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divendres, 9 de març del 2012

Geografía e historia personal del fútbol valenciano

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Este article va ser originalment publicat al blog Un rincón apartado en juny de 2009.

A Rafa Lahuerta, Vicent Chilet, José Luis García y Felip Bens. Y a Pepe March, por supuesto.
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Déjenme que les cuente una historia personal, creada a partir de miles de sensaciones diferentes a lo largo de los últimos veinte años. Una historia que comienza a finales de los ochenta en el viejo Mestalla, todavía Luis Casanova, que se extiende en el tiempo hasta una fresca mañana de junio, y que tiene visos de alargarse, si la suerte y la salud me acompañan, durante otras cinco o seis décadas. El relato de una educación sentimental trenzada a base de briznas verdes de hierba y rayas de cal, de redes pintadas de colores, de rejas con escudos engarzados y azulejos decorados con nombres de familias. De enormes moles de piedra y cemento que nacieron con vocación de coliseos y acabaron resultando templos.

Contrariamente a lo que ocurre con muchos de mis amigos, que atesoran nítidos recuerdos de su primera vez en un estadio de fútbol, yo no soy capaz de encontrar en mi memoria el punto de inicio de toda esta fábula. Reconozco que soy malo para rememorar los debuts. Fue en Mestalla, claro. De la mano de mi padre. Y paren de contar. A partir de aquí sólo hay destellos, fugaces imágenes que a veces se congelan: la vertiginosa sensación de ver el fútbol desde lo alto de la grada, tan diferente del campo de tierra del Benetússer que frecuentábamos todos los sábados; el olor del embutido preparado en el corazón del estadio; el parsimonioso ondear de las banderas de los clubes de Primera allá en lo alto de la grada; aquel videomarcador que escupía anuncios, alineaciones y goles con la imagen del entonces innovador teletexto; la ilusión del niño, foto en mano, esperando en la puerta del vestuario la salida de los jugadores; y la salida de Mestalla en dirección al coche verde de mi padre, mano cerrada sobre el papel con los autógrafos de Giner y Fernando

Hace una semana escuché una entrevista a John Carlin en la que confesaba que uno de sus mayores miedos era que un día su hijo le confesase que no le gustaba el fútbol. Durante muchos años mi padre debió temer lo mismo. A él, deportista amateur antes de hacerse polvo una pierna sobre un cuadrado de juego, apasionado aficionado, certero comentarista, le había salido un hijo raro, sin aparente interés por el fútbol. Mientras otros niños consumían su infancia en el irregular piso del enorme descampado de Zafranar, eterno balón en los pies, su chiquillo pintarrajeaba, corría, aprendía a leer. Nada, sin embargo, que lo acercara a una pasión tan envolvente como la que él sentía por su equipo y su deporte favoritos.

Hubo suerte. Mi conversión a la religión balompédica fue fulgurante. En un cortísimo espacio de tiempo pasé de obviar todo aquello que sonase a balón y juego a rellenar libretas y papeles de todo tipo con alineaciones y dibujos sobre fútbol. Complacido, mi padre se animó a llevarme a Mestalla. Siempre de manera intermitente, una o dos veces al año, nos aprovechábamos de las ausencias de mi tío Paco o de algún partido menor para atravesar la ciudad y plantarnos en el estadio, en medio de aquel añorado bullicio de la Valencia de comienzos de los noventa.

Pasaron los años. El balonmano irrumpió de golpe en nuestras vidas y desplazó parte del espacio dedicado al fútbol. Sin embargo algunos días, a la salida del Universitari, buscábamos la luz emanada por el cercano faro de Mestalla antes de volver a casa en el metro. Eran los años de gestación del gran Valencia de Ranieri, Cúper y Benítez, los del retorno a la ilusión de saborear victorias para varias generaciones de valencianistas y de descubrirlas para los más jóvenes. Al poco tiempo comencé a trabajar y nuestras episódicas visitas al estadio acabaron menguando casi hasta desvanecerse. Como contraprestación vivíamos los partidos de noches de sábado en el bar, rodeados de un buen número de parroquianos que acabaron por convertirse en personajes fijos en nuestras vidas. Allí, a varios kilómetros de Mestalla, construimos nuestro pequeño refugio, con la compañía de la fanta y la cerveza, del cortado descafeinado y el tocado de Terry, del bocadillo de tortilla y el de jamón serrano. Descubrí la felicidad de poder festejar un gol que da una Liga, o del que te acerca a coger una asa de la copa de la Champions. Y en nuestras escasas salidas, siempre que el horario lo permitía, vibrábamos de emoción con los nuestros. Como en Sevilla, la gran fiesta del valencianismo en la última década, que vivimos en primera persona.

El segundo año del trabajo me hizo desembarcar en el Ciutat de València. Cada quince días tomaba el metro y, tras franquear las puertas del estadio de Orriols, me adentraba en una historia completamente diferente a la que había vivido y mamado en casa. Una realidad alternativa que hasta entonces me había alcanzado de refilón en la media docena de ocasiones en que había visitado el campo. Un cuento repleto de personajes entrañables como Manolo Preciado, Raimon o Enriquito, de picapedredos del fútbol. También de cafres, que como en todas partes asoman la cabeza en los momentos dulces y la esconden en los duros. Poco a poco fui desarrollando una simpatía más que justificada, a pesar de Mijatovic y de Villarroel, por aquel equipo que vestía de azulgrana y al que todo parecía salirle mal. Quizá mi amigo epistolar Rafa Lahuerta la achaque a una particular evolución del síndrome de Estocolmo. Puede que sea así.

Pasé tres temporadas asistiendo regularmente a los partidos del Llevant en Orriols. Allí viví el ascenso a Primera División de un equipo que, hasta entonces, sólo había jugado dos años entre los mejores. El Ciutat de València pasó a convertirse en otro escenario más de mi historia futbolística. Mi padre, que muchas veces me acompañaba, no perdía ocasión, en la vuelta a casa, para sacar punta a lo visto en el partido de turno. La charla solía fluctuar entre la aseveración tajante de mi padre y mi dubitativa justificación de la realidad granota. El Llevant jugaba mal, sí, pero al menos había emoción sobre el césped. El campo estaba plagado de madridistas, pero también había algunos realmente puros de corazón como mis entonces desconocidos y hoy germans Felip Bens y José Luis García. Qué mal hicieron en marcharse de Vallejo. ¿Tú sabes dónde estaba Vallejo? No. Y me explicaba someramente sus visitas al antiguo campo del Gimnástico, junto al río y l'Estacioneta, y la historia del gato y la palmera, y Ferrete, Wilkes y demás.

Luego llegó la promoción profesional y el abandono de la emoción del día de partido en el estadio, con puntuales excepciones. Retorné a Mestalla con motivo de las rondas clasificatorias de la Intertoto y la UEFA y pasé buenos y malos momentos, de los que algún vividor del club fue coprotagonista. Allí, bajo la cabina de prensa, protegido por la vetusta tribuna del estadio, asomaba mi padre. Crítico como siempre, seguía el fútbol amparado en la experiencia que otorgan cincuenta años como testigo accidental del fútbol valenciano. También volví a Orriols para ver al Llevant retornar a Primera. Solían ser visitas de sábado por la tarde sin la compañía habitual. Sometido ya a una agotadora diálisis, mi padre se quedaba en casa descansando. Veía el partido por la tele y a mi vuelta a casa retomábamos el ritual del comentario a dos voces. Hasta que toda esta historia compartida se desvaneció para siempre, pocos días después de un Valencia-Paris Saint Germain de pretemporada.

Desde hace unos días frecuento por cuestiones laborales el entorno de Mestalla y el solar del antiguo Vallejo. Al pasar por ambos lugares me detengo al notar una punzada en el corazón. Oteo las esquinas de Mestalla en busca de la vespa blanca con el escudo del murciélago o el chico bajito de los rizos, el cuaderno y la prosa limpia y magistral. Pienso, al pasar por la finca que ocupa el que fuera escenario de las glorias del equipo de limpio y honroso historial, en esos sufridores levantinistas de base que luchan por desligar al club de sus amores de una imagen tan baqueteada y maltratada, tan folklórica. Y recuerdo a mi padre, honorable culpable de mi introducción en el mundo del fútbol. Bendito y añorado creyente...


José Ricardo March
Seguidor del Valencia CF
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diumenge, 16 de gener del 2011

El gran olvidado del derbi

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Article publicat al diari Levante-EMV el dia 13 de gener de 2011.



Después del partido del pasado domingo entre los dos equipos más representativos de la Valencia futbolera, tras noventa minutos que no pasará a los anales del fútbol por su buen juego, asistimos ahora a la polémica que un partido de tanta rivalidad genera no sólo en las tertulias de aficionados, sino también entre miembros de nuestra prensa local, destacando el «pique» entre V. Chilet y J. L. García, cada uno desde su trinchera futbolística-sentimental, en las páginas de este periódico. Para el amante del fútbol y de sus «mundos paralelos» este partido ha sido más interesante, rico y pasional que el jugado sobre el césped del Ciutat de València.

Con todo, no podemos olvidarnos del gran perjudicado de este derbi, que no es otro que el histórico CD Mestalla, el actual Valencia CF-Mestalla, equipo que ha protagonizado muchísimos más partidos de rivalidad ciudadana contra el Levante UD, tanto en categorías nacionales (2.ª, 2.ª B y 3.ª división) como en regionales, que el primer equipo valencianista. Además el CD Mestalla fue el segundo equipo de la ciudad en ganarse el mérito de jugar en Primera, la temporada 1951-52, más de una década antes que el Levante UD.

Así pues, sirvan estas líneas para hacer justicia y recordar a un equipo que tanto para xotos como para granotes merece un lugar destacado en la historia de la rivalidad futbolística valenciana y que durante muchas décadas ha tenido que defender el pabellón valencianista frente a las huestes levantinas.


Josep A. Bosch Valero
Soci del València CF
Historiador
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dimecres, 9 de setembre del 2009

El centenari

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Montes marcant un dels dos gols que anotà en un Gimnàstic FC 0- València FC 2 de l'any 1926 al Camp de Vallejo.

Escric estes línies amb la necessitat de que algú puga ajudar-me. Acabe d’eixir de declarar davant el jutge per entrar a una propietat que, segons ell no és meua, encara que allí es on tinc un bon troç del meu cor i la meua memòria està plena del seus records.

Vos jure que mai havia fet una cosa com la que vaig fer ahir. Espere que es fiqueu en la meua pell, i no em jutgeu per que de ben segur que vosaltres haguereu fet el mateix.

Ahir a la nit vaig eixir de sopar amb els amics. Després, recorde que anarem a prendre una copeta o tal vegada més d’una, no ho se.

El càs, és que quan tornava cap al meu cotxe, al passar per una de les portes de Mestalla de l’Avinguda de Suècia, la vaig vore mig oberta. Ja era tard i ahir a la nit no hi va haver partit. Sense voler, vaig fer algo del que no m’arrepenteix, encara que segons la policia i el jutge de guardia pot ser catalogat com a delicte.

Com estava contant-vos, vaig entrar i em va sorprendre que no era l’ùnic que estava al camp, encara que la vestimenta del públic no era l’habitual: homes amb "canotiers", xiquets amb pantaló curt, moltes gorres, bruses, espardenyes i algun que altre pedàs en la roba.

Sobre l’herba vint i dos jugadors: Blanquinegres i blaugranes, valencianistes i gimnastiquistes, el València i el Gimnàstic.

A les grades un gran ambient, l’afició dividida. Els dos clubs de la "ciutat" cara a cara. El motiu de tanta espectació no era altre que el partit del centenari. Ahir, el Gimnàstic FC, el nostre gran rival capitalí, complia cent anys. A les grades, hi havia qui havia estat esperant este partit des del 1939.

Entre els nostres jugadors, els millors entre els millors, dels anys vint i trenta: Cano, Cubells, Montes, "Marinet", Rino, Costa, Conde, Pasarín... entrenats pel txec Anton Fivber, i a la seua ombra Luis Colina, sempre atent a tot el que passava.

Els dels Gimnàstic tampoc es quedaven arrere: Civera, Cervelló, Ventura, Armet, Boro i per damunt de tots ells el gran Enrique Molina, qui va jugar mitja part en cada equip. Ja que, encara que triomfa com a valencianista, en una ocasió com esta no podia oblidar el seus origens i... vaja com jugà.

Per a que no faltara cap ingredient l’arbitre, com no podia ser d’altra manera, va ser el senyor Milego, d’esta forma en cas de derrota els gimnastiquistes sempre podriem tirar-li a ell la culpa. Per alguna cosa era, a banda d’arbitre, fundador del club de Mestalla.

I ara, es preguntareu ¿Per què a Mestalla? La resposta, és ben senzilla, al Gimnàstic ja no li queden referents: ni el camp del Patronat, transformat en centre comercial, ni l’Stadium del riu, convertit en jardí urbà, ni tan sols Vallejo ha pogut sobreviure. D’estos primers anys gloriosos del futbol valencià sols queda Mestalla, i desgraciadament, no per molt de temps.

El resultat no vos el diré, si el voleu saber, haureu d’anar al judici i explicar-li al jutge, que vosaltres, en el meu cas haguereu fet el mateix i que una ocasió com esta sols passa una nit cada cent anys.

Josep Bosch.
Soci del València CF
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dimecres, 14 de gener del 2009

Nuevos horizontes

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Muchos aficionados del Levante acuñan una frase que suelen promulgar con orgullo: "El levantinista nace, y el valencianista se hace". La propagan a los cuatro vientos, por regla general en bares y lugares hasta los topes de "xotos" con los que buscan iniciar un pique. También, por regla general, suelen conseguir su propósito. En esta ciudad, es sacar a pasear el tema del fútbol o de las Fallas para iniciar poco menos que una batalla campal dialéctica.

Tengo que confesar que no me gusta esa forma de pensar. Yo nací levantinista. Mi padre lo era. Mi tío lo era. Mi abuelo lo era. Nací en El Cabanyal, cuna del mundo granota, y quedé irremisiblemente marcado por ese sentimiento. No sé cuando la escuché por primera vez, pero es una frase que nos pega. "Forjados en el yunque de la adversidad". Toma ya. A ver cuántos aficionados se autodefinen de ese modo.

El caso es que siempre he sido abonado del Levante. Y accionista, desde que nací, cuando mi padre nos puso varias acciones a mi nombre y al de mi hermano. Pero llegó el momento de probar cosas nuevas. Hasta los doce años, el Valencia CF para mí era un completo desconocido. Era "el otro equipo de la ciudad". En mi colegio, cuatro amigos se juntaron: habían decidido sacarse el pase de Mestalla. Yo me uní. Inquieto yo, quería ver fútbol de Primera, ya que en aquel momento el Levante navegaba entre las turbulentas aguas de la Segunda y el lodo de la Segunda División B. "Un complemento", me dije, "así veo el doble de fútbol".

Y me saqué el pase, junto a mis cuatro colegas. Era la última temporada de Cúper. Las finales de Champions. Todo. Desde mi asiento en la fila siete del Gol Xicotet Baix, pude vivir algunos de los momentos más míticos de la historia reciente del valencianismo. El partido contra el Arsenal, con la exhibición de "Alieu" Carew. La noche mágica frente al Leeds. El debut de Zidane en España, con Albelda dándole hasta en el carné de identidad. Todo desde el Gol Xicotet, lugar al que acceder resultaba una auténtica tortura china debido a los dos millones trescientos mil escalones que había que remontar para llegar a mi asiento. A los trece, llegaba con la lengua fuera. Ya con dieciséis, se me pasaba en un suspiro.

Aquellos años de abundancia futbolística en el Camp de Mestalla me sirvieron, sobre todo, para entender al aficionado blanquinegro. Al pipero, al del puro, al del caliqueño, al del porrito, a la señora con la cara pintarrajeada tratando de parecer veinte años menor. A las parejas jóvenes de aficionados, el con la camiseta naranja y mordiéndose la uñas, ella tratando de que el chico le prestase más atención. Siempre cuento la anécdota de un crack que tenía en la fila de delante, que solía colar una petaca de whisky, y que en el partido contra el Leeds saltó sobre su asiento... hasta que lo partió por la mitad. Comenzó la temporada siguiente, ¿y creeís que el asiento era nuevo? Nanai. Cosas de Mestalla.

Uno de los mejores recuerdos que siempre recordaré de aquella etapa fue en el tan esperado derbi. Valencia-Levante. Enero de 2005. Yo, con mi camiseta del Levante, embutido en una chaqueta para que no me viese nadie. Mis amigos, gritándole a todo aquel que quisiera oír: "¡Eh, este es del Levante!" Sí, soy del Levante, pero no soy gilipollas, algo que cada día abunda más en los campos de fútbol. Hace años, llevar la camiseta de otro equipo en un estadio te valía un par de insultos. Ahora, la gente pega palizas.

Como no podía ser de otra forma, "palmamos". Pero me dio igual. Fue un sentimiento inolvidable. Y debo decir que aquellos que renuncian a apreciar al otro, aquellos aficionados del Valencia o del Levante que profesan odio al eterno rival se están perdiendo recuerdos como ese. Sí, soy del Levante. Pero el Valencia me cae bien. Esa era mi forma de pensar hace unos años. Y esa es mi forma de pensar a día de hoy, cuando la vida y mi profesión me han llevado por derroteros... curiosos. Así, mientras mi corazoncito granota sufre por la situación actual del club, sus problemas económicos, el desencanto de la afición... también lo paso mal cuando el Valencia pierde, o cuando algún jugador no me concede una entrevista.

Periodista, del Levante, y siguiendo al Valencia. Una situación que, me consta, no es única. Eso sí, os lo puedo asegurar: nadie tratará mejor al club que alguien que, antes que informador, ha sido aficionado. Ocho años en Gol Xicotet. Eso curte que no veas. Ahora viene un campo nuevo, más grande, más bonito, más todo. Pero me da igual: yo me quedo con mi Ciutat de Valencia... y con Mestalla. Con cariño, ¿eh?


Periodista anónimo valenciano
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