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dijous, 16 d’agost del 2018

EL CANALLITA DEL PUROMORO



Lo primero que recordé cuando nos invitaron al palco Vip fue el grafiti que había en la funeraria de la calle Calatrava, en el barrio del Mercado: “Ya estás muerto, cabrón”. Si homenajear a los muertos es la pasión mundana por excelencia, homenajear a muertos en vida tiene un componente morboso y literario que no conviene desdeñar. Bajo ese palio me presenté en el Trofeo Naranja el pasado sábado, consciente de que asistía a mi propio funeral como hincha más o menos ilustrado. Al principio no quería ir, pero al final me pudo la vanidad. Pensé que, al  menos y tras años de turra en los paravalanchas de Mestalla, unos canapés y unas bolitas de crema sí  merecía. Como no llevaba Americana la jefa de protocolo me prestó una. Fue un momento clave, saber que no eres nadie.

Después empecé a sudar. No hay una teoría firme al respecto, pero el sudor de los asiduos al Palco Vip es distinto al de los ocasionales. Mi sudor me delataba. Nunca seré un fijo. Por lo menos no rompí la vajilla ni oriné en los trofeos. Ya acomodados en nuestras butacas descubrí que tenía delante al protagonista de mi próxima novela y dos filas a la izquierda a su asesino, El Canallita del Puromuro.

El partido consignó lo evidente: hay equipo, hay grada, el club ha recuperado músculo. Lo celebro como se celebran las heridas que siempre sangran, con miedo a que todo se desvanezca al primer ataque de euforia pirotécnica. Mediada la primera parte empecé a pensar en el blog. Ultimes Vesprades a Mestalla nació para acompañar un adiós y ha terminado por ser la constatación de todos nuestros fracasos. En aquellos foros donde participa UvaM acaba por imponerse siempre la tesis contraria. Tiene mérito. Nos han inoculado el fracaso de una forma tan notable que ni siquiera lo percibimos. Nos vendieron el club sin poder oponer resistencia, nos negaron la posibilidad de un debate serio sobre la conveniencia o no de volver a ser FC, seguimos en Mestalla. Sí, es cierto, hemos publicado libros y hecho canciones. No pasa nada. Su trascendencia es ínfima. Nadie nos lee. El pasado sábado llegó la puntilla. Nos organizaron un homenaje perfecto, a la medida de nuestra condición de núcleo lacrimógeno y pseudoilustrado. De tapadillo  y clandestinamente nos regalaron una camiseta y un cuadro mal enmarcado. Como si fuéramos los pobres que Berlanga sentaba en la mesa de los ricos en la lucidísima Plácido, dimos las gracias con reverencias cómicas. Menos mal que en última instancia, Pepe le dijo al presidente lo que todos pensábamos: “Es un despropósito y un error que la megafonía de Mestalla no sea en valenciano”. Murthy nos miró como se mira a los invitados desagradecidos. De inmediato tuve un pálpito: la del valenciano en Mestalla será nuestra siguiente derrota, quizás la última.

Cuando volvimos a la sala principal, El Canallita del Puromuro apuraba su última cerveza. Por un momento se sintió incómodo ante mi presencia. Nos miramos, agachó la cabeza, siguió su camino. Me pasé la segunda parte proyectando la novela que lo cuente todo. Un camello, un noble, una ciudad masacrada, las vidas que dejé pasar mientras me enamoraba enfermizamente de un club de fútbol. Lo de siempre.

Rafa Lahuerta Yúfera.

dissabte, 31 d’octubre del 2009

Minotauro

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El viejo Mestalla apura sus últimos días recubierto de un tunning televisivo lleno de millones pero carente de sentimiento. En los años 90, “el partit” de canal nou y su retransmisión televisiva levantaba audiencias y sentimientos. Sobre todo si se jugaba contra Barça, Real Madrid o Atlético. Quizás la limitación de posibilidades de la época llevaba a los realizadores del ente autonómico a repetir sistemáticamente la misma toma, los mismos protocolos de retransmisión y nada de estadísticas brutas y enfermizas como las que La Sexta da hoy en día.

Entre esos habituales gestos, estaba la celebración de los goles del Valencia CF. Una celebración que comenzaba en el césped con el gol de Penev o Fernando, que continuaba en el córner más cercano en plena comunión con la afición y que, finalmente se daba por culminada, cuando una cámara de Canal 9 enfocaba en primer plano a un joven imberbe que enganchado a la valla de seguridad, libraba con gestos y un éxtasis casi divino traducido en la palabra ¡gol!

Si Manolo el del Bombo era el rey de la animación pipera de Mestalla, este joven extasiado al que algunos recordaran por asiduidad ante las cámaras como moscón secundario equivalía al responsable oficioso de puertas, accesos y vías de escape en caso de evacuación.

Su protocolo de entrada desde la época tuzoniana y hasta el titulo copero de Sevilla siempre fue el mismo: Este iniciaba tres horas antes del partido. Una vieja puerta seleccionada tras clandestinas pruebas barriobajeras, un empujón eficaz desde abajo y el How-Know de un experto doctorado en la universidad callejera en la materia del cómo, cuándo y por donde se podía acceder al campo sin pagar entrada.

Así funcionó, año tras año, temporada tras temporada. Desde el Trofeo Naranja a la copa de la UEFA. Las reformas rogistas no se le resistieron. Es más, en esa época se permitió el lujo de premiar a sus amigos de acompañarle y conocer in situ sus cualidades. Pero eso sí, la prueba irrefutable de cada partidos era salir enganchado a la valla de seguridad celebrando el gol. Esa imagen suponía la constatación de que el reto, una jornada más, había sido superado.

Desconozco si alguna vez fue cazado in fraganti en pleno proceso de entrada o si actuó de asesor en la reubicación de abonados cuando llegó la Champions League. Lo que está claro es que si alguien se conocía Mestalla y todos sus sórdidos rincones era él. Con el paso de los años, la vida le invitó a otros derroteros; Aún así, su conocimiento del recinto era tal, que cuando los vecinos murmuraron que oían ruido dentro del campo las noches que no había partido, le señalaron en su inconsciente. Lo mismo que cuando se produjo una falla anticipada en el banquillo visitante en víspera de un VCF- R. Madrid. O incluso, cuando durante unos días, los trofeos que lucían en el Palco VIP fueron prestados y devueltos con nocturnidad en los terrenos de Paterna, resguardados en una caja de cartón, ante la alarma social generada.

Sospechas, sólo sospechas. Y es que al minotauro del viejo Mestalla le salieron envidiosos enemigos del poder y la seguridad en un laberinto en el donde se crió desde bien pequeño. Muchos osaron discutirle su falta de ética por no pasar nunca por taquilla y por su devoción hacia Luboslav, su único y reconocido dios, pero su carisma en el graderío y como no, delante de las cámaras, le resultó suficiente para seguir vivo en la memoria del viejo Mestalla.


Periodista deportivo valenciano
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dimecres, 19 de novembre del 2008

El día que fui alguien

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Article publicat a la pàgina web www.checheche.net arran la visita d'un dels seus integrants a la Llotja VIP de Mestalla al partit València CF - RCD Mallorca disputat el 21 de desembre de 2005.

Fotografia: José Chavero.

En el caso de los caballeros es aconsejable chaqueta y corbata”, reza la invitación. No importa. Ese maldito disfraz lo llevo a diario por obligación, así que para allá me dirijo con mi invitación.

La llegada:

Puerta principal en el centro de la fachada del recinto. Tras superar el pasillo de cordón azul sobre postes oro, un tipo encorbatado con minglanillo en la oreja da el visto bueno a mi invitación y a mi vestimenta. Presto subo las escaleras, al final de las cuales una enorme puerta de maderas nobles me franquea el paso. Sólo el paso del cordón azul sobre postes oro ya hace que empiece a sentirme alguien en esta ciudad.

Entro en una gran sala ¡¡¡con calefacción!!!. Junto a las paredes, largas mesas exponen diversos canapés (-Sr. Presidente, el jamón de pato estaba un poco correoso-). Cuando fijo la mirada en unos apetitosos minibocadillos de morcilla una cara conocida y triste cruza por delante, se trata de Marco Di Vaio (-bonito pendiente, ¿dónde dejó su corbata?-). Deambulo por la estancia y no veo más que caras conocidas, trajes y relojes caros y pelos engominados. Entre canapé y canapé se escuchan frases del tipo "veré lo que puedo hacer", “esa opción de compra no me pareció suficiente…” o “llámame al despacho mañana…”. Pedro Cortés luce su envidiable pelo (¿productos “Enri” tal vez?) mientras reparte falsas sonrisas por doquier. En las diversas tertulias hay otros personajes, como Soler padre…

Ya me he tomado un par de frías cervezas de barril (-¿zona libre de las restricciones al alcohol en los estadios?-) y busco el baño. Es en el piso de arriba. ¡¡¡Por Dios!!! ¡¡¡auténtico parquet!!!. ¡¡¡Para ir al baño hay piso de parquet!!!. Incrédulo abro la puerta. Estoy preparado para encontrarlo limpio (cosa imposible en otras zonas del estadio), incluso para lavarme las manos en un lavabo de diseño… para lo que no estoy preparado es para secármelas con una auténtica toalla de rizo (-digo yo si las traerá Caneira de Portugal-). Disfruto el momento y pienso que ya tengo un nombre en la vida valenciana…

Se acerca la hora del encuentro y acudo a mi localidad: asientos ¡¡¡cómodos y con reposamanos!!!, suelo aislante ¡¡¡y limpio!!!. Acudo a una de las muchas morenazas que atienden a los asistentes (-apuntad que al Jefe de Recursos Humanos la gustan morenas-). Me asignan mi localidad y ... he aquí lo mejor. A mi derecha en la fila anterior a la mía tengo al presi con su pantalla de plasma (-digo yo si con el nuevo estadio nos pondrán una pantalla de plasma a cada uno-). Cada vez me siento más importante en la sociedad valenciana. A este paso me entrevistará Julio Tormo…

Los personajes:

Vayamos con la fila justo delante de la mía: Delante de mí el ínclito Barrachina, a su derecha el sr. Lucas, a la derecha de éste el ladrillopresi, y después el presi del Mallorca. A la izquierda de Barrachina el concejal Domínguez, y a su derecha otro concejal cuyo nombre no recuerdo.

Mi fila: Un par de asientos a mi izquierda el Sr. Subirats muy interesado por su móvil. Entre él y yo un señor que no sé quién era pero parecía muy importante y la persona que me invitó. A mi izquierda asiento vacío, después un, según me dicen, alto cargo de Hacienda; a su lado un directivo italiano (-Sr. Cicchella, llega usted tarde-).

Si miro a mi alrededor veo más caras conocidas: Di Vaio, Curro Torres, Carboni… el conseller Blasco, algún político más que conozco de cara pero cuyo nombre no recuerdo, Ángel Casero (que se abraza con el concejal cuyo nombre no recuerdo pero creo que lo es o fue de Deportes), y algunos más personajes conocidos que ahora mismo olvido. Los que no conozco son gente variopinta y dispar… unos llevan trajes caros, otros relojes caros, unas abrigos caros, otras joyas caras, unos pelo engominado con raya, otros pelo engominado hacia atrás. Vamos, lo normal de cualquier reunión de amigos de barrio.

Empapado de glamour me dispongo a ver el partido con la ventaja que supone ver las jugadas dudosas repetidas en la tele de plasma del sr. Presidente.

La piedra y ella:

Una gigantesca y fulgorosa piedra se acerca hacia a mí y se aposenta en el asiento vacío de mi derecha. Tengo que cerrar los ojos para que no me deslumbre… (-que manden Scotland Yard a la Torre de Londres, debe faltar allí la Reina de África-). Al poco me apercibo de que hay una mujer a la piedra pegada. Llega tarde la miembro (¿o miembra?) de la directiva. Será porque además de la piedra lleva en sus dedos y muñecas toda la producción sudafricana de diamantes del último año. No para de hablar por su móvil de futura generación (-debe costar casi tanto como la piedra-). En la segunda parte no se sienta a mi lado. Debo de ser poco para su anillo…

La distinción y el glamour empapan todo mi ser. Vivo sin vivir en mí de la emoción…

Conclusión:

Ya me siento realizado. Para ver la repetición de las jugadas tengo que mirar por encima del hombro al Presidente, me he sentado junto al mayor diamante de la tierra, me he codeado con sonrientes políticos, he pasado un rato rodeado de gomina, he bebido cerveza en el estadio, he comido canapés, bellas azafatas morenas me han dirigido sus sonrisas, he pisado parquet, me he secado las manos con una toalla de rizo… hasta me ha sonreído Barrachina. Ya soy alguien, ya tengo nombre en esta ciudad, ya tengo un hueco en la jet-set… ya soy un VIP.

“Los elementos de animación, como bufandas, banderas o similares, no están permitidas en el recinto” dice la invitación. Vale, ya soy un VIP. Pero para ver el fútbol en Mestalla prefiero mi localidad habitual. Basta leer lo que dice la invitación para entenderlo. Y además dudo que vuelvan a invitarme. (23-XII-2005)


Jorge Ramírez
Socio del Valencia CF
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