divendres, 11 de febrer del 2022

50 ANYS SENSE VICENTE PERIS (II)


LO QUE ESPERAMOS DE NUESTRO PUBLICO.

Publiquem hui la editorial escrita per Vicente Peris per al Programa del partit València CF - Club Atlético de Madrid disputat el 13 de febrer de 1972, el mateix dia de la seua mort. Les paraules son tot un homenatge en elles mateixa al compromís i a la visió d'un club, legitimada pel compromís constant, lluny de les fanfàrries que, posteriorment, s'han instal·lat en el missatge institucional del Club.


Hemos recibido de nuestro público numerosas e impresionantes pruebas de adhesión a los colores de nuestro club. Todavía vive en la memoria de todos nosotros el gran recibimiento que se tributó a nuestro equipo con ocasión de la visita del UD Las Palmas. Aquel recibimiento exaltó de tal manera el entusiasmo de nuestros jugadores, que se consiguió una de las más brillantes victorias de la temporada.

La identificación de la gran familia valencianista con las inquietudes deportivas del club es siempre importante. Lo es muchísimo más en los momentos amargos. Los aplausos de nuestros seguidores, su ilusión y su perseverante apoyo nos obligan a todos a superarnos, a no dejarnos ganar por el desaliento y a mantener en alto las banderas de las más ambiciosas aspiraciones. Hemos de repetir lo que tantas y tantas veces hemos proclamado con legítimo orgullo: que nuestro público, el público valencianista, es el mejor de cuantos fichajes hemos realizado.

Luego de nuestro desafortunado partido en Gijón hemos de recibir al At Madrid. Esta connotación, teniendo en cuenta la calidad y el prestigio de nuestro adversario, es de mucho compromiso para nosotros.

Para resolver favorablemente este encuentro confiamos en el esfuerzo y en el pundonor de nuestros jugadores y en la habilidad estratégica del director técnico del equipo. Pero confiamos también en nuestro público. No dudamos de que generosamente sabrá medir las circunstancias del partido y, dejando a un lado el disgusto que a todos nos ha producido nuestra visita a el Molinón, contribuirá a que los hombres que visten el glorioso uniforme del Valencia C de F se empleen sin otras preocupaciones que la de alcanzar el triunfo.

Por anticipado, queridos consocios y amigos, agradecemos los aplausos que vais a dedicar a nuestros jugadores en este dificilísimo partido. El encuentro con el Atlético de Madrid, como nadie ignora, entraña una indiscutible trascendencia para el porvenir del Valencia C de F en la liga actual. Vuestros aplausos recordarán a los jugadores de nuestro equipo, deseosos todos ellos de borrar el mal efecto de su actuación en Gijón, que tienen el deber ineludible de emplearse a fondo, con la más firme e insobornable voluntad de victoria.

EL GERENTE.


ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA.

dimecres, 9 de febrer del 2022

50 ANYS SENSE VICENTE PERIS (I)


Coincidint amb el 50è aniversari de la dolorosa i sobtada desaparició del que va ser gerent i "alma mater" del club, recuperem part de l'humil i xicotet homenatge que el col·lectiu d'Últimes vesprades a Mestalla li va fer a l'any 2012, per recordar l'empremta que deixà D. Vicente Peris a la història del València C.F.

Imatgens 1939 - 1972














ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA.





diumenge, 19 de desembre del 2021

EL VIEJO CASALE EN SEVILLA




Era el primer martes del mes de septiembre del año del Centenario. Estaba en el Hospital Quirón de Blasco Ibáñez (no podía ser otro, el mas próximo a Mestalla que hay en Valencia) tumbado en una camilla, preparado para entrar en la sala de quirófanos, cuando llegó la anestesista.

Sus primeras palabras de cortesía fueron suficientes para darme cuenta de que era argentina. Me dijo, muy dulcemente, que me iba a pinchar para dormirme y que lo mejor era pensar en algo que me resultara agradable.

Le pregunté si sabía quién era “el Negro” Fontanarrosa y me respondió: “Che boludo, ¿pero qué me preguntás?… Soy de Rosario y soy de Central, canalla a muerte. ¡Y los leprosos putos que se vayan a la concha de su madre!”

Le dije, pues, que le iba a contar una bonita historia, ocurrida en Sevilla escasamente tres meses antes, donde todo empezó para que yo estuviera en esos momentos en la camilla, y en la que un amigo, hay que decir que un poco cabroncete, me llamó el Viejo Casale. “¡Bárbaro!”, me respondió. Y se fue cantando 🎶🎶🎶 “Aldo Poy, Aldo Poy, el papá de Ñulsolboys” 🎶🎶🎶

Entonces, no sé si caí profundamente dormido debido a los efectos de la anestesia o por el shock que me había causado escuchar que la anestesista era hincha de Central.

Evidentemente, ya no pude contarle la historia, pero teniendo en cuenta que el 19 de diciembre de 2021 se cumple el 50 aniversario de la palomita de Poy, creo que ha llegado el momento de contársela a ustedes.

No me tuvieron que secuestrar los muchachos de la Sud (que los imagino como lo más similar a el Dani, el Cuqui, el Miguelito, el Valija, el Rulo y el Colorado), ni subirme a un omnibús engañado para estar en Sevilla. Era una Final a la que habían muy pocos motivos que me pudieran impedir ir. Afortunadamente, no se dio ninguno de ellos.

El viernes por la mañana salimos de Valencia, en mi coche, mi hermano Javier, mi hijo Pablo, su amigo Miguel (por ausencia -qué lástima- de última hora de mi hermano Juan Carlos) y yo mismo al volante. Pero no íbamos solos. Venía con nosotros, cuál quinto Beatle, el espíritu del más incondicional de los valencianistas que jamás ha existido, Jorge Iranzo, en forma de su bufanda talismán.

Iba a ser la primera final con mi hijo Pablo. Fue inevitable acordarme de aquel ya muy lejano sábado del mes de julio de 1971 (escasos 6 meses antes de la palomita de Poy) cuando salimos camino de Madrid mi abuelo, mis padres, mi hermano Javier y yo para ver la Final de Copa contra el Barça, mi primera final, en el nuevo coche familiar, un Morris MG color mostaza (“Morris, ja veus tu, aixó es nom de gos”, refunfuñaba enfadado mi abuelo Jesús. “El tío Ramonet el sant tenía un gos que li dien Morris. Els alemans sí que saben, sí: Mer-se-des”). Repetíamos rival. El Barça de Messi era un equipazo, igual que lo era aquel Newell’s del 71. Pero, sobre todo, no quería volver repitiendo durante todo el viaje de vuelta el mantra que repetía mi abuelo cuarenta y ocho años antes: “Mos han robat, xiquets. Mos han robat. Fills de putes”. Si cierro los ojos, aún puedo oírlo perfectamente. Y mi madre diciéndole: “Pare, que están els xiquets. No diga paraulotes”. A lo que mi abuelo respondía: “Fills de putes. Mos han robat, xiquets. Mos han robat. Fills de putes”.

Seiscientos cincuenta kilómetros nos separaban de Sevilla. Pensé cuántas veces habría hecho Jorge ese camino sólo para ver al VCF. ¿Sesenta quizás?. No me iré mucho.

Llegamos a Sevilla a primera hora de la tarde. Por supuesto, al salir de la Comunidad Valenciana sonó tres veces el claxon.

Tras dejar las maletas en el hotel, en pleno barrio de Triana, nos dirigimos junto con algunos amigos más a la Casa Regional Valenciana de Sevilla. Allí había un acto de presentación del libro autobiográfico de Mario Kempes, con la presencia del propio “Matador” y Enrique Arce, “Arturito”, como maestro de ceremonias; dos murciélagos con alma canalla. Nunca hay que dejar escapar una ocasión para ver al más grande en persona y, esta vez, tampoco lo íbamos a hacer.

Tuvimos que quedarnos de pie al final de la sala, pues no teníamos invitaciones. Y a los pocos minutos empezó mi calvario. Tras un sudor frio y un dolor muy intenso que intentaba disimular, caí fulminado perdiendo durante escasos segundos la conciencia. Al recuperarla, aún medio aturdido, es cuando el cabrón de Jose Carlos, mientras yo estaba en el suelo realmente jodido, me dice, “Jesús, no te preocupes. Si te mueres, te escondemos en la habitación del hotel, mañana te metemos en el Villamarín y hacemos como si te hubieras muerto allí. Y Rafa Lahuerta escribirá una maravilloso relato. Vas a ser nuestro Viejo Casale”. Su hijo, Rober, le miraba preocupado, como preguntándose si su padre hablaba en serio. Lo sabía capaz por una puta victoria del Valencia en aquella Final. Pero lo peor es que a mí me pareció un buen plan. Solo me sabía mal por mi hijo (mi mujer y mi hija, como no estaban allí, aún no me preocupaban demasiado).

Bueno, el caso es que al cabo de unos 15 minutos empecé a sentirme mejor a medida que fue disminuyendo el dolor hasta desaparecer. Al finalizar el acto, aún nos hicimos una foto con Kempes, que nos firmó la camiseta. Parecía que todo había quedado en un susto.

Los dolores remitieron lo que tardó en desaparecer el subidón que produce hablar con Mario unos segundos, hacerse una foto con él y que te firme la camiseta. No voy a entrar en detalles. El caso es que hubo que improvisar un cambio de planes. En lugar de , como estaba previsto, disfrutar de Sevilla, cenar y terminar la noche en el tablao de Casa Anselma con primo Vicente y otros amigos, terminé, a poqueta nit, en la sala de urgencias de un hospital. Un buen chute no sé de qué en ese mismo momento, que me dejó grogui casi al instante, y una buena dosis de pastillas cada cuatro horas para el día siguiente deberían ser suficientes para aguantar el dolor hasta nuestra vuelta a Valencia el domingo. Si no fueran suficientes las pastillas, vuelta al hospital para otro chute. Eso me dijo el médico sevillano de urgencias que me atendió, madridista por cierto, para empeorar, si ello era posible, las cosas. Hay que decir que su diagnóstico fue que no era nada grave, pero podía ser tremendamente doloroso y dar bastante por saco. Mejor aplicar la frase esa que dice que no es un problema grave si no lo conviertes en un problema grave. A dormir.

Y llegó el día del partido. El gran día. Sonó el despertador. Me tomé la primera pastilla del día, me puse la camiseta del Centenario, cogí la bufanda de Jorge Iranzo y a la calle. No iba a ser fácil. Mas bien iba a ser muy difícil, casi imposible, pero necesitaba creer que algo extraordinario era posible.

Fue salir a la calle e, inmediatamente, darme cuenta que era posible. Realmente algo extraordinario estaba sucediendo. Como decía Lawrence de Arabia, las ilusiones pueden ser muy poderosas, y en ilusión ya estábamos ganando por goleada. Todo eran cánticos valencianistas, risas, tracas y hasta tabalets y dolçaines oías por las calles sevillanas. Y tracas, más tracas. Mientras, los aficionados culés paseaban tranquilamente por las calles de la ciudad. Para ellos era otra final, un día más en la oficina. Sin duda, ahí, en las calles de Sevilla se empezó a ganar el partido. Los aficionados empezamos a ganar el partido.

Así durante todo el día. Entre la euforia y la medicación tenía la sensación de como si no hubiese pasado nada el día anterior. Hasta que, a mitad tarde, llegó la hora de ir al Estadio. Empezaron de nuevo los dolores. Cada paso que daba el dolor era aún más intenso y volvía el fantasma del viejo Casale. Como no había modo de pillar un puto taxi, le propusimos al vendedor de tickets de un bus turístico de Sevilla que en lugar de hacer una ruta por la ciudad nos llevara directamente al Estadio. Negociamos el precio a sabiendas de nuestra inferioridad en la negociación y, aunque salió algo caro, aceptamos. Todo un éxito, ya que la inmensa mayoría de los valencianistas que pasaron por allí se subieron y los aficionados culés, haciendo gala de su merecida fama de tacaños, al preguntar el precio empezaban a blasfemar y seguían andando. La pela es la pela. Resultado: bus turístico lleno de valencianistas, ondeando banderas y cantando el Amunt València.

Fue entonces cuando me di cuenta que había perdido la bufanda de Jorge. Y eso fue bastante más doloroso que mis achaques de salud. Además, para ese dolor no había medicación posible, ni chute en forma de pinchazo que lo aliviara. A día de hoy, dos años más tarde, esa herida sigue abierta y aún sigue doliendo, y mucho. Espero que su hermano Javier no piense eso de que el infierno está lleno de buenas intenciones, aunque lo entendería si lo hiciera.

Entre el dolor físico y el anímico, no llegué en mi mejor momento al Villamarín, pero una Final hace que te olvides de todos los problemas, no te duele nada (o si te duele, no lo notas). Con el gol de Gameiro te abrazas con tu hijo, con tus amigos y con los que no lo son y con el de Rodrigo (humillación incluida de Carlitos Soler a Jordi Alba) ya entras en éxtasis, ríes, lloras y repartes más abrazos que el añorado Jesús Barrachina. Cuando Messi recorta distancias te entra el canguelo. Aún quedan diecisiete minutos que parecen eternos. En los minutos finales, por dos veces, te cagas en la madre que parió a Guedes. Y te vuelves a acordar del viejo Casale. Y sólo deseas no palmarla, al menos antes de que termine el partido, esperando dar y recibir el mejor abrazo de tu vida, ese que te funde con tu hijo por primera vez celebrando un título, mientras lloras descontroladamente, sin poder parar, de alegría. Y, además, sabiendo que a tu lado, el amigo idóneo para compartir ese momento, también está a punto de vivirlo por primera vez con su hijo.

El árbitro silba el final del partido. Y sucede lo que tanto deseabas. Pero aún es mucho más bonito de lo que habías imaginado. No existen palabras para expresarlo o, al menos, yo no las encuentro.

Ahora sí, pensé, ahora ya me puedo morir, como el viejo Casale, con ese brillante final que “El Negro” Fontanarrosa le da a su maravilloso cuento: “Si uno pudiera elegir la manera de morir… Yo elijo esa, hermano. Yo elijo esa”.

PD: El día 19 de diciembre de 2021 mientras la OCAL celebre con su maravilloso rito la recreación de la palomita de Aldo Poy, mi madre cumplirá 87 años. Y, a pesar de que su maldita enfermedad no le permite acordarse de las cosas, como cada año, nos cantará el Amunt València, nos recordará que Puchades-Pasieguito son la mejor media que ha tenido el Valencia C.F., rectificando rápidamente “bueno… del Valencia solo no, del mundo” y nos dirá, una vez más, que ella será del Valencia hasta que se muera. Y añadirá: “Pero aún no, eh, aún no”. Que así sea.

De pares a fills. De iaios (i iaies) a nets.

Amunt sempre!!!

Jesús Roig Sena (Socio número 771 del Valencia C.F.)

dijous, 9 de desembre del 2021

VALENCIA, 11 DE DICIEMBRE DE 2021


@arturomarzal
                                                                                                       

Si me dieran la posibilidad de elegir a qué temporada de las vividas junto al Valencia me gustaría volver, elegiría la 1986-87. Sí, la que jugamos en Segunda División, dejando de lado incluso la de 2004 en la que fuimos declarados el mejor equipo del mundo tras ganar la Liga, la UEFA y la Supercopa de Europa.

Lo haría por muchos motivos, quizá algunos de ellos maquillados en el recuerdo por el paso del tiempo, pero aquella temporada fue objetivamente especial, los que la vivimos en primera persona lo sabemos.

Pertenezco a esa generación de valencianistas que llegamos demasiado tarde a la época de oropeles de nuestro club y demasiado pronto a la de sus miserias. Fuimos los que vivimos nuestra adolescencia, esa etapa tan determinante y rebelde en la quizá temporada más rebelde y determinante de la historia de nuestro equipo.

El destino, sin preguntarnos, nos eligió como protagonistas, sin apenas experiencia y con la responsabilidad de llevar en volandas a nuestro Valencia hacia su regreso a Primera.

Y cumplimos, vaya si cumplimos, no partido a partido como se dice ahora, sino segundo a segundo de cada uno de aquellos partidos, play off incluido.

Aquella temporada Mestalla, entonces Luis Casanova, fue una fiesta constante, la etapa más pop de su grada, la movida “valencianí”, el resurgir de un equipo desde la pirotecnia que nos caracteriza, dicho como metáfora y como realidad tangible que pueden atestiguar las banderas que aún guardo chamuscadas por las tracas y bengalas que prendían en la Vieja General de Pie.

Haber estado allí, cuando el club más lo necesitaba, os aseguro que es una de las sensaciones más reconfortantes y satisfactorias que he sentido como valencianista.

Como escribió el maestro JVA en su inolvidable artículo “Un sentimiento heredado” publicado el domingo 12 de mayo de 2002, tras la consecución del título de Liga 30 años después, “aquella copa era de todos, pero de algunos un poco más que de otros”. Así nos sentíamos nosotros, pletóricos de orgullo interior por la fidelidad demostrada.

De esa misma fecha es el texto “Un sueño realizado” en el que mi amigo Rafa Lahuerta comentaba que en la espera de un nuevo éxito (por suerte no fue así) podríamos tardar otros 30 años, que en esa espera habría deserciones y bajas pero que lo verdaderamente importante era que durante ese tiempo hubiese niños que soñaran y padres que contaran. Y que el relato se perpetuara en la memoria.

Han pasado casi 35 años de aquella temporada irrepetible y única del retorno a Primera División. No solo recuperamos la categoría, en todas su acepciones, sino que fue un chute de energía y músculo social cuya gasolina nos dio para atravesar otros tantos años de tedio y plomo hasta llegar a la etapa más gloriosa de nuestro club, el lustro 1999-2004. Nos lo merecimos todos, pero especialmente aquella generación de locos adolescentes que nos confirmamos en nuestra fe cuando las aguas de la acequia de Mestalla venían tan revueltas.

Estos días previos a la Marcha “Per la dignitat del Valencia CF, Lim Go Home” que tendrá lugar el próximo sábado a las 12 horas, algo de aquella atmósfera tan lejana ha vuelto. Se nota en el ambiente.

En mitad de un panorama tan desolador causado por la nefasta gestión de Meriton, en la calle ha surgido la ilusión, la alegría, el compromiso de defender a nuestro club en un momento histórico que marcará su/nuestro futuro.

Vuelve a haber un ambiente pop, reivindicativo, alegre, esperanzado, social, comprometido y revolucionario, todo envuelto en ilusión y alegría, tirando de arte e imaginación, característica del pueblo de Mestalla sobre todo cuando nos tocan los cojones/ovarios: Carteles, canciones, textos, vídeos, pancartas, eslóganes…

Esto va de proteger un patrimonio, una cultura, un sentimiento, una forma de vida, un punto de encuentro, hasta si me apuran, un derecho que nos pertenece y se llama Valencia Club de Fútbol.

El próximo sábado tenéis oportunidad de formar parte de la historia de nuestro Club Centenario. Os aseguro que no hay celebración de título, por más importante que sea, que provoque tanta satisfacción como caminar al lado de nuestro Valencia en los momentos en que más lo necesita. Los títulos pueden esperar, qué remedio, pero el relato que se perpetúa en la memoria tiene lugar y fecha.

Os esperamos. 

Per la dignitat del Valencia CF.

LIM GO HOME


Jose Carlos Fernández, socio y accionista del Valencia CF.
Miembro de uvaM.

diumenge, 28 de novembre del 2021

EL ORGULLO QUE SEREMOS




A lo que se hace con y por amor nunca alcanzará el olvido. Se desdibujarán los rostros y se borrarán los nombres de sus autores pero los hechos permanecerán. No me cabe la menor duda.

Sucedió con aquellos cinco mil irreductibles que acudieron al Camp Nou aquel 12 de abril de 1986, con aquellos que acompañamos a nuestro club por los campos de Segunda hasta que volvió a ser lo que los valencianistas quisimos, con aquellos que pese a las ofertas venenosas de Paco Roig no vendimos nuestra dignidad y pasará con todos los que nos estamos movilizando, latido a latido, contra la nociva gestión de Peter Lim y sus cómplices.

Estamos en un momento histórico, aquí y ahora. No vale ni la equidistancia ni las medias tintas. Nos ha tocado a nosotros como antes les tocó a otras generaciones y somos responsables del legado que nos dejaron y del que dejaremos a nuestros hijos.

Se suele decir, y es cierto, que el fútbol nos regresa a la infancia, que es una forma de volver a ser niños cada quince días. Pero a los niños, biológicos o metafóricos, no hay que engañarlos, a los niños hay que enseñarles a querer al Valencia y ahora mismo eso significa a defenderlo de Meriton y su tiranía, la que trafica con sentimientos.

La militancia se forja con hostias como las de Mbia y con noches como las de Sevilla, cayendo al suelo y tocando el cielo. Pero hay algo mucho más importante que una derrota o una victoria, la dignidad, la esencia de lo que nuestro Valencia Club de Fútbol significa y sin la que no somos absolutamente nada. Y eso implica luchar, aquí y ahora, por recuperar nuestro club, por conseguir su libertad.

Observo a mi hijo tramando el plan con el que entrar a Mestalla un cartel de “Lim Go Home” sin que se lo requisen. Ya no es el acto inocente y que tanta gracia me hace de esconder el tapón de la botellita de agua que quitan al entrar, ahora es una auténtica lección de vida, una vez más, alrededor de nuestro Valencia. Ahora se trata de que ha comprendido que en nuestra propia casa intentan silenciarnos, que hay gente capaz de quitar la palabra a un pueblo, de mandarlo callar, de ponerlo en serio peligro de desaparición.

Recuerdo también a mi hijo con sus amigos ayudarme a hacer la pancarta “Lim, parásito de ilusiones” con la que fuimos a uno de los actos de protesta de hace unos meses. A él que por vergüenza nunca se atrevió a hacer una de “Soler, regálame tu camiseta”, y comprendo que ya está forjado en la militancia de nuestro Valencia Centenario como a nosotros nos enseñaron a entenderla, sirviendo a nuestro club y no sirviéndonos. Luchando por él y no mirando a otro lado, exigiendo su libertad.

Libertad y Valencia Club de Fútbol, quizá las palabras más bonitas que existen porque sin ellas no seríamos nosotros mismos.

Nos dirigimos a Mestalla mientras suena Aute en el coche: “¿Quién nos compuso el engaño de que existir es apostar a no perder? Vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar… Para qué seguir respirando si no estás tú… Libertad”.

Y pienso que dentro de 40 o 50 años, cuando nosotros ya no estemos, nuestros hijos nos recordarán ante sus hijos, devolviendo camisetas firmadas por toda la plantilla, rechazando invitaciones a desayunos en Mestalla, a subvenciones de locales, recorriendo las calles con pancartas hechas con nuestras propias manos, montando carpas los días de partido, agrupando acciones, burlando la censura… Contarán a sus hijos como en tiempos en los que nadie hacía nada por nadie, una masa de valencianistas nos movilizamos con y por amor a nuestro Valencia Club de Fútbol, simplemente porque nos necesitaba.

Y así, para las sucesivas generaciones venideras de valencianistas, como otras antes lo fueron para nosotros, aunque no recuerden nuestras caras ni nuestros nombres, el Valencia permanecerá y seremos orgullo.


José Carlos Fernández Haba.











dijous, 24 de juny del 2021

VALENCIA C.F. UN CLUB BERLANGUIANO (y XV)



PARIS-TUMBUCTÚ. 1999.

Michel des Assentes, cirujano plástico, cansado de la monotonía de su vida y deprimido por su impotencia sexual, intenta poner fin a su vida tirándose por la ventana. En el preciso momento de hacerlo, ve pasar a un ciclista con un cartel en el que pone “París-Tumbuctú” y cambia de planes. Le compra la bici y decide emprender la aventura del viaje. En el trayecto sufre un accidente que le hace acabar en Calabuch, un pueblo de la costa mediterránea con habitantes muy particulares.

La última película del genio valencianista, su premeditado epílogo. Justo en 1999, cuando nuestro Valencia comenzaba el lustro más laureado de su historia con aquella memorable Copa del Rey en Sevilla.

La película es coproducida por Jordi García Candau, periodista experto en fútbol y en la historia y entresijos de nuestro Valencia.

De nuevo Calabuch, nuestro universo Mestalla, como lugar escogido por el maestro para colgar sus botas, que no su genialidad pues le seguiría acompañando durante el resto de sus días.

Cuarenta y tres años después los habitantes del pueblo costero ya no son los mismos, los tiempos han cambiado. La desconfianza ha ganado terreno a la ingenuidad como ha sucedido en el pueblo de Mestalla por el continuo engaño que hemos sufrido todos estos años por muchos de los dirigentes que han gestionado el club.

La película, como nuestro Mestalla, huele a Mediterráneo, desborda luz y es más de personajes que de argumento. Juan Diego es un mecánico anarquista y nudista, Amparo Soler Leal una monja viciosa del sexo y la horchata y Santiago Segura interpreta a un cura condenado por el asesinato de un árbitro que pitó un penalti en el último minuto contra su equipo aunque él sigue justificándose en que la moviola, antecedente del VAR, le dio la razón. En estos tiempos de hortera corrección política sería imposible ese personaje, aún hay mucha gente que no entiende que la caricatura es una forma de denuncia inteligente, legítima y respetable.

El viaje que Michel realiza en bicicleta es su huida imposible pero a la vez ilusionante, nuestra “voluntad de querer llegar” como rasgo que siempre ha caracterizado al valencianismo.

A sus habituales ingredientes de sarcasmo y ternura, el maestro añade una importante dosis de nostalgia que convierte París-Tumbuctú en una película muy especial dentro de su filmografía, una maravillosa forma de despedida del mundo del cine y probablemente también de la vida. Se percibe en todo ello un hastío vital, un cansancio asumido, una humana e inevitable resignación de fin de trayecto en el que siempre se regresa un poco al principio. Lo hace con maravillosos guiños a muchos de los personajes, escenas y situaciones que han formado parte importante de su trayectoria profesional y personal, porque sus películas trascienden más allá del propio cine, como nuestro Valencia lo hace del propio fútbol tal como comprobamos en la temporada del Centenario, en aquella marcha popular y en aquel inolvidable partido de Leyendas en el que como en París- Tumbuctú, sobre la pantalla del césped de Mestalla rememoramos inolvidables escenas de partidos y jugadores de tiempos pasados, de diferentes etapas de nuestras vidas.

Berlanga, además de al fútbol, era un gran aficionado al ciclismo. En una escena de la película homenajea a Federico Martín Bahamontes, el águila de Toledo.
En la película utiliza la bicicleta como un símbolo de búsqueda de la libertad.

París-Tumbuctú es una comedia con un trasfondo tremendamente duro, como todo el proceso que ha ido gradualmente desgastando nuestro club hasta venderlo, una encrucijada terminal.

Tumbuctú (nuestro democratizar el club) está todavía demasiado lejos, juntos debemos ir pedaleando sin que la desesperanza venza a la ilusión.

¿Hasta cuándo nos durará la pasión en esta nueva realidad de nuestro Valencia en la que nos quieren hacer totalmente prescindibles?.

¿Debemos como Imperio “Cheaustrohúngaro” sacar la bandera blanca, ya sin el escudo del murciélago, a modo de rendición?.

En el último plano de la última película de nuestro director de cine más universal y querido, aparece un cartel con dos palabras y una letra: “Tengo miedo. L”. Como nosotros ahora con la incertidumbre que amenaza al club de nuestras vidas en manos de unos irresponsables que nada han aprendido en el tiempo que llevan aquí.

¿Cómo lo pudimos permitir?. Como solía repetir el genio cuando creía que la escena no había sido bien rodada: “¡Vaya cagada!”. Sigamos pedaleando, aún estamos a tiempo.

Pero para el último párrafo de este último texto de “Un Valencia Berlanguiano” con el que durante quince semanas hemos pretendido humildemente homenajear la vida y obra del genio valencianista repasando cada una de sus diecisiete películas relacionándolas con nuestro querido club para acercarlas principalmente a los más jóvenes, hemos elegido quedarnos con otra escena de nuestra especialmente querida París-Tumbuctú:

Manuel Alexandre, que en Calabuch interpretó al pintor de la entrañable barquita “Esperanza” en cuya “s” ponía toda su pasión, mimo y empeño, interpreta ahora un veterano anarquista que rotula la fachada del casino libertario mientras declara su pasión por la voluptuosidad de las “eses”. Cuarenta y tres años después, quizá de distinta forma pero con el mismo amor por esa letra. La de Sempre Amunt y Sempre Berlanga!.

¡Imperio Cheaustrohúngaro forever!



@MESTALLIDOS (Desde el tendido 7 de Mestalla, aspirante a secundario de Berlanga).