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dimarts, 9 de juny del 2009

Elvis en Mestalla

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A Juanjo de Oro, que supo retirarse en el momento cumbre de toda esta historia. Con afecto y amistad.

Han pasado 10 años. Algunos, como Juanjo de Oro, no han vuelto a Mestalla. ¿para qué? suele decir cuando voy a verle a su garito de la calle san Jacinto. Juanjo, que siempre fue Elvis en Mestalla, dio alas al mito de San Marino con un comentario en el momento exacto que apenas medio minuto después ya era canción. Uno de esos cantitos memos y pueriles que acaban traspasando fronteras. Bien pensando, el fútbol y la canción del verano se nutren de similares emociones. Cultura popular. Seguro que Georgie Dann tendría algo que contarnos. Él y Gramsci. Mano a mano.

Pero vayamos a lo sustancial. Ese 6-0. Una ida de semifinales de copa. 20 años sin ganarla. Y la manifiesta sensación de que aquello no estaba sucediendo. Vi el partido entre algodones, con una contractura muscular, sin acertar a vindicar la mirada exacta. Sólo de madrugada, con todos los periódicos recién comprados en la Glorieta, empecé a darme cuenta de la machada. 6-0.

Durante meses, el titular de El País colgado en la barra de La Edad de Oro, aún en la calle Generoso Hernández: "El Valencia humilla al Real San Marino", fue la única certeza de que ese 6-0 había existido. Todavía hoy vuelvo a veces a los papeles para asegurarme. 6-0. Pero es extraño comprobar como las grandes goleadas inesperadas tienen menos impacto estomacal que las victorias agónicas. De ese 9 de junio recuerdo algo parecido a una irrealidad creciente con cada gol. Como si fuera un espectador neutral asistiendo a un partido entre el Oviedo y el Figueras. La misma sensación que, por otra parte, me ha sobrevenido en todas las grandes citas del VCF. Como si la tensión me aislara del acontecimiento a fin de salvaguardar mi propia integridad.

Siempre me he considerado un buen hincha de partidos ligueros; constante y animoso. Pero las grandes citas me superan. No las mastico hasta pasado un buen tiempo. Lo achaco a un mecanismo de defensa de mi propia psique, incapaz de codificar todos los mensajes envenenados que le lanzo desde horas antes del inicio del partido. Hay, por supuesto, una deriva literaria. El hecho claro de disfrutar a posteriori lo que en el momento no es tan perceptible. También, por qué no, la incapacidad de salir a la calle con una bandera a pegar saltitos y gritos inconexos: esa vergüenza ajena que sin embargo no me atrapa en la grada, donde si creo que la hinchada tiene un papel fundamental: el de saber leer el partido y estar con su equipo cuando más lo necesita. Posiblemente, en las grandes citas, sé que el equipo juega casi solo, a merced de sus impulsos y la motivación extra. Lo que cuenta, creo, es participar en los partidos de sobremesa dominical, en los 1/8 de final de la copa y en todos esos días donde la exigencia se relaja y el personal olvida lo que está en juego. O eso al menos me cuento a mi mismo para explicar mi manera de abdicar en los días señaladitos. Casi muerto. Aterrado. Con el culo prieto.

Por otro lado, y más allá de los Gauden Villas de turno, me cuesta entender que la gente aspire a ser feliz en el fútbol cuando todos sabemos que el material de la militancia no es el goce estético sino la superación de la propia batalla interior entre lo ridículo y lo necesario. Un hincha a solas es una bomba de relojería. Un cúmulo de ausencias, desequilibrios y trampas. Un cabalista con patas a merced de su locura. Todo lo que el inconsciente archiva aflora en esos días agónicos donde el fútbol es lo de menos. Los sortilegios, la búsqueda de motivos y la falta de razones son el material real del futbolerismo. Yo mismo acudo a Mestalla con el cromo de Kempes y dos pases de más cada partido: el de mi abuelo de 1962 y el de mi padre de 1971. Lo que pretendo conjurar con toda esa magia negra sobre mis espaldas es posiblemente el gran misterio al que me acojo: mi trauma fundacional. Detecto los síntomas, asumo la enfermedad, pero no encuentro los antídotos.

Lo cierto es que no fui muy consciente del 6-0 hasta que lo leí en la prensa. 10 años después, lo releo a menudo. 6-0. Estuve, seguro que estuve en Mestalla, pero todavía hoy sigo sin advertir el disfraz de mi conciencia aquella noche. Lo mejor, como casi siempre, fue verlo escrito en los periódicos de madrugada. Justo ahí, en esa ciudad que tampoco existe ya: con el viejo Ventura y sus extraños acólitos de termo e insomnio. En la Glorieta. 6-0 al Madrid.


Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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