dissabte, 18 de maig del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 38. 

Una de las patrañas más extendidas en el mundo del fútbol es la de la sublimación del juego bonito.

Dejémoslo claro de una vez por todas, aun a riesgo de sufrir en los comentarios del blog un desembarco masivo de puretas con los sentidos nublados por los gambeteos del artista de turno: si no se ve acompañado de resultados positivos, el buen juego (percepción, a fin de cuentas, subjetiva, y por lo tanto variable en función de cada aficionado) importa más bien poco. O nada. Es algo así como un placebo que tomamos para sentirnos mejor en tiempos de escasez. El paso de los años, de hecho, acaba matizando los recuerdos, volteando opiniones aparentemente inquebrantables, otorgando valor a entrenadores rácanos o equipos de práctica árida pero con buenos resultados y restando importancia a aquellos que, sin otro clavo al que asirse, hacen del toque y el rondo sus principales señas de identidad.

La máxima expresión del juego bonito en los Valencias que he conocido se corresponde con el primer once del que guardo recuerdos precisos: el equipo noventero de Guus Hiddink. Tras la experiencia con Víctor Espárrago, que había llevado al Valencia a un tercer puesto y un subcampeonato liguero de la mano de un fútbol de pocas florituras que acabó por cansar al personal, la llegada de Hiddink pareció traer un aire nuevo, y moderno, a Mestalla. El de un fútbol muy vistoso y llamativo pero que al final se revelaría insuficiente para completar el asalto del Valencia a los títulos. El equipo pasó a ser visto desde fuera como un rival sencillo que siempre caía en el momento decisivo, que alternaba actuaciones sublimes con encuentros poco defendibles. Para compensar, quizá, se le colocó desde Madrid aquel engañoso apelativo, “made in Valencia”, que hizo fortuna como parte de la nueva visión del fútbol que impuso El día después. Como en tantas ocasiones, el halago serviría para debilitar a su destinatario.

El primer año de Hiddink en el Valencia coincidió con un momento en que las acciones del juego bonito cotizaban alto en el mercado: Cruyff en el Barça, Víctor Fernández en el Zaragoza y Valdano en el Tenerife eran frecuentemente loados en la prensa y solían ser señalados como los gurús del fútbol futuro. El entrenador que obtenía resultados sin practicar un juego vistoso podía llegar a ser puesto en la picota y fustigado sin piedad por los medios. A Radomir Antic, por ejemplo, se lo limpió Ramón Mendoza tras una dura campaña en su contra cuando el Madrid marchaba líder destacado de la Liga. Lo que ocurrió más adelante, con Beenhakker en el banco, lo recordamos perfectamente, casi con delectación: una gloriosa remontada en Mestalla abrió el camino de la debacle madridista, que cristalizaría en el famoso partido de Tenerife.

Como parte de esta colección de técnicos amantes del fútbol de defensas adelantadas, toque y sobeteo de balón y promesas de espectáculo destacaba en aquellos años el colombiano Pacho Maturana. Después de una primera temporada en la que sorprendió a propios y extraños dejando al Valladolid a las puertas de Europa, Maturana recibió carta blanca para confeccionar el equipo que quisiera. Craso error mil veces repetido: resolvió confeccionar una plantilla de artistas, el famoso Valladolid de los colombianos, con Higuita, Valderrama y Leonel Álvarez. Mucha calidad, muchos millones y poco músculo y disciplina, en realidad. Tal y como haría en el Valencia, con idéntico resultado, Valdano solo un lustro después.

Aquel Valladolid de las estrellas melenudas, desdibujado ya por los malos resultados deportivos y tempranamente condenado al descenso, visitó Mestalla en diciembre de 1991. Sobre el maltrecho césped el planteamiento de Maturana cayó por su propio peso en apenas cuarenta y cinco minutos: el Valencia de Hiddink fue, por una vez, sorprendentemente resultadista, aprovechó sus ocasiones e impuso su ley sin demasiada dificultad en la primera parte. En la segunda, vestido con el traje del conformismo y la relajación, vio peligrar su ventaja de tres goles para desesperación de la grada. De aquel partido se me quedaron grabadas para siempre dos lecciones que recupero al ver el resumen del encuentro en Youtube casi treinta años después: la primera, que la acumulación de talento sobre el césped no implica necesariamente llevar a un equipo al éxito. Y la segunda, que bajar los brazos en mitad del trabajo, aun creyendo tener la faena controlada, nunca es una buena opción. Fue una lástima que el Valencia de Hiddink, al que, deslumbrados por la calidad de su juego, creíamos aspirante a todo, no supiera aplicárselas.

José Ricardo March