dimecres, 14 de novembre de 2018

MASTERCLASS CON JORGE IRANZO




Dos años. Ya hace dos años. Y parece que fue ayer. 


Pocos sabían quién era Jorge Iranzo antes de fallecer. Ahora son muchos los que saben quién es y su increíble historia de militancia incondicional al Valencia C.F. A Jorge no le haría ninguna ilusión esa notoriedad. Ni mucho menos. Más bien, todo lo contrario. A él le gustaba pasar desapercibido. 

¿Un loco?¿Un chiflado? ¿Un lunático? ¿Un imprudente? 

Pues no, nada de todo eso, amigos. Simple y sencillamente un hombre feliz con su forma de vida, la que él libre y conscientemente había elegido, que giraba en torno a estar presente en cada uno de los partidos del Valencia C.F., ya fuera en Mestalla o en el más recóndito de los lugares de la geografía española. Sólo necesitaba una cosa: su pañuelo anudado al cuello, el cual hoy está bien custodiado en la sede de la Asociación del Futbolistas del Valencia C.F., esa a la que fuimos los dos juntos a darnos de alta como socios de la misma y que, gesto que les honra, sigue editando “El Calendario de Jorge Iranzo”. 

Empecé a ir a Mestalla, allá por finales de los años 60, con mi padre y el entrañable tío Pepico, el carnisser. Tenían el pase en Tribuna, en aquella tribuna de las sillas de enea, en la fila 16. Yo aún no tenía pase propio. Recuerdo que iba acojonado. En cuanto empezaba el partido se me pasaba, pero llegaba acojonado, realmente acojonado. Miraba a la fila de abajo y veía al pediatra, D. Joaquín Colomer y al otorrino, D. José Iranzo. Miraba a la fila de arriba y veía al dentista, D. José Canut. Pensaba que en cualquier momento durante el descanso, tras el eterno anuncio de “Pollos asados, Casa Cesáreo”, se dirigían a mí, todos con la bata blanca, y me decían “abre la boca y di a”, “hay que ponerte una vacuna”, “a ver si te cepillas mejor los dientes, que tienes una caries”. Menos mal que en la fila de abajo habían dos niños. Eso me tranquilizaba. Se llamaban Jorge y Javier. Los veía tan acojonados como yo. Pensaba que era por lo mismo. Pero no, eran así. Educados, tranquilos, discretos. Pero muy del Valencia C.F. 

Pronto llegó mi primer pase en 1973. Me fui a Sillas Gol Norte y les perdí la pista a los hermanos Iranzo. No así a su padre en la consulta, que me operó de amigdalitis. Esporádicamente iba a algún partido con el pase de mi padre a Tribuna y allí estaban siempre Jorge y Javier, discretos y correctos, pero viviendo apasionadamente los partidos. 

Así hasta que en febrero de 1988 falleció mi padre (que ya iba con mi madre al fútbol tras la defunción de su eterno compañero de asiento, el tío Pepico). Mi hermano Javier y yo decidimos no dejar esas localidades de Tribuna que tantos años habían pertenecido a nuestra familia, ya antes a mi abuelo Jesús desde los años 40. En ese momento me reencontré de forma asidua con la familia Iranzo los días de partido en Mestalla. Nada había cambiado. Seguían viviendo los partidos con la misma intensidad, pero con total corrección. Recuerdo que, en aquella época, a Jorge le encontraba parecido a Lluís Llach. Nunca se lo dije. No sé si le hubiera gustado. Creo que no. Y ahí empezó una amistad con Jorge, fraguada por nuestro amor al Valencia C.F. Esa época de compartir proximidad en Mestalla duró hasta 1995 con la construcción del Palco VIP, que afectaba a nuestras dos localidades, y mi traslado a mi actual sector 29, no antes de darme el gusto de mandar a la mierda al entonces Presidente, Paco Roig (siempre me ha jodido que se llame igual que mi padre semejante individuo). 

Cada temporada solía hacer dos o tres desplazamientos fáciles de partidos del Valencia fuera de Mestalla. En una época sin móviles aún, no era nada difícil encontrar a Jorge. Siempre le buscaba y siempre le encontraba. Sabía sus rutinas. Siempre eran las mismas. Nos vimos en finales y nos vimos en partidos de mero trámite, pero siempre que viajaba, le buscaba y compartíamos un rato agradable. 

Desde el año 2012, cada temporada, hago al menos un desplazamiento con mi hijo Pablo y, si es posible, pasamos el fin de semana en la ciudad donde se juega el partido. Y, si puede ser, nos quedamos en el mismo hotel que el equipo. Para intentar hacer fotos con los jugadores. Es una experiencia que recomiendo a cualquier padre que tenga un hijo que también comparta esta pasión. Esa primera vez fue en Barcelona y, como siempre, allí estaba Jorge. Esa fue la primera vez que Pablo conoció a Jorge. El partido fue por la noche. Estuvimos con él desde mediodía, momento en que llegó con su coche y se acercó al hotel de concentración del equipo. Tomaba una distancia prudencial, sobre todo con los jugadores y cuerpo técnico, pero era casi uno más entre el resto de la expedición, la menos glamourosa. Vimos el partido juntos. Perdimos 5-1. Volvimos los tres andando en dirección al hotel, ya que él tenía su coche aparcado allí. Pablo y yo, a dormir. A Jorge, aún le quedaban 350 km para ello. Para él, un paseo. 

Durante los años siguientes nos seguimos viendo en cada desplazamiento que hacía con Pablo. Además, mi relación de amistad con él empezó a ser más intensa también en Valencia, pero curiosamente nunca en días de partido en Mestalla. Jorge tenía la costumbre de entrar muy pronto al Estadio y yo soy más de disfrutar el ambiente por los aledaños de Mestalla y entrar casi en el último momento. Eso sí, nunca faltaba una llamada de teléfono o un whatsapp con su famosa frase: “Hoy, de tres para arriba”. 

Ya llevaba tiempo dándole vueltas a una idea que me rondaba la cabeza. Hacer un desplazamiento con Jorge y que nos acompañara también mi hijo Pablo. El chaval ya estaba encauzado, el murciélago ya le había mordido. Y eso ya no tiene cura. Pero nunca está de más una masterclass con el más incondicional de los aficionados valencianistas, uno de los cinco mil irreductibles que estuvieron en el Nou Camp aquel fatídico 12 de abril de 1986. Un aficionado con el sentimiento más puro y sincero de valencianismo que nunca he visto, ni probablemente veré. Como él mismo decía, había nacido para ser del Valencia, si no, no hubiera nacido. 

Esta vez, no nos encontraríamos allí. Haríamos el desplazamiento juntos al estilo Jorge Iranzo. Coche de ida y vuelta el mismo día. Y así fue. Destino Getafe. Lo sé, no es la ciudad ni el estadio con más encanto, pero eso no era lo importante. Lo importante era la lección. Pablo aprendió que se puede ser el más incondicional de los aficionados del Valencia C.F. y ser correcto, respetuoso y discreto. 


Fue el 24 de abril de 2016. A las 08.00h empezó la lección magistral, que Pablo nunca olvidará. Jorge nos recogió en un coche de alquiler en la puerta de casa. Durante el camino nos habló de su enfermedad, que tenía muy asumida, de ese puto cáncer de páncreas que se lo llevó. De ese partido en La Coruña, escasamente tres meses atrás, cuando al finalizar el mismo orinó sangre y, encontrándose mal, se volvió sólo conduciendo esos casi 1.000 km que hay hasta Valencia. De esa insignia de oro y brillantes que le acababa de imponer el club, según él, de forma precipitada para evitar críticas por si moría pronto sin habérsela concedido. De los coches que había quemado, a los que les ponía una llanta con el escudo del Valencia en cada rueda. De los cientos y cientos de desplazamientos, anécdotas, compañeros de viaje con los que compartir gastos y conversación, pero nunca el volante (eso siempre era cosa suya, era innegociable). De jugadores, entrenadores, directivos, aficionados. De alegrías, tristezas, decepciones. Por supuesto, sonó tres veces el claxon al salir de la Comunidad Valenciana, una de sus costumbres en sus desplazamientos. Pablo alucinaba. 

Tras una parada, a eso de las 12:00 h llegamos a Madrid al hotel de concentración del Valencia. Saludó a periodistas, algún directivo como Juan Sol, utilleros, se dio un fuerte abrazo con Pepito de los Santos. Me llamó la atención que Kim Koh se dirigió personalmente a él. Ni una sola palabra con los jugadores de la plantilla. 

Después a comer a Getafe. Antes de bajar del coche, se puso su pañuelo de la suerte, como él le llamaba. Sabía donde aparcar para salir rápido tras el partido, donde comer bueno, bonito y barato, donde dar un paseo hasta que llegara el bus del equipo, al que fuimos a recibir a su llegada al Estadio. Todo un guía profesional. Después ya fuimos a entrar al Estadio. Quería llegar pronto. Nos dijo: “Las puertas aún estarán cerradas. Habrá gente esperando para ponerse en primera fila y salir en las fotos y en la tele y yo para sentarme tranquilamente en la última fila de la grada visitante”. Esa era su filosofía: acompañar al equipo pasando lo más desapercibido posible. Después, el partido. Empatamos 2-2. Es lo de menos. La vuelta, como la ida, espectacular. Más anécdotas y volvió a sonar tres veces el claxon al entrar en la Comunidad Valenciana. Pablo volvió a alucinar. Hasta que llegamos a la base de la compañía de alquiler de vehículos en el Polígono de Quart de Poblet, donde dejamos el coche alquilado para volver a Valencia con el de Jorge. Su último coche. Un Citroen CX blanco. Tenía mis dudas que fuera capaz de recorrer los escasos 10 km hasta Valencia. Se caía a trozos. Pero ahí estaba, ante nosotros, con un escudo del Valencia C.F. en cada una de las llantas de las ruedas, otro escudo metálico en la parte trasera del vehículo. Qué contradicción: se caía a trozos, pero era precioso. Llegamos a casa. Terminó la masterclass que Pablo nunca olvidará, pero reconozco que yo tampoco. 

El 14 de noviembre de ese mismo año Jorge falleció. Pocas semanas después quedé con su hermano Javier en el bar de la Asociación de Futbolistas junto a Mestalla antes de un partido. Javier me regaló el mechero de Jorge, como muy bien podéis imaginar, con un escudo del Valencia C.F. Un mechero que ya no enciende cigarros, pero con el que se puede encender la mecha del valencianismo más puro y sincero. Es más, le voy a proponer a Rafa Lahuerta que encendamos con él la próxima traca conmemorando el gol de Forment. 

Te echo de menos, amigo. 

Hoy, de tres para arriba. Amunt sempre!!! 

Jesús Roig Sena. 



divendres, 9 de novembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 12

EL HINCHA ILUSTRADO.

El momento culminante de mi trayectoria como hincha con lecturitas fue el desplazamiento a Getafe de la temporada 2012-13, la de Valverde tras el cese de Pellegrino. Ese día quedará en los anales. Era sábado y Madrid amaneció teñida de rojiblanco. El día anterior, viernes, el Atleti había ganado la copa en el Bernabéu. Llegué a primera hora y enfilé mis pasos hacia la casa familiar de los Panero, en la calle Ibiza. Con mi bufanda de hincha discreto me hice una foto en el portal del número 35. En ese momento, unas vecinas comentaban el nuevo peinado de la princesa Letizia. Me miraron mal. Yo a ellas también, por cotillas y por beatas. Después crucé al otro lado, al de los números pares. Seguí ilustrándome. La calle Ibiza está al norte del Retiro y es una especie de panteón de falangistas condecorados. Leopoldo Panero padre al margen, la lista sigue con Dionisio Ridruejo, Carlos Ollero, Adriano del Valle y don Agustín de Foxá.

Don Agustín de Foxá merece un apunte, y no sólo por la sonoridad emblemática de su apellido. Del gran poeta del Régimen franquista pende la famosa anécdota de los dictados. Si no la sabes te la cuento. Había dos fórmulas para registrar errores ortográficos. Una para pobres y otra para pijos. El dictado de los pobres era: Ahí hay un hombre que dice Ay; el de los pijos: Don Agustín de Foxá viajó a Jávea en un Jaguar.

Sin duda, el hombre que mejor ha pronunciado el nombre de don Agustín de Foxá ha sido Juan Luis Panero, el hermano mayor de los Panero. Le escuchas recitar “amigo de Foxá” y lo comprendes todo. Seamos sinceros. Las ciudades sólo son cementerios de estatuas de poetas donde cagan las palomas.

En la calle Ibiza de Madrid se entiende a la perfección. Justo enfrente de Ibiza 35 hay otra lápida, la de la casa natalicia de Plácido Domingo. Todavía recuerdo a Plácido Domingo cantando aquella memorable aberración del Mundial 82:…el mundial, ¡viva!, que todos los países vienen a jugar. El mundial, ¡viva!, los grandes del balón se tienen que enfrentar. El mundial, ¡viva!, el campo es una fiesta, es todo un festiva. El mundial, ¡viva!, que todos van a recordar, y a cantar…Ante tanta gloria del pasado me entraron ganas de lo de siempre.

Mi afición por los hoteles es sabida, pero el apuro iba en aumento y no tuve más remedio que parar en la Pastelería Mallorca. En plena faena me vino a la cabeza la cita de Marta Sanz: “Literatura es el punto de intersección entre urbanismo y escatología”. Fue una deposición de aliño, que no constará en acta. Al menos, había escobilla.

Como estaba de un lírico subido, a la hora de comer opté por el Café Gijón. El único intelectual de guardia a esas horas era Juan Cruz. ¡Dios, el meloso Juan Cruz en vivo y en directo! Me senté en la última fila del café y pedí unos huevos rotos con jamón. De reojo, los camatas miraban mi bufanda del Valencia: ¡Miradla hijos de puta, miradla! De fondo, la voz meliflua y aterciopelada de Juan Cruz llenaba el instante de prosodia. Debieron echarle algo a los huevos porque tuve otro apretón, el segundo. Fui al baño y al pasar por delante de Juan Cruz carraspeé con énfasis. Ni se inmutó. Al abrir la puerta del baño me asusté. Aquí no cago ni de coña, pensé. Crucé al hotel Ritz. Valió la pena.

Después, aliviado y feliz, di un paseo por la calle Fuencarral. Como tengo cara de buena persona se me acopló el típico tolai con ganas de conversación futbolera. Me hice el sordomudo, pero de verdad. Lo mejor fue cuando el tolai intentó disculparse en precaria lengua de signos y yo, con voz grave y firme, le dije: tranquilo, no pasa nada. Eso lo remató. Hora y media antes del partido cogí el Cercanías de Getafe. Entré de los primeros y me acoplé en la última fila del sector visitante. Fue un buen desplazamiento. Nos hicimos fácilmente con la animación y también con el partido. Marcó Mathieu y las opciones de Champions siguieron intactas.

En el descanso, un notas de unos 43 años y medio me miró extrañado. Tío, preguntó: ¿Cómo es que te sabes todas las canciones? ¡Pareces un ultra! Respiré hondo, pensé la respuesta, contesté: Porque soy el hombre que casi conoció a Michi Panero. Ya no me volvió a dirigir la palabra. Si le hubiera dicho la verdad, tampoco me hubiera creído. 

Rafa Lahuerta

divendres, 2 de novembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 11

SIETE DÍAS DE ENERO DE 1979

Cultura de club es lo que queda cuando se apagan los focos, el eco del balón que pegó en el poste y se fue a córner, la sonrisa de Puchades cuarenta años después de su partido homenaje. Cultura de club somos nosotros, con nuestra historia individual a cuestas, el imaginario compartido sujeto a mil modificaciones subjetivas, la terca insistencia en seguir levantando una piedra que siempre nos aplasta. Cultura de club también es la resignación que nace tras la ilusión desmedida del verano y la notable frustración del otoño. Cultura de club es poco marketing y mucha fe. No se vende en las taquillas. Exige virtudes antiguas. Respeto, responsabilidad, amor, incondicionalidad. Cultura de club es saber que esto ya lo has vivido; una, dos, más de diez veces. Viene al pelo ese epitafio magnífico con el que Carmen Alborch se despidió la semana pasada: la alegría es saber resistir. Eso, fundamentalmente, es cultura de club: una forma de resistencia. A veces en silencio y otras con tambores, pero resistencia al fin y al cabo. Cultura de club es dialogar con el pasado sin caer en la nostalgia. 

En fútbol, la tradición nunca puede ser un problema o un lastre. La memoria proyecta y fortalece, segrega lecciones, siempre suma. No es un sentimentalismo inocuo ni una inexistente propensión a la melancolía. La melancolía es añoranza de lo que tal vez no sucedió. Nada menos melancólico que la incondicionalidad. El melancólico es alguien que ya ha perdido, que se sabe perdido. Con la melancolía se escriben poemas y algunas novelas. La melancolía es la ciencia de los esfuerzos inútiles y la cultura de club ejemplifica todo lo contrario: el arte de resistir. Para resistir hay que recordar. No se resiste desde la improvisación. No se construye nada desde el artificio irreal del puro presente. El presente no existe. O es pasado o es futuro. 

Recuerdo siete días de enero, enero de 1979. Era una semana con 3 partidos en Mestalla. Domingo, miércoles, domingo. Última jornada de la primera vuelta, partido de copa tras ganar en la ida en Montilivi, primera jornada de la segunda vuelta. El domingo 21 de enero se jugaba un Valencia-Salamanca. Fue el primer partido televisado en color del VCF en Mestalla y también el primer día que estrenábamos los nuevos pases en el sector 5, en la numerada cubierta. Diluviaba. Mi padre creyó que era el momento idóneo para disfrutar del fútbol a cubierto y en eso era único: nadie podía pararle. Llegamos al graderío empapados, sorteando varios ríos: el de Blasco Ibáñez, el de Artes Gráficas y el de los pasillos interiores de Mestalla, fruto sin duda del desbordamiento de la acequia. La avda. de Aragón aún no existía y el acceso a la grada de Numerada no era el actual. Hasta 1982, se entraba por las puertas más esquinadas de la avenida de Suecia, en una disposición espacial que hoy casi nadie recuerda. 

El partido fue horrible. Para colmo, había goteras en nuestras butacas. Recuerdo a Solsona con precisión y al incombustible Carrete, intentando imitar el juego del malabarista de Cornellà. No hay otro partido con tanta lluvia en la historia de Mestalla, ni siquiera el del Banik Ostrava. En el descanso, hastiados del agua y del pésimo fútbol, volvimos a casa. Vimos la segunda parte por la tele, entre escalofríos. El lunes y el martes los pasé en cama. Pero el miércoles volvía el fútbol a Mestalla, un Valencia-Girona de copa. Milagrosamente, ese miércoles ya estaba bueno. El milagro era el partido de la noche. Para ganarme ese privilegio fui al colegio. Pasé un día horrible pero a medida que se acercaba la hora mi estado de salud mejoraba. Tras un tira y afloja, convencimos a mi madre para que me dejara ir. Los partidos entre semana eran un regalo incomparable. Ir a Mestalla un miércoles no tenía precio. Ese hechizo te salvaba la semana. No importa que fueran eliminatorias de copa contra equipos de categorías inferiores. Esos partidos subrayaban mis preferencias: las luces encendidas de Mestalla desde el chaflán de la calle Gorgos, la cena de sobaquillo en el bar Los Checas y una afluencia de público menor, que permitía fijar detalles poco habituales. En ese sentido, aquel Valencia-Girona fue raro. La clasificación ya estaba sentenciada pero el partido fue un desastre made in Valencia. Terminó con empate a uno y la bronca y el desencuentro entre afición y equipo fueron sonoros. De vuelta a casa empecé a sentir escalofríos. Al día siguiente volvió la fiebre. De esa fiebre ya sólo me curé para volver a Mestalla el domingo. El último partido de la semana no mejoró los anteriores. Perdimos 0-1 contra el Madrid de forma merecida. La paciencia de la tropa empezó a quebrarse. Un par de meses más tarde, Marcel Domingo, que había devuelto al Valencia a Europa en la 77-78, fue destituido. Lo sustituyó Pasieguito. El resto ya lo sabes: a finales de junio ganamos la copa del rey en el Calderón. Sucedió hace 40 años. Si atas cabos comprenderás que llevamos 100 repitiendo los mismos giros de guión. 

Sólo hay algo que no puede fallar nunca: tu resistencia. O sea, tu alegría. 

Rafa Lahuerta

dimecres, 31 d’octubre de 2018

TODOS LOS SANTOS DEL 93



Lo admito, aquello que sucedió es por mi culpa. Todo empezó unos días antes de aquel 2 de noviembre del 93. La camiseta del Valencia era la gran novedad en Llorençet, la tienda de deportes de mi pueblo. Absolutamente blanca, sin los detalles en negro o naranja que se incorporaron años después, con una palmera gigante y multicolor de Mediterránea, el logo de la controvertida marca comercial de turismo de nuestra comunidad. Era (o me parecía) preciosa y lucía en el escaparate de la tienda. Yo la quería.

Tras vender el póster tamaño natural de Magic Johnson a un compañero del instituto, reuní el dinero necesario para comprarla y, por fin, la conseguí.

Al día siguiente, festividad de Todos los Santos, tenía que hacer la tradicional visita a los cementerios y yo sabía que no debía ponerme la camiseta, que no era el día indicado (por lo de llevar al cementerio cosas del Valencia, el mal fario, el gafe y tal…) pero ¿qué queréis que os diga, cómo no me iba a poner mi camiseta nueva? Éramos los líderes de la Liga, teníamos a Mijatovic, habíamos barrido a los alemanes en la ida, 3 a 1 en un partido que podíamos haber goleado y en el que Mestalla hizo un tifo impresionante.

¿Cómo iba a afectar el hecho de que pasease la camiseta por los cementerios a aquel Valencia imparable? Aquel equipo del que Michael Robinson decía que era la Naranja Mecánica de Hiddink. Si hasta la Guía Marca hablaba bien de nosotros: “Fútbol total con aire mediterráneo”. No podía afectar… era imposible.

Así que me la puse, la primera camiseta oficial que tenía desde aquella Senyera que me regalaron en la comunión. Junto a unos vaqueros y una camisa de franela (eran los noventa y el Nevermind de Nirvana lo invadía todo) me fui a visitar a los difuntos. Por el cementerio de Alfafar y Catarroja lucí mi camiseta, ¿quién iba a imaginar todo lo que vino después?

Al día siguiente el Valencia jugaba en Karlsruhe, el partido que estaba esperando. Ya habíamos eliminado al Nantes en una buena eliminatoria y ahora tocaban los alemanes.

Me volví a poner la camiseta y me fui al instituto esperando a que llegase la hora del partido. Por la tarde, le pedimos al profesor de Filosofía que nos dejase salir antes porque el encuentro se jugaba muy pronto. Salí corriendo de clase y directo a casa para llegar justo con el pitido inicial.

Todo empezó bien, una buena ocasión de Fernando, otra de Pizzi pero algo se torció y luego sucedió lo que todos ya sabéis. Era imposible, no encontraba explicación a lo ocurrido, no me lo podía creer. Durante años me sentí culpable…

La camiseta acabó en un cajón junto a otras cosas que vienen y van. Manías y supersticiones que nos persiguen cuando el equipo entra en esas rachas en las que el balón no quiere entrar: no grabar los partidos en vídeo, entrar por una determinada puerta a Mestalla, ir por un determinado camino, etc…

Años después me reconfortó saber que a otros valencianistas también les había perseguido la idea de ser los causantes de alguna derrota, incluso alguno ilustre como Manuel Vicent, según cuenta en Tranvía a la Malvarrosa, y esto nos sirve de alivio, nos ayuda a pensar que no estamos solos, que no estamos locos.

Arturo Marzal Navalón

Socio del Valencia CF

divendres, 26 d’octubre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 10

DE MACHOTES Y MARIQUITAS.

Me gusta Bilbao. Es una ciudad bien terminada, donde todo responde a una lógica. De Bilbao me interesa sobre todo la intimidad, el concepto burgués de intimidad que propone la disposición de su mapa. Como todas las iluminaciones arbitrarias procede del desván atávico de la ensoñación. La ensoñación es el preludio estético de las intuiciones, y a las intuiciones, de sobra lo sabes, hay que educarlas con fervor literario. Son nuestro carácter. Me paso la vida trasteando en ese alambre, que es un alambre de mapas, planos y puentes. En pocas ciudades los puentes tienen un carácter tan antagónico como en Valencia y Bilbao. Los nuestros tienen el sesgo de lo fronterizo. En Bilbao, en cambio, integran y acogen. Esa perplejidad es un desvelo nocturno. Cruzar puentes es un acto filosófico. Hay que hacerlo de noche para descifrar el enigma. Bilbao, que es ciudad de dos orillas, ha conseguido disimular el carácter disuasorio de la ría hasta convertirla en una avenida más. Sus puentes parecen calles del Ensanche, pequeños respiros que no sugieren grandes cambios en el imaginario del paseante. En Valencia, los puentes son abismos. La ciudad decimonónica aún no ha logrado integrar de manera metafísica el eco que procede del otro lado. Y tiene sentido. El otro lado es una construcción reciente, moderna, sin la consistencia pétrea que otorga un relato compartido. Incluso la brisa es otra. Haber convertido el río en parque tampoco mejora esa tensión. Al contrario. El jardín es un foso. Y los fosos no integran, esconden. Basta cruzar de noche el puente del Real o el de Aragón de camino al mar para comprender lo que digo. Valencia es una madrastra que expulsa, Bilbao es una madre que acoge. Esa paradoja también es futbolera. Al Athletic nadie le discute su hegemonía en Vizcaya. Al Valencia le crecen todo el tiempo los enanos. Incluso los más tontos hablan de contrarrestar el sobre de azúcar del pensamiento único. Que formulen en Bilbao la majadería del pensamiento único: acabarán en la ría, camino de Santurce. No es extraño que me vea en Bilbao. Es una proyección plausible. Viviría en un ático reformado de la calle Cantarranas, en el barrio de Bilbao la vieja y creo que sería homosexual, un homosexual de Bilbao. Tendría un perrito al que llamaría Julen y al llegar a casa me pondría una batita de seda comprada en Estambul. Sería, me veo, un burgués moderadamente ilustrado, de los que se toman las cosas con calma y ya no saben enfadarse con casi nadie. A diario cruzaría al mercado de la Ribera por el puente de San Antón, el que sale en el escudo del Athletic Club. Compraría pescado fresco, huevos, algo de pan. Sería una especie de agitador cultural al otro lado de la ría y formaría parte del club de cine del barrio San Francisco. Todos los años veríamos La muerte de Mikel, mi película favorita en el contexto de esa vida imaginada. Acabaría sabiéndome de memoria los diálogos, el himno de la Otxoa vestida de futbolista, las contradicciones de la izquierda abertzale, la ceremonia pacata del nacionalismo beato, la miseria de la doble moral, los prejuicios, la carcundia de la intolerancia. Dejaríamos también que se colara el fútbol. Hablaríamos del doblete de 1984 y de su iconografía, tan presente en las calles de la ciudad. Yo mismo, en un arranque de frivolidad, diría que La muerte de Mikel es también la película del doblete del Athletic, tan obvio desde que Imanol Arias entra en un cabaret nocturno y aparece la Otxoa cantando una canción de homenaje al flamante campeón de liga, la del gol de Tendillo. Habría que contextualizar ese chispazo. La Otxoa es a Bilbao lo que el Titi era a Valencia, un emblema y un símbolo, dos maneras idénticas de escribir la libertad y el desparpajo. En Bilbao tendría una zapatería en la calle del Licenciado Pozas. Cuando alguien me pidiera unas Puma yo respondería: venga bah, un cigadito. Toda la ciudad me conocería por ese chiste. Habría colas de gente comprándome zapatillas Puma, sólo para que les contara el chiste. De vez en cuando, el escritor Iñaki Uriarte vendría a comprarme mocasines Pikolino. Nos tutearíamos y acabaría sacándome en sus Diarios con alguna frase como: comprar zapatos te reconcilia con la vida. Desde la puerta de la zapatería se divisaría el escudo del Athletic. Primero el del viejo San Mamés, después el del nuevo. Cuando jugara el Athletic entre semana colgaría la bandera rojiblanca en la puerta de la zapatería y una foto de Julen Guerrero. Ya tú sabes. 


Rafa Lahuerta



divendres, 19 d’octubre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 9


TANGANA EN LA BARRACA

Un Valencia-Leganés es una ciénaga narrativa. No hay anécdotas, ni recuerdos, ni vivencias que alimenten la posibilidad del memorioso para escribir su bitácora del Centenario. En perspectiva, la 2018-19 no es una buena temporada para tirar de memoria. Faltan muchos clásicos. A bote pronto me salen unos cuantos: Zaragoza, Sporting, Oviedo, Osasuna, Mallorca, Deportivo, Murcia, Elche, Las Palmas, Racing. Incluso Tenerife, Castellón, Málaga, Logroñés, Burgos, Salamanca, Hércules, Albacete o Cádiz son clubs que me escribirían las crónicas sin apenas esfuerzo. Bastaría con un fogonazo. Por contra, su lugar lo han ocupado equipos de los que no sé nada, a los que nada me vincula. Sostener esa tensión es el reto de mi particular centenariazo lírico. En jornadas así estoy obligado a pensar en Violante, un soneto me manda hacer Violante. Seguro que conoces la historia. Se le acercó al poeta Lope de Vega una fan llamada Violante y le pidió un soneto. Contra todo pronóstico salió airoso del envite. Por multitud de lances similares, la medieval plaça de Les Herbes de Valencia acabó llevando su nombre: Plaza Lope de Vega. En esa plaza estuvo y está la portería más estrecha de Europa. A principio de los años 90’ los nanos aún jugaban al fútbol en ese rincón del barrio del Mercado. La portería más estrecha de Europa ejercía de imán y cerrojo. Una mística del Catenaccio sobrevolaba el ambiente. De portero solía jugar un chaval gordito al que todos llamaban Algarrobo. Algarrobo era un niño megáfono. Como era imposible meterle un gol se pasaba el rato amenizando el juego con una frase hecha que él mismo había patentado: No le ganas ni al Leganés, No le ganas ni al Leganés, repetía hasta la saciedad. A pocos metros de la portería, casi al inicio de la calle del Trench, estaba el bar La Barraca, en sintomática y casual sintonía con el tipo de fútbol que allí se practicaba. Muchas tardes me las pasaba en su terraza. Buscaba ideas para una novela que sintetizara esa atmósfera de ciudad vencida, pero el partido clandestino me despistaba demasiado. De vez en cuando, el niño megáfono se enzarzaba con algún rival. La tangana se estiraba hasta que el Algarrobo le daba un bofetón al listo de turno. Eran tanganas de mano abierta, mis preferidas. Después, el tiempo cubrió de olvido las escaramuzas callejeras y la plaza Lope de Vega se entregó a la borrachera del turismo de masas. A veces imaginaba al Algarrobo convertido en un yonki que muere en los aledaños de la huerta de Campanar, pero pronto desistía; la novela negra me agota. La realidad es más fructífera y generosa. En la semana del Valencia-Leganés, Enrique Ballester ha presentado su libro en Valencia. Si escribir es alimentar paradojas, “Barraca y Tangana” es el soneto de Violante a los pies de Santa Catalina. Tenía razón mi madre cuando en el verano de 1984 me obligó a memorizar ese poema. Algún día te servirá de algo, me decía. Yo la miraba escéptico. Menudo coñazo, pensaba. Un soneto me manda hacer Violante, en mi vida me he visto en tal aprieto, repetía como un papagayo. 34 años después tengo algo parecido a una respuesta. Lope de Vega y el Leganés, quién lo iba decir, unidos gracias al genio de Enrique Ballester. Ya sólo falta que la frase que el niño megáfono repetía todo el tiempo a modo de mantra: “No le ganas ni al Leganés, no le ganas ni al Leganés”, deje de cumplirse. De momento, el fantasma del jodido Algarrobo lleva cuatro empates en casa y la minúscula portería que defendía con ardor guerrero se ha convertido en reclamo universal para turistas. Menos suerte tuvo el bar La Barraca. En el año 2003 cambió de nombre. Ahora se llama café del Mar. A su lado, el felliniano “Ocho y medio” cuenta otra historia. Acaso un poema de ruinas y playas. Posiblemente, la historia de Jep Gambardella en la ciudad de Valencia: la evocación nocturna del mar en la calle del Trench.

Rafa Lahuerta



diumenge, 14 d’octubre de 2018

EL MURCIÉLAGO DE MI CORAZÓN



Hace unos meses tuve que ir al cardiólogo por primera vez en mi vida. Parece un contrasentido que un valencianista no frecuente con más asiduidad a este profesional, pero será que tenemos el corazón hecho de una mezcla de cara de político acomodado y fuego valyrio.


Cuando me puso en pantalla a modo VAR me soltó de sopetón: “¡pero si tiene un murciélago en su corazón!”. Y se lo expliqué con unas pocas frases:

Desde bien pequeño, tutelado por mi hermano Antonio, hablar del València CF era tan habitual como hablar del procés en Catalunya (bueno…creo que me he pasado; no daba tanto la brasa…)

Mis escapadas con mi hermano a un Mestalla de principios de los 70 a ver al Mestalleta. Ese aguacero el día del Acero que tuvimos que refugiarnos todos en tribuna. Esos partidos contra el Soledad o el Constancia o el Atlético Baleares, bajando por el lado de la pista de baloncesto donde jugaba el Valencia. Entonces nos las veíamos en nuestro grupo de 3ª División contra un resto formado por valencianos y baleares.

¡Alirón, alirón, el València campeón! Vaya final de Liga. 15 últimos minutos de partido al borde del infarto, en que el título pendía de un hilo tras el gol de Lamata y el empate en el Manzanares del Atlético. Esto sólo le podía pasar al València. Era muy pequeño y pensé que vendrían muchas más Ligas. Sin embargo, el juego de poderes en el fútbol español y las malas gestiones directivas hicieron que lo anecdótico fuese eso: ganar una Liga.

Mi regalo de comunión en Mislata. Un buen amigo de mi padre, Antonio Asunción, quien llevó su levantinismo de La Malvarrosa a Manresa, me regaló una camiseta con el 8 de Forment a la espalda (entonces no se rotulaba el nombre, sólo aparecía el número) y unas botas de reglamento que apenas utilicé (a ver cómo jugaba en la calle con esas botas sin que me rehuyesen tibias y peronés).

Las semanas antes de partir a otras tierras vimos al Sporting de Gijón con el golazo de Adorno desde la línea de fondo o el susto final del uno contra uno de Lavandera contra nuestro Abelardo. O el día del Betis, en que Orife hizo temblar nuestro larguero, pero Pepe Claramunt nos regaló uno de los mejores goles de la historia. 

El adiós a València un 10 de octubre de 1971 en un expreso que venía de Granada. El día más triste de mi vida. Para amanecer en otra ciudad en que los valencianos éramos (entonces) rara avis. Nuevas palabras para denominar el mismo producto. No podías decir mallorquina (sobrasada), longaniza (fuet), pamplonés (chorizo), puromoro (regaliz), pica-pica (sidral), clóchina (mejillón), y tantas otras, sin que te escaneasen las retinas escandalizadas.

“El Valencia lo que tiene que hacer es no impedir que ganemos la Liga cuando el Madrid no está fino”, y otras frases del montón que denotaban panchacontentismo y miraralombliguismo culé inanes. Empezaba a comprobar el odio visceral por todo lo que oliese a madridismo.

Mi foto vestido de valencianista (pantalón y medias blancas) en la Plaza de la Infancia de La Verneda, mi evocación callejera del Mestalla valenciano. Jugué de delantero centro a pepinazo limpio estilo Scotta, hasta que el puño de un portero dejó mi ojo llorando de la hostia que me atizó al bregar por un balón por alto. 


Mis Ligas de fútbol a botones, donde mi Mestalla particular era un espacio de 4x3 rajoles de 40x40 cm., y donde tenía que poner reglas debajo de los muebles para que no se colasen los botones más pequeños bajo los armarios. No sé por qué, de 8 Ligas que jugué, haciendo de jugador, entrenador, utillero (rotulando los botones), locutor de radio y público a la vez, y transportista de los botones al terreno de juego y de allí a su hotel de descanso (unas cajitas rotuladas equipo por equipo que guardaba en una caja más grande), el València CF ganó al menos la mitad…

Mi camiseta de la senyera versión 1978. Qué calor daba la condenada. Ya en mi madurez apareció en casa de mi hermano y me intenté enfundar esa camiseta de tubo. Imposible… El contenido excedía en mucho ese continente. Me la puse pocas veces. Las más insensatas, haciendo footing en Alicante del Postiguet al inicio de la Albufereta, y en Barcelona el día siguiente a nuestra Recopa contra el Arsenal.

El espectáculo de ver las cabalgadas con melenas al viento de Mario Kempes y esos zurdazos que doblaban las manos a los porteros. Orgullo de ser el Pichichi dos temporadas, arrebatando el primero a Marañón en una tarde de celebración colchonera, y de ser máximo goleador en aquel Mundial argentino. Cuando las lesiones lo doblaron no supimos agradecerle los derroches que había mostrado en el campo.

Aquella Recopa ganada a golpe de penalty, especialidad en que no solemos destacar, precisamente. Aquel penalty de Castellanos en que el 95 % de los valencianistas veíamos el antecedente del de Sergio Ramos al Bayern. Por fortuna, el larguero nos favoreció, y Santi Pereira hizo el resto para ganar mi primer título europeo.

Mis minutos de extremo sufrimiento aquel primero de mayo de 1983 mientras trabajaba en la caseta de entrevías de la Estación de França, escuchando cómo reculábamos en el césped para aferrarnos a nuestro hábitat de la 1ª División. La felicidad que sentí al escuchar que había finalizado el partido no la volví a sentir hasta muchos años después.

Esa satisfacción después de mojarles la oreja en el Camp Nou. Y esa vergüenza cuando nos goleaban hasta con goles de culo, empalmes a la escuadra que no les salía ni en los entrenos, o que a Timo se los metían hasta sin querer.

Esa búsqueda de horchaterías por Barcelona tras leer que Roberto Fernández había encontrado una en la que hacían horchata valenciana genuina. Estaba hartito de Chufis y Ches que sabían a cualquier cosa menos a horchata. Al final hallé unas pocas. La primera horchata de cada temporada es un momento intenso de valencianía.

La pegatina trasera en mis primeros coches, y las caras burlonas tras hacernos un siete en tierras nibelungas. O la vergüenza que sentí tras leer aquellas declaraciones de un Paco Roig pagado de sí mismo (poco después pagado por los Soler su retiro dorado) tras llegar a la presidencia vestido de moro y diciendo que iban a valencianizar Catalunya brindando los triunfos con agua de València.

Esas bajadas por la A-7 o AP-7, como se llama ahora, una vez al año con mi hermano a visitar Mestalla, y la tradicional paella en el Pasqualet. Ha habido de todo, desde goles a mansalva al Oviedo, o celebración de la Liga ante er Beti con U-ha Anglomá, hasta baile carioca del Barça con cena en Los Bestias. No sé si fue más traumática la experiencia en el campo o en la mesa…

Ese orgullo de ir a comprar el Levante-EMV los domingos y los lunes, y de hacerse con los fascículos de la Historia del València CF de Jaime Hernández Perpiñá. Henchido de satisfacción al completar el lanzamiento completo y encuadernado. Esos fascículos de nuestra primera y exitosa temporada en Champions que todavía tengo por casa. Yo era ese tío raro que cruzaba la ciudad condal sólo para comprar un diario regional, y que brincó de alegría cuando le dieron el traslado laboral a Barcelona, porque sólo allí había kioscos donde podía comprar el Levante. 

Esa cara a cuadros cuando Alfredo le robó la cartera a Zubi y al chaparrón que frustró nuestra remontada, vengando la afrenta del penalti de Djukic.

Todos esos goles del Valencia y algunos del Mestalla que grabé en vídeo VHS durante varios años. Tengo al menos dos cintas de dos horas enteras. Paciencia infinita para esperar a que los emitiesen en cadenas a las que resbalaba el València, que no era ni el equipo valdanesco que animaba los campeonatos. Incluso esperaba a altas horas de la noche. Ahí están. Algún día tendría que pasarlos a otro formato.

Ese cabreo monumental un lunes por la noche que el València de Rinaldi jugaba en el Camp Nou y que tuve que aguantar al paliza de Frederic Porta en A3 y que el Barça nos golease aún jugando bien. Tras encajar injustamente un gol tras otro, mi sueño era mayor que las ganas de ver cómo nos goleaban, y cuando el Barça metió el tercero, apagué la tele intempestivamente. “Estoy no hay quien lo aguante. No tengo ganas de ver otro 6-1”. Cuando me levanté la mañana siguiente a las 5:30 para ir a trabajar, puse el teletexto y tuve que mirarlo varias veces para abrir bien los ojos: ¡¡me perdí la mega-remontada del 3-4!! Mi mayor cagada valencianista.

Esa sonrisa de oreja a oreja para comprar los diarios un domingo de finales de junio de 1999 con mi pantalón del València CF. Y algunos felicitándome por el partidazo y ese gol orgásmico de Mendieta en el estadio de La Cartuja de Sevilla. 

Ese grito desgarrador tras el segundo gol de Baraja al Espanyol aquel sábado por la noche en mi piso. Se enteró todo el vecindario. Era un grito con sabor a Liga treinta y tantos años después.

Esas fotos históricas de una decena de temerarios valencianistas festejando esas Ligas en ¡la Font de Canaletes y el monumento a Colón! Los guiris pasaban por al lado y no daban crédito (ya empezaba la crisis) a semejantes viñetas. Suerte tuvimos que no pasase ningún boix noi que no comulgase con tamañas afrentas sacrílegas. 


Esa punta de los dedos de Kahn que nos dejó sin Champions. ¿La merecimos? Lo que no nos merecimos fue al gordinflas holandés que pitó aquel infame penalti y nos chuleó durante el partido. Desolación. Con esa palabra se puede definir aquella final.

Esas primaveras, cinco o seis seguidas, de gran ilusión valencianista, en que a la vez que se alargaba el día, se alargaban nuestras posibilidades de conseguir algo grande, y que me sentía superorgulloso de que conocieran de mi valencianismo. No todas culminaron, pero estar ahí hasta el final era la hostia.

Esas semanas escribiendo cartas del aficionado para Foroché, y mis colaboraciones para Valenciafórum, precursor de Checheche. Menudo grupito hicimos. Saltaban chispas en nuestro foro, con genios como Bixent, Little, Pkdor, GAN, Rayador, Vicarlos o hg, y más trolls como Bernabeu, Antiblanco o Geta. 

Ese día que me enfundé la camiseta naranja de Terra Mítica tras ganar la Liga 2003/04. Todo el día con ella, en el trabajo, en el transporte público, en el programa de televisión de TV3 Gol a Gol, junto con miembros de la Penya de Barcelona. 

“Aquí sólo venís a dar patadas”, me soltó un culé tras empatarles a 2 en su santuario. “Sólo desactivamos a vuestras figuritas con orden y efectividad. Cada uno lucha con los recursos que mejor maneja“. Contestación clara y concisa.

Ese viaje temerario a València yo solo tras salir del trabajo para ver la final contra el equipo azulón del que se puso de parte nuestro más famoso cazador de elefantes (y de movimientos sexy de cadera). Fue en la Plaza de Toros de València, junto con muy buenos valencianistas. Y el regreso a altas horas de la noche (llegué a casa a las 5 de la mañana) con la sorpresa cuando salía de València de una mención en el programa radiofónico de JR March. 

Esas cervezas Turia con mis amigos exiliados Paquito Gisbert y JR March. Los toros desde la barrera se ven con más perspectiva, pero también con menos hiel. 

Esos años de travesía en el desierto que pagamos con intereses los años de estirar más el brazo que la manga, y en que la supuesta influencia valenciana en Madrid sólo nos sirvió como ensañamiento contra aquel que osa hacer frente a los privilegios de los poderosos.

En fin. Todos esos años durísimos de distancia. Ser valencianista en la lejanía entonces era una aventura propia del Doctor Livingstone (supongo). No llegaban a cocinarnos en un caldero caníbal, pero nos torraban a estímulos informativos blanqui-azulgranas. Era difícil buscar mi propio nicho informativo. Yendo incluso a València a hacerme con cualquier libro que tratase sobre mi equipo, y regresando cargado con 10 o 12 libros, ante la crispación conyugal. Internet transformó todo. Se hizo accesible progresivamente un cúmulo de informaciones impensable antes y permitía interaccionar con sujetos con intereses y gustos comunes. E incluso internet también ha cambiado, pues empezó a escribir sobre mi equipo gente con mucho trellat, pero ahora hay que separar el mucho polvo de la escasa paja (paradójico, con lo que abunda el porno en internet) de excelsa materia gris.

“Por eso, señor cardiólogo, mi murciélago, ni tocarlo; que al fin y al cabo es quien alimenta mis ilusiones y curte mi maltrecho corazón”.

José Luis Brú


divendres, 5 d’octubre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 8 


APROXIMACION A MANOLO (EL DEL BARÇA)

Tuve una infancia privilegiada. Entre abril de 1977 y noviembre de 1983 el Valencia no perdió en casa contra el Barça. En Liga, pero también en Copa y Recopa, Mestalla fue campo maldito para los culers. Sólo debido al calamitoso arbitraje de Lamo Castillo en la 83-84 se rompió el idilio. Fue una jornada de lluvia, entre semana. La noche acabó con cargas policiales en la avenida de Suecia. Generó consecuencias: nos cerraron el campo. Pero eso vino después. Antes hubo tardes y noches memorables de gran fútbol. Victorias épicas, goleadas inesperadas, repasos absolutos. Los Valencia-Barça solían empezar en el Bar Los Checas. Llegaban decenas de autobuses. Si los fusterianos locales hubiesen visto aquellos desembarcos, su mirada fantasmagórica sobre la superioridad moral del Barça habría sido más cautelosa y prudente. Aquella turba no bajaba con libros de Salvador Espriu bajo el brazo. Eran hinchas. Primarios, rudos, elementales. Mi preferido era un tiparraco con barretina y culo de panadero que respondía al nombre de Manolo el del Barça. Era una caricatura siniestra del inefable Manolo el del bombo. Más que una parodia, parecía un quierosercomotú. A día de hoy cuesta creerlo, pero en el siglo XX había catalanes que tenían a Manolo el del Bombo como espejo y referente vital. Posiblemente, esa dialéctica de los Manolos confirmara el carácter bipolar del més que un club. El Barça era eso: una guerra de Manolos. Si Vázquez Montalbán recogía las inquietudes del culerismo ilustrado, el otro sintetizaba las aspiraciones de la culerada lumpen: tocar el bombo, ir de putas, eructar ritmos latinos. Durante tres temporadas seguidas, Manolo el del Barça se convirtió en mi gran ídolo. Cada vez aparecía más gordo, más culón, con menos pelo. Su primera aparición estelar fue en enero de 1981. Por la mañana fuimos a la playa de Pinedo a ver un buque encallado. Después, como cada domingo, pasamos por el bar Los Checas. La presencia de aquel tipo con bombo y barretina fue un shock. En un momento dado se arrancó con esta coplilla: hala Madrid, hala Madrid, el equipo del gobierno, la vergüenza del país. Fue la primera vez que la escuché. El resto de Morenos, anticipo castizo de los inminentes Boixos Nois, se sumó al karaoke con gran entusiasmo. En el aire flotaba una rara confraternización, fruto, sin duda, de la coplilla antimadridista. Ese año no hubo hostias. Las hostias empezaron a la temporada siguiente. 

Es difícil encontrar un día como el 21 de marzo de 1982. 10000 culers en Valencia, paseíllo de Nuñez por el césped antes del partido, la culerada que vislumbra el título. Resultado final: 3-0, delirio en Mestalla, cejas abiertas en los alrededores del campo, festival valencianista. Apenas unos meses después, en septiembre de 1982, se repite el mismo escenario. Sólo cambia la luz y la tormenta de la sobremesa. En la radio, El Puma y su “Dueño de nada” dan cobijo a la melancolía del verano vencido. Los charcos del solar de la calle Rubén Darío explican el paisaje mientras servidor apura sus últimas semanas de verdadera felicidad. De fondo, el rumor del debut de Maradona alienta el mito de todos los sábados por la noche, las calles mojadas, el esqueleto de Mestalla bajo la densa humareda de las tracas. La historia parece un círculo cerrado: todo vuelve. Gana el Valencia con remontada, 2-1. Al acabar el partido empieza otro partido. En la terraza del bar Los Checas, Manolo el del Barça jura venganza. Un día de estos mataré al hijoputa ese de Carrete, se le oye decir. Un llauro con manos como tenazas le interpela. ¿A qui vas a matar tú, tío serdo? Ese “tío Serdo” dicho a la valenciana anticipa la hecatombe. Se hace el silencio. Un cosquilleo me anuncia que años después recordaré a la perfección el golpe y la novela. No me engaño. En ese silencio cabe la biografía no autorizada de Manolo el del Barça, arlequín vencido, estereotipo de aquella otra Barcelona sucia y arrasada que Francesc Betriu retrató con lucidez en Furia Española, la gran película del viejo Barça y su barrio chino. Al otro lado de Blasco Ibáñez, las luces interiores del graderío se apagan lentamente. En la última fila de la Numerada, el hombre de las banderas guarda los pendones descoloridos que anuncian la primera victoria de la temporada, un espejismo que en ese momento nadie contempla. El silencio rompe en estruendo. Primero cae el bombo, después su propietario. Todo tiembla. No es un terremoto, es Manolo el del Barça, tamborilero caído de una sola galleta. En el umbral de la puerta del bar alguien dice: “l’any que vé tornes, fill d’una puta”. Sin ser un epitafio, se agita en la suave noche de septiembre como una sentencia inapelable. Pobre Manolo el del Barça. Ya no volverá nunca más al bar Los Checas. 



Rafa Lahuerta

dijous, 4 d’octubre de 2018

ETERNES VESPRADES A L'ALGIRÓS


I



Nunca es agradable presidir un funeral, pensaba el joven sacerdote, al tiempo que recogía con cuidado el utillaje litúrgico. Joven, aunque sin ínfulas de grandeza y lleno de ganas de hacer un buen trabajo en ésta, su primera vicaría; pensaba, al menos, que la ceremonia de hoy había sido pausada y contenida. La familia mantenía la serenidad propia de los que asumen que la vida es algo finito y que, como un cirio, lentamente el brillo vital se va consumiendo hasta desaparecer.

-Bon dia, Senyor Retor, disculpe vosté que el molestem però volíem agrair les seues paraules, mon pare era un bon home, sap vosté?- dice la mujer.

Un hombre y una mujer, ya mayores, hermanos e hijos del difunto, habían entrado con respeto reverencial en la sacristía. Las miradas serenas y las manos, estrechadas con el sacerdote con suma educación, gastadas y callosas, síntoma de una vida dura y trabajosa.

-Sí, estem molt agraïts, gràcies. -Continúa el hermano que parece algo menor -. Si necessita vosté qualsevol cosa més, si no, nosaltres ja marxem cap al cementeri.

-No, no gracias, acabo de recoger y salgo yo también para allá. -Responde amablemente el sacerdote.

-Per cert, senyor retor, una cosa que hem oblidat de dir-li i que és una curiositat: sap vosté que mon pare va ser, segurament, l’últim que quedava, dels que construïren la parroquia?

El sacerdote arqueó levemente las cejas, siempre había sido un apasionado de las historias y el anecdotario popular de la ciudad.

-I segur que vosté no sap, perquè és molt jove, d’on venen les rajoles de la construcció dels murs, veritat?

-No, no sabia jo res d’això… 


II

Los nudillos crujen de dolor, fuertemente estrechados por la mano del padre, aunque el pequeño no llora, de hecho, aún conserva la sonrisa traviesa por haberse librado de una más que segura azotaina. Los campos están llenos de piedras, huecos de acequia y otras trampas que podrían haberle hecho caer, de ahí que la instrucción, no cumplida, fuera severa: “Res de correr i agarra´t a la má de ton pare”. En cuánto la madre desapareció tras la puerta cerrándose de la barraca, nuestro pequeño, como si fuera una comadreja, había salido disparado, con habilidad innata, hacia su objetivo: el vecino muro de acceso al lugar de ensoñación.

-Jugarà Montes, pare? I Cubells?, guanyarà el València? Sempre guanya, veritat pare? Guanyarem? Montes farà un gol? Qui és millor, Pare? A mi m’han dit que Montes? Però a que Cubells també és boníssim? Guanyarem?.....

El padre sonríe mientras aprieta con fuerza la mano del hijo impetuoso que no ha podido evitar escapar, corriendo como un relámpago por la huerta, para llegar el primero al campo. Le ha costado más de un favor y esfuerzo conseguir una entrada para ir al campo del Valencia FC. Siempre le atrajo el Football desde que contempló, hace ya algunos años, por vez primera en una demostración junto al próximo cauce del río. Pero nada que ver con la emoción de su pequeño que, pese no haber nunca visto rodar un balón de verdad y no de trapos viejos, suspiraba de emoción y ansiedad cada vez que pasaba junto al tapiado de ladrillo amarillento del campo de juego. Mucho más interesado por las aventuras que contaban caminantes y transeúntes del lugar, que de aprender los rudimentos básicos del oficio de labranza propio del vecindario.

Minutos después, el pequeño asoma la cabeza entre la algarabía de los espectadores y curiosos allí reunidos; ya está en la tierra herbosa del solar tapiado el equipo rival, del que sólo se reconoce una camisola abierta azulada oscura con unas rayas negras y un pantalón y medias igualmente oscuras. Esperan brazos en jarra en el silencio del estallido previo al clamor de la afición local.

-Mira pare! El València!... mira, mira, mira, mira! Montes! I eixe ha de ser Cubells! Mira pare, els veus… són els jugadors del València!

Mientras, el padre sonríe , los ojos del pequeño retendrán para siempre esa imagen de felicidad e ilusión absoluta. Unos ojos vivarachos y alegres, que habrán de ver todavía muchas cosas en la vida que sucederá. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.


III

El viejo sacerdote siente que la providencia le ha abandonado. Desde siempre aprendió y aplicó aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando” y en ésta, la que era su gran obra, había golpeado muy fuerte con el mazo de la persistencia. Había conseguido, a cambio de un responso, reducir el precio de la portada, de piedra antigua, que habría de dar lustre a la construcción del templo definitivo. Había bordeado la afonía en más de un despacho y estaba a punto de conseguir las losas sobrantes de la reforma de la plaza de la Virgen para el atrio parroquial… cuando la riada, tragedia terrible y drama y dolor en la ciudad, se había llevado por delante los pocos materiales de construcción disponibles aparte de, más importante aún, las ilusiones y esperanzas de sus humildes parroquianos.

La acequia de Mestalla baja todavía crecida y el sacerdote mira el cielo, aún plomizo, preguntándose qué nueva plaga bíblica iba a recibir su templo aún no construido, cuando una voz recia y calmada le resuena por detrás en un impostado castellano.

-Senyor Retor, tenga usted cuidado, ahí hay mucho barro y puede resbalar y caer al agua.

Quien habla es un labrador parroquiano, de unos aparentes cuarenta años. Aunque avejentado por la dureza del trabajo en el campo próximo, se mantiene erguido y fuerte. En sus manos, pies y cuerpo la marca del duro trabajo y el barro persistente del que ha ayudado en todo lo posible a sus vecinos, amigos y hermanos a sobrevivir al drama reciente provocado por el agua indómita y criminal.

-Más me valdría, hijo mío. – El sacerdote necesitaba desahogar sus penas y frustración-. No hay manera… salvo que usted sepa dónde podemos encontrar ladrillos suficientes para construir la parroquia… más me valdría caer al agua, sí.

El labrador queda pensativo por un momento. El sacerdote le observa y por un momento parece percibir un rayo de luz en su mirada.

-¿Rajoles?… digo … ¿piedras dice, padre?... Escuche, yo sé dónde hay piedras, un montón.

-Pero… -dice el sacerdote.- tienen que ser de aquí cerca, para transportarlas con carretilla, y levantar la iglesia, y…

-Mire padre, yo le puedo traer a usted rajoles para construir una catedral si lo desea….de hecho –pensó en voz alta el labrador.-En ningún sitio mejor que aquí podrían acabar esas piedras.

El sacerdote alzó la mirada esperanzado y se topó con una leve sonrisa, que contrastaba con unos ojos cansados y melancólicos , que habían visto muchas cosas, demasiadas para una sola vida. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.

IV

El mes de julio está siendo tórrido y asfixiante, no vendrían mal unos ejercicios espirituales en alguna casa de Groenlandia, piensa el joven sacerdote mientras arranca el vehículo y se incorpora al camino que conduce al cementerio. A pocos metros, en el semáforo, el conductor del vehículo funerario saca su codo por la ventanilla, indolente.

En su interior un humilde féretro aguarda su último viaje a la eternidad, en el espejo retrovisor una fachada de iglesia avejentada y unas piedras que necesitan inminente restauración. 

Piedras algo más viejas que el templo que ahora protegen de la intemperie. 

Ocultas por una enredadera infinita que, a modo de velo, guarda el secreto de su origen.

En su viaje, tal vez el último, hacia la eternidad de la que fueron, un día y para siempre, testimonio.

Sergi Calvo





divendres, 28 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 7

ATOTXA ENTRE TINIEBLAS


La Real Sociedad eligió Atotxa para contrarrestar el poder hipnótico de su bahía. Entre el marco incomparable de la Bella Easo y el glamour de su festival de cine, el equipo local se atrincheró en una caja de zapatos para compensar, despistar y anestesiar a los rivales. Esa paradoja de equipo adusto y ferroviario en un entorno privilegiado debía chocarle al visitante que llegaba entre algodones. Cuando despertaba de la ensoñación, el barro ya había pinchado dos veces el esférico y la Real iba por delante en el marcador. Si llovía, el andamiaje de película de terror crecía exponencialmente al paso de los trenes que corrían en paralelo. La combinación de plomo y barro era infalible. Con o sin lluvia, el lodo era una constante, se perfilaba como el jugador número trece de la Real, una Real de altos vuelos, la mejor Real Sociedad de la historia. En el lodazal emergía siempre la puntita nada poética de Satrústegui y sus testarazos al más puro estilo Ansola, su predecesor en la delantera. Todo encajaba. Ormaetxea engrasó un equipo para combatir en la selva tropical, pero también para ganar en campo abierto. Se sostenía sobre los pies de bailarina del excelso López Ufarte, el cerebro privilegiado de Zamora y la contundencia extrema de la zaga. En última instancia siempre quedaba Arkonada, Arkonada y el lodo. A los rivales, el lodo los engullía. Venían de pasear por La Concha y se encontraban con el infierno. Sorprende que nadie haya escrito sobre esa dialéctica: ciudad versus estadio. En pocos lugares la distancia estética era tan evidente como en Donosti. Los goles txuri-urdin eran goles por allanamiento. El murmullo anticipaba el estallido. La pelota entraba llorando, como si las miradas de la grada ejercieran de imán. Las avalanchas de Atotxa eran las más británicas del fútbol hispano. Procedían de un desmayo colectivo. Caían a cámara lenta, como si la moviola dirigiera el orfeón y su puesta en escena. 


En Atotxa el Valencia lo pasaba siempre mal. En 20 años nunca le vi ganar un partido. A lo sumo, algún meritorio empate con goles de Kempes. Un día, Rainer Bonhoff entró en el vestuario llorando. ¿Qué te pasa Rainer? Le preguntó Pepe Vaello. Que me han llamado nazi, contestó desolado el germánico. También Castellanos mantenía un idilio muy particular con la afición blanquiazul. No lo podían ni ver. Lo singular en Castellanos era su mecánica. Era un Madelman articulado. Su juego de codos era similar al de Marchena. Hacía amigos con gran facilidad, sobre todo en el país Vasco. Sin duda, su aspecto de comandante de la guardia civil no le ayudaba mucho. 

En 1996 estuve en San Sebastián. Atotxa llevaba 3 años sin fútbol de primera, pero aún resistía en pie. Por la mañana fuimos a presentarle nuestros respetos. Se disputaba un partido de rugby y pudimos entrar. Sentado en su tribuna lo entendí todo. El espíritu del tío Benito sobrevolaba las gradas vacías. Bajo un aguacero aquello debía poner los pelos de punta. Esa misma tarde, a la hora clásica, el VCF saltó al césped de Anoeta atrapado en su particular pesadilla de Atotxa. A la media hora la Real ya ganaba 3-0. El resultado final no mejoró, 5-2. Fue el año en que los dos partidos contra los donostiarras nos privaron de ganar la liga, la vibrante temporada de Luis Aragonés en el banquillo. Con esos 6 puntos, o incluso con una victoria y un empate, el VCF hubiera sido campeón. 

Durante el otoño de 2008 volví a San Sebastián. La Real estaba en segunda y Atotxa ya era una plaza gris y fría entre tinieblas. Desde el monte Ulía me hice con el plano total de la ciudad. Como hago siempre que estoy lejos de Valencia imaginé tardes locales de fútbol en los años 70’. Esa rareza íntima me ayuda a comprender el rumor lejano de mis días de radio revoloteando en el comedor de casa mientras mi padre organizaba las facturas. A esos viajes lisérgicos de la infancia se lo debo todo: la memoria, la imaginación, la potestad del relato. La tormenta arreciaba y Arkonada emergía entre las arenas movedizas del área pequeña como el gigante de los chicles Super Boomer. Seguro que Aitor Zabaleta también estaba aquella tarde allí, en el viejo Atotxa, bajo la lluvia.

Rafa Lahuerta


BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 6

¿PARA QUE SIRVE EL GOL DE FORMENT?

Objetivamente un gol no se celebra en diferido. Su estallido es imperativo, presencial, vinculado al éxtasis del aquí y ahora. He celebrado tantos y en tantos lugares, de mil formas tan distintas y en momentos tan dispares que sin duda podría explicar mi vida a partir de su perfume, del rastro que dejaron. Un gol te cambia la vida. No eres el mismo antes del gol de Baraja al Español que después, como no eres el mismo antes de un viaje que cuando regresas. Todo te transforma y los goles de tu equipo no son una excepción que se pueda tomar a la ligera. Sólo hace falta prestar atención, esperar que el rumor que nos cobija explique quienes somos. En ese tratado antológico del gol que es “Maradona en Humahuaca” Vicent Chilet lo explica mejor que nadie. Es un libro tan bello como hipnótico. Cada gol parece un poema, cada poema explica la tensión de los goles que no vimos pero que nos acompañan. De todos los no vividos, ninguno como el de Forment al Celta el 28 de marzo de 1971. Para mí, en mayúsculas, EL GOL. Un gol que me obligó a bucear, a imaginar, a escuchar, a recrear, a escribir, a pensar, a madurar. No estaba en Mestalla aquella tarde, pero lo mismo da. Estar allí nunca fui mi prioridad. Es mejor asimilar que otros sí estaban, que los míos sí estaban. Elegí ese gol a los 18 años. Comprendí muy pronto la onda expansiva que representaba, lo inmensamente feliz que hizo a mi padre, el escenario en el que se consiguió, las circunstancias, el reflejo que aún brilla en las pupilas de todos los que sí lo vieron y nunca lo olvidarán. Un gol así no se celebra en diferido con una placa y un tuit del mago Ciberche. Un gol así exige otro tratamiento. Por eso decidí que cada 28 de marzo ese gol volviera a suceder. No solo por mí, sino por todos. Y muy especialmente por quienes ni siquiera sabían quién era Forment, ni conocían el impacto de un testarazo que transformó la ansiedad en locura y la locura en festejo. 

Después, cuando di el paso y el propio Forment se presentó en la tribuna de Mestalla a encender la traca supe que tenía razón. Tener razón es algo que me preocupa poco, pero ese día no. La sonrisa de Forment me ayudó a comprender lo esencial. De joven se juega para la gloria, la fama, el dinero, la inmediatez. Pero el fútbol, que parece una patología del puro presente, se juega en realidad en el pasado. Dicen que no tiene memoria, pero es precisamente al revés. El fútbol es sólo memoria. Y los grandes clubs son los que saben proyectar esa memoria en la inestabilidad de la competición, los que tienen un poso y lo hacen visible en cada detalle. Al final, lo que perdura es el reconocimiento afectuoso, la huella que tus acciones dejan en las vidas ajenas, el timbre de gloria y mística que eres capaz de suscitar. No sé si Forment lo sabía, pero creo que ahora lo intuye un poco mejor. En la tarde del 28 de marzo de 1971 le tocó sintetizar un instante único y ahora nos toca a nosotros dotarlo de continuidad y trascendencia. Eso es el fútbol. Consagrarse y trascender. No hay otro argumento.  Para eso sirve el gol de Forment, para explicar el significado de Mestalla y lo que nos convoca, para que Carlos Soler y los futuros Carlos Soler puedan coger la bandera. Todo eso es el gol de Forment. Un gol que sustenta la magia, la valida, la eterniza. Si me pongo un poco pesado con ese instante no es sólo por excentricidad. En una historia de 100 años todo ha pasado ya, pero todo tiene que volver a suceder al mismo tiempo. Es un arco que se tensa. Para que el futuro se llene de goles idénticos hace falta convocar  con devoción al duende del último minuto y todo lo que representa. No estoy enfermo de nostalgia. La nostalgia no es mi tema. Que no os engañen los que no saben distinguir entre memoria y nostalgia. Estoy hambriento de que se le haga justicia a un  hombre y a un club que casi nunca han sabido explicarse y cuyo relato suele ser  ninguneado incluso por aquellos mismos que dicen amar al club por encima de todo. El amor es algo más que una mera proyección verbal. Hay que sustentarlo a diario sin perder de vista lo sustancial: La entrega, la convicción, el carácter, el convencimiento, la lealtad, el respeto a nuestros mejores hombres. Para eso sirve el gol de Forment. Para no desfallecer jamás. Si no lo entiendes, vuelve al principio. Al gol de Forment contra el Celta, al de Montes contra el Levante FC el 20 de mayo de 1923. Es siempre el mismo gol. 

Rafa Lahuerta 

divendres, 21 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 5


OTRA MANTA A CUADROS

(A Miquel Nadal, que vio la manta a cuadros antes que nadie)

La noche más anómala de aquel verano tuvo El Madrigal como epicentro. Todavía era un entrañable campo de 2ªB, con grada de pie en el gol sur y cuatro filas de piedra en el fondo norte. La tribuna sostenía el sopor y la leyenda: abanicos en verano, mantas a cuadros en invierno. Las mujeres que revelaban el mito eran las mismas. Las delataba el pelo cardado, el rojo tímido de sus labios, la voluntad de convertir un partido de fútbol en un evento social que pudiera competir con las meriendas de la Regenta en la sacristía de San Pascual Bailón. Ya sabes: chocolate espeso, torrijas, jarra de agua fría, el eco rural de la moral levítica alimentando rumores. 

El himno del Vilareal era una versión suicida del “Yellow submarine” de los Beatles. Sonaba como el organillo callejero, la cabra, los Camela, la feria en los descampados. Tenía su rollo. Si aquella tarde viajamos a la Plana fue por puro hartazgo estival. Agosto se insinuaba voraz y Valencia estaba desierta. Todos los garitos clandestinos abrían pasadas las tres. Había tiempo de sobra para ir, ver las evoluciones del equipo, volver con ganas de cruzar el río e internarse en el lado oscuro de la ciudad veraniega y turbia, esa gran desconocida. 

Entre bostezo y bostezo comprendí la inutilidad del desplazamiento. El partido fue un quiero y no puedo, un entrenamiento con abanicos. Si no recuerdo mal, hubo empate a cero. Para festejarlo cenamos en un restaurante chino. Por entonces, un restaurante chino en Vilareal era un exotismo. Se percibía claramente en la indumentaria de los comensales y en la sonrisa complaciente del padre de familia, orgulloso de brindarle a los suyos una experiencia étnica inolvidable. En perspectiva, flotaba en el aire la evidencia del futuro chantaje. 

Para nosotros, muchachos del distrito 21 que ya habían leído a Bukowski, un Chino no era noticia. Esa mirada irónica y condescendiente me hizo sentir miserable. Me vi en el verano de 1982 soportando la chufla de los madrileños porque ellos sí tenían Burger King y nosotros no. Al recordarlo, el rollito de primavera se me atragantó. Acepté el desgarro y la penitencia. En algún momento de nuestras vidas todos somos pijos madrileños festejando supuestas carencias ajenas. Nadie lo dice, pero esa estupidez es la modernidad: la falsa creencia de que vivir en New York te hace mejor. 

Tras la cena volvimos a Valencia por la carretera General. Enseguida atisbamos un bar de lucecitas. La curiosidad nos hizo parar. La noche era joven y nadie nos esperaba. Pensé en todas las películas del cine español con toro de Osborne y puticlub de carretera. Hice una lista mental. En esa lista no pude incluir la mejor película del género, aún sin rodar: “Lo que sé de Lola”, de Javier Rebollo. Al entrar comprobamos que ni siquiera era un lupanar, más bien otra cosa. Sonaba una canción antigua de Julio Iglesias, “Abrázame, y no me digas nada, sólo abrázame…”. Entonces, la chica de la barra nos preguntó qué íbamos a tomar. Al verla me estremecí. Parecía Prosinecki con tetas. Yo creo que me “endrogó”. Al menos, esa será mi coartada el día del juicio final: nos “endrogaron” Señor, nos “endrogaron”. Cuando desperté a la mañana siguiente tenía la boca pastosa y una muñeca hinchable a mi lado. La muñeca hinchable también se parecía a Prosinecki. Eran las 9,37 de la mañana y el sol estallaba contra los naranjos de la ruta. Del mar llegaba un flautín de azahar y brea. A duras penas nos recompusimos. De regreso a Valencia nadie habló. Fue media hora de tensa resaca, un atisbo de cuento que algún día escribiré. Dormí hasta pasada la hora de comer. Por la tarde estuve en el cine Xerea, en la calle En Blanch. Al anochecer se fue la luz del tendido eléctrico y la ciudad de agosto volvió al siglo XIX. No había nadie y los callejones de Sant Bult destilaban retazos de nostalgia fluvial. Los excesos de la víspera me invadieron como un mal presagio que no supe adivinar. Un tipo más atento hubiera anticipado con claridad la operación Eichmann que años después Fernando Roig y su hijo, Roig Nogueroles, pusieron en marcha para desactivar a los ultras del Vilareal, pero me faltó perspicacia. Jamás imaginé que un equipo sin tradición se consolidaría en primera. Han pasado casi 25 veranos y no he vuelto por allí. Esos 60 kilómetros se me antojan insalvables. Por si faltara poco, la camarera croata me visita en sueños de vez en cuando. En el momento álgido de la pesadilla, un niño pequeño ataviado de amarillo y cara de Prosinecki adulto me cubre con una manta a cuadros: “para que no te constipes papá”, me susurra al oído. Juraría, pero ya no estoy seguro, que las muñecas hinchables no pueden tener hijos. 

Rafa Lahuerta 

dijous, 13 de setembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 4


LA PARÁBOLA DEL TROMPETILLAS 



A veces tropiezo con El Trompetillas en el cruce de Palleter con Calixto III. No sabría decir si recoge colillas o aspira a la santidad. Merodea de continuo por el barrio de Arrancapins. Son calles amables. Abastos, los colegios de monjas, la casa natalicia de don Pío. En Maestro Palau huele todo el año a azahar. El Trompetillas no. Como tantos héroes anónimos pasea por Valencia fundido en su propio delirio. Parece sacado de la última novela de Kiko Amat, “Antes del huracán”, ese minucioso tratado que bucea en la soledad, la locura, la puta miseria. Desconozco su edad real pero nació adolescente de arrabal y morirá como tal. No tiene escapatoria. Siempre tendrá 13 años y medio, 14 a lo sumo. 

En la década plomiza de los 80’, el Trompetillas entraba en Mestalla con un pase de favor. Se ponía en la última fila de la general de pie del gol norte y hacía sonar todo el rato una vuvuzela prehistórica. En aquella jungla hormonal y juvenil del viejo Yomus, él no parecía uno más. Le delataba el gesto, la dificultad para entablar una conversación, el brillo enloquecido de sus pupilas. No era un hervor lo que le faltaba; era otra cosa. A mí me daba un poco de pena y hacía lo posible por integrarlo. No era factible. 

Todavía hoy, lo primero que hace es preguntarme por el Levi’s, como si la vida se hubiera detenido en 1989 y nada tuviera sentido al margen de sus años en la general de pie. No sé nada de él, le digo, hace siglos que no le veo. Por su expresión deduzco que no me cree. Lo siguiente es pedirme dinero. En ocasiones me gustaría contarle que escribí un cuento donde le inmortalicé, pero desisto enseguida, ¿Para qué? El debate fiction/faction no parece de su incumbencia. Lo suyo es otra cosa: sobrevivir, soñar que vuelve a Mestalla, saber si el Levi’s vive. Ni siquiera me atrevo a recordarle lo que pasó el 24 de mayo de 1986, en el transcurso de un Valencia-Betis de la copa de la liga, con el equipo hundido en segunda división y las secuelas del Cádiz-Betis en la memoria de todos. Seguro que muchos no lo han olvidado. El ambiente, la textura, la atmósfera de clara animadversión. 

Tras eliminar a Conquense y Español nos tocó el rival deseado. La peña quería venganza. Aquel era un Betis muy literario que empezaba con Cervantes en la portería y terminaba en punta con Calderón. Según la rumorología, el argentino Calderón quería ganarle al Cádiz, mientras que Rincón y Cervantes encabezaban la cédula del empate. Ese empate cambió la norma del fútbol español. Desde entonces, las dos últimas jornadas se juegan en horario unificado. El resto, ya lo sabes. 

Al Betis, por tanto, se le esperaba con ganas. Si en el campo de Juan Luis Guerra llovía café, en Mestalla diluviaban naranjas. Para el Trompetillas, sin embargo, la algarada cítrica no bastaba. Ese día apareció en la grada con una bolsa llena de pomos de puerta. Fue un salto patológico que me impactó. Ahí había un loco dispuesto a todo. Como se esperaban incidentes subió un destacamento de la policía nacional a lo más alto de la general de pie. Con el tiempo se convirtió en norma, pero esa noche fue la primera. A pesar de ello, la lluvia de naranjas, huevos y botes fue generalizada cuando Cervantes se acercó a nuestra portería. Por suerte, un agente se percató de la maniobra del Trompetillas, dispuesto a descalabrar al portero del Betis por la vía rápida. Eh chaval, ¿pero qué haces con una bolsa llena de pomos de puerta? Inquirió el madero. Con una naturalidad impropia, el Trompetillas dijo lo que pensaba: ¡¡pos pa que va a ser, pa matar al hijoputa ese que nos ha mandao a segunda!! 

Lo que vino después está en la memoria de bastantes. La policía lo trincó y se lo llevó. Jamás olvidaré su extraña mueca de satisfacción caminando entre la pasma. Era un muchacho feliz, una especie de Lute a este lado del Turia, un preso político por amor al Valencia. Luego, como no podía ser de otra manera por aquellos días, el Betis nos eliminó. Con justicia además. Esa noche comprendí la sutil diferencia entre estar moderadamente pillao o completamente sonao. Una cosa es evidente: El Trompetillas fue el primer expulsado en la historia de Mestalla. Si lo piensas bien, sólo por eso merece ser invitado al Palco vip y que le regalen la camiseta del Centenario. A otros, por mucho menos, les condecoraron con la insignia de oro y brillantes. 

Rafa Lahuerta Yúfera

divendres, 7 de setembre de 2018

PEDJA


Soy perfectamente consciente de lo que supone escribir un artículo evocación de Pedja Mijatovic en su vinculación a Mestalla. Mijatovic es, seguramente, el más grande supervillano de la historia reciente del club. En un tiempo donde aparecen las primeras camisetas nominales, aún hoy, veinticinco años después, todavía asoma por Mestalla alguna camiseta, ya gastada, con el número 8 del montenegrino y una impresión añadida con el nombre del apóstol traidor. 


Asumo esa responsabilidad y toda respuesta a estas líneas que, sólo pretenden, poner en valor para nuestra historia centenaria la trayectoria de un jugador, que antes de villano fue el héroe predilecto de una afición que todavía tuerce el gesto cuando escucha su nombre. 

Recordaremos a nuestro protagonista a través del revelado de algunas instantáneas, esperando ajustar al máximo el tiempo, ya pasado desde aquellos acontecimientos y que debe dar una perspectiva que adecue la temperatura y suavice la agitación. 

Cámara oscura, luz tenue, comencemos. 

Instantánea primera. 

Lentamente aparece en el papel una primera imagen, es la fotografía de un jugador en lo que parece su presentación en el viejo Luis Casanova. Un muchacho en el que destaca un pelo largo y enrevesado con aparente fijador, una nariz del genotipo balcánico, entre aguileña y ganchuda y mirada desafiante. En la imagen intenta controlar el balón que vuela por el aire en filigrana ante una grada de Mestalla semidesértica con, apenas, algunos muchachos transeúntes que se han asomado a la curiosidad de ver la puerta del viejo estadio abierta. 

Su nombre es Pedrag (Pedja) Mijatovic y es uno de los nuevos fichajes para la temporada 1993-94. Su origen será durante mucho tiempo “yugoslavo” aunque los más cultos del lugar, atendiendo a la dramática situación de su lugar de origen se apresuran a precisar que es Montenegrino. Su origen es un club de Belgrado pero no el rutilante y reciente campeón europeo Estrella Roja sino el llamado Partizan. Su coste no es de ganga, 350 millones de pesetas es dinero importante para un jugador del cual se desconoce absolutamente todo y que incluso parece difícil su presencia en el once titular. Su aval es Pasieguito, con los antecedentes del bueno de Pasiego, muchos han dado crédito a su contratación pero parece una apuesta menor, un nombre anónimo más, si acaso por la peculiaridad balcánica, no tan habitual en aquellos tiempos en el Valencia… ja vorem. 

Pronto la fotografía adquiere color. En tiempos dónde, de muchos partidos, sólo se conoce la crónica del diario posterior, comienza a correr boca a boca una evidencia: Ese “tal Mijatovic” es muy bueno, corre, pelea y es un puñal inesperada, mete goles, muchos, de todas las formas y es… imparable. 

Imparable. 

Instantánea segunda. 

Poco a poco, en la noche de un estadio centroeuropeo, en Alemania seguramente, aparece un equipo vestido de azul muy oscuro y pantalón blanco. El Valencia europeo. 

Mijatovic era imparable y pronto lo había demostrado ante su afición y en una Europa que comenzaba a conocer cómo se las gastaba el montenegrino. 

Goles de todas las formas, electricidad, liderazgo… y un Valencia que parecía florecer: Los Fernando, Quique, Penev y compañía habían encontrado en aquel 8 el percutor que necesitaban para atemorizar el mundo. 

Con Hiddink al mando aquel Valencia jugaba de manera espectacular. La primera eliminatoria del curso europeo había sido finiquitada, con Pedja en modo estelar, ante el evocador Nantes de un tal Pedrós, de origen valenciano. Y en la ida ante el aparentemente débil Karlsrhue (“Un Osasuna” alguien dijo) parecía que el equipo, líder por aquel entonces en liga, iba a cabalgar con igual éxito por los campos europeos. 

Si. En la foto de aquella noche está, grabado para la historia, Pedja Mijatovic. 

Creímos que con Pedja en el campo éramos invencibles, que el momento de por fin, volver a levantar trofeos era inminente… Nos equivocamos. 

Instantánea tercera. 

Por un momento la imagen parece borrosa y errada pero no lo es, es la lluvia la que distorsiona la imagen. 

Lo que algunos creían primavera, era en realidad un tiempo cambiante y desquiciante que llenó de espejismos el imaginario colectivo de Mestalla. 

Pero Pedja seguía, como una constante, tirando del carro. Menos goles en esta segunda temporada pero el 8 seguía siendo la pesadilla de los rivales de aquel equipo. La liga había discurrido desapacible y gris, como si avisase de la tormenta, esta vez real, que se avecinaba en aquella tarde que, sin embargo, comenzó bajo un sol de justicia en Madrid. 

El once de aquella final guarda nombres evocadores. Zubizarreta, Penev, Fernando, Mijatovic… pocos imaginaban que una de las (Discutidas en su política) lonas legendarias que décadas después adornarían la fachada de tribuna de Mestalla, iba a ser asignada con, total merecimiento, al joven y rubio lateral derecho por aquel entonces y que todos consideraban jugador anónimo e intrascendente… pero ésa es otra historia. 

Bajo la lluvia, los jugadores corren extasiados, al frente de ellos Mijatovic abre sus brazos con su gesto de triunfo habitual, puños cerrados, chicle y mirada de depredador mientras se lanza al césped mojado para celebrar el gol que empata aquella final copera. Un golazo de falta. El éxtasis ché en las gradas del Bernabéu. 

Creímos que era inminente…nos volvimos a equivocar. 

Instantánea cuarta. 

Pantaloneta negra; aquella tercera temporada de Mijatovic se recordará por el Sabio que moraba en el banquillo del Valencia. También los jugadores creyeron que era inminente. Creyeron y por muy poco se equivocaron, aunque ésta vez, fue lo de menos, el camino mereció la pena. 

El Valencia ha arrasado al FC Barcelona y aparece ante el mundo como la supernova que pone en peligro el título del At. de Madrid. De hecho, en su visita al Calderón, los blanquinegros demostrarán quien ha sido, realmente, el mejor equipo de la segunda vuelta de aquella temporada. 

No, aquel Valencia no aparecerá en lo alto del cuadro de honor, tampoco lo hará Mijatovic, superado, paradojas, por su ex compañero Pizzi en la tabla de goleadores. 

Pero Mijatovic se convertirá en la súper estrella de aquella temporada. Imparable, demoledor… su chicle, su pelo largo, desordenado pese a la gomina y sus brazos abiertos son fotografía constante en la prensa del lunes donde, sus compañeros se han convertido en escuadra temible y amenazante. Luis, con su chándal en el banquillo, contempla su obra… una de las mejores del viejo sabio. 

La foto ya está plenamente revelada: Mijatovic levanta sus ojos al cielo con gesto de sorpresa e impresión mientras su boca muestra una mueca de felicidad y sorpresa, el cuello ladeado y el gesto de impresión por el ruido, atronador, que se intuye en la instantánea, de un Mestalla a sus pies. 

Es una de las ovaciones más impresionantes que se recuerdan el estadio Ché. Mijatovic es el héroe absoluto, ni tan siquiera Pedja espera un aplauso y unos vítores tan atronadores. 

Pedja es el héroe, el elegido. 

Instantánea final. (No válida). 

La réflex que inmortaliza el tiempo ha fallado en este último disparo, parece que se ha encasquillado. 

El carrete no parece haber corrido lo suficiente y se han agolpado, en una misma instantánea, varias imágenes que pierden su nitidez por su sobre-exposición. 

Una noche en la agrupación de Peñas, un Rolex de oro, unas camisetas de aficionadas rasgadas y sobreimpresas, Mijatovic en Mestalla de azul y de morado, el propio Pedja en un acto de centenario pero del otro equipo de la ciudad… Imágenes borrosas, sueltas, distorsionadas. 

De un accidente. 

De una traición. 

Creo que finalmente voy a contemplar con calma las primeras cuatro imágenes, a ellas el tiempo se va encargando, poco a poco, de poner en su sitio. Hay muchas más, siempre que contengan el escudo de Valencia en el pecho, son fotos de un héroe, un futbolista extraordinario, anárquico y diferencial, voraz e imparable, una supernova que iluminó una noche tenue y salpicó con su brillo a otras estrellas que buscaban su lugar en el firmamento. 

Me quedo, en éste centenario con ése Pedja, el de la foto de su casi anónima presentación, el de los goles desde el centro del campo, el de los puños cerrados y el chicle, el de la cara de sorpresa, como la de un niño ante la ovación de Mestalla. 

Sí me quedo con ese Pedja; el de después no me interesa. Seguramente la traición es incurable y nunca se podrán cerrar las heridas de aquellos días, luego semanas y meses y al final años en la que todo, absolutamente todo, se hizo y se dijo mal. 

Me quedo con el Pedja héroe que nos hizo soñar y olvido a la caricatura súper-villanesca en la que se convirtió después. 

Y recuerdo, ahora que el escudo del murciélago cumple cien años que, durante tres años, un montenegrino atravesó, como un rayo, el césped de Mestalla. Eso no quiero olvidarlo porque es también parte de nuestra historia, que el tiempo, que todo lo puede, tal vez algún día, coloque en su lugar. 

Sergi Calvo 
Socio y Accionista del Valencia CF