Bate la lluvia contra la uralita,
deletrea su código primario,
su mensaje esencial:
yo soy la lluvia,estoy lloviendo aquí, sobre vosotros,
estoy lavando el mundo en estas lágrimas.
Con su monomanía dicta mucho.
Dice más de la cuenta en cada gota...
(extraído del poema "Tambor de lluvia" de Carlos Marzal)
Acudir a Mestalla en tardes o noches lluviosas siempre tuvo un toque mágico. Un valor añadido más poético que material. El paradójico efecto de una intimidad sobrevenida, como si las cortinas de agua generaran un nuevo escenario, a medio camino entre las películas codificadas de canal plus y la monotonía de lluvia tras los cristales del aula.
Nosotros los mediterráneos somos así. La lluvia nos parece un acontecimiento reseñable. Y el fútbol embarrado un viaje a los orígenes. Esa fábula sobrevalorada: el mismo amor, la misma lluvia. Una oportunidad para profundizar en la distancia luminosa que nos aleja del mito y nos acerca al polvo del camino. Ya se sabe: ni inventamos el juego ni fuimos especialmente buenos hasta pasados muchos años. Complejos, por tanto, de tribu colonizada.
Todavía en ocasiones, el fútbol es tan sólo esa nostalgia de la lluvia. El hechizo del barro y las tribunas tatuadas de paraguas. Un paisaje remoto, intuido muy ocasionalmente en tardes tormentosas y grises de invierno. Un fútbol primitivo y directo. A la inglesa. Para espíritus curtidos.
Por pura escasez estadística los partidos lluviosos tienen epígrafe propio en el cajón de la memoria. Un inventario de chaparrones y tormentas, algunas goleadas inesperadas, la falsa sensación de que la lluvia forja el carácter de los equipos grandes. De ahí su prestigio. Un 5-1 al Hadyuc Split, un 3-0 al Bayern de Munich, miles y miles de rollos de papel higiénico echados a perder por el ímpetu del agua en la previa de un VCF-Barça, o un definitivo 2-0 al Betis con la última liga de Benitez a la vuelta de la esquina son sólo algunos ejemplos preclaros.
Pero más allá de los partidos pasados por agua están las noches de perros. Fundamentalmente dos: el Valencia-Salamanca de 1979 y el Valencia- Banik Ostrava de 1982. La primera fue un partido televisado en noche de domingo, el día que estrenábamos localidad a cubierto en el sector 5 tras la renovación de pases de enero. El optimismo de mi padre nos empujó al fin del mundo. "Hoy, que llueve, es el mejor día para estrenarnos". Ya empapados llegamos a Mestalla a trancas y barrancas. Los pasillos inundados, las gradas vacías. El estreno no pudo ser más desalentador. Justo en nuestras flamantes localidades de numerada cubierta una gotera inmensa nos obligó a ver el partido con paragüas. En el descanso volvimos a casa. De charco en charco, a merced de la marea que cubría las calles todavía a medio asfaltar. 0-0. Un partido infame, con Solsona pellizcando la pelota en medio del lodazal y Kuntakinte en la tele, justo después de acabar el suplicio.
La segunda noche tiene un recuerdo mucho más amargo. Mientras se jugaba llegaban noticias de la pantanada que se cernía sobre La Ribera. El partido fue además un continuo aviso sobre aviso: aquel inolvidable "preséntese en la puerta de autoridades". Curiosamente, Welz tuvo su mejor día como valencianista y selló su gran actuación con un gol en jugada poco ortodoxa. El gol que significaría la clasificación tras empate a cero en Checoslovaquia en aquella otra noche de equipaciones perdidas en los aeropuertos.
Pero sin duda, nada comparado con la regularidad pluvial de esta campaña. No sé qué dirán las estadísticas del centro meteorológico al respecto pero la penúltima temporada de Mestalla ya tiene nombre y apellidos: el año de la lluvia. Sólo falta Solsona y su fascinante toque de balón sobre las aguas. El tambor, que no pare.
Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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deletrea su código primario,
su mensaje esencial:
yo soy la lluvia,estoy lloviendo aquí, sobre vosotros,
estoy lavando el mundo en estas lágrimas.
Con su monomanía dicta mucho.
Dice más de la cuenta en cada gota...
(extraído del poema "Tambor de lluvia" de Carlos Marzal)
Acudir a Mestalla en tardes o noches lluviosas siempre tuvo un toque mágico. Un valor añadido más poético que material. El paradójico efecto de una intimidad sobrevenida, como si las cortinas de agua generaran un nuevo escenario, a medio camino entre las películas codificadas de canal plus y la monotonía de lluvia tras los cristales del aula.
Nosotros los mediterráneos somos así. La lluvia nos parece un acontecimiento reseñable. Y el fútbol embarrado un viaje a los orígenes. Esa fábula sobrevalorada: el mismo amor, la misma lluvia. Una oportunidad para profundizar en la distancia luminosa que nos aleja del mito y nos acerca al polvo del camino. Ya se sabe: ni inventamos el juego ni fuimos especialmente buenos hasta pasados muchos años. Complejos, por tanto, de tribu colonizada.
Todavía en ocasiones, el fútbol es tan sólo esa nostalgia de la lluvia. El hechizo del barro y las tribunas tatuadas de paraguas. Un paisaje remoto, intuido muy ocasionalmente en tardes tormentosas y grises de invierno. Un fútbol primitivo y directo. A la inglesa. Para espíritus curtidos.
Por pura escasez estadística los partidos lluviosos tienen epígrafe propio en el cajón de la memoria. Un inventario de chaparrones y tormentas, algunas goleadas inesperadas, la falsa sensación de que la lluvia forja el carácter de los equipos grandes. De ahí su prestigio. Un 5-1 al Hadyuc Split, un 3-0 al Bayern de Munich, miles y miles de rollos de papel higiénico echados a perder por el ímpetu del agua en la previa de un VCF-Barça, o un definitivo 2-0 al Betis con la última liga de Benitez a la vuelta de la esquina son sólo algunos ejemplos preclaros.
Pero más allá de los partidos pasados por agua están las noches de perros. Fundamentalmente dos: el Valencia-Salamanca de 1979 y el Valencia- Banik Ostrava de 1982. La primera fue un partido televisado en noche de domingo, el día que estrenábamos localidad a cubierto en el sector 5 tras la renovación de pases de enero. El optimismo de mi padre nos empujó al fin del mundo. "Hoy, que llueve, es el mejor día para estrenarnos". Ya empapados llegamos a Mestalla a trancas y barrancas. Los pasillos inundados, las gradas vacías. El estreno no pudo ser más desalentador. Justo en nuestras flamantes localidades de numerada cubierta una gotera inmensa nos obligó a ver el partido con paragüas. En el descanso volvimos a casa. De charco en charco, a merced de la marea que cubría las calles todavía a medio asfaltar. 0-0. Un partido infame, con Solsona pellizcando la pelota en medio del lodazal y Kuntakinte en la tele, justo después de acabar el suplicio.
La segunda noche tiene un recuerdo mucho más amargo. Mientras se jugaba llegaban noticias de la pantanada que se cernía sobre La Ribera. El partido fue además un continuo aviso sobre aviso: aquel inolvidable "preséntese en la puerta de autoridades". Curiosamente, Welz tuvo su mejor día como valencianista y selló su gran actuación con un gol en jugada poco ortodoxa. El gol que significaría la clasificación tras empate a cero en Checoslovaquia en aquella otra noche de equipaciones perdidas en los aeropuertos.
Pero sin duda, nada comparado con la regularidad pluvial de esta campaña. No sé qué dirán las estadísticas del centro meteorológico al respecto pero la penúltima temporada de Mestalla ya tiene nombre y apellidos: el año de la lluvia. Sólo falta Solsona y su fascinante toque de balón sobre las aguas. El tambor, que no pare.
Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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