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dimarts, 1 de maig del 2012

Amor y odio

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En ocasiones no sirve de mucho intentar encontrar motivos para algunos recuerdos. Desde aquel domingo 20 de Junio de 1993 han pasado muchísimos partidos y, precedentes a esa fecha, otros tantos. Pero yo recuerdo como si fuera ayer aquel partido. A un chaval de 15 años como yo le marcó todo aquello. No era una de las primeras broncas presenciadas en el antiguo Luís Casanova. Las había visto contra árbitros, equipos rivales, contra el nuestro y, por supuesto, contra el palco presidencial. Pero aquella fue diferente. Dicen que fue la más grande desde que el Valencia había regresado a Primera. No lo sé pero en aquel partido entendí la frágil línea que existe entre el amor y el odio. Aquel 20 de Junio de 1993, una afición que amaba a su equipo descargó toda su rabia contra unos jugadores y una directiva que había defraudado sus expectativas. Era el principio de lo que ocurriría la siguiente temporada. El mal augurio empezó en Agosto con aquella monedita que dio el Naranja al Dinamo de Moscú. El Valencia 92/93 hizo una temporada discreta. Bueno, para qué vamos a engañarnos, la temporada fue un cúmulo de "patiments", de malos tragos y de algunas gestas al más puro estilo fallero donde las tracas sonaron tras algún partido. Típico de nuestro carácter. Tras dos partidos de liga sin nada que mostrar, a mediados de Septiembre vino el varapalo de UEFA ante el Nápoles. 1-5 y con un Fonseca bailando ante un Mestalla que no puedo hacer otra cosa que aplaudir a aquel uruguayo de prominentes dientes que pudo haberse convertido en jugador ché poco tiempo atrás. Fuera de Europa a las primeras de cambio y de qué manera... La temporada empezaba como acabaría. Pero tras las derrotas claras en el Bernabéu y Camp Nou, luego vinieron algunas alegrías aisladas. Un par de manitas a Burgos y Cádiz y aquella victoria abultada en San Mamés antes de Navidad, con aquel golazo de Fernando y que yo escuchaba en la radio mientras estudiaba los trimestrales de BUP. La segunda vuelta fue muy irregular, para no perder la tónica de la primera. Otras derrotas en Mestalla ante Madrid y Barça (recuerdo aquel 3-4 que nos supo a victoria por cuanto el espectáculo que pudimos presenciar y que un exjugador inglés metido a comentarista y gran admirador de Lubo Penev había bautizado como fútbol "made in Valencia". En cuanto a la Copa, dejamos en octavos al Sevilla y al Villarreal en cuartos. Le endosamos seis al equipo castellonense cuando todavía no era ni la sombra de lo que acabaría siendo años después.

A pesar de tener la cuarta plaza asegurada, con lo que volveríamos a disputar un año más la vieja UEFA (la buena), el partido de semifinales de Copa ante el Zaragoza iba a suponer el examen definitivo a una plantilla que se había acomodado en exceso. Empate a uno en la ida, en el Luis Casanova, después victoria en liga ante el Cádiz y viaje a La Romareda para afrontar la vuelta de Copa. No hace falta resumir el enlace de aquel partido y por ende de la eliminatoria que perdimos aquel 17 de Junio de 1993. Pero se creó un clima muy crispado en la ciudad, entre los medios y las peñas y 3 días después la grada de Mestalla dictaría sentencia. El 20 de Junio de 1993, el equipo recibió la bronca más espectacular desde su retorno a la Primera División. O, como ya he dicho, eso dijeron las crónicas. Pero no me cabe la menor duda de que lo fue. Era jornada electoral en España, hacía una tarde de esas de Junio calurosa y soleada. El partido, como todos los de Primera en aquella última jornada, sería a las siete. El Madrid volvía a jugarse la liga en Tenerife. Dos horas antes del inicio del encuentro, la gente empezó a aglomerarse ante la puerta cero para increpar a jugadores y directivos. Un Mestalla semivacío, con la general norte sin las peñas más representativas, pitó a los jugadores del Valencia desde su salida por el túnel de vestuarios hasta que volvieron a entrar en él. Lo que recuerdo con nitidez fue que los únicos aplausos fueron dedicados al guardameta Sempere y a Voro, supongo que por ser el último partido que jugaba vistiendo la elástica blanca... La tribuna baja, donde yo me encontraba, ofrecía un buen ángulo de visión para lo que tenía que ocurrir quince minutos antes de la finalización del encuentro. Fue entonces cuando los aficionados de las peñas que ocupaban el fondo norte y que no habían entrado al estadio, accedieron a la Tribuna y se encararon hacia el Palco. El encuentro acabó entonces, en aquel momento. El equipo ya había recibido lo suyo durante 75 minutos y entonces toda la atención se centró en aquel ajuste de cuentas con el palco. Gritos y consignas que pasarían a la historia y que muchos lamentarían haber pronunciado tiempo después. Un triste final para una temporada muy extraña que no era más que un anticipo de la próxima en aquel annus horribilis que significaría 1993 para el Valencia CF. Por cierto, lo único que no recuerdo fue los autores de los 3 goles. ¿A alguien le importó realmente?


Fernando Tomás Puchades
Antiguo socio del Valencia CF
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dissabte, 6 de novembre del 2010

Prometo estarte agradecido

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Más vale tarde que nunca, por fin el valencianismo se ha aprestado a rendir los honores merecidos a Arturo Tuzón. Este sincero homenaje, cargado de recuerdos y reflexiones de máxima actualidad, puede tener un poso de formalismo necrológico para los aficionados que, por juventud, no vivieron sus mandatos. Sin embargo, los que nos iniciamos en la fe valencianista en el último lustro de los ochenta hemos experimentado con la muerte de Arturo una catarata de emociones que revive y reafirma los valores que auspiciaron nuestra militancia. Eso, y una sensación, aunque tenga que ser casi a título póstumo, de desagravio histórico.

Al final, también en el Valencia, siempre ganan los buenos.

No voy a ahondar en la indiscutible relevancia de los éxitos de la gestión de Tuzón, puesto que ya lo han hecho magníficamente en los últimos días nuestros mejores exponentes literarios. Mi aportación al homenaje, esa especie de deuda del corazón, es mi experiencia de esa época, poder contarla y exponer mis sensaciones a las generaciones venideras de valencianistas. La contribución de Tuzón no se puede entender desde la demagógica titulitis que padecemos, reverso superficial y hedonista de un fútbol cada vez más light, en el que el hincha, merced a sus propias renuncias, ha sido relegado a la condición de objeto decorativo. Porque restañar la herida de un descenso tirando de cantera y minimizando humillaciones supone el más valioso servicio que quizás haya disfrutado nuestro club. Si añadimos que tal empresa se acomete ante la deserción de esa plana mayor de próceres locales que bracean por hacerse hueco en palcos y celebraciones oficiales, nos percatamos también de su complejidad.

Arturo devolvió la autoestima a una generación de valencianistas deprimida tras la resaca que dejaron los logros y errores de la regencia de Ramos Costa y, junto a él, nos curtimos los que sólo conocíamos los triunfos pretéritos por relato ajeno o lectura de anales. Durante esas temporadas, injustamente devaluadas desde el prisma del sistema de competiciones europeas vigente y los títulos conseguidos en el nuevo siglo, los que perseveramos en nuestra pasión valencianista forjamos una irreductibilidad que es garantía de respeto no sólo a nuestros valores fundacionales sino también a las personas que, como Arturo Tuzón, los encarnaron.

Sufrimos y aprendimos a querer más al VCF con las debacles ante Karlsruhe y Nápoles, con las decepciones coperas de Mallorca y Zaragoza; vivimos confusos la mascarada roigista-romarista que secuestró el homenaje a Kempes y que supuso la sentencia aplazada del proyecto tuzonista; pero también disfrutamos como niños de cada partido en Mestalla, como si fuera el último, especialmente de las noches europeas y coperas, antes de que la saturación de partidos asociada al fútbol-negocio nos las presentara como un aliciente entre semana y no como un mero trámite a liquidar. Flipábamos con nuestros futbolistas, tan idolatrados y accesibles al mismo tiempo, y nos vanagloriábamos de los últimos onces denominación de origen autóctona que pisaron la pradera de Mestalla. También esperábamos con expectación esos fichajes que no llegaban ni para llenar páginas de periódicos ni a golpe de comisión, refuerzos seleccionados por auténticos y contrastados hombres de fútbol como Roberto Gil o Pasieguito. De la mano de Vicente Fayos, se potenció la vertebración del peñismo, fenómeno huérfano y decadente que en pocos años creció hasta alcanzar el centenar de colectivos a principios de los noventa y que a mediados de dicha década repercutiría en demostraciones de fuerza como las de la final copera del Bernabéu o el desenlace liguero de Balaídos.

Entre todos recuperamos el orgullo perdido e hicimos un VCF más nuestro y, por ende, más fuerte. Hasta que, como suele pasar por estos lares, desde Poniente nos impusieron la “fusión fría” de las SAD. Un impersonal epílogo administrativo que no borrará cada negativo de esa época que hemos guardado en el álbum de nuestras vivencias valencianistas. Ni la magistral autoridad del mítico Arias, ni aquellas sobrias presentaciones, ni la cátedra que sentó Fernando a base goles imposibles y proverbial señorío. Ni aquellas paredes de tiralíneas entre Quique, Arroyo y Eloy, ni los ingeniosos tifos de la General de Pie Norte, ni las pasionales celebraciones de Roberto. Como tampoco pasarán al olvido aquella fabulosa camiseta naranja, el himno extraoficial interpretado por Pastoret o los rituales gritos de “Lubo Lubo!”.

Referencias que evocan felices momentos de mi infancia, un remember que aún nos hace vibrar y que no nos cansaremos de rememorar.

Gracias Arturo, por ayudarnos a ser mejores valencianistas!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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dijous, 28 d’octubre del 2010

El triunfo del hombre tranquilo

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La muerte de don Arturo Tuzón hace al valencianismo estos días, por enésima vez, rendir honras fúnebres a uno de los protagonistas de su casi centenaria historia. No es para menos. Mesurado, capaz y correcto, comandó durante siete años una nave que consiguió salir de la tormenta para encaminarse hacia las soleadas playas de la bonaza económica y deportiva. Y es que aquel Valencia triste y quejumbroso que tocó fondo en el 86 tenía cierta vocación de terrorista suicida: los fastos recientes se habían consumido, dejando un rédito poco menos que alarmante: una deuda galopante y, lo que es más preocupante, la desbandada casi general de una afición cansada de los vaivenes políticos y deportivos del cambio de década, huérfana de héroes e instalada en la nunca apacible tierra de nadie, al límite del abismo.

Don Arturo tuvo las agallas de aparecer a la hora de los valientes, cuando pocos hubieran tomado el timón del barco errante, y supo, desde el pozo de la Segunda, reconciliar a la ciudad y a la afición con el club y hacer de la necesidad, virtud: aquel Valencia que inició el camino de la resurrección en Alzira en agosto del 86 contaba en su alineación con siete valencianos y dos mestallistas, jugadores que ofrecerían un rendimiento muy destacable a lo largo de toda la era Tuzón. La política de cantera, complementada con sensatos refuerzos, sería una constante a lo largo de su mandato, y, a falta de títulos, reportó a toda una generación de nuevos valencianistas, mi generación, un inolvidable primer once para el recuerdo: Ochotorena, Quique, Arias, Voro, Giner; Roberto, Arroyo, Tomás, Fernando, Eloy y Penev. Y varios escuderos de lujo: Sempere, Mendieta, Camarasa, Leonardo o Mijatovic, entre otros.

Más adelante llegarían los años convulsos que agriaron sus últimos tiempos como presidente: la conversión del club en Sociedad Anónima, la eclosión de una oposición más jaranera que efectiva, las vergonzantes goleadas europeas y una frustrante sensación de quedarse siempre a las puertas de los éxitos deportivos. La animadversión hacia aquel hombre frugal se convirtió en una constante casi diaria, jaleada por los voceros del supuesto progreso. Y don Arturo desertó de la primera línea con su habitual sentido común, mientras al doblar la esquina de la avenida de Suecia las tracas anunciaban la venida de la postmodernidad, el espectáculo y el gasto desmesurado.

El tiempo, que pone a todo y todos en su sitio, devolvió hace años a don Arturo al puesto que le corresponde en la historia del Valencia. Sus aciertos, a pesar de la cantinela de los duros y los fuegos de artificio de la era Roig, lo sitúan justamente entre los mejores gestores que han gobernado el club. Como muy lúcidamente apuntaba en estas mismas páginas Vicent Chilet, sin él, sin la base de sensatez y el saneamiento económico que aportó en sus años de mandato, no hubiera sido posible todo de lo que vino después, y quizá el Valencia de los grandes éxitos sería hoy una quimera. Es el mayor triunfo de aquel hombre tranquilo que, parafraseando a Rafa Lupión, recompuso el pulso del Valencia a base de su propio sudor y esfuerzo.


José Ricardo March
Socio del Valencia CF
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dilluns, 25 d’octubre del 2010

L'adéu a un gran senyor

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Arturo Tuzón ens ha deixat. La notícia ens ha sorprés i ens ha fet recordar eixos anys, no massa llunyans, on el futbol encara era sols esport, on els clubs eren sentiments i no accions, on els directius eren aficionats (amb major o menor fortuna i coneixements) i no professionals, on pel general se servia al club i no se servia del club, on els presidents i les seues directives eren escollides pels socis i no per les accions, on el València era CF i no SAD.

Arturo Tuzón era un home cabal, honest, respectuós amb els contraris, un autèntic sportmen en el sentit clàssic del terme, en definitiva una classe de directiu que ara estaria fora de lloc en el cada vegada més complex i impersonal món del futbol.
Gràcies per tot el que va fer pel nostre club i la nostra admiració i respecte per haver donat el pas endavant quan més difícil era fer-ho.
Descanse en pau, el president i la persona.

Respectuosament.


Josep A. Bosch
Soci i accionista del VCF

P.D.- Alguns diran que amb Arturo Tuzón el València CF no va aconseguir cap títol esportiu, s'equivoquen de totes. Amb ell, el nostre club va guanyar el campionat de Segona Divisió i l'ascens a la Primera, eixe modest triomf va ser fonamental per a la posterior història del nostre club.
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dissabte, 23 d’octubre del 2010

Arturo Tuzón, president del València CF (1986-1993). In memoriam.

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ultimes vesprades a Mestalla
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dimecres, 4 de febrer del 2009

El último Valencia clásico. La era Espárrago.

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El actual Valencia que amamos, no el de los carruseles incesantes de expectativas ficticias ni el de la locura constante, sino el que nos recuerda a nuestra infancia, por el cual noventa minutos a la semana nos convertimos en niños de nuevo, tiene algunos pilares indiscutibles, que, la historia, si es justa, algún día habrá de ubicar en su merecido lugar. Me gustaría referirme, en especial, en estas líneas, a don víctor Espárrago, director técnico del “último Valencia clásico”, gobernado entonces por otra viga maestra de nuestra historia reciente: Arturo Tuzón.

Los partidos de la llamada “Era Espárrago”, me vienen a la memoria como los últimos del “Valencia Clásico”. A bote pronto cabría argumentar que son las últimas memorias de un Valencia en blanco total. Pero la justificación de “último clásico” alcanza aún al reducido número de fichajes (aumentando la parte de ilusión en cada uno de ellos), y a un Mestalla viejo y hogareño que era refugio de un club grande que volvió a serlo.

De Víctor Espárrago recuerdo muy especialmente su primera temporada, aquellas tardes en que Mestalla volvía a quedarse pequeño, con la frescura de una ilusión renovada. Su llegada es fiel reflejo de la línea de discreción y cordura propia del Sr. Tuzón y vino acompañada del primero de una larga y provechosa línea de porteros nacionales brillantes, Ochotorena en competición bajo los palos con un ya veterano Sempere. El portero vasco, con su inseparable camiseta Rasán gris fue la piedra angular de un Valencia renovado. Por la izquierda Zurdi, extremo desgarbado y un pelo a lo Cipriá Ciscar y también desde Asturias el eslabón mexicano de las eternas esperanzas blancas frustradas, un nuevo 9 interruptus: Lucho Flores y su simpático bigotito. Y, capítulo aparte, el gigante disfrazado, que era el gran Eloy Olaya, cuya dupla con Penev, debe entrar con letras de oro en nuestra historia.

Aquella temporada, mi primera como Socio del Club de pleno derecho, fue la del 1-0 casi eterno, partidos trabados, bien medidos tácticamente, victorias, peleas… sin más ambiciones que “Volver”…La tercera posición a final de liga fue, en aquellas circunstancias, un logro descomunal y que puso en órbita europea al valencia de los Quique, Fernandos, Arroyos y compañía…

El segundo año fue más que el “año Penev” (“llámenme Lubo” decía el talludo búlgaro ante el jocoso juego de palabras que provoca su apellido en castellano). La primera parte de la temporada estuvo, en realidad, sostenida por Toni y Fernando, además de los sempiternos Arroyo, Quique y Ochotorena. Lo del brasileño es un caso a analizar: 12 goles en la primera parte de la liga (y sus apasionadas y jolgoriosas celebraciones) merecen un análisis más profundo que aquella noche contra el Celta…

Vendría el Subcampeonato (la tarde de Cuxart contra el Logroñés) y una tercera campaña más discreta y olvidable pusieron fin al trabajo del mezcla doctor, mezcla alfarero, que fue Espárrago en nuestro club.

Del uruguayo se recuerda su chubasquero, su gorra, el balón blanco con triangulitos negros, a Modesto Emir Turren, alquimista de lo físico, la defensa Ochotorena-Quique-Voro-Giner-Arias primero, Camarasa después- Revert. Las gafas de culo de vaso y el cañón en la pierna de Tomás, El mundial de Italia con ¡Tres! Valencianistas, un Quique espléndido que no llegó, injustamente, a participar, un Fernando en la tradición del 10 (pocos minutos ante Corea) y Ochotorena.

Capítulo aparte merece el REGRESO A EUROPA, aquella noche europea, la primera de mi vida consciente, contra el Vitoria de Bucarest (3-1, estreno goleador, celebrado como era habitual en él, del brasileño Toni) y la épica ya trillada contra el Oporto, en aquel 3-2 que, los que lo vivimos, nunca olvidaremos.

Ver aparecer a los rumanos, con su equipaje azul, sus nombres casi impronunciables y la tensión de una eliminatoria europea, despertó del letargo europeo al viejo cemento que aún habría de ver noches de gloria infinita…Pero por aquel entonces, ganar a un equipo rumano, en UEFA era un triunfo más que memorable.

Aquel Valencia era peleón, serio, como su entrenador. Grande, pero sin delirios, rebosante de humildad, festejando toda victoria como se merecía, peleando cada balón como si fuera el último.

El “Último Valencia Clásico”… Como en una espiral del tiempo, llegó Hiddink y Mijatovic, la delirante era Roig y el nuevo cemento sobre el antiguo, la gloria europea… pero ya sin dorsales por titularidad, con foráneos comunitarios y Ligas de Campeones… El fútbol antiguo, el de toda la vida murió con los ochenta y, en Valencia, gracias a Espárrago y Tuzón, le dimos un entierro digno y, para siempre, memorable.


Sergi Calvo
Socio del Valencia CF
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