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dimecres, 26 de novembre del 2008

Folklore local

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Más de una vez he escuchado teorías anónimas y más bien improvisadas sobre la posibilidad de que el pueblo de Mestalla suponga una extrapolación a pequeña escala de la sociedad valenciana. Ante la complejidad de tal sentencia me planteo una empresa más modesta y no exenta tampoco de prejuicios como es la de repasar en un texto de tono desenfadado algunas circunstancias y personas que, merced a sus peculiaridades, le confieren a nuestro estadio un toque pintoresco con ciertas raíces autóctonas.

Dice el proverbio que lo importante no es llegar sino mantenerse. Algo parecido le ocurrió a Súper-Rat, aquel genuino murciélago antropomorfo, un ser rojo y verde mimetizado con la antigua cabecera de Súper Deporte y cuyos genitales rebosaban en su ceñido disfraz. Correteaba por el césped con una bufanda del Valencia en plena competencia con Goli, aquella mascota de la LNFP que se asemejaba a un perro disfrazado con la camiseta del Burgos. Para el recuerdo quedó su plasmación en una impersonal bufanda azul del VCF, pero nunca podrá hacer sombra a Súper-Rat en el imaginario colectivo de la parroquia valencianista. Cuentan algunos lugareños que en las noches gélidas de invierno aún se puede escuchar retumbar en las galerías del fondo sur como un alarido la vieja cantinela “Súper-Rat, Súper-Rat sube al Gol Gran y mamánosla!”.

A nuestro amigo le tocó vivir una época difícil e igual que en los casos de Parreira (el ordenador portátil de Moraci Santana daría también para un análisis concienzudo) o Aristizábal fue víctima de los resultados y se prescindió de sus servicios. La directiva de Cortés lo sustituyó por un monstruo de aspecto simpático y pupilas dilatadas a lo Coto Matamoros. Después de unos inicios titubeantes en los que algunos niños sollozaban cuando los cogía en brazos antes de la ilusionante foto con sus ídolos la mascota se ha consolidado entre nosotros, en parte debido a que la persona que le da el alma es un auténtico fenómeno. Como curiosidad, también se dedica a dirigir visitas guiadas por el viejo Mestalla a colegios y visitantes diversos.

En este inventario de moradores de Mestalla toca detenernos en la figura del Papi. Las actuaciones de este cachondo integral en la línea de la tradición más valenciana se hicieron populares desde las primeras filas de Tribuna durante los noventa, acompañado de una muñeca hinchable o un oso panda de peluche convenientemente ataviados con la elástica valencianista y con el Séptimo de Caballería sonando por su megáfono como banda sonora. El Papi encontró su lugar más entrañable en la Ciudad Deportiva, donde regenta con tino la cafetería y el bar del estadio. Doy fe de que sigue en plena forma, aportando la alegría que le caracteriza a los encuentros del Mestalleta, aunque a través de sus gafas de Mahoney se atisba una retirada cercana en el horizonte.

Los gemelos de Rafelbunyol también constituyen un referente en el marco del Hall of Fame del valencianismo. Fanáticos seguidores del club de sus amores, sus chándales de la campaña 95-96 y las toallas del VCF que han paseado por medio mundo nunca pasarán de moda. Siempre se dejaron notar más en los desplazamientos que en Mestalla y resulta inolvidable la imagen de ambos subidos a la valla del Carlos Belmonte en la semifinal copera de 1995. Un ejemplo que muestra la percepción del fútbol en la vida de los gemelos lo encontramos recordando cuando uno de ellos declaró orgullosamente en prime time ante las cámaras de TVE que se separaba de su mujer porque no le dejaba ir al Mundial de Estados Unidos. Quizás la presencia del paisano Camarasa justificaba tal afrenta.

Aunque tengan una visualización proyectada a lo largo y ancho de la piel de toro no se puede soslayar en este texto a Manolo el del Bombo y al sujeto que realiza malabarismos con un palo y un balón. El primero es un caso demostrativo de la buena acogida que estas tierras han dado siempre a los aragoneses, aunque en las relaciones políticas bajen las aguas revueltas. De hecho, en la final de la Recopa de 1980 se puede ver a Manolo entre la hinchada valencianista con inscripciones en su bombo de apoyo al Huesca y al Zaragoza. Huelga decir que su bar es un auténtico museo del fútbol hispano y que sus paredes están repletas de cómicas fotos en las que destacan las de ingleses ebrios en las situaciones más variopintas. Aún recuerdo en el VCF-Liverpool de la Copa de la UEFA 98-99 la aparición de Manolo sobre el césped antes del inicio del partido besando el centro del campo con su bombo a cuestas y saltándose todo el rígido protocolo de la UEFA. Ese mismo día pude ver estallar quizás la última traca de Mestalla, la tiraron en la misma banda por la que discurría el juego en esos momentos (enfrente de tribuna) como celebración al gol de Claudio López que nos ponía por delante en la eliminatoria.

Al tipo que ejecuta los malabarismos con el esférico y el palo lo tenía más visto por Son Moix, aunque también suele venir por Mestalla habitualmente. Su destreza en el manejo del balón sólo es comparable a su habilidad para localizar cámaras de televisión que puedan filmar sus actuaciones.

No me he olvidado del hombre que cada 15 días apura un caliqueño mientras cumple con su jornada laboral en Mestalla a ritmo de pasodoble, pero su vida y milagros están revisados y ampliados por competentes hagiógrafos y amenazan con actualizarse de continuo.

A pesar de que prácticamente no le dio tiempo a pisar nuestro estadio como futbolista, no quería dejar sin su merecido espacio en este relato a Sabin Ilie (el hermano bueno). Por circunstancias de la adolescencia estuve presente como ocioso de la vida en su presentación. Aunque los cronistas más reputados no lo constatarán en sus anales, después de los tediosos toques e instantáneas de rigor y como culminación a tan solemne acto, al delantero rumano se le ocurrió que podía encarar la portería del fondo norte con el esférico en los pies emulando a Kempes, proceso que inició alentado por el rumor expectante de los allí congregados. Pues bien, al llegar al borde del área Sabin disparó un trallazo que fue a parar a la General de Pie ante la estupefacción de la parroquia y la cara de sorna del orondo atacante. Siempre nos quedaremos con la duda de la intencionalidad de Sabin Ilie, pero quizás eso sea lo bonito de la historia.

Antes de concluir este acopio de personajes y situaciones que también han contribuido a dotar a Mestalla de un carácter único, quería despedirme recordando en un breve anexo, esté donde esté, a Violín, personaje secundario y de fama efímera en el programa Amunt València (sólo superado por el Tele Xut vertebrador) y haciendo mención al que podría ser himno por excelencia de este artículo: El València ha fet un gol, de Juan Ramón.

Toda esta galería de personas y circunstancias un tanto excéntricas también forman parte de la historia de nuestro club y así quería reivindicarlo en el texto. No en vano nuestro estadio presenta una fisonomía irregular, caótica, sumamente vertical, improvisada y muy valenciana en esencia. Cómo no vamos a hacer un hueco para el anecdotario y la excentricidad en el marco de un estadio que quizás sea el único del mundo que nunca ha utilizado una de sus gradas en partido oficial.

Hasta para eso será Mestalla siempre especial!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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