dimecres, 11 de març del 2009

Eduardo Cubells, la primera gran figura del València

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En esta segona entrega de l'homenatge a Eduardo Cubells volem mostrar la transcendència que la seua figura va tindre en el seu temps, i pensem que una bona manera de fer-ho és mitjançant documents de l'època, com ara cromos, revistes monogràfiques, caricatures... L'elecció del material no és casual: es tracta de suports mediàtics que encara hui tenen vigència, aspecte que ve a destacar allò que argumentàvem ahir al voltant de la modernitat del València FC representada per, probablement, el seu futbolista més estimat.


Últimes vesprades a Mestalla
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dimarts, 10 de març del 2009

L’esperit d'un temps: la figura d'Eduardo Cubells

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Esta setmana es produïx l'efemèride de la mort d'Eduardo Cubells el 13 de març de 1964. Des d'”Últimes vesprades a Mestalla” volem retre homenatge a un personatge que personifica, juntament amb Montes, la irrupció del València FC en la consciencia dels valencians.

El seu cas és, possiblement, la més clara mostra de la voluntat de participar en la modernitat d'una jove institució, la qual adopta les formes i les maneres del seu temps amb decisió i entusiasme, participant activament del fenomen de l'eclosió de la cultura de masses, d'igual manera que en la mateixa època ho fan el cinema, el tennis, la boxa, el jazz o els esports a motor. No podem deixar de dir que la mateixa decisió d'adquirir un estadi propi, el camí que el club fa de d'Algirós a Mestalla, forma part d'eixe esperit plenament contemporani del València.

En els següents tres dies tractarem d'oferir una sèrie de documents que manifesten el que hem dit anteriorment i que es centren en la figura de Cubells com a exponent d'eixa voluntat del jove València de participar en els seus temps. Potser fixant-nos en el caràcter d'aquells pioners puguem retrobar un camí nou i segur en estos temps difícils.

Iniciem el recorregut amb un document especialment representatiu: l'entrevista que en maig de 1925 concedix Eduardo Montes a Gran Vida, una publicació que representa ben a les clares l'esperit d'un temps.

Volem agrair Miquel Nadal la documentació aportada.


Últimes vesprades a Mestalla








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dilluns, 9 de març del 2009

Tambor de lluvia

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Bate la lluvia contra la uralita,
deletrea su código primario,

su mensaje esencial:


yo soy la lluvia,
estoy lloviendo aquí, sobre vosotros,
estoy lavando el mundo en estas lágrimas.


Con su monomanía dicta mucho.

Dice más de la cuenta en cada gota...


(extraído del poema "Tambor de lluvia" de Carlos Marzal)



Acudir a Mestalla en tardes o noches lluviosas siempre tuvo un toque mágico. Un valor añadido más poético que material. El paradójico efecto de una intimidad sobrevenida, como si las cortinas de agua generaran un nuevo escenario, a medio camino entre las películas codificadas de canal plus y la monotonía de lluvia tras los cristales del aula.

Nosotros los mediterráneos somos así. La lluvia nos parece un acontecimiento reseñable. Y el fútbol embarrado un viaje a los orígenes. Esa fábula sobrevalorada: el mismo amor, la misma lluvia. Una oportunidad para profundizar en la distancia luminosa que nos aleja del mito y nos acerca al polvo del camino. Ya se sabe: ni inventamos el juego ni fuimos especialmente buenos hasta pasados muchos años. Complejos, por tanto, de tribu colonizada.

Todavía en ocasiones, el fútbol es tan sólo esa nostalgia de la lluvia. El hechizo del barro y las tribunas tatuadas de paraguas. Un paisaje remoto, intuido muy ocasionalmente en tardes tormentosas y grises de invierno. Un fútbol primitivo y directo. A la inglesa. Para espíritus curtidos.

Por pura escasez estadística los partidos lluviosos tienen epígrafe propio en el cajón de la memoria. Un inventario de chaparrones y tormentas, algunas goleadas inesperadas, la falsa sensación de que la lluvia forja el carácter de los equipos grandes. De ahí su prestigio. Un 5-1 al Hadyuc Split, un 3-0 al Bayern de Munich, miles y miles de rollos de papel higiénico echados a perder por el ímpetu del agua en la previa de un VCF-Barça, o un definitivo 2-0 al Betis con la última liga de Benitez a la vuelta de la esquina son sólo algunos ejemplos preclaros.

Pero más allá de los partidos pasados por agua están las noches de perros. Fundamentalmente dos: el Valencia-Salamanca de 1979 y el Valencia- Banik Ostrava de 1982. La primera fue un partido televisado en noche de domingo, el día que estrenábamos localidad a cubierto en el sector 5 tras la renovación de pases de enero. El optimismo de mi padre nos empujó al fin del mundo. "Hoy, que llueve, es el mejor día para estrenarnos". Ya empapados llegamos a Mestalla a trancas y barrancas. Los pasillos inundados, las gradas vacías. El estreno no pudo ser más desalentador. Justo en nuestras flamantes localidades de numerada cubierta una gotera inmensa nos obligó a ver el partido con paragüas. En el descanso volvimos a casa. De charco en charco, a merced de la marea que cubría las calles todavía a medio asfaltar. 0-0. Un partido infame, con Solsona pellizcando la pelota en medio del lodazal y Kuntakinte en la tele, justo después de acabar el suplicio.

La segunda noche tiene un recuerdo mucho más amargo. Mientras se jugaba llegaban noticias de la pantanada que se cernía sobre La Ribera. El partido fue además un continuo aviso sobre aviso: aquel inolvidable "preséntese en la puerta de autoridades". Curiosamente, Welz tuvo su mejor día como valencianista y selló su gran actuación con un gol en jugada poco ortodoxa. El gol que significaría la clasificación tras empate a cero en Checoslovaquia en aquella otra noche de equipaciones perdidas en los aeropuertos.

Pero sin duda, nada comparado con la regularidad pluvial de esta campaña. No sé qué dirán las estadísticas del centro meteorológico al respecto pero la penúltima temporada de Mestalla ya tiene nombre y apellidos: el año de la lluvia. Sólo falta Solsona y su fascinante toque de balón sobre las aguas. El tambor, que no pare.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 6 de març del 2009

La segunda vez

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Me acuerdo mejor de la segunda vez que hice el amor que de la primera. Ya sé que no es normal, que los seres humanos guardan en su memoria, como vestigio de un pasado inocente, su primera vez como símbolo del día en que conocieron el sexo en la práctica. Pero a mí no me pasa. Pienso que la segunda vez reunió, junto al aura de lo desconocido, el propósito de enmienda de no cometer los mismos errores.

También recuerdo con mucha mayor nitidez la segunda vez que fui al Mestalla que la tarde de mi estreno como valencianista. De hecho, no sabría decir cuál fue el primer día que acudí a Mestalla ni he almacenado sensaciones que después me han vuelto a la mente con el paso de los años. Pero mi segunda vez permanece en los recovecos de mi cerebro como una experiencia iniciática. Yo tenía cinco años aquel 7 de abril de 1968 en que el Valencia jugaba contra el Espanyol. Mi abuelo, que era el corresponsal del diario ABC en Valencia, tenía que mandar una crónica del partido a Madrid y me ofreció a acompañarlo a la zona de prensa, en la parte alta de la tribuna de Mestalla. Allí, mientras él escribía, yo podía disfrutar tranquilamente del partido sin molestarlo. El Valencia perdió por 2-3, pese a que Vicente Guillot marcó dos goles. Yo estaba enfadado, pero no porque el Valencia hubiera perdido, sino por una razón mucho más prosaica: desde aquella zona reservada a los periodistas, no se veía al marcador.

El marcador de Mestalla era un artilugio francamente curioso. Estaba formado por dos filas de rectángulos de neón que se iluminaban de noche y en las que su encargado colocaba, en cada una de sus celdas, una letra negra con fondo transparente para formar los nombres de los equipos que se enfrentaban en el césped. La última celda rectangular estaba reservada a los guarismos, el número de goles que cada equipo marcaba, que era de color rojo. Después de cada gol, el tipo subía con un número gigante y lo sustituía por el inmediatamente inferior, un ritual que, a los ojos de un niño de cinco años, era fascinante. Aquel día, pese que Valencia y Espanyol había hecho trabajar en cinco ocasiones al encargado del marcador, no pude ver en toda la tarde ese momento mágico en el que, en lo alto de la grada del gol Xicotet, un hombre tenía capacidad para hacer oficial lo que sucedía unos metros más abajo.

Como es obvio, con los años aprendí que el marcador no era lo más importante de Mestalla. Pero mi fascinación por los paneles donde se reflejaba el resultado no cedió. En 1971, Mestalla inauguró un marcador con reloj, que medía el tiempo de juego, en lo que fue un hito de innovación técnica que ahora sólo produce una sonrisa. Antes de la aparición de ese artilugio, más bien pedestre, todo hay que decirlo, ya funcionaba el Marcador Simultáneo Dardo, una forma de seguir, de forma cifrada, lo que ocurría en otros campos. Las claves para leerlo se publicaban cada domingo en la prensa local, lo que provocaba que yo recortara ese anuncio cada día de partido para poder saber a qué encuentro correspondían los goles de Tervilor, Camisas Ike o Reloj Radiant. No era fácil, porque, pese a que el mecanismo parecía sencillo (cada clave se correspondía a un partido y su resultado), había una serie de signos incomprensibles que, de vez en cuando, señalaba aquel cabalístico marcador: un punto rojo indicaba que el árbitro había pitado un penalti en contra o unas franjas rojas y blancas, que había habido una avería telefónica que impedía actualizar los resultados.

En 1982, con el Mundial, llegó el videomarcador, un invento moderno que ya se podía ver en los campos europeos. Pero el caso es que no tenía demasiada gracia, excepto si te fijas en los anuncios que emite durante el descanso. He llegado a ver reclamos de puticlubs, de salas de masajes o de lugares en los que se ofrecen fiestas para celebrar la “pérdida de virginidad”. Pero nunca los goles del partido repetidos en pantalla grande ni las jugadas polémicas para poder ver lo mismo que quienes disfrutan del encuentro desde la comodidad de la butaca hogareña. Nunca he entendido ese derroche informático si no se corresponde con una novedad que aporte algo al espectador.

La verdad, yo prefería aquel viejo marcador de neones, tan simple y complejo a la vez, y, sobre todo, el momento mágico en que su encargado subía con el número en la mano por las angostas escaleras que llegaban a él y colocaba, triunfante, el número del gol que alguien acababa de anotar. Y más si se equivocaba de número o anulaban un gol. Entonces tenía que subir una segunda vez.


Paco Gisbert
Socio del Valencia CF
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dimecres, 4 de març del 2009

High Water Everywhere

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(Las aguas vienen crecidas por todos lados)

El hombre puso nombre a los animales. Dylan cantaba esta tonada en 1979, y aunque aquí fue un éxito, el profundo significado de su letra nunca fue comprendido. Tan limitado como el ser humano es, su incapacidad llega al extremo de tener que usar etiquetas y nombres para referirse a las cosas. Quizá en el jardín del Edén o en el ancestral Macondo, las cosas no tuvieran aún un nombre, tal vez en aquellos paraísos inocentes ni siquiera fuera necesario. Pero la caída en el pecado precipitó la necesidad del uso de nombres para poder, simplemente, vivir. Y si de limitaciones hablamos en lo relativo a la necesidad del ser humano de dar un nombre a los animales y a las cosas, ¿qué podríamos decir sobre los sentimientos? Mucho más resbaladizos y esquivos, éstos se resisten a ser nombrados, se escapan como el agua entre los finos orificios de un colador. Tan limitado como el ser humano es, la tozudez, esa corona de incierta belleza, adorna su comportamiento. Persevera aquel en su búsqueda y, a duras penas, acierta a reconocer ciertos rasgos comunes e identificables en los sentimientos de uno mismo y sus semejantes.

Llaman morriña en las tierras del noroeste a lo mismo que un poco más al sur y en ultramar denominan saudade. Un sentimiento complejo, recuerdo melancólico de una alegría ausente. Buceemos,sin más, en el mundo de la música negra americana, música hecha por esclavos a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros oídos en forma de jazz y blues. En este último estilo y entre la población afroamericana “to have the blues” es sinónimo de estar absolutamente hundido emocionalmente. Casi siempre la causante es una mujer, aunque esto no tenga mayor importancia para nosotros, aquí y ahora. Con pleno conocimiento de nuestra incapacidad, la lengua inglesa acude al rescate y acuña el concepto “state of mind” para expresar el hondo deseo de estar en otro lugar y sentirse feliz en él, como ya ocurriera en tiempos añejos. No puedo negar que cuando llega el verano suele experimentar un profundo “New York state of mind”.

Limitado como soy, he buscado y rebuscado un modo de nombrar uno de mis sentimientos más dulces y extraños. Dulce por la plenitud y felicidad que me otorga, extraño por lo imprevisible de su aparición, muchas veces huyendo de mí cuánto más intento acercarme a él. Es el sentimiento que me conecta con una tradición antigua, con los colores blanco y negro, todo y nada, gritos, risas y silencios espectrales en las gradas del campo de mi equipo, sus victorias y derrotas. Así que limitado como soy, lo he dado en llamar “modo Mestalla”.

Hacía mucho tiempo que no estaba en modo Mestalla. 1979 quedaba ya tan lejos, una primera juventud olvidada y una nueva vida a pocos metros, jugando en el suelo con una pelota amarilla. Mi hijo no sabía que ese día me encontraba en modo Mestalla, el 24 de junio de 1995. Recuerdo un despertar agitado, una mañana ocupada en compras y juegos infantiles. Una siesta que nunca disfruté y una conexión absoluta con todo el universo valencianista. De Montes y Cubells a Mundo y Gorostiza. Quique subido al larguero, Roberto, Paquito, Waldo, Sol, Valdez, Claramunt, Kempes, Kempes, Kempes… El sonido de la radio y mi nerviosismo en aumento. Mi padre en Madrid, con su amigo de toda la vida Amalio, compinches de fútbol playero y vaya usted a saber de qué más, y mi madre sola en El Saler, escuchando la radio, como siempre. Intenté romper la tensión y me fui a verla. El corazón luchaba en cada sístole y diástole como un bregador centrocampista queriendo ganar el partido él solito. Nos sentamos en la mesa y hablamos de fútbol, el verdadero sostén de nuestra vida familiar, la argamasa que hacía que los ladrillos aún se mantuvieran juntos tras más de treinta años de matrimonio. Volví a casa, cené frugalmente y me dispuse a ver el partido. Nunca he sido capaz de conjugar el verbo disfrutar al referirme a un hecho tan deseado como ver al Valencia en una final. El partido se torció con el gol de Manjarín, pero la segunda parte fue nuestra, sobre todo en la segunda mitad de la misma, cuando ya bajo una lluvia impía Mijatovic equilibró el tanteo. Y fue en ese momento en el que, como si Charley Patton hubiera convertido su canción(*) en realidad mediante un sortilegio imposible, mi modo Mestalla se esfumó. Luego ya nada fue igual, no sé si el hecho de que mi modo Mestalla tomara las de Villadiego fue una premonición, pero lo tuvimos en la yema de los dedos y de alguna manera supe que nada saldría como habíamos deseado.

Desde aquel día he sido afortunado en la vida y mi modo Mestalla se ha hecho algo más dócil, ha vuelto a mí sin tantas reservas, me ha hecho vibrar y ser feliz como nunca hubiera sospechado. Como para darme por satisfecho. Aún así, limitado como soy, en lo más profundo de mi corazón deseo que vuelva a mí, sigiloso, en silencio, con orgullo y dignidad, dando la espalda a la semilla corruptible de la fatuidad, tocándome el corazón con sencillez y verdad.

Francisco García
Socio del Valencia CF

(*) Charley Patton fue un bluesman nacido en 1891 y muerto en 1934. Su tema más famoso High Water Everywhere fue grabado en 1929
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dilluns, 2 de març del 2009

Los sobres de azúcar dicen la verdad

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A Miquel Nadal. Con afecto sincero.

De todos los caminos que conducen a Mestalla me tocó el más sencillo. A sólo cinco minutos a pie. Bastaba con asomarse a la esquina de la calle Gorgos con Rubén Darío para ver el esqueleto de la grada en todo su esplendor. Así las cosas, crecí con un pie en Mestalla y otro en la ciudad, resultando imposible sustraerse al ritmo creciente del ambiente prepartido o al potente rumor del gol en aquellas tardes en que alguna inoportuna gripe me dejaba en cama. Ese vivir en Mestalla me fue otorgado sin hacer mérito alguno. Por eso, antes que vegetar narcotizado por la cercanía del tesoro, preferí asumir el hechizo con un plus de responsabilidad. Responsabilidad y agradecimiento, que ya en la adolescencia, despertó en mi una inusitada curiosidad por las distintas formas de llegar a Mestalla, como si la variable del itinerario explicara otro tipo de conductas y reacciones.

Pronto supe que la más habitual de las maneras era desde el otro lado del río. O desde más allá de las clásicas cruces que delimitan las fronteras de la ciudad moderna. Lo anómalo, más bien, era no cruzar ninguno para llegar al campo. Precisamente, de esa liturgia de cruzar puentes surgió la Valencia actual, en un mito visible que explica mejor que nadie Miquel Nadal en su necesario último libro, donde queda definida la presencia de Mestalla como estilete y avanzadilla de la ciudad vigente. Por otro lado, los testimonios de mi propia familia ahondaban en ese viaje desde la otra orilla. Así que durante algunas semanas me dediqué a la excéntrica tarea de acudir al fútbol desde todos los rincones vinculados a mis mayores. Desde Catarroja, Zapadores en Monteolivete, la calle Cuenca de Patraix, Tejedores en el Barrio Chino y Zurradores, a la sombra del Micalet. Trayectos en Vespa, viajes desde el pasado y una nómina de puentes: Real, Aragón, Angel Custodio y La Peineta de Calatrava, sustituto de la Pasarela del Justicia.

En cada uno de esos itinerarios intenté conformar algo más que el mero paseo hasta Mestalla. A tal efecto, creé una especie de alter-ego múltiple, con circunstancias variables y novelas en marcha según el punto de partida. De fondo, una vocación casi obsesiva por justificar racionalmente la pasión enfermiza. El protagonista: un aprendiz frustrado de Nani Moretti y Paul Auster. El equipaje: un Moleskine clandestino cargado de relatos sacudidos por el azar y el misterio. El objeto: la ciudad reinventada desde una mirada nada ceñida a los cánones habituales. Mirada popular, futbolizada, antiintelectual. La ciudad de un hincha. Esa novedad editorial: Aquí vivían los hermanos Bonora, allí la familia de Augusto Milego, en esa esquina abrió un bar la viuda de Walter. Toda una escenografía de placas imaginarias y retratos en piedra. Marmolismo urbano. Fútbol sin fútbol. El bar Torino.

Pese a ese esfuerzo disparatado por estar a la altura de mis mayores y sus vivencias, mi itinerario más metafísico llegó por sorpresa el día en que emulando a Vila-Matas me disfracé de burgués al otro lado del Ensanche. Americana de marca, zapatos Bay y gafas de sol. Comí en el Romeral, tomé café en Aquarium y a pie crucé el Turia por la pasarela peatonal del Mar. Lucía el impagable sol del membrillo y entre las manos se me fundía la felicidad. Sólo me faltó la victoria del Valencia. A cambio, pude saborear la frase leída un par de horas antes en un sobre de azúcar: 'Cruzar puentes es un acto filosófico'. En ese instante sinteticé todos los partidos en que, por vivir tan cerca del Templo, me había perdido el inmenso placer de salvar a pie el puente del Mar. De manera súbita hice mía la serenidad aristocrática de las gentes de tribuna y su estoicismo nada asilvestrado ante las adversidades deportivas. Comprendí de golpe que vivir junto a Mestalla me cegaba. Era otro hombre. Más sensato, menos impulsivo. Había dejado atrás mi disfraz de forofo iracundo.

Acepté que, más allá del tópico fusteriano de coger la vaca por los cojones, la filosofía era y es el acto de cruzar puentes camino de Mestalla. En tardes soleadas, en días tormentosos, en frías noches de invierno. Lejos, narrativamente lejos del relato decimonónico de la dos veces leal y su perfil más retratado durante cinco siglos. Pero cerca, infinitamente cerca, del sueño urbano de buscar nuevos horizontes al otro lado del río.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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