dimarts, 12 de maig del 2009

Campions de Copa a Mestalla. Real Madrid CF

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Cada gringo tiene su México

Crecí en el disimulo y la impostura; no mires a los ojos de la gente, que no sepan tu terrible secreto, que no huelan el miedo ni sepan lo que sientes. Ser del Madrid en Xàbia fue fácil, casi un desmayo aristocrático. Total Valencia estaba tan lejos, simbólica y físicamente, como Madrid o Barcelona, así que por ahí no había motivos. Tampoco familiares. Ser del Madrid era crear una distancia con mis compañeros del Valencia. Cuando se discutía de fútbol se discutía sólo entre Madrid y Barça, lo demás eran chiquilladas, monerías de patio y pantalones cortos que eran inmediatamente aplacadas. ¿Me creerán si digo que contra esas intromisiones se establecieron espurias hermandades entre blancos y blaugranas? Fueron años suaves; primero la quinta del Buitre, luego el Dream Team, luego Antena 3. Nos repartíamos los títulos y las afrentas, los 5-0 se fueron y se vinieron en puente aéreo con Laudrup a los dos lados, acabó la era Mendoza, llegó Lorenzo Sanz, Valdano sentó a Butragueño y de pronto eso era el tiempo. Entre medias sin noticias del murciélago.

Pero cada gringo tiene su México. Un día del lejano 1997 subí a un autobús de Alsa, entonces Ubesa, y crucé la barrera simbólica de la autopista para no volver nunca más. Ahora digo que soy de allí, pero no soy. Ahora niego ser de aquí, pero de algún modo soy.

Mi primer piso en Valencia estuvo en la calle Micer Mascó, a la altura del número 10, sobre un rugiente lavadero de coches que durante dos años veló por la puntualidad de mi despertar. Aquella casa perteneció a un jugador del Valencia CdF, pero no recuerdo cuál. Ninguno de los náufragos que armamos allí nuestra balsa y nuestra palmera estábamos interesados en saberlo. Frente a nuestra ventana, en aquel primer septiembre, las jovencitas más champán entraban y salían del colegio con la cartera al hombro y el corazón recién nacido bajo la falda. Qué mierda nos iba a importar. Pero Mestalla estaba cerca, demasiado cerca. También la marcha de Pedja Mijatovic. Muchas tardes de domingo en Valencia – sin novia para follar, sin dinero para salir, sin ganas de estudiar – la tristeza se vino en forma de rugido. Desde mi ventana se escuchaba el clamor de la grada de Mestalla y una tarde, creo que contra el Racing de Santander, me calcé los seis goles del Valencia, uno tras otro, mientras buscaba en vano un cigarrillo entre los cojines del sofá y al Madrid le daba por empatar en algún lejano campo. Malos tiempos.

No contento, me acerqué al monstruo. Mestalla es un campo feo. Querido para muchos, un pedazo de la historia de su corazón, un sagrado Kamchatka de su memoria, sí, pero feo. Me hacía pensar en una nave espacial derribada en alguna guerra remota, una vértebra de dinosaurio polvorienta, una cementera abandonada. Volví. Mi siguiente piso estuvo en Alfonso de Córdoba, perpendicular a la avenida de Suecia. Entonces era como estar allí dentro. Había que cerrar las ventanas para que el aliento de la grada no penetrase en el salón. Yo ya me había habituado a los domingos en la ciudad, y encontraba placentero pasear por los aledaños del estadio antes del partido. Decía la leyenda que a veces viejos solitarios invitaban a jóvenes solitarios a ver el fútbol a cambio de un poco de conversación. Nunca sucedió.

Después Mestalla me ha proporcionado momentos de secreta felicidad y perversiones que sólo ahora confieso. ¿Se acuerdan de Gracia Redondo? Yo sí. Fue el árbitro que robó al Real Madrid una de las ligas de Tenerife. Bien, años después, Vicent Chilet me invitó a acompañarlo a Mestalla a ver al Valencia contra cualquier equipo de la zona media baja de la tabla. Aquella tarde pitaba Gracia Redondo. Se equivocó en todo. En lo mortal y lo venial. Desquició a los dos equipos y de pronto todo Mestalla empezó a corear Gracia Redondo, hijo de puta. Me sumé a aquel grito. Grité más fuerte que nadie, sólo que yo esta fuera de aquel partido y aquel tiempo, gritaba a miles de kilómetros, en Tenerife, y el odio estaba intacto. Mestalla me brindó una revancha íntima y anacrónica.

También allí vi a Hugo Sánchez, despedí a Santillana, aplaudí a Zidane, me consternó Ronaldo, me maravilló Mendieta. Jamás vi ganar al Madrid en su estadio.

El episodio que sin duda me marcó con más fuerza fue casual. Casi casual. Desde la marcha de Pedja Mijatovic, y sazonado con el penalty de Marchena a Raúl en el Bernabéu – jamás un error arbitral se instrumentalizó de manera más efectiva – las posturas eran irreconciliables. También la pujanza del Valencia contribuyó a eso. Me juran que desde Paco Roig el Valencia alcanzó un grado de autoestima que divorció a sus seguidores de peligrosos coqueteos, más o menos privados, con las viejas oligarquías. La llegada de Florentino Pérez a la casa blanca lo empeoró todo. Aquel Madrid pudo haber sido algo maravilloso, pero se quedó en un intento antipático. A nosotros todo nos sabía a poco (tres Copas de Europa en cinco años pueden hacer más mal que bien al imaginario colectivo) y a ustedes todo les sabía a exceso. En esas llegó el centenario blanco. Que se pare el mundo, gritó Florentino. Pero ustedes no nos hicieron caso. Indecorosamente, unilateralmente, decidieron ganar la liga de la mano de un por entonces casi desconocido Benítez. La noche de autos yo había bajado con un amigo a tomar una cerveza. A la vuelta nos vimos envueltos en la marea de la avenida de Suecia. Madridista el que no bote, sentenciaron. Y no boté. Les hemos jodido el puto centenario, cantaron. Y canté. Todavía hoy no sé qué me pudo pasar. Pero aquellas seis palabras me subieron a la garganta sin que pudiera detenerlas. Síndrome de Estocolmo, diagnostiqué al día siguiente. Justicia poética mascullé más tarde. No se extrañen, si no fuera masoquista sería del Valencia en Valencia y no un soldadito que se mantiene en esta posición de vanguardia perdida hace tanto. Y sin que envíen mantas, munición ni alimentos desde la comandancia.

Y la Copa. ¡Ah, la Copa! La Copa del 93. Aquel verano yo tenía el brazo roto y vi el partido en un pequeño televisor con interferencias en casa de mis tíos. Mestalla nos acogió de buen grado, pero lo que pensábamos que sería una amante dócil y complaciente nos largó una factura que 16 años después aún seguimos pagando. Hay amantes arteras que te despluman una noche y hay mujeres sabias que te dejan sin nada.


Josep Vicent Miralles
Seguidor del Real Madrid
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dilluns, 11 de maig del 2009

Campions de Copa a Mestalla. RCD Espanyol

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Una noche de mayo, en Mestalla

Debo ser de los pocos que vieron la jugada completa. No sé por qué giré la cabeza hacia la izquierda (si total era un saque de puerta) y entonces le vi. Estaba detrás de la portería atento al más mínimo detalle, arrancó desde la línea de fondo, esperó a que su ex compañero botara el balón y en ese preciso instante, metió la cabeza para robarle la cartera a quien hacía menos de un año había sido su portero, era en aquel momento su rival, y desde ese momento su enemigo manifiesto. Después sólo hizo falta un pequeño regate y empujar el esférico hacia el fondo de la red. Todo esto, que parece mucho, ocurrió en apenas 5 segundos. En ese breve espacio de tiempo Raúl Tamudo acababa de perder un amigo, mientras nosotros entrábamos en éxtasis. Era el 27 de Mayo de 2000, en Mestalla y nunca lo olvidaré.

Nací, me crié y crecí en un ambiente perico, sin fanatismos, pero muy espanyolista. Siendo un crío me llevaron a Sarrià y allí descubrí un mundo nuevo. Eran tardes de marcador simultáneo Dardo, de transistores pegados a las orejas, de ‘rico bombón almendrado’... Vivía convencido de que aquello era la normalidad, que Barcelona, España y el mundo entero eran sólo blanquiazules. Muy pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Ser del Espanyol supone sentirse forastero algunas veces en tu propia tierra, despreciado muchas más y ridiculizado casi siempre. Fuera de Catalunya ese problema no existe y dejas de sufrir las bromas de los compañeros, simplemente se te ignora o, como me ocurrió a mí al llegar hace 15 años a Valencia, pasas a convertirte en el bicho raro del grupo.

Habían transcurrido sólo 2 minutos y allí estaba yo, abrazado a mi buen amigo Fernando, ilicitano y también perico, en uno de los laterales de Mestalla. Sólo 2 minutos y ya ganábamos 1-0, dos minutos y una eternidad por delante. Ser del Espanyol conlleva asumir un grado de masoquismo extremo. Somos sufridores por naturaleza, la experiencia nos ha demostrado que el dicho:”poco dura la alegría en casa del pobre” en nuestro caso se cumple y, para muestra más evidente, la vuelta de la Final de la Copa de la UEFA de 1988: una ventaja de 3 goles a 0 desperdiciada en apenas 20 minutos. Ahora quedaban 88, ¡cómo no íbamos a estar nerviosos! Ni el hecho de que el Atleti fuera carne de Segunda ni de que hubiera llegado a esta Final de la Copa del Rey por descalificación del Barça en la semifinal nos tranquilizaban. Aun así, pero con muchos nervios, llegamos al descanso.

La Final del 2000 me pilló en una época de convulsa relación sentimental y después de un largo período de apatía futbolística. Era tal mi falta de motivación que, a pesar de la posibilidad de ganar un título, de tratarse del año del Centenario, y de que familiares y amigos se trasladaban a Valencia para presenciar el partido, ni siquiera había tenido la previsión de comprar una entrada. Y además necesitaba dos. Así que, cuando aquella mañana de sábado llegué a las taquillas de Mestalla y las encontré cerradas, el pánico se apoderó de mí. Deambulé como alma en pena por los alrededores del Estadio y ni siquiera encontré a los reventas, removí cielo y tierra, busqué entre todos mis contactos, quemé el móvil, incluso apalabré un pase con un viejo conocido, periodista de TV3, pero al final, casi a la hora de comer di con la persona adecuada. Pagué el precio justo, adquirí mis dos entradas, respiré aliviado y me enfundé la bufanda del Espanyol

La ubicación era casi perfecta, a media altura, frente a la grada principal de Mestalla, en una zona que podríamos considerar mixta, en la que nos encontrábamos mezclados con otros muchos ‘pericos’ y otros tantos ‘colchoneros’. El clima era de relativa cordialidad y respeto mutuo, pero quedaban 45 minutos y podía pasar de todo. Y pasó casi de todo. El Atleti salió a dejarse la piel y puso a prueba en más de una ocasión a Cavallero y a los nervios de los 23 mil espanyolistas desplazados a Valencia. Para más inri, en el minuto 77, nos quedábamos con 10 por expulsión de Nando y, de nuevo, el pesimismo que nos caracteriza se hizo más patente que nunca. Fueron los peores momentos, lo reconozco, el reloj parecía detenerse y no querer avanzar. Una vez más volví a pensar en todas las injusticias del fútbol y de la vida, y entonces, cuando todo presagiaba la desgracia, llegó el gol de Sergio y con él pareció acabarse el mundo. La rabia del eterno perdedor estalló de repente. Sólo el 2-1 consiguió enmudecer nuestras gargantas y apagar nuestros cánticos por unos instantes. Afortunadamente, era ya el minuto 90. Aquella noche de mayo, no queríamos abandonar Mestalla, tuvieron que echarnos de allí. Gritamos, reímos y también lloramos y mucho, porque éramos unos afortunados, porque pudimos vivir aquel momento después de 60 años sin títulos, porque nos dolía tanto (siempre nos dolerá, al igual que la de Glasgow) aquella final de Leverkusen, porque muchos de los nuestros se quedaron en el camino sin sentir jamás lo que nosotros estábamos sintiendo, porque aquella noche de mayo, en Mestalla, el mundo, mi mundo, volvía a ser blanquiazul.


Txema Millán
Periodista y Socio del Espanyol
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diumenge, 10 de maig del 2009

Campions de Copa a Mestalla. FC Barcelona

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De copas con el Barça

16 de maig de 1926. Primera final de Copa disputada al Camp de Mestalla. FC Barcelona 2 - Club Atlético de Madrid 1.

Antes que nada, me gustaría explicar porqué soy fanático nervioso pero tolerante del FC Barcelona y no del Recreativo de Huelva (un equipo que me gusta porque tiene nombre de bar de periferia), ni del Hércules (cuya mitológica y masculina sonoridad me recuerda a un antro gay) ni del Levante (al que sólo le falta una sílaba, dado mis problemas actuales de disfunción eréctil, para estimularme: Levántate.)

Hijo de exilado valenciano, emigré a España en 1979, procedente de la fría Bogotá (Colombia) para estudiar en la Facultad de Filología en la rama de Literatura Española. En mi país de origen era seguidor del Santa Fe (algo así como el Arsenal o el Atlético de Madrid, un equipo sin suerte, muy de bohemios dipsómanos, artistas fracasados e intelectuales amargados) y acérrimo enemigo de Millonarios (donde jugó Di Stéfano en los cincuenta, el equipo de los nuevos ricos, convertido en Millonarcos, cuando el boom de la coca). Prefería Santa Fe porque vestía de rojo (como el Arsenal) y detestaba a Millonarios porque su uniforme era azul (como el Getafe o el Chelsea). Una simple cuestión estética. Al llegar a Valencia y por mis orígenes familiares, lo lógico es que me hiciese fan del Valencia, pero el equipo de la capital no me convenció: vestía de blanco inmaculado de lavadora en aquel entonces, sus dirigentes eran en su mayoría unos carcamales y sólo me entusiasmaba la presencia de Kempes. Desde el principio, me gustó el Barcelona, pero no porque hubiese sido bastión simbólico contra el franquismo durante décadas o porque fuese la opción futbolística de muchos de aquellos incautos que proclamaban aquello de “¡Pais Valencià, lliure i socialista!” Me hice del Barça, porque me gustó el uniforme blaugrana, aunque estoy convencido de que la combinación cromática de rayas en rojo y azul no la firmaría Giorgio Armani. Otra vez, una cuestión estética. Mi inclinación por el Barça se convirtió en fanatismo después de la final de la Recopa de 1982 que ganó el equipo catalán contra el Stándard de Lieja por 2-1, con goles de Quini y el pigmeo danés Simonsen. El Barcelona jugaba bien y lo sigue haciendo.

En aquellos años ochenta, creo que el Barça ganó tres Copas del Rey, pero ya ni me acuerdo, porque posiblemente debí ver los partidos en alguna tasca universitaria y en época de exámenes, bien aderezado de cervezas y ginebras con tónica. Curiosamente, tan sólo recuerdo la que perdió contra el Athletic de Bilbao en 1984, con la gresca aquella en la que intervino Maradona-Metadona. Más nítido recuerdo tengo de las finales de la Copa del Rey que jugó el F.C Barcelona durante los años noventa en Mestalla (otro nombre que me gusta, porque me recuerda a mis momentos de mi más álgida excitación erótica: me estalla), porque ya no era un estudiante alocado sino un probo funcionario. La final en Mestalla de 1990 contra el Real Madrid, que ganó el Barça 2-0, la recuerdo porque eran los inicios del Dream Team de Cruyff y porque lo vi en un bar de Benimaclet lleno de barcelonistas empapados en alcohol. Lo que no recuerdo es quienes metieron los goles ni tampoco el número de cervezas que entraron en mi portería. Sí que recuerdo, ocho años después, una final con prórroga del Barça contra el Mallorca. La recuerdo por aquello de las penas máximas y el exceso de cervezas a las que te obligan partidos tan prolongados.

Tanto en la final de 1990 como en la de 1998 no se me ocurrió ir a Mestalla a ver a mi equipo. En realidad, tan sólo he acudido en una ocasión a Mestalla y porque fui de gorra con unas invitaciones gratuitas de Antena 3. Fue en una semifinal del Valencia contra el Real Madrid, que más bien me pareció un alocado partido de tenis, ya que los valencianos le endosaron a los de la meseta un humillante 6-0. No recuerdo el año, pero me parece que fue el mismo en el que el Valencia perdió luego la Copa en un partido interruptus por la lluvia contra el Deportivo de la Coruña. A mí es que me gusta ver el fútbol en la tele y con una barra cercana. Es que siento tanto los colores que me deshidrato con el sufrimiento. Ahora, creo que el Barça vuelve a jugar en Mestalla contra el Athletic de Bilbao (también me gusta su uniforme a rayas y los apellidos cacofónicos de sus jugadores). Tan sólo espero que no acaben a tortazo limpio como en el 84 y que por supuesto gane el Barça, que tantas copas me ha deparado en esta vida.


Lucas Soler
Aficionado del FC Barcelona
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divendres, 8 de maig del 2009

Banqueta visitant. Real Madrid CF

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El día en que dejé de ir a Mestalla

Me pide un amigo que escriba un artículo sobre el Madrid, que este sábado visita Mestalla, y acepto, pero después me hago el remolón. La soberana paliza en el Bernabeu y la falta de expectativas en lo que queda de Liga no invitan a sentarse a reflexionar sobre un equipo necesitado de cambios tan importantes que se acercan a la refundación. Sospecho que a ello se suma otra preocupación. He visto al Madrid ganar y perder en Mestalla. Lo he visto alzar su última Copa del Rey frente al Zaragoza (también recuerdo que esa victoria no logró quitarme el sabor amargo de una temporada, la 1992 / 1993, perteneciente al reinado del dream team de Cruyff, a esa larga travesía por el desierto del madridismo). He comprobado que el Madrid puede ganar en Valencia, pero también que para conseguirlo debe jugar con máxima intensidad porque, salvo excepciones, la exigencia del encuentro es absoluta. O se impone con claridad, o resulta arrollado, lo he visto muchas veces. Me cuesta creer que un equipo sin posibilidades de ganar títulos, que huele a renovación masiva, y en el que buena parte de la plantilla se pone repentinamente enferma, vaya a sacar pecho ante un Valencia que se juega la Champions, y que ha demostrado, a pesar de su temporada irregular, ser capaz de plantarle cara a cualquiera.

Es una lástima porque esa falta objetiva de interés desde el lado madridista (sí, es cierto, conviene salvar el honor dentro de lo posible; y sí, es cierto, la humillación puede provocar una reacción en los blancos que, por cierto, le sacan 20 puntos al Valencia) devalúa considerablemente el partido. Un choque que para un madridista valenciano es, en cierta forma, el más importante del año. ¿En qué forma? En el de la rivalidad directa. Un madridista valenciano descubre pronto, a qué colegio vaya ni en qué círculos se mueva, que la mitad de quienes le rodean (y están interesados por el fútbol) son del Valencia, y la otra mitad, digamos que a partes iguales (aunque esto daría para una tesis doctoral) del Barça y del Madrid. Resulta imposible escapar al magnetismo del clásico, y a la exagerada cobertura que despliegan los medios de comunicación madrileños y, en menor medida, de Barcelona. Pero a escala personal, la de llegar el lunes por la mañana a clase o a trabajar, la que importa, el Valencia-Real Madrid resulta mucho más importante.

No hace falta extenderse sobre el sentimiento anti-culé de buena parte del valencianismo. Pero personalmente creo que se habla poco del sentimiento antimadridista de, probablemente, el conjunto del valencianismo. Yo lo descubrí en toda su extensión la última vez que fui a Mestalla. Tenía unos 15 años, mi vecina de asiento se acercaba a los 60, el Madrid ganaba 0-1 y en un visto y no visto el Valencia remontó (escribo de memoria, pero creo que Nando, marcó el 2-1). Fue el delirio. En medio de los rugidos, la señora de mi izquierda me señaló con el dedo y me preguntó a gritos que por qué yo no lo celebraba. Me gusta recordar que aguanté estoicamente sentado, rodeado de la hinchada rival, desafiante, reivindicando mi derecho a no alegrarme. Pero ya saben cómo tiende la memoria a construir los recuerdos, así que probablemente sí que me levanté, y más tarde abandone con discreción el campo la última vez que visité Mestalla.


Ignacio Zafra
Seguidor del Real Madrid CF
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dimecres, 6 de maig del 2009

Entradas “Medias” o de “Señora”

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Allá por los 80 el club se preocupaba por motivar a la gente a ir a Mestalla, había abonos y entradas para jóvenes, entradas mas baratas para señoras, sin duda un cultivo que recogió sus frutos en los años siguientes.

Es a principios de los 80 cuando empieza mi peregrinaje de Puzol al Santuario de Mestalla, camino que aunque ha cambiado la manera de ir, sigo religiosamente cada día de partido.

Mucho ha cambiado desde que con más de dos horas de antelación, esperaba el autobús en la carretera de Barcelona para ir al cap y casal. Tenia que llegar pronto para conseguir una entrada, ya que hasta 1985 no tuve mi pase.

Bufanda, banderón y unos palos desmontables de hierro para que cupiesen en el autobús formaban parte del equipaje, todo ello aderezado de la ilusión que afortunadamente hoy todavía conservo. Una vez en Valencia me esperaba una larga caminata desde la calle Sagunto hasta Mestalla y por supuesto el mismo recorrido para la vuelta, que por cierto si el resultado no había ido bien se hacía muy pesada.

Ya en Mestalla, el objetivo era conseguir una entrada “Media”, entradas que por supuesto eran mas económicas y que estaban destinadas para los mas jóvenes, y si ya no quedaban por que se agotaban enseguida había que buscar la segunda opción que era comprar una de “Señora” en cuyo caso teníamos que contar con la complicidad del taquillero que dicho sea de paso siempre gozamos de ella.

Por supuesto mi destino era la añorada “General De Pie”, siempre me ha gustado ver el fútbol de pie, de hecho, no se otra manera de ver el fútbol, todavía hoy me refugio en la grada joven de Gol Gran para animar al Valencia y poder disfrutar los partidos de pie, aunque lo de “joven” cumplidos ya los 40…. en fin, por ilusión no será, sigo llevando mi bufanda y el banderon, aunque sin palos claro (ahora es impensable poder entrar a un campo de fútbol con unos palos de hierro pero recuerdo un desplazamiento a la Romareda donde los palos fueron conmigo en el pasillo del autobús y los entre al estadio sin ningún problema).

Poco puedo decir de la grada de general que no se haya dicho ya, para mi tenia una magia especial, siempre abarrotada de la afición mas pasional, como llegaras un poco tarde debías de hacer verdaderos equilibrios para poder llegar a tu sitio, que aunque te podías poner donde quisieras formaba parte del ritual llegar a tu zona de siempre.

En fin Mestalla, has llenado mi vida de recuerdos imborrables, de imágenes, de tensión, de nervios, de lágrimas de alegría, de lágrimas de tristeza, de euforia, de locura, de abrazos, de amigos, de conocidos, de sentimiento, de amor, de pasión. TE AÑORARE


Juan Sebastiá Esteve
Socio del Valencia CF
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dilluns, 4 de maig del 2009

Y el gran Torino renació en Mestalla

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Alineació de l'AC Torino a Mestalla en l'homenatge a Puchades. El tercer jugador de peu per l'esquerra és Faas Wilkes.

Sábado, 20 de junio de 1953

Yo, Luigi Giuliano, delantero del Torino, no subí a aquel avión. No viajé a Lisboa, aquel fatídico mayo de hace poco más de cuatro años. Había debutado esa misma temporada en el Toro, el gran Torino de Mazzola, Ossola, Maroso, Menti, los hermanos Ballarin, Bacigalupo... El equipo que maravillaba con su juego al mundo entero y encadenaba cuatro «scudetti» consecutivos, y un quinto en total franquicia, a falta sólo de una victoria. El Toro era el gran orgullo de una Italia que se levantaba, y sigue levantándose, a duras penas en los tiempos de tanta escasez de la postguerra.

Yo llevaba disputados cuatro partidos con el primer equipo, cuando Egri Erbstein, «Sor Ernesto», nuestro entrenador, nos comunicó, a mi y a un tal Kubala, un joven refugiado, compatriota del mister, que estaba a prueba en el equipo, que formaríamos parte de la expedición que jugaría el amistoso en Portugal.

Era mi gran oportunidad para reivindicarme en un «match» internacional con el legendario Toro. Hasta ese momento, el simple hecho de compartir vestuario y entrenamientos con compañeros a los que consideraba mis ídolos era, ya de por sí, un privilegio. Valentino, el capitán, era como un padre para los más jóvenes. Nos trataba con exquisita amabilidad, era uno más, y cada día nos regalaba algún sabio consejo. La sola idea de integrar una de las cinco plazas de la delantera con él en Lisboa, en mi primer viaje al extranjero, me impidió pegar ojo la noche previa al viaje. Era la consecución de un sueño. Una felicidad que quería compartir con mis padres, que tantos sacrificios habían hecho por mi y mis hermanos, dejando nuestra desolada Sicilia para buscarse un futuro un poco más digno en las fábricas del próspero norte...

El mundo se me cayó encima cuando, ya en el aeropuerto, me quedé en tierra al no disponer de pasaporte. Varios jugadores trataron de mediar, pero ni la intimidación que causaba su celebridad logró torcer la opinión de los funcionarios de la terminal, que se excusaron parapetándose en los problemas que nos podrían plantear las autoridades portuguesas. «No llores, hijo, habrá más partidos. Cuando regresemos de Lisboa, convenceré a Erbstein para que te dé alguna oportunidad. Tal vez ante el Génova, en el próximo encuentro en el Filadelfia. Ese día, chico, ganarás tu primer campeonato con el Toro y será una alegría que no olvidarás mientras vivas». Recuerdo nítidamente estas palabras de Renato Casalbore, director de Tuttosport, que se había presentado en el aeropuerto para cubrir la salida del equipo y, de rebote, había encontrado una butaca disponible en el avión. La mía. El presidente, el señor Ferruccio Novo, en la cama con gripe, y el chaval Kubala, todavía sin ficha, tampoco viajaron.

No sólo jugué ante el Génova. También lo hice en los tres encuentros restantes de aquel campeonato maldito. Contra el Palermo, la Sampdoria y la Fiorentina. Me convertí en el capitán de un equipo repleto de futbolistas juveniles. Nuestros adversarios, en señal de respeto a los caídos, también alinearon jugadores del equipo «primavera». De aquel Toro posterior al desastre apenas quedamos Gianmarinaro y yo. A muchos de los chavales que jugaron los cuatro partidos finales de la 48/49 les hemos perdido la pista, incapaces de superar el trauma de sustituir a las cenizas del irrepetible Toro.

No hace falta que rememore, querido diario, lo que pasó en la colina de Superga. El recuerdo queda tan reciente que me ha impedido enfrentarme a él, ni aunque sólo sea escribiendo… Toda Italia sigue conmocionada, paralizada por aquella desgracia. Como si el tiempo se hubiese detenido a las cinco de la tarde de aquel 4 de mayo de 1949, y todo lo que hubiera venido después fuese irreal y fantasmagórico. Basta con recordar que nuestra «Nazionale» viajó en barco a los pasados mundiales de Brasil…

Hoy, en cambio, he vuelto a sentirme con fuerzas para recordar al Gran Torino. Escribo desde la terraza del hostal en el que nos hospedamos en Valencia. Ya es de noche, muy tarde. Todos duermen, menos el presidente Novo, que negocia el traspaso de Wilkes. Sí, nos abandona Faas. Ahora contaré cómo se ha desencadenado todo. Una agradable brisa procedente del mar alivia el bochornoso calor que hemos sufrido desde que aterrizáramos, ayer viernes. En Valencia sopla un hostil «scirocco» que me evoca nuestra lejana infancia en Trapani.

Me he acordado del Gran Torino y de Lisboa porque hace unas pocas horas hemos jugado contra el Valencia. El amistoso era un homenaje a su futbolista Antonio Puchades, como de la misma manera el partido contra el Benfica sirvió para rendir honores al capitán Françisco Ferreira. Y, como en Lisboa, perdimos. Esta tarde, 4-1. El público ha recibido con grandes aplausos a Puchades, con el que intercambié banderines después de que le fuera entregada una medalla. Al parecer, por lo que nos comentaban en el túnel de vestuarios, se ha montado un gran escándalo porque ha sido descartado por el seleccionador español para los próximos encuentros internacionales.

Nos han tratado de maravilla. A nuestra llegada al aeropuerto, los señores Colina, Peris y Cubells, representantes del Valencia, nos han recibido y han dialogado animadamente con el presidente Novo y el resto de los directivos. Por lo que han entendido nuestros dirigentes, les han contado que el Valencia, como el Toro en Italia, fue el mejor equipo de España en la década pasada, que proyectan una gran ampliación de Mestalla, su estadio, y que el Valencia se fundó en un bar llamado Torino. ¡Qué curiosa coincidencia!. El Torino sigue despertando la misma admiración, pese a que ahora somos un club que, de repente, debe luchar por no retroceder a la Serie B. Conmueve comprobar cómo se aprecia la memoria del Gran Torino, no sólo en Valencia, sino también en el resto del mundo. El año pasado de la Argentina vino el River Plate a jugar un partido benéfico para recaudar fondos para las viudas e hijos de nuestros compañeros desaparecidos. El Corinthians brasileño jugó durante un tiempo con la casaca grana, en nuestro honor.

El Valencia, con Puchades al frente, ha jugado un soberano partido, con mucha intensidad y sacrificio. No parecía en nada un amistoso. Puchades, del que recuerdo que fue seleccionado en el once ideal del último Mundial, ha rendido al máximo. Ha formado una barrera infranqueable en la media con Pasieguito. El zurdo, Seguí, nos ha creado muchísimos problemas. Nunca nos hemos sentido cómodos y hemos caído con todo merecimiento.

El honor del Torino lo ha salvado Wilkes, nuestro veterano genio holandés. Es cierto que, en esta campaña, su rendimiento en el Toro no se ha adaptado a las expectativas que despertó su fichaje. Le han perjudicado las lesiones y no ha acabado de ser el aristocrático «fuoriclasse» que triunfara en el Inter. Hoy, en cambio, ha sacado a relucir todo su amplio repertorio de elegantes regates. El público ha enloquecido con Faas, y en las curvas se coreaban sus recortes. Su actuación ha encandilado tanto que los hinchas han reclamado al palco su contratación. ¡Y es posible que no regrese con nosotros mañana y fiche por el Valencia!. Parece que Novo ultima los detalles con los directivos españoles.

Mestalla es un campo bonito, majestuoso y familiar al mismo tiempo, parecido al Fila. Este desplazamiento ha sido una grata experiencia. Como sugería el señor Colina, este partido tendría que haberse jugado cinco años atrás, con los dos clubes en la cima. Este estadio habría sido un marco perfecto para desplegar la potencia de Dino y Aldo Ballarin, Rigamonti o Loik, el talento de Maroso y Ossola, el oficio de Grezar y Menti, los reflejos felinos de Bacigalupo y la ominipresencia de nuestro capitán, don Valentino Mazzola.

…Y Renato Casalbore habría escrito una bellísima crónica.

Yo, Luigi Giuliano, delantero del Torino, no subí a aquel avión, pero en Mestalla, con Puchades y Wilkes, me he imaginado jugando en Lisboa al lado de nuestros campeones inmortales.

Forza Cuore Toro!


Vicent Chilet
Socio del Valencia CF
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