dimecres, 14 de novembre de 2018

MASTERCLASS CON JORGE IRANZO




Dos años. Ya hace dos años. Y parece que fue ayer. 


Pocos sabían quién era Jorge Iranzo antes de fallecer. Ahora son muchos los que saben quién es y su increíble historia de militancia incondicional al Valencia C.F. A Jorge no le haría ninguna ilusión esa notoriedad. Ni mucho menos. Más bien, todo lo contrario. A él le gustaba pasar desapercibido. 

¿Un loco?¿Un chiflado? ¿Un lunático? ¿Un imprudente? 

Pues no, nada de todo eso, amigos. Simple y sencillamente un hombre feliz con su forma de vida, la que él libre y conscientemente había elegido, que giraba en torno a estar presente en cada uno de los partidos del Valencia C.F., ya fuera en Mestalla o en el más recóndito de los lugares de la geografía española. Sólo necesitaba una cosa: su pañuelo anudado al cuello, el cual hoy está bien custodiado en la sede de la Asociación del Futbolistas del Valencia C.F., esa a la que fuimos los dos juntos a darnos de alta como socios de la misma y que, gesto que les honra, sigue editando “El Calendario de Jorge Iranzo”. 

Empecé a ir a Mestalla, allá por finales de los años 60, con mi padre y el entrañable tío Pepico, el carnisser. Tenían el pase en Tribuna, en aquella tribuna de las sillas de enea, en la fila 16. Yo aún no tenía pase propio. Recuerdo que iba acojonado. En cuanto empezaba el partido se me pasaba, pero llegaba acojonado, realmente acojonado. Miraba a la fila de abajo y veía al pediatra, D. Joaquín Colomer y al otorrino, D. José Iranzo. Miraba a la fila de arriba y veía al dentista, D. José Canut. Pensaba que en cualquier momento durante el descanso, tras el eterno anuncio de “Pollos asados, Casa Cesáreo”, se dirigían a mí, todos con la bata blanca, y me decían “abre la boca y di a”, “hay que ponerte una vacuna”, “a ver si te cepillas mejor los dientes, que tienes una caries”. Menos mal que en la fila de abajo habían dos niños. Eso me tranquilizaba. Se llamaban Jorge y Javier. Los veía tan acojonados como yo. Pensaba que era por lo mismo. Pero no, eran así. Educados, tranquilos, discretos. Pero muy del Valencia C.F. 

Pronto llegó mi primer pase en 1973. Me fui a Sillas Gol Norte y les perdí la pista a los hermanos Iranzo. No así a su padre en la consulta, que me operó de amigdalitis. Esporádicamente iba a algún partido con el pase de mi padre a Tribuna y allí estaban siempre Jorge y Javier, discretos y correctos, pero viviendo apasionadamente los partidos. 

Así hasta que en febrero de 1988 falleció mi padre (que ya iba con mi madre al fútbol tras la defunción de su eterno compañero de asiento, el tío Pepico). Mi hermano Javier y yo decidimos no dejar esas localidades de Tribuna que tantos años habían pertenecido a nuestra familia, ya antes a mi abuelo Jesús desde los años 40. En ese momento me reencontré de forma asidua con la familia Iranzo los días de partido en Mestalla. Nada había cambiado. Seguían viviendo los partidos con la misma intensidad, pero con total corrección. Recuerdo que, en aquella época, a Jorge le encontraba parecido a Lluís Llach. Nunca se lo dije. No sé si le hubiera gustado. Creo que no. Y ahí empezó una amistad con Jorge, fraguada por nuestro amor al Valencia C.F. Esa época de compartir proximidad en Mestalla duró hasta 1995 con la construcción del Palco VIP, que afectaba a nuestras dos localidades, y mi traslado a mi actual sector 29, no antes de darme el gusto de mandar a la mierda al entonces Presidente, Paco Roig (siempre me ha jodido que se llame igual que mi padre semejante individuo). 

Cada temporada solía hacer dos o tres desplazamientos fáciles de partidos del Valencia fuera de Mestalla. En una época sin móviles aún, no era nada difícil encontrar a Jorge. Siempre le buscaba y siempre le encontraba. Sabía sus rutinas. Siempre eran las mismas. Nos vimos en finales y nos vimos en partidos de mero trámite, pero siempre que viajaba, le buscaba y compartíamos un rato agradable. 

Desde el año 2012, cada temporada, hago al menos un desplazamiento con mi hijo Pablo y, si es posible, pasamos el fin de semana en la ciudad donde se juega el partido. Y, si puede ser, nos quedamos en el mismo hotel que el equipo. Para intentar hacer fotos con los jugadores. Es una experiencia que recomiendo a cualquier padre que tenga un hijo que también comparta esta pasión. Esa primera vez fue en Barcelona y, como siempre, allí estaba Jorge. Esa fue la primera vez que Pablo conoció a Jorge. El partido fue por la noche. Estuvimos con él desde mediodía, momento en que llegó con su coche y se acercó al hotel de concentración del equipo. Tomaba una distancia prudencial, sobre todo con los jugadores y cuerpo técnico, pero era casi uno más entre el resto de la expedición, la menos glamourosa. Vimos el partido juntos. Perdimos 5-1. Volvimos los tres andando en dirección al hotel, ya que él tenía su coche aparcado allí. Pablo y yo, a dormir. A Jorge, aún le quedaban 350 km para ello. Para él, un paseo. 

Durante los años siguientes nos seguimos viendo en cada desplazamiento que hacía con Pablo. Además, mi relación de amistad con él empezó a ser más intensa también en Valencia, pero curiosamente nunca en días de partido en Mestalla. Jorge tenía la costumbre de entrar muy pronto al Estadio y yo soy más de disfrutar el ambiente por los aledaños de Mestalla y entrar casi en el último momento. Eso sí, nunca faltaba una llamada de teléfono o un whatsapp con su famosa frase: “Hoy, de tres para arriba”. 

Ya llevaba tiempo dándole vueltas a una idea que me rondaba la cabeza. Hacer un desplazamiento con Jorge y que nos acompañara también mi hijo Pablo. El chaval ya estaba encauzado, el murciélago ya le había mordido. Y eso ya no tiene cura. Pero nunca está de más una masterclass con el más incondicional de los aficionados valencianistas, uno de los cinco mil irreductibles que estuvieron en el Nou Camp aquel fatídico 12 de abril de 1986. Un aficionado con el sentimiento más puro y sincero de valencianismo que nunca he visto, ni probablemente veré. Como él mismo decía, había nacido para ser del Valencia, si no, no hubiera nacido. 

Esta vez, no nos encontraríamos allí. Haríamos el desplazamiento juntos al estilo Jorge Iranzo. Coche de ida y vuelta el mismo día. Y así fue. Destino Getafe. Lo sé, no es la ciudad ni el estadio con más encanto, pero eso no era lo importante. Lo importante era la lección. Pablo aprendió que se puede ser el más incondicional de los aficionados del Valencia C.F. y ser correcto, respetuoso y discreto. 


Fue el 24 de abril de 2016. A las 08.00h empezó la lección magistral, que Pablo nunca olvidará. Jorge nos recogió en un coche de alquiler en la puerta de casa. Durante el camino nos habló de su enfermedad, que tenía muy asumida, de ese puto cáncer de páncreas que se lo llevó. De ese partido en La Coruña, escasamente tres meses atrás, cuando al finalizar el mismo orinó sangre y, encontrándose mal, se volvió sólo conduciendo esos casi 1.000 km que hay hasta Valencia. De esa insignia de oro y brillantes que le acababa de imponer el club, según él, de forma precipitada para evitar críticas por si moría pronto sin habérsela concedido. De los coches que había quemado, a los que les ponía una llanta con el escudo del Valencia en cada rueda. De los cientos y cientos de desplazamientos, anécdotas, compañeros de viaje con los que compartir gastos y conversación, pero nunca el volante (eso siempre era cosa suya, era innegociable). De jugadores, entrenadores, directivos, aficionados. De alegrías, tristezas, decepciones. Por supuesto, sonó tres veces el claxon al salir de la Comunidad Valenciana, una de sus costumbres en sus desplazamientos. Pablo alucinaba. 

Tras una parada, a eso de las 12:00 h llegamos a Madrid al hotel de concentración del Valencia. Saludó a periodistas, algún directivo como Juan Sol, utilleros, se dio un fuerte abrazo con Pepito de los Santos. Me llamó la atención que Kim Koh se dirigió personalmente a él. Ni una sola palabra con los jugadores de la plantilla. 

Después a comer a Getafe. Antes de bajar del coche, se puso su pañuelo de la suerte, como él le llamaba. Sabía donde aparcar para salir rápido tras el partido, donde comer bueno, bonito y barato, donde dar un paseo hasta que llegara el bus del equipo, al que fuimos a recibir a su llegada al Estadio. Todo un guía profesional. Después ya fuimos a entrar al Estadio. Quería llegar pronto. Nos dijo: “Las puertas aún estarán cerradas. Habrá gente esperando para ponerse en primera fila y salir en las fotos y en la tele y yo para sentarme tranquilamente en la última fila de la grada visitante”. Esa era su filosofía: acompañar al equipo pasando lo más desapercibido posible. Después, el partido. Empatamos 2-2. Es lo de menos. La vuelta, como la ida, espectacular. Más anécdotas y volvió a sonar tres veces el claxon al entrar en la Comunidad Valenciana. Pablo volvió a alucinar. Hasta que llegamos a la base de la compañía de alquiler de vehículos en el Polígono de Quart de Poblet, donde dejamos el coche alquilado para volver a Valencia con el de Jorge. Su último coche. Un Citroen CX blanco. Tenía mis dudas que fuera capaz de recorrer los escasos 10 km hasta Valencia. Se caía a trozos. Pero ahí estaba, ante nosotros, con un escudo del Valencia C.F. en cada una de las llantas de las ruedas, otro escudo metálico en la parte trasera del vehículo. Qué contradicción: se caía a trozos, pero era precioso. Llegamos a casa. Terminó la masterclass que Pablo nunca olvidará, pero reconozco que yo tampoco. 

El 14 de noviembre de ese mismo año Jorge falleció. Pocas semanas después quedé con su hermano Javier en el bar de la Asociación de Futbolistas junto a Mestalla antes de un partido. Javier me regaló el mechero de Jorge, como muy bien podéis imaginar, con un escudo del Valencia C.F. Un mechero que ya no enciende cigarros, pero con el que se puede encender la mecha del valencianismo más puro y sincero. Es más, le voy a proponer a Rafa Lahuerta que encendamos con él la próxima traca conmemorando el gol de Forment. 

Te echo de menos, amigo. 

Hoy, de tres para arriba. Amunt sempre!!! 

Jesús Roig Sena. 



divendres, 9 de novembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 12

EL HINCHA ILUSTRADO.

El momento culminante de mi trayectoria como hincha con lecturitas fue el desplazamiento a Getafe de la temporada 2012-13, la de Valverde tras el cese de Pellegrino. Ese día quedará en los anales. Era sábado y Madrid amaneció teñida de rojiblanco. El día anterior, viernes, el Atleti había ganado la copa en el Bernabéu. Llegué a primera hora y enfilé mis pasos hacia la casa familiar de los Panero, en la calle Ibiza. Con mi bufanda de hincha discreto me hice una foto en el portal del número 35. En ese momento, unas vecinas comentaban el nuevo peinado de la princesa Letizia. Me miraron mal. Yo a ellas también, por cotillas y por beatas. Después crucé al otro lado, al de los números pares. Seguí ilustrándome. La calle Ibiza está al norte del Retiro y es una especie de panteón de falangistas condecorados. Leopoldo Panero padre al margen, la lista sigue con Dionisio Ridruejo, Carlos Ollero, Adriano del Valle y don Agustín de Foxá.

Don Agustín de Foxá merece un apunte, y no sólo por la sonoridad emblemática de su apellido. Del gran poeta del Régimen franquista pende la famosa anécdota de los dictados. Si no la sabes te la cuento. Había dos fórmulas para registrar errores ortográficos. Una para pobres y otra para pijos. El dictado de los pobres era: Ahí hay un hombre que dice Ay; el de los pijos: Don Agustín de Foxá viajó a Jávea en un Jaguar.

Sin duda, el hombre que mejor ha pronunciado el nombre de don Agustín de Foxá ha sido Juan Luis Panero, el hermano mayor de los Panero. Le escuchas recitar “amigo de Foxá” y lo comprendes todo. Seamos sinceros. Las ciudades sólo son cementerios de estatuas de poetas donde cagan las palomas.

En la calle Ibiza de Madrid se entiende a la perfección. Justo enfrente de Ibiza 35 hay otra lápida, la de la casa natalicia de Plácido Domingo. Todavía recuerdo a Plácido Domingo cantando aquella memorable aberración del Mundial 82:…el mundial, ¡viva!, que todos los países vienen a jugar. El mundial, ¡viva!, los grandes del balón se tienen que enfrentar. El mundial, ¡viva!, el campo es una fiesta, es todo un festiva. El mundial, ¡viva!, que todos van a recordar, y a cantar…Ante tanta gloria del pasado me entraron ganas de lo de siempre.

Mi afición por los hoteles es sabida, pero el apuro iba en aumento y no tuve más remedio que parar en la Pastelería Mallorca. En plena faena me vino a la cabeza la cita de Marta Sanz: “Literatura es el punto de intersección entre urbanismo y escatología”. Fue una deposición de aliño, que no constará en acta. Al menos, había escobilla.

Como estaba de un lírico subido, a la hora de comer opté por el Café Gijón. El único intelectual de guardia a esas horas era Juan Cruz. ¡Dios, el meloso Juan Cruz en vivo y en directo! Me senté en la última fila del café y pedí unos huevos rotos con jamón. De reojo, los camatas miraban mi bufanda del Valencia: ¡Miradla hijos de puta, miradla! De fondo, la voz meliflua y aterciopelada de Juan Cruz llenaba el instante de prosodia. Debieron echarle algo a los huevos porque tuve otro apretón, el segundo. Fui al baño y al pasar por delante de Juan Cruz carraspeé con énfasis. Ni se inmutó. Al abrir la puerta del baño me asusté. Aquí no cago ni de coña, pensé. Crucé al hotel Ritz. Valió la pena.

Después, aliviado y feliz, di un paseo por la calle Fuencarral. Como tengo cara de buena persona se me acopló el típico tolai con ganas de conversación futbolera. Me hice el sordomudo, pero de verdad. Lo mejor fue cuando el tolai intentó disculparse en precaria lengua de signos y yo, con voz grave y firme, le dije: tranquilo, no pasa nada. Eso lo remató. Hora y media antes del partido cogí el Cercanías de Getafe. Entré de los primeros y me acoplé en la última fila del sector visitante. Fue un buen desplazamiento. Nos hicimos fácilmente con la animación y también con el partido. Marcó Mathieu y las opciones de Champions siguieron intactas.

En el descanso, un notas de unos 43 años y medio me miró extrañado. Tío, preguntó: ¿Cómo es que te sabes todas las canciones? ¡Pareces un ultra! Respiré hondo, pensé la respuesta, contesté: Porque soy el hombre que casi conoció a Michi Panero. Ya no me volvió a dirigir la palabra. Si le hubiera dicho la verdad, tampoco me hubiera creído. 

Rafa Lahuerta

divendres, 2 de novembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 11

SIETE DÍAS DE ENERO DE 1979

Cultura de club es lo que queda cuando se apagan los focos, el eco del balón que pegó en el poste y se fue a córner, la sonrisa de Puchades cuarenta años después de su partido homenaje. Cultura de club somos nosotros, con nuestra historia individual a cuestas, el imaginario compartido sujeto a mil modificaciones subjetivas, la terca insistencia en seguir levantando una piedra que siempre nos aplasta. Cultura de club también es la resignación que nace tras la ilusión desmedida del verano y la notable frustración del otoño. Cultura de club es poco marketing y mucha fe. No se vende en las taquillas. Exige virtudes antiguas. Respeto, responsabilidad, amor, incondicionalidad. Cultura de club es saber que esto ya lo has vivido; una, dos, más de diez veces. Viene al pelo ese epitafio magnífico con el que Carmen Alborch se despidió la semana pasada: la alegría es saber resistir. Eso, fundamentalmente, es cultura de club: una forma de resistencia. A veces en silencio y otras con tambores, pero resistencia al fin y al cabo. Cultura de club es dialogar con el pasado sin caer en la nostalgia. 

En fútbol, la tradición nunca puede ser un problema o un lastre. La memoria proyecta y fortalece, segrega lecciones, siempre suma. No es un sentimentalismo inocuo ni una inexistente propensión a la melancolía. La melancolía es añoranza de lo que tal vez no sucedió. Nada menos melancólico que la incondicionalidad. El melancólico es alguien que ya ha perdido, que se sabe perdido. Con la melancolía se escriben poemas y algunas novelas. La melancolía es la ciencia de los esfuerzos inútiles y la cultura de club ejemplifica todo lo contrario: el arte de resistir. Para resistir hay que recordar. No se resiste desde la improvisación. No se construye nada desde el artificio irreal del puro presente. El presente no existe. O es pasado o es futuro. 

Recuerdo siete días de enero, enero de 1979. Era una semana con 3 partidos en Mestalla. Domingo, miércoles, domingo. Última jornada de la primera vuelta, partido de copa tras ganar en la ida en Montilivi, primera jornada de la segunda vuelta. El domingo 21 de enero se jugaba un Valencia-Salamanca. Fue el primer partido televisado en color del VCF en Mestalla y también el primer día que estrenábamos los nuevos pases en el sector 5, en la numerada cubierta. Diluviaba. Mi padre creyó que era el momento idóneo para disfrutar del fútbol a cubierto y en eso era único: nadie podía pararle. Llegamos al graderío empapados, sorteando varios ríos: el de Blasco Ibáñez, el de Artes Gráficas y el de los pasillos interiores de Mestalla, fruto sin duda del desbordamiento de la acequia. La avda. de Aragón aún no existía y el acceso a la grada de Numerada no era el actual. Hasta 1982, se entraba por las puertas más esquinadas de la avenida de Suecia, en una disposición espacial que hoy casi nadie recuerda. 

El partido fue horrible. Para colmo, había goteras en nuestras butacas. Recuerdo a Solsona con precisión y al incombustible Carrete, intentando imitar el juego del malabarista de Cornellà. No hay otro partido con tanta lluvia en la historia de Mestalla, ni siquiera el del Banik Ostrava. En el descanso, hastiados del agua y del pésimo fútbol, volvimos a casa. Vimos la segunda parte por la tele, entre escalofríos. El lunes y el martes los pasé en cama. Pero el miércoles volvía el fútbol a Mestalla, un Valencia-Girona de copa. Milagrosamente, ese miércoles ya estaba bueno. El milagro era el partido de la noche. Para ganarme ese privilegio fui al colegio. Pasé un día horrible pero a medida que se acercaba la hora mi estado de salud mejoraba. Tras un tira y afloja, convencimos a mi madre para que me dejara ir. Los partidos entre semana eran un regalo incomparable. Ir a Mestalla un miércoles no tenía precio. Ese hechizo te salvaba la semana. No importa que fueran eliminatorias de copa contra equipos de categorías inferiores. Esos partidos subrayaban mis preferencias: las luces encendidas de Mestalla desde el chaflán de la calle Gorgos, la cena de sobaquillo en el bar Los Checas y una afluencia de público menor, que permitía fijar detalles poco habituales. En ese sentido, aquel Valencia-Girona fue raro. La clasificación ya estaba sentenciada pero el partido fue un desastre made in Valencia. Terminó con empate a uno y la bronca y el desencuentro entre afición y equipo fueron sonoros. De vuelta a casa empecé a sentir escalofríos. Al día siguiente volvió la fiebre. De esa fiebre ya sólo me curé para volver a Mestalla el domingo. El último partido de la semana no mejoró los anteriores. Perdimos 0-1 contra el Madrid de forma merecida. La paciencia de la tropa empezó a quebrarse. Un par de meses más tarde, Marcel Domingo, que había devuelto al Valencia a Europa en la 77-78, fue destituido. Lo sustituyó Pasieguito. El resto ya lo sabes: a finales de junio ganamos la copa del rey en el Calderón. Sucedió hace 40 años. Si atas cabos comprenderás que llevamos 100 repitiendo los mismos giros de guión. 

Sólo hay algo que no puede fallar nunca: tu resistencia. O sea, tu alegría. 

Rafa Lahuerta