Hay una foto. Una muy antigua, en el libro de Paco Lloret sobre Mestalla, en la que se ve un quiosco en el perímetro interior de la entrada al campo. Según reza el pie de foto, el quiosco estaba situado en el espacio diáfano que daba acceso a las gradas de tribuna y en él se servían bocadillos y refrescos. No creo que yerre el tiro si afirmo que éste fue el primer servicio de “catering” de la historia de nuestro emblemático campo. Puedo imaginarme el olor a butifarra y longaniza, los no menos estimulantes bocadillos de jamón serrano y los generosos vasos de limonada que pedirían, recatadas ellas, las damas que acompañaban al numeroso público masculino que acudía en aquellos días a ver jugar al Valencia FC. Es muy posible que el quiosco vendiera también caramelos o golosinas para los niños, incluso quizá regaliz o barquillos. Eran los locos años veinte, no lo olvidemos. El rastro de la comida y bebida en Mestalla es débil y escurridizo, caracterizado por unos tiempos de escasez y miseria, los años de la post-guerra estoy seguro que debieron ser autárquicos y muy duros en lo relativo al humano hecho de llenar la panza. Bocatas de tortilla envueltos en aceitosos papeles de diario y botas de vino, junto a algún abstemio que llevaría una cantimplora llena de agua para que el bocado no se echara a dormir a mitad de camino. Los años 50, con la construcción del Gran Mestalla trajeron, sin duda, una mejora de los servicios al público asistente. El café expreso, y su pariente canalla: el carajillo, debieron tomar posesión de los puestecillos que empezaron a poblar diferentes zonas del campo. Por supuesto, el formato “Juan Palomo” seguía bien enraizado entre la afición y sé de verdaderos supermercados ambulantes que entraban en el campo como si el partido no fuera a durar un par de horas, sino una semana entera. Armado con una navaja de bandolero, el festín empezaba un poco antes de que el silbato señalara el inicio del juego y tenía un punto álgido en el momento del descanso, cuando la bota iba de mano en mano por la fila. Eran tiempos donde el fútbol aún se saboreaba al albor de la luz diurna. Termos de café para el invierno y limonada en neveras para los partidos de septiembre. Es el fútbol un deporte en el que siempre está pasando algo. A diferencia de otras disciplinas en las que las pausas permiten cierto relajo en la observación del juego, no ocurre así en el balompié. Por ello, los puestos de venta de refrescos se colapsaban en los descansos y el negocio finalmente se resentía. Así se ideó que unos vendedores ambulantes, vestidos con unas blancas chaquetillas se movieran entre el graderío ofreciendo algunos productos. Recuerdo su limitada oferta y la trasera de sus chaquetas, serigrafiada con un gigantesco caramelo Pictolín. Turrón Meivel, bombón helado y pictolines. Solían aparecer en los partidos de pretemporada o en el Trofeo Naranja y su grito característico hacía que los niños miráramos a nuestros padres con una cara ansiosa y plena de deseo. ¡Hay bombón helado! Gritaban. Hace años que ya no caminan por las gradas. Mi último recuerdo de ellos es en la temporada 1999-2000, en el debú en Champions contra el Glasgow Rangers. Un dadivoso seguidor escocés invitó a toda nuestra fila a bombón helado. En el largo tiempo en el que esos vendedores ambulantes tuvieron presencia se enmarcan los años dorados de mi infancia y juventud valencianistas. El tiempo nos fue trayendo diferentes empresas que gestionaron nuestra sed y hambre, aunque a mi modo de ver nunca lograron vencer al perenne y satisfactorio recurso del bocata casero. La ley contra la violencia en el deporte no mejoró nuestras opciones. Recuerdo la absurda medida de hacerme pelar un plátano al entrar por la puerta 3 hacia mi localidad de tribuna en un partido de Champions. Me pareció tan surrealista que opté por arrojar el plátano al cubo de basura con malos modos mientras me cagaba en… Nos espera un nuevo campo, uno en el que todo estará diseñado para que nuestro club genere ingresos a cada instante, como si de un astro rey de nueva creación se tratara. Me pregunto si allí, en ese nuevo coliseo llamado a alumbrar una nueva era futbolística y social, tendrá lugar la magnífica tortilla de patatas con ajetes de mi madre y si en alguna de esas noches caniculares en las que el infierno parece abrirse de par en par para engullirnos, futboleros irredentos, podré aliviar mi sofoco comprando desde mi cómoda butaca abatible un rico y refrescante bombón helado.
Francisco García
Socio del Valencia CF
·
Francisco García
Socio del Valencia CF