dimecres, 31 d’octubre del 2018

TODOS LOS SANTOS DEL 93



Lo admito, aquello que sucedió es por mi culpa. Todo empezó unos días antes de aquel 2 de noviembre del 93. La camiseta del Valencia era la gran novedad en Llorençet, la tienda de deportes de mi pueblo. Absolutamente blanca, sin los detalles en negro o naranja que se incorporaron años después, con una palmera gigante y multicolor de Mediterránea, el logo de la controvertida marca comercial de turismo de nuestra comunidad. Era (o me parecía) preciosa y lucía en el escaparate de la tienda. Yo la quería.

Tras vender el póster tamaño natural de Magic Johnson a un compañero del instituto, reuní el dinero necesario para comprarla y, por fin, la conseguí.

Al día siguiente, festividad de Todos los Santos, tenía que hacer la tradicional visita a los cementerios y yo sabía que no debía ponerme la camiseta, que no era el día indicado (por lo de llevar al cementerio cosas del Valencia, el mal fario, el gafe y tal…) pero ¿qué queréis que os diga, cómo no me iba a poner mi camiseta nueva? Éramos los líderes de la Liga, teníamos a Mijatovic, habíamos barrido a los alemanes en la ida, 3 a 1 en un partido que podíamos haber goleado y en el que Mestalla hizo un tifo impresionante.

¿Cómo iba a afectar el hecho de que pasease la camiseta por los cementerios a aquel Valencia imparable? Aquel equipo del que Michael Robinson decía que era la Naranja Mecánica de Hiddink. Si hasta la Guía Marca hablaba bien de nosotros: “Fútbol total con aire mediterráneo”. No podía afectar… era imposible.

Así que me la puse, la primera camiseta oficial que tenía desde aquella Senyera que me regalaron en la comunión. Junto a unos vaqueros y una camisa de franela (eran los noventa y el Nevermind de Nirvana lo invadía todo) me fui a visitar a los difuntos. Por el cementerio de Alfafar y Catarroja lucí mi camiseta, ¿quién iba a imaginar todo lo que vino después?

Al día siguiente el Valencia jugaba en Karlsruhe, el partido que estaba esperando. Ya habíamos eliminado al Nantes en una buena eliminatoria y ahora tocaban los alemanes.

Me volví a poner la camiseta y me fui al instituto esperando a que llegase la hora del partido. Por la tarde, le pedimos al profesor de Filosofía que nos dejase salir antes porque el encuentro se jugaba muy pronto. Salí corriendo de clase y directo a casa para llegar justo con el pitido inicial.

Todo empezó bien, una buena ocasión de Fernando, otra de Pizzi pero algo se torció y luego sucedió lo que todos ya sabéis. Era imposible, no encontraba explicación a lo ocurrido, no me lo podía creer. Durante años me sentí culpable…

La camiseta acabó en un cajón junto a otras cosas que vienen y van. Manías y supersticiones que nos persiguen cuando el equipo entra en esas rachas en las que el balón no quiere entrar: no grabar los partidos en vídeo, entrar por una determinada puerta a Mestalla, ir por un determinado camino, etc…

Años después me reconfortó saber que a otros valencianistas también les había perseguido la idea de ser los causantes de alguna derrota, incluso alguno ilustre como Manuel Vicent, según cuenta en Tranvía a la Malvarrosa, y esto nos sirve de alivio, nos ayuda a pensar que no estamos solos, que no estamos locos.

Arturo Marzal Navalón

Socio del Valencia CF

divendres, 26 d’octubre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 10

DE MACHOTES Y MARIQUITAS.

Me gusta Bilbao. Es una ciudad bien terminada, donde todo responde a una lógica. De Bilbao me interesa sobre todo la intimidad, el concepto burgués de intimidad que propone la disposición de su mapa. Como todas las iluminaciones arbitrarias procede del desván atávico de la ensoñación. La ensoñación es el preludio estético de las intuiciones, y a las intuiciones, de sobra lo sabes, hay que educarlas con fervor literario. Son nuestro carácter. Me paso la vida trasteando en ese alambre, que es un alambre de mapas, planos y puentes. En pocas ciudades los puentes tienen un carácter tan antagónico como en Valencia y Bilbao. Los nuestros tienen el sesgo de lo fronterizo. En Bilbao, en cambio, integran y acogen. Esa perplejidad es un desvelo nocturno. Cruzar puentes es un acto filosófico. Hay que hacerlo de noche para descifrar el enigma. Bilbao, que es ciudad de dos orillas, ha conseguido disimular el carácter disuasorio de la ría hasta convertirla en una avenida más. Sus puentes parecen calles del Ensanche, pequeños respiros que no sugieren grandes cambios en el imaginario del paseante. En Valencia, los puentes son abismos. La ciudad decimonónica aún no ha logrado integrar de manera metafísica el eco que procede del otro lado. Y tiene sentido. El otro lado es una construcción reciente, moderna, sin la consistencia pétrea que otorga un relato compartido. Incluso la brisa es otra. Haber convertido el río en parque tampoco mejora esa tensión. Al contrario. El jardín es un foso. Y los fosos no integran, esconden. Basta cruzar de noche el puente del Real o el de Aragón de camino al mar para comprender lo que digo. Valencia es una madrastra que expulsa, Bilbao es una madre que acoge. Esa paradoja también es futbolera. Al Athletic nadie le discute su hegemonía en Vizcaya. Al Valencia le crecen todo el tiempo los enanos. Incluso los más tontos hablan de contrarrestar el sobre de azúcar del pensamiento único. Que formulen en Bilbao la majadería del pensamiento único: acabarán en la ría, camino de Santurce. No es extraño que me vea en Bilbao. Es una proyección plausible. Viviría en un ático reformado de la calle Cantarranas, en el barrio de Bilbao la vieja y creo que sería homosexual, un homosexual de Bilbao. Tendría un perrito al que llamaría Julen y al llegar a casa me pondría una batita de seda comprada en Estambul. Sería, me veo, un burgués moderadamente ilustrado, de los que se toman las cosas con calma y ya no saben enfadarse con casi nadie. A diario cruzaría al mercado de la Ribera por el puente de San Antón, el que sale en el escudo del Athletic Club. Compraría pescado fresco, huevos, algo de pan. Sería una especie de agitador cultural al otro lado de la ría y formaría parte del club de cine del barrio San Francisco. Todos los años veríamos La muerte de Mikel, mi película favorita en el contexto de esa vida imaginada. Acabaría sabiéndome de memoria los diálogos, el himno de la Otxoa vestida de futbolista, las contradicciones de la izquierda abertzale, la ceremonia pacata del nacionalismo beato, la miseria de la doble moral, los prejuicios, la carcundia de la intolerancia. Dejaríamos también que se colara el fútbol. Hablaríamos del doblete de 1984 y de su iconografía, tan presente en las calles de la ciudad. Yo mismo, en un arranque de frivolidad, diría que La muerte de Mikel es también la película del doblete del Athletic, tan obvio desde que Imanol Arias entra en un cabaret nocturno y aparece la Otxoa cantando una canción de homenaje al flamante campeón de liga, la del gol de Tendillo. Habría que contextualizar ese chispazo. La Otxoa es a Bilbao lo que el Titi era a Valencia, un emblema y un símbolo, dos maneras idénticas de escribir la libertad y el desparpajo. En Bilbao tendría una zapatería en la calle del Licenciado Pozas. Cuando alguien me pidiera unas Puma yo respondería: venga bah, un cigadito. Toda la ciudad me conocería por ese chiste. Habría colas de gente comprándome zapatillas Puma, sólo para que les contara el chiste. De vez en cuando, el escritor Iñaki Uriarte vendría a comprarme mocasines Pikolino. Nos tutearíamos y acabaría sacándome en sus Diarios con alguna frase como: comprar zapatos te reconcilia con la vida. Desde la puerta de la zapatería se divisaría el escudo del Athletic. Primero el del viejo San Mamés, después el del nuevo. Cuando jugara el Athletic entre semana colgaría la bandera rojiblanca en la puerta de la zapatería y una foto de Julen Guerrero. Ya tú sabes. 


Rafa Lahuerta



divendres, 19 d’octubre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 9


TANGANA EN LA BARRACA

Un Valencia-Leganés es una ciénaga narrativa. No hay anécdotas, ni recuerdos, ni vivencias que alimenten la posibilidad del memorioso para escribir su bitácora del Centenario. En perspectiva, la 2018-19 no es una buena temporada para tirar de memoria. Faltan muchos clásicos. A bote pronto me salen unos cuantos: Zaragoza, Sporting, Oviedo, Osasuna, Mallorca, Deportivo, Murcia, Elche, Las Palmas, Racing. Incluso Tenerife, Castellón, Málaga, Logroñés, Burgos, Salamanca, Hércules, Albacete o Cádiz son clubs que me escribirían las crónicas sin apenas esfuerzo. Bastaría con un fogonazo. Por contra, su lugar lo han ocupado equipos de los que no sé nada, a los que nada me vincula. Sostener esa tensión es el reto de mi particular centenariazo lírico. En jornadas así estoy obligado a pensar en Violante, un soneto me manda hacer Violante. Seguro que conoces la historia. Se le acercó al poeta Lope de Vega una fan llamada Violante y le pidió un soneto. Contra todo pronóstico salió airoso del envite. Por multitud de lances similares, la medieval plaça de Les Herbes de Valencia acabó llevando su nombre: Plaza Lope de Vega. En esa plaza estuvo y está la portería más estrecha de Europa. A principio de los años 90’ los nanos aún jugaban al fútbol en ese rincón del barrio del Mercado. La portería más estrecha de Europa ejercía de imán y cerrojo. Una mística del Catenaccio sobrevolaba el ambiente. De portero solía jugar un chaval gordito al que todos llamaban Algarrobo. Algarrobo era un niño megáfono. Como era imposible meterle un gol se pasaba el rato amenizando el juego con una frase hecha que él mismo había patentado: No le ganas ni al Leganés, No le ganas ni al Leganés, repetía hasta la saciedad. A pocos metros de la portería, casi al inicio de la calle del Trench, estaba el bar La Barraca, en sintomática y casual sintonía con el tipo de fútbol que allí se practicaba. Muchas tardes me las pasaba en su terraza. Buscaba ideas para una novela que sintetizara esa atmósfera de ciudad vencida, pero el partido clandestino me despistaba demasiado. De vez en cuando, el niño megáfono se enzarzaba con algún rival. La tangana se estiraba hasta que el Algarrobo le daba un bofetón al listo de turno. Eran tanganas de mano abierta, mis preferidas. Después, el tiempo cubrió de olvido las escaramuzas callejeras y la plaza Lope de Vega se entregó a la borrachera del turismo de masas. A veces imaginaba al Algarrobo convertido en un yonki que muere en los aledaños de la huerta de Campanar, pero pronto desistía; la novela negra me agota. La realidad es más fructífera y generosa. En la semana del Valencia-Leganés, Enrique Ballester ha presentado su libro en Valencia. Si escribir es alimentar paradojas, “Barraca y Tangana” es el soneto de Violante a los pies de Santa Catalina. Tenía razón mi madre cuando en el verano de 1984 me obligó a memorizar ese poema. Algún día te servirá de algo, me decía. Yo la miraba escéptico. Menudo coñazo, pensaba. Un soneto me manda hacer Violante, en mi vida me he visto en tal aprieto, repetía como un papagayo. 34 años después tengo algo parecido a una respuesta. Lope de Vega y el Leganés, quién lo iba decir, unidos gracias al genio de Enrique Ballester. Ya sólo falta que la frase que el niño megáfono repetía todo el tiempo a modo de mantra: “No le ganas ni al Leganés, no le ganas ni al Leganés”, deje de cumplirse. De momento, el fantasma del jodido Algarrobo lleva cuatro empates en casa y la minúscula portería que defendía con ardor guerrero se ha convertido en reclamo universal para turistas. Menos suerte tuvo el bar La Barraca. En el año 2003 cambió de nombre. Ahora se llama café del Mar. A su lado, el felliniano “Ocho y medio” cuenta otra historia. Acaso un poema de ruinas y playas. Posiblemente, la historia de Jep Gambardella en la ciudad de Valencia: la evocación nocturna del mar en la calle del Trench.

Rafa Lahuerta



diumenge, 14 d’octubre del 2018

EL MURCIÉLAGO DE MI CORAZÓN



Hace unos meses tuve que ir al cardiólogo por primera vez en mi vida. Parece un contrasentido que un valencianista no frecuente con más asiduidad a este profesional, pero será que tenemos el corazón hecho de una mezcla de cara de político acomodado y fuego valyrio.


Cuando me puso en pantalla a modo VAR me soltó de sopetón: “¡pero si tiene un murciélago en su corazón!”. Y se lo expliqué con unas pocas frases:

Desde bien pequeño, tutelado por mi hermano Antonio, hablar del València CF era tan habitual como hablar del procés en Catalunya (bueno…creo que me he pasado; no daba tanto la brasa…)

Mis escapadas con mi hermano a un Mestalla de principios de los 70 a ver al Mestalleta. Ese aguacero el día del Acero que tuvimos que refugiarnos todos en tribuna. Esos partidos contra el Soledad o el Constancia o el Atlético Baleares, bajando por el lado de la pista de baloncesto donde jugaba el Valencia. Entonces nos las veíamos en nuestro grupo de 3ª División contra un resto formado por valencianos y baleares.

¡Alirón, alirón, el València campeón! Vaya final de Liga. 15 últimos minutos de partido al borde del infarto, en que el título pendía de un hilo tras el gol de Lamata y el empate en el Manzanares del Atlético. Esto sólo le podía pasar al València. Era muy pequeño y pensé que vendrían muchas más Ligas. Sin embargo, el juego de poderes en el fútbol español y las malas gestiones directivas hicieron que lo anecdótico fuese eso: ganar una Liga.

Mi regalo de comunión en Mislata. Un buen amigo de mi padre, Antonio Asunción, quien llevó su levantinismo de La Malvarrosa a Manresa, me regaló una camiseta con el 8 de Forment a la espalda (entonces no se rotulaba el nombre, sólo aparecía el número) y unas botas de reglamento que apenas utilicé (a ver cómo jugaba en la calle con esas botas sin que me rehuyesen tibias y peronés).

Las semanas antes de partir a otras tierras vimos al Sporting de Gijón con el golazo de Adorno desde la línea de fondo o el susto final del uno contra uno de Lavandera contra nuestro Abelardo. O el día del Betis, en que Orife hizo temblar nuestro larguero, pero Pepe Claramunt nos regaló uno de los mejores goles de la historia. 

El adiós a València un 10 de octubre de 1971 en un expreso que venía de Granada. El día más triste de mi vida. Para amanecer en otra ciudad en que los valencianos éramos (entonces) rara avis. Nuevas palabras para denominar el mismo producto. No podías decir mallorquina (sobrasada), longaniza (fuet), pamplonés (chorizo), puromoro (regaliz), pica-pica (sidral), clóchina (mejillón), y tantas otras, sin que te escaneasen las retinas escandalizadas.

“El Valencia lo que tiene que hacer es no impedir que ganemos la Liga cuando el Madrid no está fino”, y otras frases del montón que denotaban panchacontentismo y miraralombliguismo culé inanes. Empezaba a comprobar el odio visceral por todo lo que oliese a madridismo.

Mi foto vestido de valencianista (pantalón y medias blancas) en la Plaza de la Infancia de La Verneda, mi evocación callejera del Mestalla valenciano. Jugué de delantero centro a pepinazo limpio estilo Scotta, hasta que el puño de un portero dejó mi ojo llorando de la hostia que me atizó al bregar por un balón por alto. 


Mis Ligas de fútbol a botones, donde mi Mestalla particular era un espacio de 4x3 rajoles de 40x40 cm., y donde tenía que poner reglas debajo de los muebles para que no se colasen los botones más pequeños bajo los armarios. No sé por qué, de 8 Ligas que jugué, haciendo de jugador, entrenador, utillero (rotulando los botones), locutor de radio y público a la vez, y transportista de los botones al terreno de juego y de allí a su hotel de descanso (unas cajitas rotuladas equipo por equipo que guardaba en una caja más grande), el València CF ganó al menos la mitad…

Mi camiseta de la senyera versión 1978. Qué calor daba la condenada. Ya en mi madurez apareció en casa de mi hermano y me intenté enfundar esa camiseta de tubo. Imposible… El contenido excedía en mucho ese continente. Me la puse pocas veces. Las más insensatas, haciendo footing en Alicante del Postiguet al inicio de la Albufereta, y en Barcelona el día siguiente a nuestra Recopa contra el Arsenal.

El espectáculo de ver las cabalgadas con melenas al viento de Mario Kempes y esos zurdazos que doblaban las manos a los porteros. Orgullo de ser el Pichichi dos temporadas, arrebatando el primero a Marañón en una tarde de celebración colchonera, y de ser máximo goleador en aquel Mundial argentino. Cuando las lesiones lo doblaron no supimos agradecerle los derroches que había mostrado en el campo.

Aquella Recopa ganada a golpe de penalty, especialidad en que no solemos destacar, precisamente. Aquel penalty de Castellanos en que el 95 % de los valencianistas veíamos el antecedente del de Sergio Ramos al Bayern. Por fortuna, el larguero nos favoreció, y Santi Pereira hizo el resto para ganar mi primer título europeo.

Mis minutos de extremo sufrimiento aquel primero de mayo de 1983 mientras trabajaba en la caseta de entrevías de la Estación de França, escuchando cómo reculábamos en el césped para aferrarnos a nuestro hábitat de la 1ª División. La felicidad que sentí al escuchar que había finalizado el partido no la volví a sentir hasta muchos años después.

Esa satisfacción después de mojarles la oreja en el Camp Nou. Y esa vergüenza cuando nos goleaban hasta con goles de culo, empalmes a la escuadra que no les salía ni en los entrenos, o que a Timo se los metían hasta sin querer.

Esa búsqueda de horchaterías por Barcelona tras leer que Roberto Fernández había encontrado una en la que hacían horchata valenciana genuina. Estaba hartito de Chufis y Ches que sabían a cualquier cosa menos a horchata. Al final hallé unas pocas. La primera horchata de cada temporada es un momento intenso de valencianía.

La pegatina trasera en mis primeros coches, y las caras burlonas tras hacernos un siete en tierras nibelungas. O la vergüenza que sentí tras leer aquellas declaraciones de un Paco Roig pagado de sí mismo (poco después pagado por los Soler su retiro dorado) tras llegar a la presidencia vestido de moro y diciendo que iban a valencianizar Catalunya brindando los triunfos con agua de València.

Esas bajadas por la A-7 o AP-7, como se llama ahora, una vez al año con mi hermano a visitar Mestalla, y la tradicional paella en el Pasqualet. Ha habido de todo, desde goles a mansalva al Oviedo, o celebración de la Liga ante er Beti con U-ha Anglomá, hasta baile carioca del Barça con cena en Los Bestias. No sé si fue más traumática la experiencia en el campo o en la mesa…

Ese orgullo de ir a comprar el Levante-EMV los domingos y los lunes, y de hacerse con los fascículos de la Historia del València CF de Jaime Hernández Perpiñá. Henchido de satisfacción al completar el lanzamiento completo y encuadernado. Esos fascículos de nuestra primera y exitosa temporada en Champions que todavía tengo por casa. Yo era ese tío raro que cruzaba la ciudad condal sólo para comprar un diario regional, y que brincó de alegría cuando le dieron el traslado laboral a Barcelona, porque sólo allí había kioscos donde podía comprar el Levante. 

Esa cara a cuadros cuando Alfredo le robó la cartera a Zubi y al chaparrón que frustró nuestra remontada, vengando la afrenta del penalti de Djukic.

Todos esos goles del Valencia y algunos del Mestalla que grabé en vídeo VHS durante varios años. Tengo al menos dos cintas de dos horas enteras. Paciencia infinita para esperar a que los emitiesen en cadenas a las que resbalaba el València, que no era ni el equipo valdanesco que animaba los campeonatos. Incluso esperaba a altas horas de la noche. Ahí están. Algún día tendría que pasarlos a otro formato.

Ese cabreo monumental un lunes por la noche que el València de Rinaldi jugaba en el Camp Nou y que tuve que aguantar al paliza de Frederic Porta en A3 y que el Barça nos golease aún jugando bien. Tras encajar injustamente un gol tras otro, mi sueño era mayor que las ganas de ver cómo nos goleaban, y cuando el Barça metió el tercero, apagué la tele intempestivamente. “Estoy no hay quien lo aguante. No tengo ganas de ver otro 6-1”. Cuando me levanté la mañana siguiente a las 5:30 para ir a trabajar, puse el teletexto y tuve que mirarlo varias veces para abrir bien los ojos: ¡¡me perdí la mega-remontada del 3-4!! Mi mayor cagada valencianista.

Esa sonrisa de oreja a oreja para comprar los diarios un domingo de finales de junio de 1999 con mi pantalón del València CF. Y algunos felicitándome por el partidazo y ese gol orgásmico de Mendieta en el estadio de La Cartuja de Sevilla. 

Ese grito desgarrador tras el segundo gol de Baraja al Espanyol aquel sábado por la noche en mi piso. Se enteró todo el vecindario. Era un grito con sabor a Liga treinta y tantos años después.

Esas fotos históricas de una decena de temerarios valencianistas festejando esas Ligas en ¡la Font de Canaletes y el monumento a Colón! Los guiris pasaban por al lado y no daban crédito (ya empezaba la crisis) a semejantes viñetas. Suerte tuvimos que no pasase ningún boix noi que no comulgase con tamañas afrentas sacrílegas. 


Esa punta de los dedos de Kahn que nos dejó sin Champions. ¿La merecimos? Lo que no nos merecimos fue al gordinflas holandés que pitó aquel infame penalti y nos chuleó durante el partido. Desolación. Con esa palabra se puede definir aquella final.

Esas primaveras, cinco o seis seguidas, de gran ilusión valencianista, en que a la vez que se alargaba el día, se alargaban nuestras posibilidades de conseguir algo grande, y que me sentía superorgulloso de que conocieran de mi valencianismo. No todas culminaron, pero estar ahí hasta el final era la hostia.

Esas semanas escribiendo cartas del aficionado para Foroché, y mis colaboraciones para Valenciafórum, precursor de Checheche. Menudo grupito hicimos. Saltaban chispas en nuestro foro, con genios como Bixent, Little, Pkdor, GAN, Rayador, Vicarlos o hg, y más trolls como Bernabeu, Antiblanco o Geta. 

Ese día que me enfundé la camiseta naranja de Terra Mítica tras ganar la Liga 2003/04. Todo el día con ella, en el trabajo, en el transporte público, en el programa de televisión de TV3 Gol a Gol, junto con miembros de la Penya de Barcelona. 

“Aquí sólo venís a dar patadas”, me soltó un culé tras empatarles a 2 en su santuario. “Sólo desactivamos a vuestras figuritas con orden y efectividad. Cada uno lucha con los recursos que mejor maneja“. Contestación clara y concisa.

Ese viaje temerario a València yo solo tras salir del trabajo para ver la final contra el equipo azulón del que se puso de parte nuestro más famoso cazador de elefantes (y de movimientos sexy de cadera). Fue en la Plaza de Toros de València, junto con muy buenos valencianistas. Y el regreso a altas horas de la noche (llegué a casa a las 5 de la mañana) con la sorpresa cuando salía de València de una mención en el programa radiofónico de JR March. 

Esas cervezas Turia con mis amigos exiliados Paquito Gisbert y JR March. Los toros desde la barrera se ven con más perspectiva, pero también con menos hiel. 

Esos años de travesía en el desierto que pagamos con intereses los años de estirar más el brazo que la manga, y en que la supuesta influencia valenciana en Madrid sólo nos sirvió como ensañamiento contra aquel que osa hacer frente a los privilegios de los poderosos.

En fin. Todos esos años durísimos de distancia. Ser valencianista en la lejanía entonces era una aventura propia del Doctor Livingstone (supongo). No llegaban a cocinarnos en un caldero caníbal, pero nos torraban a estímulos informativos blanqui-azulgranas. Era difícil buscar mi propio nicho informativo. Yendo incluso a València a hacerme con cualquier libro que tratase sobre mi equipo, y regresando cargado con 10 o 12 libros, ante la crispación conyugal. Internet transformó todo. Se hizo accesible progresivamente un cúmulo de informaciones impensable antes y permitía interaccionar con sujetos con intereses y gustos comunes. E incluso internet también ha cambiado, pues empezó a escribir sobre mi equipo gente con mucho trellat, pero ahora hay que separar el mucho polvo de la escasa paja (paradójico, con lo que abunda el porno en internet) de excelsa materia gris.

“Por eso, señor cardiólogo, mi murciélago, ni tocarlo; que al fin y al cabo es quien alimenta mis ilusiones y curte mi maltrecho corazón”.

José Luis Brú


divendres, 5 d’octubre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 8 


APROXIMACION A MANOLO (EL DEL BARÇA)

Tuve una infancia privilegiada. Entre abril de 1977 y noviembre de 1983 el Valencia no perdió en casa contra el Barça. En Liga, pero también en Copa y Recopa, Mestalla fue campo maldito para los culers. Sólo debido al calamitoso arbitraje de Lamo Castillo en la 83-84 se rompió el idilio. Fue una jornada de lluvia, entre semana. La noche acabó con cargas policiales en la avenida de Suecia. Generó consecuencias: nos cerraron el campo. Pero eso vino después. Antes hubo tardes y noches memorables de gran fútbol. Victorias épicas, goleadas inesperadas, repasos absolutos. Los Valencia-Barça solían empezar en el Bar Los Checas. Llegaban decenas de autobuses. Si los fusterianos locales hubiesen visto aquellos desembarcos, su mirada fantasmagórica sobre la superioridad moral del Barça habría sido más cautelosa y prudente. Aquella turba no bajaba con libros de Salvador Espriu bajo el brazo. Eran hinchas. Primarios, rudos, elementales. Mi preferido era un tiparraco con barretina y culo de panadero que respondía al nombre de Manolo el del Barça. Era una caricatura siniestra del inefable Manolo el del bombo. Más que una parodia, parecía un quierosercomotú. A día de hoy cuesta creerlo, pero en el siglo XX había catalanes que tenían a Manolo el del Bombo como espejo y referente vital. Posiblemente, esa dialéctica de los Manolos confirmara el carácter bipolar del més que un club. El Barça era eso: una guerra de Manolos. Si Vázquez Montalbán recogía las inquietudes del culerismo ilustrado, el otro sintetizaba las aspiraciones de la culerada lumpen: tocar el bombo, ir de putas, eructar ritmos latinos. Durante tres temporadas seguidas, Manolo el del Barça se convirtió en mi gran ídolo. Cada vez aparecía más gordo, más culón, con menos pelo. Su primera aparición estelar fue en enero de 1981. Por la mañana fuimos a la playa de Pinedo a ver un buque encallado. Después, como cada domingo, pasamos por el bar Los Checas. La presencia de aquel tipo con bombo y barretina fue un shock. En un momento dado se arrancó con esta coplilla: hala Madrid, hala Madrid, el equipo del gobierno, la vergüenza del país. Fue la primera vez que la escuché. El resto de Morenos, anticipo castizo de los inminentes Boixos Nois, se sumó al karaoke con gran entusiasmo. En el aire flotaba una rara confraternización, fruto, sin duda, de la coplilla antimadridista. Ese año no hubo hostias. Las hostias empezaron a la temporada siguiente. 

Es difícil encontrar un día como el 21 de marzo de 1982. 10000 culers en Valencia, paseíllo de Nuñez por el césped antes del partido, la culerada que vislumbra el título. Resultado final: 3-0, delirio en Mestalla, cejas abiertas en los alrededores del campo, festival valencianista. Apenas unos meses después, en septiembre de 1982, se repite el mismo escenario. Sólo cambia la luz y la tormenta de la sobremesa. En la radio, El Puma y su “Dueño de nada” dan cobijo a la melancolía del verano vencido. Los charcos del solar de la calle Rubén Darío explican el paisaje mientras servidor apura sus últimas semanas de verdadera felicidad. De fondo, el rumor del debut de Maradona alienta el mito de todos los sábados por la noche, las calles mojadas, el esqueleto de Mestalla bajo la densa humareda de las tracas. La historia parece un círculo cerrado: todo vuelve. Gana el Valencia con remontada, 2-1. Al acabar el partido empieza otro partido. En la terraza del bar Los Checas, Manolo el del Barça jura venganza. Un día de estos mataré al hijoputa ese de Carrete, se le oye decir. Un llauro con manos como tenazas le interpela. ¿A qui vas a matar tú, tío serdo? Ese “tío Serdo” dicho a la valenciana anticipa la hecatombe. Se hace el silencio. Un cosquilleo me anuncia que años después recordaré a la perfección el golpe y la novela. No me engaño. En ese silencio cabe la biografía no autorizada de Manolo el del Barça, arlequín vencido, estereotipo de aquella otra Barcelona sucia y arrasada que Francesc Betriu retrató con lucidez en Furia Española, la gran película del viejo Barça y su barrio chino. Al otro lado de Blasco Ibáñez, las luces interiores del graderío se apagan lentamente. En la última fila de la Numerada, el hombre de las banderas guarda los pendones descoloridos que anuncian la primera victoria de la temporada, un espejismo que en ese momento nadie contempla. El silencio rompe en estruendo. Primero cae el bombo, después su propietario. Todo tiembla. No es un terremoto, es Manolo el del Barça, tamborilero caído de una sola galleta. En el umbral de la puerta del bar alguien dice: “l’any que vé tornes, fill d’una puta”. Sin ser un epitafio, se agita en la suave noche de septiembre como una sentencia inapelable. Pobre Manolo el del Barça. Ya no volverá nunca más al bar Los Checas. 



Rafa Lahuerta

dijous, 4 d’octubre del 2018

ETERNES VESPRADES A L'ALGIRÓS


I



Nunca es agradable presidir un funeral, pensaba el joven sacerdote, al tiempo que recogía con cuidado el utillaje litúrgico. Joven, aunque sin ínfulas de grandeza y lleno de ganas de hacer un buen trabajo en ésta, su primera vicaría; pensaba, al menos, que la ceremonia de hoy había sido pausada y contenida. La familia mantenía la serenidad propia de los que asumen que la vida es algo finito y que, como un cirio, lentamente el brillo vital se va consumiendo hasta desaparecer.

-Bon dia, Senyor Retor, disculpe vosté que el molestem però volíem agrair les seues paraules, mon pare era un bon home, sap vosté?- dice la mujer.

Un hombre y una mujer, ya mayores, hermanos e hijos del difunto, habían entrado con respeto reverencial en la sacristía. Las miradas serenas y las manos, estrechadas con el sacerdote con suma educación, gastadas y callosas, síntoma de una vida dura y trabajosa.

-Sí, estem molt agraïts, gràcies. -Continúa el hermano que parece algo menor -. Si necessita vosté qualsevol cosa més, si no, nosaltres ja marxem cap al cementeri.

-No, no gracias, acabo de recoger y salgo yo también para allá. -Responde amablemente el sacerdote.

-Per cert, senyor retor, una cosa que hem oblidat de dir-li i que és una curiositat: sap vosté que mon pare va ser, segurament, l’últim que quedava, dels que construïren la parroquia?

El sacerdote arqueó levemente las cejas, siempre había sido un apasionado de las historias y el anecdotario popular de la ciudad.

-I segur que vosté no sap, perquè és molt jove, d’on venen les rajoles de la construcció dels murs, veritat?

-No, no sabia jo res d’això… 


II

Los nudillos crujen de dolor, fuertemente estrechados por la mano del padre, aunque el pequeño no llora, de hecho, aún conserva la sonrisa traviesa por haberse librado de una más que segura azotaina. Los campos están llenos de piedras, huecos de acequia y otras trampas que podrían haberle hecho caer, de ahí que la instrucción, no cumplida, fuera severa: “Res de correr i agarra´t a la má de ton pare”. En cuánto la madre desapareció tras la puerta cerrándose de la barraca, nuestro pequeño, como si fuera una comadreja, había salido disparado, con habilidad innata, hacia su objetivo: el vecino muro de acceso al lugar de ensoñación.

-Jugarà Montes, pare? I Cubells?, guanyarà el València? Sempre guanya, veritat pare? Guanyarem? Montes farà un gol? Qui és millor, Pare? A mi m’han dit que Montes? Però a que Cubells també és boníssim? Guanyarem?.....

El padre sonríe mientras aprieta con fuerza la mano del hijo impetuoso que no ha podido evitar escapar, corriendo como un relámpago por la huerta, para llegar el primero al campo. Le ha costado más de un favor y esfuerzo conseguir una entrada para ir al campo del Valencia FC. Siempre le atrajo el Football desde que contempló, hace ya algunos años, por vez primera en una demostración junto al próximo cauce del río. Pero nada que ver con la emoción de su pequeño que, pese no haber nunca visto rodar un balón de verdad y no de trapos viejos, suspiraba de emoción y ansiedad cada vez que pasaba junto al tapiado de ladrillo amarillento del campo de juego. Mucho más interesado por las aventuras que contaban caminantes y transeúntes del lugar, que de aprender los rudimentos básicos del oficio de labranza propio del vecindario.

Minutos después, el pequeño asoma la cabeza entre la algarabía de los espectadores y curiosos allí reunidos; ya está en la tierra herbosa del solar tapiado el equipo rival, del que sólo se reconoce una camisola abierta azulada oscura con unas rayas negras y un pantalón y medias igualmente oscuras. Esperan brazos en jarra en el silencio del estallido previo al clamor de la afición local.

-Mira pare! El València!... mira, mira, mira, mira! Montes! I eixe ha de ser Cubells! Mira pare, els veus… són els jugadors del València!

Mientras, el padre sonríe , los ojos del pequeño retendrán para siempre esa imagen de felicidad e ilusión absoluta. Unos ojos vivarachos y alegres, que habrán de ver todavía muchas cosas en la vida que sucederá. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.


III

El viejo sacerdote siente que la providencia le ha abandonado. Desde siempre aprendió y aplicó aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando” y en ésta, la que era su gran obra, había golpeado muy fuerte con el mazo de la persistencia. Había conseguido, a cambio de un responso, reducir el precio de la portada, de piedra antigua, que habría de dar lustre a la construcción del templo definitivo. Había bordeado la afonía en más de un despacho y estaba a punto de conseguir las losas sobrantes de la reforma de la plaza de la Virgen para el atrio parroquial… cuando la riada, tragedia terrible y drama y dolor en la ciudad, se había llevado por delante los pocos materiales de construcción disponibles aparte de, más importante aún, las ilusiones y esperanzas de sus humildes parroquianos.

La acequia de Mestalla baja todavía crecida y el sacerdote mira el cielo, aún plomizo, preguntándose qué nueva plaga bíblica iba a recibir su templo aún no construido, cuando una voz recia y calmada le resuena por detrás en un impostado castellano.

-Senyor Retor, tenga usted cuidado, ahí hay mucho barro y puede resbalar y caer al agua.

Quien habla es un labrador parroquiano, de unos aparentes cuarenta años. Aunque avejentado por la dureza del trabajo en el campo próximo, se mantiene erguido y fuerte. En sus manos, pies y cuerpo la marca del duro trabajo y el barro persistente del que ha ayudado en todo lo posible a sus vecinos, amigos y hermanos a sobrevivir al drama reciente provocado por el agua indómita y criminal.

-Más me valdría, hijo mío. – El sacerdote necesitaba desahogar sus penas y frustración-. No hay manera… salvo que usted sepa dónde podemos encontrar ladrillos suficientes para construir la parroquia… más me valdría caer al agua, sí.

El labrador queda pensativo por un momento. El sacerdote le observa y por un momento parece percibir un rayo de luz en su mirada.

-¿Rajoles?… digo … ¿piedras dice, padre?... Escuche, yo sé dónde hay piedras, un montón.

-Pero… -dice el sacerdote.- tienen que ser de aquí cerca, para transportarlas con carretilla, y levantar la iglesia, y…

-Mire padre, yo le puedo traer a usted rajoles para construir una catedral si lo desea….de hecho –pensó en voz alta el labrador.-En ningún sitio mejor que aquí podrían acabar esas piedras.

El sacerdote alzó la mirada esperanzado y se topó con una leve sonrisa, que contrastaba con unos ojos cansados y melancólicos , que habían visto muchas cosas, demasiadas para una sola vida. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.

IV

El mes de julio está siendo tórrido y asfixiante, no vendrían mal unos ejercicios espirituales en alguna casa de Groenlandia, piensa el joven sacerdote mientras arranca el vehículo y se incorpora al camino que conduce al cementerio. A pocos metros, en el semáforo, el conductor del vehículo funerario saca su codo por la ventanilla, indolente.

En su interior un humilde féretro aguarda su último viaje a la eternidad, en el espejo retrovisor una fachada de iglesia avejentada y unas piedras que necesitan inminente restauración. 

Piedras algo más viejas que el templo que ahora protegen de la intemperie. 

Ocultas por una enredadera infinita que, a modo de velo, guarda el secreto de su origen.

En su viaje, tal vez el último, hacia la eternidad de la que fueron, un día y para siempre, testimonio.

Sergi Calvo