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dijous, 28 de juny del 2018

LAS DOS SILLAS DE ENEA





A Jaime Hernández Perpiñá.
Porque mientras España debate sobre la Ley de Memoria Histórica, el valencianismo sabe que él es nuestra Memoria Histórica. 


Está claro que morirse no es una buena idea ni un gran proyecto de futuro, pero al menos dejadme cerrar los ojos e imaginar cómo debe vivirse un partido del Valencia C. F. en el cielo. Fantaseo con una gran pantalla de televisión y delante de ella a Jaume Bonico Ortí, al mítico portero Quique Martín (sentado en un larguero, por supuesto), a Puchades, Jorge Iranzo, Jaime Hernández Perpiñá, Paco Sendra, Vicente Piquer, Luis Casanova, Di Stefano, Higinio García, Salvador Gomar, Ramos Costa, Julio de Miguel, Lobo Diarte, Enrique Moreno, Ignacio Eizaguirre, Antonio Fuertes, Juan Barrachina, Wilkes, Pasieguito o Sendra, comentando las jugadas o los cambios que harían para ganar el partido. Y, por qué no, presiento que, durante cada encuentro, todos ellos animan al ritmo de un bombo mientras cantan “el cielo se pregunta quiénes somos, nosotros le decimos quiénes somos: som la força del València i ningú ens pararà”.

Pero ahora que lo medito… Creo que es injusto pensar que en la otra vida sólo la gente importante ve a nuestro equipo, que sólo lo siguen aquéllos que han ocupado portadas o los que nos han levantado de nuestros asistentes. De eso nada. Personas anónimas que fallecieron, el charcutero, el policía, el albañil, la profesora, la ingeniera, el médico, la cocinera, el chófer, la enfermera, la filóloga… Seguro que todos se sientan delante de la misma gran pantalla para ver desde las alturas las andanzas del murciélago. Y chillan, se enfadan, se cabrean, protestan al árbitro (sin insultos para no enfadar a San Pedro, claro), celebran los goles, cantan y aprietan al rival desde su curva nord celestial.

A lo largo de toda nuestra puñetera vida echamos de menos a muchas personas. La magdalena de Proust nos enseñó que cualquier objeto en cualquier momento nos puede llevar a cualquier recuerdo; gente que ya no está, que no volviste a ver después de esa fría despedida, los que ya murieron. Algo de esa traición de la memoria hay en algunas de mis llegadas a la grada de Mestalla.

Desde bien pequeño mi padre me ha dicho en innumerables ocasiones dónde tenían los asientos él y mi abuelo cuando de pequeño iba al campo. “Las dos primeras sillas a la salida del túnel de vestuarios, justo encima”. Y así lo repite cada vez que tiene la oportunidad de reafirmar su fidelidad valencianista, o porque supone que lo he olvidado desde la última vez que me lo dijo, o porque cree que nunca me lo ha contado.

Y esa frase, que él repite palabra por palabra como si fuera una beata oración, se me ha quedado grabada a fuego, de tal manera que cada vez que me fijo en el túnel de vestuarios, indefectiblemente me acuerdo de ellos. No conocí a mi abuelo, pero me lo imagino robusto -por no decir gordo- yendo de la mano con mi padre, entrando en Mestalla, sentándose en las sillas, entonces de enea, y disfrutando del juego de Roberto Gil, Waldo, Guillot, Héctor Núñez o Wilkes.

¿De qué forma celebrarían los dos esa Copa de Ferias del año 1962? ¿Cómo vivieron el 6-2 del partido de ida? ¿Cómo fue la vuelta a casa después de esa borrachera de goles? ¿Oirían el partido de vuelta por la radio en una especie de Carrusel Deportivo de la época? No sé, son preguntas indescifrables que tal vez no tengan respuesta porque uno ya falleció y el otro apenas lo recuerde.

De todas formas, estoy convencido de que su ubicación en el campo, tan cerca del césped, les hizo vibrar aquella noche con los seis tantos que le marcamos al F.C. Barcelona. Y me gusta pensar que la proximidad de sus asientos con el banquillo del Valencia le permitía a mi abuelo chivarle de vez en cuando a Domingo Balmanya algún cambio táctico durante los encuentros. Quién sabe. Puede que una pizca del tercer o cuarto gol de esa noche tenga un pedacito de mi abuelo, que le chivó al entrenador que la defensa blaugrana flojeaba por el carril izquierdo. Quién sabe.

Con los años la pasión de mi padre por el Valencia se desinfló; según él, el club se ha desnaturalizado, y puede que esté cargado de razón. Hace muchas temporadas que él dejó de ir a Mestalla y prefirió la comodidad del salón. Sin embargo, a mí no se me han olvidado nunca esas dos sillas de enea de la Fila 1 y, al recordarlas, me entran unas terribles ganas de ir con mi padre al fútbol. Obviamente, no ocupo en el estadio el mismo asiento de aquella época, pero deseo con todas mis fuerzas repetir esa imagen de mi padre y mi abuelo en Gol Xicotet Bajo. Creo que algo se mantiene -llámalo cadena, herencia o legado- en esas familias que empezaron juntas en Mestalla y siguen en Mestalla a pesar de los muchos, miles y miles, disgustos a cuestas. Quieras o no, la vida te va separando de tus padres, discutes con ellos hasta el punto de que pueden pasar varios días sin hablaros, pero las dos horas del partido son un momento sagrado e inaplazable.    

Hace meses vi en las redes sociales una fotografía preciosa de un iaio i el seu net y su nieto en los alrededores de Mestalla. Es una imagen que ejemplifica perfectamente a qué me refiero con esa cadena, herencia o legado que se mantiene a pesar de los años y las hostias de este recorrido. Viendo esa foto, quién no ha deseado que la vida le ofreciese tener la oportunidad de volver a ver en Mestalla un partido, uno solo, en compañía de su abuelo que falleció hace tiempo, con el hermano que ahora mismo vive en las antípodas de tu día a día, o con tu madre, gran patidora a cada centro lateral que llegaba al corazón de nuestra área. En definitiva, gente que ya no está y que ahí arriba vive los partidos del Valencia con su bufanda y su gorra como un hincha terrenal más.

Javier Marías escribió una vez, no recuerdo en cuál de sus magníficas novelas, que hay un vínculo para siempre entre dos hombres que se han acostado con la misma mujer a lo largo de la vida; y viceversa. Es una relación inapreciable, invisible y que en la mayoría de los casos desconocemos, en muchos casos por fortuna. ¿No puede ser que ocurra algo parecido con el fútbol? Existe un finísimo hilo que cruza y salta de persona a persona entre aquéllos que son seguidores del mismo equipo. Como la barra de un futbolín que une, acompasa e iguala los movimientos de todos los jugadores. Hay algo de eso con total seguridad. Es la única explicación a que dos valencianistas se saluden en Idaho, Santa Fe o Birmingham únicamente porque uno de ellos lleva la camiseta del equipo, y sólo por esa nimiedad sean capaces de contarse con todo detalle las circunstancias que rodean al viaje, mi hija está de erasmus, mi suegro emigró y vive aquí, algo completamente impensable sin esa chispa que ha provocado el escudo en el pecho. Obviamente, si la camiseta ha sido el motivo que ha abierto esa conversación, también será una referencia al club el que la cerrará: el internacional grito de Amunt!

Y eso me lleva a otra reflexión sobre por qué nos vestimos con la camiseta del Valencia cuando viajamos al extranjero. Para lucir colores, dirán algunos. O acaso es porque inconscientemente buscamos a nuestro igual y queremos que nos reconozca. Admito que en mis viajes al extranjero me ha podido la timidez y nunca he salido a la calle con ella, pero veo un punto de orgullo, de pertenencia, de desvergüenza incluso entre aquéllos que sí lo hacen. Y por lo visto los hay, y muchos. Visitad la web https://www.viachers.com, un magnífico catálogo documentado de valencianistas por el mundo.

Pero no solo eso. No es únicamente orgullo o pertenencia. Admitamos que también hay un punto de maldad. Las camisetas las carga el diablo. Nos la ponemos para conquistar el mundo, para inmortalizar en foto ese momento de llevar la elástica en el tercer piso de la Torre Eiffel, en el Empire State, en la Torre de Pisa, en el Puente de Londres o en la Muralla China. Y, por qué no, para restregarles a los franceses, a los norteamericanos, a los chinos o los italianos, a todos, que sí, que tienen esos monumentos inmortales y eternos que visitan millones de personas, que están orgullosos del símbolo de su ciudad… pero, sintiéndolo mucho por ellos, nosotros somos del Valencia Club de Fútbol.


Carles Ricart.

dissabte, 10 de març del 2018

TOMAD, LA GLORIA PARA VOSOTROS



Todo el mundo recuerda su primer beso, la primera borrachera, su primer gran amor que todo lo inaugura, el primer desengaño que desvirga el corazón. Yo recuerdo como si hubiera ocurrido esta mañana mi primer partido en Mestalla; de hecho, hay días en que todavía rememoro esa primera vez: la emoción de descubrir a lo lejos, a la altura de la Plaza de Aragón, las banderas de Numerada Descubierta –siempre ordenadas según la clasificación de Liga-; subir las escaleras que te aúpan hacia la grada; el verde verdísimo del césped –ese verde que jamás has vuelto a ver ni en los parques de los países nórdicos-, el humo de los puros encendidos con el resultado a favor; el olor a cigarrillo que por estar en Mestalla aspirabas gustosamente y que ahora te asquea.

Todos tenemos muchas historias que contar sobre nuestra pasión por el Valencia; anécdotas, viajes ilusionados, kilómetros recorridos con grandes disgustos a cuestas. Que no nos venga nadie a explicarnos qué es la decepción, qué es la derrota, qué es la vida. Nosotros podemos dar un Máster sobre resultados adversos, sobre la gloria en San Siro a escasos 11 metros, sobre un año aciago que se acaba y la ilusión renacida a los pocos segundos para la siguiente temporada.

Y es que nos hemos graduado en la titulación de ‘Grandes Decepciones’ en las universidades de Milán, de París -adoro la película Casablanca, pero cuando llega el momento de la frase “siempre nos quedará París” tengo que pasar rápido esa escena-, en Karlsruhe, en el mítico Atocha, en el Bernabéu o en el Nou Camp.

Decía Jorge Luis Borges “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Algo similar me ocurre con el sabor de nuestras derrotas. Existen grandes equipos que han conseguido grandes logros; el Bayern, Real Madrid, Manchester United, Barça… Tomad, la gloria para vosotros. No cambio vuestros títulos por mis miserias en los campos. Prefiero ganar 2 Ligas en 33 años que caer en el aburrimiento del éxito. Porque esas 2 Ligas con Don Rafael Benítez no se celebraron, no. Se vivieron. Para muchos de nosotros fue probar por primera vez a qué sabe el confeti, la bufanda al viento, el balcón del Ayuntamiento, la bandera en el balcón de tu casa, la envidia del madridista.

Ahora me acuerdo de las palabras del gran Rafa Lahuerta, que en su mítico libro La balada del Bar Torino escribió: “Todo el mundo debería ganar una Liga al menos una vez en su vida”.

Hasta que no ganas este título no te das cuenta de la verdad que encierra esa frase. Cuando fuimos el mejor de los 20 equipos supimos que los ojos del mundo miraban hacia la Plaza del Ayuntamiento, hacia ese recibimiento en el Aeropuerto de Manises. Ese día, cuando el autobús descapotable con toda la plantilla pasó por delante de mí supe que acababa de presenciar algo que quedaría para el recuerdo, para la Historia. Yo podría decir en un futuro, a mis hijos, a los hijos de mis hijos, a los hijos de mis amigos, a los compañeros de residencia de la 3ª Edad que yo, en primera persona, participé en esos actos.

Hay personas que hoy todavía son entrevistadas porque estaban en Dallas el 22 de noviembre de 1963, cuando mataron a Kennedy; porque en 1969 participaron en la llegada de Neil Armstrong a la luna; o porque en 1944 estaban presentes en la entrada del ejército aliado en París -vaya, otra vez Paris-. Yo gané una Liga con el Valencia Club de Fútbol y la celebré. Ahí queda eso.   

Pero no quiero llevarme todo el mérito de esta pasión. Son muchos los que quieren a este equipo como a su mujer o su hijo, que hacen auténticos sacrificios que negarían rotundamente si fuese para otras cosas: dormir en las taquillas, 12 horas en un coche, 2 horas bajo aguacero o 90 minutos sentados a la intemperie de los 5℃.

Lo hacemos sin pensar, para nosotros no supone ningún esfuerzo. Mi madre me preguntaba a veces “pero, ¿con este tiempo vas a ir al fútbol?”. Y no había forma de que le entrara en la sesera que las circunstancias meteorológicas no pueden torcer una pasión. Ni las meteorológicas ni las personales. Aún recuerdo asistir a un partido en Mestalla (contra el Zaragoza, curiosamente) a los escasos días de pasar una grave intervención quirúrgica. Un martes me estaban extirpando un trozo de colon y ese mismo domingo estaba en la grada viendo a Mata subir y bajar la banda. Con todo el abdomen vendado como una momia, con calmantes para el dolor, encorvado al caminar… pero lo que disfruté con los goles de Villa y Pablo Hernández no lo cambiaré nunca por nada.

No sé si ese sentimiento se hereda, se mama o se desarrolla. No hay certeza alguna. Nadie puede afirmar con rotundidad que es valencianista por genética o por tradición familiar; lo que sí sabemos es que lo somos desde bien pequeños, desde el día que ves un balón botando en el parque de enfrente de casa y dices para tus adentros “me pido Lubo Penev”; o desde esa noche que, sin querer, de reojo y sin interés, pasas por delante de la televisión Grundig de tu abuelo y le preguntas ‘qué ves’. Tu abuelo es listo porque no te contesta ‘un partido de fútbol’ como si nada. No. Te responde ‘el Valencia’. Tira la caña para ver si picas y consigue inocularte ese sentimiento. Y evidentemente tú caes. Bendita caída. Tras esa respuesta de tu abuelo se abre lo te ha llevado a ser y sentir lo que hoy eres y sientes. Desde ese momento en que, en lugar de seguir por el pasillo hasta tu habitación decides entrar en el comedor y sentarte a ver el partido al lado de tu abuelo, corre algo diferente por dentro de ti.  

Ya no eres Carles, al menos no un plenamente Carles. Porque también eres un poco el Quique Sánchez Flores que sube por la banda desde el lateral derecho; eres un poco el Fernando Gómez Colomer que sienta cátedra a cada partido; eres un poco el Pipo Baraja que remonta al Espanyol desde la épica; tienes un poco del Mazinho que bajo el diluvio celebra el empate en la final de Copa en el Bernabéu; tienes un poco del Poyatos que, imperioso, marca un cabezazo inolvidable en el Calderón; a veces ves en el espejo de tu casa las caras de susto de los jugadores en el túnel de Sant Denís.

Tu pasión ha traspasado fronteras personales hasta convertirse en un modo de vida y de actuar. De hecho, tu mundo lo percibes desde las gafas del Valencia. Tu vecino no es conservador, es un Héctor Cúper; tu madre no es ahorradora, es Arturo Tuzón; tu hermana no es un talento desaprovechado, es un Adrian Ilie; tu jefe no te ha echado, te ha dado la carta de libertad; tu novia no te ha dejado, te ha hecho un Mijatovic; tu hijo no es un juerguista, es un Romario; en misa no se escucha la palabra de Dios porque allí no habla Rafa Benítez; tu mujer quiere conocer Sevilla y Málaga y vas pero sólo porque es Tierra Santa; tus ídolos infantiles no son Batman o Superman, sino el Piojo o Aimar; tu enemigo no es tu enemigo, es un madridista; la vida no es tan puta como parece, pero permite que marque M'Bia en el tiempo de descuento.     

Carles Ricart