divendres, 21 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 5

OTRA MANTA A CUADROS

(A Miquel Nadal, que vio la manta a cuadros antes que nadie)

La noche más anómala de aquel verano tuvo El Madrigal como epicentro. Todavía era un entrañable campo de 2ªB, con grada de pie en el gol sur y cuatro filas de piedra en el fondo norte. La tribuna sostenía el sopor y la leyenda: abanicos en verano, mantas a cuadros en invierno. Las mujeres que revelaban el mito eran las mismas. Las delataba el pelo cardado, el rojo tímido de sus labios, la voluntad de convertir un partido de fútbol en un evento social que pudiera competir con las meriendas de la Regenta en la sacristía de San Pascual Bailón. Ya sabes: chocolate espeso, torrijas, jarra de agua fría, el eco rural de la moral levítica alimentando rumores. 

El himno del Vilareal era una versión suicida del “Yellow submarine” de los Beatles. Sonaba como el organillo callejero, la cabra, los Camela, la feria en los descampados. Tenía su rollo. Si aquella tarde viajamos a la Plana fue por puro hartazgo estival. Agosto se insinuaba voraz y Valencia estaba desierta. Todos los garitos clandestinos abrían pasadas las tres. Había tiempo de sobra para ir, ver las evoluciones del equipo, volver con ganas de cruzar el río e internarse en el lado oscuro de la ciudad veraniega y turbia, esa gran desconocida. 

Entre bostezo y bostezo comprendí la inutilidad del desplazamiento. El partido fue un quiero y no puedo, un entrenamiento con abanicos. Si no recuerdo mal, hubo empate a cero. Para festejarlo cenamos en un restaurante chino. Por entonces, un restaurante chino en Vilareal era un exotismo. Se percibía claramente en la indumentaria de los comensales y en la sonrisa complaciente del padre de familia, orgulloso de brindarle a los suyos una experiencia étnica inolvidable. En perspectiva, flotaba en el aire la evidencia del futuro chantaje. 

Para nosotros, muchachos del distrito 21 que ya habían leído a Bukowski, un Chino no era noticia. Esa mirada irónica y condescendiente me hizo sentir miserable. Me vi en el verano de 1982 soportando la chufla de los madrileños porque ellos sí tenían Burger King y nosotros no. Al recordarlo, el rollito de primavera se me atragantó. Acepté el desgarro y la penitencia. En algún momento de nuestras vidas todos somos pijos madrileños festejando supuestas carencias ajenas. Nadie lo dice, pero esa estupidez es la modernidad: la falsa creencia de que vivir en New York te hace mejor. 

Tras la cena volvimos a Valencia por la carretera General. Enseguida atisbamos un bar de lucecitas. La curiosidad nos hizo parar. La noche era joven y nadie nos esperaba. Pensé en todas las películas del cine español con toro de Osborne y puticlub de carretera. Hice una lista mental. En esa lista no pude incluir la mejor película del género, aún sin rodar: “Lo que sé de Lola”, de Javier Rebollo. Al entrar comprobamos que ni siquiera era un lupanar, más bien otra cosa. Sonaba una canción antigua de Julio Iglesias, “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame…”. Entonces, la chica de la barra nos preguntó qué íbamos a tomar. Al verla me estremecí. Parecía Prosinecki con tetas. Yo creo que me “endrogó”. Al menos, esa será mi coartada el día del juicio final: nos “endrogaron” Señor, nos “endrogaron”. Cuando desperté a la mañana siguiente tenía la boca pastosa y una muñeca hinchable a mi lado. La muñeca hinchable también se parecía a Prosinecki. Eran las 9,37 de la mañana y el sol estallaba contra los naranjos de la ruta. Del mar llegaba un flautín de azahar y brea. A duras penas nos recompusimos. De regreso a Valencia nadie habló. Fue media hora de tensa resaca, un atisbo de cuento que algún día escribiré. Dormí hasta pasada la hora de comer. Por la tarde estuve en el cine Xerea, en la calle En Blanch. Al anochecer se fue la luz del tendido eléctrico y la ciudad de agosto volvió al siglo XIX. No había nadie y los callejones de Sant Bult destilaban retazos de nostalgia fluvial. Los excesos de la víspera me invadieron como un mal presagio que no supe adivinar. Un tipo más atento hubiera anticipado con claridad la operación Eichmann que años después Fernando Roig y su hijo, Roig Nogueroles, pusieron en marcha para desactivar a los ultras del Vilareal, pero me faltó perspicacia. Jamás imaginé que un equipo sin tradición se consolidaría en primera. Han pasado casi 25 veranos y no he vuelto por allí. Esos 60 kilómetros se me antojan insalvables. Por si faltara poco, la camarera croata me visita en sueños de vez en cuando. En el momento álgido de la pesadilla, un niño pequeño ataviado de amarillo y cara de Prosinecki adulto me cubre con una manta a cuadros: “para que no te constipes papá”, me susurra al oído. Juraría, pero ya no estoy seguro, que las muñecas hinchables no pueden tener hijos. 

Rafa Lahuerta 

dijous, 13 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 4


LA PARÁBOLA DEL TROMPETILLAS 

A veces tropiezo con El Trompetillas en el cruce de Palleter con Calixto III. No sabría decir si recoge colillas o aspira a la santidad. Merodea de continuo por el barrio de Arrancapins. Son calles amables. Abastos, los colegios de monjas, la casa natalicia de don Pío. En Maestro Palau huele todo el año a azahar. El Trompetillas no. Como tantos héroes anónimos pasea por Valencia fundido en su propio delirio. Parece sacado de la última novela de Kiko Amat, “Antes del huracán”, ese minucioso tratado que bucea en la soledad, la locura, la puta miseria. Desconozco su edad real pero nació adolescente de arrabal y morirá como tal. No tiene escapatoria. Siempre tendrá 13 años y medio, 14 a lo sumo. 

En la década plomiza de los 80’, el Trompetillas entraba en Mestalla con un pase de favor. Se ponía en la última fila de la general de pie del gol norte y hacía sonar todo el rato una vuvuzela prehistórica. En aquella jungla hormonal y juvenil del viejo Yomus, él no parecía uno más. Le delataba el gesto, la dificultad para entablar una conversación, el brillo enloquecido de sus pupilas. No era un hervor lo que le faltaba; era otra cosa. A mí me daba un poco de pena y hacía lo posible por integrarlo. No era factible. 

Todavía hoy, lo primero que hace es preguntarme por el Levi’s, como si la vida se hubiera detenido en 1989 y nada tuviera sentido al margen de sus años en la general de pie. No sé nada de él, le digo, hace siglos que no le veo. Por su expresión deduzco que no me cree. Lo siguiente es pedirme dinero. En ocasiones me gustaría contarle que escribí un cuento donde le inmortalicé, pero desisto enseguida, ¿Para qué? El debate fiction/faction no parece de su incumbencia. Lo suyo es otra cosa: sobrevivir, soñar que vuelve a Mestalla, saber si el Levi’s vive. Ni siquiera me atrevo a recordarle lo que pasó el 24 de mayo de 1986, en el transcurso de un Valencia-Betis de la copa de la liga, con el equipo hundido en segunda división y las secuelas del Cádiz-Betis en la memoria de todos. Seguro que muchos no lo han olvidado. El ambiente, la textura, la atmósfera de clara animadversión. 

Tras eliminar a Conquense y Español nos tocó el rival deseado. La peña quería venganza. Aquel era un Betis muy literario que empezaba con Cervantes en la portería y terminaba en punta con Calderón. Según la rumorología, el argentino Calderón quería ganarle al Cádiz, mientras que Rincón y Cervantes encabezaban la cédula del empate. Ese empate cambió la norma del fútbol español. Desde entonces, las dos últimas jornadas se juegan en horario unificado. El resto, ya lo sabes. 

Al Betis, por tanto, se le esperaba con ganas. Si en el campo de Juan Luis Guerra llovía café, en Mestalla diluviaban naranjas. Para el Trompetillas, sin embargo, la algarada cítrica no bastaba. Ese día apareció en la grada con una bolsa llena de pomos de puerta. Fue un salto patológico que me impactó. Ahí había un loco dispuesto a todo. Como se esperaban incidentes subió un destacamento de la policía nacional a lo más alto de la general de pie. Con el tiempo se convirtió en norma, pero esa noche fue la primera. A pesar de ello, la lluvia de naranjas, huevos y botes fue generalizada cuando Cervantes se acercó a nuestra portería. Por suerte, un agente se percató de la maniobra del Trompetillas, dispuesto a descalabrar al portero del Betis por la vía rápida. Eh chaval, ¿pero qué haces con una bolsa llena de pomos de puerta? Inquirió el madero. Con una naturalidad impropia, el Trompetillas dijo lo que pensaba: ¡¡pos pa que va a ser, pa matar al hijoputa ese que nos ha mandao a segunda!! 

Lo que vino después está en la memoria de bastantes. La policía lo trincó y se lo llevó. Jamás olvidaré su extraña mueca de satisfacción caminando entre la pasma. Era un muchacho feliz, una especie de Lute a este lado del Turia, un preso político por amor al Valencia. Luego, como no podía ser de otra manera por aquellos días, el Betis nos eliminó. Con justicia además. Esa noche comprendí la sutil diferencia entre estar moderadamente pillao o completamente sonao. Una cosa es evidente: El Trompetillas fue el primer expulsado en la historia de Mestalla. Si lo piensas bien, sólo por eso merece ser invitado al Palco vip y que le regalen la camiseta del Centenario. A otros, por mucho menos, les condecoraron con la insignia de oro y brillantes. 

Rafa Lahuerta Yúfera

divendres, 7 de setembre de 2018

PEDJA


Soy perfectamente consciente de lo que supone escribir un artículo evocación de Pedja Mijatovic en su vinculación a Mestalla. Mijatovic es, seguramente, el más grande supervillano de la historia reciente del club. En un tiempo donde aparecen las primeras camisetas nominales, aún hoy, veinticinco años después, todavía asoma por Mestalla alguna camiseta, ya gastada, con el número 8 del montenegrino y una impresión añadida con el nombre del apóstol traidor. 


Asumo esa responsabilidad y toda respuesta a estas líneas que, sólo pretenden, poner en valor para nuestra historia centenaria la trayectoria de un jugador, que antes de villano fue el héroe predilecto de una afición que todavía tuerce el gesto cuando escucha su nombre. 

Recordaremos a nuestro protagonista a través del revelado de algunas instantáneas, esperando ajustar al máximo el tiempo, ya pasado desde aquellos acontecimientos y que debe dar una perspectiva que adecue la temperatura y suavice la agitación. 

Cámara oscura, luz tenue, comencemos. 

Instantánea primera. 

Lentamente aparece en el papel una primera imagen, es la fotografía de un jugador en lo que parece su presentación en el viejo Luis Casanova. Un muchacho en el que destaca un pelo largo y enrevesado con aparente fijador, una nariz del genotipo balcánico, entre aguileña y ganchuda y mirada desafiante. En la imagen intenta controlar el balón que vuela por el aire en filigrana ante una grada de Mestalla semidesértica con, apenas, algunos muchachos transeúntes que se han asomado a la curiosidad de ver la puerta del viejo estadio abierta. 

Su nombre es Pedrag (Pedja) Mijatovic y es uno de los nuevos fichajes para la temporada 1993-94. Su origen será durante mucho tiempo “yugoslavo” aunque los más cultos del lugar, atendiendo a la dramática situación de su lugar de origen se apresuran a precisar que es Montenegrino. Su origen es un club de Belgrado pero no el rutilante y reciente campeón europeo Estrella Roja sino el llamado Partizan. Su coste no es de ganga, 350 millones de pesetas es dinero importante para un jugador del cual se desconoce absolutamente todo y que incluso parece difícil su presencia en el once titular. Su aval es Pasieguito, con los antecedentes del bueno de Pasiego, muchos han dado crédito a su contratación pero parece una apuesta menor, un nombre anónimo más, si acaso por la peculiaridad balcánica, no tan habitual en aquellos tiempos en el Valencia… ja vorem. 

Pronto la fotografía adquiere color. En tiempos dónde, de muchos partidos, sólo se conoce la crónica del diario posterior, comienza a correr boca a boca una evidencia: Ese “tal Mijatovic” es muy bueno, corre, pelea y es un puñal inesperada, mete goles, muchos, de todas las formas y es… imparable. 

Imparable. 

Instantánea segunda. 

Poco a poco, en la noche de un estadio centroeuropeo, en Alemania seguramente, aparece un equipo vestido de azul muy oscuro y pantalón blanco. El Valencia europeo. 

Mijatovic era imparable y pronto lo había demostrado ante su afición y en una Europa que comenzaba a conocer cómo se las gastaba el montenegrino. 

Goles de todas las formas, electricidad, liderazgo… y un Valencia que parecía florecer: Los Fernando, Quique, Penev y compañía habían encontrado en aquel 8 el percutor que necesitaban para atemorizar el mundo. 

Con Hiddink al mando aquel Valencia jugaba de manera espectacular. La primera eliminatoria del curso europeo había sido finiquitada, con Pedja en modo estelar, ante el evocador Nantes de un tal Pedrós, de origen valenciano. Y en la ida ante el aparentemente débil Karlsrhue (“Un Osasuna” alguien dijo) parecía que el equipo, líder por aquel entonces en liga, iba a cabalgar con igual éxito por los campos europeos. 

Si. En la foto de aquella noche está, grabado para la historia, Pedja Mijatovic. 

Creímos que con Pedja en el campo éramos invencibles, que el momento de por fin, volver a levantar trofeos era inminente… Nos equivocamos. 

Instantánea tercera. 

Por un momento la imagen parece borrosa y errada pero no lo es, es la lluvia la que distorsiona la imagen. 

Lo que algunos creían primavera, era en realidad un tiempo cambiante y desquiciante que llenó de espejismos el imaginario colectivo de Mestalla. 

Pero Pedja seguía, como una constante, tirando del carro. Menos goles en esta segunda temporada pero el 8 seguía siendo la pesadilla de los rivales de aquel equipo. La liga había discurrido desapacible y gris, como si avisase de la tormenta, esta vez real, que se avecinaba en aquella tarde que, sin embargo, comenzó bajo un sol de justicia en Madrid. 

El once de aquella final guarda nombres evocadores. Zubizarreta, Penev, Fernando, Mijatovic… pocos imaginaban que una de las (Discutidas en su política) lonas legendarias que décadas después adornarían la fachada de tribuna de Mestalla, iba a ser asignada con, total merecimiento, al joven y rubio lateral derecho por aquel entonces y que todos consideraban jugador anónimo e intrascendente… pero ésa es otra historia. 

Bajo la lluvia, los jugadores corren extasiados, al frente de ellos Mijatovic abre sus brazos con su gesto de triunfo habitual, puños cerrados, chicle y mirada de depredador mientras se lanza al césped mojado para celebrar el gol que empata aquella final copera. Un golazo de falta. El éxtasis ché en las gradas del Bernabéu. 

Creímos que era inminente…nos volvimos a equivocar. 

Instantánea cuarta. 

Pantaloneta negra; aquella tercera temporada de Mijatovic se recordará por el Sabio que moraba en el banquillo del Valencia. También los jugadores creyeron que era inminente. Creyeron y por muy poco se equivocaron, aunque ésta vez, fue lo de menos, el camino mereció la pena. 

El Valencia ha arrasado al FC Barcelona y aparece ante el mundo como la supernova que pone en peligro el título del At. de Madrid. De hecho, en su visita al Calderón, los blanquinegros demostrarán quien ha sido, realmente, el mejor equipo de la segunda vuelta de aquella temporada. 

No, aquel Valencia no aparecerá en lo alto del cuadro de honor, tampoco lo hará Mijatovic, superado, paradojas, por su ex compañero Pizzi en la tabla de goleadores. 

Pero Mijatovic se convertirá en la súper estrella de aquella temporada. Imparable, demoledor… su chicle, su pelo largo, desordenado pese a la gomina y sus brazos abiertos son fotografía constante en la prensa del lunes donde, sus compañeros se han convertido en escuadra temible y amenazante. Luis, con su chándal en el banquillo, contempla su obra… una de las mejores del viejo sabio. 

La foto ya está plenamente revelada: Mijatovic levanta sus ojos al cielo con gesto de sorpresa e impresión mientras su boca muestra una mueca de felicidad y sorpresa, el cuello ladeado y el gesto de impresión por el ruido, atronador, que se intuye en la instantánea, de un Mestalla a sus pies. 

Es una de las ovaciones más impresionantes que se recuerdan el estadio Ché. Mijatovic es el héroe absoluto, ni tan siquiera Pedja espera un aplauso y unos vítores tan atronadores. 

Pedja es el héroe, el elegido. 

Instantánea final. (No válida). 

La réflex que inmortaliza el tiempo ha fallado en este último disparo, parece que se ha encasquillado. 

El carrete no parece haber corrido lo suficiente y se han agolpado, en una misma instantánea, varias imágenes que pierden su nitidez por su sobre-exposición. 

Una noche en la agrupación de Peñas, un Rolex de oro, unas camisetas de aficionadas rasgadas y sobreimpresas, Mijatovic en Mestalla de azul y de morado, el propio Pedja en un acto de centenario pero del otro equipo de la ciudad… Imágenes borrosas, sueltas, distorsionadas. 

De un accidente. 

De una traición. 

Creo que finalmente voy a contemplar con calma las primeras cuatro imágenes, a ellas el tiempo se va encargando, poco a poco, de poner en su sitio. Hay muchas más, siempre que contengan el escudo de Valencia en el pecho, son fotos de un héroe, un futbolista extraordinario, anárquico y diferencial, voraz e imparable, una supernova que iluminó una noche tenue y salpicó con su brillo a otras estrellas que buscaban su lugar en el firmamento. 

Me quedo, en éste centenario con ése Pedja, el de la foto de su casi anónima presentación, el de los goles desde el centro del campo, el de los puños cerrados y el chicle, el de la cara de sorpresa, como la de un niño ante la ovación de Mestalla. 

Sí me quedo con ese Pedja; el de después no me interesa. Seguramente la traición es incurable y nunca se podrán cerrar las heridas de aquellos días, luego semanas y meses y al final años en la que todo, absolutamente todo, se hizo y se dijo mal. 

Me quedo con el Pedja héroe que nos hizo soñar y olvido a la caricatura súper-villanesca en la que se convirtió después. 

Y recuerdo, ahora que el escudo del murciélago cumple cien años que, durante tres años, un montenegrino atravesó, como un rayo, el césped de Mestalla. Eso no quiero olvidarlo porque es también parte de nuestra historia, que el tiempo, que todo lo puede, tal vez algún día, coloque en su lugar. 

Sergi Calvo 
Socio y Accionista del Valencia CF 

divendres, 31 d’agost de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 3


LA ÚLTIMA CALLE DE LA CIUDAD

(A Felip Bens y José Luis García Nieves, amigos)

El primo Juan era el patriarca de Comidas Esma, en la calle Zurradores. Como estaba jubilado, solía visitar a mi padre en el obrador para discutir de fútbol. Entre bronca y bronca pasaban semanas sin hablarse. Los dos eran iguales: cerriles, vehementes, muy apasionados. A finales de los años 70’, ambos sostenían sobre sus espaldas la dialéctica de un derbi que la ciudad daba por amortizado. Para mi padre, el Levante era una anécdota, un partido remoto de la promoción de 1959 en el estadio Insular de Las Palmas con la esperanza de ver a Wilkes por última vez. El primo Juan no lo veía igual. Era el maquis de la rivalidad, un tipo que se había echado al monte del barrio del Mercado para sostener la bandera del viejo Levante junto a sus acólitos del bar Peña. Había que verlos. En el bar Peña de la calle Tundidores ya no entraban ni las moscas, pero el espíritu de Vallejo congregaba a los últimos granotas de los aledaños con fervor y ansia. Odiaban al Valencia con la misma intensidad con la que amaban al Levante. Era superior a sus fuerzas. 

Al primo Juan le llamábamos así porque era familia lejana de mi abuela paterna. Había nacido en Las Alcublas y durante toda su vida fue cocinero. Primero en Comidas El Jerezano, frente al cine Palacio, en el corazón del viejo Barrio Chino; y después, y hasta que se jubiló, en Comidas Esma. Cuando se le pasaba el cabreo de la última trifulca con mi padre, aparecía por el horno de la calle Gorgos con dos conejos vivos que él mismo liquidaba en la pila de la cocina. Era su manera de sellar la paz, una paz que duraba poco. Para hacerme rabiar bautizaba a los animales con nombres de futbolistas del Valencia. “Bah Rafeta, ayúdame con Botubot”. Entonces, de un certero movimiento de muñeca, degollaba al conejo ante mis ojos. Con patatas y romero, aquello estaba de muerte.

Hacia 1988 el primo Juan sufrió una embolia y dejó de venir por casa. Entonces era yo el que cruzaba la ciudad para verle en su trono del barrio del Mercado, frente a la abandonada posada Coronas, la fonda medieval que durante varios siglos sostuvo el carácter de la última calle de la ciudad, la calle Zurradores. A pesar de estar medio ausente, cada dos semanas visitaba el Nou Estadi. Su ahijado Julio y su yerno Rafa, también granotas, le acompañaban. Un sábado por la tarde me sumé a la comitiva. Era 30 de diciembre de 1989. Al primo Juan le brillaban los ojos. “Rafeta Levante, Rafeta Levante” decía a duras penas. Era un partido de segunda división contra el Deportivo de La Coruña. Mediada la primera parte empezó a diluviar. Al rato se fue la luz. Como éramos tan pocos en la grada nos dejaron pasar a tribuna. Ni aún así se llenó. Todavía hubo un segundo apagón que anticipó la noche y el fin de año. Bajo la tormenta, el Nou Estadi parecía el Ciutat de Venezia. Cuando el Levante marcó el gol de la victoria, el primo Juan apenas se inmutó. Ni la lluvia, ni el frío, ni la incomodidad creciente parecían afectarle. De repente, sin embargo, rompió a llorar. Resultó conmovedor. No había consuelo para aquel gigante con nariz de boxeador que tantas veces me había sostenido entre sus brazos. Desconozco lo que pasó por su cabeza durante ese trance, pero fue un momento de una insólita ternura. La lluvia arreciaba y el primo Juan lloraba como un niño. Quizás en su desvarío intuyó que el gato volvería a subir a la palmera, y que en su ausencia, el Levante le devolvería a la ciudad la potestad del derbi y su literatura, ese mito que entonces parecía una quimera. No lo sé. Una cosa es cierta: nunca más volvió a Orriols. Trece días antes, el 17 de diciembre de 1989, se había jugado un Valencia-Real Sociedad; también bajo la lluvia, también con victoria local. Parece una novela y si fuera una novela nadie lo creería, pero también aquel fue el último partido que mi padre presenció en directo. En apenas dos semanas, ambos sellaron las cenizas de la paz y de la guerra en sus respectivos templos. Al menos en Mestalla no se fue la luz.

Rafa Lahuerta

dimecres, 29 d’agost de 2018

A PROPÓSITO DE LAS PRESENTACIONES...



Aprofitant el recordatori fet per Ciberche i l’amic Esteban Fernández a Twitter fa uns dies d'un dels episodis més negres vistos a Mestalla recuperem un article publicat en Levante El Mercantil Valenciano el 16 d'agost de 2003 per Rafa Lahuerta Yúfera.


Infantilizar a la afición y redu­cirla a masa consumista e irresponsable ha tenido con­secuencias funestas para el mun­do del fútbol. Tal como anticipa­ra el siempre lúcido Martin Queralt hace 10 años, el forofo de aluvión se ha hecho fuerte en su exigencia de espectáculo gran­dilocuente a todas horas. Espec­táculo que ya no se reduce a los meses de competición oficial, sino que se alarga durante las se­manas de pretemporada con la necesidad de ver cada día caras nuevas y famosillas con las que alimentar esa gran trampa llama­da ilusión ¿El cuponazo, quizás? El adicto a la futbolmanía no piensa jamás en el carácter real de su club. La entidad es una en­telequia dejada del mundo bron­co y cotidiano de la barra del bar, lugar sagrado donde se dirimen las verdades futboleras. El único objetivo del futbolmaniaco es pa­sarlo bien a toda costa (en el fon­do son grandes hedonistas (sic)), sin importarle para nada las po­sibilidades reales del club. La cla­ve reside en fichar cracks, y saciar así un ridículo orgullo de perte­nencia mediática que consiste en acaparar portadas de prensa en fechas inútiles. Un orgullo tonto que denota, ante todo, complejo de inferioridad ante los de siem­pre, aburrimiento estival, falta de perspectiva histórica, nula con­fianza en la cantera y en los pro­fesionales actuales, irresponsa­bilidad ante la situación financie­ra del club, y ceguera total ante la crisis del fútbol en general, que como suele suceder, acabará pa­gando el contribuyente. Es decir, usted y yo. Pero no importa. Al pachan­guero irresponsable todo eso le da igual. La mística de Anfield Road o Celtic Park le parecen cosa de fanáticos. El modelo Ajax, utópico. La variable cante­ra no existe en su imaginario atolondrado, y como lleva la ca­miseta Toyota, se cree con de­recho a todo. El cliente siempre tiene razón. Y es precisamente ahí, en ese axioma mercantilis­ta y tramposo, donde se dibuja el drama del fútbol y del Valen­cia en particular. 

El socio clásico ha involucio­nado. Ahora es cliente, de la mis­ma forma que el ciudadano se ha convertido en simple consumi­dor. Rebajas morales de estos nuevos tiempos condicionados por audiencias y mayorías en apa­riencia democráticas, pero con comportamientos intolerantes y marcadamente caprichosos. De tal manera que lo acontecido en Mestalla durante la presentación no es ninguna sorpresa. El propio club, con su política banal y ca­rente de toda mística, ha engendrado en su seno esa bestia irres­ponsable que no atiende a más ra­zones que a las de los fichajes de relumbrón (como si esa fuera la tradición de la casa). El malestar contra la directiva puede ser más o menos lícito en función de la capacidad de análi­sis y autoengaño de cada cual. Ahora bien, lo inadmisible es esa alegría estúpida en el insulto, en el linchamiento premeditado y sin venir a cuento contra Ortí, cuando ni siquiera ha empezado a rodar el balón. Viendo las imágenes de prensa y televisión se contem­pla el ambiente de chufla que reinaba en la protesta. Una pro­testa festiva e irresponsable, destructiva porque sí, sin más espíritu que el de manifestar una rabia ilógica y despropor­cionada, construida sobre cas­tillos en el aire; negando, por an­ticipado, toda posibilidad de éxi­to en el curso recién estrenado. 

Seguramente, porque la ma­yoría de los presentes ha olvida­do que hasta hace algunos años, el Valencia sólo ilusionaba en ve­rano, para vegetar en la medio­cridad el resto del campeonato. O sea, justo lo contrario que aho­ra. Teoría que confirma lo que un viejo amigo sostiene. Mucha gen­te, forofillos de aluvión, no aspira a tener un club serio y competiti­vo. Lo que quieren, en realidad, es un circo ambulante. Un reality­show que les entretenga, dé co­bertura a sus conversaciones en el bar, y mantenga vivas las emociones extremas con las que amortiguar la rutina. 

Como socio del Valencia que estuvo en Barcelona el 12 de abril de 1986, represento a un valen­cianismo distinto, que en absolu­to se siente feliz con la patochada fachista de negarle la palabra al presidente, en un alarde patético de desmemoria y jocosidad de botellón. 

Como irreductible valencia­nista que no pone su ilusión en manos de nada que no sea la propia historia del club y su ca­rácter sagrado, celebro la pre­sencia de jóvenes canteranos en el acto del pasado miércoles, y espero, de todo corazón, que lo­gren estar a la altura de sus pre­decesores más ilustres: Pu­chades, Claramunt, Guillot, Arias, Fernando, Albelda, etc. ¿Habrá paciencia? 

Como hincha fiel y amante del buen fútbol, espero que los fichajes del Valencia no prejuz­guen a su nueva afición por lo acontecido el miércoles. Y sepan que este es un club grande y es­pecial. Lo comprenderán muy pronto, cuando el embrujo de Mestalla renazca y el empuje del murciélago recobre las viejas claves de siempre: Humildad, coraje, pasión... y unas gotitas de fantasía. Todo muy lejos, afortu­nadamente, de los cuentos chi­nos y la futbolmanía. Esa lacra insufrible.


dissabte, 25 d’agost de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 2


TERESA RAMPELL EN CORNELLÀ

Me gusta imaginar a la “Teresa Rampell” de Manel en la tribuna de Cornellà. En mi película, la Rampell es hija de la protagonista de “Últimas tardes con Teresa”, la novela de Juan Marsé. No necesito tu permiso para ubicar a la madre en Sarrià y a la hija en Cornellà. Mi teoría sobre el Espanyol es estética, oblicua, poco futbolera. Hay un hilo de industria textil que llena desde siempre las zonas nobles del club perico. Si te fijas, a nadie le queda mejor la bufanda de su equipo que a los habituales de la tribuna de Cornellà. Si hubiera una liga de hinchadas elegantes, la del Espanyol levantaría el título. Es un hecho constatable. Desde que los ultras dejaran de interesarme como fenómeno, mi foco viró hacia escenarios menos categóricos. Casi nadie lo descifra, pero la tribuna es el último reducto que les queda a los clubs para explicarse. No hay un repertorio de canciones que las iguale, ni una estética común que las vincule. La tribuna de Mestalla, por ejemplo, combina mal los colores y tiende al barroquismo. El Bernabeu es el “Salvaje Oeste” de Xoan Tallón, una pasarela de snobs y abrigos Loden que recoge el legado de la banda sonora de “La Ramona Pechugona”, ese hit de Fernando Esteso que cantaban los madridistas en la puerta del bar Los Checas a mediados de los años 70’. El Espanyol siempre fue distinto. Lejos de los tugurios del barrio Chino donde el Barça ensayaba su teoría de asimilación del charnego en “Furia Española”, los pericos desprendían el aroma de los habanos que Manuel Meler, el abogado cómplice del poeta Gil de Biedma en su estancia filipina, se fumaba en el palco de Sarrià durante su presidencia. Comparto con Miquel Nadal esa rara fascinación. Hay un Espanyol-Valencia televisado en la semana santa de 1979 que recoge esa atmósfera. Hemos hablado mucho de ese coro atávico que surgía de la bombonera asimétrica del recinto españolista. Aquel ¡Español, Español, Español! con ñ que sonaba a coro familiar, a nana, a gente que se anudaba la bufanda al cuello con elegancia mientras las últimas tardes del Pijoaparte colapsaban las avenidas de la Barcelona claudicante. Fue un domingo de abril de 1979 y el campo de la carretera de Sarrià inauguraba iluminación. Mister Chip nunca te lo dirá, pero el Espanyol-VCF es el partido más repetido en liga entre Sociedades Anónimas Deportivas. Es una constante histórica que ambos clubs se crucen de forma habitual para celebrar todo tipo de efemérides. Es un clásico agónico y silenciado. En Sarrià debutó el VFC en primera división, y en Sarrià, 40 años más tarde, logró la liga de todas las ligas, la de 1971. En abril de 1979, el gol de la victoria blanquiazul lo marcó ese genio del arrabal que era Canito, acaso el futbolista más parecido al Pijoaparte que ha dado nuestro fútbol. Ese partido se jugó tres días antes de una remontada histórica en Mestalla, el inolvidable 4-0 al Barça en copa del rey. Lo que todavía nadie podía intuir es que el último partido oficial de Sarrià también sería un Espanyol-Valencia. Para entonces, 21 de junio de 1997, Gil de Biedma ya había cumplido su letal profecía. 


Rafa Lahuerta Yúfera


dijous, 23 d’agost de 2018

SAORET EL MALAENO




Foto sin autor que aparece en el artículo publicado por la Redaccion para Prisma Informativo el día 13 de julio de 2012, de unas declaraciones recogidas por Fernando Bellón.

Salvador Seguí Planes ha fet de tot en esta vida per a tirar endavant, entre altres coses ser distribuïdor de magdalenes. Per això tots el coneixen com Saoret el Malaeno.

Saoret el Malaeno és de Daimús, un poble prop de Gandia, a la comarca de La Safor. Saoret comentava per a l’extinta Canal 9 les partides de pilota que es jugaven al també desaparegut trinquet El Zurdo de Gandia. També cobria quan calia alguna notícia o esdeveniment important per la contornà, i li passava el reportatge a Canal 9 o a les televisions locals.

Un dia va vindre David Villa a Gandia, a la desapareguda tenda que el Valencia CF tenia prop de l’estació de Renfe (ja no queda en peu res del que conte, estic fet un uelo!). Era l’estiu en què Villa va ser portada del Marca vestit del Madrid, i es parlava molt de la seua eixida del club de Mestalla. Es va armar un rebombori de por, va vindre molta gent i la policia va haver de posar tanques i acordonar el carrer.

Una vegada finalitzat l’acte, Saoret es va acostar a entrevistar al Guaje, i, amb eixe accentàs valencianot que té, li va preguntar “Villa, es verdad que te vas a ir del Valencia para fichar por un grande?”. Villa li va contestar: “Hombre, yo creo que ya estoy en un grande. 

¿Para ti el Valencia no es un grande?”. I Saoret, més ample que llarg, li va contestar: “Hombre, para mí el Valencia es LO MÁS GRANDE “.

Sempre he tingut la sensació que el Valencia era un club que els de “la capi” gastaven per a lluir-se, però qui el feia gran i li donava eixe múscul que necessiten els clubs que són transversals i transcendents, era la gent de les comarques.

Supose que aquesta mirada es deu al fet que sóc de Gandia, i per a mi Mestalla era una espècie de tòtem que veia a la tele (sobretot a Canal 9), però al que tenia difícil accedir. Eixa visió de símbol que ens pertanyia, però que a la vegada era llunyà i estava reservat per a gent amb diners que es podia traure el passe i permetre anar i tornar cada 15 dies a València “a veure a la tia Clemència”.

Ahir va ser el meu primer partit a Mestalla com abonat. M’he tret el passe més barat, al sector 732 (Gol Xicotet Alt), antepenúltima filera. Fa 10 mesos que visc a València capital, i l’any del Centenari havia de viure’l a Mestalla. L’estrena va ser molt especial: el camp estava ple, l’ambient era espectacular per a ser un dilluns 20 d’Agost, vaig veure moltíssimes camisetes del Centenari… I la companyia a les graderies era de categoria! Darrere de mi s’assentava un grup de xicons joves, per l’accent diria que de la Ribera, i tenien un malnom per a cada jugador: Gayà era “Metxeret”, Neto era “Norbertito”, Batshuayi un “morlanco”…

Supose que aquestes són les coses per les quals Mestalla és un lloc especial, i ser abonat, un sacrifici que molts fan llevant-se altres vicis o estalviant com poden. Perquè sembla que anar a Mestalla enganxa, i molt. I és que ser del Valencia és molt gran. Com diuen els amics de Tardor al seu himne oficiós “Nosaltres som el Valencia, no hi ha res més gran”. Ja ho deia fa anys Saoret el Malaeno, que d’això en sap prou.

Jordi Sapena


dilluns, 20 d’agost de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 1

Debuté en Mestalla en un Valencia-Atleti de la temporada 73-74. Tenía dos años.  No recuerdo nada, salvo lo que me contaron años después. En el descanso, mi padre salió corriendo del sector 6 y me dejó en casa. Volvió a tiempo de ver la segunda parte. Perdimos.

En los años 70’, los Valencia-Atleti eran partidos de tensión extrema. Se jugaban en el filo de un cuchillo. La zaga atlética era conocida por su contundencia. En el centro de la misma destacaba Eusebio, un zamarro de casi dos metros. Era la bestia negra familiar. Un hermano suyo, capitán en la brigada paracaidista, mandó a la enfermería a mi padre de un puñetazo. ¡Cuádrese! Le dijo, ¡Qué se cuadre! Ya no escuchó nada más. Con cada VCF-Atleti mi padre revivía su particular pesadilla. Cuando se despertaba, el Atleti seguía ahí, agazapado, proyectando contragolpes, encomendándose al juego trilero de Rubén Cano. 

En realidad, la vitalidad del fútbol español la mide la intensidad clasificatoria de los Atleti-Valencia. Es un partido emboscado, de aspirantes. Les separa la metafísica. Melancolía versus Pirotecnia. Los dos juegan a lo mismo, a incomodar. Ahora es el Atleti quién lleva la delantera, pero hace 10-15 años era el Valencia. Conviene recordarlo de vez en cuando. Lejos de ver al Atleti como un equipo cómplice, es nuestro gran rival. Para jugártela con los otros dos, primero tienes que superar al tercero en discordia. El Atleti vive a la sombra del Madrid pero se sirve de las mismas herramientas. La capitalidad proyecta ondas expansivas que un equipo periférico aunque hegemónico difícilmente puede compensar. El Atleti llega, el Valencia no. El Atleti puede construir fácilmente un relato transversal, sin fronteras. Al Valencia eso le cuesta mucho más. Somos un club local, de marca local, ligado a un territorio. Para elevarse, el Valencia necesita chispazos, hacerse fuerte en su carácter de alternativa creíble, inventar un lenguaje que no sea fagocitado fácilmente. La gran peculiaridad del Valencia es que ha crecido solo, sin contarse a sí mismo salvo para completar las casillas del palmarés. Las rivalidades domésticas le han aparecido de repente, sin tiempo para construir una tradición. Mientras buscaba la cima le han crecido los satélites. En ese desconcierto el club ha navegado con dificultades. De alguna forma, el Centenario es una oportunidad para pensar el club.

Las celebraciones son siempre necesarias, pero detrás de un equipo hay intangibles e inercias que no conviene desdeñar desde la imprudencia o el paternalismo. El fútbol se impone en el corto plazo, pero es la médula espinal de la entidad la que sostiene y garantiza su viabilidad real. Al Centenario no sólo le pido fuegos de artificio y banderas en los balcones. Al Centenario también hay que exigirle reflexión, debate civilizado, ideas. La primera y fundamental, saber qué somos sin trampas ni fanfarronerías. Que la liga del Centenario empiece con un Valencia-Atleti no parece tan casual. Es el rival que nos ha pasado por encima mientras jugábamos a proyectar castillos en el aire. Como lección me parece insuperable.

Rafa Lahuerta Yúfera.

diumenge, 19 d’agost de 2018

IN WEITER FERNE, SO NAH (TAN LLUNY, TAN A PROP)


Figura superior (Diosa de la Victoria) de La Siegessäule (Columna de la Victoria), en Berlín. 

A sovint, ronda pel meu cap una pregunta que encara no ha trobat resposta: des de quan sóc del València i per què? Doncs part d´eixa culpa la trobe en el meu iaio patern, “el abuelo Miguel”, forofo apassionat de l’Atleti. Sí, de l’Atlético de Madrid. Recorde de molt menut passar-me vesprades senceres del cap de setmana a casa dels meus iaios escoltant el carrusel i revisant la quiniela. Mon iaio tenia dos il·lusions (entre d’altres òbviament!!): vore al seu Atleti campió de lliga altra vegada (cosa que per desgràcia no pogué tornar a vore) i que li tocara una quiniela de 14 (cosa que també per a desgràcia seua i de tota la família, tampoc va ocórrer). El meu destí pareixia lluny de Mestalla, tan lluny…. 

Però va ser mon pare el que, un bon dia, em va dur a Mestalla. Tenia passe a amfiteatre, en una fila baixa i molt prop de la línia d’àrea gran de la porteria del fons sud. Per desgràcia no recorde eixe dia, ja que era molt menut, però mai oblidaré aquelles vesprades a Mestalla, al costat de mon pare i moltes vegades també de ma mare, rodejat de gent fumant puros (com un senyor anomenat Paco, reginyós a tope, fidel prototip de l’aficionat de Mestalla, al qual li importava no res tindre a un xiquet molt propet), o a un altre senyor cec, que anava amb una ràdio. Sempre em preguntava como anava a Mestalla si no podia vore el futbol. Em deia: “açò és un sentiment xiquet, açò es Mestalla”. Ja hi era a Mestalla, tan a prop. 

Durant molts anys aní amb mon pare, el qual em colava inclús quan ja no tenia l’edat. Sempre recordaré lo bé que m’ho passava, lluint la samarreta de la senyera de felpa de Ressy, amb el 10 a l’esquena. Mestalla, un paradís per als somnis, tan a prop. 

Kempes (jo duia la seua samarreta), Bonhof (sempre recordaré el gol que li colà a Arconada des de quasi mig del camp, o això crec recordar…), Saura (corrent la banda), Carrete (lluitador incansable), Castellanos (amb la seua volteta típica amb el baló i barba de geyperman), Arias (sempre mestre)… Eixos van ser els meus primers ídols que reforçaren encara més la meua passió per anar a Mestalla. Tan a prop. 

I, ràpidament, passaren els anys: guanyàrem la Copa del 79, (eixe pòster del equip amb la senyera va lluir a la meua habitació durant molts anys), la Recopa i la Supercopa d’Europa. I jo, encara xicotet, allí estava, pegat a la TV. I ahí va ser quan pel meu cap començà a rondar la idea de que algun dia jo podria estar allí, veient en directe guanyar una Lliga, una Copa o inclús, una Copa d’Europa….. tan lluny de Mestalla, tan a prop dels meus. 

I de nou passaren els anys... Ja fadrí torní a Mestalla (a general de peu, preu baratet) amb el meu gran amic Vicent, que em va acompanyar eixe dia en el que un nefast Pes Pérez ens va furtar el partit no xiulant un penalty de llibre a Wilmar Cabrera. Penalty clamorós en vore les fotos al dia següent al col·le. La foto en blanc i negre de Las Provincias (encara internet no existia) passava entre les nostres mans per baix dels pupitres (durant l’horari de classe…). Va ser quan Vicent i jo decidírem comprar-nos l’abonament de mitja temporada (pagat amb els diners de l’estrenes).

El nostre propi abonament! Per desgràcia el nostre Valencia baixà a segona divisió però ja, per sempre, començava a ser part de Mestalla. Era del València i mai deixaria de ser-ho. Tan a prop. 

Tornàrem a primera, ens mudàrem al sector 29 arrossegant a més amics (Jorge entre d’ells), confeccionàrem les nostres primeres senyeres homemade (amb la inestimable ajuda de ma mare) i li guanyarem al Madrid en dos minuts finals d’infart a Mestalla: 2-1, Fernando i Robert. Mai oblidaré com el dia següent li ho refregava als madridistes que hi havia a la meua classe. 

Tot passava a Mestalla, a la grada de ciment, tan a prop. 

I per fi s’apropava la gran època. Per sort ens tocà en edat universitària. Fundàrem la Penya Valencianista Politècnica (Peña Valencianista “Pirotécnica”, com ens batejà un ínclit indocumentat ultra). Començàrem a viatjar en autobús: Albacete, Logroñés (mític carrer Laurel!!), Vigo (brutal viatge on es jugàvem guanyar la Lliga del 96 amb Luis Aragonés! i la perdérem justament a costa de l’equip de mon iaio. I on abans del partit vaig canviar la meua gorra preferida, “8 Pedja”, per una bufanda del Celta...). En eixa època va arribar el gran dia, o millor dit, els dos primers gran dies: la històrica final de Copa a Madrid, la final de la pluja. Ahí estiguí, amb els meus amics i el meu equip. Patint, plorant. Tan lluny, tan a prop.

Però poquets anys després tornarem, tan lluny, molt lluny. Allí estava, allí estàvem tots. A Barcelona (semi de Champions aguantant les idiotaes que ens deien els culés durant el partit i els ànims després d’acabar, ja que ens ho anàvem a jugar amb el seu màxim rival, el Real Madrid). A París (no comment). Després a Milà: gràcies Don Héctor (Cúper) per fer-me somiar, per fer-nos somiar. Ja ningú ens pararia. La força del vell Mestalla ja hi era present tan lluny.

La Copa a Sevilla (plorí al costat de la meua novia, hui la meua dona, que no entenia res. Allí es va donar de que el Valencia sempre estaria present en nostres vides), la primera Lliga de Rafa (Benítez) a Málaga (amb bot a la gespa inclosa i posterior visita, de tornada a València, a Benejúzar, el poble de Rufete! jaja), la segona Lliga de Rafa a Sevilla, la copa UEFA a Göteborg (mític dia al Ferdinand’s), la Supercopa d’Europa a Mònaco (super Mista) i la Copa a Madrid (malgrat l’holandés errant), fins a hui. Gràcies David (“O Captain! My Captain!”), Pipo, Cañete, Vicente, Ayala… Sempre lluny, tan lluny. 

I hui, anys després, continue anant amb el meus amics (Pepe sempre al meu costat) i els nostres fills, esperant que eixos dies tornen a arribar per a que els gaudeixen les noves generacions. Noves generacions que voran com el nostre equip tornarà a jugar un dia la final de la Champions per a guanyar-la. Perquè, eixe dia, un àngel de la guarda sobrevolarà l’estadi. Serà invisible i ple de benevolència i, com Cassiel (l’àngel de les llàgrimes a la pel·lícula de Wim Wenders), es farà humà per a marcar el gol que ens farà per sempre campions. Sé que ho faràs iaio. Tan lluny, tan a prop.

Amunt Sempre!! 

Miquel A. Giménez i Munyoç




dijous, 16 d’agost de 2018

EL CANALLITA DEL PUROMORO



Lo primero que recordé cuando nos invitaron al palco Vip fue el grafiti que había en la funeraria de la calle Calatrava, en el barrio del Mercado: “Ya estás muerto, cabrón”. Si homenajear a los muertos es la pasión mundana por excelencia, homenajear a muertos en vida tiene un componente morboso y literario que no conviene desdeñar. Bajo ese palio me presenté en el Trofeo Naranja el pasado sábado, consciente de que asistía a mi propio funeral como hincha más o menos ilustrado. Al principio no quería ir, pero al final me pudo la vanidad. Pensé que, al  menos y tras años de turra en los paravalanchas de Mestalla, unos canapés y unas bolitas de crema sí  merecía. Como no llevaba Americana la jefa de protocolo me prestó una. Fue un momento clave, saber que no eres nadie.

Después empecé a sudar. No hay una teoría firme al respecto, pero el sudor de los asiduos al Palco Vip es distinto al de los ocasionales. Mi sudor me delataba. Nunca seré un fijo. Por lo menos no rompí la vajilla ni oriné en los trofeos. Ya acomodados en nuestras butacas descubrí que tenía delante al protagonista de mi próxima novela y dos filas a la izquierda a su asesino, El Canallita del Puromuro.

El partido consignó lo evidente: hay equipo, hay grada, el club ha recuperado músculo. Lo celebro como se celebran las heridas que siempre sangran, con miedo a que todo se desvanezca al primer ataque de euforia pirotécnica. Mediada la primera parte empecé a pensar en el blog. Ultimes Vesprades a Mestalla nació para acompañar un adiós y ha terminado por ser la constatación de todos nuestros fracasos. En aquellos foros donde participa UvaM acaba por imponerse siempre la tesis contraria. Tiene mérito. Nos han inoculado el fracaso de una forma tan notable que ni siquiera lo percibimos. Nos vendieron el club sin poder oponer resistencia, nos negaron la posibilidad de un debate serio sobre la conveniencia o no de volver a ser FC, seguimos en Mestalla. Sí, es cierto, hemos publicado libros y hecho canciones. No pasa nada. Su trascendencia es ínfima. Nadie nos lee. El pasado sábado llegó la puntilla. Nos organizaron un homenaje perfecto, a la medida de nuestra condición de núcleo lacrimógeno y pseudoilustrado. De tapadillo  y clandestinamente nos regalaron una camiseta y un cuadro mal enmarcado. Como si fuéramos los pobres que Berlanga sentaba en la mesa de los ricos en la lucidísima Plácido, dimos las gracias con reverencias cómicas. Menos mal que en última instancia, Pepe le dijo al presidente lo que todos pensábamos: “Es un despropósito y un error que la megafonía de Mestalla no sea en valenciano”. Murthy nos miró como se mira a los invitados desagradecidos. De inmediato tuve un pálpito: la del valenciano en Mestalla será nuestra siguiente derrota, quizás la última.

Cuando volvimos a la sala principal, El Canallita del Puromuro apuraba su última cerveza. Por un momento se sintió incómodo ante mi presencia. Nos miramos, agachó la cabeza, siguió su camino. Me pasé la segunda parte proyectando la novela que lo cuente todo. Un camello, un noble, una ciudad masacrada, las vidas que dejé pasar mientras me enamoraba enfermizamente de un club de fútbol. Lo de siempre.

Rafa Lahuerta Yúfera.

dimarts, 14 d’agost de 2018

COMUNICAT ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA



“Últimes vesprades a Mestalla” vol afegir-se a les múltiples veus que des de l'entorn del nostre club han expressat el seu malestar davant les darreres decisions del departament de comunicació del València CF en relació amb la presència i l'ús del valencià, especialment visibles en aspectes com la cançó oficial del Centenari i en la desaparició de la nostra llengua de la megafonia i les comunicacions al Camp de Mestalla. 

El València, en la seua condició d'entitat civil valenciana més representativa, va recuperar l'ús del valencià al llarg dels anys 90, en un procés que va acceptar-se, com no podia ser d'altra manera, amb satisfacció i naturalitat per part de la massa social. Allò va significar un important acostament a la realitat social de la seua afició i manifestava la voluntat de participar en el procés de recuperació de l'ús normal i l'estatus de la nostra llengua pròpia que experimentava el conjunt de la societat valenciana: en eixe sentit és ben significatiu el fet de que el València siga el primer club de la Comunitat Valenciana en tindre el seu himne oficial en valencià. Per desgràcia, 25 anys després i en les vespres d'un esdeveniment tan destacat com la celebració del nostre centenari, ens trobem que el nostre club fa passes enrere en aspectes que presumíem definitivament consolidats. 

Per totes estes raons, des de la nostra condició de socis i seguidors del València CF, volem instar al nostre club a corregir este desafortunat rumb i, per tant, a continuar en el camí de la normalitat en l'us del valencià en les seues comunicacions, aprofundint (com està fent-se en altres àmbits amb tant d'encert) en la consolidació dels valors i característiques que ens són pròpies per tal de competir globalment des de la pròpia identitat.

Últimes vesprades a Mestalla.

Per a recolzar esta petició vos deixem el següent enllaç.

dijous, 19 de juliol de 2018

ULTIMES VESPRADES A MESTALLA 10 ANYS


Hui és un dia feliç, molt feliç.

Hui compleix 10 anys un projecte nascut des del sentiment i l'amor al nostre València.

Segurament, quan va nàixer este blog, tal dia com hui al 2008, quan tot feia pensar que el trasllat al nou estadi era inminent, ningú podia imaginar que una dècada després este quadern de bitàcora del valencianisme, anava a estar viu, amb 373 entrades i encara teníem com a llar el vell i entranyable Mestalla.

Per a qui no ens conega, direm que el col·lectiu "Últimes vesprades a Mestalla" reunix a una sèrie d'aficionats, amb unes preocupacions que van molt més enllà de la marxa de l'equip, els resultats, les classificacions o els problemes societaris que envolten el dia a dia de l'entitat. 

Fruit de l'interès per la història del club i pels seus vincles amb la societat valenciana i valencianista sempre hem donat suport a les diferents accions culturals i de defensa del patrimoni històric que des del club o la seua Fundació s'han realitzat. Al mateix temps, hem dut a terme iniciatives culturals i solidàries com l'edició de dos llibres a favor d'Elvira Roda, néta de José Llorca, un dels fundadors del club, qui pateix Sensibilitat Química Múltiple (SQM), una rara malaltia no reconeguda per la sanitat pública i reivindicacions històriques per  tractar de dignificar el passat del nostre club com la restitució de Josep Rodríguez Tortajada com a president del club o la darrera amb l'objectiu de tornar al nom primigeni de l'entitat: València Football Club. 

Modestament, creguem que totes estes iniciatives fan gran al club, ajuden a construir el seu relat i ajuden a reafirmar el sentiment de pertanyença, que va molt més enllà dels resultats, les planificacions esportives o la propietat accionarial.

Per últim, no podem acabar sense donar les gràcies a totes les persones que han participat en esta aventura. A tots els autors que ens han cedit textos, als nostres seguidors i a tots els que han participat de les nostres iniciatives, motivades única i exclusivament per l'amor al nostre club i amb l'objectiu de fer-lo cada vegada més gran i orgullós del seu patrimoni històric, cultural i material.


Moltes gràcies a tots.
Amunt València!!!


                                                  
   Últimes vesprades a Mestalla.

dilluns, 2 de juliol de 2018

LAS FALLAS DEL "DOBLETE"



Cuando hace 36 años Valencia fue sede de esta competición tuvo la oportunidad de mostrar su particular arte popular al mundo, representado con una falla conmemorativa. Aquel Mundial de España 82, Mestalla acogió la decepcionante actuación de la selección anfitriona… Que luego completó la que por entonces era el peor resultado de un equipo organizador del Mundial de futbol. Por eso también vale la pena recordar algunos detalles de aquella falla. España se teñía de tonalidad naranja como la mascota cítrica del Mundial que, como novedad, se iba a disputar entre 24 selecciones. El año 1982 en València hubo fallas en su tiempo de anuncio primaveral, y el hecho insólito que se celebraran "las fallas del doblete", a finales del invierno y también en verano.

El estadio Luis Casanova, reformado anteriormente, acogería la primera fase de la liguilla del campeonato como sede de la selección anfitriona. La organización del evento repartiría beneficios a la frontera norte de la ciudad por sus sendas reformas. El asolamiento de las casas bajas de la calle General Pando, que habían asistido al crecimiento de Mestalla durante seis décadas, crearía un acceso directo en el estadio en ensanchar la avenida de Suecia y desvanecería otro rincón vivido de la ciudad. También el acceso norte resultaría modificado, a través de la apertura de la avenida de Aragón, donde se instalaría un monolito de bronce del escultor valenciano Andreu Alfaro como recuerdo de la efeméride. En 1982 Vicente Luna fue el artista elegido para la ardua tarea de plantar un monumento fallero en la plaza central de todos los ciudadanos valencianos (que entonces llevaba el nombre del País Valenciano). El 19 de junio el mítico Atlante levantaba una enorme pelota de fútbol sobre sus hombros, ante el asombro de multitud de turistas.


La falla que Vicente Luna plantó en junio de 1982 para conmemorar la celebración del Mundial 82, y por encima de todo que Valencia fuera sede de la selección española en los partidos que disputó durante la primera fase del campeonato, se enmarca en su habitual trayectoria de naturalismo caricaturesco. Fue la línea artística y profesional característica de Luna, nacido en Sant Bult el 22 de julio de 1925, en el barrio de la Xerea de València. La carpintería que regentaba su padre estaba cerca de la casa natalicia del presidente José Ramón Costa, al que le unía una gran amistad.


Luna vio marcada su infancia por la presencia de todos los materiales y herramientas dedicadas a la profesión de su padre y empezó a formarse en la Escuela de Arte y Oficios de San Carlos con no más catorce años. Estos estudios a los compaginó Vicente con el trabajo que realizaba el taller de decoración a cuya cabeza estaban Carlos Tarazona y Vicente Hurtado, que antes de la Guerra Civil ya habían construido alguna falla. Era un complemento para el presupuesto del taller en los meses de baja demanda de encargos, que solía afectar en invierno a los obradores artísticos de la ciudad. En 1946 el artista Regino Mas pidió colaboración a los maestros de Luna para la falla que plantó en la por aquellos años Plaza del Caudillo, bajo el lema “El So Quelo panadero”. Esta falla significó el inicio de la vinculación con las fallas de Vicente Luna, la cual aún a día de hoy no ha abandonado, ya que aunque está jubilado, continúa acudiendo cada día a su obrador de la Ciudad Fallera, sobre todo por no abandonar el placer de la creación artística.


Como hemos apuntado antes la falla del Mundial es un ejemplo del clasicismo fallero desarrollado por Luna dentro de su producción, con excepciones muy puntuales en que se concedió abrir un cierta grieta experimental. Por ejemplo hacia la corriente psicodélica en la falla plantada por la Comisión de la Plaza del Mercat Central en 1969, “Parotets i marotetes”, o bien en dotar a sus personajes de una caricatura contenida y realista en su modelado. Este estilo caricaturesco empezaba a recuperarse a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, tras unos primeros años de mayor realismo motivados por las directrices impuestas por los aires de nuevo orden, para dotar de expresividad a los “ninots” de falla. En ocasiones Luna vestía algunas de las figuras del “cadafal” con ropa de verdad a fin de adaptarlos a la representación, y los complementaba con pelucas para dotarlas de mayor grado de realismo, cuando ya había dejado de utilizarse estos elementos en los “ninots” por el modelado completo del cartón (que se impone desde mediados de los cincuenta).

Con estas pautas profesionales y con una trayectoria exitosa en el mundo fallero, Luna empieza a plantar en 1973 la falla de la plaza del Caudillo, y no dejaría de hacerlo hasta 1983, esta última cuando ya había abandonado la idea de plantar en esta demarcación, a causa de las dificultades que encontraba en la relación profesional con el Ayuntamiento. Y es que la falla de la plaza hasta 1979 estaba sufragada por una Comisión fallera, con los usos de proximidad y con todas las facilidades que la burocracia de la administración municipal no comportaba.

La falla del Mundial se plantó el día 19 de junio no más tres meses después de haberse comenzado a trabajar en ella. “Atlante moderno”, lema de la falla, fue posible gracias a la colaboración de veinte operarios que trabajaron para poder cumplir el encargo. El Atlante que sostenía un simbólico mundo futbolístico en forma de balón, servía para reforzar la imagen de una España que con una todavía joven y débil democracia era aceptada por el resto del mundo occidental. La falla se entiende dentro de las llamadas fallas conmemorativas, que se han plantado como expresión de nuestra cultura popular en celebraciones sin relación con la fiesta fallera, como exposiciones universales, olimpíadas, congresos y otros actos relevantes.

Vicente Luna mencionaba al poeta Pepe Soriano como su colaborador en esta aventura: “No es ciertamente un hincha, pero estaría encantado de que Valencia haya sido designada sede, porque nos promociona y promociona al Valencia C.F.”. Lógicamente no hubo indulto oficial de ningún “ninot” pero como decía Vicente, si la hubiera habido, hubiera correspondido al "Naranjito".

El cuerpo de la falla, la figura de Atlas, se dejó a propósito terminada en varilla, hasta listones de madera, que daban cuerpo primero al modelado en barro y luego sustentaban el cartón en que terminaban las fallas, para que -en palabras del mismo Luna- el público apreciara el trabajo que nunca podía ver en una falla de aquellos años. Ya que la varilla quedaba oculta bajo las capas de cartón, blanco de panecillo y pintura al óleo que solían ser los acabados normales de la época.


Suponemos que para ganar tiempo, en la falla se reprodujeron algunos elementos ya gastados por Luna en otras fallas como un esclavo de Miguel Ángel, que el artista utilizó de remate en la falla de la Plaza del Mercat Central de 1971, “El purgatorio”, y también los leones de las Cortes, que plantó en 1977 en la falla “La nueva torre de Babel”, guardando el aquella ocasión la puerta del “Congreso de Disputados” y en la falla del Mundial la de la “Institució de Manifesers del Futbol”, ​​donde chupaban del bote todos aquellos que se aprovecharían de la celebración del Mundial en España, como empresarios de hostelería, cocineros, taxistas o prostitutas, y que componían la escena posterior del cadalso. Encima de la fachada de este particular organismo, Naranjito, la mascota del Mundial'82 huía de los jugadores de todos los equipos que querían cazarlo para ellos.


En las otras escenas podían encontrarse diferentes caricaturizaciones de diferentes aspectos del fútbol. En la escena principal de la falla, una grada con público, venido incluso de fuera del planeta Tierra, observaba como un árbitro expulsaba del terreno de juego a un grupo de borregos que no dejaban de comer hierba, referencia a aquellos jugadores que simulaban faltas y lesiones. El rebaño de ovinos recordaba al plantado en la falla de 1963, de la comisión del Mercat Central, “Va bola!”.

En las demás escenas se podía encontrar como un futbolista que recibía masajes escoltado por dos guardias de Galas; un puesto de pipas y regaliz que bajo el típico negocio escondía un otro ilegal de reventa de entradas para los partidos; también se vendían y compraban, en una más de las composiciones, jugadores como si fueran ganado, realizándose la transacción entre un vendedor caracterizado de gitano, que mostraba los dientes de uno de los jugadores, y un ostentoso comprador, al tiempo que otros futbolistas se desnudaban para mostrar su físico.


En una pequeña escena una familia estaba tan absorbida por el Mundial que su cabeza se había transformado en un balón reglamentario. Una nueva escena era una tienda de recuerdos, en que no habían figuras de la mascota ya que los franceses habían destruido y quemado los camiones que las transportaban.


Pablo Porta era el presidente de la Federación Española de Fútbol, ​​y una vez conseguida la clasificación del equipo nacional hacia la segunda fase, ordenó a los jugadores del combinado el retorno a Madrid para preparar la siguiente fase del campeonato. El pobre juego de la selección había enrarecido el ambiente, ya que empataros a uno contra Honduras de penalti, ganaron a Yugoslavia dos a uno con clara ayuda arbitral, y perdieron contra Irlanda del Norte. Pero salir tan rápido aún hubiera alejado más al equipo de la afición, pues les haría perderse todos los actos festivos preparados por la ciudad. Finalmente la presión ejercida por los máximos representantes del gobierno municipal consiguió que los jugadores de la selección acudieron a la casa mayor del pueblo, donde fueron recibidos y pudieron disfrutar desde el balcón de una noche al más puro estilo de la festividad josefina, con castillo de fuegos artificiales y “cremà” de la falla, la noche del 25 de junio. Miguel Tendillo y Enrique Saura harían de embajadores a otros jugadores en aquella excepcional noche fallera de verano.

Pedro Nebot Rodrigo
Juanjo Bonilla Medina
Eduard Ramírez
Fotos: Joan V. Ramírez

divendres, 29 de juny de 2018

D. JAIME HERNÁNDEZ PERPIÑÁ (1927-2018)




(Artículo cedido por el diario Las Provincias, publicado el día 29 de junio de 2018, escrito por José Ricardo March).
http://www.lasprovincias.es/valenciacf/fallece-jaime-hernandez-valencia-20180628120914-nt.html

Jaime Hernández Perpiñá
Maestro de periodistas e historiadores deportivos
(1927-2018)

Por José Ricardo March

Cuando en enero de 2018, tras meses de entrañables charlas telefónicas, pude conocer personalmente a Jaime Hernández Perpiñá en Canet, tuve la sensación de vivir un momento de éxtasis vital. El abrazo inicial en presencia de Alfonso Gil se prolongó unos segundos, intenso, emocionante, lleno de gratitud por mi parte tras años de lecturas y admiración desde la distancia. Enseguida trenzamos una conversación que él, juez y parte en la actualidad deportiva valenciana durante medio siglo, iba trufando de sabrosas anécdotas. Apenas hacía un año que Jaime había alcanzado su novena década y hablaba con entusiasmo del próximo centenario del Valencia Club de Fútbol, una de las grandes pasiones de su vida. Y también de la que sería su última obra: un prólogo para el libro de historia del club que aparecerá con motivo del centenario. En las cuartillas que nos enseñó, redactadas con letra y estilo impecables para sus noventa primaveras, Jaime rendía (rinde) un sincero homenaje a viejos ídolos y amigos como Antonio Puchades, Mario Kempes o Luis Casanova, entre otros 

La muerte de Hernández Perpiñá, maestro de periodistas e historiadores futbolísticos, supone el fin de la vieja generación de cronistas deportivos de la que él era el último representante. La que inició su camino en la posguerra y llenó las páginas y ondas con información sobre el Valencia, el Mestalla o el Levante durante décadas. La de Miguel Domínguez, Alfonso Torrente, Ramón Ferrando, Ricardo Ros, Eduardo Bort y tantos otros. Más allá de alguna breve incursión radiofónica, se puede decir que Jaime debutó con diecisiete años en el periodismo en las páginas de Deportes, un espléndido semanario que salía de los talleres de Las Provincias y que se publicó a lo largo de treinta y dos años, récord de permanencia en la siempre precaria prensa deportiva valenciana. Su primera crónica, firmada como “Banderín”, recogía la información de vestuarios (“casetas”) de un Valencia-Athletic de Bilbao que acabó con victoria local. El seudónimo juvenil, que empleaba para esquivar la fama de su hermano, el ya famoso José Manuel Hernández Perpiñá, le duró años hasta que fue trocado por el de “Jaime Martín”. Y es que la modestia llevaría a Jaime a permanecer en un segundo plano hasta que el fallecimiento de su hermano en 1972 le empujó a firmar sus crónicas con sus propios apellidos. Y a proseguir con éxito la brillante carrera periodística del que fue su máximo referente laboral y personal.

Jaime Hernández Perpiñá desarrolló su profesión en una época en la que las malas condiciones laborales del periodismo obligaban a los cronistas a buscarse los cacahuetes en otros oficios para poder sobrevivir. Así, alternó colaboraciones en prensa (Las Provincias, Deportes, Levante), radio (Radio Nacional, Cadena SER) y televisión (TVE) con un trabajo de oficina. Inquieto y meticuloso por naturaleza, dotado de una fina ironía y un estilo evocador y poderoso, escribió algunas de las páginas más emotivas de la historiografía del Valencia, recopilando relatos de aquí y allá. Aportando, mediante pinceladas ágiles, sus propias experiencias, vividas junto al equipo en los campos de España y Europa. Ese conocimiento de primera mano de la historia del Valencia le permitió afrontar con solvencia una tarea por la que siempre será recordado: la de relator de la vida del Valencia y el deporte valenciano. Un trabajo impagable que, a pesar de las limitaciones de la época, completó con éxito y que dio a luz memorables obras como Historia del Valencia CF (1974), Cuarenta históricos del deporte valenciano (1988) o La gran historia del Valencia CF (1994).

El maestro deja miles de páginas escritas y un valioso archivo personal por el que la Fundación del Valencia o la Biblioteca Valenciana habrían de interesarse. Y un recuerdo extraordinario entre los que le conocimos y apreciamos. Afectuoso, cordial y educado, recibió su último homenaje hace apenas unos meses con motivo del Fòrum Algirós dedicado a los orígenes de la prensa deportiva valenciana. Subido al estrado del palco VIP de Mestalla, rodeado de discípulos, admiradores y familiares de sus viejos compañeros, dio una lección de integridad, serenidad y memoria. “Es la hora de la marcha y de cerrar las casetas”, finalizaba su primer escrito periodístico, publicado hace ahora setenta y un años. Gracias, maestro, por todo.