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dimarts, 23 d’abril del 2019

LA BALADA DEL BAR TORINO




Admito que cuando empecé a leer el libro de Rafa Lahuerta lo hice con prevención; un cierto escepticismo me impulsaba a dejarlo para más adelante, cuando quedaran lejos los fastos del Centenario. No obstante, como aficionado empedernido, picado además por las buenas críticas de la obra, decidí sumergirme en la lectura aprovechando los tiempos muertos de aeropuertos y autobuses. Lo acabé en pocos días, con la satisfacción y el disfrute de cuanto allí se dice, pero también con una envidia sana, pues no niego que me hubiese encantado ser el autor. Porque Rafa Lahuerta, además de escribir francamente bien, con soltura y un ritmo narrativo acorde a la obra, se ha planteado un ejercicio de sinceridad a raudales, con el corazón en la mano, o para no incomodar a los puristas del lenguaje, con la mano en el corazón. Todo lo contrario a mi impostura de autor de ficción al cual le da pánico escribir con sinceridad sobre vivencias y acontecimientos experimentados y, para remate, imbricarlos, o para ser más exacto, hacerlos confluir en el club de sus amores, el Valencia C.F., una especie de bote salvavidas al cual Rafa Lahuerta se ha asido en momentos azarosos de su vida, permitiéndole salir airoso y avanzar en su crecimiento como persona, pero también en la condición de personaje público. 


La balada del bar Torino, atendiendo a las indicaciones del autor, es una obra que ya tenía en mente muchos años antes de salir publicada la primera edición, en octubre de 2014 (hoy cuenta con cuatro), seguramente desde que decidió desvincularse del grupo Yomus, cuando se radicalizó en la década de los noventa. Rafa Lahuerta se vuelve más reflexivo y se percata de que siendo un miembro importante del colectivo de animación, ha perdido parte de su libertad para actuar en conciencia, algo que justifica a lo largo del libro. Un libro que en mi modesta opinión, más que una novela (hay cierta inventiva y metáforas hermosas), se trata de una autobiografía honesta, a través de la cual nos evoca plazas, calles y rincones de otra Valencia que todavía daba la espalda al mar, de la esquina de la calle Gorgos con la de Rubén Darío, del barrio del Mercat, de la calle Cuenca, de sus años en la panadería familiar, sus andanzas por la eterna calle Zurradores, de su otro abuelo Manolo, de su madre y hermanos, de su padre, actor fundamental para entender su fidelidad sin límites al Club, de sus años viviendo en la inquietud, de sus amoríos primerizos y por encima de todo el Valencia, C.F., meta y muleta para levantarse una y otra vez, pues nos recuerda que él es socio desde que nació en 1971, una marca indeleble de la cual es imposible renegar, por tanto uno ha de convivir con ella lo mismito que se le hace sitio a un lunar caprichoso, o a una calva prematura; lo contrario es un disimulo difícil de creer: mejor el tumulto de una multitud que ha hecho del Valencia C. F. la válvula de escape, aunque a veces sea errática y nos dé disgustos que se pasan en pocos días. 

A lo largo de las más de doscientas páginas, además de relatarnos sin tapujos los recuerdos más indelebles de su vida, Lahuerta aprehende fechas cruciales y efemérides más significativas para el valencianismo, recordándonos que un siglo da para mucho. También nos advierte del pedigrí familiar que entronca con las raíces valencianistas, ahí la amistad antigua de su tío Vicente con el mítico Vicente Asensi, hasta el punto de especular con la posibilidad de que la firma del primer contrato como profesional del miembro de la Delantera Eléctrica lo hubiera firmado en realidad su tío, o que por el Forn de la séquia se dejaran ver Pìo y Amadeo. De las vicisitudes de presidentes incomprendidos, del lastre de presidentes nocivos para la entidad, de infinidad de partidos asistiendo a Mestalla, de finales felices y finales malditas, de Kempes, santo y seña del valencianismo, de Puchades, del malogrado Vicente Peris, de la pirotecnia que es el Club, de la afición, a veces tan bipolar. Porque al fin y a la postre todo parte de una idea tan feliz como alocada, la de la fundación del Valencia en el hoy desaparecido Bar Torino, un homenaje de facto a las raíces del equipo che. 

Un libro, en resumidas cuentas, de obligada lectura, más tratándose de un seguidor del Valencia que no quiere olvidar el pasado, pero también quiere compartir las emociones y revivirlas merced a la extraordinaria obra. Gracias Rafael Lahuerta por este libro tan auténtico escrito con el corazón en la mano, o con la mano en el corazón. 

Julio Mauriz Nieto

dissabte, 9 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 27

A FER LA MÀ, AMICS

Me he relajado. La clasificación para la final de copa me ha sacado de la realidad competitiva. De hecho, tras eliminar al Betis ni siquiera sentí euforia, más bien alivio. Volver a una final me parece una manera perfecta de cerrar un ciclo. Ya estoy preparado para otra travesía en el desierto, independientemente de que se gane o no en Sevilla. Lógicamente no espero ni comprensión ni apoyo, tan sólo que se me permita hacer mutis por el foro sin grandes reproches. No sirvo para el recurrente Ganar, ganar y ganar. En ese sentido soy un pésimo ejemplo, un hincha amortizado, alguien que sueña con el retiro dorado de la última fila, sin twitter, sin columnas en prensa, sin dramitas recurrentes cada vez que se pierde un partido. Soy un gran conformista, lo siento. Lo que me hace sufrir es la desafección, pero no las derrotas. Y nada engancha y fideliza más que jugar finales. Una final, volver a una final, será gasolina suficiente para los próximos años, tiempo suficiente para que se renueve la nómina de opinadores más o menos ilustrados que tiene el VCF. En ese sentido también estoy un poco cansado, fundamentalmente porque ya no tengo nada que aportar. 

Por sentido de la responsabilidad he mantenido cierta presencia pública, pero estoy agotado de repetirme. No quiero ser la viuda de La Balada del Bar Torino. Ese peso en la mochila desapareció el jueves pasado en Mestalla. Y con ese peso las ganas de escribir acerca del VCF. Me gusta que le vaya bien al Valencia para poder olvidarme del Valencia. Así que esta será la última jornada que escriba crónica. No tengo nada más que decir salvo una cosa: la marcha del 18 de marzo es el acto más importante del Centenario. Es un acto gratuito que sólo cobrará valor si la gente responde. Si el pueblo de Mestalla no está a la altura y llena las calles masivamente, todas las críticas vertidas hacia la propiedad por no haber invertido tiempo y dinero en un Centenario más vistoso y atractivo, carecerán de valor. Nos vemos en la calle el día 18. AMUNT

Rafa Lahuerta

dissabte, 2 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 26

ABRIL DE 1984 

Justo ayer tarde anduve sin internet. No tener internet en casa ha sido durante mucho tiempo mi gran diapasón. Estar sin red me ha facilitado vivir al margen del ruido y la furia que genera la actualidad. Justo ayer, por algunas horas, volví a esa dimensión. Intentaba escribir pensando en los Valencia-Athletic de Bilbao vividos en Mestalla, pero era la vuelta copera contra el Betis la que concitaba todos mis temores. No fue un buen presagio. Lo primero que se me cruzó por la mente fue la final de copa de 1977, un Betis-Athletic que acabó 2-2, precisamente 2-2, como en la ida de hace 15 días en el Villamarín. Aquella final, de sobra lo sabes, la ganó el Betis por penaltis. El duelo Iríbar-Esnaola fue un western memorable que se decantó hacia el segundo. Recuerdo que vimos la final en el horno, en una pequeña salita donde hacíamos vida. Yo tenía 5 años y medio. Al piso, todavía sin amueblar, sólo subíamos para dormir. Había demasiadas facturas que pagar y lo primero era asentar el negocio. El único lujo, bendito lujo, era ese televisor en color que mi padre había comprado en otoño para poder ver el Barça-Valencia de infausto recuerdo, 6-1. Así anduvimos unos 3 ó 4 años. No era muy cómodo, pero yo lo recuerdo con enorme cariño. Algunas noches me quedaba dormido viendo la tele y mi padre me subía a la cama en sus brazos. Propuso hacer una escalera interior para ganar en confort y evitarnos salir a la calle en plena noche, pero mi madre se negó; era demasiado costoso. Sí recuerdo, con absoluta precisión, que la de 1977 fue la primera final de copa que vi. A mi padre le daba un poco igual quién ganara, y a mí también. Ese triunfo del Betis fue el punto de partida de la célebre Marcha Verde, libro de culto del beticismo durante lustros. Cuando lo leí a finales de los 90’, el fútbol ya era asignatura obligada en los colegios. 

Ayer, la tarde de las semifinales de copa crecía al otro lado del ventanal con algo parecido a la calma, una calma tensa, por supuesto. Intentaba escribir sobre esa imposición ilustrada del fútbol cuando me llamó un buen amigo para darme una mala noticia. A veces, las malas noticias tienen el poder de neutralizar la ficción avasalladora del fútbol. Me pasa mucho últimamente. El fútbol me atrapa pero la realidad me devuelve al lugar exacto de la trama. La trama es esta vida de mierda que nos obligan a llevar. No hay mucho espacio para la imaginación. Por supuesto, un partido de fútbol no tapa casi nada. Me quedé jodido. La tarde seguía siendo primaveral y la playa lucía colores de finales de abril. Que abril se imponga a finales de febrero tampoco es una buena noticia. Últimamente casi todo son malas noticias. El tiempo pasa veloz y nos volcamos en pequeños simulacros de salvación que no salvan a nadie. Por un momento dejé de sentirme hipnotizado por la fiebre de estos once años persiguiendo zanahorias en noches de poco fútbol y peor circo. Sinceramente, hubiera preferido seguir en esa noria. Vivir en la burbuja de los propios fraudes es una actitud de lo más saludable digan lo que digan los psicólogos de guardia. O te evades tú con tus elecciones o te evaden ellos con sus trampas. La lucidez no ayuda mucho. La crisis no es un lugar común, la crisis es ya el único lugar. La precariedad se ha impuesto como mantra canónico. Cada vez más regurgita la certeza de que no somos nada y no pintamos nada. Nos han arrollado en nombre de su ley mercantil. El mundo tal cual lo conocemos se sostiene sobre parámetros patológicos y deficitarios. Es la economía chalaos, es la economía. La felicidad es una tregua y una mentira hilvanada con palabras y momentos cada vez más efímeros. Sin poder evitarlo perdí algo de interés por el partido, el partido que llevábamos 11 años esperando. O lo que es peor, el interés se mezcló con cierto malestar, un malestar de naturaleza más adulta, menos infantil. Estuve a punto de quedarme en casa pero pensé que eso no ayudaría en nada a nadie. Ni siquiera los pequeños sacrificios encuentran ya el reflejo de los altares. 

Justo antes de partir hacia el Gol Gran recordé que mi amigo, el de la llamada telefónica, uno de los mejores cronistas que tiene esta ciudad, debutó en Mestalla con un Valencia-Athletic. Era abril de 1984 y la ciudad tomada por las huestes rojiblancas olía a azahar. El Athletic se jugaba la liga, era domingo de Resurrección y es muy posible que en alguno de los pasillos interiores de la vieja Numerada ambos coincidiéramos de la mano de nuestros respectivos padres. Él, apenas un niño de 6 años; yo, un preadolescente de 12. Esa tarde, lejana pero a la vuelta de la esquina, también es la magdalena de Proust. Si nos quedamos sin poder leer a los mejores en nuestros periódicos de referencia, apaga y vámonos. Y sí, estamos en la final de copa, pero eso ya lo sabes. 

Rafa Lahuerta

divendres, 22 de febrer del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 25

16 DE AGOSTO DE 1977.

El sábado 16 de febrero cerró La Edad de Oro. Como era pertinente fuimos a rendirle pleitesía por última vez. Allí se quedó el banderín que Vicente Peris le regaló a mi padre, el mismo con el que su hija Merchina y yo nos fotografiamos el día de la presentación de La Balada del bar Torino, en octubre de 2014. A Juanjo se le notaba emocionado. Son más de 30 años siendo el Rock & Roll de esta ciudad y el futuro ya no es lo que era. Hay personas a las que sólo puedes querer: Juanjo Almendral es una de ellas. De niño jugaba a colarse en Mestalla. Vivía encima del cine Alex, en la confluencia de Cardenal Benlloch con Blasco Ibáñez. En los festejos de la liga de 1971 fue de los primeros en saltar al césped. No era el equipo de la ciudad el que ganaba el título, era el de su barrio. Después ensanchó la mirada. Los libros, la música, la mística de la Valencia canalla que latía al otro lado del río. 

El 16 de agosto de 1977 Juanjo estuvo allí. El VCF de un Kempes rutilante y estelar desarboló por completo al Honved de Budapest. Valencia estaba desierta, pero Mestalla vibraba como una olla a presión. De madrugada empezaron a llegar los rumores: Elvis Presley había muerto. Lo demás ya lo sabes. El Mito, la fantasía, la leyenda. Entre la inmortalidad de Elvis y la efervescencia de Kempes, Juanjo dejó de ser el adolescente eléctrico que se asomaba a la Bahía de nadie. El paseo al mar moría ante su balcón y la banda sonora que destilaba la madrugada de agosto mutó en una marea tóxica de frenazos de camiones justo delante de su portal. Nadie le puso título a la canción, pero El Semáforo de Europa era una serpiente que recorría la ciudad de norte a sur. A media tarde, la terraza del bar los Checas parecía un suburbio de Memphis. Cervezas, tramussos, desarrapados de los cinco continentes que vendían su sangre por un bocata de mortadela. El paisaje era caótico, inspirador, fronterizo. Junto al bar persistían intactas las vías, pero los trenes ya no circulaban por ellas.

Entre ser Kempes o ser Elvis, aquel muchacho desgarbado y atípico eligió ser Juanjo de Oro. Hizo lo más difícil: inventar una ciudad que no existía. A la manera de Italo Calvino y sus ciudades invisibles, rescató garitos y alargó madrugadas. Continental, La Marxa, La Edad de Oro. Leyó a Borges, dio la vuelta al mundo, adivinó antes que nadie que el 6-0 de junio de 1999 pasaría a la historia como el día de San Marino. Mientras tanto, guardó el secreto de Elvis confinado en un pueblo olvidado de Murcia y custodió el tesoro del jamón tatuado con el careto del Rey. De la calle Generoso Hernández se trasladó a la colonia nazi de la calle San Jacinto, territorio envuelto en la bruma del consulado alemán en Valencia durante los años de la II Guerra mundial. En el viejo Almacén volvió a brillar el rótulo de La Edad de Oro. Seguramente también fuimos felices, pero no tanto. En la calle San Jacinto se presentaron 3 libros de temática valencianista. El Amunt! de Alfonso Gil, las 25 historias de José Ricardo March y La Balada del bar Torino. Para cerrar el círculo, Cisco Fran grabó en sus entrañas la canción que resume todos los 16 de agosto en Valencia, “Nostalgia de Bell Ville”. Ahora toca escribir otro capítulo, una nueva Edad de Oro a la que confiarle el poco o mucho futuro que nos pueda quedar. A menudo fabulamos sobre la gran novela que nunca hemos leído dedicada a nuestras calles. Llegado ese punto siempre se me impone Juanjo de Oro. Él es esa novela. 

Rafa Lahuerta

dissabte, 16 de febrer del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 24



CLÁSICOS QUE NO TE CONTÉ.

A mediados de los años 80’, los Valencia-Espanyol se convirtieron en partidos de culto, regresando de golpe todo el encono larvado desde los años 60’, cuando el equipo perico partió por la mitad al mítico Valencia de Barinaga. Dicen los más viejos que nunca jugó tan bien el Valencia al fútbol como durante esa primera vuelta de la 65-66, la de Barinaga como entrenador. El hechizo se rompió durante un Valencia-Español jugado en diciembre de 1965. Ganó el Valencia, pero el precio a pagar fue muy alto. Tras ese partido, cuajado de lesiones y expulsados, el equipo se deshizo como un azucarillo. Finalmente, Barinaga fue sustituido por Mundo. De alguna manera, ese choque violento y tenso degeneró en algo más durante las siguientes temporadas. En el excelente libro de Paco Lloret, “Mestalla momentos mágicos”, se recoge con detalle la hostilidad con que se recibía al Español en el bienio 67-68. Hay una pancarta dedicada al portero blanquiazul que lo resume todo: Romero, tu padre. Huelga decir que la palabra que falta es un dibujo, el dibujo de un toro de generosa cornamenta. El descenso a segunda del Español en 1969 atenuó la rivalidad, que regresó multiplicada por mil en 1983, cuando Sarriá pasó de los gritos de tongo, tongo con el 0-2 a los de A segunda, a segunda tras el 5-2 final. Entonces, esas afrentas colectivas no eran tan habituales y el valencianismo en masa tomó número y matrícula. La primera vez que el Español jugó en Valencia fue poco después, en octubre de ese mismo 1983. Mestalla se tomó aquello como una final y el equipo respondió con creces. El 4-0 desató la euforia y las ganas de revancha. Pocas veces he visto un Mestalla tan encendido en un partido jugado en octubre como el de aquel domingo. Los gritos de A Segunda, a segunda atronaron durante minutos. En la vuelta, el VCF ganó 1-2 con incidentes en las gradas. Incidentes que volvieron a repetirse de manera habitual durante los siguientes años. En la 84-85 el partido de Mestalla quedó desdibujado por la jornada de huelga, un 5-1 que sirvió para que Carlos Arroyo se presentara en sociedad ante la parroquia. Peor fue en la 85-86. El partido de liga acabó con empate a cero. Fue un sábado noche. Los ultras del Español se colocaron en la esquina del gol norte, a pocos metros del viejo Yomus. En el descanso sucedió lo inevitable. Bastonazos, carreras, avalanchas, quema de banderas. Sólo cuando apareció la policía se calmó la situación. Posiblemente, fueron los incidentes más graves dentro de Mestalla en toda su historia; ni siquiera lo sucedido el día del Manchester Utd en septiembre de 1982 fue parecido. 

Acabada la liga, con el VCF en segunda, vino el enfrentamiento de copa de la liga, aquel engendro que no cuajó. En la ida, el Valencia se mostró implacable y arrasó 5-2. Fue una jornada que ahora nadie comprendería. El equipo estaba descendido pero el ambiente en los partidos de copa de la liga era de extraña y anómala adhesión, como si no hubiera pasado nada. De hecho, ese partido contra el Español fue el mejor de la temporada. En la vuelta, los coches con matrícula de Valencia lo pasaron mal. Creo, si la memoria no me falla, que fue el día en que el periodista de InterValencia, Enrique Martínez, fallecido prematuramente a los pocos años, resultó agredido en las inmediaciones de Sarriá. La tónica se mantuvo durante los siguientes años. Tensión e incidentes. Con el cambio de siglo algo cambió. El Español ganó la copa en Mestalla y el valencianismo se sintió campeón de liga con los dos goles de Baraja en aquella noche inolvidable de abril de 2002. Los recuerdos se volvieron amables por ambas partes. Los últimos partidos en Mestalla han sido anómalos. No recuerdo arbitrajes tan caseros a favor del Valencia como contra los pericos. Es una rara tradición. El domingo volveremos a celebrar una edición más de este clásico sin literatura. En la última fila de Mestalla haremos la digestión. Primero, como mandan los cánones, nos comeremos un arroz a ras de mar. 

Rafa Lahuerta

divendres, 8 de febrer del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 23

AMARCORD

Esta jornada me ha estallado en la cara, así que tiraré de memoria y evocaré los Valencia-Real Sociedad que recuerdo hasta el año del descenso de la Real, precisamente en Mestalla. Escribo de memoria y sin consultar. Si hay errores no dudéis en señalarlos. 

77-78----(0-1) Primer día del año. Viene mi tío con nosotros. Ovación de gala a Claramunt cuando sale en la segunda parte, seguramente su última gran ovación. 

78-79---(1-0) Domingo tarde noche. Televisado. Posiblemente, el último partido en blanco y negro que se televisa desde Mestalla. No recuerdo quién marca el gol. 

79-80----(0-0) Arconada en modo estelar. La Real Sociedad alarga una semana más su espectacular trayectoria como equipo invicto. Sólo perdería un partido, en la penúltima jornada, frente al Sevilla. 

80-81----(3-2) Primer partido de liga. Sábado noche. Partidazo de Solsona. Tras ir 3-0 la Real acorta distancias gracias, entre otras cosas, a los errores de Pereira. El héroe de Heysel empezó fatal la temporada. En la grada dicen que es porque se ha casado. Cuando acaba el partido los carniceros y yo cantamos en la puerta del bar Los Checas una canción que nos hemos inventado hace poco: “Arsenal, Arsenal, somos los folloneros”. El recuerdo de la Recopa sigue vivo. 

81-82----(1-2) Domingo tarde, mes de abril, nublado. Única derrota en casa en toda la temporada. Para la Real, victoria determinante de cara al título de liga. 

82-83-----(2-1) Domingo tarde. Primera jornada con peñas tras la portería del gol norte. Muchas banderas blancas y muchas tracas. El 2-1 llega en el último minuto tras galopada de Carrete. Mucha tensión en la grada. La preocupación de un posible descenso empieza a notarse. 

83-84----(2-1) Domingo de octubre. Ambiente de gala. Al acabar el partido el Valencia es líder. Es la primera vez desde 1977 que veo líder al Valencia. Emoción indescriptible. Lo anuncian en los videomarcadores. El liderazgo sólo durará una semana. 

84-85-----(2-0) Sábado noche. Partidazo de Roberto. 

85-86------(3-1) Sábado noche. Primera vez que veo a la Real Sociedad sin Arconada. Juega Elduayen. Se nota. 

86-87-----No se juega al estar el VCF en segunda. La Real gana la copa en Zaragoza frente al At Madrid. 

87-88------(0-1) Domingo tarde, domingo de Cridà. Pésimo Valencia. Preocupación en Mestalla. Después del partido encendemos una bengala en la puerta de la discoteca Jardines del Real. Las pijas gritan asustadas. 

88-89-----(1-0) Domingo 1 de enero de 1989. Un Mestalla de resaca. Marca Eloy a última hora. 

89-90-----(3-1) 1989 se cierra en Mestalla como se inició, con un VCF-Real Sociedad. Buen Valencia bajo la lluvia y golazo de Tomás. Último partido que mi padre ve en directo en la grada de Mestalla. 17-12-1989. 

90-91-------No recuerdo. 

91-92--------No recuerdo. 

92-93--------No recuerdo. 

93-94----(0-0) Domingo tarde. Por la mañana voy a los Albatros a ver Amarcord, de Fellini. El Valencia fatal. En plena crisis post-Kalsrhue. 

94-95-----(4-2) Domingo tarde. El Gol Gran le dedica una pancarta a la novela de Ferran Torrent, “Gràcies per la propina” 

95-96----(0-1) Domingo tarde. Portentosa actuación de Alberto, que salva a la Real de una goleada de escándalo. Mestalla despide al Valencia con una gran ovación. 

96-97-----(0-1) Primer partido de liga. Sábado noche. Flojo Valencia. De madrugada, no me digas cómo, acabo en Mister Chus. 

97-98----No recuerdo. 

98-99----No recuerdo. 

99-2000----(4-0) Golazo de Carboni de falta. Sábado noche. El Valencia desatado de la primavera de 2000. La Cuperativa en su momento de máxima brillantez. 

2000-01----No recuerdo. 

2001-02-----(4-0) Domingo tarde. Ambientazo en Mestalla. Se vislumbra la liga tras 31 años de espera. Golazo de Angulo y también de Mista acabando el partido. 

2002-03----(2-2) Sábado noche. La Real lidera la tabla. Partido tenso. Veo en la grada a mi compañero de pupitre hasta 5º de EGB, Dani Pérez. Será la última vez que nos encontremos. Dani muere en agosto de 2012. 

2003-04-----(2-2) Arbitraje lamentable. Domingo tarde. Pese a todo empate de gran valor logrado por Mista a última hora. El Gol Gran le dedica una pancarta a la familia Alcántara. Ese día está en el palco Pepe Sancho. Semanas después, “Cuéntame” se hace eco de la liga del VCF en 1971. Por la pancarta, explicará años después el genial actor de Manises. 

2004-05------No recuerdo. 

2005-06----(2-1) Sábado noche. Viene Eva. Hacemos pic-nic en la última fila del Gol Xicotet alto. Primera vez que me subo a las alturas. Intuyo que ese acabará siendo mi sitio en Mestalla. 

2006-07-----(3-3) Domingo tarde casi veraniego. La Real Sociedad desciende a segunda división. Confirmo que Lotina tiene cara de enterrador. 

Rafa Lahuerta 



divendres, 1 de febrer del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 22

29-1-2019, SI UNA NOCHE DE INVIERNO UN VIAJERO


(A Vicente Montesinos, que lo sabe) 

Volví al fútbol el día del Sporting. No veía un partido de competición española en la grada desde el año pasado, frente a la UD Las Palmas. La primera temporada de Marcelino la seguí de reojo, contento pero ausente, con miedo a pisar Mestalla. A veces me pasa. Saco el abono pero no voy al campo. Mi relación con el VCF es tan intensa y enfermiza que necesito distanciarme cada cierto tiempo. Cuando el equipo va bien me relajo y pienso en alejarme un poquito más. Después sucede algo y el veneno regresa. Suele ser el pánico a coquetear con el descenso lo que me arrastra al cadalso. Entonces subo a la última fila y confirmo lo que ya sé: el Valencia es un misticismo. En la última fila todo adquiere un valor telúrico. 

El martes la ciudad temblaba. El viento arreciaba y los mástiles de las banderas repicaban como campanas de réquiem. Al fondo, el Miguelete cobijaba luces y sombras. El martes, extrañamente, estaba iluminado. Desde Mestalla parecía un faro, el faro de la tradición, el faro de cierta e inevitable arrogancia: la justa para sobrevivir. 

Cuando marcó el 0-1 Molina pensé en todas esas variaciones de la estupidez a las que tan proclive suele ser el Valencia. Ese tiro en el pie también nos define. Es un punto autodestructivo, una impotencia que se gestiona mal porque la impotencia ni siquiera es melancólica y no permite el susurro del lirismo. Nuestra impotencia es una bronca sin medida, “un aneu a fer la mà” de dimensiones bíblicas. Me pasé 90 minutos pensando en esa digestión. Ese aprendizaje de la frustración y la humildad se lo debo al VCF. Han sido tantas expectativas y tantos fracasos que al final uno aprende a callar, a recomponerse en silencio, a digerir de la mejor manera posible los reveses. En otros clubs el fracaso es la norma y se digieren de una manera más natural. No aspiran a otra cosa que a no descender. Aquí no. Esa forma irracional de acumular expectativas fracasadas y mantener pese a ello la firmeza nos distingue. Es un rasgo de carácter que destila tanta insensatez como fortaleza. Es lo que somos. Toda esa rabia fue la que saltó por los aires en 2 minutos. 

Los mástiles de las banderas cambiaron el réquiem por el vincero de Nessun norma. Por un momento entendí que esa locura sin peaje era el gran festejo del Centenario, el llanto descontrolado, la carrera desquiciada por un sector del graderío en el que sólo estaba yo, la certeza de estar rodeado de miles de ausentes, de todos los Pablo Muga que siguen al Valencia desde la última fila de Mestalla. Ahí arriba, en lo más alto del Gol Xicotet, durante algunas noches de invierno, hay viajeros que, como en la novela de Italo Calvino, rozan el secreto. Con el 2-1 me dejé llevar por ese susurro del cuarto anillo, el senado celestial del valencianismo. Supe, entendí, y creo que fue una intuición compartida por todos los presentes en Mestalla, que el tercer gol iba a llegar por el propio impulso de la energía acumulada, una energía que adoptó la forma de rugido, un rugido que no admite réplica. El rugido de Mestalla asombra por su contundencia. Es un rugido de varias generaciones. Vertical, bronco, incontenible cuando se desborda. Un instante así va mucho más allá del éxtasis. No es un orgasmo. Un orgasmo es otra cosa. En un orgasmo hay cooperación necesaria de otro cuerpo. Pero un instante como el del martes en Mestalla te conecta con una dimensión espiritual a la que tienes acceso muy pocas veces en la vida. Lo sabes cuando sucede. Lo sabes cuando has nacido con esa camiseta, has escuchado a los tuyos contarte mil veces las mismas historias, has llorado de niño sin ser capaz de convertir esa pena en palabras o has vibrado en la calle sabiendo que tu equipo ha logrado un título. Parece ridículo, suena ridículo, lo es. Da igual. En noches como la del martes uno se vuelve llanto, alegría pura y tensa, abrazo de multitudes, parte de un todo que todo lo puede. Lo sabes entonces y lo sabes para siempre. Y es tan bonito, poderoso y embriagador que sólo cabe dejarse llevar por la corriente de euforia a sabiendas de que puede que no vuelva nunca más un temblor semejante. Es lo que es y conviene saberlo. Tras el colapso emocional llegó la hora del inventario. Es fácil y se resume en dos palabras: amor y gratitud por quienes nos hicieron del Valencia. Ellos empujaron a la red ese tercer gol. Si eligieron a Rodrigo no fue por casualidad. Es quién más lo merecía. Ese gol, y ya da un poco igual lo que suceda el resto del año, explica el Centenario. 

Rafa Lahuerta


divendres, 25 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 21

DE LO AMARILLENTO

Fue Vilareal, pero pudo ser Alzira, Xátiva, Ontinyent, Gandía, incluso Torrent. De alguna forma, ese espacio ya lo tuvo Alcoi, que por renta y burguesía urbana tenía todas las papeletas para haber consolidado un club en la primera división. De facto, y como lo he vivido lo recuerdo, un Mestalla-Alcoyano tenía mucho más tirón que un Mestalla-Vilareal. 

Antes de que los inventores de rivalidades nos arrollen con su verborrea mediática conviene decirlo alto y claro: el Vilareal en la élite es una gran anomalía. Su presencia es mérito de una buena gestión, pero también de las consecuencias del nuevo fútbol que nació tras la ley de sociedades anónimas de 1992. La trayectoria del club amarillo tiene un valor impostado, tan aparentemente impecable como emocionalmente limitado. Por muchas veces que nos hayan ganado en los últimos tiempos, mi percepción apenas ha variado. Le reconozco a los Roig la capacidad de haber construido una empresa solvente, pero las rivalidades futboleras se construyen en la infancia de los clubs. En ese sentido el Vilareal llega 80 años tarde. Un derbi o un partido de la máxima no se improvisa por mucho que la presión mediática intente crear escenarios paralelos. El fútbol sí tiene memoria, una memoria que traspasa los mesianismos y las quimeras. El Valencia CF se hizo maduro sin oposición. Posiblemente, esa ausencia de rivalidades locales enconadas y perdurables en el tiempo desde los años 20’ sea una de nuestras grandes señas de identidad. Para bien y para mal, ese desconcierto de equipo grande sin rivales locales ha condicionado nuestra historia. Con el Castellón, con el Hércules, con el Elche, con el Levante y también con el Vilareal, el VCF se ha movido entre la condescendencia y el paternalismo, sin saber muy bien cómo afrontar el envite del pequeño. Por contra, para el pequeño la estrategia ha sido siempre la misma: intentar desplazar al grande sin lograrlo. Al Valencia, esa soledad territorial le ha hecho muchas veces levantar el pie de la exigencia y la autoafirmación identitaria. Su hegemonía era tan evidente que no se tomaba muy en serio ni las amenazas de ser descabezado ni su propia grandeza. En ese páramo se ha sentido tan cómodo como poco exigido. Durante décadas ha carecido del hábito y de la necesidad que por ejemplo sí han tenido clubs condicionados por vecinos de similar estatura. 

Ahora que nota el aliento de equipos cercanos moderadamente bien conducidos y muy bien festejados por la Canallesca, mantiene los tics del siglo XX. En ocasiones la propia grada de Mestalla sigue atrapada en una especie de limbo patriarcal, sin saber muy bien cómo tratar al vecino respondón. Todavía nos sorprende la animadversión que provocamos y ese desconcierto genera más dudas que certezas. Hay una ambigüedad ambiental que nace de la ausencia de tradición. No sabemos tomarnos en serio rivalidades de nuevo cuño que secretamente nos incomodan pero tampoco nos mostramos firmes en la defensa de la hegemonía ganada a pulso. Contra esa ambivalencia, lógica por otra parte, la fórmula es bastante sencilla. Contención respetuosa en las formas y máxima exigencia en el vestuario y entre los profesionales del club para saber que el rival sí vive estas contiendas con un plus añadido de intensidad. 

Que la hostilidad metafórica no sea ni pueda ser simétrica no implica que no haya que tomarse los partidos con el mismo espíritu con el que lo hace el rival. Lo demás es lo de siempre: Ganar, ganar y ganar. Y una evidencia que el propio valencianismo debe hacer valer por encima de cualquier otra circunstancia: el fútbol no se inventó en el año 2000. 

Rafa Lahuerta

divendres, 18 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 20


CUANDO XOAN TALLÓN FUE DEL VALENCIA. 

Desde Cangas, Vigo parece Estambul. Sin embargo, una vez en Vigo, Vigo sólo puede ser Vigo. La ciudad del Celta tiene todas las anomalías que le pido a un lugar para enamorarme. Caos, lírica, musgo, urbanismo punitivo y desquiciado deslizándose hacia la bahía. En Vigo yo sería escritor, el escritor gallego que necesita el Valencia CF para ser el Valencia CF. Un escritor gallego es casi un pleonasmo. Todos necesitamos uno en nuestras vidas, aunque sea para convertirnos en dependientes de comercio o en refrito póstumo de una novela de Bernard Malamud. Un escritor gallego inventa la realidad cuando estás abocado al abismo. Después comprendes que la realidad no sirve para nada, pero por el camino haces amigos, te invitan a congresos y celebran banquetes en tu honor donde hay una rubia lánguida que te hace ojitos. Si es miope o no carece de interés. Tú crees que se ha enamorado de ti, y eso es lo que cuenta. 

Soy poco original, pero a ese escritor gallego le pongo siempre la cara de Xoan Tallón. Con un Xoan Tallón valencianista el mundo tendría sentido. Inventarle un pasado ché al autor de Salvaje Oeste es fácil. Basta con recurrir a Pereira, el Salinger de los porteros. El héroe de Heysel salió de Bruselas convertido en estatua para la posteridad, cuando él sólo quería pasar desapercibido. Años después se escondió en su aldea gallega. Un día, Tallón lo descubrió cogiendo setas por el monte. El primer partido que vi en la tele fue ese, el de tu penalti parado al Arsenal, le dice Tallón. Yo tenía 5 años. Como eras gallego y te parecías a Sandokan, me hice del Valencia. Pereira asiente en silencio. Ya me han descubierto, piensa. A condición de que guarde el secreto y no le haga ninguna foto, quedan a comer en casa Nisio, en Vigo. Obviamente, Pereira no acude a la cita. Tallón se resigna. En esa resignación crece la luz. En un moleskine hacendado color aceituna escribe la primera frase de un cuento: “Nunca te fíes de un portero con barba”. Es 1998 y todavía no ha escrito su gran novela de Valencia. Tiene el funicular, pero le falta el cable. Ya habrá tiempo, se dice. Si al menos Valencia estuviera en Valladolid. En la puerta, a punto de pagar e irse, coincide con Juan Sánchez, el Romario de Aldaya. En ese momento, el canterano del Valencia CF la rompe en Balaídos. El mucho alcohol bebido le da a nuestro escritor un punto de cordialidad que desarma a Juanito Sánchez. Hablan y beben, se hacen amigos. ¿Cómo es Mestalla, Juan? Pregunta el Tallón ficticio. Juanito piensa un poco. Es como el castillo de San Sebastián, si te caes desde la última fila te rompes los dientes. La respuesta fascina al escritor. A partir de ese día se ven con relativa frecuencia. Cuando Juan Sánchez vuelve a Valencia, el clon de Xoan Tallón le regala un libro, La incomprensión del comercio. Es un poemario breve escrito por Juan García Hortelano. Juanito, que lee poco pero es inteligente, lo abre al azar. “De esa noche conserva los mejores recuerdos, quizá de aquella otra noche que aún está por llegar”. Al leerlo siente un ligero escalofrío. Aún no lo sabe, pero la vida va a regalarle esa noche, la del 8 de mayo de 2001, la noche que todos hemos soñado en algún momento de nuestras vidas. El poema es su grito desaforado de gol rompiendo la barrera del sonido. Esa carrera hacia todos los lugares del mundo festejando el segundo tanto es la carrera más hermosa que he visto en mi vida. En su cara estalla la poesía, la rabia, la fe, el éxtasis. Mestalla se descuelga de felicidad. No hay palabras para esa felicidad. Las tribunas tiemblan, la ciudad tiembla, Juan Sánchez llora, todos lloramos. En Vigo, un escritor gallego del Valencia escribe el desenlace. Si lo piensas, es eso, sólo eso, lo que necesitas en tu vida, un escritor gallego que te la susurre al oído. A ser posible, tan bueno como Xoan Tallón. 

Rafa Lahuerta

divendres, 11 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 19

“SIXTO SÍ” Y ABELARDO MUÑOZ.



Fue el último fin de semana de agosto de 1985. Veníamos del homenaje a Saura y de la bronca a Sixto por parte de los amargados de siempre. Desde el viejo Yomus se activaba un soniquete invariable cada vez que atronaba la música de viento: ¡abuelos no, abuelos no, abuelos no! El ceremonial consistía en señalar hacia la tribuna agitando dedos como cuernos. Ese sábado empezó la liga con un Valencia-Valladolid. El equipo pucelano era un pequeño consulado chileno, con Yañez y Aravena en el campo y Vicente Cantatore en el banquillo. 

En el gol Norte triunfó la pancarta casera que trajo Luis, aún con pelo. Era corta, directa, taxativa: “Sixto Sí”. En la General de pie se veneraba a Sixto. Lo habíamos visto triturar defensas en el filial con su peinado new romantic al estilo ochentero y confiábamos en su enorme potencial. Era, con la venia de Cisco Fran, la gran esperanza blanca. 

Aquella noche salió en la segunda parte para revolucionar el partido. Durante muchos minutos el Valladolid fue superior y jugó mejor al fútbol. Sempere detuvo un penalti clave. Sin embargo, fue la salida de Sixto la que agitó el avispero. Mestalla reaccionó y se sumó al festín que activó la pancarta y el cántico de ¡¡¡Sixto sí, Sixto sí, Sixto sí!! Del 0-1 se pasó al 2-1 en apenas un cuarto de hora. Dos penaltis transformados por Arturo Sixto Casabona Martínez obraron la remontada ante el éxtasis de la tropa. El partido acabó con el canterano saludando al gremio libertino que lo había aupado con fervor. De madrugada, cosas de la edad, nos fuimos a la cama creyendo que la grada ganaba partidos. Todavía fue mejor dos semanas después, contra el Celta. Esta vez marcó los 3 goles de la victoria y se puso pichichi. 

Esa noche, el escritor Abelardo Muñoz subió al gol norte para tomar apuntes. Con cada partido del Valencia en casa, el autor de “Chaflán” firmaba una columna en la desaparecida Hoja del Lunes. Esas crónicas fueron lo mejor de la temporada del descenso. Inventó el génerode la novelita lumpen en Mestalla y alimentó la fábula de que se podía escribir desde el fútbol sin tener ni puta idea de fútbol. Su mirada fresca y su talento maquillaban cada lunes el desastre de un equipo que se desplomaba hacia el abismo. El día de autos se presentó como periodista en el núcleo caníbal del gol norte. “El Berga”, que tan sólo un año después defecaría bajo la luna en el círculo central del Javier Marquina en vísperas de un Castellón-Valencia, ejerció de anfitrión. Juntos, sentados en el paravalanchas, parecían los reyes de los suburbios en una época en que Valencia era todavía la capital mundial del Antiturismo. Muñoz tiró mano de su maestría para moverse entre tinieblas y se ganó al personal con su trato franco y desenfadado. Bebió de todas las cervezas que le ofrecieron, fumó todos los petas con que le agasajaron, se hizo un par de rayitas en el deslunado del balcón que daba a la calle Artes Gráficas, y tras cada gol del Valencia subió y bajó entre avalanchas que él mismo festejaba como si no hubiera un mañana. El lunes, no sé si fruto del ciego que pilló o porque no andaba muy bien del oído, tituló su columna “Los Yumas” en lugar de “Los Yomus”. No fue la mejor, pero las risas duraron semanas. A mí, debo reconocerlo, me ganó para su causa: ya no dejé de leerle nunca. De hecho, si sigo comprando la Cartelera Turia es sólo por su firma. 

Alguien con impulso y tiempo debería recopilar esos textos que Abelardo Muñoz escribió en su temporada de cronista en Mestalla. Ese libro sí merece la pena editarlo. La ironía, la lucidez, el gusto por el detalle inadvertido a los ojos del gran público escenificaban el estilo a la contraque Abelardo ha ido puliendo en sus muchos años de escritura nerviosa pero tenaz; y que le han convertido, sin duda, en el demiurgo por antonomasia de la Valencia más salvaje de la transición democrática.

Acabada la temporada 85-86 Muñoz desapareció de nuestros lunes al sol. Hizo su particular Bajada al moro y anduvo por Tánger bastante tiempo. Cuando volvió, su rostro evidenciaba la huella de cierta e inevitabledevastación. 

En 1994 le conocí personalmente. El Club Diario Levante organizó una mesa redonda sobre el poeta Eduardo Hervás y su Antología. Hervás, amigo y coetáneo de Muñoz, se había suicidado en 1972. Era, sinécdoque arriba, metonimia abajo, un poeta de culto. Era tan “de culto”que en la sala sólo éramos siete personas, incluyendo a los tres de la mesa. De los siete, en adelante “Los Siete de Hervás”, yo era el más joven;apenas tenía 22 años y medio, como Hervás cuando se quitó la vida. Alacabar la charla, y tras comprar el poemario del autor suicida y maldito, me acerqué al ponente Muñoz, demacrado, ojeroso, amortajado por una corbata de tonos imposibles. Una vez más, y he perdido la cuenta, se me metió dentro el demonio futbolero y mendaz que me obliga a mezclarlo todo con el puto Valencia FC. Tras asentar la voz con una leve carraspera que me hizo coger confianza, le recordé sus crónicas en Mestalla, así como la posibilidad de un regreso triunfal a la tribuna de prensa de la avda de Suecia. Entonces, desde un lugar parecido al sarcasmo o la piedad, me mirófijamente y dijo: joder, menos mal, creía que no las leía nadie. 

Rafa Lahuerta

divendres, 4 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 18

2019

Llego a 2019 agotado de fútbol. Hace 30 años lo imaginaba distinto. Me veía en la grada de Mestalla, con un puro y dos nanos de rabiosos ojos azules, celebrando bajo una lluvia de fuegos artificiales el centenario de nuestro equipo. Es posible, ahora me doy cuenta, que fuera uno de los primeros tarados en pensar en 2019 cuando 2019 era poco más que una película de ciencia ficción todavía por rodar. No sé si era defensa propia o ensoñación, pero el centenario del Valencia siempre estuvo presente en casa, al menos hasta que mi padre murió. Él lo utilizaba como frontera vital, yo como elemento de esperanza. En la misma semana de marzo en la que el VCF cumple 100 años, él debía cumplir 80. Ya entonces sabíamos que esa proyección tenía difícil cumplimiento. 

En 1989 el VCF era un club sano, pero él era un hombre enfermo. Si lo pienso, esa estampa recurrente de mi yo adulto acompañado por dos niños de ojos azules era una manera más de inmortalizar su presencia: me “futurizaba” a imagen y semejanza suya. Ahora que 2019 ha llegado descubro con estupor que no hay puro, ni hijos, ni tan siquiera el estricto VCF previo a las sociedades anónimas que él nos enseñó a amar. 

Sin ser lo mismo, sin parecerse en nada, algo similar le pasó a Max Aub cuando volvió a Valencia en 1969 desde su exilio mexicano. Encontró una ciudad que siendo la misma ya no era la suya, tal y como explica con dolorosa certidumbre en ese libro imprescindible que es La gallina ciega, diario español. 

Este verano, el 30 de agosto, se cumplen 50 años de aquel regreso de Max Aub a Valencia. El centenario trae consigo efemérides secundarias que sacralizan aún más la impronta de nuestro club. La de Max Aub no es la única. Empiezo 2019 releyendo Campo Abierto, la novela que inmortaliza a Vicente Farnals, socialista nada sectario, hombre de bien, jugador de fútbol, hincha del Valencia FC gracias a Montes y Cubells. Doy por descontado que ese retrato literario que Max Aub hizo del fútbol local sería pieza de museo en cualquier otro club menos cainita y desmemoriado que el nuestro. “El campo es duro: ni una brizna de hierba. La hierba para los vascos, aquí la pelota salta más. La controlamos mejor”. Doy por descontado que la militancia no se nutre sólo de resultados y títulos. Las palabras inventan la realidad, y el Valencia, pese a ser un club nacido en ambiente ilustrado, perdió esa batalla hace demasiado tiempo. 

Puede que la recuperación de Max Aub no sea el objeto social del VCF, pero es precisamente la consistencia de las palabras lo que da solidez a los proyectos. Leer a Max Aub no lleva implícito que el Valencia gane partidos, pero acota el escenario para que la charlatanería no nos imponga a la fuerza un escenario permanente de caos e infantilismo. Quizá la luz y el caos nos definan, pero ello no implica renunciar al mandato de la inteligencia que amplía la mirada y no ciñe el foco a lo efímero y lo superficial. Leer a Max Aub no sacará al Valencia CF de su ostracismo literario, pero te permitirá, querido lector, comprender mucho mejor algunas cosas. 

Ojalá en agosto, este próximo 30 de agosto, alguien tenga la bonita iniciativa de acordarse de él, de su regreso a la ciudad de la que tuvo que escapar acabada la guerra civil. Max Aub no marcó goles para el Valencia, pero hizo algo todavía más importante: puso al Valencia FC en el Olimpo sagrado de los clubs con novela propia mucho antes de que el boom literario-futbolero se convirtiera en pegajosa tendencia. Que casi nadie sepa quién fue Vicente Farnals es sólo una evidencia más de la desmemoria que nos ha traído hasta aquí. Por suerte, tiene solución. También el Centenario del Valencia es una buena excusa para leer a Max Aub, nuestro hombre en el estadio Azteca durante la gira valencianista de 1966 en México. Conviene recordarlo. Antes de que el mismísimo Andrés Calamaro le pusiera banda sonora, Max Aub ya estuvo allí. 

Rafa Lahuerta

dissabte, 22 de desembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 17

ALGUNOS HOMBRES BUENOS.

Gracias al bombo de Manolo supimos que existía el Huesca. Su escudo estaba serigrafiado en la piel del tambor, junto al del Zaragoza y al del Valencia. 

Durante décadas, el Huesca sólo tuvo un seguidor y vivía en el exilio, regentando un bar con vistas a la bahía de Mestalla. Con mucho menos, Kafka escribió El Proceso. 

La primera vez que vi ese escudo fue en Heysel. Esa noche Manolo estaba allí, animando al Valencia. En 1980, Manolo era el Curro Jiménez de las gradas españolas. Despertaba más admiración que rechazo. Después, el tiempo lo convirtió en caricatura, que es más o menos lo que nos pasa a todos. Esta semana he pensado mucho en ello, en como poco a poco nos vamos convirtiendo en nuestra propia caricatura. 

El martes vi Silvio, la película de Sorrentino sobre Berlusconi. Salí bastante decepcionado. La historia no levanta el vuelo en ningún momento y uno asiste a la parodia fracasada de una parodia real. El personaje más sensato acaba siendo un jugador de fútbol que duda entre fichar por el Milan o por la Juve. Todo no es suficiente, dice en un momento dado ante la sorpresa del magnate milanés. De fondo, la decadencia de un viejo que no acepta el paso del tiempo alimenta ensoñaciones que no vienen al caso. La película sólo me genera rechazo. 

Cuando llego a casa abro una novela de Clara Usón, El asesino tímido. Sandra Mozarovski, el rey Juan Carlos, Wittgenstein. Una historia desconocida pero verosímil atraviesa sus páginas. La impunidad y la locura, el eco de Match Point al acabar de leerla. No puedo dormir y recuerdo que aún no tengo nada pensado para la crónica del domingo. Es la primera semana que me cuesta escribir. Como sigo sin poder dormir, de madrugada me subo a la bici estática, que es el remedio a todos mis males. Escribo una idea inverosímil de Mestalla y el Puerto de Catarroja, como si ambos paisajes estuvieran secretamente unidos. Es una ensoñación recurrente, una más. Quiero creer que el Mestalla de 1940 es el Puerto de Catarroja de 2018. La acequia y la laguna, la ciénaga de la memoria. 

No estoy tan lejos de esos hombres que se convierten en su propia caricatura y formulan por escrito el balance de sus obsesiones. Después vuelvo a diciembre de 1980, a los días previos a la navidad. Recreo la semana en que fuimos campeones de la supercopa. Ese domingo nos visitó el Osasuna, que era, de alguna manera, el Huesca de entonces. Sucedió algo extraño. Por primera vez en mi vida preferí quedarme en casa viendo Tom Sawyer que asistir a Mestalla. Ganó el Valencia 4-1. Recreo esa semana y al mismo tiempo leo en UvaM un magnífico relato de JC Fernández Haba sobre el gran Pepe Vaello. Esta semana se cumple un año de su muerte. A los dos días de esa noche de insomnio, Merchina Peris me trae el libro que han publicado en su honor: Pepe Vaello y el Valencia CF. Nunca un homenaje ha sido tan merecido. Pepe Vaello fue un hombre bueno con una rara virtud: hacernos un poco mejores a todos. Aunque sólo sea por preservar su memoria, intentemos estar a su altura. Seríamos imparables.

Rafa Lahuerta

divendres, 14 de desembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 16

ARMISTICIO.

A veces paso por la calle de la Hiedra para escuchar el rumor ya imperceptible de las escopetas averiadas. Es un eco póstumo, de herramientas oxidadas y negocios que cerraron por defunción. Sólo si estás en el secreto de la vieja ciudad amortizada puedes comprender el tesoro que se esconde entre las ruinas. No es una guía turística. Es el regreso al barro, el instinto de supervivencia que ordenaba el afán de nuestros mayores. En esos paseos sostengo entre las manos el plano de una ciudad que ya no existe, pero que sigue siendo la nuestra. 

En la calle de la Hiedra, tan cambiada en pocos años, estaba el taller del padre de Paco Lloret. Esa armería era un reducto de Eibar en Valencia, polvorín escondido en el dédalo de callejones que acababa en el Mercado Central. La villa armera tenía en ese taller su ventana a las calles de La Dos Veces Leal. A pocos metros estaba el bar Oro. 

Un día, Waldo apareció por allí para darse un respiro (del latín follicare). A la salida del garito le esperaba el pueblo de Mestalla para ovacionarle. Nunca un polvo clandestino fue tan celebrado. Algunos anocheceres repentinos pienso en Waldo recorriendo el laberinto de la ciudad antes de que la propia ciudad se hundiera bajo sus cimientos y él mismo se extraviara en otro laberinto sin salida. Ese laberinto es el Centenario, el sentido del Centenario: recuperar la memoria, sanar a través de ella, dotarla de sentido para que nos haga mejores, menos volubles, más consistentes. 

A veces hablo con el hijo del maestro armero sobre estas cuestiones. Nos une el respeto por nuestros mayores y la fascinación por la cartografía de la ciudad que heredamos. No es fácil proyectar a la opinión pública ese tipo de conversaciones. Lo que parece nostalgia es memoria y lo que parece simple efeméride es impulso para seguir adelante. Ese empeño no siempre es bien comprendido. La actualidad parece obligada a construirse desde la urgencia, la ansiedad, el exceso. Posiblemente, el Centenario es la última gran oportunidad para frenar esa espiral tóxica y recuperar una medida más humana de hacer las cosas. Todavía hoy no sé lo que esperamos de la celebración. Más que la grandilocuencia de los grandes fastos, el Centenario es un ejercicio de introspección del propio club, y, por tanto, de sus fieles. Sería más fácil con buenos resultados, pero 100 años de historia exigen una mirada más metafísica, que no ponga todos los huevos en el cesto de la competición. 

La historia del Valencia merece que la temporada no quede anulada por un equipo futbolísticamente diezmado. Por desgracia, no sé si estamos en esa onda. Lo que se le exige al Valencia es siempre algo que ni nosotros mismos nos exigimos en el día a día. Ponemos en él más frustración que paciencia, más expectativas que realidad. No sé si eso es amor. Tampoco cumple 100 años una entidad estable. Los cumple un club cogido con alfileres, cuya aristocracia social y económica le dio la espalda en el momento en el que más responsabilidad y seriedad exigía la situación. Cumplir 100 años con una presidencia que hace un lustro apenas sabía qué éramos exige que la afición adopte un papel protagonista en grado sumo. Y esa responsabilidad pasa por ver al Valencia con mirada comprensiva y afectuosa. Es decir, al Valencia por encima del actual Valencia, aún a sabiendas de que el actual Valencia es una consecuencia de anteriores Valencias. Si la grada no entiende ese matiz estamos condenados a repetir los mismos errores de siempre. Cada uno celebraría un Centenario distinto y es muy posible que esa suma de centenarios personales e intransferibles acabe por ser el mejor Centenario posible. Al club le pido poco. Como tal, es un ministerio agotado, una fuente de decepciones. Se maneja en el territorio de un presente repleto de complicaciones, sin memoria y con poca previsión, sujeto a un escenario que viene viciado desde hace muchos años. En mi opinión, algo han hecho bien: elegir a Paco Lloret como hilo conductor. Objetivamente es la persona más adecuada para que el Centenario no embarranque en un quiero y no puedo. En ese sentido tenemos una gran oportunidad. No contemplo mejor alternativa para hilvanar la historia. 

En 1969 Hernández Perpiñá; en 2019 Paco Lloret. 

Allá donde esté, seguro que el maestro armero de la calle de la Hiedra sonríe orgulloso. 

Rafa Lahuerta

divendres, 7 de desembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 15

EL ÚLTIMO TORO QUE MATÓ A GRANERO 

Al principio, mi padre solo me dejaba decirle porrito al árbitro. Era mi insulto de cabecera: PO-RRI-TO. ¡Árbitro porrito! me desgañitaba en la fila 7 del sector 6 de la mítica Numerada central, la que ahora llamamos del Mar. 

Aún no había vallas y la numerada destilaba la esencia más rotunda del valencianismo comarcal. A veces, la ira me congestionaba el rostro y la palabra porrito se me atragantaba de pura impotencia. Yo quería formar parte del orfeón encolerizado que bramaba “fill de puta, fill de puta”, pero aún no me atrevía a desobedecer a mi padre. Fascinado por el rugido de la marabunta, la palabra porrito se me antojaba ridícula. Así anduve mis 3 ó 4 primeros años en Mestalla, cohibido y temeroso, prisionero de la palabra porrito y su dudosa rentabilidad. La culpabilidad me abrasaba. No quería desobedecer, pero en mi fuero interno pensaba que llamándole “porrito” al árbitro jamás ganaríamos una liga. Una tarde, aprovechando el tumulto coral de la grada, rompí la disciplina paterna y me sumé al coro. Fue raro, porque justo cuando yo dije “fill de puta” por primera vez se hizo el silencio, o al menos eso me pareció a mí. Mi padre, que era un insultador contumaz, se quedó petrificado. ¿Qué has dicho?, preguntó amenazante. ¡Búho, papá, he dicho búho!, respondí desde el subconsciente, tirando mano del ingenio salvador. Fue la primera vez que los chistes de Eugenio salieron en mi defensa. En lugar de ganarme una colleja, mi padre se empezó a reír. Sin decirme nada supe que a partir de entonces ya podía sumarme al coro adulto y brófec del viejo Mestalla. 

Objetivamente mi padre era en ese sentido muy poco ejemplar. Tenía un repertorio amplio y variado de insultos que utilizaba según la importancia del partido, la pifia del árbitro o el momento clasificatorio del equipo. A veces imaginaba que sus insultos conseguían cambiar el rumbo de algunos partidos. En otras adoptaba una actitud como de estrella invitada. Dejaba que la masa se desgañitara y cuando el silencio parecía imponerse emergía con su retahíla perfectamente estructurada de insultos y palabrotas. Tenía el don. Con más lecturas y años de escolarización quizá hubiera acabado siendo un buen tertuliano de la Sexta. 

En aquellos años, el linier de Numerada era su gran objetivo. Lo mareaba ante el jolgorio de los vecinos. En otras ocasiones, eran los grises los que amenazaban con llevárselo a él. De todos sus insultos, mi preferido era el de “arbit, ton pare va ser el bou que matà a Granero”. Más que un insulto era una lección de historia. Lo aunaba todo: tauromaquia, fervor local, reminiscencias ancestrales. Teniendo en cuenta que Granero fue corneado de muerte en 1922, aquel insulto poseía la textura de un clásico, un relato con vida propia que trascendía el paso del tiempo. Era obvio que mi padre no había visto torear a Granero, ni tampoco sus hermanos mayores y quizá ni siquiera mi abuelo Vicent, taurino de pro en aquella ciudad que crecía alrededor del coso de la calle Xátiva, tan cerca de donde él mismo trabajaba como panadero en un horno de la actual calle Ribera. Era, por tanto, un insulto que venía de lejos, del Mestalla fundacional, del viejo y primitivo campo de gradas de madera y fútbol casi amateur. Que en los años 70-80’ aún perdurara en la iconografía del entonces Luis Casanova demuestra el poso dramático que la muerte del insigne torero dejó en Valencia. Con los años intenté hacer un remake del viejo insulto. Lo modernicé y lo castellanicé en una terrible concesión a la diglosia proverbial del país: “Arbitro, tu padre fue el toro que mató a Paquirri”. Pero era evidente que no sonaba igual, que carecía del valor atávico que sin duda emergía del insulto matriz. 

Un día, hacia 1989, pasamos por delante de la casa natalicia del torero Granero, en el corazón de Velluters. Ahí estuvimos en silencio un rato, en la calle Triador. Creo que fue una de las últimas veces en que salimos a pasear por la ciudad. Después, ya en solitario, era yo el que buscaba la placa conmemorativa. Todavía hoy lo hago en ocasiones. Al hacerlo siempre me acuerdo de Pes Pérez y su fatídico arbitraje de diciembre de 1985, un Valencia-Sevilla que acabó con violentísimas cargas policiales en la avenida de Suecia. El toro que mató a Granero se llamaba Pocapena, pero para mi padre ya siempre fue Pes Pérez. Esa tarde, no me cabe la menor duda, empezamos a bajar a segunda. Han pasado 33 años y casi ningún millennial sabe quién fue Granero. Pero si tú estuviste aquella jornada en Mestalla seguro que no te has olvidado del toro que lo mató. 

Rafa Lahuerta



divendres, 30 de novembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 14


EL AULLIDO DEL PANTANO.

Con el arroz hacía plazas de toros y con los flanes pantanos. Los mayores decían que con la comida no se jugaba, pero aquello no era un juego, era mi manera de empezar a vivir. Tenía cinco años y ya había estado en Madrid viendo perder al VCF un partido de liga. De ese viaje guardé en la retina el impacto del pantano del Generalísimo, como le llamaban. A partir de entonces yo le llamé el pantano de Madrid. Con los flanes lo reproducía en mi imaginación. Levantaba un acantilado de leche y vainilla con la cuchara y dejaba que el caramelo simulara el océano. Yo me asomaba con cuidado, para no ahogarme. Mira mamá, el pantano de Madrid. Mi madre me miraba algo asustada. Este crío tiene demasiada imaginación, decía mi abuela antes de perder la cabeza. 

Los lunes hacían Estudio Estadio en la tele en blanco y negro y las porterías del Bernabéu eran como las de El Helmántico, el campo del Salamanca. Cuando las veía pensaba en pantanos, en el toro de Osborne, en mi padre imitando el aullido de un lobo. El Lobo Diarte era nuestro estandarte en aquel viaje a Madrid. Durante semanas, mi padre anduvo subido a ese aullido que tan feliz me hacía. ¡AUUU, el Lobo, que viene el Lobo!!! Llevaba más goles que nadie y parecía imparable. Ese sábado en Chamartín la suerte del Lobo empezó a cambiar. A mí, ese viaje también me marcó. Los pasillos interiores del Bernabéu parecían cuadras para caballos. Había polvo y escombros por todas partes. Perder aquella noche me hizo mayor. A la semana siguiente cogí las paperas y estuve varios días encerrado en casa, a solas con un don Balón dedicado al Lobo Diarte. El vicks vaporub fue mi banda sonora, la magdalena proustiana. 

Aquella distancia entre la imaginación y la realidad me permitió descubrir demasiado pronto el veneno de la ensoñación. Esa droga ya no me abandonó jamás. Leer, escribir, simular viajes: variaciones eternas de un solo tema. Casi 40 años después, el hermano de Jorge Iranzo me regaló aquel don Balón de la temporada 1976-77. Ahí estaba todo: Lobo Diarte, el viejo Mestalla, la crónica de un tiempo vencido. Había matices que no estaban en la revista, viñetas de una infancia que tenía en el Valencia su columna vertebral, el eco poderoso de mis primeros pasos. Recuerdo las tardes de los lunes, en la cocina del horno de la calle Gorgos, a punto de cenar. Juan Manuel Gozalo presentaba el Estudio Estadio y mi padre preparaba la masa madre. A la masa madre que nos daba de comer la bauticé con el insólito nombre de la pasta del Lobo. No había razón alguna. O sólo una: el impacto del Lobo Diarte, que lo inundaba todo. Su magnetismo era la llave que abría el eco de lo memorable. Los dos compartíamos algo que nadie nunca podrá torcer: el otoño de 1976. El reinó de manera sobrenatural y yo empecé a tener memoria de forma organizada. El Lobo también murió joven. 

A veces lo pienso: todos los protagonistas de aquel otoño parecen condenados a lo mismo. Por eso escribo. Escribir es contextualizar ese chispazo, buscar la lógica narrativa donde sólo impera el caos de la nostalgia. Es un valor metafísico, no apto para enfermos de codicia. La escritura no es gran cosa pero te permite ponerte a un lado y ver cómo la actualidad acaba siendo el acantilado del pantano, la leche pétrea a expensas del caramelo líquido. Lo sustancial es siempre otra cosa: aprender a estar solo, esconderte en cualquier lugar, volver a Madrid en el viejo coche de tu padre, convocar fantasmas. A ese misterio me acojo. El misterio es el principal alimento del fútbol, aunque casi nadie se da cuenta. En octubre de 1976 yo sólo era un niño de 5 años. Era la primera vez que veía un partido lejos de Mestalla. A esa edad uno no entiende nada pero puede percibirlo todo. Con cada visita al Bernabéu regresa esa atmósfera. A lo mejor fue entonces cuando empecé a escribir esta bitácora. Quizá ese viaje a Madrid fundó la realidad de manera definitiva. 

Rafa Lahuerta

divendres, 23 de novembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 13

LA FALACIA DEL FUTBOL ALTERNATIVO 

Sucedió hace 5 ó 6 temporadas, en la última fila de Mestalla. Llegué un poco apurado y me las encontré. Eran dos crías de unos 15 años y medio. Las dos llevaban camisetas del Rayo Vallecano. Me sentí ligeramente invadido pero opté por mostrarme cordial. ¿Sois de Madrid?, pregunté en el descanso. No, somos de aquí, respondieron. ¿Y cómo es que sois del Rayo? indagué sorprendido. Porque es el equipo que más mola, el equipo de la clase trabajadora, contestaron casi al unísono. Entre líneas, las dos me miraron con ese aire tierno pero fanático que destila la adolescencia: “que no te enteras abuelo, que no enteras”. Me quedé tan perplejo que no dije nada más. En silencio, eso sí, advertí lo bien que funciona el capitalismo. ¿Qué hace que dos chiquillas de Valencia se hagan del Rayo Vallecano sino el marketing viscosamente alternativo que proyecta la franquicia falaz de que hay un fútbol guay y otro facha, un fútbol bueno y otro malo? En su delirio hormonal, estas dos criaturas enarbolaban una bandera que no sólo les venía grande, es que les hacía perder el tiempo. Quizá eso fue lo que me apenó, verlas embarrancar en un ámbito donde la izquierda no tiene competencias para administrar su propio desconcierto. Hay clubs ricos y clubs pobres, con más o menos tradición, con más o menos músculo social, pero eso no tiene nada que ver con ideologías decimonónicas. En esencia, el fútbol es siempre sistémico, y por tanto, salvajemente neoliberal. Es inevitable que lo sea. Responde a los patrones de la competencia, la competitividad y el quítatetúpaponermeyo. El deporte profesional es una trampa de dimensiones épicas. Bajo la lógica deportiva se pervierte el lenguaje. La guerra por otros medios es una metáfora amable que contamina la realidad y la derechiza inevitablemente porque obliga al individuo a ser animal en guardia, con códigos y pretextos de ataque y defensa; siempre preso de la vanidad, el tribalismo y la industria de la insatisfacción. Toda esa milonga del supérate a ti mismo se convierte en mercancía averiada para venderte bebidas isotónicas o zapatillas de diseño. Lo que subyace es el mercado, la inevitabilidad del mercado. El fútbol es un escenario apasionante pero podrido, que conviene tomarse con grandes dosis de ironía y escepticismo. Por desgracia, yo siempre lo olvido. Soy demasiado cerril o estoy demasiado enfermo de infancia, todo puede ser. La incondicionalidad casi fanática es la piedra angular que hace rodar el negocio. El fútbol de izquierdas es el fútbol del escritor Roberto Bolaño: el equipo que bajó a segunda, luego a tercera y que finalmente desapareció. Es una contradicción vibrante ser o creerse de izquierdas y tifar por un equipo que, como todos los demás, sirve al neoliberalismo puro y duro. Pero la vida va de eso: de administrar contradicciones sin morir de cinismo. Como teatro, el fútbol tiene el valor de reproducir metáforas que los poetas convierten en textos lacrimógenos, pero su expansión es mercantil, inmoral, sujeta a la voracidad de los intermediarios y los grandes grupos mediáticos. Incluso esos clubs que se creen escorados a la izquierda acaban trapicheando con la mercancía adulterada de las identidades colectivas que ofrecen souvenirs con el rostro del Che Guevara, o sirviendo a nacionalismos supremacistas y excluyentes, cuando no claramente etnicistas. Llegado el caso, prefiero el canibalismo a cara descubierta de los clubs que enarbolan la bandera del fútbol es fútbol. Cuando hay performances de solidaridad, campañas contra la homofobia, spots televisivos contra el racismo, etc, etc, etc el fútbol profesional se parece demasiado a la película de Berlanga protagonizada por Cassen, “Plácido”. También en eso el capitalismo es infalible. Ocupa el espacio con voracidad y aprende a justificarlo todo. Moralmente resulta impecable decir que eres del St Pauli, del Rayo o del Livorno, pero no me lo creo salvo que seas de Vallecas y hayas visto jugar a Felines porque tu padre te llevó de pequeño en matinales frías de carajillo y aceitunas chafadas. De hecho, hubo algo que me alivió en esas dos muchachas. Eran del Rayo hace 6 años, pero es muy posible, así lo deseo por su propio bien, que la moda futbolera las haya abandonado ya. Cuando acabó el partido con victoria del VCF, el fútbol de toda la vida se impuso. El hincha desaforado que soy se encaró hacia los Bukaneros. Con las manos en cierto sitio grité todo lo fuerte que pude: ¡¡Au a mamar-la al carrer del pallasso Fofó, fills de puta!! Así estuve al menos medio minuto. Después, con exquisita educación, me despedí de las crías. Es sólo fútbol, sonreí. En la puerta del vomitorio de salida, el segurata que lleva años tocándome los cojones me advirtió: me montas un pollo más y te mando a los nacionales. 

Rafa Lahuerta

divendres, 9 de novembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 12

EL HINCHA ILUSTRADO.

El momento culminante de mi trayectoria como hincha con lecturitas fue el desplazamiento a Getafe de la temporada 2012-13, la de Valverde tras el cese de Pellegrino. Ese día quedará en los anales. Era sábado y Madrid amaneció teñida de rojiblanco. El día anterior, viernes, el Atleti había ganado la copa en el Bernabéu. Llegué a primera hora y enfilé mis pasos hacia la casa familiar de los Panero, en la calle Ibiza. Con mi bufanda de hincha discreto me hice una foto en el portal del número 35. En ese momento, unas vecinas comentaban el nuevo peinado de la princesa Letizia. Me miraron mal. Yo a ellas también, por cotillas y por beatas. Después crucé al otro lado, al de los números pares. Seguí ilustrándome. La calle Ibiza está al norte del Retiro y es una especie de panteón de falangistas condecorados. Leopoldo Panero padre al margen, la lista sigue con Dionisio Ridruejo, Carlos Ollero, Adriano del Valle y don Agustín de Foxá.

Don Agustín de Foxá merece un apunte, y no sólo por la sonoridad emblemática de su apellido. Del gran poeta del Régimen franquista pende la famosa anécdota de los dictados. Si no la sabes te la cuento. Había dos fórmulas para registrar errores ortográficos. Una para pobres y otra para pijos. El dictado de los pobres era: Ahí hay un hombre que dice Ay; el de los pijos: Don Agustín de Foxá viajó a Jávea en un Jaguar.

Sin duda, el hombre que mejor ha pronunciado el nombre de don Agustín de Foxá ha sido Juan Luis Panero, el hermano mayor de los Panero. Le escuchas recitar “amigo de Foxá” y lo comprendes todo. Seamos sinceros. Las ciudades sólo son cementerios de estatuas de poetas donde cagan las palomas.

En la calle Ibiza de Madrid se entiende a la perfección. Justo enfrente de Ibiza 35 hay otra lápida, la de la casa natalicia de Plácido Domingo. Todavía recuerdo a Plácido Domingo cantando aquella memorable aberración del Mundial 82:…el mundial, ¡viva!, que todos los países vienen a jugar. El mundial, ¡viva!, los grandes del balón se tienen que enfrentar. El mundial, ¡viva!, el campo es una fiesta, es todo un festiva. El mundial, ¡viva!, que todos van a recordar, y a cantar…Ante tanta gloria del pasado me entraron ganas de lo de siempre.

Mi afición por los hoteles es sabida, pero el apuro iba en aumento y no tuve más remedio que parar en la Pastelería Mallorca. En plena faena me vino a la cabeza la cita de Marta Sanz: “Literatura es el punto de intersección entre urbanismo y escatología”. Fue una deposición de aliño, que no constará en acta. Al menos, había escobilla.

Como estaba de un lírico subido, a la hora de comer opté por el Café Gijón. El único intelectual de guardia a esas horas era Juan Cruz. ¡Dios, el meloso Juan Cruz en vivo y en directo! Me senté en la última fila del café y pedí unos huevos rotos con jamón. De reojo, los camatas miraban mi bufanda del Valencia: ¡Miradla hijos de puta, miradla! De fondo, la voz meliflua y aterciopelada de Juan Cruz llenaba el instante de prosodia. Debieron echarle algo a los huevos porque tuve otro apretón, el segundo. Fui al baño y al pasar por delante de Juan Cruz carraspeé con énfasis. Ni se inmutó. Al abrir la puerta del baño me asusté. Aquí no cago ni de coña, pensé. Crucé al hotel Ritz. Valió la pena.

Después, aliviado y feliz, di un paseo por la calle Fuencarral. Como tengo cara de buena persona se me acopló el típico tolai con ganas de conversación futbolera. Me hice el sordomudo, pero de verdad. Lo mejor fue cuando el tolai intentó disculparse en precaria lengua de signos y yo, con voz grave y firme, le dije: tranquilo, no pasa nada. Eso lo remató. Hora y media antes del partido cogí el Cercanías de Getafe. Entré de los primeros y me acoplé en la última fila del sector visitante. Fue un buen desplazamiento. Nos hicimos fácilmente con la animación y también con el partido. Marcó Mathieu y las opciones de Champions siguieron intactas.

En el descanso, un notas de unos 43 años y medio me miró extrañado. Tío, preguntó: ¿Cómo es que te sabes todas las canciones? ¡Pareces un ultra! Respiré hondo, pensé la respuesta, contesté: Porque soy el hombre que casi conoció a Michi Panero. Ya no me volvió a dirigir la palabra. Si le hubiera dicho la verdad, tampoco me hubiera creído. 

Rafa Lahuerta

divendres, 2 de novembre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 11

SIETE DÍAS DE ENERO DE 1979

Cultura de club es lo que queda cuando se apagan los focos, el eco del balón que pegó en el poste y se fue a córner, la sonrisa de Puchades cuarenta años después de su partido homenaje. Cultura de club somos nosotros, con nuestra historia individual a cuestas, el imaginario compartido sujeto a mil modificaciones subjetivas, la terca insistencia en seguir levantando una piedra que siempre nos aplasta. Cultura de club también es la resignación que nace tras la ilusión desmedida del verano y la notable frustración del otoño. Cultura de club es poco marketing y mucha fe. No se vende en las taquillas. Exige virtudes antiguas. Respeto, responsabilidad, amor, incondicionalidad. Cultura de club es saber que esto ya lo has vivido; una, dos, más de diez veces. Viene al pelo ese epitafio magnífico con el que Carmen Alborch se despidió la semana pasada: la alegría es saber resistir. Eso, fundamentalmente, es cultura de club: una forma de resistencia. A veces en silencio y otras con tambores, pero resistencia al fin y al cabo. Cultura de club es dialogar con el pasado sin caer en la nostalgia. 

En fútbol, la tradición nunca puede ser un problema o un lastre. La memoria proyecta y fortalece, segrega lecciones, siempre suma. No es un sentimentalismo inocuo ni una inexistente propensión a la melancolía. La melancolía es añoranza de lo que tal vez no sucedió. Nada menos melancólico que la incondicionalidad. El melancólico es alguien que ya ha perdido, que se sabe perdido. Con la melancolía se escriben poemas y algunas novelas. La melancolía es la ciencia de los esfuerzos inútiles y la cultura de club ejemplifica todo lo contrario: el arte de resistir. Para resistir hay que recordar. No se resiste desde la improvisación. No se construye nada desde el artificio irreal del puro presente. El presente no existe. O es pasado o es futuro. 

Recuerdo siete días de enero, enero de 1979. Era una semana con 3 partidos en Mestalla. Domingo, miércoles, domingo. Última jornada de la primera vuelta, partido de copa tras ganar en la ida en Montilivi, primera jornada de la segunda vuelta. El domingo 21 de enero se jugaba un Valencia-Salamanca. Fue el primer partido televisado en color del VCF en Mestalla y también el primer día que estrenábamos los nuevos pases en el sector 5, en la numerada cubierta. Diluviaba. Mi padre creyó que era el momento idóneo para disfrutar del fútbol a cubierto y en eso era único: nadie podía pararle. Llegamos al graderío empapados, sorteando varios ríos: el de Blasco Ibáñez, el de Artes Gráficas y el de los pasillos interiores de Mestalla, fruto sin duda del desbordamiento de la acequia. La avda. de Aragón aún no existía y el acceso a la grada de Numerada no era el actual. Hasta 1982, se entraba por las puertas más esquinadas de la avenida de Suecia, en una disposición espacial que hoy casi nadie recuerda. 

El partido fue horrible. Para colmo, había goteras en nuestras butacas. Recuerdo a Solsona con precisión y al incombustible Carrete, intentando imitar el juego del malabarista de Cornellà. No hay otro partido con tanta lluvia en la historia de Mestalla, ni siquiera el del Banik Ostrava. En el descanso, hastiados del agua y del pésimo fútbol, volvimos a casa. Vimos la segunda parte por la tele, entre escalofríos. El lunes y el martes los pasé en cama. Pero el miércoles volvía el fútbol a Mestalla, un Valencia-Girona de copa. Milagrosamente, ese miércoles ya estaba bueno. El milagro era el partido de la noche. Para ganarme ese privilegio fui al colegio. Pasé un día horrible pero a medida que se acercaba la hora mi estado de salud mejoraba. Tras un tira y afloja, convencimos a mi madre para que me dejara ir. Los partidos entre semana eran un regalo incomparable. Ir a Mestalla un miércoles no tenía precio. Ese hechizo te salvaba la semana. No importa que fueran eliminatorias de copa contra equipos de categorías inferiores. Esos partidos subrayaban mis preferencias: las luces encendidas de Mestalla desde el chaflán de la calle Gorgos, la cena de sobaquillo en el bar Los Checas y una afluencia de público menor, que permitía fijar detalles poco habituales. En ese sentido, aquel Valencia-Girona fue raro. La clasificación ya estaba sentenciada pero el partido fue un desastre made in Valencia. Terminó con empate a uno y la bronca y el desencuentro entre afición y equipo fueron sonoros. De vuelta a casa empecé a sentir escalofríos. Al día siguiente volvió la fiebre. De esa fiebre ya sólo me curé para volver a Mestalla el domingo. El último partido de la semana no mejoró los anteriores. Perdimos 0-1 contra el Madrid de forma merecida. La paciencia de la tropa empezó a quebrarse. Un par de meses más tarde, Marcel Domingo, que había devuelto al Valencia a Europa en la 77-78, fue destituido. Lo sustituyó Pasieguito. El resto ya lo sabes: a finales de junio ganamos la copa del rey en el Calderón. Sucedió hace 40 años. Si atas cabos comprenderás que llevamos 100 repitiendo los mismos giros de guión. 

Sólo hay algo que no puede fallar nunca: tu resistencia. O sea, tu alegría. 

Rafa Lahuerta

divendres, 26 d’octubre del 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 10

DE MACHOTES Y MARIQUITAS.

Me gusta Bilbao. Es una ciudad bien terminada, donde todo responde a una lógica. De Bilbao me interesa sobre todo la intimidad, el concepto burgués de intimidad que propone la disposición de su mapa. Como todas las iluminaciones arbitrarias procede del desván atávico de la ensoñación. La ensoñación es el preludio estético de las intuiciones, y a las intuiciones, de sobra lo sabes, hay que educarlas con fervor literario. Son nuestro carácter. Me paso la vida trasteando en ese alambre, que es un alambre de mapas, planos y puentes. En pocas ciudades los puentes tienen un carácter tan antagónico como en Valencia y Bilbao. Los nuestros tienen el sesgo de lo fronterizo. En Bilbao, en cambio, integran y acogen. Esa perplejidad es un desvelo nocturno. Cruzar puentes es un acto filosófico. Hay que hacerlo de noche para descifrar el enigma. Bilbao, que es ciudad de dos orillas, ha conseguido disimular el carácter disuasorio de la ría hasta convertirla en una avenida más. Sus puentes parecen calles del Ensanche, pequeños respiros que no sugieren grandes cambios en el imaginario del paseante. En Valencia, los puentes son abismos. La ciudad decimonónica aún no ha logrado integrar de manera metafísica el eco que procede del otro lado. Y tiene sentido. El otro lado es una construcción reciente, moderna, sin la consistencia pétrea que otorga un relato compartido. Incluso la brisa es otra. Haber convertido el río en parque tampoco mejora esa tensión. Al contrario. El jardín es un foso. Y los fosos no integran, esconden. Basta cruzar de noche el puente del Real o el de Aragón de camino al mar para comprender lo que digo. Valencia es una madrastra que expulsa, Bilbao es una madre que acoge. Esa paradoja también es futbolera. Al Athletic nadie le discute su hegemonía en Vizcaya. Al Valencia le crecen todo el tiempo los enanos. Incluso los más tontos hablan de contrarrestar el sobre de azúcar del pensamiento único. Que formulen en Bilbao la majadería del pensamiento único: acabarán en la ría, camino de Santurce. No es extraño que me vea en Bilbao. Es una proyección plausible. Viviría en un ático reformado de la calle Cantarranas, en el barrio de Bilbao la vieja y creo que sería homosexual, un homosexual de Bilbao. Tendría un perrito al que llamaría Julen y al llegar a casa me pondría una batita de seda comprada en Estambul. Sería, me veo, un burgués moderadamente ilustrado, de los que se toman las cosas con calma y ya no saben enfadarse con casi nadie. A diario cruzaría al mercado de la Ribera por el puente de San Antón, el que sale en el escudo del Athletic Club. Compraría pescado fresco, huevos, algo de pan. Sería una especie de agitador cultural al otro lado de la ría y formaría parte del club de cine del barrio San Francisco. Todos los años veríamos La muerte de Mikel, mi película favorita en el contexto de esa vida imaginada. Acabaría sabiéndome de memoria los diálogos, el himno de la Otxoa vestida de futbolista, las contradicciones de la izquierda abertzale, la ceremonia pacata del nacionalismo beato, la miseria de la doble moral, los prejuicios, la carcundia de la intolerancia. Dejaríamos también que se colara el fútbol. Hablaríamos del doblete de 1984 y de su iconografía, tan presente en las calles de la ciudad. Yo mismo, en un arranque de frivolidad, diría que La muerte de Mikel es también la película del doblete del Athletic, tan obvio desde que Imanol Arias entra en un cabaret nocturno y aparece la Otxoa cantando una canción de homenaje al flamante campeón de liga, la del gol de Tendillo. Habría que contextualizar ese chispazo. La Otxoa es a Bilbao lo que el Titi era a Valencia, un emblema y un símbolo, dos maneras idénticas de escribir la libertad y el desparpajo. En Bilbao tendría una zapatería en la calle del Licenciado Pozas. Cuando alguien me pidiera unas Puma yo respondería: venga bah, un cigadito. Toda la ciudad me conocería por ese chiste. Habría colas de gente comprándome zapatillas Puma, sólo para que les contara el chiste. De vez en cuando, el escritor Iñaki Uriarte vendría a comprarme mocasines Pikolino. Nos tutearíamos y acabaría sacándome en sus Diarios con alguna frase como: comprar zapatos te reconcilia con la vida. Desde la puerta de la zapatería se divisaría el escudo del Athletic. Primero el del viejo San Mamés, después el del nuevo. Cuando jugara el Athletic entre semana colgaría la bandera rojiblanca en la puerta de la zapatería y una foto de Julen Guerrero. Ya tú sabes. 


Rafa Lahuerta