dijous, 18 de març del 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (I)




Los jueves, ni Champions ni UEFA… Berlanga.

Es mentira que 2021 sea el Año Berlanga. El Año Berlanga es siempre, incluso antes de que naciera en su casa de Valencia aquel martes 12 de junio de hace ahora cien años. La vida ya sucedía para que él la mirara con esos ojos color mediterráneo y de eterno niño cabroncete.

A veces cuento a mis amigos que creo que soy más de Mestalla que del propio Valencia. Con el maestro me pasa algo parecido, creo que soy más de Berlanga que de sus propias películas. Ambos, Mestalla y Berlanga, son una forma de caminar por la vida. Su famoso “plano secuencia” es precisamente eso, dejar que la vida camine a su ritmo, sin alterarla ni desnaturalizarla, integrándose en ella. También se entiende así el valencianismo, sin echar mano de raciocinios, fórmulas o tratados sociológicos, simplemente introduciéndote en él, dejándote llevar, con sus defectos y sus virtudes.

Otra similitud entre Mestalla y Berlanga son sus personajes secundarios. No encontraréis en el mundo otros iguales. Son los verdaderos protagonistas.

Sobre la obra del genio siempre se ha dicho que podría haber sido mucho más laureada en festivales internacionales pero que sus películas eran muy difíciles, prácticamente imposibles de traducir o subtitular. Lo mismo pasa con el valencianismo, no es fácil intentar explicar nuestra idiosincrasia a quien no la vive desde dentro. Tampoco se puede extrapolar.

Sobre el gran valencianismo de Berlanga, basta citar dos anécdotas que lo dicen todo:

Cuando le comunicaron la muerte de Barden, junto con Azcona trascendental en su carrera, la reacción de Berlanga, que en aquel momento tenía 81 años de edad, fue la siguiente: “Llevadme a ver el partido del Valencia”. Aquel día el Valencia jugaba contra el Liverpool en partido de Champions League. Su Valencia le hacía seguir sintiéndose vivo.

Sobre su muerte, su hijo José Luis la recordó así: “Lo maravilloso es que cenó una tortilla de patata, vio un partido del Valencia y amaneció muerto en su cama, que es la mejor manera de irse”.

Como recuerdo, gratitud y admiración al genio valencianista, durante varios jueves tendremos el honor de publicar en el blog de nuestros amigos de Últimes vesprades a Mestalla, una breve reseña de cada uno de sus 17 largometrajes en la que haremos una sinopsis y un pequeño guiño a nuestro comúnmente querido Valencia Club de Fútbol.

No nos hemos atrevido a usar el tono irónico y socarrón que solemos utilizar en la cuenta de Twitter por el respeto que nos causa el genio y su obra.

¡Larga vida al Imperio Cheaustrohúngaro!

¡Amunt Berlanga!

@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga)




ESA PAREJA FELIZ (1951).

Un modesto matrimonio de posguerra, Carmen y Juan, pelean por conseguir un nivel de vida mejor. Carmen gana en un concurso radiofónico la posibilidad de vivir “Un día de ricos”, rodeada de todo tipo de lujos y regalos. Al final comprenderán que no hay atajos para la felicidad y que debe estar cimentada en el esfuerzo y sacrificio personales.

En nuestro caso no fue un concurso radiofónico, aunque algunas radios y otros medios contribuyeron interesadamente a ello. Fue un proceso de venta tedioso, turbio y arbitrario que desembocó en el premio artificial de sentirnos ricos.

Una vez más los delirios de grandeza que cada cierto tiempo nos autodestruye y del que parece que nunca aprendemos: Paco Roig, Soler, Peter Lim…

Todo apunta a que el próximo episodio será el del Príncipe de Johor. Más de cien años de historia y aún hay valencianistas que se dejan engatusar con cuentos de príncipes y hadas.

El engaño, el fracaso de las ilusiones como un boomerang que golpea a la esperanza. Y vuelta a empezar pero a una realidad mucho peor de la que partimos en su momento. Con el club más endeudado y las parcelas deportiva y social destrozadas. Sobran ejemplos. Con la evidencia de que nuestro Valencia ha sido un medio y no un fin en sí mismo, un simple instrumento utilizado con alevosía y nocturnidad para fines particulares y completamente distintos a los que se prometió.

La película acaba cuando la pareja se desprende de los obsequios y agasajos recibidos, depositándolos en unos bancos donde duermen unos vagabundos. Ojalá nosotros aprendamos y nos despojemos de una vez por todas de esos oropeles y falsas promesas bañadas en oro que no se corresponden con nuestro verdadero ADN: El de un Valencia bronco y copero, forjado en el esfuerzo y la superación diaria. En la voluntad de querer llegar.

Juntos, como Carmen y Juan, siendo conscientes que no hay atajos para la felicidad, conseguiremos recuperar nuestro Valencia y construir su futuro. Será un proceso mucho más largo y cansado, pero inmensamente más digno y gratificante.

Como a los protagonistas de la primera película del maestro, el amor, en nuestro caso al Valencia, nos salvará.