dimecres, 25 d’agost del 2010

Echo de menos

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foto: Jose Vicente Pascual Fuentes · · · · · · · · · · · · ·

Echo de menos el olor a puro en Mestalla. ¿qué pasa, que la gente ya no fuma puros en el fútbol?

Echo de menos los partidos de antaño a las 5 de la tarde. El acudir a las 3 y media para coger posición en la General de Pie.

Echo de menos los partidos veraniegos de los sábados a las 10 y media. Nuestro césped se convertía en un campo de naranjas porque a algunos les daba por no querer postre después de cenar, qué cosas…

Echo de menos coger el autobús para ir a Mestalla, y como la gente va comentando y augurando lo que va a pasar en el partido.

Echo de menos los libritos. Yo les llamaba así. Sí, hace alguna temporada se quiso recuperar la tradición, pero no eran lo mismo.

Echo de menos las broncas al equipo contrario y al trencilla de turno cuando saltaban al césped y el rugir de Mestalla, con alguna traca de fondo, cuando saltaba nuestro equipo. Ahora, como salen todos juntos no sabes si abroncar o aplaudir cuando saltan los equipos, eso si tienes las manos libres, claro, porque igual tienes que levantar un plástico naranja o blanco, según el día, para hacer un mosaico que soy incapaz de ver por ser protagonista de él.

Echo de menos ver publicadas las fotos del trío arbitral (cuarteto, perdón. Sexteto en UEFA) con los capitanes en los periódicos del día siguiente y las fotos de las alineaciones. Alguien debe tener escondida una colección enorme y valiosa de dichas fotografías.

Echo de menos aquellas almohadillas que inundaban Mestalla en algunas malas tardes por desesperación o por alegría en otras. Y cuando los empleados se afanaban en sacarlas del rectángulo de juego y cuando ya prácticamente las tenían todas fuera, otra avalancha de ellas inundaba de nuevo el césped. Mamoncetes éramos…

Echo de menos, avisado por un sonido digamos como espacial, echar la vista al marcador para ver en qué partido se ha marcado un gol, con los correspondientes aplausos o pitos. El encargado del electrónico cada vez tiene menos trabajo.

Echo de menos a SuperBat corriendo de norte a sur y de sur a norte, antes y durante los descansos de los partidos, marcando paquetín, enfervorizando a la masa. Nuestro superhéroe, el gran SuperBat…

Echo de menos al vendedor de pipas, caramelos, turrón de Viena. Eso sí, yo sólo compraba, de vez en cuando, saladitos. No era ni soy de los de comer en Mestalla en los partidos. O antes o después.

Echo de menos, una vez terminado el partido del Valencia, ver saltar al césped al Mestalleta y quedarme a ver, como otros muchísimos miles, la primera parte de su partido. Despues, como un resorte en el descanso, todos para casa.

Mestalla, aún no te has ido, y ya te echo de menos.


Jose Miguel Lavarías
Socio del Valencia CF
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dissabte, 31 de juliol del 2010

Uña de gañán

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“…me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78…”
-Andrés Calamaro-


En casa nunca se utilizaba la palabra Mestalla. Ni tampoco Luís Casanova. En casa, Mestalla era el “Campo”, o a lo sumo, el campo del Valencia. Estaba demasiado cerca como para imponernos su nomenclatura solemne y mayestática. Estaba ahí, a la vuelta de la esquina, y poseía el mismo aire familiar y doméstico que el patio del colegio.

Lo he visto con claridad estos meses de inventarios y escrituras. Una cosa es la memoria real y otra la forma de plasmarla años después. Intuyo que la elaboración literaria del escenario ha sido un elemento algo impostado, nacido a cuenta de la enfermedad poética que busca concretar el rumor de azares, anécdotas y glorias en una hermeneútica propia y conmovedora.

Con franqueza, la mirada de un niño puede ser muy voraz pero su discurso es simple salvo que se llame Léolo y se apellide Lozone. Sin duda, en esa distancia que media entre el niño y el adulto se cobija el impostor de la voz engolada que nos hace pontificar. Cuando en realidad, y como pasa siempre, todo es mucho más sencillo.

En verdad, por aquellos días en que yo me asomaba a la esquina de la calle Gorgos, Mestalla era sólo eso: el Campo del Valencia, un lugar donde mi padre y yo compartíamos la espuma de los domingos. Después, la memoria y la solemnidad de los muchos libros le han otorgado galones sagrados pero sólo desde la invención lírica de una voluntad mística. Y la mística, es importante acotarlo, es la menos objetiva de las miradas. Está hecha, ante todo, de esencialismos y grandilocuencias: estiércol de metáforas lacrimógenas para vindicar ausencias y prolongar en tono narrativo el hechizo de lo inabarcable.

Lo he aclarado, por suerte, gracias a mi madre, que siempre fue realista y poco dada a las efusiones religiosas. Un día, y hablo de la primavera de 1978, fuimos a El Corte Inglés a comprarme los clásicos mocasines con borlita para una comunión, aquellos jodidos zapatos que tanto detestaba. Era sábado y a media tarde debutaba España contra la selección austriaca de Krankl y Prohaska en el mundial de Argentina. La ida la hicimos en el autobús de la entonces SALTUV, pero a la vuelta mi madre me convenció para regresar a pie. Su argumento fue el más eficaz que podía utilizar: pasamos por el campo del Valencia y así ves lo bonito que lo están dejando, me dijo. Accedí, que remedio. Caía el solano con fuerza pero la tentación de pasar por ese Mestalla en obras merecía la pena. Fue, ahora lo recuerdo, la única vez que vi la acequia al descubierto. El campo estaba en plena fase de remodelación para el mundial 82 y era ese momento puntual en que no había rastro de la grada baja: ni la vieja ni la nueva. Sólo un solar.

El actual segundo anillo del graderío flotaba en el aire, sostenido por las columnas que aún hoy tienen residuos tiznados de carbón. La visión era entre apocalíptica y esperanzadora. No había mucho césped y sólo la fachada de tribuna permanecía inalterable como seña estética de identidad. Mi madre le pidió permiso al vigilante para asomarme al abismo de grúas paradas que descansaban sobre el espacio donde unas semanas antes Kempes había logrado el pichichi goleando al Betis. Lamento decepcionarles pero no recuerdo sentir ninguna revelación mariana. Tampoco Dios me habló al oído ni hubo repentinas brisas que elevaran al cielo papelitos festivos. Nada. Sol y moscas. Y el vigilante. Uno de aquellos hombres hoscos y sucios. Piel morena y curtida, con uña extralarga en su dedo meñique a modo de herramienta indispensable para pasar la jornada laboral indagando nuevas rutas.

32 años después de aquella tarde he intentado fórmulas para explicar la fascinación que entonces fui incapaz de sentir pero que ahora me tensa la garganta de forma incomprensible. Ese secreto es el que cada partido del Valencia me obliga a imaginar el graderío previo a la reforma del 78’, como si en ese escenario se concretase alguna verdad digna que metabolizara el temblor y la alegría. Como si sólo aquel Mestalla fuera digno de ser el verdadero Mestalla. Pero intuyo que eso sólo es inercia sentimental y autocompasiva. Sinceramente, ya no espero grandes cosas de la milonga que alega que la patria es la infancia. Creo, más bien, que un hombre atrapado por ese rumor es un hombre enfermo que no hace más que contarse a si mismo una película donde la realidad ha sido abducida por el relato acomodaticio que suelen otorgar las frases enmarcadas en el colchón de la tradición narrativa que adopta toda evocación más o menos veraz.

El tiempo juega con nosotros para convertir lo anodino en algo mágico. Parece nuestro destino: contar y que parezca interesante lo contado. Pero aquella tarde todo fue prosaico y elemental. A sabiendas, un solar en obras, un niño curioso y la necesidad fisiológica de llegar a casa lo antes posible para sentarme en la taza y oír por el deslunado como Austria le marcaba a España su primer gol. No es que me decepcionara la acequia…es que sólo era una acequia custodiada por un tipo cuya uña explica mejor que nada la historia de un país donde la manicura todavía era un deporte para minorías.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF

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dimecres, 30 de juny del 2010

El salario del miedo

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La primera vez que salté al terreno de Mestalla fue en 1966. En aquellos tiempos, se dejaba un balón en el centro del campo durante el descanso, las sillas eran de enea y no había verjas que separaran a los aficionados de sus ídolos. Mi padre me puso sobre el campo y yo, con mis tres años a cuestas, corrí hasta el centro del campo y chuté el balón. No recuerdo nada de aquel episodio, pero sé que el Valencia ganó una Copa del Generalísimo la temporada siguiente y también sé que aún no existían los grupos ultras. Desde la temporada 1971-72 hasta la actualidad he acudido a Mestalla, salvo la infausta temporada 86-87 que me pilló en el servicio militar. Recuerdo la gran eliminatoria contra el FC Barcelona en la temporada 78-79 que acabó con la consecución de la Copa del Rey, con un Valencia dirigido por un enorme Kempes. Podría recordar, eso sí, haciendo un esfuerzo importante, que había alguna peña que destacaba más que otras, quizá la Peña Colorista Sector 8, pero ni por asomo recuerdo grupos ultras en las gradas. A partir de la vuelta del Valencia a primera división, en la temporada 87-88, se empezó a poblar la grada con grupos de jóvenes, emulando a los “hooligans” ingleses, que tenían en su punto de mira el fútbol como fenómeno social, pero nunca deportivo. El intento de asimilación de unos colores y una ideología, casi siempre intolerante y fascista, fue un fenómeno que floreció en Mestalla, y no siempre de forma espontánea, sino alimentado y alentado por el propio club y algunos medios de comunicación. De algún modo, se extendió la idea de que grupos juveniles de animación eran necesarios e imprescindibles para lograr hacer a un equipo “campeón”. Ultras Sur, Frente Atlético, Boixos Nois, Riazor Blues, Yomuss,... “Hooligans” en el Reino Unido, “Barras Bravas” en Argentina... Ahí los tenemos, institucionalizados, financiados y, a menudo, haciendo del chantaje un modo válido de relación con el club. Y en este estado de cosas, cuando los jugadores de las ligas europeas promocionan una pulserita contra el racismo, y consiguen un pelotazo económico, pues todos los niños y niñas quieren ir a la moda, viene la paradoja, la vergüenza y la rabia. Los jugadores del Valencia, acosados una semana antes en Paterna, pagan el peaje del miedo y regalan sus camisetas a los acosadores, a los matones, a los racistas y malas personas que aún mancillan la memoria de una persona que murió asesinada. Me da igual cuáles fueran sus ideas. Así la ceremonia de la confusión es completa y el sonrojo no parece llegar a la cara de los dirigentes del club. Mucho de lo que el Valencia CF va a ganar en Porxinos no es más que mísera calderilla comparado con el gran capital moral que se ha perdido con la actitud tibia del club y el ejemplo lamentable de casi todos los jugadores. La grandeza de unos colores, títulos deportivos y logros económicos aparte, también se mide en los momentos históricos. Y éste lo es. La directiva del FC Barcelona ha marcado la dirección a seguir. Campeones de Liga sin ultras apoyados por el club en sus gradas. ¿Se cometerá el error histórico de pensar en ellos cuando el Valencia estrene su nuevo estadio?

Francisco García Cubero, Profesor de Bachillerato
Socio del Valencia CF
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divendres, 14 de maig del 2010

La nit de l'heroi

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dimarts, 11 de maig del 2010

Quan arriba la nit, jo soc Baraja...

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dijous, 15 d’abril del 2010

Banqueta visitant. Athletic Club

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Dos históricos en Mestalla

Para cualquier aficionado del Athletic nacido a partir de los años 60-70, el nombre de Mestalla evoca el recuerdo de un momento único: el gol de Tendillo que nos dio la Liga del 83, una Liga largamente deseada y anhelada tras más de 25 años sin ganarla, y 10 años después el último título, la Copa del Rey de 1973.

Pero sobre eso ya hay un excelente artículo en este blog escrito por Juan José Martínez Jambrina, cuya lectura recomiendo porque expresa perfectamente el sentir de cualquier aficionado del Athletic.

Reflexiono en esta semana previa al partido y me doy cuenta de algo en lo que nunca había pensado: sólo conozco a un aficionado del VCF. Y curiosamente, es en realidad una amistad cibernética la que nos une, con lo cual podría afirmar que nunca he tenido una conversación cara a cara con un aficionado ché. También pienso en que es extraño que siendo uno de los estadios que más me gustaría visitar, nunca he visto allí un partido. Tendré que poner remedio a eso cuando se presente una ocasión.

Para el Athletic de hoy visitar Mestalla es visitar un estadio difícil, en el que arañar puntos se antoja muy complicado. El potencial del VCF está fuera de toda duda, y la prueba es la situación en la clasificación, terceros y por tanto, ganadores de la otra Liga: la que juegan los equipos que no son favorecidos por contratos televisivos y otras ayudas, aunque eso es motivo para otro debate.

Por otra parte, son tres meses ya sin ganar fuera de casa, y eso es una losa pesada en el equipo, a pesar de que su buena clasificación en la tabla añade un plus de peligrosidad para el VCF. Al estar asegurando los puntos en San Mamés, el Athletic es ahora un equipo más atrevido fuera, aunque desgraciadamente no se esté traduciendo en buenos resultados, bien por la mala suerte (Coruña o Gijón), bien por un exceso de conservadurismo (Sevilla) o bien por enfrentarse a un rival muy superior (Barcelona)

Pero hablemos de Mestalla, y de lo que significa para un aficionado del Athletic: es la casa de un grande, y por tanto a Mestalla se acude con respeto. Es un campo que destila un gran ambiente de fútbol, como no puede ser menos siendo el estadio de un histórico. Y es un estadio al que se acude pensando en que ganar es una proeza…Y además, es un estadio muy especial, en el que se han vivido grandes duelos contra un equipo al que se tiene mucho cariño en San Mamés.

Esperemos ver un gran partido, que gane el mejor, que éste sea el Athletic, y mucha suerte para el Valencia en el resto del torneo liguero.

Amunt Valencia! Aúpa Athletic!


David Domínguez
Aficionado del Athletic Club
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