dimecres, 24 d’abril de 2019

BITACORA DEL CENTENARIO

Jornada 34


LA ODISEA 




El año de fútbol estaba siendo caótico, infame, bochornoso, vergonzante, sonrojante, y cualquier otro adjetivo descalificativo que podamos añadir para definir la temporada 2007-08, pero como todo en la vida, incluso en la oscuridad uno puede atisbar cualquier resquicio de luz. En este caso la luz se abrió camino ante nosotros en forma de final de la Copa del Rey.

No serían más de las diez de la mañana, cuando mi compañero de trabajo Carlos me espetaba que quedaban muchas entradas para la final sin vender en las taquillas de Mestalla. Pedí permiso a mi jefe directo y me escapé hacia las taquillas, y compré entradas para Carlos y para mí. Las únicas localidades disponibles eran de Tribuna Superior Alta, y su precio 85€ (regalado para los precios del partido de la final de este año en el Benito Villamarín, casi prohibitivos, para lo que debería de ser la fiesta del fútbol).

El siguiente paso era decidir cómo nos íbamos a desplazar, no nos apetecía ir en coche, ya que el partido era Miércoles por la noche (nunca he entendido como alguien es capaz de permitir que se juegue una final entre semana, poca faena tienen los que deciden estas cosas), y al día siguiente teníamos que trabajar, básicamente porque el alcohol podría mermar nuestras capacidades a la hora de conducir el camino de vuelta, así que por un precio módico encontramos que el autobús era una buena opción, y posiblemente encontramos acomodo en el último autobús disponible para partir hacia el poniente español.

Y llegamos al día 16 de abril, la hora de salida fue a las 8 de la mañana, el punto de partida Avenida Aragón junto a Mestalla. Poco a poco fueron llegando los vecinos con los que compartiríamos el viaje. Detecté así a bote pronto varios grupos diferentes, una familia con niños (en adelante Happy Family), varias parejas (en adelante Lovebirds), personas mayores (en adelante Old People), Carlos y yo (en adelante Los Telemacos), y un grupo muy numeroso que no me atrevía a clasificar, un grupo con bastantes jóvenes (en adelante Young Boys), de estos últimos me sorprendió el extraño equipaje que introdujeron en el maletero del autobús un bidón azul, que parecía pesar bastante. El conductor del autobús que no sabía su nombre (en adelante Marcial), se mostró bastante reticente, pero al final cedió y permitió subir el bidón en el maletero.

Una vez todos ubicados en el autobús, en la parte delantera izquierda el grupo Old People, en la parte derecha la Happy Family, en la parte central los Lovebirds y los Telemacos, y después de un hueco de aproximadamente 5 filas de asientos finalmente los Young Boys. Todos nosotros capitaneados por Marcial.

El inicio fue espectacular los Young Boys empezaron a cantar y en cada canción el resto de la comitiva cantábamos con ellos, como si estuviéramos bajo el influjo de las voces cálidas como si se tratase del canto de las sirenas, y así estuvimos un buen rato, una inyección de moral y autoestima para arrancar el viaje. 

El destino o más bien la falta de previsión del Ministerio de Fomento, hizo que a la altura de Siete Aguas se estaban realizando tareas de mantenimiento (siempre necesarias pero muy molestas cuando nos perjudica en primera persona), el caos se apoderó de la A3, para avanzar unos pocos kilómetros invertimos varias horas, manda cojones que el día que más tráfico habría desde Valencia hacia el centro peninsular hubiera una retención de esa magnitud por obras de mantenimiento, así que como no avanzábamos solicitamos a Marcial salir en el área de servicio de Siete Aguas para evacuar y estirar las piernas.

Y allí fue en el área de servicio de Siete Aguas cuando descubrí el contenido del bidón, botes de cerveza cubiertas de cubitos de hielo, al abrir ese bidón, nos asomamos al Hades, en ese momento se destapó la maldición que nos acompañaría en nuestro viaje hacia la meseta. 

Al reiniciar la marcha, algo había cambiado en el ambiente, los Young Boys estaban un poco más activos, y fruto de esa actividad comenzaron a liarse unos porros como si no hubiera un mañana, el desvarío fue en aumento, Marcial no hacía más que mirar el retrovisor y gritaba a los Young Boys que dejaran de fumar y de beber dentro del autobús, en ese momento cambié el nombre del grupo de Young Boys a Lotófagos (en el libro de La Odisea, todo el que prueba el loto, hace que se olvide de su hogar, pues eso, “sense coneiximent”). De entre todos ellos sobresalía uno con el pelo largo, flaco y que se movía más que el cantante masculino de Boney M.
A la altura del pantano de Contreras, el límite entre “la terreta” y tierra extraña, llevábamos cinco horas de viaje, cinco además tiene muy mala rima. Pues así estábamos, de mitad del autobús hacia adelante nos agrupamos todos, menos los Lotófagos claro, ellos estaban agrupados en torno a fumar y beber. Ya nos habíamos enfrentados varias veces contra ellos para que dejaran de fumar, por respeto a los Old People pero sobretodo por respeto a los niños de la ya no tan Happy Family. La suerte hizo que el autobús no fuera muy moderno y todavía llevara pequeñas ventanas corredizas encima de las ventanas grandes, así que las abrimos para que Eolo, ventilara el bus. Aquí en el pantano bien podría ser el lugar donde aparecieran Escislas (monstruo con seis cabezas y tres hileras de dientes cada una) y Caribdis (monstruo en forma de remolino) los dos monstruos situados a ambos lados del pantano.

Marcial había mutado en Poseidón y la ira que transmitía era la misma que cuando dejaron ciego a su hijo Polifemo (cíclope). Conseguimos calmar el ambiente en varias ocasiones, indicándole a Poseidón que cuanto antes llegáramos a la meseta, antes podría deshacerse de los Lotófagos, menos mal que respondió positivamente a nuestros estímulos.

En Tarancón, los Lotófagos ya no cantaban, gritaban y entonaban canciones cada uno a su ritmo, totamente descompasados y en algunos casos (los más) ininteligibles, totalmente de pie y tambaleándose. El resto de la expedición sólo queríamos llegar cuanto antes. Posiblemente en este punto Circe diosa con poderes mágico de la isla de Eea, habría convertido a los Lotófagos en cerdos, ya que tenía esa habilidad, convertir en animales a los humanos.

A las cinco entramos al centro de la Rosa de los Vientos, y a las cinco y media el autobús estacionó en el lugar habilitado para ello en el Paseo de la Ermita del Santo, cerca de la Fan Zone valencianista. Fuimos bajando del autobús y la imagen era dantesca de los Lotófagos, dos como mínimo durmiendo la mona en el suelo, uno de ellos era el Boney M., otros tantos perjudicados notablemente, y algunos pocos conseguían a duras penas guiar al resto.

En la Fan Zone del Valencia C.F., en el Parque de San Isidro, entre traca y traca, bebimos cervezas a dos manos, después de casi 9 horas de viaje, necesitábamos reponernos y disfrutar, y allí estuvimos hasta que llegó la hora de marchar hacia el Calderón, reconozco que iba perjudicado pero consciente, seguramente algún trago más de cerveza me hubiera dejado fuera de combate.

Me esperaba algo más del Calderón por dentro, creo que estéticamente le afeaba el hecho de no ser un estadio cerrado, sobre todo debido a las aberturas a ambos lados de la Tribuna, en definitiva no era un estadio mejor que Mestalla. 

El partido fue de tal felicidad que es lo que mejor recuerdo de esa temporada, aparte de que la grada la dominábamos de largo, el partido fue un dominio de principio a fin, los goles tempraneros y casi idénticos de Alexis y Mata dejaron el partido muy a favor, y tan solo se asomó alguna duda tras el gol de penalti del Getafe, pero se remató al final gracias al postrero gol de Morientes, que dejó los últimos minutos en una fiesta valencianista en el Calderón.

Celebramos el título allí en el Calderón, y menos mal, porque ya sabemos todos lo que sucedió en Valencia, que no se celebró debido a la mala marcha del equipo en la Liga (mal hecho, el tiempo nos ha enseñado que tampoco llegamos y ganamos tantas finales como para no celebrarlas, los títulos se celebran siempre, no ya por nosotros sino por los más pequeños, a ellos hay que dedicarles los triunfos, son el futuro y hay que cuidar la cantera).       

Aún recuerdo la sonrisilla de Poseidón cuando íbamos subiendo al autobús, habían muchos más Lotófagos hacinados en el suelo durmiendo, creo que se perdieron la final entera. La vuelta fue terrible, salir de poniente se hizo eterno, casi como los siete años que la ninfa Calipso retuvo a Ulises en la isla de Ogigia. Poseidón decidió ir a una velocidad que nos permitiera llegar los últimos a cada estación de servicio.

Menos mal que no fueron siete años, sino siete horas las que nos costó volver al punto de partida, Mestalla, como Ulises y Telemaco vestidos de mendigos llegamos a Ítaca, sólo que nosotros íbamos mejor vestidos pero seguramente igual de cansados. Tuve el tiempo justo de llegar a casa, ducharme, desayunar y coger el coche para ir a trabajar, lo primero que hice fue colocar mi bufanda del Valencia en la pared de la oficina con dos chinchetas y la sonrisa de felicidad me duró todo el día pese al cansancio.

Recuerdo también que esos días en diferentes medio de comunicación, indicaban que el Valencia había contactado con Marcelino García Toral, para que fuera entrenador del Valencia C.F., y que este declinó la oferta. Se decía en ese momento que sobretodo porque el club no le aseguraba que no fuera a vender a sus estrellas. Me alegro que tomara esa decisión, sin duda habría venido como tantos otros entrenadores antes de tiempo. A este banquillo hay que venir curtido en mil batallas, y con un libro de estilo claro, fuertes y rocosos atrás, poderosos en el medio y efectivos delante, y sobretodo silenciosos, que nadie sepa que estamos, ese es nuestro ADN.

Para finalizar no quiero dejar pasar la ocasión de comentar que a la pregunta de Paco Polit en su magnífico programa Veus del Centenari, sobre cuál es nuestro deseo para esta temporada del Centenario, no fui yo solamente, sino muchos los que pedimos llegar a una final y si pudiera ser tocar metal, yo además añadí que me gustaría ir a una final con mi hijo Pablo, ya que en la final de 2008 tenía solamente cuatro años, pues bien, milagrosamente tenemos entradas y estaremos en Sevilla, así que ya sólo nos falta tocar metal. 

Amunt i a per la Copa.

José Luis Aguilar. @PEPELUVFC

dimarts, 23 d’abril de 2019

LA BALADA DEL BAR TORINO




Admito que cuando empecé a leer el libro de Rafa Lahuerta lo hice con prevención; un cierto escepticismo me impulsaba a dejarlo para más adelante, cuando quedaran lejos los fastos del Centenario. No obstante, como aficionado empedernido, picado además por las buenas críticas de la obra, decidí sumergirme en la lectura aprovechando los tiempos muertos de aeropuertos y autobuses. Lo acabé en pocos días, con la satisfacción y el disfrute de cuanto allí se dice, pero también con una envidia sana, pues no niego que me hubiese encantado ser el autor. Porque Rafa Lahuerta, además de escribir francamente bien, con soltura y un ritmo narrativo acorde a la obra, se ha planteado un ejercicio de sinceridad a raudales, con el corazón en la mano, o para no incomodar a los puristas del lenguaje, con la mano en el corazón. Todo lo contrario a mi impostura de autor de ficción al cual le da pánico escribir con sinceridad sobre vivencias y acontecimientos experimentados y, para remate, imbricarlos, o para ser más exacto, hacerlos confluir en el club de sus amores, el Valencia C.F., una especie de bote salvavidas al cual Rafa Lahuerta se ha asido en momentos azarosos de su vida, permitiéndole salir airoso y avanzar en su crecimiento como persona, pero también en la condición de personaje público. 


La balada del bar Torino, atendiendo a las indicaciones del autor, es una obra que ya tenía en mente muchos años antes de salir publicada la primera edición, en octubre de 2014 (hoy cuenta con cuatro), seguramente desde que decidió desvincularse del grupo Yomus, cuando se radicalizó en la década de los noventa. Rafa Lahuerta se vuelve más reflexivo y se percata de que siendo un miembro importante del colectivo de animación, ha perdido parte de su libertad para actuar en conciencia, algo que justifica a lo largo del libro. Un libro que en mi modesta opinión, más que una novela (hay cierta inventiva y metáforas hermosas), se trata de una autobiografía honesta, a través de la cual nos evoca plazas, calles y rincones de otra Valencia que todavía daba la espalda al mar, de la esquina de la calle Gorgos con la de Rubén Darío, del barrio del Mercat, de la calle Cuenca, de sus años en la panadería familiar, sus andanzas por la eterna calle Zurradores, de su otro abuelo Manolo, de su madre y hermanos, de su padre, actor fundamental para entender su fidelidad sin límites al Club, de sus años viviendo en la inquietud, de sus amoríos primerizos y por encima de todo el Valencia, C.F., meta y muleta para levantarse una y otra vez, pues nos recuerda que él es socio desde que nació en 1971, una marca indeleble de la cual es imposible renegar, por tanto uno ha de convivir con ella lo mismito que se le hace sitio a un lunar caprichoso, o a una calva prematura; lo contrario es un disimulo difícil de creer: mejor el tumulto de una multitud que ha hecho del Valencia C. F. la válvula de escape, aunque a veces sea errática y nos dé disgustos que se pasan en pocos días. 

A lo largo de las más de doscientas páginas, además de relatarnos sin tapujos los recuerdos más indelebles de su vida, Lahuerta aprehende fechas cruciales y efemérides más significativas para el valencianismo, recordándonos que un siglo da para mucho. También nos advierte del pedigrí familiar que entronca con las raíces valencianistas, ahí la amistad antigua de su tío Vicente con el mítico Vicente Asensi, hasta el punto de especular con la posibilidad de que la firma del primer contrato como profesional del miembro de la Delantera Eléctrica lo hubiera firmado en realidad su tío, o que por el Forn de la séquia se dejaran ver Pìo y Amadeo. De las vicisitudes de presidentes incomprendidos, del lastre de presidentes nocivos para la entidad, de infinidad de partidos asistiendo a Mestalla, de finales felices y finales malditas, de Kempes, santo y seña del valencianismo, de Puchades, del malogrado Vicente Peris, de la pirotecnia que es el Club, de la afición, a veces tan bipolar. Porque al fin y a la postre todo parte de una idea tan feliz como alocada, la de la fundación del Valencia en el hoy desaparecido Bar Torino, un homenaje de facto a las raíces del equipo che. 

Un libro, en resumidas cuentas, de obligada lectura, más tratándose de un seguidor del Valencia que no quiere olvidar el pasado, pero también quiere compartir las emociones y revivirlas merced a la extraordinaria obra. Gracias Rafael Lahuerta por este libro tan auténtico escrito con el corazón en la mano, o con la mano en el corazón. 

Julio Mauriz Nieto

dissabte, 20 d’abril de 2019

BITACORA DEL CENTENARIO

Jornada 33


¡VIVA ER BETIS! 



Tengo una buena amiga que dice de mí que soy un tío raro. Se basa ella, fundamentalmente, en mis aficiones y en la forma, vetusta y desusada con la que me enfrento a hechos cotidianos del mundo actual. Mi tardanza en incorporarme al uso del teléfono móvil, mi preferencia por los pañuelos de tela frente a los de papel, mi afición a la escoba frente al aspirador o mi certeza de que una sartén queda mucho mejor limpia usando Vim o Ajax, además de una generosa dosis de Fairy. 

En el apartado de mis aficiones destaca el coleccionismo de cromos de fútbol, algo asociado a la infancia y que, como un puñado de irreductibles galos, algunos ciudadanos de a pie seguimos cultivando como si de un conocimiento ancestral se tratara. Mi última adquisición es un lote de 11 cromos de la colección Caramelos La Aldeana, de la temporada 1934-35, que configura una alineación típica de la época del Valencia F. C. 

En mi sueño ingenuo de que las ligas europeas se refunden y configuren como ligas cerradas, de forma análoga a las competiciones de la MLB, NBA o NFL, me planteo muchas veces qué equipos merecerían tener asignada, de oficio, una franquicia en ellas. Mi criterio inicial es que todos los equipos que hayan ganado alguna vez la Liga deberían estar en esa nueva liga cerrada; siempre y cuando: sigan existiendo y tengan un entorno social que permita su viabilidad con una cuota de negocio aceptable. El Real Betis Balompié sería uno de esos equipos. Esos equipos son los que yo, periodísticamente hablando, considero un “grande”. Equipos de larga trayectoria histórica con al menos una Liga en su mochila y, por qué no, alguna que otra Copa. 

En la temporada 1934-35 el equipo que se llevó la Liga fue el Betis Balompié. Ganó con 34 puntos, uno más que su perseguidor el Madrid F. C., perdiendo tan solo 3 partidos de los 22 jugados en una liga de 12 equipos. El Valencia quedó abajo en la tabla, en un noveno puesto, con 20 puntos, pero a 9 puntos del descenso. Los equipos descendidos fueron el Donostia F. C. y el Arenas Club. El Betis ganó 3-0 en su campo y el Valencia hizo lo propio en Mestalla por 3-1, devolviéndole el amargo bocado de la derrota. 

Mi adquisición de esos cromitos de la temporada 1934-35 me conecta con la historia de un equipo como el Betis que, en los últimos tiempos de campeonar que vivimos estuvo frente a nosotros. Y, dándole a esto un giro austeriano, donde la casualidad y el azar dominan y gestionan de forma arcana la realidad, se me ha instalado en la sala de estar de mi mente valencianista la idea de que si al ganar la Copa de 2008 nos tuvimos que deshacer del Betis para poder llegar hasta la final, ahora estamos en una situación similar. Hemos eliminado al Betis, camino de nuestra nueva final de Copa en 11 años. Bastaría esta cábala carente de todo fundamento lógico para ilusionarnos con la idea de que Betis y Valencia estamos conectados para ofrecer al contrario un salvoconducto a los sueños de gloria. Si no, ¿por qué han aparecido estos cromitos esquivos, supervivientes de una guerra, una dictadura y varias décadas de democracia, justamente ahora? 

El enfrentamiento que nos anima a escribir estas líneas es liguero, una nimiedad si ponemos por delante las ilusiones y los deseos de agrandar la historia y palmarés del equipo centenario en 2019, un equipo lleno de momentos dulces, suficientes para sacar pecho y aceptar las derrotas con gallardía, sabedores de que nuestro equipo es, incontestablemente, diferente, pero nuestro, con sus debilidades y fortalezas, no siempre bien comprendidas por los vendedores de humo. Incómodos, broncos, duros, correosos, letales cuando el contrario nos subestima, y siempre con la voluntad de querer llegar, ésa que espolea nuestras más profundas ansias de trascender. Así que, celebremos este enfrentamiento contra el Betis con un grito que haremos nuestro como antesala de lo que está por venir: ¡Viva er Betis, manque pierda!

Fran García.


           

dissabte, 13 d’abril de 2019

BITACORA DEL CENTENARIO

Jornada 32


Extracto de los estudios recientes sobre la tribu de “Los otros” o “Granotes”.
Adaptación de la conferencia realizada por Sergi Calvo en la sede de la sociedad científica uvaM.
Abril 2019.

 Objeto de estudio:
“Los otros” son un grupo humano peculiar que se autodenominan a sí mismos “Granotes”.

Aunque el origen del término no parece tener relación con el citado anfibio, también nuestra civilización se refiere a ellos, con evidentes tintes despectivos, como “sapos”, con lo que su relación como especie con el género Batracio parece la más próxima a su volkgeist original.

Toma de contacto:
La primera toma de contacto por mi parte con estos seres en su entorno original, se produjo mediada la década de los 80 del siglo pasado. En mis visitas a su nicho ecológico, de manera muy rápida me sorprendió el hecho de que se dirigiesen al colegiado del encuentro futbolístico utilizando el término “Valencianistafilldeputaxotodemerda”. El hecho de que este término (o mejor, unión de conceptos dispersos) fuera utilizada cuando los lugareños percibían alguna decisión perjudicial para sus propios intereses deportivos, me hizo rápidamente deducir que “Valencianista” o “Xoto” son asociados a términos hostiles o profundamente despectivos. Deduje rápidamente el desencuentro entre estos seres y nuestra civilización. Nótese que no era la totalidad de los allí congregados los que utilizaban con furia y desprecio estos términos al colegiado. Mi teoría es que, muy probablemente, muchos de los allí congregados en aquel evento de fútbol en categorías semiprofesionales (Hábitat habitual de los “Granotes”) éramos en realidad valencianistas o “xotos” encubiertos. Contándose en muy pocas docenas los verdaderamente granotes “puros”.

Nicho o hábitat:
El espacio de desarrollo de esta cultura es una muy curiosa e interesante réplica, en tamaño miniatura, de un estadio de fútbol. Es prácticamente de idéntica forma a los estadios normales pero de en escala reducida. Aún así, pese a que los granotes son de tamaño normal, rara vez esta réplica miniaturizada de estadio llega a completar su aforo y si lo hace, gran parte de los asistentes lo hacen sin pagar acceso al estadio.

Rituales e idolatría:
Sus ídolos son los habituales en estas culturas y no difieren demasiado de las nuestras. Su principal deidad actual recibe la denominación de “Comandante Morales”, de reivindicada velocidad y agresividad hacia sus enemigos. Aún así, suele ser inofensivo en gran parte de los combates. Su principal mito habla de un defensa de gran tamaño llamado “Sergio Ballesteros”. Intrascendente fuera de las fronteras de la tribu, haría las funciones de paternidad mitológica. “Ettien” o “Paco Salillas”, nombres igualmente desconocidos para el común de los mortales, figuran en el panteón reciente levantinista. También aquí encontramos registros de deidades “pufo” o que no generan buen recuerdo en los ancianos de la tribu, es el caso de “Johan Cruyff” por ejemplo. Sorprendente es el análisis que se realiza de nuestro maldecido “Mijatovic”, que aparece igualmente en la cultura Levantinista o Granota. El engominado montenegrino aparece en los documentos iniciales, como una buena y salvadora divinidad, mas, en la evolución de su relato, también se percibe cierto gesto torcido entre los miembros más veteranos de la tribu. Siendo despreciado, casi por igual entre, ambos pueblos.

Aunque sin duda la más pintoresca y sorprendente leyenda levantinista está incluída en el llamado “Ciclo de Ramalho”: estrambótica historia de un delantero brasileño que tenía por costumbre ingerir por vía oral… supositorios.

Los registros de nuestro Vicente Rodríguez aparecen mutilados siendo el término “Vicentín” considerado Tabú entre los aborígenes.
  
Historia:
Según sus registros documentales, la fundación de la entidad es datada en el año 476 de nuestra era cuando el ostrogodo Odoacro, con la cabeza de un legionario romano a sus pies, como una pelota, “miro – textualmente- en dirección a Levante”. Tal sería la primera mención al club. No obstante, algunos estudiosos locales sostienen haber encontrado en un depósito de tablillas sumerias fechadas en 2975 AdC, registros cuneinformes que situarían ya entonces, la existencia del club.

Sea la tesis ostrogoda o un origen próximo a la prehistoria, el Levante sería, junto al Sevilla, no sólo el club decano del fútbol universal sino que sería el origen de la civilización occidental tal cual la conocemos.

Afición:
Mis recientes estudios sin embargo han desmentido una tesis muy extendida entre los extraños a este grupo: no existen Levantinistas puros, es decir, todo levantinista tiene una afición encubierta vinculada a Real Madrid o Barcelona.

Debo desmentir y apuntar la falsedad de esta afirmación. He conocido varios sujetos que sí que son ejemplares puros y que incluso muestran profunda indiferencia hacia el FC Barcelona y un profundo desprecio al Real Madrid. Verdaderamente sueñan y se emocionan con los suyos y lo son de ellos y nadie más. Para este humilde estudio antropológico, es una satisfacción la existencia de estos ejemplares y se recomienda formalmente su conservación genuina.

Dichos y costumbres:
Su gutural “Matxo Llevant” parece tener origen en la expresión, claramente inconsciente, de un loro en uno de los locales de reunión, Barrio de Ruzafa de la afición granota. Más indescifrable sitúa su analogía de “lo imposible” (en este caso el ascenso del primer equipo, algo ciertamente complicado e inaudito en su milenaria historia) con tintes algo siniestros y tétricos haciendo referencia a la antinatural cualidad de una animal difunto (un felino) a un árbol o palmera.

El resto de expresiones populares de esta especie suele hacer referencia o bien al tal Sergio Ballesteros, el susodicho Morales o, en tono burlesco-despectivo hacia nuestra civilización. Éstas últimas referencias de una rivalidad (No correspondida) suelen disminuir notablemente en intensidad tras una de las muy habituales goleadas que infringimos a los Granotas, declarándose una humillante tregua por su parte, que vuelve a crecer en intensidad hasta la siguiente derrota y/o descenso de categoría.

Conclusiones:
Aunque pintorescos y aguerridos, debe estudiarse la conveniencia de su romanización.

Sergi Calvo.

Pd. En “mis estudios” he descubierto (y ahora abandono la seriedad científica del asunto) al Abuelo de Hugo y Alex, el guerrero Nico y Víctor, Pablo, Martín padre e hijo o Rubén y Enzo, guardianes del arco, que sueñan en granota.

Son levantinistas de verdad, pendencieros e irreductibles, “picones” pero siempre desde el cariño y la amistad. Muy buena gente que vive con pasión auténtica y sana esta rivalidad que nos da vida y alegría.

No, no quiero que nadie os “romanice”, ojalá disfrutéis de vuestro Matxo Llevant durante muchos años con la misma alegría, ilusión y sencillez que me habéis demostrado. Sois ejemplo y pilar fundamental en el futuro de vuestro club.

Me enorgullezco de conocer vuestro auténtico levantinismo, pero sobre todo poder contaros como amigos.

Toda mi admiración, cariño y respeto.

(¡Y que continuéis con vuestra milenaria historia!)






dimarts, 9 d’abril de 2019

LA GALOPADA



El 24 de marzo me acordé de muchas cosas que creía olvidadas. Que se habían ido. Pero comprobé con sorpresa y alivio que no, no completamente. Estaban ahí, apareciendo lentamente, ocultas entre la maleza que compone todo lo absurdo y superfluo que cada vez me hace más difícil ver con claridad los recuerdos importantes y los sueños pasados. 

Soy de un pueblo bastante al sur de Valencia y bastante al norte de Alicante; y cuando era pequeño, en mi clase solo tres nos declarábamos aficionados del Valencia Club de Fútbol. No era fácil decirle al mundo: ahora ya sabéis que normalmente los fines de semana sufro, y ahora ya sabéis que podéis meteros conmigo los lunes. Los tres irreducibles acudíamos a una pequeña y vieja pista de futbol-sala por las tardes. Sin excusas. Allí el panorama era heterogéneo en cuanto a nacionalidades, edades, y simpatías. Pero existía un acuerdo común: íbamos a jugar. Y yo creía que se me habían olvidado esos partidos a pleno sol y que duraban toda la tarde. Partidos donde había que entregarlo todo, si querías tener el privilegio de que quisieran jugar contigo en la siguiente ocasión. Partidos donde un amigo mío que corría mucho se convertía en Claudio López, dejándolos a todos atrás, prepotente y burlón. Partidos donde te atrevías a hacer cosas que le habías visto tiempo atrás a Viola una noche de sábado en Canal Nou. Partidos donde se comentaba que el Bayern nos iba a eliminar seguro de la UEFA, y que lo importante era intentar no quedar muy mal. Partidos donde las chicas del puerto a veces venían y se sentaban en los bancos, creando una tensión extraña que aún no sabíamos que nunca íbamos a aprender a descifrar del todo. A veces, muchas veces, llegaba al campo tan pronto que no había nadie aún, y me dedicaba a intentar pegarle al larguero desde una media distancia. Creo que no me he sentido tan relajado y feliz en mi vida. Con mi camiseta Luanvi y mi logo de Ford, yendo y viniendo a por el balón, golpeándolo, mientras pensaba que sería una pasada ir algún día a Mestalla y ver de cerca a los jugadores. Recuerdo que la pista era pequeña y que cuando te llegaba un balón notabas como si una jauría se abalanzará para robarte el alma. Recuerdo también que, si lograbas escapar de eso, veías un brillo especial en los ojos de compañeros y rivales. No se lo contaré nunca a nadie, pero pactaría con el diablo por volver a uno de esos partidos, aunque fuera diez minutos. Por ver a los irreductibles, en su formato de antaño. Por correr como un poseso con la pelota. Por darle por la noche a mi madre mi camiseta del Valencia empapada para que me la lavara. Por sentirme vivo y soñar. 

Se que no podré volver, pero recordarlo es viajar allí. Así que, muchas gracias. Porque estuve allí y aunque en mi asiento lloré, fui feliz. Estuve allí todo el tiempo que duró la galopada increíble y el gol, del más joven entre los más jóvenes de la escuela.

Gonzalo Monfort

dissabte, 6 d’abril de 2019

BITACORA DEL CENTENARIO

Jornada 31


EN DOS PALABRAS: RAYO VALLECANO. 

RAYO: 

El rayo no fue vallecano, el rayo fue argentino, más concretamente cordobés. Fue una noche en la que ya no tenía nostalgia de Bellville. Eso había quedado atrás, olvidado, aquel 16 de agosto de 1976. 

Era la temporada en la que el Rayo se estrenaba como equipo de Primera División, con “el Palomo” Héctor Nuñez en el banquillo. 

Fue un 8 de abril de 1978. Por aquellos días sonaba sin parar el “Night Fever” de los Bee Gees en las emisoras de radio, mientras esperábamos impacientes el estreno de la película “Fiebre del Sábado Noche” pocas semanas después. Además el partido se jugó en el habitual, en aquellos tiempos, horario discotequero de las 22:30 h. Si Tony Manero se transformaba en la pista de baile convirtiéndose en una estrella, Mario Kempes hacía lo mismo en un terreno de juego. Y volvió a hacerlo esa noche, una vez más. Sólo faltó la icónica bola de discoteca con cristales de espejo. 

Fue el debut oficial de Pablo Rodriguez, “la ardilla de Ibrox Park”, al que Marcel Domingo había subido del Mestalleta al primer equipo. Pero el partido no se recordará por esto. 

Ganó el Valencia 7-0 con cuatro goles de Kempes, todos ellos en la segunda parte, en un intervalo de tan sólo 20 minutos. Fue un vendaval de esos a los que nos tenía acostumbrados. Entre el minuto 55 y 75 de partido un rayo cruzó Mestalla, entonces aún Luis Casanova, para fulminar a La Franja. Ese rayo se llama Mario Alberto Kempes. Él fue el auténtico y único rayo en aquel partido. 

Muchos años después, concretamente en agosto de 2015, en una de las visitas de Kempes a Valencia se lo recordé mientras me firmaba, como siempre con una sonrisa y amabilidad asombrosa, en la portada del monográfico “Kempes Story” que le dedicó la revista francesa Onze. Mario, con la humildad que le caracteriza, me respondió: “¿Cuatro goles en veinte minutos? ¿Vos está seguro? No sería yo, sería el Lobo”. 

“El tiempo nos ha enseñado a recordarte con amor. Por siempre, Mario Kempes, matador” (La Gran Esperanza Blanca). 

VALLECANO: 

Laurie Cunningham nació en un humilde barrio de Londres en 1956, pero bien podría haberlo hecho en Vallecas. 

La primera vez que le vi jugar fue en noviembre de 1978 en partido de ida de la Copa de la UEFA con el West Bromwich Albion. Fue una de las actuaciones individuales que más me ha impresionado en directo en mis muchos años de fútbol. Uno de los jugadores más elegantes que he visto sobre un terreno de juego tan sólo viéndolo correr. 

Su carrera apuntaba a lo más alto. Condiciones futbolísticas no le faltaban. Lamentablemente, carecía de otras necesarias para ser un buen deportista profesional. Le gustaba más la noche, las drogas, el alcohol, el tabaco y las discotecas (era un extraordinario bailarín) que la vida sana. Maneras de vivir. 

Fue uno de los primeros jugadores negros en jugar con la selección inglesa en una época en la que la multiculturalidad no estaba tan aceptada como ahora y el primer futbolista inglés en jugar en el Real Madrid. A partir de aquí, un deambular por varios equipos hasta que en 1986 fichó por el Rayo Vallecano que estaba en Segunda División, coincidiendo con nuestra temporada en el infierno, ese con el que solía coquetear demasiado Laurie Cunningham. 

Me lo imagino en el club de boxeo que hay bajo el propio estadio de Vallecas enseñando a “bailar” a Poli Diaz. 

Tras probar fortuna en el Charleroi y después proclamarse campeón de la FA con el Wimbledon volvió al Rayo en 1988 para intentar el ascenso a Primera. Y lo consigue, precisamente con un gol de Laurie. Termina la temporada. 

Cunningham estaba negociando su renovación con el Rayo. Tras una reunión con el Presidente se sabe que Cunningham se citó con un misterioso joven americano. Tras pasar la tarde el el hipódromo de la Zarzuela, deciden disfrutar de la noche madrileña, bailando sin parar en una discoteca y, de regreso a casa, a las 06:45 h de la mañana del 15 de julio de 1989, Cunningham fallece tras chocar su Seat Ibiza dorado contra una farola en la carretera de La Coruña. Su acompañante sale ileso. 

Nadie sabe quién era el joven americano, pero según mis pesquisas, le llamaban “el sabudet”. Me llamó la atención tal apodo. Me resultaba familiar. Tirando de hemeroteca, descubro que, veinticinco años antes, el Valencia C.F. acudió a una reunión a Madrid con motivo de la Copa de Ferias. A ella asistió el omnipresente D. Vicente Peris, como siempre acompañado por su inseparable y enigmático amigo americano, más conocido por “el sabut”, que ejercía de traductor. Tras la reunión, D. Vicente volvió al hotel, pero “el sabut”, que era un golfo empedernido, sucumbió a la noche madrileña. Dicen las malas lenguas que terminó con Anuska Loren, famosa vedette del Molino Rojo de Madrid. También dicen que nueve meses después la vedette tuvo un hijo. ¿Sería “el sabudet”? Yo no lo descartaría. 

DEP Laurie Cunningham, quien decidió que la vida pirata es la vida mejor. 

PD. El novio de mi hija es madridista. Mi madre, prueba del amor incondicional de los abuelos por sus nietos, lo justifica diciendo que el chaval es madrileño. Yo le respondo: “¡Coño, pues ya podría ser del Rayo! 

Jesús Roig Sena. 

dimecres, 3 d’abril de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 30



NECROLÒGICA.


Hugo Orlando Gatti, “el Loco Gatti”, (Carlos Tejedor, 19 d'agost de 1944- Madrid 22 de maig de 2004). Porter de futbol argentí retirat, va jugar a la primera divisió argentina durant 26 temporades, en les que va disputar un total de 765 partits. Darrerament exercia d'articulista a diferents mitjans de comunicació.



Precisament la seua mort, segons tots els indicis policials estaria relacionada amb un article publicat al diari AS el passat 4 de març. Les investigacions judicials, encara sota el secret del sumari, apunten al compliment de la seua paraula. Per l'interès i l'inèdit del cas reproduïm íntegrament la seua premonitòria columna d'opinió:



“La Liga ya se ha ganado, yo lo tengo muy claro. Cuando empezó el campeonato ya dije que era para el Madrid y no me estoy equivocando. Hoy lo reafirmo. ¿Por qué? Pues porque el Madrid es el mejor equipo de España y del mundo. Además, el Valencia y el Deportivo se enfrentan pronto entre sí. Incluso me atrevo a arriesgarme asegurando que el segundo puede ser el Barcelona, porque ha remontado en las últimas fechas, porque han ganado mucha confianza y porque, tras el Madrid, es el equipo con apellido más ilustre de su país.

Ante el Racing, los galácticos pueden permitirse el lujo de descansar para que jueguen los Pavones. Aquí en Argentina no hay dudas: el Madrid será el campeón. Y sus rivales también lo saben: el Valencia ha dejado escapar el tren de su papá (siempre digo que el Madrid tiene dos hijos bobos, el Barça y el Valencia). Los de Queiroz también alzarán el trofeo de la Copa, estoy seguro. Yo lo digo ahora: si el Madrid deja escapar esta Liga yo me pego un tiro en medio del Bernabéu (dos en caso de que perdiera también la Copa del Rey). El drama mayor viene en la Champions League. No lo veo tan claro, así que no me arriesgo a jugarme la vida en ello. Me da mucho miedo esa competición. Hablamos de cosas mucho mayores y el Bayern irá a morder al Bernabéu”. (Diario AS, 4 de marzo de 2004).

Des de la pèrdua de la final copera davant el Deportivo de A Coruña en el mateix Santiago Bernabeu, precisament el dia que l'equip madridista celebrava el seu centenari, el comportament de Gatti va canviar segons apunten els seus íntims. 

La debacle madridista en Champions davant el Mònac, junt a la imparable remuntada del València CF a la Lliga, van fer que les darreres setmanes es convertiren en un autèntic infern per a l'exporter de Boca, segons ha manifestat el psiquiatra que el va atendre al servei d'urgències d'una prestigiosa clínica especialitzada en enfermetats mentals de la ciutat de Buenos Aires. La consecució del doblet pel club de Mestalla després la victòria en la final de la Copa de la UEFA, disputada a Goteborg, el passat dia 19 de maig, va fer que Hugo Gatti decidira posar fi al seu patiment. Va comprar un vol Buenos Aires-Madrid i una vegada allí es va dirigir al recinte madridista on va adquirir una entrada per al Tour del Bernabeu. La resta dels detalls de com va poder adquirir un revolver i accedir al cercle central del camp es desconeixen. El ben cert és que el “loco Gatti” va complir la seua paraula.

Descanse en pau.

Josep A. Bosch i Valero











dissabte, 30 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 29

BANDERAS PARA EL RECUERDO

Diciembre 1985. 

Tuve que ahorrar varias pagas semanales para comprar mi primera bandera del Valencia, la blanca con el escudo en medio. 

Quinientas pesetas me costó en el puesto del señor de bigote que montaba su tenderete en la acera del fondo norte de Mestalla. 

Curiosamente la compré al acabar el partido y no al comienzo, de aquel extraño Valencia 6 Deportivo Aragón 1 de Copa del Rey. 

Era finales de noviembre de 1985 y con trece años ya realizaba mis liturgias, quizá supersticiones, alrededor del club y su simbología. Quería hacer debutar aquella inmaculada bandera contra el Sevilla en el siguiente partido de Liga, cuatro días después. 

Aquel 1 de diciembre de 1985, jornada 14 de Liga, era la fecha escogida para el debut de lo que esperaba fuera una larga y laureada trayectoria. 

Nada me hacía prever lo que luego sucedió. 

Perdimos cero a uno con uno de los arbitrajes más lamentables que se recuerdan en la historia del club. Pes Pérez pitó un inexistente penalti fruto de un choque entre Ruda y Sempere, que materializó Montero. 

Dos horas le costó al árbitro abandonar el entonces Luis Casanova. Además lo hizo por una puerta falsa. 

Nada más finalizar el partido hubo una enorme concentración de valencianistas indignados (en aquella época se decía cabreados) en la Avenida de Suecia, frente a Tribuna. 

Allí estaba yo con mi bandera nueva y mi insolencia de trece años, gritando que aquello era un atraco y mentando a la madre del barbudo árbitro aragonés. 

La policía no tardó en hacer presencia y tampoco en actuar para dispersar la congregación. 

Botes de humo enturbiaban el ambiente y bolas de humo cortaban el aire. 

No recuerdo un episodio de violencia igual. En aquella época dejaban aparcar coches en la acera de enfrente de tribuna, lo que provocó un tapón entre la multitud que intentaba escapar y las pocas vías libres para hacerlo. 

Me recuerdo saltando de coche en coche, de capot en capot, intentando huir entre la histeria de la gente y el amenazador ruido de los disparos de las pelotas de goma. 

En medio del tumulto, mi recién estrenada bandera se enganchó entre los brazos de otra persona que también intentaba escapar, presa del pánico y se desgarró del palo. 

Ahí acabó su historia y palmarés, un partido me duró. 

Recuerdo a mi hermano burlarse de mí cuando me vio aparecer por casa únicamente con el palo. 

Podría haber sido peor, me dije para consolarme, podría haber vuelto sin el palo y con la marca de una bola de goma tatuada en la espalda como con la que al día siguiente acudió mi amigo Emilio al colegio. 

Mayo 2014. 

Sobre la alfombra, a sus seis años, Rober jugaba a construir palabras con las tapas de los Danoninos en cuyo reverso salían impresas letras del abecedario. 

Con orgullo de padre, me acerqué a ver qué había escrito y cuál fue mi asombro cuando descubrí que las dos palabras que había formado eran “Puta Sevilla”. 

Durante varios segundos, dudé si echarle una bronca o darle un abrazo. 

Cuando mi mujer asomó por la puerta ya no tuve elección. 

Bajo la mirada fija y expectante de Clara, expliqué al niño de la forma más didáctica que pude, que aquello que había escrito estaba muy mal, que no podía decir palabrotas y que había que respetar a los rivales. 

Se lo dije además en serio, no tiene sentido enemistarnos con un club que como nosotros intenta plantar cara a los dos de siempre, labor siempre respetable y meritoria. 

El nano, en su inocencia, no tenía ni idea qué significaba aquella palabra, simplemente había trasladado a la alfombra de casa, por inercia, lo que unos días antes había escuchado en Mestalla cuando M,Bia nos privó de jugar la final de la UEFA en el tiempo de descuento. 

Aquella noche, festivo del uno de mayo de 2014, fue la Confirmación a la militancia de Rober y de todos los niños valencianistas de su generación. Su primera gran hostia, de esas que no se esperan ni se olvidan. 

Durante el camino de vuelta, a lo largo del kilómetro y ochocientos metros que separan nuestra casa Mestalla de nuestra otra casa, la de residencia habitual, el nano, con su bandera blanca con el escudo en medio enrollada alrededor del cuello en forma de bufanda, no despegó palabra, se pasó todo el camino mirando al suelo, con gesto serio. 

Cuando llegamos, se fue directamente a su habitación a llorar desconsoladamente. 

Yo estaba triste por él pero a la vez orgulloso. Sabía de sobra, la experiencia me lo había enseñado en primera persona, lo que aquella noche de desilusión y desgarro infinito significaba, la forja de un sentimiento heredado a prueba de bomba, más allá de victorias o derrotas, militancia pura, de la buena, la que hace diferente y eterno este sentimiento. 

El Valencia había perdido jugar una final pero había consolidado una nueva generación de valencianistas, auténticos, irreductibles, como la de aquellos cinco mil valencianistas que estuvieron en el Camp Nou el 12 de abril de 1986 a los que se dedica La Balada que aquella noche del 1 de mayo de 2014 se comenzó a gestar. 

Marzo 2019. 

Pese al cansancio acumulado de Fallas y a que ayer trasnochamos, ni Rober ni yo tenemos sueño cuando a las siete de la mañana nos suena el despertador. Hoy es un día muy grande. Hemos quedado con nuestros amigos para homenajear los 100 años de historia que hoy cumple nuestro club. Lo haremos en forma de caminata, cada uno con su bandera blanca con el escudo en medio, por las calles de nuestra ciudad, Valencia, esa cuyo equipo de fútbol desde 1919 lleva su nombre. El próximo fin de semana no hay Liga y jugaremos el próximo partido, el primero como centenarios, en el Sánchez Pizjuán. 

José Carlos Fernández Haba.






dimecres, 13 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 28

EL NOSTRE HOMENATGE A ALGIRÓS EN LA MARXA DEL CENTENARI.


Quan caiguem en la temptació de la melancolia, en reflexionar sobre els defectes, les mancances de la celebració del Centenari, la sordina institucional. les innecessàries impostures, l’exhibició en primera plana dels nou vinguts a la memòria, hom té també la temptació de considerar el que podria haver estat el Centenari sense la constància, l’esforç i la discreció d’este grup militant que des de fa anys ens retrobàrem en la reivindicació de que no tot estava escrit. Més enllà d’inèrcies incomprensibles, cada etapa del club, cada dirigent, cada treballador tenia una història a recuperar. L’analfabetisme patrimonial, ningú millor que nosaltres ho sap, no ve d’ara ni és estranger. Eixa seria una disculpa fàcil. És nostre, ben antic, i amb notòria identitat valenciana. Els militants de la memòria, sempre els mateixos, però cada vegada, lentament, més nombrosos, hem aconseguit èxits confortants, figures retrobades, però també fracassos que són vergonya present, i vergonya retrospectiva, per tot el que no es va fer en el passat. Valga l’exemple de la incomprensible absència de la figura de Vicent Peris en el Centenari. I més coses que no cal recordar.

Però el balanç és positiu, i no només en una estricta perspectiva acadèmica o erudita, que ben poc importa. Hui en dia la nostra opinió és un valor cert i contrastat, generós, al qual ningú no ha estat capaç d’unir-lo a una mala acció o a un interés egoista, i que per tant, quan ha estat reconegut pels actuals dirigents, ningú no podrà dir que estava presidit ni pel mercantilisme, ni per la vanitat.

Tots som conscients que les mancances patrimonials podrien haver estat reparades d’una manera molt més intensa, i sense necessitat de despeses exagerades. Per a sufragar la major part de les qüestions que hem il·luminat no calia més que voluntat i entusiasme, virtuts de les que este col·lectiu té un superàvit contrastat i a prova de defeccions. Tots en som conscients que en este recorregut no hem de ser nosaltres els qui se separen del camí, perquè seguint aquella frase que hem fet una miqueta nostra, tenim la voluntat de voler arribar, i arribarem. Vicent Peris, el Museu, Algirós, i els centenars d’històries que esperen ser narrades, i que al final escamparem. El combustible de la memòria és inesgotable.

Per això este 18 de març de 2019, cal que tornem a l’inici del viatge, al lloc del futbol, a l’espai esportiu que en només 4 anys va demostrar la determinació dels pares fundadors, la seua capacitat de fer una entitat solvent i representativa de la nostra societat, competitiva, que en el seu èxit va fer necessària la construcció de Mestalla. Algirós és l’inici d’un viatge centenari que no pot quedar oblidat. 
En homenatge a Algirós, eixe camp tan pròxim a Mestalla i tan desconegut, eixe dia, a les 9 del matí, abans de la Marxa del Centenari, els membres d’Últimes Vesprades a Mestalla convoquem els valencianistes a retre eixe modest homenatge al camp on va començar tot. En el cantó de l’Avinguda d’Aragó amb el carrer de l’Enginyer José Edmundo Casañ. Imaginarem la restitució de la placa. Imaginarem dos estàtues de Montes i Cubells. Allí va començar el viatge centenari del València, i allí començarem la nostra marxa. Algun dia, també ho sabem tots, més prompte que tard, ho aconseguirem.


Miquel Nadal
Soci del València CF
Últimes vesprades a Mestalla


dissabte, 9 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 27

A FER LA MÀ, AMICS

Me he relajado. La clasificación para la final de copa me ha sacado de la realidad competitiva. De hecho, tras eliminar al Betis ni siquiera sentí euforia, más bien alivio. Volver a una final me parece una manera perfecta de cerrar un ciclo. Ya estoy preparado para otra travesía en el desierto, independientemente de que se gane o no en Sevilla. Lógicamente no espero ni comprensión ni apoyo, tan sólo que se me permita hacer mutis por el foro sin grandes reproches. No sirvo para el recurrente Ganar, ganar y ganar. En ese sentido soy un pésimo ejemplo, un hincha amortizado, alguien que sueña con el retiro dorado de la última fila, sin twitter, sin columnas en prensa, sin dramitas recurrentes cada vez que se pierde un partido. Soy un gran conformista, lo siento. Lo que me hace sufrir es la desafección, pero no las derrotas. Y nada engancha y fideliza más que jugar finales. Una final, volver a una final, será gasolina suficiente para los próximos años, tiempo suficiente para que se renueve la nómina de opinadores más o menos ilustrados que tiene el VCF. En ese sentido también estoy un poco cansado, fundamentalmente porque ya no tengo nada que aportar. 

Por sentido de la responsabilidad he mantenido cierta presencia pública, pero estoy agotado de repetirme. No quiero ser la viuda de La Balada del Bar Torino. Ese peso en la mochila desapareció el jueves pasado en Mestalla. Y con ese peso las ganas de escribir acerca del VCF. Me gusta que le vaya bien al Valencia para poder olvidarme del Valencia. Así que esta será la última jornada que escriba crónica. No tengo nada más que decir salvo una cosa: la marcha del 18 de marzo es el acto más importante del Centenario. Es un acto gratuito que sólo cobrará valor si la gente responde. Si el pueblo de Mestalla no está a la altura y llena las calles masivamente, todas las críticas vertidas hacia la propiedad por no haber invertido tiempo y dinero en un Centenario más vistoso y atractivo, carecerán de valor. Nos vemos en la calle el día 18. AMUNT

Rafa Lahuerta

dijous, 7 de març de 2019

NUESTRA PRIMERA FINAL



Puede que nos hayamos entendido por primera vez en tiempo, tras llevar años hablando diferentes idiomas. Puede que sea de las pocas veces que hemos coincidido en el espacio-tiempo, tras intentos e intentos en que uno llegaba antes de tiempo y el otro llegaba tarde. Puede que, además y sin que sirva de precedente, esta vez nos hayamos prestado atención el uno al otro de verdad. La comunicación, ah, ese bien tan poco preciado. Por eso me maravilla que hoy me escuches y me entiendas y, para asombro propio, me descubro a mí mismo haciendo algo idéntico, reparando en cada término que utilizas. Ambos sabíamos que este momento llegaría porque, por suerte, ya no somos los mismos de antes. 

Justo cuando más alejados estábamos, cuando menos daba nadie por nosotros, cuando la apatía comenzaba a reinar por doquier, la magia surgió de la nada; una chispa de luz tan brutal que me ha devuelto la fe en esto. Sí, la fe, porque sin una dimensión esotérica todo lo que hemos aguantado sería inexplicable, imposible de entender para alguien que no lo haya vivido. No ha sido una relación fácil, ha habido momentos mejores y peores, pero seamos sinceros: todo era mediocre salvo algún detalle bonito. Y tú y yo no estamos hechos para ser mediocres. Sé que no he sido una pareja de baile cómoda. Tú tampoco. Pero aquí estamos, celebrando que todas nuestras acaloradas discusiones han servido para hacernos mejores, para aprender. Celebrando que toda la frustración que hemos aguantado nos ha hecho más fuertes. Celebrando, por fin, que nuestra relación ha generado una sinergia que ha superado la suma de lo que somos. No, el Valencia no somos ni tú ni yo: el Valencia somos nosotros. 

Sin la comunión entre afición y equipo, entre Mestalla y los jugadores, sería muy difícil hacer entender a alguien que no ha visto nuestros partidos de Copa que estamos en la final. Parece sobrenatural que un equipo que está atenazado de tanto gatillazo en la Liga, que ha pasado con más pena que gloria por la Champions y que parecía en plena enésima crisis en la última década, ahora haya mostrado solvencia a la hora de enfrentarse a una semifinal de Copa frente a un rival fuerte como es el actual Betis. El factor afición es imprescindible para explicarlo. Mestalla ha levantado a un equipo de capa caída, un equipo plano y con pocas ideas más allá del orden defensivo; una afición que ha devuelto el color a una temporada que el equipo había tirado a la basura desde el mes de noviembre. En una temporada tan importante para la entidad como es el año del Centenario, ni desde la directiva ni desde el vestuario se ha estado a la altura para encararla, dando pocos motivos a la gente para apoyar y animar. Y, sin embargo, Mestalla no ha fallado. Tenemos fama de quemar la falla muy rápido, pero la realidad no para de demostrar que, aunque los valencianistas seamos de sangre caliente, somos un bien inestimable para explicar todo lo grande que ha conseguido este club y todo lo grande que pueda llegar a conseguir en el futuro. 

Y aunque en el pasado la afición ha animado y apoyado al equipo, esta temporada la comunión ha sido absoluta. Por primera vez después de mucho, equipo y afición se han sincronizado, llevándonos entre todos a la final. Una final que será la primera para la mayoría de jugadores de la plantilla, así como para el entrenador. La tan ansiada primera final. Una final que es la primera en esta década para el club. Una final que, además, tiene tintes generacionales para la entidad. Como ya varios han recordado, hay una generación de valencianistas cuyo último recuerdo (con suerte) es la Copa del 2008 – entre los cuales me incluyo. Todo lo demás ha sido miseria. Esta generación es una parte importante de la base social a la que es necesario motivar, a la que es necesario dar argumentos para llevar puesta la camiseta de Valencia al instituto o la universidad, a la que es necesario dar alegrías para que puedan decir orgullosos de qué equipo son, a la que es necesario captar para que se siga difundiendo el sentimiento valencianista a lo largo del tiempo, que no mengüe. Una base social para la que, pese a que esta sea su primera final, ha animado y apoyado a su equipo con vehemencia, como si ya hubieran visto ganar al club mil torneos. Esta será para muchos nuestra primera final. Pero además, esta será la primera final del Valencia que está por venir. 

Gracias por escuchar a la afición, equipo; gracias por estar ahí siempre, afición. 

Rodrigo Ramis Moyano / @8Rodri_rm 


dilluns, 4 de març de 2019

DE BORGES. EL OLVIDO Y SER VALENCIANISTA



Decía Borges que somos nuestra memoria, un museo de formas inconstantes añadía, y estos días en que por duras circunstancias personales me aterra la idea del olvido viene a mí desde Huelva un bote que aunque no sea salvavidas al menos me ha devuelto a la actualidad valencianista para que no me ahogue en mis penas. 

Es cierto que muchos de nosotros desconocemos la razón por la que somos valencianistas. A mí no me introdujo en esta pasión mi padre, ningún familiar ni amigo. Pero es casi imposible encontrar a alguien que no cuide de ese museo personal de formas inconstantes que son los recuerdos que el Valencia C.F. nos ha dado para hacernos lo que somos. 

De los inicios de mi museo conservo controles hipnóticos de Fernando, arrancadas de locomotora transiberiana de Penev y anticipaciones de mariscal de Arias. 

También en aquel museo conservo un 7-0 llegado de tierras germanas una tarde de jueves y el sonido del teléfono de góndola de casa de mis padres que anticipó a la voz de un compañero de EGB que quería reírse un rato a mi costa, porque saben ustedes que Borges no dijo que ese museo estuviera lleno solo de cosas agradables. 

También en mi museo está el sueño que vivimos aquella temporada que casi somos campeones de Liga representado por una imagen que todavía acude a mí si cierro los ojos. Un joven Mijatovic tras anotar gol en el Vicente Calderón andaba como si fuera nuestro mesías hacia el árbitro apoyándose de un mástil de bandera que le arrojaron desde la grada. Y a punto estuvo de serlo. Y lo habría sido de haberse quedado. 

No es necesario explicar los lloros, la impotencia, rabia y odio que sentí con su marcha. 

Pero es que mi valencianismo es mi memoria y ese museo tiene sensaciones de todo tipo. 

Lo tuvo todo a su favor, porque si te dirige desde el banquillo Luis Aragonés todo es más fácil. Y es que lo mejor que le dio el sabio al valencianismo no fue un subcampeonato o unas cuantas victorias, al igual que lo mejor que puede darte tu padre no son cosas materiales. Luis Aragonés nos regaló lecciones de las que no se estudian, como un padre, como mi padre ha estado enseñándome toda la vida de la forma más dulce. Con el ejemplo. 

Para mi el Valencia C.F. es eso. Un lugar de memoria y ejemplo. Un museo de recuerdos que nos enseña como lo hizo aquella noche en París donde no pudimos levantar una copa para la que hicimos todos los méritos menos el último. O aquella otra noche en Milán donde hicimos hasta el último y aun así no la levantamos. O en aquella copa que no celebramos porque no había cuerpo para ello. O la otra que perdimos en quince minutos tras el aguacero. O en aquellos cuartos en que Rodrigo marcó gol en el descuento y lo celebramos como si hubiéramos ganado el trofeo. Con la valentía de quién sabe que detrás hay mucha gente, muchas historias y muchos mitos. Con la valentía que da saber que mi padre se sentaba a mi lado cuando yo era un crio para que le explicara, yo a él, de qué color jugaba el Valencia, como se llamaba ese delantero bajito o ese defensa que ceceaba. Con la valentía que da saber que un chaval de mi misma edad por entonces andaba por las calles de Huelva con la camiseta de nuestro Valencia. 

El valencianismo son recuerdos, buenos y malos, pero siempre enseñanza. Ser valencianista es abrazar a un desconocido cuando un semáforo se pone en ambar porque así decidimos celebrar la copa de Sevilla. 

Ser valencianista es no olvidarnos de los nuestros, de los que son y siempre lo serán pero también de los que lo fueron aunque decidieran irse. Porque el Valencia C.F. es el museo de nuestra memoria. Porque nunca vi jugar a Waldo y sin embargo lo admiro. 

Porque el olvido solo podemos combatirlo entre todos, con la memoria de lo que somos, con el ejemplo que nos dejaron. 

En estos días difíciles cuando comienza una cuenta atrás sádica y yo me aferro a los recuerdos de mi padre comienzo a entender que somos memoria y recuerdo y ejemplo.

@cordevalenciacf


dissabte, 2 de març de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 26

ABRIL DE 1984 

Justo ayer tarde anduve sin internet. No tener internet en casa ha sido durante mucho tiempo mi gran diapasón. Estar sin red me ha facilitado vivir al margen del ruido y la furia que genera la actualidad. Justo ayer, por algunas horas, volví a esa dimensión. Intentaba escribir pensando en los Valencia-Athletic de Bilbao vividos en Mestalla, pero era la vuelta copera contra el Betis la que concitaba todos mis temores. No fue un buen presagio. Lo primero que se me cruzó por la mente fue la final de copa de 1977, un Betis-Athletic que acabó 2-2, precisamente 2-2, como en la ida de hace 15 días en el Villamarín. Aquella final, de sobra lo sabes, la ganó el Betis por penaltis. El duelo Iríbar-Esnaola fue un western memorable que se decantó hacia el segundo. Recuerdo que vimos la final en el horno, en una pequeña salita donde hacíamos vida. Yo tenía 5 años y medio. Al piso, todavía sin amueblar, sólo subíamos para dormir. Había demasiadas facturas que pagar y lo primero era asentar el negocio. El único lujo, bendito lujo, era ese televisor en color que mi padre había comprado en otoño para poder ver el Barça-Valencia de infausto recuerdo, 6-1. Así anduvimos unos 3 ó 4 años. No era muy cómodo, pero yo lo recuerdo con enorme cariño. Algunas noches me quedaba dormido viendo la tele y mi padre me subía a la cama en sus brazos. Propuso hacer una escalera interior para ganar en confort y evitarnos salir a la calle en plena noche, pero mi madre se negó; era demasiado costoso. Sí recuerdo, con absoluta precisión, que la de 1977 fue la primera final de copa que vi. A mi padre le daba un poco igual quién ganara, y a mí también. Ese triunfo del Betis fue el punto de partida de la célebre Marcha Verde, libro de culto del beticismo durante lustros. Cuando lo leí a finales de los 90’, el fútbol ya era asignatura obligada en los colegios. 

Ayer, la tarde de las semifinales de copa crecía al otro lado del ventanal con algo parecido a la calma, una calma tensa, por supuesto. Intentaba escribir sobre esa imposición ilustrada del fútbol cuando me llamó un buen amigo para darme una mala noticia. A veces, las malas noticias tienen el poder de neutralizar la ficción avasalladora del fútbol. Me pasa mucho últimamente. El fútbol me atrapa pero la realidad me devuelve al lugar exacto de la trama. La trama es esta vida de mierda que nos obligan a llevar. No hay mucho espacio para la imaginación. Por supuesto, un partido de fútbol no tapa casi nada. Me quedé jodido. La tarde seguía siendo primaveral y la playa lucía colores de finales de abril. Que abril se imponga a finales de febrero tampoco es una buena noticia. Últimamente casi todo son malas noticias. El tiempo pasa veloz y nos volcamos en pequeños simulacros de salvación que no salvan a nadie. Por un momento dejé de sentirme hipnotizado por la fiebre de estos once años persiguiendo zanahorias en noches de poco fútbol y peor circo. Sinceramente, hubiera preferido seguir en esa noria. Vivir en la burbuja de los propios fraudes es una actitud de lo más saludable digan lo que digan los psicólogos de guardia. O te evades tú con tus elecciones o te evaden ellos con sus trampas. La lucidez no ayuda mucho. La crisis no es un lugar común, la crisis es ya el único lugar. La precariedad se ha impuesto como mantra canónico. Cada vez más regurgita la certeza de que no somos nada y no pintamos nada. Nos han arrollado en nombre de su ley mercantil. El mundo tal cual lo conocemos se sostiene sobre parámetros patológicos y deficitarios. Es la economía chalaos, es la economía. La felicidad es una tregua y una mentira hilvanada con palabras y momentos cada vez más efímeros. Sin poder evitarlo perdí algo de interés por el partido, el partido que llevábamos 11 años esperando. O lo que es peor, el interés se mezcló con cierto malestar, un malestar de naturaleza más adulta, menos infantil. Estuve a punto de quedarme en casa pero pensé que eso no ayudaría en nada a nadie. Ni siquiera los pequeños sacrificios encuentran ya el reflejo de los altares. 

Justo antes de partir hacia el Gol Gran recordé que mi amigo, el de la llamada telefónica, uno de los mejores cronistas que tiene esta ciudad, debutó en Mestalla con un Valencia-Athletic. Era abril de 1984 y la ciudad tomada por las huestes rojiblancas olía a azahar. El Athletic se jugaba la liga, era domingo de Resurrección y es muy posible que en alguno de los pasillos interiores de la vieja Numerada ambos coincidiéramos de la mano de nuestros respectivos padres. Él, apenas un niño de 6 años; yo, un preadolescente de 12. Esa tarde, lejana pero a la vuelta de la esquina, también es la magdalena de Proust. Si nos quedamos sin poder leer a los mejores en nuestros periódicos de referencia, apaga y vámonos. Y sí, estamos en la final de copa, pero eso ya lo sabes. 

Rafa Lahuerta

dimarts, 26 de febrer de 2019

EN EL TREN DE VUELTA



Estuve en Mestalla en lo que yo creí, hasta hace cinco minutos, que fue un Trofeo Naranja hace más de 21 años, y ayer volví. Aquel 7 de agosto, tras la presentación del equipo, Romario, casi al final del partido, cogió la pelota avanzado el centro del campo e hizo un gol en la portería contraria de donde me encontraba situado que él mismo incluyó entre sus once mejores. Así fue la que hasta ayer fue mi única visita al campo del Valencia, imprevista, con poca presión, calurosa, ataviado con una camiseta con motivos del PSG y celebrando un precioso gol. 

Me ha venido cientos de veces aquel día a mi cabeza, probablemente por ser la única vez que había estado en Mestalla y cuanto más tiempo pasa, más bonito lo recuerdo. Cuando entré era aún de día y en la foto que tengo de recuerdo mi hermano es el que más sonríe de los dos. Somos muy futboleros, él y mi padre son del Real Madrid, mi madre también, menos cuando el Madrid juega con el Valencia, porque entonces, no se guía por el fútbol trata de compensar el número rigiéndose por otros parámetros, más fugaces y sentimentales, como el que le lleva a completar la quiniela pensando en qué lugar preferiría estar de vacaciones. 

Durante la semana previa a este Valencia-Celtic la simple idea de volver a pisar Mestalla fue motivo suficiente durante la semana para regresar a mi infancia y descubrirme perseverando ante la extrañeza del autobús del colegio que mi equipo era el Valencia, teniendo que justificar la respuesta, al menos dos veces, "nací por allí". Omito aposta que sólo viví durante 4 años en Requena, que no tengo familia valenciana y que salvo por ese detalle, ni yo mismo soy capaz de entender qué me llevó a elegir al Valencia. Igual que expongo que no soy capaz de establecer qué fue exactamente lo que me hizo decantarme por el Valencia, tengo pleno conocimiento de qué día el Valencia pasó de ser una parte más de mí y de mi personalidad. Ya por entonces podía pasear por Huelva la camiseta del Valencia que mi padre me había traído, el regalo que más ilusión me ha hecho por siempre. Bien pues, 7-0. Un rotundo Karlsruher 7 Valencia 0. Al día siguiente, víspera de mi cumpleaños, un vecino de mi quinta me vio y de lejos empezó a gritar “Karlsruher, Karlsruher”, no alcanzo a recordar si llegué a contestarle, pero aquel día cambió mi relación con el club. Estrechamos lazos. De ti no se ríe nadie. A ti te defiendo. Fue transfundirme de sangre blanquinegra. 

Ahora bien, no negaré que en cierta manera la imposibilidad de vivir al Valencia CF de cerca, más que de cerca, como socio, alimenta mi nivel de histerismo igual que el del jugador que se queda en la grada por lesión no pudiendo ayudar en el césped. Te castigas por no poder estar ahí y enseguida te resignas. Así toda la vida, por lo que puedo afirmar que el continuo anhelo es mi motor para ser del Valencia. Ojalá pudiese estar ahí; maldiciendo que los nuestros no aguanten el balón en la banda, temblando con ese Mestalla que aprieta y ahoga, saliendo contrariado por un gol en la única ocasión clara del rival, silbando al equipo contrario,etc.

No hay nada más que razonar, de esta manera vivo mi amor por el club, un relato de pretensiones de lo que otros vivieron y viven día a día. Semejante al alma de un miliciano exiliado. A cambio eso sí, el interés por su historia, por intentar comprender una institución hipnótica. Por lo que bajo estas premisas el día de ayer no podía ser un día cualquiera, no hubo ni un solo momento para la imaginación, sólo para la sensación de plenitud, de querer estar donde quieres estar, “la voluntad de querer llegar”. Y hasta ahí no se aproxima uno solo, por eso la figura del Centenari y mis amigos de Últimes Vesprades a Mestalla se tornan en indispensables para esta vivencia. Necesitaba estar, necesitaba volver, aquel partido de verano (para mí) "Trofeo Naranja" fue el bautizo, la vuelta contra el Celtic de Europa League, la confirmación. 

Ayer fui yo el que más sonrió, estuve en Mestalla con la camiseta del Valencia que mi padre me regaló, en el año del centenario y canté un gol en la portería contraria de donde me encontraba, que Gameiro no incluirá entre sus once mejores. Salgo del campo pensando que hay veces que cuando le pones realidad a las ensoñaciones estas se desinflan pero esto es otra cosa, me marcho con otra dosis, y preveo que no para otros veintiún años. Me hace tan inmensamente feliz estar con mi Valencia que aunque inevitablemente estar más veces hará perder parte de la magia del partido de ayer, cuando lo acompañe me sentiré menos en deuda con mi equipo y ya sólo por eso merecerá la pena.

Por último, esta mañana antes de ir a la estación me he vuelto a acercar al estadio a escuchar los latidos en el hormigón, a ver la resaca que deja una noche de partido, a tocar los escudos, a tomarme otra foto para que no se me olvide la puerta de entrada, a contemplar un rato más la silueta que dibuja la tribuna del estadio con más historia de España. 

El tren acaba de dejar atrás Córdoba y yo aún sigo en Sillas Gol Alto al lado de Pep.

Amunt!