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dissabte, 23 de maig del 2020

ENSAYO SOBRE LA DESAZÓN (y antídoto personal para sobreponerse)



Seguramente no me equivoco si afirmo que la afición de nuestra Liga doméstica que con menos ganas espera el retorno de las competiciones futboleras es la valencianista. Si miras la clasificación, puedes pensar que hay equipos a los que les va mucho peor que a nosotros. Así que tiene que haber otra causa que explique esta desazón. Desafección significa perder el afecto, por lo que, aunque nos hayamos acostumbrado a utilizar este concepto, no nos sirve para definir este estado de ánimo colectivo. 

Como dijo el amigo Pau Corachán, no experimentamos ninguna alegría por el parón del fútbol. Simplemente, sentimos un alivio paralelo a la suspensión, aunque sea temporal, de esa tristeza que nos genera el día a día de nuestro club. 

A veces es bueno que llegue un tiempo de forzada pausa en la atropellada actualidad para que veamos los hechos con perspectiva y pongamos nuestros pensamientos en orden. Propongo huir de la tiranía de los titulares diarios para hacer una reflexión profunda. Los valencianistas necesitamos terapia. Estoy convencido de que hace falta revisar todo lo que nos ha sumido en el desasosiego sin recurrir a los manidos tópicos futbolísticos, que en estos casos solo sirven para enredar (de hecho, ese es su objetivo). 

Sugiero una relectura en clave ética de los desmanes que jalonan la trayectoria de Meriton. No caigamos en maniobras de distracción como que el presidente de las peñas ejerza de secretario técnico en la radio (entre otras funciones de escudo humano), se deslice que nuestro descontento tiene un origen racista o el club se enzarce con los periodistas críticos. Estas estrategias, con ser graves, pertenecen al manual de primero de manipulación de cualquier dictadura bananera que se sabe en crisis y busca chivos expiatorios dentro y fuera de sus fronteras. Son las desagradables manifestaciones externas de un problema que va, bien enquistado, por dentro. Las ramas que contribuyen a no dejarnos ver el bosque. 

Nos conviene, sin dejar de criticarlas, ser capaces de desactivarlas. Retomo el hilo para manifestar que la presencia de Meriton en Mestalla había sido asumida por muchos, entre quienes me cuento, desde una resignada conllevancia (debería estar prohibido citar a Murthy y un concepto acuñado por Ortega y Gasset en el mismo texto). Como una especie de castigo bíblico por el cúmulo de errores cometidos con anterioridad. 

Los hechos son tozudos y de una contundencia poco común en un mundillo tan poco dado a los análisis objetivos como el del fútbol. Solo en las temporadas en las que Meriton delegó amplias parcelas (la primera y las lideradas por Mateu y Marcelino) el Valencia fue un club con un estilo competitivo reconocible. La autonomía gestora de la propiedad conduce, irremisiblemente, a la mediocridad, al desencanto… En suma, al caos. 

Si bien el mantenimiento de unos mínimos estructurales en el club durante su primera campaña se debió a un parcial ejercicio de contención de los caprichos del propietario (que le pregunten a Pizzi…), la llegada de la dupla formada por Mateu y Marcelino obedeció, simple y llanamente, a evitar que la entidad entrara a medio plazo en el colapso al que la arbitrariedad decisoria (Neville como paradigma) le estaba llevando. 

Opino que es muy importante reconstruir, despacito y con buena letra, todos estos hechos para ver cómo encajan las decisiones de quienes desgobiernan nuestro club en un molde que nos va a disgustar. No estoy descubriendo la pólvora, pero a menudo nos dejamos demasiadas cosas en el tintero. Sin memoria, repetiremos los mismos errores. 

Por si a alguien le quedaba alguna duda sobre el fondo (las formas ya las teníamos claras) de Meriton, el verano de 2019 disipa todas. Viendo durante la cuarentena la reemisión de nuestra última final copera, me volvió a sacudir la pregunta esencial de todo este relato: ¿en manos de qué tipo de personas estamos para dilapidar por la cara todo ese capital de felicidad que tanto costó construir? ¿Qué clase de sadismo pueden albergar quienes actúan de esa manera tan malsana? 

Después, intenté buscar una explicación de cariz más racional, economicista, etc. El absurdo, en términos SAD, era todavía mayor. Por lo que la conclusión no podía ser otra que la que todos los valencianistas críticos teníamos clara desde que Meriton se cruzó en nuestras vidas: la utilización del club como un instrumento mediante el que mover dinero y contactos en el mercado persa del fútbol. 

Especulación con jugadores-mercancía, colocación de amiguetes agradecidos y privilegios de representación. Y, mientras tanto, hacer creer a la hinchada que existe algún proyecto mediante palabrería vacía (cantera, sostenibilidad…) que entra en absoluta contradicción con sus obras (véase Correia). Todo espíritu competitivo de la vía Meriton (que demuestra sistemáticamente ser lo contrario al mérito y a la capacidad) ha dependido siempre de dos factores: la inercia de las dos etapas de delegación a profesionales y la grandeza ancestral de una entidad que se resiste contumazmente a la autodestrucción. 

Por lo tanto, incido en el valor cualitativo de la liquidación del proyecto de Mateu y Marcelino. Supone la prueba fehaciente de que la incompetencia de Meriton no se debía a unos ciclos de ensayos, errores y aciertos. No creer en el VCF como un fin en sí mismo es parte de su ADN como inversores. No es extraño que utilicen la metáfora de David y Goliat frente al FCB solo unos meses después de haberlos noqueado con justicia en una final. Más amiguetes, más negocios… Por eso subastan a Rodrigo sin el más mínimo sentido del decoro, de los tempos de una negociación y del respeto a los criterios deportivos. 

Desde que llevo siguiendo al VCF, he conocido dirigentes cuyos mandatos, coincidiendo con el sentir general, podría juzgar como negativos. Pero creo que es importante no hacerse trampas al solitario al compararlos con los actuales. Entre otras cosas, por el hecho de que los antiguos mandatarios podían llegar a marcharse por una pañolada y no se ciscaban en el pueblo de Mestalla con la insolencia (las formas son importantes) de hoy en día. Partiendo de presupuestos morales, considero que la incompetencia puede ser disculpable. Me cuesta más transigir con el desprecio, la inquina, el cinismo, la mezquindad y la falta de empatía de quienes se jactan de “controlar el Valencia”. 

Un perfil como el de Anil Murthy, que encarna a la perfección las anteriores actitudes, supone una auténtica disrupción en la historia de nuestro club. Una anomalía que, como el grano de pus en la enfermedad, nos muestra que lo que se sospecha como pernicioso desde fuera es mucho más nocivo por dentro. Personifica nuestro escarnio público por la ristra de pecados cometidos. 

En este particular purgatorio, los encuentros que disputamos en las diferentes competiciones se revelan como un elemento más, la coartada, de la estafa piramidal que es el Valencia de Meriton. Una institución desnortada cuya pérdida de credibilidad, en la práctica, la convierte en pieza codiciada por parte de todos los filibusteros y trepas, que son muchos, del Planeta Fútbol. 

De ahí que no seamos pocos los que durante el confinamiento hemos encontrado unos buenos placebos en la revisión de partidos antiguos y la reorganización de nuestros archivos valencianistas. Personalmente, la vuelta a la cotidianidad de nuestro club solo me aporta la ya citada desazón. Y esta no depende de la proximidad o lejanía de la Champions ni de nada que se le parezca. 

Pero no se puede estar siempre repasando las fotos de glorias antiguas mientras el VCF que conocimos degenera. La única alternativa interesante que se me ocurre para afrontar esta desazón es la de ayudar a convertirla, desde mi modesta aportación, en un sentimiento proactivo que en el futuro pueda liberarnos del lastre de Meriton y sucedáneos. 

Pero, antes de que estemos en condiciones de alumbrar algo nuevo (doy por hecho que a nadie le gusta lo que tenemos ahora), es preciso salir de la resignación. Y escapar de ella pasa por ponernos de acuerdo en lo que nos desagrada y no languidecer eternamente en disculparlo en función de nuestros errores del pasado. 

Convengamos entre todos que el proceso de venta fue un ejercicio de ilusionismo colectivo deplorable y torticero, además de un cambalache perpetrado sin ningún tipo de garantías. Su legitimidad, a la luz de los hechos, está viciada. En el Derecho Bancario, si te venden un producto financiero sin transparencia y mediante prácticas abusivas, tienes grandes posibilidades de conseguir reembolsos cuando reclamas. 

El mundo del fútbol es diferente y en él operan modalidades societarias y subterfugios contractuales, si cabe, más abstrusos, por lo que es harto complejo deshacer un entuerto de esta naturaleza. Seamos autocríticos, por supuesto, pero no carguemos toda la culpa sobre el eslabón más débil: el aficionado común, que no tiene elementos de juicio suficientes para valorar determinadas cuestiones financieras y es fácil de seducir por los mercachifles mediáticos de la ilusión. Cosa muy distinta puede decirse de quienes sí disponían de conocimientos jurídicos o económicos para valorar el alcance de la martingala. 

Estos errores de nuestro pasado más cercano en ningún caso deben convertirse en escollos insalvables para articular nuevas mayorías de protesta. Esta es otra de las barreras psicológicas que hemos de superar para empezar a poner nuestro granito de arena en ese movimiento futuro que sirva para que los valencianistas podamos aspirar a disfrutar de un club en el que el aficionado cuente más que como un mero cliente. De un club en el que no tengamos que ver a nuestros dirigentes como unos sátrapas que nos humillan y nos avergüenzan, sino como los representantes legítimos, aunque podamos estar en desacuerdo con ellos, de la mayoría de nuestra masa social. 

Somos decenas de miles los que hemos invertido mucho tiempo y dinero en esta pasión sin esperar nada a cambio. Sin rendir pleitesía a ningún accidental jefe de SAD. Nos duele el Valencia. Meriton contabiliza la apatía como adhesión. Inhibirse, a medio plazo, mata. Si no protestas, ellos ganan y el VCF pierde. Rebélate, amunt! 


Simón Alegre (socio 5.042 del Valencia C.F.)

dilluns, 19 de novembre del 2018

CENTENARIO, TAMBIÉN EN VIAJES




Me piden algunas aportaciones para el centenario y creo que la de los desplazamientos futboleros es una de las más interesantes que, desde la perspectiva del aficionado, podemos compartir. Cada uno tendrá la suya –todas respetables- y ahí va la mía. A ver si podemos disfrutar de más próximamente. 

No sé si es edificante o no decir que he hecho más de cien viajes siguiendo al VCF. Tampoco sé qué hubiera sido de mí si no los hubiera realizado. Seguramente, no hubiera cambiado mucho la historia. En todo caso, sé que no soy –ni mucho menos- el único (son muchas las caras que se repiten en tantas temporadas de desplazamientos) que, a la manera que nos explicaba Hornby en aquel libro de cabecera, se ha montado cada fin de semana en función del partido del VCF. Sin que eso haya supuesto más trastornos que el dinero invertido, las horas de sueño perdidas… Minucias, al fin y al cabo. 

Somos los nietos de aquellos encorbatados que se subían a trenes y tartanas para seguir a nuestro equipo, de aquellos abuelos que nos han contado que iban a las finales en motocicleta… Orgullosos de plantar siempre la bandera del VCF y la senyera en cualquier estadio del mundo. 

Todos hemos tenido nuestra época y a mí me he tocado ver, como a mis antepasados, cambios sustanciales en estas experiencias. Cambios que no han mejorado aquellos primeros tiempos en los que podías visitar estadios importantes por precios que oscilaban entre 2.500 y 5.000 pesetas. Hoy en día, viajar con el VCF, más allá de la satisfacción de hacerlo con tu gente, es una experiencia cara; y, en ocasiones, desagradable, pues la policía te trata casi como a un delincuente y algunos graderíos son copias cutres de las prisiones de alta seguridad. No le deseo a nadie que venga a Mestalla tener que ver un encuentro tras jaulas como las del Camp Nou o Madrigal. 

Antes te apuntabas a un desplazamiento en los bares de alrededor de Mestalla y ahora tienes que pasar diversos filtros antes de coger el bus. Antes ibas a estadios con solera y sus singularidades y ahora visitas campos tan asépticos que te parecen tan similares entre sí como los ambulatorios de nuestra área metropolitana. Antes podías prever el horario del partido y ahora este puede disputarse a las horas más imprevisibles de cuatro días de la semana. Lo único que, para mi gusto, ha cambiado a mejor es que, desde que se fundó Curva Nord, algunos no tenemos tantos problemas para seguir los partidos de pie como antes. Opino, por otro lado, que en la ubicación visitante cabemos todos: los que quieren ver el partido de pie y los que lo desean ver sentados. Con un poco de buena voluntad no es tan complicado de arreglar. Me viene ahora a la cabeza el clásico “senteu-se” que había que soportar viaje sí, viaje también…

También nosotros hemos cambiado. Ya no tenemos aquellas necesidades, casi funcionariales, de estar en determinado número de estadios. Nos lo tomamos con más calma y preferimos esos desplazamientos de fin de semana en coche o furgoneta, en los que puedes disfrutar de la gastronomía e idiosincrasia del lugar. Aunque reconozco que tampoco me gusta perderme una buena previa con los colegas en el Bar Milagros (a menos de 100 km de casa). Y, por otro lado, las mejores fiestas están en los viajes. No las cambiamos por las de las discotecas, aunque no han sido pocos los desplazamientos en los que también hemos acabado en el último local que quedara abierto…

En estos miles de kilómetros se acaba viendo un poco de todo. Hasta a un treintañero viajar en el maletero de un coche para ir a ver al Mestalleta en Vilanova i la Geltrú (era mejor que ir seis en los asientos del segundo coche lleno para aquel viaje). Y, en ocasiones, se cuentan, como reza la canción de Sabina, más de cien mentiras que valen la pena a los seres queridos. Mentiras para justificar, aparte del orgullo y de la diversión, el dolor de cabeza que ya tienes durante el calentamiento, esas largas vueltas por los campos de Castilla con Iker Jiménez haciendo la noche más tenebrosa, los sándwiches infames con los que algún camarada te salva de la inanición o la cada vez más cercana perspectiva de tener que ir de empalme al curro.

Todos los perfiles de viajeros están presentes en este itinerario por tierra, mar y aire: el que empuja para que salga adelante el desplazamiento y se curra mil trámites, el que solo se apunta cuando van sus amiguetes o la mayoría, el que viaja sin pasta y vuelve con superávit, el que se duerme en las superficies más complejas, el que solo va por la fiesta, el cenizo de turno, el que te da el viaje en el autobús, el que te hace de Labordeta por las calles, el de la incontinencia urinaria (pare a mear…), el que pierdes en una estación de servicio o la misma ciudad de destino… 

Quiero acabar esta aportación a la memoria de nuestro club con un recuerdo a la persona que mejor ha representado a los viajeros valencianistas. Solo compartí un desplazamiento, en furgoneta, con él. Fue a Valladolid, en 2009. Jorge Iranzo: elegancia, fidelidad y kms. 


Simón Alegre