dijous, 28 d’octubre del 2010

El triunfo del hombre tranquilo

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La muerte de don Arturo Tuzón hace al valencianismo estos días, por enésima vez, rendir honras fúnebres a uno de los protagonistas de su casi centenaria historia. No es para menos. Mesurado, capaz y correcto, comandó durante siete años una nave que consiguió salir de la tormenta para encaminarse hacia las soleadas playas de la bonaza económica y deportiva. Y es que aquel Valencia triste y quejumbroso que tocó fondo en el 86 tenía cierta vocación de terrorista suicida: los fastos recientes se habían consumido, dejando un rédito poco menos que alarmante: una deuda galopante y, lo que es más preocupante, la desbandada casi general de una afición cansada de los vaivenes políticos y deportivos del cambio de década, huérfana de héroes e instalada en la nunca apacible tierra de nadie, al límite del abismo.

Don Arturo tuvo las agallas de aparecer a la hora de los valientes, cuando pocos hubieran tomado el timón del barco errante, y supo, desde el pozo de la Segunda, reconciliar a la ciudad y a la afición con el club y hacer de la necesidad, virtud: aquel Valencia que inició el camino de la resurrección en Alzira en agosto del 86 contaba en su alineación con siete valencianos y dos mestallistas, jugadores que ofrecerían un rendimiento muy destacable a lo largo de toda la era Tuzón. La política de cantera, complementada con sensatos refuerzos, sería una constante a lo largo de su mandato, y, a falta de títulos, reportó a toda una generación de nuevos valencianistas, mi generación, un inolvidable primer once para el recuerdo: Ochotorena, Quique, Arias, Voro, Giner; Roberto, Arroyo, Tomás, Fernando, Eloy y Penev. Y varios escuderos de lujo: Sempere, Mendieta, Camarasa, Leonardo o Mijatovic, entre otros.

Más adelante llegarían los años convulsos que agriaron sus últimos tiempos como presidente: la conversión del club en Sociedad Anónima, la eclosión de una oposición más jaranera que efectiva, las vergonzantes goleadas europeas y una frustrante sensación de quedarse siempre a las puertas de los éxitos deportivos. La animadversión hacia aquel hombre frugal se convirtió en una constante casi diaria, jaleada por los voceros del supuesto progreso. Y don Arturo desertó de la primera línea con su habitual sentido común, mientras al doblar la esquina de la avenida de Suecia las tracas anunciaban la venida de la postmodernidad, el espectáculo y el gasto desmesurado.

El tiempo, que pone a todo y todos en su sitio, devolvió hace años a don Arturo al puesto que le corresponde en la historia del Valencia. Sus aciertos, a pesar de la cantinela de los duros y los fuegos de artificio de la era Roig, lo sitúan justamente entre los mejores gestores que han gobernado el club. Como muy lúcidamente apuntaba en estas mismas páginas Vicent Chilet, sin él, sin la base de sensatez y el saneamiento económico que aportó en sus años de mandato, no hubiera sido posible todo de lo que vino después, y quizá el Valencia de los grandes éxitos sería hoy una quimera. Es el mayor triunfo de aquel hombre tranquilo que, parafraseando a Rafa Lupión, recompuso el pulso del Valencia a base de su propio sudor y esfuerzo.


José Ricardo March
Socio del Valencia CF
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dilluns, 25 d’octubre del 2010

L'adéu a un gran senyor

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Arturo Tuzón ens ha deixat. La notícia ens ha sorprés i ens ha fet recordar eixos anys, no massa llunyans, on el futbol encara era sols esport, on els clubs eren sentiments i no accions, on els directius eren aficionats (amb major o menor fortuna i coneixements) i no professionals, on pel general se servia al club i no se servia del club, on els presidents i les seues directives eren escollides pels socis i no per les accions, on el València era CF i no SAD.

Arturo Tuzón era un home cabal, honest, respectuós amb els contraris, un autèntic sportmen en el sentit clàssic del terme, en definitiva una classe de directiu que ara estaria fora de lloc en el cada vegada més complex i impersonal món del futbol.
Gràcies per tot el que va fer pel nostre club i la nostra admiració i respecte per haver donat el pas endavant quan més difícil era fer-ho.
Descanse en pau, el president i la persona.

Respectuosament.


Josep A. Bosch
Soci i accionista del VCF

P.D.- Alguns diran que amb Arturo Tuzón el València CF no va aconseguir cap títol esportiu, s'equivoquen de totes. Amb ell, el nostre club va guanyar el campionat de Segona Divisió i l'ascens a la Primera, eixe modest triomf va ser fonamental per a la posterior història del nostre club.
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dissabte, 23 d’octubre del 2010

Arturo Tuzón, president del València CF (1986-1993). In memoriam.

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ultimes vesprades a Mestalla
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dimarts, 21 de setembre del 2010

El irrepetible C.D. Mestalla 1951/52, o “de la alegría al desencanto”

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CD Mestalla, temporada 1951/52: Izquierdo, Fuertes, Mir I, Moreno, Corberán, Bienvenido y Riera;
Segarra, Álvarez, Mir II, Ibáñez I y Pomar.

Nuestro querido Mestalla ascendió a la 2ª división la temporada 1947/48 y en su debut terminó en séptima posición. Era su Presidente D. Vicente Casanova (hermano de D. Luis Casanova), y secretario general Vicente Péris Lozar. Su equipamiento lo componía una camiseta blanca con ribetes azul claro en cuello y mangas, pantalón blanco y medias blancas con vuelta azul.

Ya en la temporada 1951/52 el equipo estaba entrenado por Carlos Iturraspe. Verdaderamente se encontró con unos mimbres idóneos y les dio el suficiente carácter y ambición para salir siempre a por la victoria sin especulación alguna. En las primeras jornadas había poca asistencia de público pues se jugaba los sábados a las 4 de la tarde, a veces con tiempo desagradable, lo que motivaba ver las gradas casi vacías. Cuando llovía nos pasábamos todos a la tribuna, con consentimiento de directiva y empleados y recuerdo la visita del Cartagena con una tromba de agua inmensa.

Pero a mitad del campeonato se animó la cosa; el CD Mestalla iba de los primeros y el insigne periodista de radio José Manuel Hernández Perpiñá influyó hasta conseguir que se estableciera una entrada infantil a 2 pesetas, lo que animó a la asistencia de chavales que hacían coro.

Al final se consiguió el segundo puesto del Grupo 2º (la 2ª división estaba constituida por dos Grupos), tras el campeón CD Málaga (ascenso directo) y delante del CD Alcoyano, tercero y que le dio derecho a participar en la liguilla de ascenso.

La liguilla atrajo a numerosísimo público, registrándose muy buenas entradas en cada partido y finalmente fue el vencedor, seguido del Real Sporting de Gijón y Racing de Santander.

Esta fue la puntuación final de la Liguilla de promoción de ascenso de 2ª a 1ª división, temporada 1951/52:



J G E P GF GC Puntos
1 CD Mestalla 10 5 4 1 27 10 14
2 Real Sp.Gijón 10 5 3 2 20 14 13
3 Racing Santander 10 5 1 4 27 20 11
4 CD Alcoyano 10 4 1 5 23 21 9
5 CD Logroñés 10 3 2 5 11 21 8
6 Racing Ferrol 10 2 1 7 13 35 5

Pero ahora, no subo.

He escuchado varias versiones sobre el no ascenso a primera, bien por impedimento, bien por voluntaria renuncia. Sin negar tajantemente ninguna hipótesis, me cuesta pensar que un equipo que, previamente ya tiene decidido no ascender, juegue la liguilla de ascenso tan sólo por efectuar unas pocas recaudaciones extra, para luego renunciar, con las funestas consecuencias que ello trajo a la larga. No veo a D. Luis Casanova capaz de eso. Otro motivo debió ser. Porque el no disponer de campo apto para la primera, o el ser filial de otro lo solventó la España Industrial: jugaba en el campo de la Fabra y Coats, cambió su denominación a CD Condal, y ,desligándose (oficialmente) del CF Barcelona, pudo jugar los sábados en primera división y en el campo de Les Corts. Por supuesto seguía siendo filial del Barça.

Otra versión que he oído recientemente fue las protestas y quejas de otros equipos. Esto no lo veo claro. Y de protestar, el único con intereses era el Rácing Santander, por quedarse en puertas.

Sea lo que fuere, la afición se desinfló, y comenzó a languidecer terminando con el descenso a 3ª.

Esta fue la plantilla que consiguió el ascenso, con seguras omisiones de las que pido disculpas:

Porteros: Ya retirado Izquierdo, tenía tres de muy similar calidad;
Bienvenido (en el Valencia CF 47/48 y 50/51). Tenía ya la experiencia de la 1ª división. Muy sobrio, parecía algo pasado de peso, pero seguro.
García Sánchez (en el Valencia CF 53/54 y 54/55). Otro buen portero, muy seguro.
Timor: El más novel (posteriormente en el Valencia CF desde 53/54 a 57/58). Era el más ágil y espectacular, aficionado a las palomitas vistosas, un gato. Ya en el Valencia, fue preseleccionado para jugar en el Estadio Metropolitano un partido de “probables” contra “posibles”, junto con Amancio y Veloso entre otros.

Defensas:
Ibáñez II ,defensa derecho (hermano de Ibáñez I) . Posteriormente jugó en el Valencia CF. El más alegre “subidor” de la línea. Rápido y centrador.
Juan Ramón, defensa central ¿Qué se puede decir del “capi”? Venía del Valencia; ya en declive pero segurísimo y mandón.
Domínguez , sobrio lateral izquierdo. El único de la plantilla titular que no llegó a jugar en el Valencia. No regalaba ningún balón.
Botti , central suplente para las ausencias de Juan Ramón. Cumplía bien.
Dudo si también formaban parte del grupo Mir I, Saenz, y Corberán.
En conjunto era una defensa sin alegrías pues para eso ya habían bastantes arriba, y se confiaba en el poder ofensivo de ellos.

Medios:
Solves (o Solbes, según el periodista que escribiera). Muy técnico. Jugó en el Valencia.
Romero, medio izquierdo, y antes interior izquierdo en el Valencia (donde llegó a marcar 3 goles en San Mamés en un 3-6 al At. Bilbao) .Con empuje y buen disparo. Parecido a Valerón.
Sendra, medio derecho. Muy técnico, con soltura en la subida del balón. Posteriormente no se atrevió a hacer lo mismo cuando subió al Valencia, pero estuvo varias temporadas en Primera. Acabó de defensa central.
Mangriñán, cuando pasó al Valencia, se hizo famoso como “el azote de Di Stéfano”. En el Mestalla, era un buen medio defensivo.
Mir I, buen medio volante, cumplidor. También podía jugar de defensa derecho.

Delanteros:
Mañó, extremo derecho nato, llamado “el ratón de Sueca”. Con escapadas eléctricas, bien lanzado por Fuertes, con el Valencia llegó a ser internacional.
Fuertes, interior derecho, en el Valencia llegó a internacional. Era el corazón de la delantera. Peligroso, buen chutador y con carácter.
Sócrates, buen delantero centro. Pasó al Valencia, siendo descubierto allí como defensa izquierdo condicionado por una lesión del habitual Díaz. Resultó un gran hallazgo. Incluso terminó su carrera deportiva como defensa central.
Plá , interior izquierdo. Tenía las características de Luis Suárez, salvando las distancias. Buen disparo y zancada. Fue cedido al Gijón, volviendo al Valencia.
Giraldós, extremo izquierdo que venía del Valencia. Cumplía.
Yussá, extremo izquierdo, también del Valencia.
Ibáñez I “Rabanito”, hermano de Ibáñez II. Interior. No sé de dónde venía el mote. Eventualmente podía jugar de delantero centro.

Otra historia más de las que aparecen en mi memoria…


Antonio Vives Cortina
Socio del Valencia CF
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dimecres, 25 d’agost del 2010

Echo de menos

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foto: Jose Vicente Pascual Fuentes · · · · · · · · · · · · ·

Echo de menos el olor a puro en Mestalla. ¿qué pasa, que la gente ya no fuma puros en el fútbol?

Echo de menos los partidos de antaño a las 5 de la tarde. El acudir a las 3 y media para coger posición en la General de Pie.

Echo de menos los partidos veraniegos de los sábados a las 10 y media. Nuestro césped se convertía en un campo de naranjas porque a algunos les daba por no querer postre después de cenar, qué cosas…

Echo de menos coger el autobús para ir a Mestalla, y como la gente va comentando y augurando lo que va a pasar en el partido.

Echo de menos los libritos. Yo les llamaba así. Sí, hace alguna temporada se quiso recuperar la tradición, pero no eran lo mismo.

Echo de menos las broncas al equipo contrario y al trencilla de turno cuando saltaban al césped y el rugir de Mestalla, con alguna traca de fondo, cuando saltaba nuestro equipo. Ahora, como salen todos juntos no sabes si abroncar o aplaudir cuando saltan los equipos, eso si tienes las manos libres, claro, porque igual tienes que levantar un plástico naranja o blanco, según el día, para hacer un mosaico que soy incapaz de ver por ser protagonista de él.

Echo de menos ver publicadas las fotos del trío arbitral (cuarteto, perdón. Sexteto en UEFA) con los capitanes en los periódicos del día siguiente y las fotos de las alineaciones. Alguien debe tener escondida una colección enorme y valiosa de dichas fotografías.

Echo de menos aquellas almohadillas que inundaban Mestalla en algunas malas tardes por desesperación o por alegría en otras. Y cuando los empleados se afanaban en sacarlas del rectángulo de juego y cuando ya prácticamente las tenían todas fuera, otra avalancha de ellas inundaba de nuevo el césped. Mamoncetes éramos…

Echo de menos, avisado por un sonido digamos como espacial, echar la vista al marcador para ver en qué partido se ha marcado un gol, con los correspondientes aplausos o pitos. El encargado del electrónico cada vez tiene menos trabajo.

Echo de menos a SuperBat corriendo de norte a sur y de sur a norte, antes y durante los descansos de los partidos, marcando paquetín, enfervorizando a la masa. Nuestro superhéroe, el gran SuperBat…

Echo de menos al vendedor de pipas, caramelos, turrón de Viena. Eso sí, yo sólo compraba, de vez en cuando, saladitos. No era ni soy de los de comer en Mestalla en los partidos. O antes o después.

Echo de menos, una vez terminado el partido del Valencia, ver saltar al césped al Mestalleta y quedarme a ver, como otros muchísimos miles, la primera parte de su partido. Despues, como un resorte en el descanso, todos para casa.

Mestalla, aún no te has ido, y ya te echo de menos.


Jose Miguel Lavarías
Socio del Valencia CF
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dissabte, 31 de juliol del 2010

Uña de gañán

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“…me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78…”
-Andrés Calamaro-


En casa nunca se utilizaba la palabra Mestalla. Ni tampoco Luís Casanova. En casa, Mestalla era el “Campo”, o a lo sumo, el campo del Valencia. Estaba demasiado cerca como para imponernos su nomenclatura solemne y mayestática. Estaba ahí, a la vuelta de la esquina, y poseía el mismo aire familiar y doméstico que el patio del colegio.

Lo he visto con claridad estos meses de inventarios y escrituras. Una cosa es la memoria real y otra la forma de plasmarla años después. Intuyo que la elaboración literaria del escenario ha sido un elemento algo impostado, nacido a cuenta de la enfermedad poética que busca concretar el rumor de azares, anécdotas y glorias en una hermeneútica propia y conmovedora.

Con franqueza, la mirada de un niño puede ser muy voraz pero su discurso es simple salvo que se llame Léolo y se apellide Lozone. Sin duda, en esa distancia que media entre el niño y el adulto se cobija el impostor de la voz engolada que nos hace pontificar. Cuando en realidad, y como pasa siempre, todo es mucho más sencillo.

En verdad, por aquellos días en que yo me asomaba a la esquina de la calle Gorgos, Mestalla era sólo eso: el Campo del Valencia, un lugar donde mi padre y yo compartíamos la espuma de los domingos. Después, la memoria y la solemnidad de los muchos libros le han otorgado galones sagrados pero sólo desde la invención lírica de una voluntad mística. Y la mística, es importante acotarlo, es la menos objetiva de las miradas. Está hecha, ante todo, de esencialismos y grandilocuencias: estiércol de metáforas lacrimógenas para vindicar ausencias y prolongar en tono narrativo el hechizo de lo inabarcable.

Lo he aclarado, por suerte, gracias a mi madre, que siempre fue realista y poco dada a las efusiones religiosas. Un día, y hablo de la primavera de 1978, fuimos a El Corte Inglés a comprarme los clásicos mocasines con borlita para una comunión, aquellos jodidos zapatos que tanto detestaba. Era sábado y a media tarde debutaba España contra la selección austriaca de Krankl y Prohaska en el mundial de Argentina. La ida la hicimos en el autobús de la entonces SALTUV, pero a la vuelta mi madre me convenció para regresar a pie. Su argumento fue el más eficaz que podía utilizar: pasamos por el campo del Valencia y así ves lo bonito que lo están dejando, me dijo. Accedí, que remedio. Caía el solano con fuerza pero la tentación de pasar por ese Mestalla en obras merecía la pena. Fue, ahora lo recuerdo, la única vez que vi la acequia al descubierto. El campo estaba en plena fase de remodelación para el mundial 82 y era ese momento puntual en que no había rastro de la grada baja: ni la vieja ni la nueva. Sólo un solar.

El actual segundo anillo del graderío flotaba en el aire, sostenido por las columnas que aún hoy tienen residuos tiznados de carbón. La visión era entre apocalíptica y esperanzadora. No había mucho césped y sólo la fachada de tribuna permanecía inalterable como seña estética de identidad. Mi madre le pidió permiso al vigilante para asomarme al abismo de grúas paradas que descansaban sobre el espacio donde unas semanas antes Kempes había logrado el pichichi goleando al Betis. Lamento decepcionarles pero no recuerdo sentir ninguna revelación mariana. Tampoco Dios me habló al oído ni hubo repentinas brisas que elevaran al cielo papelitos festivos. Nada. Sol y moscas. Y el vigilante. Uno de aquellos hombres hoscos y sucios. Piel morena y curtida, con uña extralarga en su dedo meñique a modo de herramienta indispensable para pasar la jornada laboral indagando nuevas rutas.

32 años después de aquella tarde he intentado fórmulas para explicar la fascinación que entonces fui incapaz de sentir pero que ahora me tensa la garganta de forma incomprensible. Ese secreto es el que cada partido del Valencia me obliga a imaginar el graderío previo a la reforma del 78’, como si en ese escenario se concretase alguna verdad digna que metabolizara el temblor y la alegría. Como si sólo aquel Mestalla fuera digno de ser el verdadero Mestalla. Pero intuyo que eso sólo es inercia sentimental y autocompasiva. Sinceramente, ya no espero grandes cosas de la milonga que alega que la patria es la infancia. Creo, más bien, que un hombre atrapado por ese rumor es un hombre enfermo que no hace más que contarse a si mismo una película donde la realidad ha sido abducida por el relato acomodaticio que suelen otorgar las frases enmarcadas en el colchón de la tradición narrativa que adopta toda evocación más o menos veraz.

El tiempo juega con nosotros para convertir lo anodino en algo mágico. Parece nuestro destino: contar y que parezca interesante lo contado. Pero aquella tarde todo fue prosaico y elemental. A sabiendas, un solar en obras, un niño curioso y la necesidad fisiológica de llegar a casa lo antes posible para sentarme en la taza y oír por el deslunado como Austria le marcaba a España su primer gol. No es que me decepcionara la acequia…es que sólo era una acequia custodiada por un tipo cuya uña explica mejor que nada la historia de un país donde la manicura todavía era un deporte para minorías.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF

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