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dimecres, 9 de març del 2016

Mis 40 temporadas de Mestalla



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Dijo el gran Nick Hornby que es imposible separar los lazos forjados en la infancia con los colores de una camiseta, y quizás no haya mejor manera para describir y definir cómo te haces de un equipo de pequeño. Es la niñez la indiscutible época del mamar, y en ella te adhieres a costumbres y sentimientos que como raíces se te quedarán para siempre como extensión emocional. Formarán parte de ti. No hay nada tan significativo como el decir por qué eres de un equipo, o por qué te gusta un determinado estilo de música, o por qué te vino un hobby concreto. Seguramente, en la mayoría de los casos consultados, la respuesta será que “de pequeñito lo mamé en casa”. De casta le vino al galgo. De tal palo tal astilla.

Es quizás este artículo el que más rebusque entre mis orígenes, y halle en el pozo más profundo de mis memorias y emociones todo aquello que acabe con una desnudez jamás expresada de esta manera, pero que a la postre dé ilustración mental a mi sentimiento valencianista. Y doy gracias por la oportunidad, nunca imaginada por mí como posible, al blog Últimes Vesprades a Mestalla, del cual tengo el libro con el mismo nombre y que tanto valor tiene para mí como para todos los que puedan entender y sentirse identificados en una misma afinidad futbolística.

Para mí, cantar un gol del Valencia, desde pequeño, tenía que ser la mayor de las liberaciones en forma de grito, salto, sonrisa, rabia y orgullo. Fortaleza. Grandeza. Elevación. Emociones sin descripción completa, porque ¿quién podría explicarme a mí con palabras qué se siente cuando marca el Valencia? Difícil. Complicado. Simplemente lo sientes. Por segundos eres indestructible. Así sin más. Hincha, seguidor, ultra o forofo. El que es de un equipo desde pequeño, por lo que arraigó de alguien, o de algo, lo será para siempre, y dará igual si su equipo es de los que suelen ganar o suelen perder. Amor de por vida por el club de sus amores, y nada ni nadie le hará cambiar su escudo por cualquier otro caballo ganador que se le ofrezca cual amante ocasional oportunista que se arrima por interés.

Al final eres de un equipo por lo que transmite, y te sientes identificado, tampoco hay más. Simplemente eso. Todo eso. Todo.

Soy valenciano, nacido y criado en Valencia, pero de orígenes andaluces. Mis padres, tras casarse, acabaron y me tuvieron en Valencia. Vivíamos en la calle Monestir de Poblet, entre Conchita Piquer y la Pista de Ademuz. Mi padre, futbolero, no tuvo mejor idea que enseñarme este deporte asistiendo al Luis Casanova con asiduidad. Mis padres me llevaban desde muy pequeño, tanto que ni recuerdo mis comienzos. Es mi madre quien me da luz a esos pasajes inalcanzables para mí. Ambos tenían pase, yo simplemente me intentaba acomodar a regañadientes en las faldas de mi madre, deseando que llegara el momento de poder ir al lavabo o que premiaran mi buen comportamiento con una Coca Cola. 


Tengo borrosos recuerdos de finales de los 70, cuando mi madre me “cedió” su pase para ser el exclusivo compañero de fatigas de mi padre. Los innegociables Trident de frutas y las pipas Churruca como amenizadores del bendito sufrimiento que (sobre todo a mí) nos esperaría en 90 minutos. A él, por el apego y cariño cogido, le gustaba que el Valencia ganara, pero era yo quien estaba adquiriendo, comprendiendo y aprendiendo el sentimiento de verdad domingo a domingo. Reíamos con el “Moñiga”, compañero de asiento y consumidor compulsivo de puros, venido de Barcelona y periquito de corazón, que en cada malograda jugada o pase calificaba al culpable con ese no cariñoso mote. Al Moñiga no le caía bien Solsona, lógicamente, mientras nosotros lo defendíamos. Ahora, una vez fuera del césped, yo tampoco lo defendería, como pasa para muchos con Cañizares o Albelda. Jugadores que en el campo lo fueron todo, y al salir de él perdieron el cariño de la afición por incomprendidos actos y palabras.

Un día salimos tan contentos tras ganar un partido que la gente se concentró en la Avenida de Suecia para ver salir a los jugadores, y yo, desde los balcones del estadio, aprendí atónito y contagiado por la felicidad de todos, el valor de la victoria. Yo, desconozco porqué, deseaba como loco ponerme unas medias negras hasta la rodilla y emular en mi cuarto de los juguetes al gran Pereira. Aquello no fue lo habitual, ya que a quien me gustaba imitar era a Kempes y/o Arnessen.


“Vuestra victoria, nuestro orgullo” aprendí como lema años después en forma de pancarta alentadora. En qué frase tan corta se resume tan fácilmente un sentimiento. En los ochenta fue la aparición de los grupos de animación, y Yomus fue desde el 83 un foco a tener en cuenta para toda la juventud valencianista que se sentía necesitada de hacerse notar, lejos de la mentalidad tribunera. Yo quedé desligado de mi padre en muchos sentidos con el paso de los años, y eso afectó también al fútbol. Él de su equipo, yo del Valencia, tras la angustiosa 82-83 no pisé más el Luis Casanova hasta que con 13 años iba cuando podía con una entrada “infantil” de 500 pesetas a la vieja General de Pie, fondo norte, a sentirme libremente un valencianista con mayor poderío. Con mayor fuerza a empujar al equipo. Allí aprendí a vivir los partidos activamente, a sentirme coprotagonista del juego. Y a cantar. Con los “Abogado”, “Zulú”… Hasta los 16, edad en la que por motivos familiares abandoné Valencia junto con mi madre. Fueron siete años en Andalucía, sin visitar el Templo, solo viéndolo y oyéndolo por tele y radio, hasta que terminé en Madrid.

Allí recuperé el tiempo perdido alistándome en la Peña Valencianista “18 de Març”, y volví al estadio con el recuperado nombre de “Mestalla” viendo perder al equipo contra el Madrid, en el debut de Ranieri. A la vuelta, andando hasta Torrefiel (donde me hospedaba en casa de amigos durante unos días) coincidí con un hombre mayor, con la bufanda del VCF que, al ver mis atuendos se apresuró a decirme mientras se autoproclamaba en compañero de viaje andante: “en este equip no farem res, tots ficats raere en el italià este…”. Perdimos, pero me había reencontrado con las viejas emociones del directo en casa. En Mestalla.

Con la peña de Madrid pude vivir los partidos junto con gente que residiendo fuera como yo tenían por circunstancias personales ese mismo sentimiento, unos por unas causas, otros por otras… Allí conocí a mi amigo Juan Carlos, que siempre me acompaña en los partidos desde ahí arriba, donde descansa. Gracias a él estuve en París, y gracias a mí él estuvo en Milán. Amistades forjadas por el fútbol. Por el Valencia. Valga este artículo como homenaje a su persona y amistad, a su familia y a los buenos recuerdos que dejó la mejor amistad que me dio el fútbol en general y el Valencia en concreto.

Con la peña “física” compaginaba y compartía pasión a distancia con miembros de Ciberche, y con algunos de ellos en alguna ocasión disfruté de algún partido.


Pero la experiencia (despectivamente llamada) “peñista” no terminó de retenerme porque buscaba una explosión mayor, y fue con el Gol Gran donde realmente me sentí un valencianista activo.

Siempre dije que con la Intertoto del 98, contra el Shinnik Yaroslavl, supe que tenía que volver a una grada de animación, y de aquella de Yomus que yo conocí ya quedaba poco, por no decir nada. Gol Gran transmitía unos valores poco corrientes para la época, sobre todo cuando nació en 1994, con una idea de cultura de grada apolítica y sin violencia, tan alabada como criticada por el “mundillo ultra”.

Tuve que esperar hasta 2000 para poder acceder y participar en esa grada, y de ahí formar la sección “Madrit”, por la que hasta 2004 luché y trabajé en primera fila para que estuviera presente, activamente, en el colectivo. Fueron años de “sarna con gusto no pica”, por los excesos de kilómetros “solo por ti, Valencia alé”. Madrid, Valladolid, Santander, Oviedo, Murcia, Villarreal… hasta Milán, fueron entre otros testigos de nuestra presencia. De 2001 a 2004 prácticamente visitaba Mestalla para cada partido de Liga. “Los mejores años de nuestras vidas”. La pancarta de GG-Madrit no podía fallar.


Pero después del doblete me trasladé a Barcelona por motivos profesionales, y ahí fue donde tuve un nuevo letargo de visitas a Mestalla por distintas circunstancias. No puedo evitar recordar a Juan Carlos: mi último partido con él en Mestalla fue contra su amado Málaga. Empatamos a uno, golazo de Villa, pero un gol en propia puerta de Albiol dio el empate definitivo. Su última visita al “Coliseum de la Avenida Suecia” (como a él le gustaba llamarle) fue en la despedida a Baraja, contra el Tenerife.

En los últimos años he ido recuperando la periodicidad para asistir a los partidos. Aunque le cogíamos el gustillo a los desplazamientos foráneos, por aquello de aprovechar lo deportivo con lo cultural, @Cristina_Roes y yo nos planteamos ver más al equipo en Valencia que fuera, consumirnos gustosamente en fines de semana, vivir en un par de días lo que no podemos en dos meses. Paella en Casa Navarro, copeo en el barri del Carme, largos e interminables paseos en el centro histórico, indiscutibles visitas a la MegaStore, y por supuesto... Mestalla.


Hacía 14 años que no veía en directo la presentación del equipo por lo que tenía asegurado reencontrarme viejas sensaciones. Lo que no me podía imaginar era que con quien me encontraría sería con el ídolo de mi infancia, con el jugador que le dio sentido a creer en la idolatría. Su nombre marca la vida de los valencianistas cuarentones como yo. El Matador, Kempes, es para el valencianismo la excelencia en forma de futbolista. Nunca jamás habrá otro igual. Tan querido como criticado, injustamente tratado sobre todo en su adiós y despedida de este deporte. La cruel manera de decirle “hasta siempre” que tuvimos en Valencia debería ser nuestro mayor ejercicio de autocrítica. Grandes jugadores, y de talla mundial, hemos tenido y seguiremos teniendo, pero como Mario Alberto Kempes ninguno. Sin duda, ésta, fue la gran sorpresa que me deparaba mi visita a Mestalla el pasado 8 de agosto de 2015.


Las convulsas semanas estivales, que provocaron en el progresivo caos deportivo que nos lleva hasta nuestros días, sin fin aparente, no fueron excusa para no creer durante esta temporada en seguir haciendo kilómetros para no faltar a la cita ocasional con el equipo. Visitas foráneas en Mónaco, Cornellà, Villarreal y Camp Nou, casi todas ellas humillantes. En casa con la Roma, Mónaco, Granada, Madrid y Atleti.

Pero la experiencia más emocional fue la del partido contra el equipo andaluz, puesto que al día siguiente tenía sorpresa en el Tour Mestalla, sin duda una vivencia indescriptible con final feliz en forma de regalazo de cumpleaños de mí pareja Cristina, con la complicidad del club. Un día inolvidable, repasando la historia del Valencia CF de una manera tan personalizada...


Son las peculiaridades de un tío con 40 temporadas a la espalda y que, su destino, se obstinó en no permitirle regularmente ver a su equipo con la asiduidad que le hubiera encantado desde nano. Envidio, y mucho, a todos aquellos que renuevan cada año su pase, y que disfrutan (y padecen) cada domingo en Mestalla. Yo, tengo que conformarme con los reencuentros semanales desde el salón de mi casa, viendo cómo se consume parte de mí por culpa de los nervios de cada partido. Pero éste es el sino del hincha, del seguidor de fútbol. Incondicional. Orgulloso en la victoria, resignado y revanchista en la derrota. Condenado a unas “Últimes Vesprades a Mestalla” esporádicas, pero con la misma ilusión de como cuando era un niño.


Óscar L. Sánchez @HinchaVCF
Seguidor del Valencia CF 
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dilluns, 2 de novembre del 2015

Una senyera per Nova York

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Ahir es va córrer l'edició número 45 de la marató de Nova York, una de les proves atlètiques més importants i conegudes a nivell mundial, integrant junt a Londres, Chicago, Boston, Berlín i Tokio de la World Marathon Majors, competició que agrupa les sis maratons més importants del món.

La competició va ser guanyada pel Keniata Stanley Biwott amb un temps de 2:10:34.

D'entre els més de 50.000 corredors inscrits, almenys, un va lluir amb orgull des del Pont de Verrazano, passant pels barris de Brooklyn, Queens i l'illa de Manhattan fins la meta situada a Central Park, els colors del seu club de futbol i de la seua terra, el groc, roig i blau de la nostra senyera i al cor l'escut del rat penat.

Per als membres d'Últimes vesprades a Mestalla no ha sigut una carrera qualsevol: un dels nostres, José Miguel Lavarías (@jomilavarias), ha aconseguit finalitzar els 42,195 metres i a més ho ha fet amb la samarreta del nostre València CF.

Enhorabona Jomi!


Últimes vesprades a Mestalla
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diumenge, 29 de juny del 2014

Sentimiento e imaginería

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Nuestro club atraviesa su trance mercantil –antítesis del sentimiento- más traumático, aunque en el último cuarto de siglo tampoco ha sido ajeno a otras compraventas. La apelación al sentimiento, institucional o de base, cobra, por lo tanto, más sentido que nunca. No busquemos certificados de autenticidad ni expediciones de carnets, quedémonos con que nadie quiere más a su equipo que nosotros, los valencianistas. Y cada cual, a su manera, que haga suyo el enunciado. 

De críos, vivimos nuestro valencianismo con una pasión inusitada. En ocasiones, echo de menos esa frescura y aquella manera de exteriorizarla. ¿O era interiorizarla? Porque los que pasamos nuestra pubertad en los noventa conocimos el auge de la mercadotecnia valencianista. Una vía que exploramos, no sólo para seguir gritando a los cuatro vientos que éramos del VCF, sino también para decorar nuestras vidas cotidianas de imaginería valencianista. No se trataba de la explotación expansiva –comprensible, como ineludible fuente de ingresos- de hoy en día, sino de una serie de iniciativas, más o menos improvisadas, que contaron con el beneplácito del aficionado. De una marabunta que, más allá de la inmutable fidelidad de Mestalla, empezaba a realizar demostraciones de fuerza más efectistas (Bernabéu ´95, Balaídos ´96). Eran tiempos de reconstrucción, sobre la sólida base que cimentó Arturo Tuzón y que dispuso el colchón imprescindible para el toma y daca de aciertos y errores que desembocó en el mejor Valencia de la historia. Los de la generación cuya infancia no vio ningún título nos curtimos durante esos años noventa. Y la iconografía del rat-penat y la senyera nos sirvió para osmotizar diariamente esa fe que se requiere en todos esos momentos en los que aparentemente no pasa nada, que en el fútbol son los más y los que realmente explican todo. 

Empezamos a coleccionar todo aquello que llevara grabado el escudo de nuestro club, en cualquier formato que se preciara. Surgieron los tres primeros diseños de banderas licenciadas, que contenían combinaciones de la senyera complementando al escudo, y todo tipo de material en la misma línea, pocos años antes de la transición hacia el negro y el naranja como colores secundario y terciario, respectivamente: bufandas –se tiraba mucho de un azul un tanto impersonal-, ceniceros, llaveros, cortinas… ¿Quién no tenía, por ejemplo, aquel cuadro del escudo compuesto por papel de aluminio coloreado que se solía ganar en la feria? Algunas iniciativas surgían al alimón con los diarios valencianos. De hecho, comprábamos Superdeporte como una especie de profesión de fe. Incluso se comercializaban productos inimaginables a día de hoy, como la cinta “Cuando el Valencia eliminó al Real Madrid”, cuyo título ofrece pistas sobre la travesía del desierto que afrontábamos y que dio pie a otras promociones como la de la historia por capítulos del club, el subcampeonato de 1996 o los recopilatorios de goles de Fernando y Mijatovic. También incluíamos a la plantilla en aquellas credenciales de posesión, ya que quizás fue la última con la que la grada se identificó totalmente. Ni con la del Doblete existió tal complicidad, quizás porque Mijatovic ya nos había vacunado por entonces contra la ingenuidad idólatra. Esto no quiere decir que secunde esa máxima de que “sólo animamos por el escudo”. Es una entelequia, un gran club lo forman grandes personas y hemos de aprender a valorarlas, preferentemente, en vida: Tuzón, Colina, Puchades, Peris, por citar sólo algunos ejemplos. El caso es que a los futbolistas de esa época los teníamos en todos los formatos: monedas, llaveros, insignias… incluso en un puzle que distribuyó por entregas Superdeporte!

Fueron los inicios de la mercadotecnia y deduzco que se dejaron de ganar millones en concepto de ingresos atípicos. No obstante, en un alegato contra el fútbol-negocio, doy por bien invertido ese dinero que algunos ganaron a costa de la imagen de nuestro club, como forma de evangelización. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta el dinero gastado en los Tavanos y Carletos de turno –comisiones mediante-, no doy por mal empleado el perdido por la explotación ajena de nuestro escudo. Toparte con él como marcador de territorio siempre le arranca a uno una sonrisa. Y un escalofrío de orgullo que se acrecienta proporcionalmente con la distancia. 

Yo, el de antes, ya no soy el mismo. No colecciono –las bufandas cogen mucho polvo-, pero guardo. Aunque uno vaya convirtiéndose progresivamente en un consumidor más responsable, existe un poso de esta veneración por el escudo que nunca se pierde. Es puro, es inmaterial, es intangible. Y es lo que necesitamos en estos tiempos de zozobra. No se trata de nostalgia, sino de hacernos fuertes en la memoria y la identidad. 

Porque ninguna transacción enajenará nuestros recuerdos ni lo que sentimos por el VCF. Por eso, cuando leo que Gayà, un chaval de Pedreguer, duerme aún con las sábanas del VCF o veo un niño por la calle con nuestra camiseta recibo un chute de esperanza. 

Vaya desde aquí, por lo tanto, mi apoyo a todos los proyectos que, al margen de personalismos o resultados coyunturales, trabajan por salvaguardar la memoria de lo que fuimos y la identidad que queremos seguir manteniendo: Últimes Vesprades a Mestalla, Amics del Bar Torino, Diario de Mestalla –con su magnífico seguimiento de la cantera- y miles de valencianistas anónimos que lo hacen posible. 


Simón Alegre 
Socio del Valencia CF 
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dimarts, 14 de maig del 2013

El inquilino ventrílocuo y su lacayo Monchito

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Me he pasado la vida huyendo de Mestalla en Mestalla. En estos 40 años de militancia he pasado por el sector 6, el sector 5, la general norte, la general sur, el gol gran, la esquinita o atzucac sur, el comando itinerante de sentarse cada partido en un lugar distinto y definitivamente el lugar soñado: la última fila del gol Xicotet. Solo, a mi aire, con inmejorables vistas sobre la ciudad y a la distancia adecuada para vivir los partidos sin tanta tensión.

Soy consciente de que hasta ahí me han llevado mis múltiples manías, mi incapacidad para entablar relaciones amistosas con los vecinos de grada y muy especialmente la necesidad de no tener cerca a nadie que pueda importunarme. Y, lo reconozco, me inoportunan muchas cosas  en Mestalla: los comepipas, los entrenadores de salón, los cenizos, las familias, los niños pequeños, los listillos agoreros, los posturitas intuitivos, los entusiastas a toro pasado, los sabelotodo compulsivos, los gafarrones...la lista es tan larga que en estos años he tenido todo tipo de encontronazos y desavenencias hasta el extremo de desarrollar un manual fóbico que haría las delicias de cualquier psicólogo. No me siento orgulloso. Es un problema personal. Hay quien tiene juanetes o dolores de cabeza. En Mestalla, yo soy misántropo.

Todo iba bien en la última fila del gol xicotet hasta que apareció el Inquilino, sosías del personaje de la novela de Malamud. Fue en el VCF-Zgza de marzo de 2012. Le vi subir las escaleras con desconfianza creciente, cojitranco y de pelo churritoso, gafapastas y ensimismado, con abrigo de opositor perenne a notarías y pantalones de pana comprados en Lanas Aragón. Pensé que no llegaría hasta el final pero me equivoqué. Con un vaso gigante de coca-cola y un paquete de palomitas se apalancó apenas 5 asientos a mi izquierda. No daba crédito. Hasta esa fatídica noche mi campo de acción se medía por 40 sillas libres a mi alrededor y me bastaba con una simple mirada para intimidar a quien osara romper mi cerco. No fue el caso. Pronto, el Inquilino demostró ser algo más que un gafe. El Zaragoza remontó un partido inverosímil y él se pasó la noche escupiendo. Mi fascinación y mi asco crecían de manera exponencial. Marcó el territorio con un meritorio charco de escupitajos de calidad óptima. Por un momento pensé en Leopoldo María Panero y su afición por lamer lapas ajenas del suelo, pero soy de natural tímido. Sin duda, hubiera sido un golpe de efecto demoledor...

Desde esa noche se estableció entre ambos un asimétrico duelo psicológico por el control de la última fila del Gol Xicotet. El Inquilino y yo, mano a mano. Frente a su impasibilidad de lapas, pipas  y miradas de soslayo, yo oponía mi clásico espíritu de forofo desatado, lenguaraz e histérico. Por momentos, el Inquilino llegó a obsesionarme. Estuve varios partidos llegando antes de hora a Mestalla para verle entrar por el vomitorio y estudiar con detenimiento su triste figura. Llegué a pensar que era el mismo Gallolo, reaparecido además en un VCF-Zaragoza, circunstancia que no hizo sino alimentar aún más mis paranoias. Nunca cruzamos palabra alguna aunque soy consciente de que él también me marcaba de cerca. Durante las semanas en que el Inquilino vino a romper mi precario equilibrio nunca celebró un gol, nunca se levantó del asiento, nunca le recriminó nada a nadie, nunca insultó al árbitro, nunca hizo otra cosa que comer pipas, engullir palomitas, beber coca-colas gigantes, escupir con saña de adicto al escupitajo, imaginar quizás que se la cascaba de nuevo. En esas, por suerte, acabó la temporada.

Con el inicio del nuevo curso, el Inquilino se hizo acompañar por una especie de lacayo cuyo propósito, lo vi claro desde el minuto uno, era desquiciarme. Un Monchito activado por el Inquilino, convertido a su vez en ventrílocuo onanista. Desde el principio la emprendió contra Parejo, Jonas y tutti cuanti. Por primera vez vi al Inquilino sonreír hacia dentro, como si del mismo Juan Soler se tratara. Ya el día del Depor estuve tentado de liarme a ostias con los dos. Con el Inquilino ventrílocuo onanista y con su lacayo Monchito. Si no lo hice fue por el férreo marcaje al que me someten los seguratas, que deben conocerme de mis otras vidas mestallísticas.

El día del Celta, segundo partido en Mestalla, no lo soporté más y en el minuto 30 me fui a casa harto de los comentarios del Inquilino ventrílocuo a través de su lacayo Monchito. Desde la puerta del vomitorio busqué la última fila. Por primera vez en meses el Inquilino me miró. Autosuficiente, crecido, confiado. Sólo él y yo sabíamos que me había derrotado. Todavía no sé si el Inquilino era en realidad el mismísimo Gallolo, porque volver, lo que se dice volver, ya no ha vuelto. Ni él ni su lacayo. La última fila vuelve a ser mía. Pero siento que algo se ha quebrado para siempre. Cualquier día el Inquilino puede reaparecer.
 

Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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diumenge, 10 de febrer del 2013

Un gordo anda suelto

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A medida que se acerca el final de Mestalla mis recuerdos se vuelven más absurdos y menos épicos. Igual es la ensaladilla del verano o este tiempo ocioso anclado en las ruinas del viejo solar donde se fundó el CD Cuenca, histórico vivero del Mestalla. Recuerdo por ejemplo el verano del 90, con el regreso de Roberto y el siete trágico que nos hizo el Madrid en el Naranja. La temporada empezó mal y ya en la tercera jornada un apagón contra el Castellón resucitó el carácter excéntrico de Mestalla. Nadie animaba pero fue hacerse el apagón y desde el viejo Yomus comenzaron a encenderse bengalas y a entonarse cánticos a cada cual más extraño y fuera de contexto. Con el regreso de la luz Enric Cuixart marcó el gol de la victoria y la mediocridad quedó aplazada una jornada más. El gran Enric Cuxart.

Todavía en septiembre nos visitó el Mallorca, en otra jornada nocturna y calurosa. El partido era malo, anticipo claro de la última temporada de Espárrago en Valencia. Mediada la segunda parte se organizó un tumulto en la Numerada, hacia el sector 20 ó 21. Entonces todavía eran habituales las trifulcas y los enfrentamientos entre vecinos de localidad. En aquella ocasión la voz cantante de la refriega la llevaba un gordo de tripa indecente que pronto se ganó las antipatías del resto de la grada. El gordinflis amedrentaba a un hombrecillo de mediana edad ante el estupor generalizado. Por momentos el interés del partido se desplazó hacia la Numerada. Desde el viejo Yomus alguien soltó la voz de alarma y como siempre que la anécdota toma cuerpo el cántico se hizo tumultuoso y coral. A ritmo de Guantanamera la tropa comenzó a bramar "es un baboso el gordo es un baboso". El cántico se hizo fuerte como una ola y ni siquiera el gol de Fenoll consiguió esa noche tantos adeptos.

La generalización del cántico sorprendió al Gordo bíblico en un reparto nada equitativo de insultos y empujones. Todo Mestalla se puso en su contra. El Gordo se vio superado ante tanta presión. Como si de un tarado televisivo se tratara no aguantó el tipo con las tablas necesarias y empezó su guerra conta todos. Llevándose las manos a su gorda huevera de gordo seboso y desquiciado se giró hacia el fondo norte y continuó su show con aspavientos escatológicos y desafiantes. No hizo sino aumentar el griterío y sus altavoces. Es un baboso, el gordo es un baboso. Esa misma noche se puso a dieta.
 

Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF 
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divendres, 25 de gener del 2013

Los pasos olvidados

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ORFANATO/REFORMATORIO INTERNADO SAN FRANCISCO JAVIER
AVENIDA DE CAMPANAR
DOMINGO 11 DE ABRIL DE 1954 

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Serían poco más de las dos de la tarde, y la luz grisácea del frío mediodía dominical, asomaba por la vieja ventana que tenía más cerca, tratando de vencer al hambre, hice el esfuerzo de dormir un poco en la escasa media hora de siesta, agazapado en mi cama, con los ojos cerrados, sin poder dormir, pero mentalmente despierto, era capaz de visualizar la amplitud de toda la sala, la pesadez somnolienta del ambiente, se vio alterada, por un lejano eco, eran unos pasos que se iban acercando hacia la estancia, eran firmes y acompasados, en pocos segundos se detuvieron delante de la vieja puerta de madera, un  giro al pomo y la enérgica apertura de la puerta, hizo aparecer la corpulenta figura del celador, Navarro.

Se detuvo ante la puerta, casi todos los niños nos incorporamos al mismo tiempo, sentándonos  sobre las camas, entonces, el celador levantó la mano y extendió su dedo índice y apuntando hacia el resto de la estancia, fue señalando aleatoriamente, uno a uno, a varios niños.

El celador era un hombre fuerte y corpulento, no en vano había servido en la Legión, las malas lenguas decían que había renegado, o más bien, lo habían devuelto, porque tenía un carácter demasiado blando, para el servicio al que pertenecía.
-    Tú, tú, tú… - así hasta completar trece niños. - Vendréis esta tarde conmigo de paseo.

Cuando ya se marchaba, me miró fijamente, y dejando escapar una leve sonrisa, que creí interpretar de complicidad, me dijo:
-    Toni, hoy te vienes también de paseo. - Trece me parece mal número.

A todos los elegidos se nos quedó cara entre, angustiados y asustados, puesto que era la primera vez que nos elegía y no sabíamos exactamente que iba a sucedernos, yo, en concreto me quedé helado, sobre todo de que supiera mi nombre, pues éramos muchos como para acordarse en particular del mío.

Antes de cerrar la puerta, Navarro se giró sobre sus pasos y con tono amenazante nos dijo:
-    Recordad, que tenéis que estar impecablemente vestidos y aseados, os espero formados en el patio de juego, en quince minutos, el que venga un segundo tarde, pagará las consecuencias, pues no vendrá de paseo ni él, ni los compañeros que tenga inmediatamente delante y detrás.

Esta última advertencia, hizo  que los más mayores fuesen solidarios con los más pequeños, con el fin de poder estar todos a la hora exacta en el patio de juegos y en formación.

Aún recuerdo el primer día que entré en el internado, estaba sentado en un banco de cemento, merendando un bocadillo de tortilla de patatas, cuando se me acercaron varios chicos que estaban jugando al fútbol, y uno de ellos, el más mayor me dijo:
-    Si me das el bocadillo te doy esta pelota.

Yo accedí, y le di el bocadillo, lo devoró en poco más de dos minutos, entonces comprendí, que iba a pasar mucha hambre, al final jugamos todos con el balón y yo hice de portero, ese día me gané su amistad.
-    Rápido, Toni, tienes que vestirte con el uniforme limpio, hoy es un día grande – me dijo mi nuevo amigo, mientras me ayudaba a abotonarme la camisa blanca.
-    ¿Tú sabes a donde vamos? – le dije mientras me ajustaba el suéter rojo.
-    Sí, pero no te lo voy a decir, sólo sé que no olvidarás nunca este día – dijo mirándome a los ojos, justo donde a mi me pareció observar cierto brillo en los suyos.

No insistí más, me quedé más tranquilo con sus palabras, no me pareció que pudiera ser nada malo.

Los elegidos hicimos cola para lavarnos la cara, las manos con jabón, y el que tenía cepillo de dientes, se los limpiaba, mientras el resto terminábamos de peinarnos.

 Íbamos a toda prisa por los pasillos, pasamos por delante de las aulas, presididas como no, por los crucifijos, y donde se podían ver encima de los pupitres, las Enciclopedias Álvarez.


Un vez formados todos en fila de a dos, y de que nos hubieron revisado, salimos del recinto por la puerta principal, situada en la Avenida de Campanar, en fila de a dos, con el Director en cabeza, y Navarro el celador, vigilando detrás, para que no hubiera ningún desorden en la fila.


Todo alrededor nuestro era huerta, pequeños ribazos y ramales de acequias, el inmediato destino era atajar atravesando las serpenteantes sendas, que teníamos justo enfrente del internado (lo que hoy sería el hospital La Fe antigua), hasta alcanzar el comienzo de la Avenida de Burjasot (así es como se escribía entonces), junto al viejo cauce del río Turia, el cual nos iba acompañando todo el camino, con el suave murmullo del agua, avanzando hacia su irremediable final, la desembocadura al mar. Que poco nos imaginábamos, la tragedia que aconteció algunos años después.


A la altura del Llano de Zaidía, hacía su aparición el tranvía, el nº23 llamado Godella, la ruta única era Torres de Serranos, Puente de Serranos, Orilla del Río, Llano de la Zaidía, Avenida Burjasot, Benicalap, Burjasot, Godella.


El Llano de la Zaidia, dejó paso a la Calle Sagunto, una zona que conocía bien, pues era donde me había criado y en el cual estaban los amigos de mi infancia (de la otra vida fuera de los muros del internado), así que hice un exhaustivo reconocimiento visual a la plaza Santa Mónica, a ver si podía avistar algún amigo, y poder saludarlo, pero no, lo intempestivo del horario lo hacía imposible. En ese instante, me imaginé cuando jugaba al fútbol con los amigos del barrio, allí nos imaginábamos que éramos figuras del balompié como Gento, Di Stéfano, Kubala, César, Basora, Carmelo, Zarra, Gaínza, Pahíño, Luis Suárez, Puchades, Pasieguito, Seguí, Fuertes y como no Wilkes, para ello, unas veces utilizábamos unas pequeñas pelotas de trapo que nosotros fabricábamos, y otras veces con pelotas de goma, a las cuales les hacíamos un agujero con un alambre al rojo vivo, así la pelota perdía su aire y dejaba de botar, con lo que eliminábamos el riesgo de que cruzase a las vías y nosotros tras ella, ya que el desnivel del terreno hacía que se fuera a la zonas de tránsito del tranvía, que bajaban del Puente de Serranos hacia la Calle Sagunto, o a la Estacioneta, donde los trenes, salían hacia los poblados marítimos… en definitiva, allí perdíamos la noción del tiempo, el futbol era nuestra pasión.

A la otra parte del río, justo enfrente, emergían las Torres de Serranos, la puerta de entrada por excelencia, a la Valencia medieval, allí seguían vigilantes, firmes e imponentes, testigo de excepción de una época lejana.

 Mientras avanzábamos, Navarro llamó nuestra atención.
-    A ver, chicos, escuchadme.
-    El que resuelva el  acertijo, estará cerca de  adivinar hacia donde nos dirigimos.
-    ¿Qué animal contiene las 5 vocales?
Todos a la vez empezábamos a repetir en voz baja varios nombres de animales, hasta que saltó uno y dijo:
-    Ya lo sé, es el rinoceronte.
-    No, es el hipopótamo, dijo otro.
Navarro se tronchaba, a la vez que movía la cabeza con un claro gesto de negación.
-    En efecto, tienen cinco vocales, pero debe contener las 5 vocales. Seguid pensando un poco más.

Después venía el puente de madera…

… y al lado la estación, con el campo de Vallejo detrás,

 …los Jardines del Real…


…hasta llegar al Palacio de Ripalda, que era un edificio neogótico de toque romántico, coronado por una elegante torre redonda, que le hacía concebir el aspecto  de un chateau francés, sin precedente en Valencia, su construcción se situaba entre los años 1889 y 1891, y su demolición en 1967, en su lugar se construyó el edificio conocido como La Pagoda.

No habíamos avanzado ni doscientos metros cuando, al fondo vi aparecer un trozo de edificio extraño y pintoresco, no parecía la Plaza de Toros, ni tampoco un mercado, ni un edificio oficial, lo que sí que se apreciaba con claridad era el continuo movimiento de personas de un lado para otro, era como un hormiguero.

A medida que nos acercábamos, sentí un escalofrío, acompañado de un dolor abdominal, eran los nervios, cuando me di cuenta de donde estábamos y donde íbamos…. a Mestalla. A ver a mi Valencia C.F.

El estadio continuaba en fase de remodelación, aún así, el aspecto era espectacular y majestuoso.

Miré a los demás chicos que venían, tenían una cara entre sorprendidos y alegres, me vi reflejado en ellos, tiritábamos todos de los nervios y la emoción.

En las afueras del estadio habían “paraetas” ambulantes, en los cuales habían castañas, panochas de maíz, boniato, cucuruchos de chufas, de altramuces, y de pipas, también había regaliz y trozos de coco rancio, y las castañeras, con su delantal blanco voceando -¡a la rica castaña calentita!

Sin perder la formación, Navarro nos guió hacia una de las puertas de acceso al campo, de su abrigo extrajo un fajo de entradas, que se las enseñó al portero, este preguntó si teníamos todos 12 años, después de la afirmación del director, comenzó el recuento de entradas, las contó dos veces, y en ambas el número se repetía, dieciséis, acto seguido fuimos entrando uno a uno, mientras el portero nos contaba en voz alta.

El Director, esperó a que todos entráramos y se puso en cabeza, nos fue guiando con cierta soltura por dentro del estadio.

No recuerdo si subí o bajé escaleras, ni cuantas, que creo que fueron muchas, ni por donde, las piernas me iban solas, estaba flotando, lo único que conscientemente mi cerebro podía controlar eran los ojos, los cuales no se perdían ningún detalle de aquel laberinto, finalmente llegamos a la última escalera, y al asomarnos, nos quedamos petrificados y boquiabiertos, ninguno de nosotros estaba preparado para ver una imagen de aquella alfombra verde, era hipnótico, yo no había visto nada igual en mi vida.

 Mientras avanzábamos por el frío cemento, hasta nuestra ubicación en la General de Pie Sur, me fije en otro detalle que me llamó mucho la atención, era la visera que le estaban construyendo a la Tribuna, aquel voladizo de hierro era enorme, una auténtica obra de ingeniería, aunque todavía estaba por terminar.

Y bueno, allí estaba yo, dentro del Mestalla, por primera vez, apenas podía creer que yo formara parte de aquel partido, con mi equipo el Valencia C.F., era como un sueño, que en la época que me tocó vivir, se hacía inalcanzable.

El partido se jugaba pronto, sobre las 4 de la tarde, puesto que había que aprovechar la luz natural, al no existir la luz artificial.

El duelo era un Valencia-RCD Español, jugaban por el Valencia, López, Díaz, Paquito, Sócrates, Pasieguito, Puchades, Seguí, Wilkes, Gago, Fuertes y Buqué. La jornada era la número 28 de 30, eran las postrimerías de la Liga de la temporada 1953-54, y ambos equipos luchaban por la tercera plaza de la Liga.

Ni que decir tiene, que me sentía un afortunado de poder ver jugar juntos a un grupo de jugadores extraordinarios, y de reconocido prestigio. El sistema de juego seguía siendo un 1-3-2-2-3, conocido en la época como la WM, una copia del sistema de juego que había puesto de moda el San Lorenzo de Almagro, que lo utilizó en su gira de partidos amistosos por toda la geografía española, allá por el año 47.


 Cuando el Valencia, de un blanco inmaculado, hizo su aparición, toda la Tribuna se puso en pie aplaudiendo a rabiar, igual que el resto del estadio, los que estábamos en la General de Pie, no nos incorporamos, puesto que era una evidencia, que ya lo estábamos. Yo estaba nervioso, pero cuando vi aparecer a mi equipo, mi corazón parecía que iba a salirse del pecho, fue algo inolvidable que recordaré mientras viva.

Del partido, no lo recuerdo todo, lo que sí recuerdo, es que fue un partido vibrante, de ida y vuelta, lo más importante para nosotros, era distinguir a los jugadores favoritos de cada uno, el rubio era Tonico Puchades, ese era inconfundible, hay que ver lo que imponía en el campo, estaba en todas partes, a su lado siempre Pasieguito, en la parte de arriba cinco jugadores de lujo, Fuertes, Buqué, Gago, Seguí y Wilkes.

Yo sólo tenía ojos para un jugador, Servaas Wilkes, alto, fino, que iba al trote cuando no tenía la pelota, pero, ay amigos, cuando le llegaba la pelota a sus pies, el público lo acompañaba con un murmullo de admiración, eso era lo que le diferenciaba de los demás, que era un jugador distinto, único e irrepetible, se pasaba la pelota de un pié a otro con una rapidez endiablada, el público contaba los driblings que hacía en cada jugada, sentaba a los defensas que salían a su paso, uno… dos… tres…. cuatro…, un regate en seco, una finta, un centro, un chut, su juego de cintura era un desafío a las leyes de la física.

 En el descanso, el estadio parecía que iba a arder, venga a fumar puros, nosotros lo aprovechamos para escuchar las opiniones de los más mayores.

El último gol del partido fue imborrable, faltando unos minutos para acabar el partido y con 3-1 en el marcador, Wilkes cogió la pelota y avanzó como una flecha hacia la portería rival, empezó a regatear rivales, hasta tres o cuatro, se paraba, arrancaba, avanzaba, los defensas no sabían cómo pararlo sino era con faltas, definitivamente enfiló hacia la portería, y de tiro colocado puso el 4-1 en el marcador.

 El público, como un resorte se levantó de sus asientos, y comenzó a sacar pañuelos blancos agitándolos al aire, era algo insólito en la época, pues el flamear de pañuelos estaba reservado para los toreros en las tardes de gloria.

Cuando marcó el gol todos sus compañeros fueron a abrazarlo, y una vez lo dejaron libre, me pareció que miraba hacia donde estábamos nosotros, y creí por un instante, que nos dedicaba el gol, fueron un par de segundos mágicos.


 Uno de los chicos preguntó que quien era ese, y yo le dije que era el holandés Wilkes, entonces el chico, en voz clara dijo:
-    Pues es como un mago, el Mago de “Holandia”.
Creo que nos pasamos un par de minutos riendo todos a carcajada limpia.

Al acabar el partido, la ovación pues atronadora para los dos equipos, pero especialmente para nuestro Valencia.

El viaje de regreso, pese a las continuas indicaciones de Navarro de ir en formación, fue un jolgorio, estábamos extasiados, contentos, no parábamos de comentar y gesticular las incidencias y situaciones del partido, con las piedras con las que nos íbamos topando por el camino, intentábamos copiar los imposibles regates de Wilkes.

En un momento del viaje, los ojos de Navarro se encontraron con los míos, quería darle las gracias, pero no me salían las palabras, él se dio cuenta, y con una satisfecha sonrisa, entrecerrando los ojos, asintió con la cabeza, un gesto que fue su forma de expresar, que sabía lo que quería decirle.

La verja del orfanato se cerró detrás de mí, volvía a la dura realidad del internado, giré la cabeza, con la única e ingenua idea de que la puerta se volvería a abrir, y escapar de mi realidad, pero ya no se abrió, necesitaba que pasaran quince días más, para que, con un poco de suerte, estuviera entre los elegidos para otro paseo en domingo por la tarde.

Todos los demás niños que no fueron al partido, se arremolinaban alrededor nuestro y nos preguntaban cómo había sido el partido, nosotros contábamos muchas cosas del partido, las jugadas, los goles, los remates, las paradas, y que por supuesto las exagerábamos, así nos hacíamos los importantes, por unos momentos éramos el epicentro de sus sueños.

Después de la cena, y cuando apagaron las luces del internado, me acurruqué en la cama, y no tengo reparos en contar que lloré en silencio, mis pequeñas manos, secaban las lágrimas, no en vano había sido el mejor día de toda mi corta vida, y necesitaba dar las gracias a quien fuera, pero no sabía muy bien a quien dárselas, si al caprichoso destino o azar de un celador legionario, a la escasez económica de mi padre zapatero de profesión, que le hizo internarme, o tal vez a mi madre, a la que nunca llegué a conocer, pero me gustaba pensar que me guiaba, cual Ángel de la Guarda.

Abrí muchas veces más, junto a Navarro, la verja de la entrada del internado, los domingos por la tarde, para volver al Mestalla, repitiendo el mismo camino, exactamente hasta 1960, año en que a la edad de 16 años, se acababa nuestra formación, así que lo de entrar gratis al Mestalla se acabó, y fui yendo de vez en cuando a ver a mi equipo, no todo lo que me hubiera gustado, pero ahorraba para verlo varios partidos al año.

Los Puchades, Pasieguito, y Wilkes, dejaron paso a los Waldo, Guillot, Sánchez Lage, Paquito, Roberto Gil, y estos dejaron paso a Claramunt, Abelardo, Sol, Valdez, y estos a Roberto, Saura, Solsona, Bonhoff, Kempes… y así cíclicamente, hasta tres décadas. Que se solapaban con mi boda, el nacimiento de mis hijos y un trabajo estable y absorbente.

Hoy, ya casi han pasado 58 años de aquel primer partido en Mestalla, y aunque la vida inevitablemente se me va escapando, entre hojas de calendarios, casi puedo respirar aquel día, el ambiente de Mestalla, la salida de los jugadores, la celebración de los goles, en aquel partido en el cual Faas Wilkes se vistió de “Mago de Holandia”, y de cómo fui testigo en primera persona de la calidad de un único y extraordinario jugador.

Curiosamente el último partido al que acudí al viejo Mestalla (en un trofeo Naranja contra el FC Barcelona, justo en el verano del 87), fue el primero de mi hijo, que tenía la misma cara que yo, entre alegría y sorpresa, que en aquel frío y lejano abril de 1954.

A nosotros, que llegamos tarde a todo: a la infancia,
a la adolescencia, al sexo, al amor, a la política…
A nosotros, que nos quitaron, año tras año,
el significado de cuanto nos rodeaba,
aunque fueran las cosas más pequeñas,
menos importantes…
Y a quienes nos hicieron así: nuestros
padres, que también llevaron lo suyo; (José Luis Garci)

A Roberto Alcázar y Pedrín,
al Guerrero del Antifaz,
el Capitán Trueno, El Jabato,
a los seriales radiofónicos,
a las anónimas cantantes de copla
de patios y plantas bajas.

A los desconcertantes y terribles secretos de familia,
a Navarro, a la hermana Pilar, y a mi tío María,
a la banda de cornetas y tambores,
a Luis, Matías, Bartolo, Pepín,
Clemente, Lucio, Zúñiga, Faustino
y Caballero, los últimos del internado.

A las Revistas Musicales con sus “varietés” en el Teatro Alkazar,
al cine Boston, y en verano a la terraza Rosaleda.
a los ansiados domingos por la tarde,
a los guateques y los discos de vinilo,
a los primeros bailes agarrados, gracias al son de
Los Milos,  Dúo Dinámico, Pantalones Azules,
Antonio Machín, Gelu, Lita Torelló, Los 5 Latinos,
Juan Pardo, Adriano Celentano, Enrique Guzmán, Adamo,
Los Beatles, el gran Elvis y por supuesto a Bruno Lomas.

A los primeros amores, y todo lo que ello conlleva.
A la juventud….la mejor época de nuestras vidas.
A la peseta, el céntimo y los duros.

A Abel, Onsurbe y Luisito, y el significado de la amistad.

A los que luchamos en silencio por la libertad,
y a los que silenciaron por luchar por ella.

A mi Valencia Club de Fútbol, y a los jugadores que
nos hicieron disfrutar, Wilkes, Puchades,
 Waldo, Guillot, Claramunt, Paquito, Roberto Gil,
 Kempes…y mi Liga del 71. Esa no me la quita nadie.

Y por  supuesto a mi esposa y nuestros descendientes,
que recuerden y no se olviden de sus pasos,
 pues también forman parte de los míos.

A mi cuñado Toni, nos vemos en tu montaña.
ANTONIO AGUILAR FERRER, el padre de PEPELU.

José Luís Aguilar, “Pepelu”
Socio del Valencia CF 
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diumenge, 25 de novembre del 2012

Los hermanos Panero y Mestalla

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En toda convención chotofriki hay siempre un momento álgido donde se hace balance de la nómina de fiascos, chascarrillos y casos únicos que jalonan los arrabales del relato Mestallí. Como todo el mundo sabe, ser del Valencia es una cuestión menor. Una religión anodina y de clase media. Los héroes, ya se sabe, eligen otras opciones. El choto no, el choto, como se deja llevar y es un ser blando y sin carácter, acaba sus días en la barra del bar de la esquina poniendo a prueba a otros chotos sobre quién es capaz de mear más lejos en la recuperación de momentos cumbres de la futbolería local. Es la estampa suprema del fin de la historia, muy similar a aquella otra del café donde Fontanarrosa novelaba las efervescencias de "El mundo ha vivido equivocado". En este escenario de mediocridad ambiental, el choto suelta su retahíla de anécdotas ya manidas y mil veces repetidas donde a veces se cuela un nuevo detalle que hace gimotear a los más lagrimitas. Ya se sabe: la moneda al aire, el accidente de Walter, la casa donde vivía Vicente Peris, la irrupción del Gitano González en un Valencia-Athletic de la 72-73, el banderín de la Recopa del 80 que pende en un anaquel de La Salamandra, el caso Gallolo... o el momento cumbre de la confusión de Vicente Asensi en 1941 cuando se alivió en el videt y no en la correspondiente taza. Todo ello por no recurrir al día en que recién salido de la ducha y con la toalla enrollada sobres sus partes púdicas le preguntó a la camarera del hotel: Señorita, ¿usted conoce Nueva York? No, contestó la muchacha. Pues mire la estatua de la libertad, dispuso el procaz Asensi mientras la toalla se deslizaba con suavidad hacia el suelo. Un guiño inocente que de forma malévola hace pensar en el tipo de nombre impronunciable que dirigía el FMI.

Puede que el chotofriki haya alcanzado ya el nirvana futbolístico o una madurez subsidiaria y algo cínica que le remite a cierta lucidez del abandono de todo exhibicionismo militante en el mercado de las militancias. Quizás el chotofriki ha comprendido que hacer bandera de una identidad futbolera es tan estúpido como hacerlo de cualquier sistema de creencias más o menos organizado. Y que, en realidad, no hay manera seria de hablar de fútbol porque la subjetividad y la militancia impiden todo acuerdo razonable y ajustado a la realidad de lo que pasó y no al heroísmo intuido de lo que nos hubiera gustado que pasara. A fin de cuentas, el creyente es siempre un enfermo cuya tara es la incapacidad para asimilar con ironía las contradicciones de su doctrina. Quizás por ello, y parafraseando a Onetti, el chotofriki prefiere perder una discusión “banal” que perder el tiempo “real”. El dilema para el chotofriki es la evidencia de su condición de burgués. Bendito dilema, claro, porque nada mejor en el mundo que permitirse el honor de la desidia y el suave discurrir de los acontecimientos desde la atalaya del poder bendecido por los dioses y Bankia. Gran suerte, por tanto, ser burgués y del Valencia. Suerte poder hablar de la propia decadencia a la manera de los hermanos Panero en El desencanto, con las espaldas cubiertas y la mueca entre pija y condescendiente de quien sabe que toda gloria es finita e inútil. Suerte, en suma, ser miembro de una religión blanda y nada heroica. Suerte saber que el premio a nuestra propia inconsistencia nos libra de caer en la superioridad moral... ese purgatorio de cándidos ególatras.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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diumenge, 7 d’agost del 2011

Keita

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Un texte del nostre col·laborador Francisco Garcia ha estat premiat al concurs estiuenc de la pàgina de facebook de todocolección.com. Volem felicitar-lo publicant el seu relat.
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Cullera 1973. El calor se ve atenuado por la brisa marina abriéndose paso a duras penas entre el gentío, que apelotonado en la arena deja en suspenso su vida. Mi madre me deja adelantarme hasta el quiosco. Compro cinco sobres de cromos. Los abro ante la atenta mirada de mis amigos, todos afilando la mirada como pumas hambrientos. Todos deseando cualquier cromo que a ellos les falte. Me sale un fichaje, uno de los que nadie tiene. Keita, el exótico delantero del Valencia en la temporada 1973-74. Hay un revuelo. Todos me ofrecen el oro y el moro. Protejo el tesoro con mi cuerpo y, al girarme para evitar sus zarpas, veo a mi madre que me llama imperativamente. Salgo victorioso con mi trocito de cartoncillo intacto. Sonrío y le doy un beso a mi madre. Su cara de sorpresa y de estupefacción certifican mi felicidad. Recuerdo el día perfectamente: el agua era una balsa azul que, desde entonces, mece mi niñez.


Francisco García
Socio del Valencia CF
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divendres, 7 de gener del 2011

El que et fa créixer és la derrota

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Una gran cita que últimament la podem llegir en un de tants claims publicitaris d'un grup financer nacional. Un bon leitmotiv per a mamprendre tots els dies i no caure en l'avorriment… volia millor dir, en la frustració.

¿Què vas a fer després d'un examen fotut, que la xiqueta (o el xiquet) de torn t'haja donat porta, que eixe tipo que no suportes pareix que tot li isca a demanar de boca, que el tema del món laboral no vaja com tots volguérem?… perquè el millor, no és tirar-se a l'alcohol (encara que moltes vegades siga el més fàcil i altres tantes no vinga res mal), el políticament correcte és respirar, prendre aire, a l'estil contraccions… un poquet de filosofia zen que està molt de modé i conyo a per totes!! Perquè per a això ho valem!!

Vaig estar uns dies per Àsia a principis de desembre, m'encanta saber que conten del meu Team a milers de quilòmetres de distància de les velles séquies del riu Túria i la veritat és que es veu o se sent poc… i els natius d'aquells països llunyans només coneixen del VCF actual perquè està en Champions, però de conéixer algun jugador cap de cap…..Molt Villa, molt Barça que pareix que siga l'equip del món, molt CR7 i molta selecció nacional… però de Soldados, Adurizs, Cesares (o Güaitas)… NS/NC...

Fot, puix sí, però no és per a morir-se. Més em fot que l'alies Cerdito que vam tindre com a President en el vídeo del 90 aniversari del VCF diga que el moment històric del nostre Club per a ell fora la presentació de la maqueta del nou estadi. De Forment ni un grà i de trellat menys encara…

A 10.000 km de València i amb unes cervessetes pel mig no m'anava a posar a explicar-li al borrachuzo del meu costat que en el meu equip un tipo se'l va fondre tot en formigó i després ens va deixar tots els socis i al club amb el cul a l'aire… no era el moment. Era el moment de dir-li que no érem ni el Madrid ni el Barça, sinó que érem molt millors que ells, que no teníem ni un dur, però érem els més rics en cor i sang i això al borrachuzo si que li molava i per un moment eixe tio comentava que en un país cridat Espanya, hi havia un equip per damunt del Madriz i el Barça, i eixe és el nostre equip.

Perquè eixos som nosaltres, els que hem de patir per a estar sempre entre el cap, els que hem de suar per a donar-li videta a este rotllo senyorial que s'està convertint la LFP, som els que no ens podem permetre perdre els punts de Mestalla, som mediterranis, amb platja i amb muntanya, amb un estil berlanguiano que ens oferix una forma de ser característica, divertida i festiva, orgullosos de saber els que som i de saber cap a on anem, som els que hem de créixer-nos davant de les derrotes, som el VCF.


Guillem Bertomeu
Soci del València CF, membre de la penya Gol Gran
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