divendres, 30 de gener del 2009

Banqueta visitant. UD Almería

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Yo inventé el desodorante rolón

La primera vez que fui a Mestalla, el campo de fútbol se llamaba Luis Casanova, y acudí con mi padre al certamen de Iberflora, que se celebraba junto a la Alameda, en un recinto ferial bastante feo. Aprovechamos para ver un partido del Valencia un sábado por la noche. Y para mi, Mestalla y el Valencia siempre fueron sinónimo de partido nocturno. En aquel tiempo no podíamos ni soñar que el Almería fuera capaz de competir con el Valencia, porque ni siquiera nosotros como modestos empresarios de la flor cortada nos sentíamos al mismo nivel que la ciudad que visitamos, y a la que desde aquel momento siempre tuve un cierto cariño.

Mestalla me gustaba, era cómodo y se veía todo bien. Era un campo muy familiar, con niños y trenkas y programas de mano que todavía conservo. Para nosotros, la cita anual con Iberflora y el partido de fútbol significaba mucho. Yo era un chaval con un futuro prometedor, en una empresa y un sector, el hortofrutícola, que con el tiempo acabaría por tener un gran impacto en la economía de Almería. El milagro almeriense, los campos de plástico, y todo lo demás, han revolucionado Almería. Pero yo no tuve tanta suerte. Me encantaba viajar. Los hoteles con mi padre, los desayunos, el zumo de naranja y las camareras sirviendo las tostadas en el Hotel Rey Don Jaime de la Avenida de Baleares (¿todavía existe?). Y por la noche al fútbol desde la entrada del Hotel, que olía a levadura, porque al lado había una fábrica de levadura junto al río. Con el tiempo comencé a generar fobias. Acumulaba sucesivamente fobias. Comencé por los gusanos. Continué con la ergofobia, o sea el miedo al trabajo. La cometofobia. La dromofobia, y así sucesivamente. Como si mi organismo siguiera de forma sistemática todos los trastornos y mi mente dispusiera una especia de menú degustación de las fobias. Hasta que me quedé con la fobia a dormir fuera de casa. Y ya todos mis desplazamientos tuvieron que realizarse para viajar en el día. Ir y volver y dormir en casa.

Pero a pesar de eso me encantan los viajes. Por eso en estos momentos soy redactor de contenidos de folletos de viajes. Míos son títulos y resúmenes como Viena Imperial, Roma Maravillosa, Egipto misterioso, Lisboa otoñal, París eclético o Bilbao y su ría. Una literatura exigente, nada fácil, que yo aprendí en el difícil mundo de la publicidad farmaceútica: condones, ibuprofenos, frenadol, juanolas, tiritas, potitos,...

De hecho, mi momento de gloria aconteció después del ascenso del primitivo Almería a primera, en 1979. Ese equipo jugaba en el Franco Navarro. Mi ídolo era Rolón, un delantero centro rompedor al más puro estilo Ansola, al que yo había visto en Mestalla. Comenzaba entonces en una agencia de publicidad de desodorantes, asimilando el hecho fatal de la ruptura con la empresa de mi padre y mis fobias cuando me encargaron una palabra, una sola palabra para el nuevo formato de limpieza axilar. En homenaje al tanque almeriense ideé Rolón. Ya ven, de la nada futbolera surgió un invento casi casi tan potente como la coca-cola: el desodorante rolón. Con el tiempo supe que esa palabra era algo más que un designio. Lo importante era el recorrido hasta esa palabra mágica. Un viaje místico donde estaba mi descubrimiento del fútbol en Valencia, el recorrido a Mestalla por la Alameda, las flores, la paella en la Pepica..., todas las fobias que empezaba a acumular y que nunca hubo manera de concretar bajo terapia.

Ahora que sólo soy un pobre fóbico de 53 años y medio atrapado en la nostalgia del invernadero que nunca tuve, sigo pensando en aquel partido en que por fin cumplí mi sueño de ver al Valencia jugar en mi ciudad. Fue en mayo de 1980. Ganó el Almería. Y marcó Rolón. Cada mañana, cuando se atufen los sobacos (así les llaman ustedes), piensen en mi. Soy del Almeria. Y un poquito del Valencia. El inventor del rolón. Ya saben: No diga gol diga Rolón.


Fermin Maroto, de Mojácar
Seguidor de la UD Almeria
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dimecres, 28 de gener del 2009

La lenta agonía de la silla de Mora

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El següent post va ser publicat originalment el 22 de desembre de 2008 al blog de www.checheche.net, als qui volem agraïm la seua col·laboració en la nostra iniciativa.

La silla de Mora se merece un reconocimiento y un respeto porque nos ha llamado quejándose de que su vida es mucho más fría sin su Juanlu encima.

Pasa frío y tiene miedo de lo que le pueda suceder este invierno. Y para colmo se nos queja de que Timo, pese a que no le calentaba lo mismo y no sabía acoplarse a ella adecuadamente, le ha dejado abandonada. Ante esta situación está deseando que derriben de una vez el viejo Mestalla para dejar de sufrir.

Le hemos dicho que podemos llamar a la Organización Nacional de Transplantes, para que sea extirpada de Mestalla y sea trasplantada a Orriols, donde podría reencontrase con el calor que le daba su Mora. Pero el interventor judicial Vicente Andreu no quiere nada que le recuerde a Soler, y ha ordenado que Mora juegue de titular en el Levante para que el mito de la silla de Mora no sea transplantado a Orriols.

Para más inri Soriano, Unai y Fernando la odian, y quieren que muera congelada este invierno, al no contratar un tercer trasero que sustituya al de Timo para que le de calor y le haga mimitos.

Pero que final más triste para un emblema del viejo Mestalla.


Juan A. Sanchis
Agitador valencianista
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dilluns, 26 de gener del 2009

Invierno de 1984

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Fue el invierno por antonomasia. 1984. La novela de Orwell se escenificaba domingo tras domingo en Mestalla. Sorteos de coches, facturas impagadas, gradas semivacías, pasillos interiores encharcados y Raúl María Iglesias, el antimito.

Llegó con el año nuevo, como un ciclón de goles y talento. El sustituto natural de Kempes, decían. Las referencias eran inmejorables. Con San Lorenzo, cuyo nombre hacía lagrimear a los viejos del lugar, siempre prestos a recordar aquel amistoso único de 1947, había marcado 99 goles, cifra más que respetable. Así que su llegada supuso una inyección de optimismo que apenas duró un partido, el de su debut.

Era el último día de vacaciones navideñas, sólo amortiguado porque el VCF jugaba en casa y debutaba un fichaje de relumbrón. Llovía. De cuando la lluvia en Mestalla era la danza suprema de la tristeza. Los pasillos inundados, las goteras y su quejido; el pasto embarrado. Enfrente el Sporting. Un Sporting muy apañado. De copa de la Uefa. Poca gente. Porque llovía mucho y aquel Valencia era una ruina. Mi padre y yo optimistas. Aferrados al milagro Iglesias. "Collons, en eixe nom, segur que si" decía el viejo. Pero el debut ya fue sonado. 0-3. De cuando un 0-3 hacía mucha pupa. Antes, mucho antes de que Koeman los convirtiera en rutina.

Ya de vuelta en casa, recuerdo a mi padre arreglando él solito los males de su Valencia. Y poniendo el ejemplo del mismísimo Matador para no enviar a freír espárragos al nuevo fichaje. "Mira Kempes, el primer día un petardo y luego ya ves, el mejor de la historia". Pero no. La confianza ciega apenas duró 3 partidos más. El gol número 100 no llegaba y el chico no pasaba de milonguista. Res de res. El invierno seguía entre más partidos lluviosos y la novedad humillante de ver como se sorteaban coches en los descansos para paliar la debacle institucional. Las gradas medio vacías. 25000-30000. La imagen resumen de los años de plomo: aquel invierno de 1984.

Para primavera ya nadie esperaba nada del tal Raúl iglesias, anclado en sus 99 goles. Ni siquiera mi padre, que se dedicó toda esa segunda vuelta a contarme como se ganó la liga del 71, temeroso quizás de que me hiciera intelectual o cinéfilo. Íbamos a Mestalla, pero lo importante, a esas alturas de la temporada, era la conversación. Ni siquiera el hecho de estar apurando al último Kempes nos motivaba demasiado. El fútbol era en ese instante un sucedáneo de la literatura. Y eso lo explica todo. Cuando anteponemos el relato a la vida estamos perdidos. En manos de esa puta llamada melancolía: la ilusión de destilar la propia frustración de una manera amable. Las aventis de Marsé.

Un domingo de finales de abril acabó la liga. En Murcia. De la copa nos había eliminado el Castilla en febrero y ya sólo quedaba la copa de la liga. Aquella cosa esperpéntica que sólo sirvió para generar más mala leche. La eliminatoria contra el Sevilla debió ser un homenaje a Iglesias. Tras el empate global hubo penaltys. Y el argentino estaba entre los elegidos. Quería su momento de gloria y sería el último en lanzarlo. Creo que todo Mestalla soñaba con ese gol. El tan deseado y ansiado número 100. Por un momento la historia podía dar un giro. Quién sabe. Marcar el penalty, clasificarse, recuperar el olfato, ganar el título con actuaciones memorables del crack. Pero el guión ya estaba escrito. Ni siquiera hubo opción de quinto penal. Ni siquiera pudo patear desde los 9 metros. Con el cuarto lanzamiento el Sevilla ya estaba clasificado ante la muda decepción de Mestalla, que miraba anestesiado el declinar de su equipo. Sentí pena. Una profunda pena por aquel chaval. Y quizás también por todos nosotros. Han pasado 25 años. Y aún lo recuerdo. Cabizbajo, sin dar crédito a su experiencia en España, como un zombi camino de los vestuarios ante la mirada incrédula de los allí presentes: ni el jodido penalty ha podido tirar, se oía en los corrillos. Su sustituto fue el uruguayo Wilmar Cabrera. Pero ese es otro post. Un post de como la llegada del verano no siempre es la solución.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 23 de gener del 2009

¡Hay bombón helado…!

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Hay una foto. Una muy antigua, en el libro de Paco Lloret sobre Mestalla, en la que se ve un quiosco en el perímetro interior de la entrada al campo. Según reza el pie de foto, el quiosco estaba situado en el espacio diáfano que daba acceso a las gradas de tribuna y en él se servían bocadillos y refrescos. No creo que yerre el tiro si afirmo que éste fue el primer servicio de “catering” de la historia de nuestro emblemático campo. Puedo imaginarme el olor a butifarra y longaniza, los no menos estimulantes bocadillos de jamón serrano y los generosos vasos de limonada que pedirían, recatadas ellas, las damas que acompañaban al numeroso público masculino que acudía en aquellos días a ver jugar al Valencia FC. Es muy posible que el quiosco vendiera también caramelos o golosinas para los niños, incluso quizá regaliz o barquillos. Eran los locos años veinte, no lo olvidemos. El rastro de la comida y bebida en Mestalla es débil y escurridizo, caracterizado por unos tiempos de escasez y miseria, los años de la post-guerra estoy seguro que debieron ser autárquicos y muy duros en lo relativo al humano hecho de llenar la panza. Bocatas de tortilla envueltos en aceitosos papeles de diario y botas de vino, junto a algún abstemio que llevaría una cantimplora llena de agua para que el bocado no se echara a dormir a mitad de camino. Los años 50, con la construcción del Gran Mestalla trajeron, sin duda, una mejora de los servicios al público asistente. El café expreso, y su pariente canalla: el carajillo, debieron tomar posesión de los puestecillos que empezaron a poblar diferentes zonas del campo. Por supuesto, el formato “Juan Palomo” seguía bien enraizado entre la afición y sé de verdaderos supermercados ambulantes que entraban en el campo como si el partido no fuera a durar un par de horas, sino una semana entera. Armado con una navaja de bandolero, el festín empezaba un poco antes de que el silbato señalara el inicio del juego y tenía un punto álgido en el momento del descanso, cuando la bota iba de mano en mano por la fila. Eran tiempos donde el fútbol aún se saboreaba al albor de la luz diurna. Termos de café para el invierno y limonada en neveras para los partidos de septiembre. Es el fútbol un deporte en el que siempre está pasando algo. A diferencia de otras disciplinas en las que las pausas permiten cierto relajo en la observación del juego, no ocurre así en el balompié. Por ello, los puestos de venta de refrescos se colapsaban en los descansos y el negocio finalmente se resentía. Así se ideó que unos vendedores ambulantes, vestidos con unas blancas chaquetillas se movieran entre el graderío ofreciendo algunos productos. Recuerdo su limitada oferta y la trasera de sus chaquetas, serigrafiada con un gigantesco caramelo Pictolín. Turrón Meivel, bombón helado y pictolines. Solían aparecer en los partidos de pretemporada o en el Trofeo Naranja y su grito característico hacía que los niños miráramos a nuestros padres con una cara ansiosa y plena de deseo. ¡Hay bombón helado! Gritaban. Hace años que ya no caminan por las gradas. Mi último recuerdo de ellos es en la temporada 1999-2000, en el debú en Champions contra el Glasgow Rangers. Un dadivoso seguidor escocés invitó a toda nuestra fila a bombón helado. En el largo tiempo en el que esos vendedores ambulantes tuvieron presencia se enmarcan los años dorados de mi infancia y juventud valencianistas. El tiempo nos fue trayendo diferentes empresas que gestionaron nuestra sed y hambre, aunque a mi modo de ver nunca lograron vencer al perenne y satisfactorio recurso del bocata casero. La ley contra la violencia en el deporte no mejoró nuestras opciones. Recuerdo la absurda medida de hacerme pelar un plátano al entrar por la puerta 3 hacia mi localidad de tribuna en un partido de Champions. Me pareció tan surrealista que opté por arrojar el plátano al cubo de basura con malos modos mientras me cagaba en… Nos espera un nuevo campo, uno en el que todo estará diseñado para que nuestro club genere ingresos a cada instante, como si de un astro rey de nueva creación se tratara. Me pregunto si allí, en ese nuevo coliseo llamado a alumbrar una nueva era futbolística y social, tendrá lugar la magnífica tortilla de patatas con ajetes de mi madre y si en alguna de esas noches caniculares en las que el infierno parece abrirse de par en par para engullirnos, futboleros irredentos, podré aliviar mi sofoco comprando desde mi cómoda butaca abatible un rico y refrescante bombón helado.


Francisco García
Socio del Valencia CF
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dimecres, 21 de gener del 2009

Cinefòrum. València CF 2 - Real Madrid CF 1 '91/92

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La nit dels gols de Fernando i Robert

Fa ja 17 anys d'esta màgica nit. Tot ha canviat molt des d'aquells moments que, per a tota una generació, significaren una reivindicació, un desig de tornar, de trencar amb un cert passat.

Amb el pretext d'estes magnífiques imatgens Últimes vesprades a Mestalla proposa un exercici de memòria amb l'objectiu de replegar les impressions que aquella nit, una de les més emocionants de la història del vell Mestalla, deixà en els valencianistes i en la trajectòria posterior del club.




Últimes vesprades a Mestalla
Socis del València CF
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dilluns, 19 de gener del 2009

Al cor del vell Mestalla

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Confese la meua tardana conversió a una de les poques fes vertaderes. Per eixe motiu no tinc massa records familiars ni infantils relacionats amb el futbol, ni com a jugador ni com a espectador. Jo era més de jugar a "guerres". Amb el temps, afortunadament les aficions canvien.

Com deia, la meua família de futbol va més bé escassa, mon pare sols ha anat tres vegades a Mestalla, dos a general quan feia la mili (la primera va vore tot el partit sentat, la segona coincidint en la inaguració de l'enllumenat com la general estava plena li toca estar tot el temps dret i en el moment l'arbitre xiulà el final del partit acabà també el seu periple per Mestalla. Fins que molts anys després, amb el meu passe, tornà esta vegada a l'ampliada grada del Gol Gran, i tampoc l'experiència va ser satisfactòria, tant per les inclemències del temps com pel futbol que desplegava l'equip en eixe moment de Valdano.

Per altra part, ma mare mai ha anat a Mestalla, ni a cap altre camp. Així el primer record que tinc d'ella associat amb el futbol fa referència a la tanda de penals de la final de la Recopa, que no se per quina estranya raó varem vore per televisió, en un aparell que poc temps després va cremar-se a lo "bonzo" segurament per a protestar contra la invasió dels televisors a color. Doncs bé, com deia, després la parada de Pereira que ens donava el triomf davant l'Arsenal, la bona dona sols va dir referint-se a Rix: "Pobre xic quin mal trago estarà passant".

Així, amb estos antecedents, difícilment podia eixir un futboler a la família, encara que tot cal dir-ho també hi ha algun record que uneix a tota la família amb el futbol. Com la vesprada de l'u de maig del 83 on a casa dels iaios, per primera i única vegada, tots estiguérem escoltant el que passava al Mestalla. Al final, l'alegria va ser doble per la salvació del València i pel gol marcat per Tendillo que era del poble.

Amb estos precedents, es complicat explicar com quasi per generació espontània va nàixer la vesprada nit del 12 d'abril de 1986 un aficionat i un patidor del club del Mestalla. Eixa vesprada, es va consumar el descens a segona i encara recorde el passejar pel poble i vore com la vida pareixia seguir igual. Jo no entenia res, el València acabava de baixar, estava en la més absoluta de les ruïnes i la gent pareixia deixar de banda a l'entitat que pocs anys abans els havia fet sentir-se orgullosos per tot el món.

Des d'eixe fatídic dia, unes coses portaren a altres: El primer partit vist a Mestalla davant el Castelló a segona. El partit de l'ascens contra el Recre, vist des de tribuna per que un amic de mon pare que treballava a un dels bars del camp ens colà. L'alegria pel triomf al Camp Nou l'any del retorn a primera. Les uefes d'Esparrago. La remuntada al Madrid en l'últim minut. La final de Madrid contra el Depor i els deu minuts que quasi no vérem per culpa de l'embús a la N-III. El València quasi campió de Paco Roig. El primer passe en l'ampliació-bunyol de Mestalla. Rinaldi i el “Paco vete ya”. Els sis gols al Madrid. La final de Sevilla, el “probe Miguel” i les llàgrimes del meu amic Xoi. Les dos nits a Mestalla per a poder anar a París, quedar-se al tall sense entrades i aconseguir-les a l'últim moment. La final de Milà i el mite de Sisifo. “Ni Figo ni Zidane, Albelda és el més gran”. El gol de Fabio Aurelio al Màlaga, que aquell arbitre no donava i pareixia voler fer-mos esperar trenta anys més per a celebrar la primera lliga de l'era Benítez. La perruca de “Bonico”. El “quan arriba la nit… jo soc Baraja”. La segona lliga. Les entrades que tenia a casa per a la final de la UEFA el mateix dia de la semi contra el Vila-real. Les quatre hores que vaig estar a Goteborg (algun dia tornaré). El doblet. L'adéu de Benítez. Rinaldi 2ª part. La vesprada enviant fax al Monac per a les entrades de la Supercopa. El triplet. L'era Soler i la Champions econòmica (mare que por). La final del Calderón (gràcies Rafa) i la festa d'abans per si mos pelava el Getafe. La Wolstein-experience. L'agònic partit davant el Saragossa… i tantes i tantes coses més, viscudes a eixa que he convertit en una segona llar on retorne per a viure emocions que són difícilment viscudes en cap altre lloc.

Per això i fins que arribe el moment de la despedida, pense gaudir de cada instant que em quede al cor del vell Mestalla.


Josep Bosch
Soci del València, que espera que algun dia torne a ser FC
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