dijous, 20 de juny de 2019

Evocación y recuerdo de Vicente Peris en el primer aniversario de su muerte



Recreación del monólogo pronunciado por José Manuel Hernández Perpiñá en su programa de RNE el 13 de febrero de 1973, primer aniversario de la muerte de Vicente Peris Lozar, gerente del Valencia CF.


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José Ricardo March

dimarts, 4 de juny de 2019

LA COPA DE TOTS



EL BRILLO DEL TRIUNFO

(A esos ojos que ven ganar por primera vez un título al Valencia C.F., a todos ellos)

Más allá de la noche que me cubre, negra como el abismo insondable, doy gracias a los dioses que pudieran existir por mi alma invicta. En las azarosas garras de las circunstancias, nunca me he lamentado ni he pestañeado. Sometido a los golpes del destino, mi cabeza está ensangrentada, pero erguida. Más allá de este lugar de cólera y lágrimas, donde yace el horror de la sombra, la amenaza de los años me encuentra, y me encontrará, sin miedo. No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.” William Ernest Henley.

Jueves 23 de mayo, es de noche, en casa todos duermen menos yo, que estoy terminando de preparar las maletas para el viaje a Sevilla, el equipaje está compuesto principalmente por camisetas del Valencia C.F., por supuesto de sueños y mucha ilusión. 

El silencio de la noche me sirve para escuchar mis pensamientos, en algunos momentos creo incluso que hablo sólo, me hago preguntas mentalmente y me contesto. Estoy intranquilo, nervioso, no sé qué pasará el sábado por la noche, procuro no hacerme ilusiones, me parece que así en caso de no traernos la Copa sufriré menos, estaré preparado. Es cierto que tenemos nuestras posibilidades, son pocas, pero nos tenemos que aferrar a ellas. Me preocupa más en caso de no ganar como consolar a un pequeño hombre de 14 años, tendré que hacerle ver que tendremos más oportunidades en el futuro, pero perder una final es muy duro. 

Me acerco a la habitación de mi hijo se ha dormido con la luz de la mesilla encendida, está nervioso expectante, lo sé, se lo noto, es su primera final, no sabe dónde va ni lo que se va a encontrar, por suerte ya tengo experiencia en finales e intentaré guiarlo, le apago la luz y dejo que siga soñando. 

Sábado 25 de mayo, la final se empieza a ganar en la grada, sobre todo gracias a una absurda e innecesaria batalla de speakers, y a un moderador intentando unir a las aficiones, y que pronto se dieron cuenta de que nosotros no habíamos venido a hacer amigos, y mucho menos a participar de ese engendro, habíamos venido a ganar la Copa, y dejamos claro que todo el que no era valencianista era enemigo nuestro, después el león de Mestalla rugió con fuerza cuando se desplegó la lona diseñada por el gran Lawerta, una auténtica obra de arte con un significado imposible de mejorar “Soñar que no tenemos techo” con las imágenes inmortales de Kempes "El Matador", el "Piojo" López y el "Pipo" Baraja. 

Las ganas y las impaciencia por empezar la batalla se vieron reflejadas cuando nuestros jugadores comenzaron el calentamiento, la grada estaba perfectamente formada y animando con toda el alma, algo ya de por sí excepcional, ya que en cualquier partido en Mestalla la gente no empieza a entrar hasta que faltan quince o veinte minutos. 

En dos momentos puntuales sentí un nudo en la garganta, el primero cuando salieron los jugadores de ambos equipos junto al cuarteto arbitral, y sólo se oía “Valeeeeencia Valeeeeencia” no me salía la voz de la garganta, el segundo cuando el colegiado pitó el final del partido, un momento indescriptible, de felicidad absoluta de “sentiment” desbordado, de alegría, de recuerdos, de liberación, de paz, no recuerdo un momento como este con semejante carga emocional. 

Entre medias, la alegría desatada en los goles marcados por Gameiro y Rodrigo, y el sufrimiento cuando Messi marcó y todavía quedaban veinte minutos por delante, para masticar y digerir la angustia e incertidumbre del marcador. Me acordé mucho de Rafa Lahuerta y su profecía del partido, se estaba cumpliendo en cuanto al resultado y en el "timing" del partido. 

Con el pitido final, disfrutamos con el reflejo del metal del triunfo bajo los focos del Benito Villamarín, nuestra casa de alquiler durante unas horas, abajo en el césped los jugadores y el cuerpo técnico se convierten en leyendas para siempre, hoy se han dejado la piel para que esta Copa se vaya a Valencia, hay brillo allí abajo, un brillo fruto del trabajo, del tesón, de la lucha y de la voluntad de querer llegar. 

Tanto en la ciudad de Sevilla como hoy en el campo he visto a muchos amigos y conocidos, pero de todo lo vivido me quedo cuando acaba el partido y veo o intuyo las caras de mis compañeros de uvaM, sus miradas y el brillo en los ojos de José Miguel, en los de Josep, en los de José Antonio, en los de Miquel, en los de José Carlos, en los de Jesús, en los de Pepe, y también me imagino el brillo en los ojos de los que no estaban en el campo, en los de Xoi, los de Sergi, los de Rafa, los de José Ricardo, y los de Fran, un brillo sublime, una herencia y un legado inolvidable para nuestros hijos, que por primera vez han podido ver triunfar a su equipo. 

Once años después, y tras una larga y angustiosa travesía por el desierto, un desierto cargado de víboras y alimañas, un peregrinaje en el cual hemos pasado mucha sed, hemos padecido auténticas tormentas de arena, y sobretodo muchas cosas mal hechas, demasiadas, y que aún estamos pagando, ganar esta Copa es como encontrar un oasis en ese desierto, agua para calmar la sed, refugio para ver pasar la tormenta. 

Esta victoria es para todos nosotros los valencianistas, pero sobre todo para una generación entera que nació con el inicio del tercer milenio, una generación que apenas tiene recuerdos de la final ganada en 2008, y que sus recuerdos solamente consisten en ver la irregularidad en la Liga, y quedarse a las puertas de jugar finales, palmando en tres semifinales de Copa contra el FC Barcelona, en semifinales europeas contra el Atlético de Madrid, y como no contra el Sevilla FC con el fatídico gol de M’Bia en aquel maldito minuto 94. Todo eso hoy ha quedado atrás, hemos pasado página a lo grande, un extraordinario colofón a esta temporada intensa del Centenario. 

El recuerdo que nos llevamos de esta final es para siempre, imborrable, mágico y supone un extra de vitamina que nos ayudará para seguir adelante cuando el desánimo nos quiera volver a alcanzar. 

La foto que encabeza este texto es de mi hijo Pablo en la final, estaba alegre, contento, exultante; con su bufanda, su peluca naranja y su garganta como armas, no paró de cantar y animar a su equipo, a nuestro equipo, nunca lo había visto así, mimetizado con el ambiente, fue su personal forma de celebrar y vivir su primer título con el Valencia C.F. 

Durante la celebración en el Benito Villamarín hice una pausa, todo se quedó en silencio a mi alrededor, observo todo el estadio, ondean las banderas y las bufandas al viento, capturo visualmente nuestra grada, hay mucho brillo en ella, lo hemos dado todo, nos hemos fusionado con el equipo, no hay mayor felicidad condensada en tan poco espacio, estoy orgulloso de pertenecer al Valencia C.F., gracias papá, y la oportunidad de poder disfrutar de ganar una final junto a mi hijo es algo que no podré olvidar jamás, me emociono sólo con pensarlo, y yo aquí en la grada, con mi silencio interior soy feliz, el hombre más feliz del mundo. 

A mi hijo Pablo le pregunté qué era lo que más le había gustado de la final, la respuesta fue breve, reflexiva y concisa...GANAR.

Amunt!!!

José Luis Aguilar. @PEPELUVFC

dissabte, 1 de juny de 2019

LA COPA DE TOTS


EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENARIO


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles lo primero que querrán saber es cómo conseguí una entrada para ver la final de Copa en el Benito Villamarín, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, es largo, tedioso y no tiene mucho interés y, segundo, porque mi forma de pillar una entrada, en el galimatías que supone conseguirla, no es demasiado importante para esta historia. 

Empezaré por la mañana del sábado, en que dejé mi casa a las siete y media de la mañana con una buena resaca, después de que la noche anterior saliera con mi chica y las cosas se complicaran un poco. Tampoco mucho, lo clásico de ir a cenar, tomar una copa y ponerte a charlar y tontear hasta que te das cuenta de que son casi las dos de la madrugada y al día siguiente tienes que pegarte la paliza de hacerte 1.000 kilómetros para ver un partido de fútbol. Pero, como les iba diciendo, el despertar fue áspero y el viaje en metro hasta Sants, también. El metro iba petado a esas horas, algo extraño, y había, ya ahí, mucha gente con bufandas y camisetas del Barça. Yo no llevaba la del Valencia, porque, en el fondo, soy un tipo que huye de los problemas y llevar una camiseta de mi equipo, en ese contexto, podía meterme en uno de los grandes. En el tren, el panorama no cambiaba. Eso sí, pocos gritos, escasos cánticos y muchas conversaciones. Que si Valverde es un petardo y hay que echarlo, que si lo mejor sería sacar tajada de Rakitic, que si menos mal que tenemos a Messi. Yo, por mi parte, me hacía el despistado, como si aquellas conversaciones trascendentales no fueran conmigo. La verdad es que me interesaban cero, solo quería llegar a Sevilla y ver el partido. Y dormir un poco durante el trayecto, cosa nada fácil con aquellos analistas culés dando la tabarra. Tras cinco horas y medio de viaje, el tren llegó puntual a la estación de Santa Justa y, al poner los pies en tierra, se desató la bestia barcelonista. La salida de la estación fue un continuo “Força Barça” y “Ser del Barça és el millor que hi ha” que me hizo sentir un intruso, como cuando te encuentras en medio de una manifestación que no concuerda con tus ideas y te da miedo que alguien te reconozca y te meta en el mismo paquete que los que gritan.

Entre la arribada del tren y el acceso al estadio hice cosas que no son en absoluto relevantes en este relato. Tampoco les voy a contar qué comí y por dónde paseé antes de meterme en el Villamarín. Este no es un artículo de gastronomía ni escribo para la web de 'Viajar', así que daré un salto en mi historia para situarme en las puertas del fondo Norte del estadio del Betis, donde todo el mundo iba vestido con los colores del Valencia. Yo también, pues me había cambiado mi camiseta, que ya olía a barcelonismo, por la del Centenario, esa que me he puesto en ocasiones especiales durante mi aburrida vida en Barcelona. El caso es que ahí estaba yo, inmerso en una marea blanquinegra y haciendo una cola interminable para pasar unos controles policiales en los que vi cómo a un tipo le quitaban el desodorante porque lo consideraban un arma arrojadiza. Me habría gustado ver al madero todo el partido al lado del tipo que se había quedado sin desodorante y que debía de oler como un piso de estudiantes por la mañana. Eso sí que era un arma de destrucción masiva.

En el interior del estadio, me di cuenta de que mi localidad estaba a pleno sol. No les he dicho todavía que en Sevilla hacía un calor infernal, de esos que te derriten si caminas por la sombra y que hacía que, en las calles de la ciudad, la gente fuera buscando la sombra. Como los pobres de 'Milagro en Milán', pero al revés. El caso es que esperé a que llegara la sombra, que era cuestión de tiempo, y pedí una cerveza que, a precio de oro, vendían en los puestos de comida y bebida. La cerveza no solo no tenía alcohol, sino que era vomitiva. Por fin, 45 minutos antes del comienzo del encuentro, me senté en mi localidad. He de decir que la entrada me costó una pasta y, aunque en teoría era un lugar privilegiado, en primera fila, justo a la entrada del área en que defendió el Valencia en la primera parte, el fútbol se ve bastante mal a ras de campo. Sobre todo porque no tienes sensación real de peligro en el área contraria, algo que, en el fondo, no estuvo tan mal. Yo sufrí en la segunda parte, pero mucho menos de lo que lo hicieron los que tenían una perspectiva más global del juego.

Antes de que empezara lo bueno, hubo una especie de duelo de speakers. Se trataba, o eso parecía, de que las dos aficiones compitiéramos en animación antes del partido, una suerte de prueba de sonido absurda que lo único que nos hacía era gastar energías de forma innecesaria. Hasta intentaron que hiciéramos una ola, que es lo que más odio del fútbol moderno, esa ridícula coreografía de levantar las manos al cielo acompasados para dar la sensación de que nos divertíamos mucho, cuando en realidad lo único que queríamos es que empezara de una vez el maldito partido.

Y empezó, por fin, y fue un tormento. Eso de estar tan cerca de los jugadores hace que les veas la cara de angustia, de dolor, de concentración, en cada jugada, que ellos te vean a ti cómo sufres porque quieres que gane tu equipo. Un ejercicio de sadomasoquismo de los buenos. En fin, tengo que decir que fui solo al partido y que me tocó una localidad en la que estaba rodeado de desconocidos, gente que, como yo, llevaba la camiseta del Valencia, pero eso era lo único que les unía a mí. A mi derecha había un tipo de unos 40 años, con una cara extraña, como si le hubieran dado un susto de pequeño y no se le hubiera pasado 40 años después. A mi izquierda, un tipo de edad parecida, con una piel morena de esas que no sabes distinguir si es porque ha tomado mucho el sol o porque ha bebido mucho alcohol en la vida. Debía de ser lo segundo, porque se pasó parte del encuentro dando sorbos a una cerveza asquerosa, que no tenía ni alcohol ni sabor, como la que me había tomado yo antes y todavía regurgitaba en mi estómago. La verdad es que me dio bastante igual, les di abrazos cuando marcó Gameiro, cuando marcó Rodrigo y cuando acabó el partido, es decir, me abracé más a ellos que a muchas de las chicas que me han gustado a lo largo de mi vida.

En el momento en que el árbitro pitó el final del encuentro, toda la angustia se transformó en alegría. Fue como cuando descorchas una botella de champán y, solo escuchar el “zup” que hace cuando el gas se libera, te dan ganas de saltar de júbilo. Cerca de mí, una chica que parecía sacada de un vídeo porno de Max Hardcore (gafas de muchas dioptrías, brackets) comenzó a llorar sin consuelo. De alegría, claro. La mayoría de la gente se miraba con cara desencajada, del mismo modo que miran los borrachos después de una noche épica sin dormir. Cantamos varios himnos, el del Valencia, el de la Comunitat Valenciana, el de Queen. Y no cantamos más porque en los altavoces empezaron a poner melodías de otro tiempo para que coreáramos 'Mi gran noche' o 'Vivir así es morir de amor'. Y eso sí que no. Habíamos ido a un partido de fútbol y, vale, que habíamos ganado, pero de eso a convertir la fiesta en un karaoke chungo, la verdad es que no. 

Después de casi una hora de éxtasis colectivo salí del estadio con la boca seca, en busca de una cerveza decente. La conseguí en el anillo exterior del Villamarín, a un precio indecente. Pero, al menos, tenía alcohol y no sabía a vómito como la última que me había bebido, cuatro horas antes. Con el estómago vacío, me puse a buscar un bar para comer algo y lo encontré, a tres manzanas. Era uno de esos locales regentado por chinos en los que hay más camareros que clientes. Los chinos me dieron de cenar lo que les quedaba, me felicitaron por el triunfo de mi equipo (eso es integración y lo demás son tonterías) y, solo en la barra, con un cansancio superlativo, cogí el móvil y llamé a mi hermana.

Después de felicitarnos por el triunfo (a ella no le gusta el fútbol, pero uno de sus hijos también estaba en Sevilla, me puse melancólico, que es un estado que a veces me sobreviene:

- ¿Sabes en lo que he pensado? Que esta era mi última final de copa, que, después de haber ido a la del 79 y el 99, tenía que venir a esta para cerrar el círculo de que cada 20 años he de venir a una final de copa y que la gane el Valencia. Y ha valido la pena, porque sé que no llegaré a la del 2039, estaré demasiado mayor. Y, como no estuve en los actos conmemorativos, me gustaría recordarla como el día en que celebré el centenario del Valencia, como si fuera el tipo que, desde la distancia, vigila que este aniversario salga bien, como el que organiza un evento y está pendiente de todo. Aunque no me corresponda, me gustará recordar este día como aquel en que fui el guardián entre el centenario.

PACO GISBERT

dijous, 23 de maig de 2019

HUELLAS ETERNAS



No sabía que aquel viaje iba a acabar por fundir del todo el escudo del Valencia CF en su corazón, y no por el resultado del partido. Se había dejado convencer para ir. No estaba siendo una buena época ni para el país ni para él, pero si algo le ayudaba a soportar las penurias era su club. Las ligas y las copas le habían dado fuerzas para seguir adelante los últimos años, pero últimamente su ánimo había decaído y parecía que la mala suerte rondaba al equipo. 


—Ya verás que esta es la buena, es la revancha. —Su amigo Tonet, que conduce en silencio desde hace un rato, intenta animarle. 

—Seguro —dice Vicent, no muy convencido. 

Ahora le ronda por la cabeza que en Quart de Poblet van a inaugurar en pocas semanas un colegio. Espera que el maestro tenga suerte y le dejen trabajar libremente. Sacude la cabeza para tratar de evadirse de todo, no está siendo un buen copiloto. Tonet sigue hablando, aunque no le está escuchando. 

—Ellos han tenido unas semifinales complicadas y nosotros no nos desgastamos mucho contra el Sevilla. ¡Nos los comemos, Vicent, nos los comemos! —La sonrisa del conductor empieza a ensancharse; está a nada de cantar «La manta al coll». 

—Mira que te emocionas enseguida y luego…, mira el año pasado… 

—¿Para eso te traigo? ¡No seas cenizo! —Ya pueden ver el estadio de Chamartín. 

—No me trae buenos recuerdos… —dice, señalando el campo de la capital. 

—¡¿Vols callar, collons?! 

Nada más bajar del coche, Vicent saca su pitillera. La mira por enésima vez mientras saca un cigarro. 

—Disculpe, ¿tiene fuego? —Detiene a un hombre de mediana edad por la calle que pasea con tres chicos más jóvenes. 

—¿De Valencia? —le pregunta el interpelado, que ha notado su acento. 

—Sí, venimos a la final. —Señala a Tonet, que ante el calor del verano está dejando la chaqueta en el coche y sacando unos banderines valencianistas. 

—¡Nosotros también! ¡Esta vez les ganamos! ¡Cuatro a cero, les vamos a devolver los cuatro! 

—¡Hala! Yo con ganar… —dice el más joven. 

—Patirem, però guanyarem, ja ho voràs... —añade otro dirigiéndose a Tonet, que se suma a la porra de resultados y se deja contagiar por la euforia valencianista. 

De repente, Madrid parece una extensión de Valencia, porque al ver los banderines se han acercado más aficionados. 

—¿Tiene cerillas? —insiste Vicent, que ha vuelto a desconectar de la situación. 

—¡Por supuesto! —El aficionado saca una caja de fósforos con el escudo de su equipo. Prende uno y se lo acerca—. ¡Quédate la caja entera! —le dice, animado. Se siente desprendido y sólo piensa en levantar la copa. 

Con el cigarro encendido respira más tranquilo. Tras dar un par de caladas deja que le invada el entusiasmo de los suyos. Empieza a pensar que se puede ganar, que Quincoces ya ha demostrado que puede hacerlo. 

Deciden ir todos juntos a comer a un bar cercano. La sobremesa se alarga y empiezan a rememorar goles y jugadores. Hasta los más agoreros se suman a la fiesta y creen en el equipo. Pero Vicent, pese a su renovada motivación, le da vueltas a lo último que le ocurrió en el trabajo. Su cabeza le dice que debe venderla, su familia agradecería muchísimo una ayuda económica, pero él no la cogió por eso, si no por lo que representa para él, por su valor sentimental. 

Encontrarla es lo mejor que le ha pasado en los últimos meses y le gusta tenerla. 

—¡Venga, o no llegaremos! 

Vicent puede ver, oír y sentir en su piel a la afición del Valencia, que con sus cánticos y con su fervor está adueñándose de la entrada del estadio. Se hace escuchar más que la culé. Hacen surgir su sentimiento valencianista como si fuera un ente, y lo llevan en volandas entre todos; flota y se respira en el aire. Sabe que el Valencia está por encima de todo. Mira a la gente que se ha desplazado, la alegría inundando los rostros. Es día de partido, es día de final y juega el Valencia. ¿Puede haber algo mejor? La emoción le hace gritar: 

—¡Venga, va! —Tonet le mira satisfecho y se frota las manos con ahínco. 

Se puede. Ya no hay miedo al Barça. El Barça es el que tiene que tenerlo, porque el Valencia y su afición han llegado. 

Antes de que empiece el partido, ya dentro del estadio, las dudas hacen zozobrar a Vicent una última vez al recordar la final de hace dos años. Sonríe; está acostumbrado a este tipo de vaivenes emocionales. Piensa que ahí está la gracia de pertenecer a un gran club como el suyo. Pese a todo y pese a todos, ahí están y estarán. 

—¡Vamos! —Tonet jalea al equipo. 

Vicent saca la pitillera. La mira pensativo mientras extrae un cigarro. Lo enciende. 

Los azulgrana comienzan dominando el partido y el temor empieza a adueñarse de algunos. Vicent ya va por el segundo cigarro cuando oye el primer «¡burro!». Nervioso, agacha la cabeza, pensando en el arqueo que hizo en Monte de Piedad. 

—¡Esa es, Seguí! —Tonet alza la voz. 

Cuando Vicent levanta la cabeza ve a Buqué jugar con Pasieguito. El rumor empieza a trasformarse en vítore cuando recibe Fuertes y, a la media vuelta, dispara con la zurda. 

—¡GOOOOL! —La marabunta valencianista se abraza. 

El éxtasis embriaga a Vicent de felicidad. Incluso cuando el colegiado pita el saque de centro, Tonet y él siguen celebrando el tanto de Fuertes. 

Vicent pierde la noción del tiempo. Cuando menos se lo espera, el árbitro señala el descanso. Los últimos treinta minutos han sido fugaces, algo que no le sucedía desde hacía mucho tiempo. Escucha a alguien deshacerse en elogios hacia Luis Casanova. Al oír el nombre del presidente, saca un nuevo cigarro y espera fumando a la reanudación. 

La segunda parte arranca de forma inmejorable. Tonet y Vicent gesticulan con cada acción, totalmente conectados y metidos en el partido. Son uno con los jugadores. 

—¡Fuertes! —Cabecea hacia delante Vicent al ver al jugador driblar. 

Se va de uno, de dos... Y da un pase atrás. 

—¡¡¡GOOOOOOL!! —estallan de júbilo una vez más. No sólo están ganando, si no que se están deleitando. 

Manuel Badenes ha enviado el balón al fondo de las mallas. Cuando acaban de saltar, Vicent tiene que darse la vuelta para secarse las ojos. Conforme están las cosas últimamente, estas lágrimas son un elixir para él. El equipo le ha devuelto el apoyo incondicional. David está venciendo otra vez a Goliat. Se siente grande. 

—¡Esto está hecho! ¡Esta noche...! —Pero el aficionado no acaba la frase, porque tiene los ojos clavados en el césped. Mañó y Badenes vuelven al ataque con una gran jugada. Vicent se da la vuelta a tiempo para ver como chuta Fuertes. 

—¡GOOOOOL! 

No se lo pueden creer, van tres goles ya. Vicent se siente fuerte. Siente que está ante algo memorable, ante un gran momento de la historia de un gran club. Su club. Que el instante tan mágico que están viviendo es a la vez algo pequeño en comparación con lo que es y será el Valencia como institución y como símbolo. Y entonces entiende algo. 

Deja de prestar atención al partido. Todos están eufóricos y parece que la vida les sonría de repente. La pelota ha entrado. Tres veces. Se han enamorado de cada gol. Se han sentido poderosos cada vez que Velasco no ha podido detener el esférico. 

—Oye, Tonet —dice casi al tiempo que el árbitro pita el final y los valencianistas se convierten en una masa homogénea perfecta. Su amigo le mira con las pupilas dilatadas de la emoción, y el blanco y el negro de sus ojos le parece una combinación perfecta. 

Como vestían al principio. 

Valencianistas de corazón y de mirada, piensa. 

—Dime. 

—¿Gorostiza volvió al norte cuando se marchó? —Tonet no entiende a qué viene esa pregunta, pero pocas veces comprende a su compañero de fatigas, así que no le da importancia. 

—Sí. —Conforme le contesta, varias personas se lo llevan a festejar el triunfo; le arrastran gradas abajo. 

En vez de seguir a todos, Vicent se aleja unos pasos, dispuesto a sacar otro cigarro. A lo lejos puede ver cómo un fotógrafo ayuda a subir a Quique Martín al larguero. La sonrisa le llega de oreja a oreja. 

—Al mejor extremo izquierdo del mundo de todos los tiempos —vuelve a leer la inscripción de su valiosa pitillera en voz alta—. Es hora de encontrar a tu dueño y de que vuelvas a casa. Esto es más grande que todos nosotros juntos.

Álvaro Coll.


dissabte, 18 de maig de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 38. 

Una de las patrañas más extendidas en el mundo del fútbol es la de la sublimación del juego bonito.

Dejémoslo claro de una vez por todas, aun a riesgo de sufrir en los comentarios del blog un desembarco masivo de puretas con los sentidos nublados por los gambeteos del artista de turno: si no se ve acompañado de resultados positivos, el buen juego (percepción, a fin de cuentas, subjetiva, y por lo tanto variable en función de cada aficionado) importa más bien poco. O nada. Es algo así como un placebo que tomamos para sentirnos mejor en tiempos de escasez. El paso de los años, de hecho, acaba matizando los recuerdos, volteando opiniones aparentemente inquebrantables, otorgando valor a entrenadores rácanos o equipos de práctica árida pero con buenos resultados y restando importancia a aquellos que, sin otro clavo al que asirse, hacen del toque y el rondo sus principales señas de identidad.

La máxima expresión del juego bonito en los Valencias que he conocido se corresponde con el primer once del que guardo recuerdos precisos: el equipo noventero de Guus Hiddink. Tras la experiencia con Víctor Espárrago, que había llevado al Valencia a un tercer puesto y un subcampeonato liguero de la mano de un fútbol de pocas florituras que acabó por cansar al personal, la llegada de Hiddink pareció traer un aire nuevo, y moderno, a Mestalla. El de un fútbol muy vistoso y llamativo pero que al final se revelaría insuficiente para completar el asalto del Valencia a los títulos. El equipo pasó a ser visto desde fuera como un rival sencillo que siempre caía en el momento decisivo, que alternaba actuaciones sublimes con encuentros poco defendibles. Para compensar, quizá, se le colocó desde Madrid aquel engañoso apelativo, “made in Valencia”, que hizo fortuna como parte de la nueva visión del fútbol que impuso El día después. Como en tantas ocasiones, el halago serviría para debilitar a su destinatario.

El primer año de Hiddink en el Valencia coincidió con un momento en que las acciones del juego bonito cotizaban alto en el mercado: Cruyff en el Barça, Víctor Fernández en el Zaragoza y Valdano en el Tenerife eran frecuentemente loados en la prensa y solían ser señalados como los gurús del fútbol futuro. El entrenador que obtenía resultados sin practicar un juego vistoso podía llegar a ser puesto en la picota y fustigado sin piedad por los medios. A Radomir Antic, por ejemplo, se lo limpió Ramón Mendoza tras una dura campaña en su contra cuando el Madrid marchaba líder destacado de la Liga. Lo que ocurrió más adelante, con Beenhakker en el banco, lo recordamos perfectamente, casi con delectación: una gloriosa remontada en Mestalla abrió el camino de la debacle madridista, que cristalizaría en el famoso partido de Tenerife.

Como parte de esta colección de técnicos amantes del fútbol de defensas adelantadas, toque y sobeteo de balón y promesas de espectáculo destacaba en aquellos años el colombiano Pacho Maturana. Después de una primera temporada en la que sorprendió a propios y extraños dejando al Valladolid a las puertas de Europa, Maturana recibió carta blanca para confeccionar el equipo que quisiera. Craso error mil veces repetido: resolvió confeccionar una plantilla de artistas, el famoso Valladolid de los colombianos, con Higuita, Valderrama y Leonel Álvarez. Mucha calidad, muchos millones y poco músculo y disciplina, en realidad. Tal y como haría en el Valencia, con idéntico resultado, Valdano solo un lustro después.

Aquel Valladolid de las estrellas melenudas, desdibujado ya por los malos resultados deportivos y tempranamente condenado al descenso, visitó Mestalla en diciembre de 1991. Sobre el maltrecho césped el planteamiento de Maturana cayó por su propio peso en apenas cuarenta y cinco minutos: el Valencia de Hiddink fue, por una vez, sorprendentemente resultadista, aprovechó sus ocasiones e impuso su ley sin demasiada dificultad en la primera parte. En la segunda, vestido con el traje del conformismo y la relajación, vio peligrar su ventaja de tres goles para desesperación de la grada. De aquel partido se me quedaron grabadas para siempre dos lecciones que recupero al ver el resumen del encuentro en Youtube casi treinta años después: la primera, que la acumulación de talento sobre el césped no implica necesariamente llevar a un equipo al éxito. Y la segunda, que bajar los brazos en mitad del trabajo, aun creyendo tener la faena controlada, nunca es una buena opción. Fue una lástima que el Valencia de Hiddink, al que, deslumbrados por la calidad de su juego, creíamos aspirante a todo, no supiera aplicárselas.

José Ricardo March

diumenge, 12 de maig de 2019

BITACORA DEL CENTENARIO

Jornada 37 (II)



UN PARTIT QUALSEVOL: 22/09/2016 


En una lliga que no arrancava com toca, jugar contra l'Alabès entre setmana no era una d'eixes experiències que quedaria en la memòria d'aquells que acudim habitualment a Mestalla. No jugant-se res de moment i sense una rivalitat forta ni antecedents recents, aquell partit hauria passat a formar part del record intranscendent de molts altres partits. 

No era la primera volta que anàvem els tres junts a Mestalla, els meus primers records allí van de la seua mà en algun trofeu Taronja de finals dels 70, al costat dels meus germans, buscant un còmplice que es fera passar per familiar perquè així ens pogueren deixar entrar amb aquelles "mitjes entrades" que permetien als menors acompanyats accedir debades al camp. 

Però poder anar els tres no era l'habitual. A casa els "passes" eren els dels meus pares i els fills només els hem aprofitat quan ells no han pogut acudir. Únicament he estat abonat "oficialment" la temporada de segona divisió. 

Aquell dijous no va ser fàcil convèncer a la meua mare per anar a Mestalla, el mal començament de lliga i els seus 82 anys la van fer renegar prou abans de consentir a anar eixa nit. 

Ells anirien al seu lloc en el sector 7 descoberta i jo compraria una entrada a la grada alta. 

Els vaig deixar a prop del camp, començant el meu particular recorregut per trobar lloc on aparcar correctament per no patir multes ni grues inesperades. Eixe dia semblava impossible, tant, que la desesperació va fer que desistira en l'intent d'aplegar a hora al partit i finalment atabalat vaig abandonar la idea d'accedir al camp. 

Però quan perds la pressa sembla que tots els camins s´obrin i un lloc davant de l´antiga Facultat de Psicologia va resoldre el meu problema d´aparcament. 

Escoltaria el partit per la ràdio. Evidentment no era el primer que escoltava així al cotxe, però tan a prop de Mestalla semblava estrany. No com el primer que la meua memòria recorda l'1-0 al Madrid. Aquell gol de Tendillo que ens deixava en primera i la rematada de Medgot al travesser van ser durant anys una imatge “radià” que vaig viure amb els meus pares davant l'església de Santa Maria del Mar en el Grau l'1 de maig de 1983. 

Després de la primera part, inquiet pel resultat vaig decidir fer un passeig i estirar les cames. Mestalla des de Blasco Ibañez era una imatge atraient, la llum que irradiava i la seua pròpia veu tantes voltes escoltada dins, des de fora semblava una altra, com quan escoltes un gravació de la teua pròpia veu i no la reconeixes. Tot contrastava en la soledat dels carrers pràcticament buits de gent. 

La segona part no la vaig escoltar per la ràdio, vaig començar un passeig al voltant del camp mentre tractava de fotografiar l'ànima d'aquell Mestalla ple que des de fora semblava un gegant que rugia de tant en tant davant d'una imaginària falta, una ocasió fallada o una decisió arbitral contrària. 

El cantó de l'avinguda de Suècia amb Blasco Ibañez és el lloc des d'on sempre m'ha sorprès i impressionat la grandiositat de Mestalla, la seua primera imatge que recorde. És també el lloc des d'on m'imaginava que voria, un dia o altre, la seua demolició, entre llàgrimes i records, com a Cinema Paradiso. 

Des d'allà, fins a arribar a tribuna era tot més o menys identificable per a mí, la mà de pintura i les lones de jugadors rellevants li donaven un aspecte diferent però conegut, només faltava l'afició, la gent que estava dins. 

Més enllà de les actuals taquilles era per a mí una cara pràcticament desconeguda de Mestalla, com la cara oculta de la lluna, saps que existeix, però no ho havia viscut en un dia de partit. L'únic record que tenía d'ella és el de la cua infructuosa i sense premi que vaig fer per a les entrades de la final de Paris. La cara de l'avinguda Aragó és la cara d'estos últims anys, la qual em rep quan gire el cantó del Col·legi Guadalaviar. Ja quasi difuminats en el rècord quedaven els pilars que apuntaven grisos a cada planta. Eixa nit el gran ratpenat taronja semblava mes lluent que altres vegades. 

Després a la cara d'Arts Gràfiques no vaig reparar massa, és la més coneguda ja que entrem sempre per les seues portes, però m’incomodava la soledat del lloc en eixes circumstàncies. 

El passeig va acabar de nou a Blasco Ibañez, a la vorera ampla davant els edificis de la Confederació Hidrogràfica del Xúquer i el de l'Agència Tributària. Entre ells es pot veure el fons nord i en eixe moment vaig tornar a ser conscient del partit en joc contra l'Alabès. 

El resultat incert i voluntàriament desconegut em va deixar jugar al tram final del partit a endevinar què és el que passava dins. Passejant amunt i avall, rodant sobre mi mateix, posant en pràctica totes les meues manies per ajudar a obtenir la victoria, mentre grups de joves Erasmus passaven al meu costat camí dels seus “botellons” sense entendre res del meu comportament. 

De sobte, un fort clam. Una cosa important havia passat, segurament un penal, però no sabía a favor de qui. El silenci es va allargar més del normal i Mestalla va bramar "GOOOOOOOOOOL!!". 

Vaig somriure imaginant que els meus sortilegis havien donat efecte. Després una altra exclamació, seguida d'aplaudiments i poc després va començar un riu de gent a eixir per les portes, buidant Mestalla. 

Esperant en el punt d´encontre acordat en mos pares a l´altra banda de Blasco Ibañez, entre les ombres de la gent que venien cap a mi, vaig vore les seues siluetes agafades del braç, creuant l'avinguda per un lloc no correcte per fer-ho a peu. Al trobar-nos els vaig “renyir” per aquella imprudència, tal i com ells haurien fet quan jo era menut, pero al voltant de Mestalla quasi tot estava permés i ells ho sabien. 

Ma mare va dir: "Jorge, jugant aixína no farem res este any", certament no va ser el nostre millor començament de temporada. 

Els vaig dir que havia vist el partit des de la grada alta (una mentirola sense maldat) i de camí a casa vaig rememorar les evocadores imatges externes de Mestalla, ple i lluent. Creient que havia viscut un moment especial, una cosa diferent per explicar als amics. 

No era la primera vegada que tornàvem els tres junts de Mestalla, però si l'última. 

El fred i després la malaltia no van permetre a Adelaida tornar a la que ella considerava sa casa i aquell partit, a priori sense mes historia, contra l'Alabès va ser la seua última nit a Mestalla. 

Això si, vam guanyar. 

Jorge Verdeguer