divendres, 1 de novembre del 2019

RCD ESPANYOL-VALENCIA CF


Estadio de Sarriá, foto tomada en 1982.
El próximo día 2 de noviembre nuestro València CF rinde su cita anual al estadio de Cornellà-El Prat para medirse con el RCE Espanyol de Barcelona. Debido a mi residencia catalana desde que era un xiquet recién salido de la Comunión, ya he visitado el actual recinto blanquiazul en dos ocasiones, y en ambas salimos escaldados. Una de ellas con un sonrojante 4-0. 

Sin embargo, como bien sabéis, éste no ha sido el campo habitual del RCE Espanyol, sino que en las últimas décadas ha jugado como local unos años en el estadio de Montjuic y los más en el desaparecido estadio de Sarriá. En este recordado y desaparecido estadio tuve la ocasión de ver a mi equipo tres veces. 

El Espanyol es un equipo que en sus primeros años, y a pesar de que por poco nos levanta la Liga del 70/71, me caía en general bien, ya que era un equipo aguerrido que trataba de tú a los grandes (menos al Madrid en su casa) y actuaba como contrapeso en Barcelona del endiosado y ubicuo FC Barcelona, un club grandísimo, pero que siempre ha tenido tendencias barçacéntricas en las que todo el fútbol giraba en torno a ellos, que eran los que daban la energía solar necesaria para que funcionase el mundo del balompié. Y decía que me caía bien, justo hasta que nos corearon aquel infame “A Segunda, a Segunda”. Siempre ha habido un cierto pique en cuanto a su condición de clubes históricos y a las temporadas que han estado ambos clubes en Primera, pero, salvo en contadas ocasiones, siempre hemos estado un pequeño peldaño por encima. Ellos, a pesar de que ahora ya tienen un estadio en propiedad y están financiados por un empresario chino, siguen con estrecheces económicas y salvando los muebles gracias a su cuidada cantera y a su espiritu competitivo. Un Espanyol-València siempre ha sido sinónimo, si no de gran partido, al menos de muy competido. 

Aparte de un bolo de verano en 1979 disputando el trofeo Ciudad de Barcelona, como devolución de favores por participar en el trofeo Naranja, en que el València presentaba a su rutilante fichaje Orlando Giménez, que venía de hacer un temporadón con el Racing de Santander, y otros menos conocidos como Carlos Fabregat, goleador procedente del Vall d’Uxó, y que no pasó del 0-0, ganando el trofeo el equipo barcelonés en los penalties, la más cercana en el tiempo fue en la temporada 1989-90, jornada 12, con un València CF entrenado por Víctor Espárrago que había comenzado la temporada errático y se presentaba con 3 negativos (antes nos guiábamos más por los positivos –suma de puntos conseguidos fuera de casa- y por los negativos –suma de puntos que dejábamos escapar de casa- que por los puntos, como guía bastante aproximada de nuestra posición en la clasificación) como resultado de no haber sumado ni un solo punto en sus cinco partidos anteriores jugados lejos de Mestalla. 

El equipo estaba bastante compensado, con un Ochotorena en la portería que infundía bastante seguridad, una defensa granítica con Quique y Nando en los laterales y el trío Voro-Arias-Giner en el centro, con un centro del campo con el uruguayo Bossio y el asturiano Tomás reforzado por el regresado Roberto Fernández, y en la delantera el espigado Cuixart junto con nuestra estrella Lubo Penev. El partido fue un quiero y no puedo del Espanyol ante un València muy bien posicionado, que mereció más que un punto con una jugada final de tiralíneas en la que Lubo estrelló el balón en el palo corto de Biurrun. Recuerdo pasar muchos nervios por la importancia de los puntos y porque tocaba ya remontar el vuelo, con un Espanyol que dominaba, pero no lograba crear apenas peligro con chuts en su mayor parte desde fuera del área. El equipo tuvo una reacción fulgurante a mitad de temporada que lo llegó a llevar desde el puesto 18º al puesto 4º, acabando finalmente el 7ª posición en la Liga. 
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Pero el partido que dejó más huella en mí fue en la temporada 1980-81, una soleada tarde invernal, semanas después de ganar la Supercopa de Europa ante el Nottingham Forest, en la que mi hermano Antonio y yo nos aventuramos a camuflarnos entre la afición españolista y reprimir todo lo que pudimos nuestras emociones para no sufrir un lifting facial intempestivo y amorfo. Situados en la General de Pie de la portería que defendía en la primera parte Urruticoechea (quien poco después desprendería de su apellido futbolístico el –coechea para no provocar esguinces de lengua) con el sol de frente, pudimos ver el primer gol de cabeza de Manolo Botubot a la salida de un corner, y un extraordinario tanto de Castellanos de zapatazo desde fuera del área. Hay que reconocer que el granadino metió pocos goles en el València, pero fueron vistosos y tremendamente útiles. La verdad es que tuvimos que contener nuestra alegría con ambos goles tanto como un traje de buzo contiene a duras penas un ataque de flatulencias intestinales. El público se mostró bastante fogoso, tomándola sobre todo con Manolo Botubot y su brega cuerpo a cuerpo con Fortes, al que hizo restregar su rostro en el césped en varias ocasiones. 

Decía más arriba que mi hermano y yo reprimimos bastante bien las emociones, eludiendo llevar encima ningún distintivo valencianista y celebrando los goles por dentro con rictus de poker por fuera. Hubo un inconsciente que no tuvo tanto éxito... El rudo Castellanos fue marcado en aquel partido por Fernando Molinos, un centrocampista con más dureza que técnica a quien Johan Cruyff, por ejemplo, conocía muy bien, y del que tenía un mueble repleto de innumerables tarjetas de visita. Tras marcar el golazo, Molinos la tomó un poco con él, y en un balón dividido por poco divide en dos su columna vertebral. Le pegó al bueno pero duro de Ángel una tarascada que voló por los aires mejor que Pinito del Oro. Sí... habéis leído bien: una tarascada de antología a Castellanos... Después del estético vuelo de nuestro barbudo centrocampista miré al palco a ver si puntuaban su pirueta con carteles numéricos al modo gimnástico, pero no se lo tomaron con tanto humor (algunos). Un (supongo que) valencianista del público que estaba unas filas más abajo inmerso entre la afición españolista, ante tamaña afrenta, no se le ocurrió más que gritar a Molinos un “¡¡Hijo de putaaaaa!!” que creo que se oyó por todo el campo. Inmediatamente fue rodeado por todos los lados por españolistas poco empáticos y simpáticos que le increparon conminándole a repetir, si todavía tenía los atributos viriles en su oquedad natural y no unos pisos más arriba, ante ellos lo que había gritado. Mi hermano y yo no dábamos crédito (como los bancos en tiempos de crisis) y comentábamos que, aunque pensábamos lo mismo que habia gritado el temerario, hacer lo que había hecho este sujeto era de ser muy gilipolllas. Al final su integridad física no salió muy mal parada (aparte de unos empujones e impactos salivares en su rostro), seguramente porque algún buen samaritano le auxilió ante una potencial tragedia, pero sí que nos enseñó que cuando eres antagonista de los intereses de una multitud, lo mejor es permanecer calladito y demostrar tus emociones cuando no corres peligro. Más que nada porque la cirugía facial y los funerales no corren por cuenta de la Seguridad Social. 

Lo importante es que al final ganamos 1-2, salimos igual que entramos de Sarriá, pudimos disfrutar de un buen partido, y no tuvimos que lamentar, más allá de un susto y unas risitas, la imprudencia de un valencianista que pretendía celebrar les Falles como ninot (insultat) en Sarriá. 

Y, respecto de mi presencia en el nuevo campo de Cornellà-El Prat, me debato entre seguir siendo gafe, o a la tercera va la vencida. Desde casa se ve mejor y puedes gritar los goles (moderadamente, que mi vecino es del Espanyol). Incluso gritar ¡hijo puta!, y si te dice algo el vecino decirle que un tal Latre, el árbitro, tiene afán de protagonismo con los blanquinegros... 

José Luis Brú.

dijous, 19 de setembre del 2019

UNA CRIDA PER UN NOU ESCENARI DE SERVICI AL VALÈNCIA CF




La celebració al llarg de 2019 del Centenari del València CF ens ha permés rememorar la riquesa del patrimoni històric del club, la seua implicació en la societat valenciana, i l’enorme afecte i sentiment de respecte que provoca l’entitat i que va més enllà de la Comunitat Valenciana. La consecució del títol de la Copa del Rei a Sevilla va aflorar imatges impagables de felicitat i d’agraïment en el valencianisme cap a una plantilla i un cos tècnic que sempre formaran part de la nostra memòria.

Marcelino Garcia Toral i els seus col·laboradors han inoculat en este grup de jugadors els valors i el caràcter que més i millor han caracteritzat el nostre club al llarg de la seua trajectòria, recuperant una identitat històricament reconeixible per als valencianistes. Alinear este planter en la millor tradició del València, precisament l’any del Centenari, ha tingut molt de justícia històrica. 

El Centenari també ha fet possible la identificació de les moltes etapes en què el club ha hagut d’enfrontar reptes difícils: els inicis, la implantació del professionalisme, la construcció de Mestalla, les peripècies de la guerra civil, la riuada de 1957, el descens a segona divisió, la conversió de l’entitat en societat anònima esportiva, i fins i tot el complex procés de venda. 

L’orgull per la nostra història, el sentiment d’unitat, els èxits esportius, i fins i tot els moments de penalitat, ens han permés superar junts qualsevol dificultat, i han posat de manifest que per damunt dels dirigents i de la manera en què s’estructura el club des del punt de vista accionarial, l’entitat ha estat, està i estarà sempre per damunt de tots nosaltres, i té una força social que reclama respecte cap a la història i els seus aficionats, transparència en les decisions, i justificació de que estes es prenen de conformitat amb l’objectiu d’un interés col·lectiu, i no només per a la satisfacció de l’interés personal de qui ostenta la propietat accionarial. 

Que en el passat hi haja episodis semblants no justifica ni amortitza la necessitat de la crítica a una gestió actual que no està a l’altura de la història del club. Ni exigim una genètica concreta, ni puresa de sang. Nomes demanem el respecte que mereix un club de futbol, orgullós del seu patrimoni i història. El mateix respecte que forma part ja del procedir de les empreses modernes del segle XXI, que sota l’excusa de la propietat no poden actuar de manera feudal, ja que estan subjectes al compliment de regles vinculades a la competència, al servici a la societat, la bona gestió i la responsabilitat social. 

Que el futbol és un pràctica esportiva vinculada a la consecució de resultats positius no pot convertir-se en un argument que justifique qualsevol manera de procedir, si esta esdevé il·legítima en la mesura que falta al respecte cap als aficionats, els jugadors, i totes aquelles persones que des del punt de vista tècnic han liderat un projecte esportiu estable i respectat. És cert que l’actual propietat accionarial sembla justificar i consentir decisions com les viscudes amb la destitució de l’anterior tècnic del club. Però no és menys cert que eixa manera de procedir i la vinculada amb la consideració del club en els processos de compra i venda de jugadors, a distància, sense explicacions, purament discrecional, legitima també que el valencianisme inicie un nou procés. Un procés de reflexió per a que entre tots construïm un escenari diferent en la propietat del club que ha de ser nou, generós, respectuós, que encare el futur amb optimisme, i deixe ja de banda vicis del passat i la responsabilitat que tots poguérem tindre en l’actual situació. 

Més enllà del recolzament emocional que li devem a l’equip en el terreny de joc, és el moment per a que el valencianisme, amb força i determinació, amb respecte però amb fermesa, done un pas endavant i comence a treballar per eixe nou escenari de respecte i generositat, a l’altura de la responsabilitat que ens marca el Centenari que hem celebrat. 

Últimes vesprades a Mestalla fa una crida al valencianisme per a manifestar la seua determinació, i estarà al costat de totes aquelles iniciatives que treballen en eixa direcció irrenunciable: servir al València i no servir-se del València. 

Últimes vesprades a Mestalla.

dijous, 29 d’agost del 2019

UN FRASCO DE ORINA



(A Rafa Sancayetano, con todo mi afecto).



Hubo un tiempo en el que el Valencia creyó hallar la gallina de los huevos de oro encarnada en un pelotero de excepcionales condiciones sobre el tapete y mente frágil como una nube. Fichado a toda prisa en el mercado de invierno de la 97/98 para paliar la sequía goleadora, Bucurel Adrian Ilie ofreció durante la siguiente temporada y media un rendimiento descomunal al frente de la delantera blanquinegra, sacando provecho de su inmensa calidad y de una fantástica asociación con Claudio López. Impresionado, el valencianismo vio en él al estilete para despellejar al madridismo, la tradicional aspiración de la hinchada en épocas de sequía. E incubó el también habitual miedo a la pérdida. Que es, por supuesto, lo que más teme el presidente de turno. 


Así, espoleado por Ion Becali, amo y señor del fútbol rumano, y su asociado Tente Sánchez, Pedro Cortés accedió a dar el oro y el moro a Adrian para evitar su previsible marcha y la furia de la grada. Empezó por lo básico: rodearlo de los suyos. Generosas comisiones mediante, Becali y Tente establecieron en Valencia una numerosa colonia cárpata. Primero desembarcó Popescu, protagonista de una sonrojante goleada en Salamanca la temporada anterior. Y más tarde lo haría Dennis Serban, el trotón aunque irrelevante cerebro del Steaua de Bucarest. 

Entre ambos, sin embargo, el Valencia había incorporado al premio gordo: el hermano de Adrian, un año menor que él. A Sabin Ilie lo trajeron desde un oscuro club turco contraviniendo todas las enseñanzas que había dejado Pasieguito en su época de secretario técnico: se le fichó a través de un intermediario y un vídeo trucado sin investigar su vida ni hacerle el seguimiento idóneo. Nadie tuvo interés por averiguar por qué aquel tipo, que había marcado una escandalosa cifra de goles en Rumanía, había quedado inédito en la temporada anterior. Importaba poco, en principio. Se toleraba todo a cambio de que Adrian mantuviera su sonrisa de esfinge. Sabin llegó pasado de peso, cargado de oro y con ademanes de estrella, reforzado por aquella declaración de Cortés que abrió las secciones de deportes de todos los medios de la ciudad: “Sabin es el hermano bueno”.

La mejor carta de presentación de Ilie II llegó en su primera comparecencia en Mestalla. Saltó al césped entre la ovación de los que, ingenuos, soñaban con la repetición del milagro rumano. Dio varios toques al esférico y, tras adoptar una actitud de gran intensidad, enfiló la portería y se preparó para disparar. La afición contuvo el aliento, que desembocó en estupor al comprobar el resultado del lanzamiento, un zapatazo que, dicen los que asistieron a su puesta de largo, perdió el balón en los confines de la vieja General de Pie Norte.

Desde ese día la chufla tan presente entre el valencianismo hizo el resto. A Sabin se le empezó a tildar de fracaso absoluto y a conocer con los agradables apelativos de botijo o culebrilla, mientras entre la hinchada menudeaban las camisetas con su nombre y dorsal. Ranieri, al que le bastaron segundos para calar al tipo, le dio un par de ratos en la Intertoto antes de condenarlo al ostracismo junto a Nico Olivera. Entretanto, la elevada ficha de Sabin le permitía vivir como un pachá en Valencia: buenas cenas, buenos coches, buenas compañías. Una fantástica vida sin preocupaciones. 

Y en estas llegó Serban. El Valencia, impresionado por sus carreras y gambeteos en una eliminatoria de la UEFA en Bucarest, le echó el lazo. Pero para que pudiera debutar había que liberar una ficha. Fue sencillo imaginar quién saltaría de la plantilla: el otrora “hermano bueno”. Tocaba buscar un acomodo adecuado, un club incauto que pagase (parte de) la ficha de Sabin. Y entonces apareció de nuevo Tente para sugerir la conveniencia de ceder al rollizo delantero al Lleida. 

Dicho y hecho. Sabin Ilie se paseó por la Terra Ferma durante los meses que duró su cesión como un nuevo rico. Ganaba varias veces más que el mejor pagado de sus compañeros y esta desahogada situación le permitió convertirse en un privilegiado espectador de la vida con abono asegurado en el Lleida cada domingo. De su paso por la ciudad catalana se recuerdan anécdotas con cuentagotas: un brillante partido en la Copa Catalunya en el que, con dos goles, fue el principal responsable de la eliminación del Barça; la escasa cifra de cuatro tantos en la Liga, insuficientes a todas luces para sacar lustre al jugador. Y una racha de suerte en juegos de azar que le llevó a ingresar unos cuantos millones de pesetas de la época gracias a la Loto 6/49. 

La historia de Lleida se repitió hasta la saciedad. El Valencia exponía cada verano su mercancía menos llamativa con escasa convicción de venta. El historial del rumano y su pobre rendimiento en la Segunda División ayudaban poco. Se le buscó sitio en equipos de su patria con la intención de que algún incauto picara como antes lo había hecho el Valencia. Vana esperanza. Sus cortas estancias en clubes de diverso pelaje le convirtieron en puntual objeto de reseña en la prensa valenciana, entre la cortesía informativa y el arma arrojadiza. Porque sí, durante muchos años la alusión a Sabin Ilie fue uno de los recursos preferidos por los periodistas deportivos de la ciudad para fustigar a Javier Subirats, a Pedro Cortés o a quien se pusiera por delante.
Como su hermano Adrian, capaz de prolongar sus vacaciones con la excusa del temor al fin del mundo en la Nochevieja de 1999, Sabin era un tipo que traspasaba con creces el límite de lo excéntrico. Su conducta descuidada y contestataria se manifestó especialmente en la temporada 2000/01 durante su cesión al Energie Cottbus de la Bundesliga. Tras unos meses de relativa tranquilidad, en los que Sabin repitió su pobre rendimiento de Lleida, llegó la bomba. La prensa difundió que el delantero rumano había cometido un grave acto de indisciplina al negarse a salir al campo en un encuentro cuando faltaban tres minutos. Surgieron, además, rumores, que hablaban de su cada vez más desordenada vida. Miel sobre hojuelas para los que pagaban su (millonario) sueldo.

Por fin, entre fallidos traspasos y salidas temporales amontonadas apresuradamente en el cuaderno de contabilidad, el Valencia había encontrado la oportunidad perfecta para desembarazarse del delantero. En marzo de 2001, poco después del episodio de la objeción, Sabin recibió una carta de despido (procedente) con el membrete del murciélago. Liquidado, como antes había ocurrido con Gabi Popescu -que se marchó inesperadamente de Soria durante su cesión al Numancia dejando la ropa tendida en el balcón de su casa (allí permanenció durante muchas semanas)-. Sabin no acusó recibo ni contestó a la carta, quizá consciente de su escaso poder a la hora de negociar. O posiblemente porque no le dio la importancia que merecía.

Pasaron los meses. La temporada finalizó, con el doloroso apéndice que para el Valencia supuso la derrota en la final de la Champions ante el Bayern. El club, angustiado tras las negativas de entrenadores de postín a preparar al equipo, firmó a un desconocido llamado Rafa Benítez, de la mano del que comenzó a planificar la siguiente temporada. En la lista de descartes seguros figuraban muchos de los grandes pufos de años anteriores: Dennis Serban, Roberto Amarilla, Daniel Fagiani y Diego Alonso, entre otros. Fue el verano del frustrado traspaso de Mendieta al Real Madrid, del “Gaizka, son 10.000”, la seguridad privada en Paterna y las lágrimas kitsch de Pedro Cortés. Mendieta era el más esperado en la vuelta al trabajo. Pero hubo de competir, una vez más, con la estrambótica compañía de animación Hermanos Ilie.

Bien aleccionado por Becali, certero difusor ante un selecto grupo de medios de comunicación de las intenciones de su pupilo -cobrar los dos años (112 millones de pesetas, que acabaría pagando el club para evitar el juicio) al no reconocer el despido procedente del Valencia- Sabin se presentó en Paterna, acompañado por su hermano, el primer día de la pretemporada 2001/2002, con el acostumbrado bote de orina para las analíticas post-veraniegas. No pasó del hall. Tras unos minutos de espera, visiblemente enfadado, salió dando zancadas del recinto. Su último servicio al Valencia CF fue depositar un cilindro de plástico lleno de orines sobre el mostrador de la recepción de la Ciudad Deportiva de Paterna. Todo un testamento.


José Ricardo March.

dijous, 20 de juny del 2019

Evocación y recuerdo de Vicente Peris en el primer aniversario de su muerte



Recreación del monólogo pronunciado por José Manuel Hernández Perpiñá en su programa de RNE el 13 de febrero de 1973, primer aniversario de la muerte de Vicente Peris Lozar, gerente del Valencia CF.


Escucha"Evocación y recuerdo de Vicente Peris en el primer aniversario de su muerte" en Spreaker.




José Ricardo March

dimarts, 4 de juny del 2019

LA COPA DE TOTS



EL BRILLO DEL TRIUNFO

(A esos ojos que ven ganar por primera vez un título al Valencia C.F., a todos ellos)

Más allá de la noche que me cubre, negra como el abismo insondable, doy gracias a los dioses que pudieran existir por mi alma invicta. En las azarosas garras de las circunstancias, nunca me he lamentado ni he pestañeado. Sometido a los golpes del destino, mi cabeza está ensangrentada, pero erguida. Más allá de este lugar de cólera y lágrimas, donde yace el horror de la sombra, la amenaza de los años me encuentra, y me encontrará, sin miedo. No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.” William Ernest Henley.

Jueves 23 de mayo, es de noche, en casa todos duermen menos yo, que estoy terminando de preparar las maletas para el viaje a Sevilla, el equipaje está compuesto principalmente por camisetas del Valencia C.F., por supuesto de sueños y mucha ilusión. 

El silencio de la noche me sirve para escuchar mis pensamientos, en algunos momentos creo incluso que hablo sólo, me hago preguntas mentalmente y me contesto. Estoy intranquilo, nervioso, no sé qué pasará el sábado por la noche, procuro no hacerme ilusiones, me parece que así en caso de no traernos la Copa sufriré menos, estaré preparado. Es cierto que tenemos nuestras posibilidades, son pocas, pero nos tenemos que aferrar a ellas. Me preocupa más en caso de no ganar como consolar a un pequeño hombre de 14 años, tendré que hacerle ver que tendremos más oportunidades en el futuro, pero perder una final es muy duro. 

Me acerco a la habitación de mi hijo se ha dormido con la luz de la mesilla encendida, está nervioso expectante, lo sé, se lo noto, es su primera final, no sabe dónde va ni lo que se va a encontrar, por suerte ya tengo experiencia en finales e intentaré guiarlo, le apago la luz y dejo que siga soñando. 

Sábado 25 de mayo, la final se empieza a ganar en la grada, sobre todo gracias a una absurda e innecesaria batalla de speakers, y a un moderador intentando unir a las aficiones, y que pronto se dieron cuenta de que nosotros no habíamos venido a hacer amigos, y mucho menos a participar de ese engendro, habíamos venido a ganar la Copa, y dejamos claro que todo el que no era valencianista era enemigo nuestro, después el león de Mestalla rugió con fuerza cuando se desplegó la lona diseñada por el gran Lawerta, una auténtica obra de arte con un significado imposible de mejorar “Soñar que no tenemos techo” con las imágenes inmortales de Kempes "El Matador", el "Piojo" López y el "Pipo" Baraja. 

Las ganas y las impaciencia por empezar la batalla se vieron reflejadas cuando nuestros jugadores comenzaron el calentamiento, la grada estaba perfectamente formada y animando con toda el alma, algo ya de por sí excepcional, ya que en cualquier partido en Mestalla la gente no empieza a entrar hasta que faltan quince o veinte minutos. 

En dos momentos puntuales sentí un nudo en la garganta, el primero cuando salieron los jugadores de ambos equipos junto al cuarteto arbitral, y sólo se oía “Valeeeeencia Valeeeeencia” no me salía la voz de la garganta, el segundo cuando el colegiado pitó el final del partido, un momento indescriptible, de felicidad absoluta de “sentiment” desbordado, de alegría, de recuerdos, de liberación, de paz, no recuerdo un momento como este con semejante carga emocional. 

Entre medias, la alegría desatada en los goles marcados por Gameiro y Rodrigo, y el sufrimiento cuando Messi marcó y todavía quedaban veinte minutos por delante, para masticar y digerir la angustia e incertidumbre del marcador. Me acordé mucho de Rafa Lahuerta y su profecía del partido, se estaba cumpliendo en cuanto al resultado y en el "timing" del partido. 

Con el pitido final, disfrutamos con el reflejo del metal del triunfo bajo los focos del Benito Villamarín, nuestra casa de alquiler durante unas horas, abajo en el césped los jugadores y el cuerpo técnico se convierten en leyendas para siempre, hoy se han dejado la piel para que esta Copa se vaya a Valencia, hay brillo allí abajo, un brillo fruto del trabajo, del tesón, de la lucha y de la voluntad de querer llegar. 

Tanto en la ciudad de Sevilla como hoy en el campo he visto a muchos amigos y conocidos, pero de todo lo vivido me quedo cuando acaba el partido y veo o intuyo las caras de mis compañeros de uvaM, sus miradas y el brillo en los ojos de José Miguel, en los de Josep, en los de José Antonio, en los de Miquel, en los de José Carlos, en los de Jesús, en los de Pepe, y también me imagino el brillo en los ojos de los que no estaban en el campo, en los de Xoi, los de Sergi, los de Rafa, los de José Ricardo, y los de Fran, un brillo sublime, una herencia y un legado inolvidable para nuestros hijos, que por primera vez han podido ver triunfar a su equipo. 

Once años después, y tras una larga y angustiosa travesía por el desierto, un desierto cargado de víboras y alimañas, un peregrinaje en el cual hemos pasado mucha sed, hemos padecido auténticas tormentas de arena, y sobretodo muchas cosas mal hechas, demasiadas, y que aún estamos pagando, ganar esta Copa es como encontrar un oasis en ese desierto, agua para calmar la sed, refugio para ver pasar la tormenta. 

Esta victoria es para todos nosotros los valencianistas, pero sobre todo para una generación entera que nació con el inicio del tercer milenio, una generación que apenas tiene recuerdos de la final ganada en 2008, y que sus recuerdos solamente consisten en ver la irregularidad en la Liga, y quedarse a las puertas de jugar finales, palmando en tres semifinales de Copa contra el FC Barcelona, en semifinales europeas contra el Atlético de Madrid, y como no contra el Sevilla FC con el fatídico gol de M’Bia en aquel maldito minuto 94. Todo eso hoy ha quedado atrás, hemos pasado página a lo grande, un extraordinario colofón a esta temporada intensa del Centenario. 

El recuerdo que nos llevamos de esta final es para siempre, imborrable, mágico y supone un extra de vitamina que nos ayudará para seguir adelante cuando el desánimo nos quiera volver a alcanzar. 

La foto que encabeza este texto es de mi hijo Pablo en la final, estaba alegre, contento, exultante; con su bufanda, su peluca naranja y su garganta como armas, no paró de cantar y animar a su equipo, a nuestro equipo, nunca lo había visto así, mimetizado con el ambiente, fue su personal forma de celebrar y vivir su primer título con el Valencia C.F. 

Durante la celebración en el Benito Villamarín hice una pausa, todo se quedó en silencio a mi alrededor, observo todo el estadio, ondean las banderas y las bufandas al viento, capturo visualmente nuestra grada, hay mucho brillo en ella, lo hemos dado todo, nos hemos fusionado con el equipo, no hay mayor felicidad condensada en tan poco espacio, estoy orgulloso de pertenecer al Valencia C.F., gracias papá, y la oportunidad de poder disfrutar de ganar una final junto a mi hijo es algo que no podré olvidar jamás, me emociono sólo con pensarlo, y yo aquí en la grada, con mi silencio interior soy feliz, el hombre más feliz del mundo. 

A mi hijo Pablo le pregunté qué era lo que más le había gustado de la final, la respuesta fue breve, reflexiva y concisa...GANAR.

Amunt!!!

José Luis Aguilar. @PEPELUVFC

dissabte, 1 de juny del 2019

LA COPA DE TOTS


EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENARIO


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles lo primero que querrán saber es cómo conseguí una entrada para ver la final de Copa en el Benito Villamarín, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, es largo, tedioso y no tiene mucho interés y, segundo, porque mi forma de pillar una entrada, en el galimatías que supone conseguirla, no es demasiado importante para esta historia. 

Empezaré por la mañana del sábado, en que dejé mi casa a las siete y media de la mañana con una buena resaca, después de que la noche anterior saliera con mi chica y las cosas se complicaran un poco. Tampoco mucho, lo clásico de ir a cenar, tomar una copa y ponerte a charlar y tontear hasta que te das cuenta de que son casi las dos de la madrugada y al día siguiente tienes que pegarte la paliza de hacerte 1.000 kilómetros para ver un partido de fútbol. Pero, como les iba diciendo, el despertar fue áspero y el viaje en metro hasta Sants, también. El metro iba petado a esas horas, algo extraño, y había, ya ahí, mucha gente con bufandas y camisetas del Barça. Yo no llevaba la del Valencia, porque, en el fondo, soy un tipo que huye de los problemas y llevar una camiseta de mi equipo, en ese contexto, podía meterme en uno de los grandes. En el tren, el panorama no cambiaba. Eso sí, pocos gritos, escasos cánticos y muchas conversaciones. Que si Valverde es un petardo y hay que echarlo, que si lo mejor sería sacar tajada de Rakitic, que si menos mal que tenemos a Messi. Yo, por mi parte, me hacía el despistado, como si aquellas conversaciones trascendentales no fueran conmigo. La verdad es que me interesaban cero, solo quería llegar a Sevilla y ver el partido. Y dormir un poco durante el trayecto, cosa nada fácil con aquellos analistas culés dando la tabarra. Tras cinco horas y medio de viaje, el tren llegó puntual a la estación de Santa Justa y, al poner los pies en tierra, se desató la bestia barcelonista. La salida de la estación fue un continuo “Força Barça” y “Ser del Barça és el millor que hi ha” que me hizo sentir un intruso, como cuando te encuentras en medio de una manifestación que no concuerda con tus ideas y te da miedo que alguien te reconozca y te meta en el mismo paquete que los que gritan.

Entre la arribada del tren y el acceso al estadio hice cosas que no son en absoluto relevantes en este relato. Tampoco les voy a contar qué comí y por dónde paseé antes de meterme en el Villamarín. Este no es un artículo de gastronomía ni escribo para la web de 'Viajar', así que daré un salto en mi historia para situarme en las puertas del fondo Norte del estadio del Betis, donde todo el mundo iba vestido con los colores del Valencia. Yo también, pues me había cambiado mi camiseta, que ya olía a barcelonismo, por la del Centenario, esa que me he puesto en ocasiones especiales durante mi aburrida vida en Barcelona. El caso es que ahí estaba yo, inmerso en una marea blanquinegra y haciendo una cola interminable para pasar unos controles policiales en los que vi cómo a un tipo le quitaban el desodorante porque lo consideraban un arma arrojadiza. Me habría gustado ver al madero todo el partido al lado del tipo que se había quedado sin desodorante y que debía de oler como un piso de estudiantes por la mañana. Eso sí que era un arma de destrucción masiva.

En el interior del estadio, me di cuenta de que mi localidad estaba a pleno sol. No les he dicho todavía que en Sevilla hacía un calor infernal, de esos que te derriten si caminas por la sombra y que hacía que, en las calles de la ciudad, la gente fuera buscando la sombra. Como los pobres de 'Milagro en Milán', pero al revés. El caso es que esperé a que llegara la sombra, que era cuestión de tiempo, y pedí una cerveza que, a precio de oro, vendían en los puestos de comida y bebida. La cerveza no solo no tenía alcohol, sino que era vomitiva. Por fin, 45 minutos antes del comienzo del encuentro, me senté en mi localidad. He de decir que la entrada me costó una pasta y, aunque en teoría era un lugar privilegiado, en primera fila, justo a la entrada del área en que defendió el Valencia en la primera parte, el fútbol se ve bastante mal a ras de campo. Sobre todo porque no tienes sensación real de peligro en el área contraria, algo que, en el fondo, no estuvo tan mal. Yo sufrí en la segunda parte, pero mucho menos de lo que lo hicieron los que tenían una perspectiva más global del juego.

Antes de que empezara lo bueno, hubo una especie de duelo de speakers. Se trataba, o eso parecía, de que las dos aficiones compitiéramos en animación antes del partido, una suerte de prueba de sonido absurda que lo único que nos hacía era gastar energías de forma innecesaria. Hasta intentaron que hiciéramos una ola, que es lo que más odio del fútbol moderno, esa ridícula coreografía de levantar las manos al cielo acompasados para dar la sensación de que nos divertíamos mucho, cuando en realidad lo único que queríamos es que empezara de una vez el maldito partido.

Y empezó, por fin, y fue un tormento. Eso de estar tan cerca de los jugadores hace que les veas la cara de angustia, de dolor, de concentración, en cada jugada, que ellos te vean a ti cómo sufres porque quieres que gane tu equipo. Un ejercicio de sadomasoquismo de los buenos. En fin, tengo que decir que fui solo al partido y que me tocó una localidad en la que estaba rodeado de desconocidos, gente que, como yo, llevaba la camiseta del Valencia, pero eso era lo único que les unía a mí. A mi derecha había un tipo de unos 40 años, con una cara extraña, como si le hubieran dado un susto de pequeño y no se le hubiera pasado 40 años después. A mi izquierda, un tipo de edad parecida, con una piel morena de esas que no sabes distinguir si es porque ha tomado mucho el sol o porque ha bebido mucho alcohol en la vida. Debía de ser lo segundo, porque se pasó parte del encuentro dando sorbos a una cerveza asquerosa, que no tenía ni alcohol ni sabor, como la que me había tomado yo antes y todavía regurgitaba en mi estómago. La verdad es que me dio bastante igual, les di abrazos cuando marcó Gameiro, cuando marcó Rodrigo y cuando acabó el partido, es decir, me abracé más a ellos que a muchas de las chicas que me han gustado a lo largo de mi vida.

En el momento en que el árbitro pitó el final del encuentro, toda la angustia se transformó en alegría. Fue como cuando descorchas una botella de champán y, solo escuchar el “zup” que hace cuando el gas se libera, te dan ganas de saltar de júbilo. Cerca de mí, una chica que parecía sacada de un vídeo porno de Max Hardcore (gafas de muchas dioptrías, brackets) comenzó a llorar sin consuelo. De alegría, claro. La mayoría de la gente se miraba con cara desencajada, del mismo modo que miran los borrachos después de una noche épica sin dormir. Cantamos varios himnos, el del Valencia, el de la Comunitat Valenciana, el de Queen. Y no cantamos más porque en los altavoces empezaron a poner melodías de otro tiempo para que coreáramos 'Mi gran noche' o 'Vivir así es morir de amor'. Y eso sí que no. Habíamos ido a un partido de fútbol y, vale, que habíamos ganado, pero de eso a convertir la fiesta en un karaoke chungo, la verdad es que no. 

Después de casi una hora de éxtasis colectivo salí del estadio con la boca seca, en busca de una cerveza decente. La conseguí en el anillo exterior del Villamarín, a un precio indecente. Pero, al menos, tenía alcohol y no sabía a vómito como la última que me había bebido, cuatro horas antes. Con el estómago vacío, me puse a buscar un bar para comer algo y lo encontré, a tres manzanas. Era uno de esos locales regentado por chinos en los que hay más camareros que clientes. Los chinos me dieron de cenar lo que les quedaba, me felicitaron por el triunfo de mi equipo (eso es integración y lo demás son tonterías) y, solo en la barra, con un cansancio superlativo, cogí el móvil y llamé a mi hermana.

Después de felicitarnos por el triunfo (a ella no le gusta el fútbol, pero uno de sus hijos también estaba en Sevilla, me puse melancólico, que es un estado que a veces me sobreviene:

- ¿Sabes en lo que he pensado? Que esta era mi última final de copa, que, después de haber ido a la del 79 y el 99, tenía que venir a esta para cerrar el círculo de que cada 20 años he de venir a una final de copa y que la gane el Valencia. Y ha valido la pena, porque sé que no llegaré a la del 2039, estaré demasiado mayor. Y, como no estuve en los actos conmemorativos, me gustaría recordarla como el día en que celebré el centenario del Valencia, como si fuera el tipo que, desde la distancia, vigila que este aniversario salga bien, como el que organiza un evento y está pendiente de todo. Aunque no me corresponda, me gustará recordar este día como aquel en que fui el guardián entre el centenario.

PACO GISBERT