dimecres, 13 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 28

EL NOSTRE HOMENATGE A ALGIRÓS EN LA MARXA DEL CENTENARI.


Quan caiguem en la temptació de la melancolia, en reflexionar sobre els defectes, les mancances de la celebració del Centenari, la sordina institucional. les innecessàries impostures, l’exhibició en primera plana dels nou vinguts a la memòria, hom té també la temptació de considerar el que podria haver estat el Centenari sense la constància, l’esforç i la discreció d’este grup militant que des de fa anys ens retrobàrem en la reivindicació de que no tot estava escrit. Més enllà d’inèrcies incomprensibles, cada etapa del club, cada dirigent, cada treballador tenia una història a recuperar. L’analfabetisme patrimonial, ningú millor que nosaltres ho sap, no ve d’ara ni és estranger. Eixa seria una disculpa fàcil. És nostre, ben antic, i amb notòria identitat valenciana. Els militants de la memòria, sempre els mateixos, però cada vegada, lentament, més nombrosos, hem aconseguit èxits confortants, figures retrobades, però també fracassos que són vergonya present, i vergonya retrospectiva, per tot el que no es va fer en el passat. Valga l’exemple de la incomprensible absència de la figura de Vicent Peris en el Centenari. I més coses que no cal recordar.

Però el balanç és positiu, i no només en una estricta perspectiva acadèmica o erudita, que ben poc importa. Hui en dia la nostra opinió és un valor cert i contrastat, generós, al qual ningú no ha estat capaç d’unir-lo a una mala acció o a un interés egoista, i que per tant, quan ha estat reconegut pels actuals dirigents, ningú no podrà dir que estava presidit ni pel mercantilisme, ni per la vanitat.

Tots som conscients que les mancances patrimonials podrien haver estat reparades d’una manera molt més intensa, i sense necessitat de despeses exagerades. Per a sufragar la major part de les qüestions que hem il·luminat no calia més que voluntat i entusiasme, virtuts de les que este col·lectiu té un superàvit contrastat i a prova de defeccions. Tots en som conscients que en este recorregut no hem de ser nosaltres els qui se separen del camí, perquè seguint aquella frase que hem fet una miqueta nostra, tenim la voluntat de voler arribar, i arribarem. Vicent Peris, el Museu, Algirós, i els centenars d’històries que esperen ser narrades, i que al final escamparem. El combustible de la memòria és inesgotable.

Per això este 18 de març de 2019, cal que tornem a l’inici del viatge, al lloc del futbol, a l’espai esportiu que en només 4 anys va demostrar la determinació dels pares fundadors, la seua capacitat de fer una entitat solvent i representativa de la nostra societat, competitiva, que en el seu èxit va fer necessària la construcció de Mestalla. Algirós és l’inici d’un viatge centenari que no pot quedar oblidat. 
En homenatge a Algirós, eixe camp tan pròxim a Mestalla i tan desconegut, eixe dia, a les 9 del matí, abans de la Marxa del Centenari, els membres d’Últimes Vesprades a Mestalla convoquem els valencianistes a retre eixe modest homenatge al camp on va començar tot. En el cantó de l’Avinguda d’Aragó amb el carrer de l’Enginyer José Edmundo Casañ. Imaginarem la restitució de la placa. Imaginarem dos estàtues de Montes i Cubells. Allí va començar el viatge centenari del València, i allí començarem la nostra marxa. Algun dia, també ho sabem tots, més prompte que tard, ho aconseguirem.


Miquel Nadal
Soci del València CF
Últimes vesprades a Mestalla


dissabte, 9 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 27

A FER LA MÀ, AMICS

Me he relajado. La clasificación para la final de copa me ha sacado de la realidad competitiva. De hecho, tras eliminar al Betis ni siquiera sentí euforia, más bien alivio. Volver a una final me parece una manera perfecta de cerrar un ciclo. Ya estoy preparado para otra travesía en el desierto, independientemente de que se gane o no en Sevilla. Lógicamente no espero ni comprensión ni apoyo, tan sólo que se me permita hacer mutis por el foro sin grandes reproches. No sirvo para el recurrente Ganar, ganar y ganar. En ese sentido soy un pésimo ejemplo, un hincha amortizado, alguien que sueña con el retiro dorado de la última fila, sin twitter, sin columnas en prensa, sin dramitas recurrentes cada vez que se pierde un partido. Soy un gran conformista, lo siento. Lo que me hace sufrir es la desafección, pero no las derrotas. Y nada engancha y fideliza más que jugar finales. Una final, volver a una final, será gasolina suficiente para los próximos años, tiempo suficiente para que se renueve la nómina de opinadores más o menos ilustrados que tiene el VCF. En ese sentido también estoy un poco cansado, fundamentalmente porque ya no tengo nada que aportar. 

Por sentido de la responsabilidad he mantenido cierta presencia pública, pero estoy agotado de repetirme. No quiero ser la viuda de La Balada del Bar Torino. Ese peso en la mochila desapareció el jueves pasado en Mestalla. Y con ese peso las ganas de escribir acerca del VCF. Me gusta que le vaya bien al Valencia para poder olvidarme del Valencia. Así que esta será la última jornada que escriba crónica. No tengo nada más que decir salvo una cosa: la marcha del 18 de marzo es el acto más importante del Centenario. Es un acto gratuito que sólo cobrará valor si la gente responde. Si el pueblo de Mestalla no está a la altura y llena las calles masivamente, todas las críticas vertidas hacia la propiedad por no haber invertido tiempo y dinero en un Centenario más vistoso y atractivo, carecerán de valor. Nos vemos en la calle el día 18. AMUNT

Rafa Lahuerta

dijous, 7 de març de 2019

NUESTRA PRIMERA FINAL



Puede que nos hayamos entendido por primera vez en tiempo, tras llevar años hablando diferentes idiomas. Puede que sea de las pocas veces que hemos coincidido en el espacio-tiempo, tras intentos e intentos en que uno llegaba antes de tiempo y el otro llegaba tarde. Puede que, además y sin que sirva de precedente, esta vez nos hayamos prestado atención el uno al otro de verdad. La comunicación, ah, ese bien tan poco preciado. Por eso me maravilla que hoy me escuches y me entiendas y, para asombro propio, me descubro a mí mismo haciendo algo idéntico, reparando en cada término que utilizas. Ambos sabíamos que este momento llegaría porque, por suerte, ya no somos los mismos de antes. 

Justo cuando más alejados estábamos, cuando menos daba nadie por nosotros, cuando la apatía comenzaba a reinar por doquier, la magia surgió de la nada; una chispa de luz tan brutal que me ha devuelto la fe en esto. Sí, la fe, porque sin una dimensión esotérica todo lo que hemos aguantado sería inexplicable, imposible de entender para alguien que no lo haya vivido. No ha sido una relación fácil, ha habido momentos mejores y peores, pero seamos sinceros: todo era mediocre salvo algún detalle bonito. Y tú y yo no estamos hechos para ser mediocres. Sé que no he sido una pareja de baile cómoda. Tú tampoco. Pero aquí estamos, celebrando que todas nuestras acaloradas discusiones han servido para hacernos mejores, para aprender. Celebrando que toda la frustración que hemos aguantado nos ha hecho más fuertes. Celebrando, por fin, que nuestra relación ha generado una sinergia que ha superado la suma de lo que somos. No, el Valencia no somos ni tú ni yo: el Valencia somos nosotros. 

Sin la comunión entre afición y equipo, entre Mestalla y los jugadores, sería muy difícil hacer entender a alguien que no ha visto nuestros partidos de Copa que estamos en la final. Parece sobrenatural que un equipo que está atenazado de tanto gatillazo en la Liga, que ha pasado con más pena que gloria por la Champions y que parecía en plena enésima crisis en la última década, ahora haya mostrado solvencia a la hora de enfrentarse a una semifinal de Copa frente a un rival fuerte como es el actual Betis. El factor afición es imprescindible para explicarlo. Mestalla ha levantado a un equipo de capa caída, un equipo plano y con pocas ideas más allá del orden defensivo; una afición que ha devuelto el color a una temporada que el equipo había tirado a la basura desde el mes de noviembre. En una temporada tan importante para la entidad como es el año del Centenario, ni desde la directiva ni desde el vestuario se ha estado a la altura para encararla, dando pocos motivos a la gente para apoyar y animar. Y, sin embargo, Mestalla no ha fallado. Tenemos fama de quemar la falla muy rápido, pero la realidad no para de demostrar que, aunque los valencianistas seamos de sangre caliente, somos un bien inestimable para explicar todo lo grande que ha conseguido este club y todo lo grande que pueda llegar a conseguir en el futuro. 

Y aunque en el pasado la afición ha animado y apoyado al equipo, esta temporada la comunión ha sido absoluta. Por primera vez después de mucho, equipo y afición se han sincronizado, llevándonos entre todos a la final. Una final que será la primera para la mayoría de jugadores de la plantilla, así como para el entrenador. La tan ansiada primera final. Una final que es la primera en esta década para el club. Una final que, además, tiene tintes generacionales para la entidad. Como ya varios han recordado, hay una generación de valencianistas cuyo último recuerdo (con suerte) es la Copa del 2008 – entre los cuales me incluyo. Todo lo demás ha sido miseria. Esta generación es una parte importante de la base social a la que es necesario motivar, a la que es necesario dar argumentos para llevar puesta la camiseta de Valencia al instituto o la universidad, a la que es necesario dar alegrías para que puedan decir orgullosos de qué equipo son, a la que es necesario captar para que se siga difundiendo el sentimiento valencianista a lo largo del tiempo, que no mengüe. Una base social para la que, pese a que esta sea su primera final, ha animado y apoyado a su equipo con vehemencia, como si ya hubieran visto ganar al club mil torneos. Esta será para muchos nuestra primera final. Pero además, esta será la primera final del Valencia que está por venir. 

Gracias por escuchar a la afición, equipo; gracias por estar ahí siempre, afición. 

Rodrigo Ramis Moyano / @8Rodri_rm 


dilluns, 4 de març de 2019

DE BORGES. EL OLVIDO Y SER VALENCIANISTA



Decía Borges que somos nuestra memoria, un museo de formas inconstantes añadía, y estos días en que por duras circunstancias personales me aterra la idea del olvido viene a mí desde Huelva un bote que aunque no sea salvavidas al menos me ha devuelto a la actualidad valencianista para que no me ahogue en mis penas. 

Es cierto que muchos de nosotros desconocemos la razón por la que somos valencianistas. A mí no me introdujo en esta pasión mi padre, ningún familiar ni amigo. Pero es casi imposible encontrar a alguien que no cuide de ese museo personal de formas inconstantes que son los recuerdos que el Valencia C.F. nos ha dado para hacernos lo que somos. 

De los inicios de mi museo conservo controles hipnóticos de Fernando, arrancadas de locomotora transiberiana de Penev y anticipaciones de mariscal de Arias. 

También en aquel museo conservo un 7-0 llegado de tierras germanas una tarde de jueves y el sonido del teléfono de góndola de casa de mis padres que anticipó a la voz de un compañero de EGB que quería reírse un rato a mi costa, porque saben ustedes que Borges no dijo que ese museo estuviera lleno solo de cosas agradables. 

También en mi museo está el sueño que vivimos aquella temporada que casi somos campeones de Liga representado por una imagen que todavía acude a mí si cierro los ojos. Un joven Mijatovic tras anotar gol en el Vicente Calderón andaba como si fuera nuestro mesías hacia el árbitro apoyándose de un mástil de bandera que le arrojaron desde la grada. Y a punto estuvo de serlo. Y lo habría sido de haberse quedado. 

No es necesario explicar los lloros, la impotencia, rabia y odio que sentí con su marcha. 

Pero es que mi valencianismo es mi memoria y ese museo tiene sensaciones de todo tipo. 

Lo tuvo todo a su favor, porque si te dirige desde el banquillo Luis Aragonés todo es más fácil. Y es que lo mejor que le dio el sabio al valencianismo no fue un subcampeonato o unas cuantas victorias, al igual que lo mejor que puede darte tu padre no son cosas materiales. Luis Aragonés nos regaló lecciones de las que no se estudian, como un padre, como mi padre ha estado enseñándome toda la vida de la forma más dulce. Con el ejemplo. 

Para mi el Valencia C.F. es eso. Un lugar de memoria y ejemplo. Un museo de recuerdos que nos enseña como lo hizo aquella noche en París donde no pudimos levantar una copa para la que hicimos todos los méritos menos el último. O aquella otra noche en Milán donde hicimos hasta el último y aun así no la levantamos. O en aquella copa que no celebramos porque no había cuerpo para ello. O la otra que perdimos en quince minutos tras el aguacero. O en aquellos cuartos en que Rodrigo marcó gol en el descuento y lo celebramos como si hubiéramos ganado el trofeo. Con la valentía de quién sabe que detrás hay mucha gente, muchas historias y muchos mitos. Con la valentía que da saber que mi padre se sentaba a mi lado cuando yo era un crio para que le explicara, yo a él, de qué color jugaba el Valencia, como se llamaba ese delantero bajito o ese defensa que ceceaba. Con la valentía que da saber que un chaval de mi misma edad por entonces andaba por las calles de Huelva con la camiseta de nuestro Valencia. 

El valencianismo son recuerdos, buenos y malos, pero siempre enseñanza. Ser valencianista es abrazar a un desconocido cuando un semáforo se pone en ambar porque así decidimos celebrar la copa de Sevilla. 

Ser valencianista es no olvidarnos de los nuestros, de los que son y siempre lo serán pero también de los que lo fueron aunque decidieran irse. Porque el Valencia C.F. es el museo de nuestra memoria. Porque nunca vi jugar a Waldo y sin embargo lo admiro. 

Porque el olvido solo podemos combatirlo entre todos, con la memoria de lo que somos, con el ejemplo que nos dejaron. 

En estos días difíciles cuando comienza una cuenta atrás sádica y yo me aferro a los recuerdos de mi padre comienzo a entender que somos memoria y recuerdo y ejemplo.

@cordevalenciacf


dissabte, 2 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 26

ABRIL DE 1984 

Justo ayer tarde anduve sin internet. No tener internet en casa ha sido durante mucho tiempo mi gran diapasón. Estar sin red me ha facilitado vivir al margen del ruido y la furia que genera la actualidad. Justo ayer, por algunas horas, volví a esa dimensión. Intentaba escribir pensando en los Valencia-Athletic de Bilbao vividos en Mestalla, pero era la vuelta copera contra el Betis la que concitaba todos mis temores. No fue un buen presagio. Lo primero que se me cruzó por la mente fue la final de copa de 1977, un Betis-Athletic que acabó 2-2, precisamente 2-2, como en la ida de hace 15 días en el Villamarín. Aquella final, de sobra lo sabes, la ganó el Betis por penaltis. El duelo Iríbar-Esnaola fue un western memorable que se decantó hacia el segundo. Recuerdo que vimos la final en el horno, en una pequeña salita donde hacíamos vida. Yo tenía 5 años y medio. Al piso, todavía sin amueblar, sólo subíamos para dormir. Había demasiadas facturas que pagar y lo primero era asentar el negocio. El único lujo, bendito lujo, era ese televisor en color que mi padre había comprado en otoño para poder ver el Barça-Valencia de infausto recuerdo, 6-1. Así anduvimos unos 3 ó 4 años. No era muy cómodo, pero yo lo recuerdo con enorme cariño. Algunas noches me quedaba dormido viendo la tele y mi padre me subía a la cama en sus brazos. Propuso hacer una escalera interior para ganar en confort y evitarnos salir a la calle en plena noche, pero mi madre se negó; era demasiado costoso. Sí recuerdo, con absoluta precisión, que la de 1977 fue la primera final de copa que vi. A mi padre le daba un poco igual quién ganara, y a mí también. Ese triunfo del Betis fue el punto de partida de la célebre Marcha Verde, libro de culto del beticismo durante lustros. Cuando lo leí a finales de los 90’, el fútbol ya era asignatura obligada en los colegios. 

Ayer, la tarde de las semifinales de copa crecía al otro lado del ventanal con algo parecido a la calma, una calma tensa, por supuesto. Intentaba escribir sobre esa imposición ilustrada del fútbol cuando me llamó un buen amigo para darme una mala noticia. A veces, las malas noticias tienen el poder de neutralizar la ficción avasalladora del fútbol. Me pasa mucho últimamente. El fútbol me atrapa pero la realidad me devuelve al lugar exacto de la trama. La trama es esta vida de mierda que nos obligan a llevar. No hay mucho espacio para la imaginación. Por supuesto, un partido de fútbol no tapa casi nada. Me quedé jodido. La tarde seguía siendo primaveral y la playa lucía colores de finales de abril. Que abril se imponga a finales de febrero tampoco es una buena noticia. Últimamente casi todo son malas noticias. El tiempo pasa veloz y nos volcamos en pequeños simulacros de salvación que no salvan a nadie. Por un momento dejé de sentirme hipnotizado por la fiebre de estos once años persiguiendo zanahorias en noches de poco fútbol y peor circo. Sinceramente, hubiera preferido seguir en esa noria. Vivir en la burbuja de los propios fraudes es una actitud de lo más saludable digan lo que digan los psicólogos de guardia. O te evades tú con tus elecciones o te evaden ellos con sus trampas. La lucidez no ayuda mucho. La crisis no es un lugar común, la crisis es ya el único lugar. La precariedad se ha impuesto como mantra canónico. Cada vez más regurgita la certeza de que no somos nada y no pintamos nada. Nos han arrollado en nombre de su ley mercantil. El mundo tal cual lo conocemos se sostiene sobre parámetros patológicos y deficitarios. Es la economía chalaos, es la economía. La felicidad es una tregua y una mentira hilvanada con palabras y momentos cada vez más efímeros. Sin poder evitarlo perdí algo de interés por el partido, el partido que llevábamos 11 años esperando. O lo que es peor, el interés se mezcló con cierto malestar, un malestar de naturaleza más adulta, menos infantil. Estuve a punto de quedarme en casa pero pensé que eso no ayudaría en nada a nadie. Ni siquiera los pequeños sacrificios encuentran ya el reflejo de los altares. 

Justo antes de partir hacia el Gol Gran recordé que mi amigo, el de la llamada telefónica, uno de los mejores cronistas que tiene esta ciudad, debutó en Mestalla con un Valencia-Athletic. Era abril de 1984 y la ciudad tomada por las huestes rojiblancas olía a azahar. El Athletic se jugaba la liga, era domingo de Resurrección y es muy posible que en alguno de los pasillos interiores de la vieja Numerada ambos coincidiéramos de la mano de nuestros respectivos padres. Él, apenas un niño de 6 años; yo, un preadolescente de 12. Esa tarde, lejana pero a la vuelta de la esquina, también es la magdalena de Proust. Si nos quedamos sin poder leer a los mejores en nuestros periódicos de referencia, apaga y vámonos. Y sí, estamos en la final de copa, pero eso ya lo sabes. 

Rafa Lahuerta

dimarts, 26 de febrer de 2019

EN EL TREN DE VUELTA



Estuve en Mestalla en lo que yo creí, hasta hace cinco minutos, que fue un Trofeo Naranja hace más de 21 años, y ayer volví. Aquel 7 de agosto, tras la presentación del equipo, Romario, casi al final del partido, cogió la pelota avanzado el centro del campo e hizo un gol en la portería contraria de donde me encontraba situado que él mismo incluyó entre sus once mejores. Así fue la que hasta ayer fue mi única visita al campo del Valencia, imprevista, con poca presión, calurosa, ataviado con una camiseta con motivos del PSG y celebrando un precioso gol. 

Me ha venido cientos de veces aquel día a mi cabeza, probablemente por ser la única vez que había estado en Mestalla y cuanto más tiempo pasa, más bonito lo recuerdo. Cuando entré era aún de día y en la foto que tengo de recuerdo mi hermano es el que más sonríe de los dos. Somos muy futboleros, él y mi padre son del Real Madrid, mi madre también, menos cuando el Madrid juega con el Valencia, porque entonces, no se guía por el fútbol trata de compensar el número rigiéndose por otros parámetros, más fugaces y sentimentales, como el que le lleva a completar la quiniela pensando en qué lugar preferiría estar de vacaciones. 

Durante la semana previa a este Valencia-Celtic la simple idea de volver a pisar Mestalla fue motivo suficiente durante la semana para regresar a mi infancia y descubrirme perseverando ante la extrañeza del autobús del colegio que mi equipo era el Valencia, teniendo que justificar la respuesta, al menos dos veces, "nací por allí". Omito aposta que sólo viví durante 4 años en Requena, que no tengo familia valenciana y que salvo por ese detalle, ni yo mismo soy capaz de entender qué me llevó a elegir al Valencia. Igual que expongo que no soy capaz de establecer qué fue exactamente lo que me hizo decantarme por el Valencia, tengo pleno conocimiento de qué día el Valencia pasó de ser una parte más de mí y de mi personalidad. Ya por entonces podía pasear por Huelva la camiseta del Valencia que mi padre me había traído, el regalo que más ilusión me ha hecho por siempre. Bien pues, 7-0. Un rotundo Karlsruher 7 Valencia 0. Al día siguiente, víspera de mi cumpleaños, un vecino de mi quinta me vio y de lejos empezó a gritar “Karlsruher, Karlsruher”, no alcanzo a recordar si llegué a contestarle, pero aquel día cambió mi relación con el club. Estrechamos lazos. De ti no se ríe nadie. A ti te defiendo. Fue transfundirme de sangre blanquinegra. 

Ahora bien, no negaré que en cierta manera la imposibilidad de vivir al Valencia CF de cerca, más que de cerca, como socio, alimenta mi nivel de histerismo igual que el del jugador que se queda en la grada por lesión no pudiendo ayudar en el césped. Te castigas por no poder estar ahí y enseguida te resignas. Así toda la vida, por lo que puedo afirmar que el continuo anhelo es mi motor para ser del Valencia. Ojalá pudiese estar ahí; maldiciendo que los nuestros no aguanten el balón en la banda, temblando con ese Mestalla que aprieta y ahoga, saliendo contrariado por un gol en la única ocasión clara del rival, silbando al equipo contrario,etc.

No hay nada más que razonar, de esta manera vivo mi amor por el club, un relato de pretensiones de lo que otros vivieron y viven día a día. Semejante al alma de un miliciano exiliado. A cambio eso sí, el interés por su historia, por intentar comprender una institución hipnótica. Por lo que bajo estas premisas el día de ayer no podía ser un día cualquiera, no hubo ni un solo momento para la imaginación, sólo para la sensación de plenitud, de querer estar donde quieres estar, “la voluntad de querer llegar”. Y hasta ahí no se aproxima uno solo, por eso la figura del Centenari y mis amigos de Últimes Vesprades a Mestalla se tornan en indispensables para esta vivencia. Necesitaba estar, necesitaba volver, aquel partido de verano (para mí) "Trofeo Naranja" fue el bautizo, la vuelta contra el Celtic de Europa League, la confirmación. 

Ayer fui yo el que más sonrió, estuve en Mestalla con la camiseta del Valencia que mi padre me regaló, en el año del centenario y canté un gol en la portería contraria de donde me encontraba, que Gameiro no incluirá entre sus once mejores. Salgo del campo pensando que hay veces que cuando le pones realidad a las ensoñaciones estas se desinflan pero esto es otra cosa, me marcho con otra dosis, y preveo que no para otros veintiún años. Me hace tan inmensamente feliz estar con mi Valencia que aunque inevitablemente estar más veces hará perder parte de la magia del partido de ayer, cuando lo acompañe me sentiré menos en deuda con mi equipo y ya sólo por eso merecerá la pena.

Por último, esta mañana antes de ir a la estación me he vuelto a acercar al estadio a escuchar los latidos en el hormigón, a ver la resaca que deja una noche de partido, a tocar los escudos, a tomarme otra foto para que no se me olvide la puerta de entrada, a contemplar un rato más la silueta que dibuja la tribuna del estadio con más historia de España. 

El tren acaba de dejar atrás Córdoba y yo aún sigo en Sillas Gol Alto al lado de Pep.

Amunt!