(Las aguas vienen crecidas por todos lados)
El hombre puso nombre a los animales. Dylan cantaba esta tonada en 1979, y aunque aquí fue un éxito, el profundo significado de su letra nunca fue comprendido. Tan limitado como el ser humano es, su incapacidad llega al extremo de tener que usar etiquetas y nombres para referirse a las cosas. Quizá en el jardín del Edén o en el ancestral Macondo, las cosas no tuvieran aún un nombre, tal vez en aquellos paraísos inocentes ni siquiera fuera necesario. Pero la caída en el pecado precipitó la necesidad del uso de nombres para poder, simplemente, vivir. Y si de limitaciones hablamos en lo relativo a la necesidad del ser humano de dar un nombre a los animales y a las cosas, ¿qué podríamos decir sobre los sentimientos? Mucho más resbaladizos y esquivos, éstos se resisten a ser nombrados, se escapan como el agua entre los finos orificios de un colador. Tan limitado como el ser humano es, la tozudez, esa corona de incierta belleza, adorna su comportamiento. Persevera aquel en su búsqueda y, a duras penas, acierta a reconocer ciertos rasgos comunes e identificables en los sentimientos de uno mismo y sus semejantes.
Llaman
morriña en las tierras del noroeste a lo mismo que un poco más al sur y en ultramar denominan
saudade. Un sentimiento complejo, recuerdo melancólico de una alegría ausente. Buceemos,sin más, en el mundo de la música negra americana, música hecha por esclavos a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros oídos en forma de
jazz y
blues. En este último estilo y entre la población afroamericana “
to have the blues” es sinónimo de estar absolutamente hundido emocionalmente. Casi siempre la causante es una mujer, aunque esto no tenga mayor importancia para nosotros, aquí y ahora. Con pleno conocimiento de nuestra incapacidad, la lengua inglesa acude al rescate y acuña el concepto “
state of mind” para expresar el hondo deseo de estar en otro lugar y sentirse feliz en él, como ya ocurriera en tiempos añejos. No puedo negar que cuando llega el verano suele experimentar un profundo “
New York state of mind”.
Limitado como soy, he buscado y rebuscado un modo de nombrar uno de mis sentimientos más dulces y extraños. Dulce por la plenitud y felicidad que me otorga, extraño por lo imprevisible de su aparición, muchas veces huyendo de mí cuánto más intento acercarme a él. Es el sentimiento que me conecta con una tradición antigua, con los colores blanco y negro, todo y nada, gritos, risas y silencios espectrales en las gradas del campo de mi equipo, sus victorias y derrotas. Así que limitado como soy, lo he dado en llamar “
modo Mestalla”.
Hacía mucho tiempo que no estaba en m
odo Mestalla. 1979 quedaba ya tan lejos, una primera juventud olvidada y una nueva vida a pocos metros, jugando en el suelo con una pelota amarilla. Mi hijo no sabía que ese día me encontraba en
modo Mestalla, el 24 de junio de 1995. Recuerdo un despertar agitado, una mañana ocupada en compras y juegos infantiles. Una siesta que nunca disfruté y una conexión absoluta con todo el universo valencianista. De Montes y Cubells a Mundo y Gorostiza. Quique subido al larguero, Roberto, Paquito, Waldo, Sol, Valdez, Claramunt, Kempes, Kempes, Kempes… El sonido de la radio y mi nerviosismo en aumento. Mi padre en Madrid, con su amigo de toda la vida Amalio, compinches de fútbol playero y vaya usted a saber de qué más, y mi madre sola en El Saler, escuchando la radio, como siempre. Intenté romper la tensión y me fui a verla. El corazón luchaba en cada sístole y diástole como un bregador centrocampista queriendo ganar el partido él solito. Nos sentamos en la mesa y hablamos de fútbol, el verdadero sostén de nuestra vida familiar, la argamasa que hacía que los ladrillos aún se mantuvieran juntos tras más de treinta años de matrimonio. Volví a casa, cené frugalmente y me dispuse a ver el partido. Nunca he sido capaz de conjugar el verbo disfrutar al referirme a un hecho tan deseado como ver al Valencia en una final. El partido se torció con el gol de Manjarín, pero la segunda parte fue nuestra, sobre todo en la segunda mitad de la misma, cuando ya bajo una lluvia impía Mijatovic equilibró el tanteo. Y fue en ese momento en el que, como si Charley Patton hubiera convertido su canción(*) en realidad mediante un sortilegio imposible, mi
modo Mestalla se esfumó. Luego ya nada fue igual, no sé si el hecho de que mi
modo Mestalla tomara las de Villadiego fue una premonición, pero lo tuvimos en la yema de los dedos y de alguna manera supe que nada saldría como habíamos deseado.
Desde aquel día he sido afortunado en la vida y mi
modo Mestalla se ha hecho algo más dócil, ha vuelto a mí sin tantas reservas, me ha hecho vibrar y ser feliz como nunca hubiera sospechado. Como para darme por satisfecho. Aún así, limitado como soy, en lo más profundo de mi corazón deseo que vuelva a mí, sigiloso, en silencio, con orgullo y dignidad, dando la espalda a la semilla corruptible de la fatuidad, tocándome el corazón con sencillez y verdad.
Francisco García
Socio del Valencia CF
(*) Charley Patton fue un bluesman nacido en 1891 y muerto en 1934. Su tema más famoso High Water Everywhere fue grabado en 1929·