Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Carlos Arroyo. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Carlos Arroyo. Mostrar tots els missatges

dilluns, 14 de setembre del 2009

Elogio del Principe Pasmado

·
Lo primero que supimos de él fue que le llamaban Carlitos. Aterrizó en Mestalla en el verano del 84', de la mano del mítico Buqué e integrando un pack de 3: Jon García, Quique y él. Con buen criterio Carlitos se convirtió en Arroyo y el niño pasmado de pelo rubio ensortijado y mirada un tanto alelada dio paso a una promesa en ciernes que pronto, muy pronto, elevó el listón a galones de diamante en bruto.

Fue el de 1984 un verano diessel, de los de entonces. Asumidas las penurias, la grada no esperaba otra cosa que chavales con hambre a los que sin embargo saludaba con desdén. Lo paradójico de aquel 3x2 fue su rentabilidad. Y si Quique se ganó el respeto de la grada en su debut ilicitano, 0-1 con gol de Tendillo; a Arroyo le llegó el bautismo en aquel pseudopartido contra el Espanyol donde el Butano convirtió la palabra esquirol en arma de destrucción masiva. Esa tarde, Mestalla descubrió a un jugador talentoso, distinto, capaz el sólo de limpiar algunas de las telerañas que en ese momento descendían por la techumbre del heráldico anfiteatro de la avenida de Suecia. Tenía 18 años y jugaba oficialmente en el filial. Fue tal el impacto de su juego que hasta que subió de manera definitiva al primer equipo, las matinales de Mestalla recobraron el perfil de la vieja guardia pretoriana de las esencias, caídas en desgracia poco a poco desde el no ascenso de 1952. Sin pretenderlo, Arroyo le devolvió al filial el impulso y la chispa, la ilusión de ser vivero. De repente, muchos volvieron a ver los partidos del filial, y de 3.000-4.000 fieles se pasó a mañanas pletóricas de más de 10.000 devotos.

Sin duda, todos los que coincidíamos en aquellas matinales de ensueño en tercera división veíamos a Arroyo como el futuro crack del Valencia. Y es evidente que nunca como entonces jugó tan bien el chato. El gambeteo, la pausa, el pase largo, el cambio de ritmo. No tenía el VCF un jugador como él ni de lejos. La alternativa la tomó en el Villamarín, en enero de 1985. Un 1-3 ilusionante con la segunda vestimenta histórica más habitual: pantalón negro y camiseta granate, mi preferida.

Después, la cruda realidad se fue imponiendo y Arroyo siempre anduvo por debajo de esas enormes expectativas despertadas en el otoño del 84. Poco a poco, todos fuimos olvidando el anhelo del crack y asumimos lo que siempre fue: un excelente jugador de club. Uno de los fichajes más rentables de la historia, que tuvo, además, una de las despedidas más apoteósicas, bonitas y emotivas que se recuerdan en Mestalla. Se marchó con un gol, que sin llegar al escalón de los más celebrados, anduvo muy cerca. Fue en la penúltima jornada de la 95-96, también frente al Espanyol. Un año vibrante, con un equipo memorable que sólo por efecto de las inmediatas gestas que aguardaban a la vuelta de la esquina ha quedado en un injusto segundo plano. Esa, quizás, sea la metáfora más eficaz para retratar el paso de Arroyo por el Valencia. Su inequívoca tendencia a quedarse en una esquina del retrato.

A veces me lo cruzo por la calle y tengo la sensación de que ni siquiera él sabe quién es. Lo veo y dudo, con esa tripa indecente que le asemeja más a Españeta que a Baraja. Mantiene, por añadidura, la misma expresión anodina de rey pasmado a medio camino entre Gabino Diego y el príncipe de Bekelar. Que Arroyo nunca ganara un título en sus doce temporadas como valencianista es lo de menos. Lo suyo siempre fue otra cosa: el quiebro, la volea, la extraña sensación de que estaba entre nosotros para hacernos creer que todo, inevitablemente, acabaría por mejorar. Fue bastión de la ilusión en tiempos de penuria. Un secundario de lujo, discreto, callado, a ratos espectacular. Uno de esos magos que renuncian a la magia cansados de engañar a las multitudes y que intuyen, aunque no lo saben, que lo mejor, casi siempre, es guardar silencio y quedarse en un segundo plano.


Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del València CF
·

dimecres, 4 de febrer del 2009

El último Valencia clásico. La era Espárrago.

·
El actual Valencia que amamos, no el de los carruseles incesantes de expectativas ficticias ni el de la locura constante, sino el que nos recuerda a nuestra infancia, por el cual noventa minutos a la semana nos convertimos en niños de nuevo, tiene algunos pilares indiscutibles, que, la historia, si es justa, algún día habrá de ubicar en su merecido lugar. Me gustaría referirme, en especial, en estas líneas, a don víctor Espárrago, director técnico del “último Valencia clásico”, gobernado entonces por otra viga maestra de nuestra historia reciente: Arturo Tuzón.

Los partidos de la llamada “Era Espárrago”, me vienen a la memoria como los últimos del “Valencia Clásico”. A bote pronto cabría argumentar que son las últimas memorias de un Valencia en blanco total. Pero la justificación de “último clásico” alcanza aún al reducido número de fichajes (aumentando la parte de ilusión en cada uno de ellos), y a un Mestalla viejo y hogareño que era refugio de un club grande que volvió a serlo.

De Víctor Espárrago recuerdo muy especialmente su primera temporada, aquellas tardes en que Mestalla volvía a quedarse pequeño, con la frescura de una ilusión renovada. Su llegada es fiel reflejo de la línea de discreción y cordura propia del Sr. Tuzón y vino acompañada del primero de una larga y provechosa línea de porteros nacionales brillantes, Ochotorena en competición bajo los palos con un ya veterano Sempere. El portero vasco, con su inseparable camiseta Rasán gris fue la piedra angular de un Valencia renovado. Por la izquierda Zurdi, extremo desgarbado y un pelo a lo Cipriá Ciscar y también desde Asturias el eslabón mexicano de las eternas esperanzas blancas frustradas, un nuevo 9 interruptus: Lucho Flores y su simpático bigotito. Y, capítulo aparte, el gigante disfrazado, que era el gran Eloy Olaya, cuya dupla con Penev, debe entrar con letras de oro en nuestra historia.

Aquella temporada, mi primera como Socio del Club de pleno derecho, fue la del 1-0 casi eterno, partidos trabados, bien medidos tácticamente, victorias, peleas… sin más ambiciones que “Volver”…La tercera posición a final de liga fue, en aquellas circunstancias, un logro descomunal y que puso en órbita europea al valencia de los Quique, Fernandos, Arroyos y compañía…

El segundo año fue más que el “año Penev” (“llámenme Lubo” decía el talludo búlgaro ante el jocoso juego de palabras que provoca su apellido en castellano). La primera parte de la temporada estuvo, en realidad, sostenida por Toni y Fernando, además de los sempiternos Arroyo, Quique y Ochotorena. Lo del brasileño es un caso a analizar: 12 goles en la primera parte de la liga (y sus apasionadas y jolgoriosas celebraciones) merecen un análisis más profundo que aquella noche contra el Celta…

Vendría el Subcampeonato (la tarde de Cuxart contra el Logroñés) y una tercera campaña más discreta y olvidable pusieron fin al trabajo del mezcla doctor, mezcla alfarero, que fue Espárrago en nuestro club.

Del uruguayo se recuerda su chubasquero, su gorra, el balón blanco con triangulitos negros, a Modesto Emir Turren, alquimista de lo físico, la defensa Ochotorena-Quique-Voro-Giner-Arias primero, Camarasa después- Revert. Las gafas de culo de vaso y el cañón en la pierna de Tomás, El mundial de Italia con ¡Tres! Valencianistas, un Quique espléndido que no llegó, injustamente, a participar, un Fernando en la tradición del 10 (pocos minutos ante Corea) y Ochotorena.

Capítulo aparte merece el REGRESO A EUROPA, aquella noche europea, la primera de mi vida consciente, contra el Vitoria de Bucarest (3-1, estreno goleador, celebrado como era habitual en él, del brasileño Toni) y la épica ya trillada contra el Oporto, en aquel 3-2 que, los que lo vivimos, nunca olvidaremos.

Ver aparecer a los rumanos, con su equipaje azul, sus nombres casi impronunciables y la tensión de una eliminatoria europea, despertó del letargo europeo al viejo cemento que aún habría de ver noches de gloria infinita…Pero por aquel entonces, ganar a un equipo rumano, en UEFA era un triunfo más que memorable.

Aquel Valencia era peleón, serio, como su entrenador. Grande, pero sin delirios, rebosante de humildad, festejando toda victoria como se merecía, peleando cada balón como si fuera el último.

El “Último Valencia Clásico”… Como en una espiral del tiempo, llegó Hiddink y Mijatovic, la delirante era Roig y el nuevo cemento sobre el antiguo, la gloria europea… pero ya sin dorsales por titularidad, con foráneos comunitarios y Ligas de Campeones… El fútbol antiguo, el de toda la vida murió con los ochenta y, en Valencia, gracias a Espárrago y Tuzón, le dimos un entierro digno y, para siempre, memorable.


Sergi Calvo
Socio del Valencia CF
·