dijous, 13 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 4


LA PARÁBOLA DEL TROMPETILLAS 

A veces tropiezo con El Trompetillas en el cruce de Palleter con Calixto III. No sabría decir si recoge colillas o aspira a la santidad. Merodea de continuo por el barrio de Arrancapins. Son calles amables. Abastos, los colegios de monjas, la casa natalicia de don Pío. En Maestro Palau huele todo el año a azahar. El Trompetillas no. Como tantos héroes anónimos pasea por Valencia fundido en su propio delirio. Parece sacado de la última novela de Kiko Amat, “Antes del huracán”, ese minucioso tratado que bucea en la soledad, la locura, la puta miseria. Desconozco su edad real pero nació adolescente de arrabal y morirá como tal. No tiene escapatoria. Siempre tendrá 13 años y medio, 14 a lo sumo. 

En la década plomiza de los 80’, el Trompetillas entraba en Mestalla con un pase de favor. Se ponía en la última fila de la general de pie del gol norte y hacía sonar todo el rato una vuvuzela prehistórica. En aquella jungla hormonal y juvenil del viejo Yomus, él no parecía uno más. Le delataba el gesto, la dificultad para entablar una conversación, el brillo enloquecido de sus pupilas. No era un hervor lo que le faltaba; era otra cosa. A mí me daba un poco de pena y hacía lo posible por integrarlo. No era factible. 

Todavía hoy, lo primero que hace es preguntarme por el Levi’s, como si la vida se hubiera detenido en 1989 y nada tuviera sentido al margen de sus años en la general de pie. No sé nada de él, le digo, hace siglos que no le veo. Por su expresión deduzco que no me cree. Lo siguiente es pedirme dinero. En ocasiones me gustaría contarle que escribí un cuento donde le inmortalicé, pero desisto enseguida, ¿Para qué? El debate fiction/faction no parece de su incumbencia. Lo suyo es otra cosa: sobrevivir, soñar que vuelve a Mestalla, saber si el Levi’s vive. Ni siquiera me atrevo a recordarle lo que pasó el 24 de mayo de 1986, en el transcurso de un Valencia-Betis de la copa de la liga, con el equipo hundido en segunda división y las secuelas del Cádiz-Betis en la memoria de todos. Seguro que muchos no lo han olvidado. El ambiente, la textura, la atmósfera de clara animadversión. 

Tras eliminar a Conquense y Español nos tocó el rival deseado. La peña quería venganza. Aquel era un Betis muy literario que empezaba con Cervantes en la portería y terminaba en punta con Calderón. Según la rumorología, el argentino Calderón quería ganarle al Cádiz, mientras que Rincón y Cervantes encabezaban la cédula del empate. Ese empate cambió la norma del fútbol español. Desde entonces, las dos últimas jornadas se juegan en horario unificado. El resto, ya lo sabes. 

Al Betis, por tanto, se le esperaba con ganas. Si en el campo de Juan Luis Guerra llovía café, en Mestalla diluviaban naranjas. Para el Trompetillas, sin embargo, la algarada cítrica no bastaba. Ese día apareció en la grada con una bolsa llena de pomos de puerta. Fue un salto patológico que me impactó. Ahí había un loco dispuesto a todo. Como se esperaban incidentes subió un destacamento de la policía nacional a lo más alto de la general de pie. Con el tiempo se convirtió en norma, pero esa noche fue la primera. A pesar de ello, la lluvia de naranjas, huevos y botes fue generalizada cuando Cervantes se acercó a nuestra portería. Por suerte, un agente se percató de la maniobra del Trompetillas, dispuesto a descalabrar al portero del Betis por la vía rápida. Eh chaval, ¿pero qué haces con una bolsa llena de pomos de puerta? Inquirió el madero. Con una naturalidad impropia, el Trompetillas dijo lo que pensaba: ¡¡pos pa que va a ser, pa matar al hijoputa ese que nos ha mandao a segunda!! 

Lo que vino después está en la memoria de bastantes. La policía lo trincó y se lo llevó. Jamás olvidaré su extraña mueca de satisfacción caminando entre la pasma. Era un muchacho feliz, una especie de Lute a este lado del Turia, un preso político por amor al Valencia. Luego, como no podía ser de otra manera por aquellos días, el Betis nos eliminó. Con justicia además. Esa noche comprendí la sutil diferencia entre estar moderadamente pillao o completamente sonao. Una cosa es evidente: El Trompetillas fue el primer expulsado en la historia de Mestalla. Si lo piensas bien, sólo por eso merece ser invitado al Palco vip y que le regalen la camiseta del Centenario. A otros, por mucho menos, les condecoraron con la insignia de oro y brillantes. 

Rafa Lahuerta Yúfera

divendres, 7 de setembre de 2018

PEDJA


Soy perfectamente consciente de lo que supone escribir un artículo evocación de Pedja Mijatovic en su vinculación a Mestalla. Mijatovic es, seguramente, el más grande supervillano de la historia reciente del club. En un tiempo donde aparecen las primeras camisetas nominales, aún hoy, veinticinco años después, todavía asoma por Mestalla alguna camiseta, ya gastada, con el número 8 del montenegrino y una impresión añadida con el nombre del apóstol traidor. 


Asumo esa responsabilidad y toda respuesta a estas líneas que, sólo pretenden, poner en valor para nuestra historia centenaria la trayectoria de un jugador, que antes de villano fue el héroe predilecto de una afición que todavía tuerce el gesto cuando escucha su nombre. 

Recordaremos a nuestro protagonista a través del revelado de algunas instantáneas, esperando ajustar al máximo el tiempo, ya pasado desde aquellos acontecimientos y que debe dar una perspectiva que adecue la temperatura y suavice la agitación. 

Cámara oscura, luz tenue, comencemos. 

Instantánea primera. 

Lentamente aparece en el papel una primera imagen, es la fotografía de un jugador en lo que parece su presentación en el viejo Luis Casanova. Un muchacho en el que destaca un pelo largo y enrevesado con aparente fijador, una nariz del genotipo balcánico, entre aguileña y ganchuda y mirada desafiante. En la imagen intenta controlar el balón que vuela por el aire en filigrana ante una grada de Mestalla semidesértica con, apenas, algunos muchachos transeúntes que se han asomado a la curiosidad de ver la puerta del viejo estadio abierta. 

Su nombre es Pedrag (Pedja) Mijatovic y es uno de los nuevos fichajes para la temporada 1993-94. Su origen será durante mucho tiempo “yugoslavo” aunque los más cultos del lugar, atendiendo a la dramática situación de su lugar de origen se apresuran a precisar que es Montenegrino. Su origen es un club de Belgrado pero no el rutilante y reciente campeón europeo Estrella Roja sino el llamado Partizan. Su coste no es de ganga, 350 millones de pesetas es dinero importante para un jugador del cual se desconoce absolutamente todo y que incluso parece difícil su presencia en el once titular. Su aval es Pasieguito, con los antecedentes del bueno de Pasiego, muchos han dado crédito a su contratación pero parece una apuesta menor, un nombre anónimo más, si acaso por la peculiaridad balcánica, no tan habitual en aquellos tiempos en el Valencia… ja vorem. 

Pronto la fotografía adquiere color. En tiempos dónde, de muchos partidos, sólo se conoce la crónica del diario posterior, comienza a correr boca a boca una evidencia: Ese “tal Mijatovic” es muy bueno, corre, pelea y es un puñal inesperada, mete goles, muchos, de todas las formas y es… imparable. 

Imparable. 

Instantánea segunda. 

Poco a poco, en la noche de un estadio centroeuropeo, en Alemania seguramente, aparece un equipo vestido de azul muy oscuro y pantalón blanco. El Valencia europeo. 

Mijatovic era imparable y pronto lo había demostrado ante su afición y en una Europa que comenzaba a conocer cómo se las gastaba el montenegrino. 

Goles de todas las formas, electricidad, liderazgo… y un Valencia que parecía florecer: Los Fernando, Quique, Penev y compañía habían encontrado en aquel 8 el percutor que necesitaban para atemorizar el mundo. 

Con Hiddink al mando aquel Valencia jugaba de manera espectacular. La primera eliminatoria del curso europeo había sido finiquitada, con Pedja en modo estelar, ante el evocador Nantes de un tal Pedrós, de origen valenciano. Y en la ida ante el aparentemente débil Karlsrhue (“Un Osasuna” alguien dijo) parecía que el equipo, líder por aquel entonces en liga, iba a cabalgar con igual éxito por los campos europeos. 

Si. En la foto de aquella noche está, grabado para la historia, Pedja Mijatovic. 

Creímos que con Pedja en el campo éramos invencibles, que el momento de por fin, volver a levantar trofeos era inminente… Nos equivocamos. 

Instantánea tercera. 

Por un momento la imagen parece borrosa y errada pero no lo es, es la lluvia la que distorsiona la imagen. 

Lo que algunos creían primavera, era en realidad un tiempo cambiante y desquiciante que llenó de espejismos el imaginario colectivo de Mestalla. 

Pero Pedja seguía, como una constante, tirando del carro. Menos goles en esta segunda temporada pero el 8 seguía siendo la pesadilla de los rivales de aquel equipo. La liga había discurrido desapacible y gris, como si avisase de la tormenta, esta vez real, que se avecinaba en aquella tarde que, sin embargo, comenzó bajo un sol de justicia en Madrid. 

El once de aquella final guarda nombres evocadores. Zubizarreta, Penev, Fernando, Mijatovic… pocos imaginaban que una de las (Discutidas en su política) lonas legendarias que décadas después adornarían la fachada de tribuna de Mestalla, iba a ser asignada con, total merecimiento, al joven y rubio lateral derecho por aquel entonces y que todos consideraban jugador anónimo e intrascendente… pero ésa es otra historia. 

Bajo la lluvia, los jugadores corren extasiados, al frente de ellos Mijatovic abre sus brazos con su gesto de triunfo habitual, puños cerrados, chicle y mirada de depredador mientras se lanza al césped mojado para celebrar el gol que empata aquella final copera. Un golazo de falta. El éxtasis ché en las gradas del Bernabéu. 

Creímos que era inminente…nos volvimos a equivocar. 

Instantánea cuarta. 

Pantaloneta negra; aquella tercera temporada de Mijatovic se recordará por el Sabio que moraba en el banquillo del Valencia. También los jugadores creyeron que era inminente. Creyeron y por muy poco se equivocaron, aunque ésta vez, fue lo de menos, el camino mereció la pena. 

El Valencia ha arrasado al FC Barcelona y aparece ante el mundo como la supernova que pone en peligro el título del At. de Madrid. De hecho, en su visita al Calderón, los blanquinegros demostrarán quien ha sido, realmente, el mejor equipo de la segunda vuelta de aquella temporada. 

No, aquel Valencia no aparecerá en lo alto del cuadro de honor, tampoco lo hará Mijatovic, superado, paradojas, por su ex compañero Pizzi en la tabla de goleadores. 

Pero Mijatovic se convertirá en la súper estrella de aquella temporada. Imparable, demoledor… su chicle, su pelo largo, desordenado pese a la gomina y sus brazos abiertos son fotografía constante en la prensa del lunes donde, sus compañeros se han convertido en escuadra temible y amenazante. Luis, con su chándal en el banquillo, contempla su obra… una de las mejores del viejo sabio. 

La foto ya está plenamente revelada: Mijatovic levanta sus ojos al cielo con gesto de sorpresa e impresión mientras su boca muestra una mueca de felicidad y sorpresa, el cuello ladeado y el gesto de impresión por el ruido, atronador, que se intuye en la instantánea, de un Mestalla a sus pies. 

Es una de las ovaciones más impresionantes que se recuerdan el estadio Ché. Mijatovic es el héroe absoluto, ni tan siquiera Pedja espera un aplauso y unos vítores tan atronadores. 

Pedja es el héroe, el elegido. 

Instantánea final. (No válida). 

La réflex que inmortaliza el tiempo ha fallado en este último disparo, parece que se ha encasquillado. 

El carrete no parece haber corrido lo suficiente y se han agolpado, en una misma instantánea, varias imágenes que pierden su nitidez por su sobre-exposición. 

Una noche en la agrupación de Peñas, un Rolex de oro, unas camisetas de aficionadas rasgadas y sobreimpresas, Mijatovic en Mestalla de azul y de morado, el propio Pedja en un acto de centenario pero del otro equipo de la ciudad… Imágenes borrosas, sueltas, distorsionadas. 

De un accidente. 

De una traición. 

Creo que finalmente voy a contemplar con calma las primeras cuatro imágenes, a ellas el tiempo se va encargando, poco a poco, de poner en su sitio. Hay muchas más, siempre que contengan el escudo de Valencia en el pecho, son fotos de un héroe, un futbolista extraordinario, anárquico y diferencial, voraz e imparable, una supernova que iluminó una noche tenue y salpicó con su brillo a otras estrellas que buscaban su lugar en el firmamento. 

Me quedo, en éste centenario con ése Pedja, el de la foto de su casi anónima presentación, el de los goles desde el centro del campo, el de los puños cerrados y el chicle, el de la cara de sorpresa, como la de un niño ante la ovación de Mestalla. 

Sí me quedo con ese Pedja; el de después no me interesa. Seguramente la traición es incurable y nunca se podrán cerrar las heridas de aquellos días, luego semanas y meses y al final años en la que todo, absolutamente todo, se hizo y se dijo mal. 

Me quedo con el Pedja héroe que nos hizo soñar y olvido a la caricatura súper-villanesca en la que se convirtió después. 

Y recuerdo, ahora que el escudo del murciélago cumple cien años que, durante tres años, un montenegrino atravesó, como un rayo, el césped de Mestalla. Eso no quiero olvidarlo porque es también parte de nuestra historia, que el tiempo, que todo lo puede, tal vez algún día, coloque en su lugar. 

Sergi Calvo 
Socio y Accionista del Valencia CF 

divendres, 31 d’agost de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 3


LA ÚLTIMA CALLE DE LA CIUDAD

(A Felip Bens y José Luis García Nieves, amigos)

El primo Juan era el patriarca de Comidas Esma, en la calle Zurradores. Como estaba jubilado, solía visitar a mi padre en el obrador para discutir de fútbol. Entre bronca y bronca pasaban semanas sin hablarse. Los dos eran iguales: cerriles, vehementes, muy apasionados. A finales de los años 70’, ambos sostenían sobre sus espaldas la dialéctica de un derbi que la ciudad daba por amortizado. Para mi padre, el Levante era una anécdota, un partido remoto de la promoción de 1959 en el estadio Insular de Las Palmas con la esperanza de ver a Wilkes por última vez. El primo Juan no lo veía igual. Era el maquis de la rivalidad, un tipo que se había echado al monte del barrio del Mercado para sostener la bandera del viejo Levante junto a sus acólitos del bar Peña. Había que verlos. En el bar Peña de la calle Tundidores ya no entraban ni las moscas, pero el espíritu de Vallejo congregaba a los últimos granotas de los aledaños con fervor y ansia. Odiaban al Valencia con la misma intensidad con la que amaban al Levante. Era superior a sus fuerzas. 

Al primo Juan le llamábamos así porque era familia lejana de mi abuela paterna. Había nacido en Las Alcublas y durante toda su vida fue cocinero. Primero en Comidas El Jerezano, frente al cine Palacio, en el corazón del viejo Barrio Chino; y después, y hasta que se jubiló, en Comidas Esma. Cuando se le pasaba el cabreo de la última trifulca con mi padre, aparecía por el horno de la calle Gorgos con dos conejos vivos que él mismo liquidaba en la pila de la cocina. Era su manera de sellar la paz, una paz que duraba poco. Para hacerme rabiar bautizaba a los animales con nombres de futbolistas del Valencia. “Bah Rafeta, ayúdame con Botubot”. Entonces, de un certero movimiento de muñeca, degollaba al conejo ante mis ojos. Con patatas y romero, aquello estaba de muerte.

Hacia 1988 el primo Juan sufrió una embolia y dejó de venir por casa. Entonces era yo el que cruzaba la ciudad para verle en su trono del barrio del Mercado, frente a la abandonada posada Coronas, la fonda medieval que durante varios siglos sostuvo el carácter de la última calle de la ciudad, la calle Zurradores. A pesar de estar medio ausente, cada dos semanas visitaba el Nou Estadi. Su ahijado Julio y su yerno Rafa, también granotas, le acompañaban. Un sábado por la tarde me sumé a la comitiva. Era 30 de diciembre de 1989. Al primo Juan le brillaban los ojos. “Rafeta Levante, Rafeta Levante” decía a duras penas. Era un partido de segunda división contra el Deportivo de La Coruña. Mediada la primera parte empezó a diluviar. Al rato se fue la luz. Como éramos tan pocos en la grada nos dejaron pasar a tribuna. Ni aún así se llenó. Todavía hubo un segundo apagón que anticipó la noche y el fin de año. Bajo la tormenta, el Nou Estadi parecía el Ciutat de Venezia. Cuando el Levante marcó el gol de la victoria, el primo Juan apenas se inmutó. Ni la lluvia, ni el frío, ni la incomodidad creciente parecían afectarle. De repente, sin embargo, rompió a llorar. Resultó conmovedor. No había consuelo para aquel gigante con nariz de boxeador que tantas veces me había sostenido entre sus brazos. Desconozco lo que pasó por su cabeza durante ese trance, pero fue un momento de una insólita ternura. La lluvia arreciaba y el primo Juan lloraba como un niño. Quizás en su desvarío intuyó que el gato volvería a subir a la palmera, y que en su ausencia, el Levante le devolvería a la ciudad la potestad del derbi y su literatura, ese mito que entonces parecía una quimera. No lo sé. Una cosa es cierta: nunca más volvió a Orriols. Trece días antes, el 17 de diciembre de 1989, se había jugado un Valencia-Real Sociedad; también bajo la lluvia, también con victoria local. Parece una novela y si fuera una novela nadie lo creería, pero también aquel fue el último partido que mi padre presenció en directo. En apenas dos semanas, ambos sellaron las cenizas de la paz y de la guerra en sus respectivos templos. Al menos en Mestalla no se fue la luz.

Rafa Lahuerta

dimecres, 29 d’agost de 2018

A PROPÓSITO DE LAS PRESENTACIONES...



Aprofitant el recordatori fet per Ciberche i l’amic Esteban Fernández a Twitter fa uns dies d'un dels episodis més negres vistos a Mestalla recuperem un article publicat en Levante El Mercantil Valenciano el 16 d'agost de 2003 per Rafa Lahuerta Yúfera.


Infantilizar a la afición y redu­cirla a masa consumista e irresponsable ha tenido con­secuencias funestas para el mun­do del fútbol. Tal como anticipa­ra el siempre lúcido Martin Queralt hace 10 años, el forofo de aluvión se ha hecho fuerte en su exigencia de espectáculo gran­dilocuente a todas horas. Espec­táculo que ya no se reduce a los meses de competición oficial, sino que se alarga durante las se­manas de pretemporada con la necesidad de ver cada día caras nuevas y famosillas con las que alimentar esa gran trampa llama­da ilusión ¿El cuponazo, quizás? El adicto a la futbolmanía no piensa jamás en el carácter real de su club. La entidad es una en­telequia dejada del mundo bron­co y cotidiano de la barra del bar, lugar sagrado donde se dirimen las verdades futboleras. El único objetivo del futbolmaniaco es pa­sarlo bien a toda costa (en el fon­do son grandes hedonistas (sic)), sin importarle para nada las po­sibilidades reales del club. La cla­ve reside en fichar cracks, y saciar así un ridículo orgullo de perte­nencia mediática que consiste en acaparar portadas de prensa en fechas inútiles. Un orgullo tonto que denota, ante todo, complejo de inferioridad ante los de siem­pre, aburrimiento estival, falta de perspectiva histórica, nula con­fianza en la cantera y en los pro­fesionales actuales, irresponsa­bilidad ante la situación financie­ra del club, y ceguera total ante la crisis del fútbol en general, que como suele suceder, acabará pa­gando el contribuyente. Es decir, usted y yo. Pero no importa. Al pachan­guero irresponsable todo eso le da igual. La mística de Anfield Road o Celtic Park le parecen cosa de fanáticos. El modelo Ajax, utópico. La variable cante­ra no existe en su imaginario atolondrado, y como lleva la ca­miseta Toyota, se cree con de­recho a todo. El cliente siempre tiene razón. Y es precisamente ahí, en ese axioma mercantilis­ta y tramposo, donde se dibuja el drama del fútbol y del Valen­cia en particular. 

El socio clásico ha involucio­nado. Ahora es cliente, de la mis­ma forma que el ciudadano se ha convertido en simple consumi­dor. Rebajas morales de estos nuevos tiempos condicionados por audiencias y mayorías en apa­riencia democráticas, pero con comportamientos intolerantes y marcadamente caprichosos. De tal manera que lo acontecido en Mestalla durante la presentación no es ninguna sorpresa. El propio club, con su política banal y ca­rente de toda mística, ha engendrado en su seno esa bestia irres­ponsable que no atiende a más ra­zones que a las de los fichajes de relumbrón (como si esa fuera la tradición de la casa). El malestar contra la directiva puede ser más o menos lícito en función de la capacidad de análi­sis y autoengaño de cada cual. Ahora bien, lo inadmisible es esa alegría estúpida en el insulto, en el linchamiento premeditado y sin venir a cuento contra Ortí, cuando ni siquiera ha empezado a rodar el balón. Viendo las imágenes de prensa y televisión se contem­pla el ambiente de chufla que reinaba en la protesta. Una pro­testa festiva e irresponsable, destructiva porque sí, sin más espíritu que el de manifestar una rabia ilógica y despropor­cionada, construida sobre cas­tillos en el aire; negando, por an­ticipado, toda posibilidad de éxi­to en el curso recién estrenado. 

Seguramente, porque la ma­yoría de los presentes ha olvida­do que hasta hace algunos años, el Valencia sólo ilusionaba en ve­rano, para vegetar en la medio­cridad el resto del campeonato. O sea, justo lo contrario que aho­ra. Teoría que confirma lo que un viejo amigo sostiene. Mucha gen­te, forofillos de aluvión, no aspira a tener un club serio y competiti­vo. Lo que quieren, en realidad, es un circo ambulante. Un reality­show que les entretenga, dé co­bertura a sus conversaciones en el bar, y mantenga vivas las emociones extremas con las que amortiguar la rutina. 

Como socio del Valencia que estuvo en Barcelona el 12 de abril de 1986, represento a un valen­cianismo distinto, que en absolu­to se siente feliz con la patochada fachista de negarle la palabra al presidente, en un alarde patético de desmemoria y jocosidad de botellón. 

Como irreductible valencia­nista que no pone su ilusión en manos de nada que no sea la propia historia del club y su ca­rácter sagrado, celebro la pre­sencia de jóvenes canteranos en el acto del pasado miércoles, y espero, de todo corazón, que lo­gren estar a la altura de sus pre­decesores más ilustres: Pu­chades, Claramunt, Guillot, Arias, Fernando, Albelda, etc. ¿Habrá paciencia? 

Como hincha fiel y amante del buen fútbol, espero que los fichajes del Valencia no prejuz­guen a su nueva afición por lo acontecido el miércoles. Y sepan que este es un club grande y es­pecial. Lo comprenderán muy pronto, cuando el embrujo de Mestalla renazca y el empuje del murciélago recobre las viejas claves de siempre: Humildad, coraje, pasión... y unas gotitas de fantasía. Todo muy lejos, afortu­nadamente, de los cuentos chi­nos y la futbolmanía. Esa lacra insufrible.


dissabte, 25 d’agost de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 2


TERESA RAMPELL EN CORNELLÀ

Me gusta imaginar a la “Teresa Rampell” de Manel en la tribuna de Cornellà. En mi película, la Rampell es hija de la protagonista de “Últimas tardes con Teresa”, la novela de Juan Marsé. No necesito tu permiso para ubicar a la madre en Sarrià y a la hija en Cornellà. Mi teoría sobre el Espanyol es estética, oblicua, poco futbolera. Hay un hilo de industria textil que llena desde siempre las zonas nobles del club perico. Si te fijas, a nadie le queda mejor la bufanda de su equipo que a los habituales de la tribuna de Cornellà. Si hubiera una liga de hinchadas elegantes, la del Espanyol levantaría el título. Es un hecho constatable. Desde que los ultras dejaran de interesarme como fenómeno, mi foco viró hacia escenarios menos categóricos. Casi nadie lo descifra, pero la tribuna es el último reducto que les queda a los clubs para explicarse. No hay un repertorio de canciones que las iguale, ni una estética común que las vincule. La tribuna de Mestalla, por ejemplo, combina mal los colores y tiende al barroquismo. El Bernabeu es el “Salvaje Oeste” de Xoan Tallón, una pasarela de snobs y abrigos Loden que recoge el legado de la banda sonora de “La Ramona Pechugona”, ese hit de Fernando Esteso que cantaban los madridistas en la puerta del bar Los Checas a mediados de los años 70’. El Espanyol siempre fue distinto. Lejos de los tugurios del barrio Chino donde el Barça ensayaba su teoría de asimilación del charnego en “Furia Española”, los pericos desprendían el aroma de los habanos que Manuel Meler, el abogado cómplice del poeta Gil de Biedma en su estancia filipina, se fumaba en el palco de Sarrià durante su presidencia. Comparto con Miquel Nadal esa rara fascinación. Hay un Espanyol-Valencia televisado en la semana santa de 1979 que recoge esa atmósfera. Hemos hablado mucho de ese coro atávico que surgía de la bombonera asimétrica del recinto españolista. Aquel ¡Español, Español, Español! con ñ que sonaba a coro familiar, a nana, a gente que se anudaba la bufanda al cuello con elegancia mientras las últimas tardes del Pijoaparte colapsaban las avenidas de la Barcelona claudicante. Fue un domingo de abril de 1979 y el campo de la carretera de Sarrià inauguraba iluminación. Mister Chip nunca te lo dirá, pero el Espanyol-VCF es el partido más repetido en liga entre Sociedades Anónimas Deportivas. Es una constante histórica que ambos clubs se crucen de forma habitual para celebrar todo tipo de efemérides. Es un clásico agónico y silenciado. En Sarrià debutó el VFC en primera división, y en Sarrià, 40 años más tarde, logró la liga de todas las ligas, la de 1971. En abril de 1979, el gol de la victoria blanquiazul lo marcó ese genio del arrabal que era Canito, acaso el futbolista más parecido al Pijoaparte que ha dado nuestro fútbol. Ese partido se jugó tres días antes de una remontada histórica en Mestalla, el inolvidable 4-0 al Barça en copa del rey. Lo que todavía nadie podía intuir es que el último partido oficial de Sarrià también sería un Espanyol-Valencia. Para entonces, 21 de junio de 1997, Gil de Biedma ya había cumplido su letal profecía. 


Rafa Lahuerta Yúfera


dijous, 23 d’agost de 2018

SAORET EL MALAENO




Foto sin autor que aparece en el artículo publicado por la Redaccion para Prisma Informativo el día 13 de julio de 2012, de unas declaraciones recogidas por Fernando Bellón.

Salvador Seguí Planes ha fet de tot en esta vida per a tirar endavant, entre altres coses ser distribuïdor de magdalenes. Per això tots el coneixen com Saoret el Malaeno.

Saoret el Malaeno és de Daimús, un poble prop de Gandia, a la comarca de La Safor. Saoret comentava per a l’extinta Canal 9 les partides de pilota que es jugaven al també desaparegut trinquet El Zurdo de Gandia. També cobria quan calia alguna notícia o esdeveniment important per la contornà, i li passava el reportatge a Canal 9 o a les televisions locals.

Un dia va vindre David Villa a Gandia, a la desapareguda tenda que el Valencia CF tenia prop de l’estació de Renfe (ja no queda en peu res del que conte, estic fet un uelo!). Era l’estiu en què Villa va ser portada del Marca vestit del Madrid, i es parlava molt de la seua eixida del club de Mestalla. Es va armar un rebombori de por, va vindre molta gent i la policia va haver de posar tanques i acordonar el carrer.

Una vegada finalitzat l’acte, Saoret es va acostar a entrevistar al Guaje, i, amb eixe accentàs valencianot que té, li va preguntar “Villa, es verdad que te vas a ir del Valencia para fichar por un grande?”. Villa li va contestar: “Hombre, yo creo que ya estoy en un grande. 

¿Para ti el Valencia no es un grande?”. I Saoret, més ample que llarg, li va contestar: “Hombre, para mí el Valencia es LO MÁS GRANDE “.

Sempre he tingut la sensació que el Valencia era un club que els de “la capi” gastaven per a lluir-se, però qui el feia gran i li donava eixe múscul que necessiten els clubs que són transversals i transcendents, era la gent de les comarques.

Supose que aquesta mirada es deu al fet que sóc de Gandia, i per a mi Mestalla era una espècie de tòtem que veia a la tele (sobretot a Canal 9), però al que tenia difícil accedir. Eixa visió de símbol que ens pertanyia, però que a la vegada era llunyà i estava reservat per a gent amb diners que es podia traure el passe i permetre anar i tornar cada 15 dies a València “a veure a la tia Clemència”.

Ahir va ser el meu primer partit a Mestalla com abonat. M’he tret el passe més barat, al sector 732 (Gol Xicotet Alt), antepenúltima filera. Fa 10 mesos que visc a València capital, i l’any del Centenari havia de viure’l a Mestalla. L’estrena va ser molt especial: el camp estava ple, l’ambient era espectacular per a ser un dilluns 20 d’Agost, vaig veure moltíssimes camisetes del Centenari… I la companyia a les graderies era de categoria! Darrere de mi s’assentava un grup de xicons joves, per l’accent diria que de la Ribera, i tenien un malnom per a cada jugador: Gayà era “Metxeret”, Neto era “Norbertito”, Batshuayi un “morlanco”…

Supose que aquestes són les coses per les quals Mestalla és un lloc especial, i ser abonat, un sacrifici que molts fan llevant-se altres vicis o estalviant com poden. Perquè sembla que anar a Mestalla enganxa, i molt. I és que ser del Valencia és molt gran. Com diuen els amics de Tardor al seu himne oficiós “Nosaltres som el Valencia, no hi ha res més gran”. Ja ho deia fa anys Saoret el Malaeno, que d’això en sap prou.

Jordi Sapena