dissabte, 23 de maig de 2020

ENSAYO SOBRE LA DESAZÓN (y antídoto personal para sobreponerse)



Seguramente no me equivoco si afirmo que la afición de nuestra Liga doméstica que con menos ganas espera el retorno de las competiciones futboleras es la valencianista. Si miras la clasificación, puedes pensar que hay equipos a los que les va mucho peor que a nosotros. Así que tiene que haber otra causa que explique esta desazón. Desafección significa perder el afecto, por lo que, aunque nos hayamos acostumbrado a utilizar este concepto, no nos sirve para definir este estado de ánimo colectivo. 

Como dijo el amigo Pau Corachán, no experimentamos ninguna alegría por el parón del fútbol. Simplemente, sentimos un alivio paralelo a la suspensión, aunque sea temporal, de esa tristeza que nos genera el día a día de nuestro club. 

A veces es bueno que llegue un tiempo de forzada pausa en la atropellada actualidad para que veamos los hechos con perspectiva y pongamos nuestros pensamientos en orden. Propongo huir de la tiranía de los titulares diarios para hacer una reflexión profunda. Los valencianistas necesitamos terapia. Estoy convencido de que hace falta revisar todo lo que nos ha sumido en el desasosiego sin recurrir a los manidos tópicos futbolísticos, que en estos casos solo sirven para enredar (de hecho, ese es su objetivo). 

Sugiero una relectura en clave ética de los desmanes que jalonan la trayectoria de Meriton. No caigamos en maniobras de distracción como que el presidente de las peñas ejerza de secretario técnico en la radio (entre otras funciones de escudo humano), se deslice que nuestro descontento tiene un origen racista o el club se enzarce con los periodistas críticos. Estas estrategias, con ser graves, pertenecen al manual de primero de manipulación de cualquier dictadura bananera que se sabe en crisis y busca chivos expiatorios dentro y fuera de sus fronteras. Son las desagradables manifestaciones externas de un problema que va, bien enquistado, por dentro. Las ramas que contribuyen a no dejarnos ver el bosque. 

Nos conviene, sin dejar de criticarlas, ser capaces de desactivarlas. Retomo el hilo para manifestar que la presencia de Meriton en Mestalla había sido asumida por muchos, entre quienes me cuento, desde una resignada conllevancia (debería estar prohibido citar a Murthy y un concepto acuñado por Ortega y Gasset en el mismo texto). Como una especie de castigo bíblico por el cúmulo de errores cometidos con anterioridad. 

Los hechos son tozudos y de una contundencia poco común en un mundillo tan poco dado a los análisis objetivos como el del fútbol. Solo en las temporadas en las que Meriton delegó amplias parcelas (la primera y las lideradas por Mateu y Marcelino) el Valencia fue un club con un estilo competitivo reconocible. La autonomía gestora de la propiedad conduce, irremisiblemente, a la mediocridad, al desencanto… En suma, al caos. 

Si bien el mantenimiento de unos mínimos estructurales en el club durante su primera campaña se debió a un parcial ejercicio de contención de los caprichos del propietario (que le pregunten a Pizzi…), la llegada de la dupla formada por Mateu y Marcelino obedeció, simple y llanamente, a evitar que la entidad entrara a medio plazo en el colapso al que la arbitrariedad decisoria (Neville como paradigma) le estaba llevando. 

Opino que es muy importante reconstruir, despacito y con buena letra, todos estos hechos para ver cómo encajan las decisiones de quienes desgobiernan nuestro club en un molde que nos va a disgustar. No estoy descubriendo la pólvora, pero a menudo nos dejamos demasiadas cosas en el tintero. Sin memoria, repetiremos los mismos errores. 

Por si a alguien le quedaba alguna duda sobre el fondo (las formas ya las teníamos claras) de Meriton, el verano de 2019 disipa todas. Viendo durante la cuarentena la reemisión de nuestra última final copera, me volvió a sacudir la pregunta esencial de todo este relato: ¿en manos de qué tipo de personas estamos para dilapidar por la cara todo ese capital de felicidad que tanto costó construir? ¿Qué clase de sadismo pueden albergar quienes actúan de esa manera tan malsana? 

Después, intenté buscar una explicación de cariz más racional, economicista, etc. El absurdo, en términos SAD, era todavía mayor. Por lo que la conclusión no podía ser otra que la que todos los valencianistas críticos teníamos clara desde que Meriton se cruzó en nuestras vidas: la utilización del club como un instrumento mediante el que mover dinero y contactos en el mercado persa del fútbol. 

Especulación con jugadores-mercancía, colocación de amiguetes agradecidos y privilegios de representación. Y, mientras tanto, hacer creer a la hinchada que existe algún proyecto mediante palabrería vacía (cantera, sostenibilidad…) que entra en absoluta contradicción con sus obras (véase Correia). Todo espíritu competitivo de la vía Meriton (que demuestra sistemáticamente ser lo contrario al mérito y a la capacidad) ha dependido siempre de dos factores: la inercia de las dos etapas de delegación a profesionales y la grandeza ancestral de una entidad que se resiste contumazmente a la autodestrucción. 

Por lo tanto, incido en el valor cualitativo de la liquidación del proyecto de Mateu y Marcelino. Supone la prueba fehaciente de que la incompetencia de Meriton no se debía a unos ciclos de ensayos, errores y aciertos. No creer en el VCF como un fin en sí mismo es parte de su ADN como inversores. No es extraño que utilicen la metáfora de David y Goliat frente al FCB solo unos meses después de haberlos noqueado con justicia en una final. Más amiguetes, más negocios… Por eso subastan a Rodrigo sin el más mínimo sentido del decoro, de los tempos de una negociación y del respeto a los criterios deportivos. 

Desde que llevo siguiendo al VCF, he conocido dirigentes cuyos mandatos, coincidiendo con el sentir general, podría juzgar como negativos. Pero creo que es importante no hacerse trampas al solitario al compararlos con los actuales. Entre otras cosas, por el hecho de que los antiguos mandatarios podían llegar a marcharse por una pañolada y no se ciscaban en el pueblo de Mestalla con la insolencia (las formas son importantes) de hoy en día. Partiendo de presupuestos morales, considero que la incompetencia puede ser disculpable. Me cuesta más transigir con el desprecio, la inquina, el cinismo, la mezquindad y la falta de empatía de quienes se jactan de “controlar el Valencia”. 

Un perfil como el de Anil Murthy, que encarna a la perfección las anteriores actitudes, supone una auténtica disrupción en la historia de nuestro club. Una anomalía que, como el grano de pus en la enfermedad, nos muestra que lo que se sospecha como pernicioso desde fuera es mucho más nocivo por dentro. Personifica nuestro escarnio público por la ristra de pecados cometidos. 

En este particular purgatorio, los encuentros que disputamos en las diferentes competiciones se revelan como un elemento más, la coartada, de la estafa piramidal que es el Valencia de Meriton. Una institución desnortada cuya pérdida de credibilidad, en la práctica, la convierte en pieza codiciada por parte de todos los filibusteros y trepas, que son muchos, del Planeta Fútbol. 

De ahí que no seamos pocos los que durante el confinamiento hemos encontrado unos buenos placebos en la revisión de partidos antiguos y la reorganización de nuestros archivos valencianistas. Personalmente, la vuelta a la cotidianidad de nuestro club solo me aporta la ya citada desazón. Y esta no depende de la proximidad o lejanía de la Champions ni de nada que se le parezca. 

Pero no se puede estar siempre repasando las fotos de glorias antiguas mientras el VCF que conocimos degenera. La única alternativa interesante que se me ocurre para afrontar esta desazón es la de ayudar a convertirla, desde mi modesta aportación, en un sentimiento proactivo que en el futuro pueda liberarnos del lastre de Meriton y sucedáneos. 

Pero, antes de que estemos en condiciones de alumbrar algo nuevo (doy por hecho que a nadie le gusta lo que tenemos ahora), es preciso salir de la resignación. Y escapar de ella pasa por ponernos de acuerdo en lo que nos desagrada y no languidecer eternamente en disculparlo en función de nuestros errores del pasado. 

Convengamos entre todos que el proceso de venta fue un ejercicio de ilusionismo colectivo deplorable y torticero, además de un cambalache perpetrado sin ningún tipo de garantías. Su legitimidad, a la luz de los hechos, está viciada. En el Derecho Bancario, si te venden un producto financiero sin transparencia y mediante prácticas abusivas, tienes grandes posibilidades de conseguir reembolsos cuando reclamas. 

El mundo del fútbol es diferente y en él operan modalidades societarias y subterfugios contractuales, si cabe, más abstrusos, por lo que es harto complejo deshacer un entuerto de esta naturaleza. Seamos autocríticos, por supuesto, pero no carguemos toda la culpa sobre el eslabón más débil: el aficionado común, que no tiene elementos de juicio suficientes para valorar determinadas cuestiones financieras y es fácil de seducir por los mercachifles mediáticos de la ilusión. Cosa muy distinta puede decirse de quienes sí disponían de conocimientos jurídicos o económicos para valorar el alcance de la martingala. 

Estos errores de nuestro pasado más cercano en ningún caso deben convertirse en escollos insalvables para articular nuevas mayorías de protesta. Esta es otra de las barreras psicológicas que hemos de superar para empezar a poner nuestro granito de arena en ese movimiento futuro que sirva para que los valencianistas podamos aspirar a disfrutar de un club en el que el aficionado cuente más que como un mero cliente. De un club en el que no tengamos que ver a nuestros dirigentes como unos sátrapas que nos humillan y nos avergüenzan, sino como los representantes legítimos, aunque podamos estar en desacuerdo con ellos, de la mayoría de nuestra masa social. 

Somos decenas de miles los que hemos invertido mucho tiempo y dinero en esta pasión sin esperar nada a cambio. Sin rendir pleitesía a ningún accidental jefe de SAD. Nos duele el Valencia. Meriton contabiliza la apatía como adhesión. Inhibirse, a medio plazo, mata. Si no protestas, ellos ganan y el VCF pierde. Rebélate, amunt! 


Simón Alegre (socio 5.042 del Valencia C.F.)

divendres, 15 de maig de 2020

UN VALENCIA DE COLORES

Lo primero que hizo Paco Roig al acceder a la presidencia del Valencia en 1993 fue devolverle al estadio su nombre original y teñir de negro las medias de unos futbolistas que desde hacía décadas lucían un blanco inmaculado en su uniforme. Pensó Roig que su decisión hacía justicia a los orígenes cromáticos del club, pero es posible que a día de hoy aún no sea consciente de su equivocación.

Al margen de sus colores corporativos, ningún equipo usó a comienzos del siglo XX medias que no fuesen de color negro, lo cual invita a pensar que esa diferencia respecto a camiseta y calzón que el Valencia presentó en sus orígenes obedecía a una cuestión práctica y no identitaria. Sencillamente no había calzas blancas en 1919.

La historia del fútbol está repleta de anécdotas referentes a la elección de unos u otros colores por parte de los clubes que hoy forman parte del universo futbolístico. Fundadores caprichosos que adoptaron los colores de su lugar de origen, baúles de utillería extraviados, guiños a una determinada filiación política... Mucho se podría escribir sobre ello, pero afortunadamente en el caso que nos ocupa, los colores del Valencia CF, no hay demasiado que investigar. 

El Valencia usó como alternativa a su primera equipación el rojo burdeos a lo largo de sus primeros cincuenta años de historia. Rematada con calzón negro, aquella camiseta tiene reminiscencias poéticas para aquellos que se han empeñado en ligarla al club que llevaba por nombre Torino, el mismo topónimo que lucía en la fachada del paritorio donde nació el Valencia FC, pero lo cierto es que nunca se sabrá a ciencia cierta qué propició aquella elección 

La década de los setenta fue la última del primer fútbol en lo que a equipaciones se refiere. La aparición de tejidos sintéticos y patrocinadores dispuestos a manchar las banderas sagradas que los futbolistas teñían de sangre y barro sobre el césped escondieron para siempre en un cajón de nuestra memoria aquellas camisetas de algodón que firmas como Condor o Mont-halt tejían para la mayoría de equipos de La Liga. Fue esta última, propiedad del expresidente del FC Barcelona Agustí Montal, la que diseñó el mono de trabajo de los nuestros desde finales de los sesenta hasta la irrupción de Ressy y Adidas, que se alternaron de forma curiosa entre 1977 y 1982.


Camiseta Mont-halt de 1976. Colección Jose Ignacio Ponce @CamisetasVcf

Un partido amistoso disputado en Mestalla en la década de los cincuenta nos dejó para la posteridad una postal preciosa. Faas Wilkes posa sonriente con Kubala, que había reforzado al Valencia para enfrentarse al Glasgow Rangers escocés. El holandes y el húngaro, junto a Di Stefano las grandes estrellas del momento, lucen la primera senyera de cuantas ha paseado el equipo en una clara expresión de orgullo patrio. Pese al papel que la historia le tenía reservado a aquel diseño en el imaginario del club, su presencia fue efímera y no se recuperó hasta 1977 en una visita al Santiago Bernabéu en pleno debate político por el diseño del nuevo mapa autonómico. Aquel partido supuso también el inicio de la relación que unió al club y a la firma valenciana de prendas deportivas Ressy, autora de aquella camiseta que el Valencia vistió en Chamartín puntualmente, recuperando una semana después la camiseta blanca Mont-halt que usaba habitualmente.


Senyera Ressy de 1977 y Adidas de 1978. Colección Jose Ignacio Ponce @CamisetasVcf

La próxima aparición de Ressy sería también con una senyera, la que diseñó para la final de Copa de 1979, la primera camiseta de tejido sintético que el Valencia ha usado, rematada con dorsal inglés, una pieza que marcó a toda una generación tras la cabalgada de Mario Kempes alzando los brazos al cielo de Madrid.

No fue en cambio la marca de la R la primera en estampar su logo en una camiseta del Valencia, a principios de esa misma década otra firma de la tierra, World Sports, estampó su anagrama en las camisetas que Mont-halt proporcionaba al club, convirtiéndose así el club de Mestalla en el primero que lució el logotipo de un espónsor técnico en España antes de que la RFEF decretara una prohibición que no levantó hasta 1980.

Corría el año 1974 y Mont-halt, con el beneplácito de los dirigentes de la entidad, dejó por primera vez el rojo en el armario para introducir otros colores que representaran la amalgama de luces, perfumes y estallidos sincopados que trazan el mapa genético de la ciudad. Fue así como el Valencia flirteó con el naranja por primera vez, rematado con cuello verde, y con un azul cielo que hallaba en un calzón más oscuro la armonía perfecta.

Fueron experientos de corto recorrido y se volvió al rojo, combinándolo en algunas ocasiones con pantalón azul, como en un partido disputado en Nervión en la temporada 1977/78. Es en esa misma temporada cuando Ressy comienza a hacer acto de presencia en las formaciones del Valencia. Y también Adidas, que le proporcionó al equipo una segunda equipación azul con las tres bandas blancas que obligó a Luis Arconada a cambiarse de camiseta antes del inicio del partido que enfrentaba en Atotxa a donostiarras y valencianos. La siguiente aparición del trébol de Adidas, la marca fundada en Herzogenaurach por Adi Dassler, sería en mayo de 1980 sobre el césped del estadio Heysel de Bruselas la tarde que el Valencia CF alcanzó el mayor éxito internacional de su historia. Curiosamente los jugadores que como Kempes o Bonhof tenían contrato con otras marcas para utilizar sus botas taparon el logo de Adidas con esparadrapo.


Camiseta Adidas Rainer Bonhof final Recopa 1980. Colección Alfredo Ramos @AlfredoRamosLa4

También aparece el logo del gigante alemán en la foto en la que el equipo posa con la Supercopa en Mestalla unos meses después, esta vez con el segundo y último modelo que Adidas diseñó como primera equipación. Fue durante ese corto patrocinio cuando el escudo se estampó serigrafiado en la camiseta, pero pronto desapareció, primero de la senyera, donde resultaba difícil de distinguir, y después de la camiseta local.


Senyera Adidas 1980. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

El éxito de la senyera Ressy en la final de Copa de 1979 (tres de aquellas camisetas que se usaron en el Vicente Calderón forman hoy parte de las colecciones de quienes firman este texto) estableció de forma oficial nuestra bandera como camiseta alternativa hasta 1984, a excepción de las visitas a Salamanca y Vigo en la difícil primavera de 1983 en las que el equipo se presentó con camiseta y pantalón rojos, color que tuvo continuidad a partir de la temporada 1984/85 pero con calzón y medias negras.


Camiseta Ressy 1985. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

La temporada que el Valencia disputó en segunda división fue la última de su relación contractual con Ressy, y en ella se recuperó nuevamente la senyera alternando el diseño original de la marca con una nueva versión de líneas más finas en detrimento de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo


Senyera Ressy 1986. Colección José Ignacio Ponce @CamisetasVfc

Con el regreso a primera división, otra marca valenciana, Rasán, se hace con el patrocinio técnico del club. No hay novedad en la primera equipación y la firma de Ramón Sánchez presenta una camiseta que perfectamente hubiese firmado su predecesora. La ruptura es en cambio total con el pasado en lo que a la segunda equipación respecta. La propuesta azul incorpora la senyera en el cuello y tiene buena acogida entre la afición, pero Rasán patina y la confecciona en algodón, un tejido ya en desuso en el fútbol profesional. Pronto se daría marcha atrás y se plasma su diseño sobre material más moderno, de forma que el tono varía respecto a la primera propuesta, proyectando esta última un azul más claro.

Los tres años de Rasán como espónsor técnico coincidieron con la vuelta del Valencia a su hábitat natural después del descenso al infierno.


Camiseta Rasán 1987 confeccionada en algodón. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

En 1990 se presenta Puma como proveedor. La marca fundada por Rudolf Dassler siguió con la línea marcada por Rasán en sus dos primeras campañas con la única salvedad de la intruducción del naranja como alternativa al azul a finales de 1991. Fue en Atotxa, nuestro laboratorio particular para experimentos, donde se presentó aquella camiseta naranja, la segunda que ha usado el Valencia lo largo de su historia. Su diseño, idéntico al de su gemela azul con pinceladas de estuco veneciano, no triunfó y su presencia en la formación terminó dos semanas más tarde en el Carlos Tartiere de Oviedo. Curiosamente entre ambas citas se produjo la fusión bancaria de la que resultó Bancaja, la publicidad que se mostró en tierras asturianas en sustitución del Caja de Valencia que se paseó en Donosti.


Puma visitante 1991. Colecciónes de José Ignacio Ponce y Albert Carda

En la campaña 1992/93, última de Puma, aparece un nuevo patrocinador que ocupa buena parte del frontal de la camiseta, desatando el pánico entre los puristas. Mediterranea y su palmera multicolor no sería la única novedad aquel curso, ya que la segunda equipación vira hacia un azul más sobrio y aparece el rojo como tercera, aunque curiosamente acabó siendo utilizado en muchas más ocasiones, por lo que quizá deberíamos considerar esta última equipación la away y la azul la 3rd si utilizamos la terminología establecida hoy en el lenguaje específico del mundillo de las camisetas de fútbol.


Camisetas Puma 1992. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

En el verano de 1993, de nuevo una firma valenciana estampa su logotipo en el pecho de nuestros futbolistas. Luanvi llegó justo en el momento en que se abría la veda en el mundo del fútbol al negocio del merchandising. Fue en los noventa cuando los colores corporativos comenzaron a prostituirse en aras del crecimiento económico y las marcas se hicieron dueñas absolutas de las camisetas de los equipos.

Camisetas Luanvi 1993. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

En nuestro caso la coyuntura hizo que tardáramos más de una década en volver a ver una senyera y que el rojo burdeos, nuestro color alternativo de toda la vida, desapareciera para dejar su espacio a una tonalidad con la que se identifican las nuevas generaciones, el naranja que esta vez sí, Luanvi consiguió introducir para siempre el verano de 1998.

Camiseta Luanvi 1998. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

Nike, Kappa, Joma, Adidas y Puma siguieron después la estela que marcan los nuevos tiempos, cambiando caprichosamente nuestros colores alternativos en función de las preferencias del mercado, con la prevalencia eso sí del naranja. También todas ellas menos Kappa y Puma han tenido a bien diseñar su propia senyera (dos en el caso de Adidas), aunque Puma, actual espónsor técnico del club aún está a tiempo de hacerlo, si bien todo apunta a que con buen criterio recuperará primero el rojo burdeos.

Senyera Nike 2004. Colección José Ignacio Ponce @CamisetasVfc

Fucsia, azul oscuro, gris, negro, azul claro... muchas han sido las propuestas que hemos paseado últimamente dejando de lado los colores que históricamente nos han identificado lejos de Mestalla, algo atractivo para algunos e imperdonable para otros. 

Más complicado resulta aún el debate alrededor de la primera equipación, ¿pantalón negro? ¿Pantalón blanco? ¿Medias negras? ¿Medias blancas? Más hilarante resulta la incorporación de adornos naranja en la primera equipación, un color que los puristas han aceptado con resignación para la camiseta visitante pero ciertamente no pinta nada en la primera.

Senyera Adidas 2015 y 2017. Colección Albert Carda @ValenciaMemora

Los colores del Valencia son su seña de identidad y por ello es lógico que sean objeto de debate. Son el reflejo de la más visceral de las aficiones, siempre a caballo entre la dualidad que la sustenta, entre el negro y el blanco, entre la senyera y el rojo burdeos mientras el naranja se abre paso a la modernidad.

Camisetas utilizadas por Arias, Saura y Felman en la final de la Copa del Rey de 1979 en el Vicente Calderón.


Albert Carda Serch 

José Ignacio Ponce Roda 

Alfredo Ramos Lafuente

divendres, 8 de maig de 2020

UNA DE PANCARTAS




Hubo un tiempo en el que las pancartas engalanaban Mestalla. Aunque, a decir verdad, tampoco demasiado, ya que ni la fisonomía del vallado ni las costumbres de la hinchada componían un lienzo tan atractivo como en el Calderón o La Romareda. Pero al menos la General de Pie daba el toque de color y calor. 

No me refiero en estas líneas a las pancartas-mensaje, tradición que implantamos en Mestalla antes que en ningún estadio de España. Me remito ahora a las que no fueron, como las anteriores, de usar y tirar. A esas pancartas concebidas para ser colgadas una y otra vez en los balcones de las gradas. Por lo general, las más resistentes y vistosas. 

Nos tenemos que remontar a los años noventa y, en especial, a los centrales de la década. Por entonces, en nuestro campo la libertad de expresión no era acallada a golpe de megafonía ni desincentivada a base de cacheos y otras coacciones. Eso sí, por ejemplo, el roigismo hacía sus pinitos en manipularla, precisamente, mediante el pancarteo. 

Pero, en general, al aficionado no se le reservaba la impersonal y aséptica experiencia de consumidor de hoy en día, que lo supedita a relleno de mosaico subvencionado, figurante de besamanos colonial o sostenedor de aplaudidor con instrucciones. 

Es este un pasaje, dentro de la gran historia de Mestalla, que a principios de los noventa viví por la tele (era pequeño y no me llevaban todo lo que yo quería al campo) y ya en el estadio desde que conseguí un pase de General de Pie Norte para la 96-97 (un vomitorio más escorado hacia Numerada de lo que lo estaba la Peña Roberto Mislata, Romis). Eran temporadas de pinchazo otoñal de la burbuja de Romario, de reparto gratuito de la revista Val de VAC y del “¡puta Antena 3!” los lunes por la noche. A partir de la 98-99, mudanza al balconcito de Gol Gran Bajo. 

Comenzaré este repaso de las pancartas, siguiendo el criterio de antigüedad, por el norte. Allí se podían ver, entre otras, las de Sempre Valencia, Original Group, Comando Ultra (en negro sobre amarillo), Anticulés, Armada Blanca, Bat Power... Aparte de las de Fossa dei Lubo´s (no confundir con el Lubo´s Gol Gran de 1994, ya en el fondo sur) y secciones de Yomus: Heysel 80, Inflón, Fernando, Catarroja, Atzeneta, Comando Ultra Paiporta, Benifaraig… 

   

Y algunas peñas, además de Romis, solían poner las suyas en norte: Gallo Che, Samaruc, Burjassot, Pumuki Barrio del Cristo… Incluso había una roja con Ochsenfurt escrito en letras blancas cuya trazabilidad siempre pensé que dirigía hacia Múnich. 



Y en el fondo sur recuerdo las de Corazón de Mestalla, Valencia t´estimem, Kop Valencia, 1923-1998 Any Mestalla, pero sobre todo las de Gol Gran y sus secciones de entonces: Patraix, Sang Che, Malilla, Grupo Zaidía, Akelarre, Godian, Boys Sur, Vega Baixa, Ontinyent, Perellonet, Russafa… 

Detrás de estas pancartas se solían agrupar vecinos de la misma zona, pero también compañeros de colegio. Maristas, Dominicos, El Pilar, IES Campanar, CEU San Pablo… Abro solo un poco el melón del valencianismo escolar, que también daría mucho de sí. 

En el VCF-Hércules de la 96-97 (el minuto de silencio por González Lizondo y el derby del milenio) se presentaron varias de estas pancartas con la misma estética (las iniciales del grupo flanqueando una cruz de San Jorge y a continuación el nombre de la sección, todo en blanco sobre negro). 

Numerosas eran las peñas que colgaban sus pancartas en el fondo sur: Obsessió Che, O Rey Mazinho, Va de Bo Alginet, Valencia Brothers, Carrilers, Politècnica… Y otras solían ponerlas en los desplazamientos: Che Collons Sueca, Circuito Oliag, Fernando Campanar, La Gamba Che Albuixech, Paniego 71… 

Vayan por delante mis disculpas porque seguro que, en este ejercicio de arqueología, me he olvidado de muchas pancartas y habré incurrido en más de una imprecisión. Este es mi pequeño homenaje a quienes dedicaron su tiempo y dinero a confeccionarlas, encargarlas o colgarlas. 

Poco después ya pude ser yo quien contribuyera a decorar Mestalla con ellas, pero eso ya es parte de otra historia (con sillas azules, en lugar de cemento, en las gradas). Una historia personal de valencianismo que, sin la aportación de quienes me precedieron, yo no hubiera podido escribir de la misma manera. 

Quizás sea un tema menor. Como mucho, una nota a pie de página en la gloriosa historia de nuestro club. Tal vez muchos lo/nos consideren una antigualla prescindible, pero la memoria no debe ser selectiva, sino compartida. Y, sin los jóvenes que se dejaron horas poniendo Mestalla de gala y han seguido renovando el pase hasta hoy, está incompleta. 

Me gusta recordarlo ahora que, en estos duros tiempos de la deslocalización del VCF, nos arrumban la tiranía de las compraventas, las normativas adocenadoras y los horarios intempestivos. Amunt!

Simón Alegre.

dissabte, 2 de maig de 2020

DOS FECHAS QUE CAMBIARON AL VALENCIA


 

A lo largo de los más de cien años que jalonan la existencia del Valencia C.F., se han sucedido infinidad de situaciones que han determinado el discurrir de la Sociedad, unas formidables y otras no tanto. A veces han sido los hados benefactores quienes propiciaron la estabilidad y el crecimiento del equipo hasta llevarlo al cielo del triunfo y el reconocimiento. Por el contrario, hechos puntuales e inesperados teñidos de desgracia, ayudaron, y de qué manera, al retroceso, al empequeñecimiento temporal de nuestro querido Valencia. Algunos de ellos llegaron en forma de lesiones, marcando drásticamente los días posteriores de los afectados y con ello del devenir de la Institución. Ejemplos de ello son la de dos zurdos que separados por la distancia de más de veinte años, tuvieron vidas paralelas a partir del infortunio, con similitudes dignas de recordar. 

Mario Alberto Kempes fue fichado en el verano de 1976 por el bueno de Pasieguito. Al contrario que a Diarte, Carrete, Castellanos o Juan Carlos, los fichajes de aquel comienzo de curso, a Kempes apenas se le conocía. Simplemente era un zurdo con una melena llamativa y que presuntamente venía a sustituir a Valdez, un clásico de inicios de los 70 venido a menos. A los pocos meses todo el mundo sabía que el Valencia tenía en sus filas un tesoro que muy pronto iba a convertirse en el mejor jugador mundial, justo hasta el 22/10/1980. Aquella noche, el Valencia disputaba en Alemania Oriental el partido de ida de los octavos de final de la Recopa frente al Carl Zeiss Jena. La derrota por 3-1 no fue lo peor –el equipo campeón del torneo en el curso anterior veía factible superar la eliminatoria en campo propio-, sino la lesión que Kempes sufrió en el hombro –algo a lo que tampoco se le dio más trascendencia, opinando que era superable-, y que a la postre condicionó para siempre el juego del Matador. Desgraciadamente y de rebote, para el Valencia hay un antes y un después de aquel veintidós de octubre. El crack argentino continuó jugando con cierta asiduidad, pero parecía haber perdido su brillantez en el juego y hasta la capacidad de golear, solo recuperada en parte en el tramo final antes de ser traspasado a River en marzo de 1981. Cuando regresó a Valencia por impago del club bonaerense, volvió el mismo jugador del tramo final de su primera etapa, con cierta facilidad para ver puerta, pero mucho menos resolutivo y determinante en el juego colectivo del equipo que antaño. ¿Qué le hubiera ocurrido al Valencia de no producirse la lesión? ¿Habría superado al conjunto alemán, tal vez habría revalidado el título de campeón de la Recopa? ¿Hubiera tenido más opciones de ganar aquella liga tan abierta 1980-81 y que finalmente conquistó la Real Sociedad? ¿Tal vez no hubiera sido traspasado jamás, a pesar de las deudas que apretaban a la Sociedad? Son preguntas difíciles de contestar. Aunque quién sabe, a lo mejor, de no haberse producido aquella “intrascendente” desgracia de su hombro, hubiera seguido jugando en el Valencia y este jamás habría descendido a segunda –al final del curso 1985-86 ni siquiera tenía los 32 cumplidos, una edad ideal para un jugador con un físico privilegiado como el del Matador. 


Vicente Rodríguez fue fichado en el verano de 2000 procedente del Levante. Cuando llegó solo tenía 19 años, una zurda que enamoraba y unas ganas inmensas de corresponder a la confianza depositada en él, pero no dejaba de ser un joven por pulir y que en principio venía a complementar a un jugador tan consolidado y determinante como era Kili González. En su segunda temporada no solo había dejado en el banquillo al argentino en muchos partidos, si no que se convirtió en una pieza básica del Valencia campeón de liga. Al final de la temporada 2003-04, con solo 22 años, pasaba por ser el mejor zurdo europeo del momento, además de titular indiscutible en la Selección Española. Sin embargo, un 29/09/2004, también en Alemania y jugando contra el Werder Bremen el 2º partido de liguilla de la Champions, el de Benicalap sufrió un esguince de tobillo, siendo sustituido en el minuto 78 por Moretti. Aquel, por otra parte, tan frecuente mal de los futbolistas, habría de marcar su posterior carrera futbolística con altibajos que también mermaron el nivel competitivo del Valencia. Vicente se recuperó aparentemente de la lesión, pero su juego jamás volvió a acercarse al nivel de calidad que mostraba en cada partido hasta esa noche alemana. Desde entonces, las lesiones y recaídas fueron su destino y también el del Club. No es ningún disparate asumir que el Valencia no ha vuelto a tener un interior/extremo izquierdo con el desborde y/o la capacidad goleadora de Vicente, al menos durante 4 temporadas consecutivas. Como en el caso del Matador, también son pertinentes las mismas preguntas que desembocan en una: ¿Si Vicente no se hubiera lesionado jamás, que hubiera pasado con el Valencia? 

Kempes y Vicente, Vicente y Kempes, dos genios del fútbol que hicieron más grande al Valencia durante algunos años, muchos menos de los que nos hubiera gustado, teniendo en cuenta que el argentino sufrió la lesión de su hombro con 26 años y el valenciano de su tobillo con 23. No por ello han dejado de pertenecer al imaginario valencianista, hasta el punto de considerar a Kempes el mejor jugador en la historia de la Sociedad, y a Vicente, uno de los más geniales extremos izquierdos, en cierta manera, heredero natural del Matador.

Julio Mauriz.

dissabte, 18 d’abril de 2020

VOL EN LA FOSCOR





Arias amaga el seu port elegant davant el crit de El Mudo, que per unes mil.lèsimes de segon ha abandonat la seua condició per tal d'anunciar-li a Richard la seua eixida. La pluja fa acte de presència i distorsiona la imatge que m'arriba a través de la finestra. Al fons, el fumeral del vaporitzador s'alça imponent entre les ruïnes de l'imperi Segarra. El gris de les teulades de les naus que albergaren l'antiga factoria, orgull pretèrit dels veïns de La Vall d'Uixó, em recorda que el color queda lluny en les nostres vides empresonades, però per sort el paisatge s'ha apiadat de nosaltres i ha decidit amagar la seua exuberància de la mirada dels animals engabiats en que ens ha convertit el confinament.

Torne a la imatge que m'ocupa i sí, és la mateixa que durant anys ha decorat l'escriptori del meu ordinador al temps que perfumava les meus entranyes. Ara, un maleït virus no sols ha canviat per sempre la meua forma d'entendre la vida, també m'ha fet vore des d'un prisma diferent el quadre que per a mi va pintar el Déu dels primers dies. El destí ha decidit cobrir-lo de la mateixa realitat que s'ha instal.lat entre nosaltres de forma cruel borrant els dies de la setmana en la pitjor de les primaveres, i això no li ho perdonaré mai.

Estire les nits i acurte els dies en un patètic esforç per amagar la llum del sol, la que et convida a la cervesa més freda en una terrassa que el perfum de la flor del taronger ha convertit en un infern de dolçor infinita.

Circulen estos dies per les xarxes socials i els mitjans de comunicació nombroses iniciatives que recuperen fites històriques del València. S'han convertit en un dels millors aliats enmig de la nit més llarga, la que ha vist cavalcar a un Óscar Rubén Valdez que desafia des de la porta d'entrada al paradís a un gegant anomenat Iríbar en l'últim Mestalla en blanc i negre quan encara responia al nom de Luis Casanova. També en l'obscuritat d'eixa nit he tornat a saltar la barra de la cafeteria Marilyn per servir-me un Four Roses amb gel que encara no m'he begut vint anys després. Va ser Gaizka Mendieta qui el va extraviar després de parar-lo amb el pit, acaronar-lo amb el muscle i reconduir-lo per projectar-lo a l'eternitat amb l'esquerra.

Mentre jo m'oblidava per segona vegada d'aquell bourbon en l'éxtasi provocat per la melodia que va composar Mendieta, el meu fill Raül vivia amb orgull un gol que no li corresponia en el temps. També la meua filla Vélvet el cantava, encara que per a ella tots els gols són atemporals, els celebra per treure'm un somriure, i a mi m'encisa que ho faça. Poc després, la narració en CV Ràdio de la cavalcada de Carlos Soler sobre el verd del Benito Villamarín torna a sonar per oferir-me una altra treva, me permet a través de la seua tonada oblidar que res tornarà a ser igual. Un any després, l'épica d'aquella carrera anestesia l'amargor que em sentencia quan pense que res serà com era, que ningú m'espera en la barra del bar, que els carrers que creia escriturats al meu nom no em pertanyen, que m'han robat abruptament la felicitat que estructurava la meua rutina, que l'esquerra del meu fill ha parat el seu vol sobre el paissatge que dibuixen els meus dissabtes pel matí, que la meua aula està buida, sense vida.

Com Jordi Alba, les meues misèries queden enrere mentre la carrera iniciada per Carlitos aplega a les platges d'Ítaca. Allí va trobar El Chino el cap de Rodrigo i jo l'abraç que va donar sentit a tot.

Un concert t'oferix, encara que de forma edulcorada, l'única possibilitat d'escoltar novament per pimera vegada la cançó que un dia et va robar la voluntat. Estes setmanes un virus m'ha regalat per segona volta moments que mai he deixat de viure, he tornat a cantar el gol de la meua vida quasi amb la mateixa intensitat amb que ho vaig fer en el moment en que els deus el van ubicar en el temps.

Amb el fumeral del vaporitzador encara difuminat pel ressò del segon gol de Baraja a l'Espanyol, els meus ulls tornen a la foto guiats per l'ànima, atrets pel color de la samarreta de Ricardo Arias, la que va donar color a les meues nits més llunyanes entre la foscor que ara ha tornat per a dir-nos que els hiverns són llargs i gelats i no podem acurtar-los o suavitzar-los a la nostra manera.

Arias i Sempere dibuixen escorços antagònics com tractant d'anunciar que la llum s'obrirà pas entre la foscor.

Sé que tot passarà però res tornarà a ser igual. Ara sé gràcies a les imatges d'Aitana que Toni Lara adornava amb la seua veu i que algú ha recomanat estos dies des del time line de la quarantena que la palometa fou estèril i aquell Adidas Tango acabà dins de la porteria de les nostres vides.

He pogut saber-ho gràcies a un virus que m'ha confinat entre les parets del record per a coneixer-me millor i per a dur-me la veritat d'aquell vol que va iniciar Sempere quatre dècades enrere i encara no ha acabat. Ho farà quan tot açò passe i aquella postal recupere el lloc que sempre ha ocupat en la meua memòria. Allí descansarà eternament el baló que Sempere va despejar per tal d'iluminar els meus dies i les meues nits.

Dedicat a José Manuel Sempere i Ricardo Penella Arias, que estos dies ens han donat una lliçó d'humanitat lluny del lloc on els vam admirar, i als valencianistes que més estan patint esta situació, en especial als meus amics Ernesto Morell i Salva Raga. AMUNT SEMPRE!


Albert Carda Serch.

dimecres, 15 d’abril de 2020

MI PADRE, LA VESPA Y EL INTER


Pocas veces mi padre me contó sus andanzas y aventuras de juventud. Nuestra relación fue, hasta bien pasados mis veinticinco años de edad, distante y más bien tormentosa. Se juntaron su carácter autoritario y su educación chapada a la antigua, con mi rebeldía pasada de tono. Era una bomba de relojería. Pero si me tengo que acordar de alguna anécdota suya futbolera, me quedo con la que contaba de la eliminatoria de Copa de Ferias de 1.962 contra el Inter de Milán. 

En aquella eliminatoria, mi padre tenía 22 años. Y todavía trabajaba con mis abuelos en la feria ambulante vendiendo juguetes. Estaban en Ollería. Y según contaba, él y su primo Mundín, que trabajaba también como feriante y a su vez era amigo de fechorías, decidieron venirse en Vespa a Mestalla, pasándose por alto las previsiones de lluvia y las advertencias del resto de la familia prohibiéndoles de manera tajante tal locura. Ya en el viaje de ida a Mestalla, y subiendo el Puerto de Olleria, les agarró un aguacero que les dejó calados hasta las cejas. Pero decidieron seguir camino. La cosa fue bien y ganó el Valencia 2-0, con goles de Waldo y Guillot (como no). Era el Valencia de los primeros 60, cuando Waldo y Guillot era una dupla que "la rompía". 

A su regreso al recinto donde estaban los feriantes, salió a recibirles la comitiva de familiares. A Mundín lo recibió su padre, Mundo (a su vez era el tío de mi padre, claro). Del primer guantazo le quitó el poco o mucho frío que pudiera tener. Acto seguido preguntó : "¿Com ha quedat el Valencia?". Y es que Mundo era un hombre que tenía la marca de guerra de una bala que le entró por la mandíbula y le salió junto a la oreja (causaba respeto su aspecto rudo, muy común en aquellos tiempos) , era un valencianista recalcitrante. Yo lo recuerdo vagamente, ya de muy mayor. Siempre me enseñaba "la cicatriz". Mi padre contaba que le recuerda siempre discutiendo con sus amigos de fútbol. Y que era un ferviente defensor de un tal Taltavull, jugador de los años 50 y que, según parece, generaba debate por su juego, demasiado técnico para la época. 

Puestos en situación, y ya con el relato de la "aventura" descrito, diversas vivencias que a posteriori hemos tenido mi padre y yo, me han hecho atar cabos y retrotraerme a la circunstancia antes descrita para llegar a la conclusión de que mi padre debió ser un fan de Guillot. Y es que de pequeño, con 12-13 años, yo jugaba en un equipo y el entrenador era (casualmente) Guillot. Para nosotros (los nanos que jugábamos) era un señor mayor, calvo, y con muy mala uva. Hablo del año 84-85 más o menos. Pero recuerdo que cuando mi padre venía a verme jugar, se achicaba. Era como que aquel hombre autoritario que me inculcaba la disciplina ante todo, que no dudaba en soltarme un "sopapo" si consideraba oportuno, y que era fiel seguidor de aquello de que "el halago debilita", se hacía pequeño y se convertía en corderito cuando estaba Guillot por ahí rondando. Por supuesto, yo no entendía nada... Y pensaba " ¿pero a este hombre que cojones le pasa?". El paso del tiempo y el mucho pensar, creo que me dio la respuesta. 

Otro suceso relacionado con Guillot fue, ya pasados muchos años, y ya cuidando yo de mis padres, un día que los llevé a "picar algo al solecito" al bar Hermanos Barberà, en Av Tarongers (sitio recomendable con las paredes decoradas de fotos con motivos valencianistas, dicho sea de paso). Sería el año 2013 o 2014. Allí, un camarero reconoció a mi padre. Cito textual, del bar "Walgui". Parece ser que Waldo y Guillot, en los 60-70, montaron un bar en los alrededores de Mestalla. Y mi padre era asiduo a aquel bar. El camarero le recordó las tertulias y discusiones que allí tenían, y se recordaba de él por lo defensor que era de Guillot ante las críticas que este recibía... A su vez, y ya en voz baja, mi padre me comentó que ese camarero trabajaba también de "machaca" (una especie de seguridad a la antigua usanza) en el bar, y que cuando la cosa se ponía fea, repartía ostias como panes. 

Juntando estas vivencias, y tras ponerlas en una cubitera y mezclaralas, el resultado que me da es que en el año 1962, con 22 años, mi padre tenía un ídolo. Y era Guillot. Y que ese ídolo no dejó de serlo nunca, a pesar del paso del tiempo. 

Pasaron los años y vino la eliminatoria contra el Inter de Milán de 2003. Era la Champions League. La anterior eliminatoria contra el Inter era reciente, y había acabado con Farinós de portero del Inter. Pero la situación familiar no me permitió hacer lo que sí pude hacer en 2003. Y es que le compré una entrada a mi padre junto a mi asiento. Fuimos los dos en mi Vespa a Mestalla (no desde Ollería, pero sí desde la zona de Abastos). Me recordó 40 veces que tenía una luz fundida de la moto (algo muy habitual en las Vespas viejas). Y vimos el partido. La vuelta fue dantesca (la bombilla seguía fundida y el Inter nos había "fundido" con un robo de los que no me han olvidan, a pesar de que han pasado ya 15 años). 

Visto con perspectiva, y ya más en frío, creo que ambos supimos que con aquel trayecto en Vespa, aquella tarde-noche, en aquel partido, y con aquella vivencia, habíamos cerrado un círculo que empezó allá por 1962, en Ollería, con su primo Mundín. Nunca lo comentamos mientras mi padre vivió,pero ambos supimos que aquella tarde fue muy entrañable y que nos iba a quedar grabada de por vida. Doy fe que nunca la olvidaré. 

AMUNT VALENCIA SEMPRE!!.

José Ponce.