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dijous, 10 de febrer del 2011

La camiseta


La novedad durante aquellos años era, precisamente, que no había novedad. Temporada tras temporada, la primera elástica valencianista fue básica e integralmente blanca. Un gran escudo en el pecho orgullosamente visible y poco más.

En aquellas presentaciones nuestros todavía inocentes ojos se fijaban en las recientes incorporaciones y no en unos nuevos pantalones, un nuevo ribete en la camiseta o un añadido que respondiera a extrañas razones de mercadotecnia. Simplemente no había novedades ni las buscábamos. Los "grandes cerebros" todavía no osaban interferir en los colores básicos de un equipo de fútbol. No sabíamos nada del "merchandising" y, aunque nos lo hubieran jurado, no hubiésemos creído que el dinero que generaría años después sería razón más que suficiente para modificar los colores representativos de un club, de una ciudad, aunque éstos estuvieran en el imaginario colectivo desde hacía décadas.

Durante muchos años, el primer equipaje del Valencia CF no presentó variación alguna y si bién otros clubs que compartían color merengue empezaron a añadir ribetes morados o rojos en sus camisetas, el impasible Valencia siguió inmaculado hasta bién entrados los años 90.

El fútbol cambiaba y la publicidad empezó a inundar históricas zamarras que antaño eran sólo manchadas por el barro. El Real Madrid sería uno de los pioneros en aquello de la publicidad serigrafiada en las camisetas e intentaba convencer a los españoles de la Transición de que si queríamos empezar a disfrutar del estado del bienestar tendríamos que comprar determinados electrodomésticos. Y así, tras el mundial de naranjito y las apreturas económicas, todos los jugadores de nuestro fútbol patrio empezaron a lucir diferentes eslóganes en su pecho... Y como no podía ser de otra manera aquello también acabó aterrizando en el Luis Casanova... Tanto las apreturas económicas como el hecho, casi obligado, de lucir en aquella camiseta blanca inmaculada el primer patrocinador de nuestra historia. A partir de aquel momento ambas entidades, la futbolística y la financiera, estrecharían una relación de dependencia por razones diversas que no vienen al caso.

El hecho es que acabamos acostumbrándonos a esa visión y a casi nadie le importó. Porque nuestros ya no tan inocentes ojos seguían fijándose en las caras nuevas de cada temporada y no en las novedades de la indumentaria que, por supuesto, seguían sin existir.


Fernando Tomás Puchades
Antiguo socio del Valencia CF
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diumenge, 24 d’agost del 2008

¡Quiero Danone, Dame Danone...! ¡Toma Danone!

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Pongamos que es noviembre, podría ser abril también, pero dejemos que un ambiente otoñal nos envuelva y situémonos en una tarde de noviembre de un año de estos. Un año cualquiera. No importa cuál. Un año en el que nuestra vida fuera tan sencilla o complicada como siempre lo es. Es fin de semana, la televisión está encendida y estoy sentado en el sofá viendo un partido de fútbol mientras mi hijo lee una revista musical. No importa qué partido es, uno cualquiera, de cualquier liga, con dos equipos que intentan hacerse con el control del juego pero que están ofreciendo un pobre espectáculo futbolístico. Un partido de esos. Tengo un bocadillo de chistorra en las rodillas y una jarra de cerveza a mi izquierda, con solo estirar el brazo soy capaz de acercarla hasta mis labios. Justo cuando estoy mordiendo el bocadillo y un pequeño chorro de aceite carmesí me ensucia el dedo índice de la mano derecha, el medio centro del equipo local supera a un contrario y abre un balón diáfano y preciso a la banda de tribuna. Allí un lateral brioso, y rápido como un hurto, supera a su par y coloca un centro raso al borde del área, en la perpendicular del punto de penalti. La defensa visitante se ha metido con demasiada rapidez en su propia área siguiendo el ataque feroz del contrario, lo que ha generado un espacio de ensueño para la incorporación del enganche, en el punto exacto hacia donde el balón rueda. El media punta abre los ojos como un dibujo animado japonés. Lo ve claro. Visualiza la jugada y el resultado de la misma como le ha explicado el psicólogo del equipo. Arma la pierna. Balón y bota se funden en un golpe violento, seco e inmisericorde. Tengo el volumen del televisor quitado. No soporto a los comentaristas. El chut se ha ido a las nubes. Trago el bocado de chistorra y digo a mi hijo, que no ha prestado atención a la jugada:

-¡Le ha pegado al Danone!

Mi hijo levanta la cabeza de la revista y me mira extrañado, no sabe de qué hablo, no se le ocurre más que decir, con esa desfachatez adolescente que exhibe últimamente:

- Papá, no bebas.

¿Tiene sentido esta viñeta? ¿Qué significa, si es que significa algo? Llegados a este punto es muy posible que algunos esbocen una sonrisa con la seguridad de que sí saben de qué hablo; aunque otros, seguramente con menos preocupaciones que uno mismo, piensen que el fútbol produce raros especímenes que incluso se atreven a escribir. Escribir en un blog. Para que otros lo lean.

Os hablo de un tiempo donde era “blanco”, “de fresa” y “de chocolate”. Sota, caballo y rey. De ponerle azúcar antes de degustarlo. De devolver el recipiente de vidrio en la lechería y así convertirse en un viajero del tiempo. Un reciclador de ciencia-ficción en una vida en blanco y negro. Os hablo de cuando no había una florecilla que enturbiara un despejado camino comercial. Cuando el nombre del producto y el producto en sí, se confundían hasta convertirse en un perfecto fenómeno de feria. Yogur. Danone. Sí, pero ¿qué hay de esa escena escalofriante de aburrimiento crónico de fin de semana de otoño frente a un bocadillo de chistorra y un partido penoso? No es nada demasiado importante. Nada demasiado trascendente. Es sólo el modo sigiloso e indoloro en el que los lugares por donde pasamos en nuestra vida, los lugares en los que nos hemos sentido vivos, nos marcan. Nos dejan una impronta y nos hacen suyos tras haberlos hecho nuestros primero. Parajes de la vida y la memoria. Y si esta no me falla, en lo más alto de los fondos de Mestalla, en la general de pie, en la curva, cerca de uno de los marcadores y en su esquina opuesta, siguiendo la diagonal del campo, había dos enormes anuncios de yogur Danone. Anuncios desaparecidos hace décadas pero que ocupan un espacio físico en nuestro recuerdo. Y uno no puede evitar experimentar una profunda frustración si alguno de nuestros jugadores apunta allí siguiendo un arcano designio; al igual que un alivio indisimulado se extiende como un reguero de pólvora por las gradas, cuando es un rival el que dispara a ese lugar de nuestra memoria.


Francisco García (àlies Cisco Fran)
Soci del València CF