo de Lugo, las cabalgadas por la izquierda de Valdez, los malabarismos de Miguel Angel Adorno “El Ruso”, el goleador Mario Alberto Kempes, Darío Felman y un entrenador, Di Stéfano. Un ramillete de excelentes jugadores que aportaron calidad y leyenda. Una confluencia “che” que hizo cruzar el charco, tras una pelota de oro.

No fue la década de los 80 propicia para la llegada de jugadores argentinos: Urruti, Ciraolo y unos años difíciles en una encrucijada en la que se echó en falta aires de tango en la plantilla. En 1993 fichamos a Pizzi. Unos años después, con Roig en la presidencia, llegaron Moriggi, Campagnuolo, Ariel Ortega, Cáceres, Claudio López. Pero fue con el cambio de siglo cuando el Valencia de la mano de Héctor Cúper llegó a acariciar el colofón de su historia: dos finales de Champion. Con él en el banquillo también llegó Faggiani… Nombres como El Piojo, Kily, Pellegrino, Aimar, Ayala quedarán en la memoria como artífices de días memorables, con un carácter ganador impreso en su camiseta albiceleste que supieron transmitir y dejar el gozo sembrado de nuestras últimas grandes tardes de Mestalla.

¡Pibe!, no hubiera sido lo mismo sin vos.


Alfredo Cardona
Socio del Valencia CF
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