dimecres, 5 d’octubre de 2011

Real, como la vida misma

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No tuve la ocasión de tratar a Paco Real ni de conocer de primera mano sus inicios en el mundo del fútbol. Sin embargo, sí que he grabado en mi mente algunos detalles de su corta e intensa etapa como entrenador del primer equipo y los quería compartir, como homenaje y reconocimiento.

De nuestra infancia valencianista solemos conservar una colección de momentos que hemos puesto a buen recaudo como patrimonio inmaterial ante el que echar mano cuando la incertidumbre nos asalta. Con once años y el germen de esta pasión en plena ebullición se cruza Paco Real en este relato personal.

Y como el fútbol no deja de ser una manida metáfora, más o menos fidedigna, de la vida, el paso de Paco Real por el banquillo de Mestalla también nos legó una enseñanza marca de la casa.

A veces el reflejo de los focos nos deslumbra tanto que no somos capaces de valorar en su justa medida todo lo fundamental que sucede detrás de ellos para que el tinglado luzca sus mejores galas.

Esta ceguera nos dura a los valencianistas más de lo deseable, pero confío en que nos estamos curando mediante nuestras particulares terapias.

A Paco Real le tocó en suerte, valga la contradicción, dirigir al equipo en una de las etapas más convulsas de su historia. El memorial de agravios pone los pelos de punta: conversión en SAD, desfeta de Karlsruhe, colapso del tuzonismo… Pero el entrenador acudió presto a cumplir con sus servicios al club con marcial disciplina y sin discutir la orden.

Donde el Valencia le requirió, una constante en su trayectoria.

Cuando eres un chaval enfermo de valencianismo y no convives con engorrosos problemas que te desvían de la vocación tiendes a magnificar todos los sucesos que envuelven el acontecer del club, por lo que el ínterin de Real lo seguí con verdadera ansiedad. Pero no todo iba a salir como a mí me gustaría. El Coronel ya lo sabría, que para eso llevaba años habitando los banquillos, yo empezaba a aprenderlo.

Parecía que ese año sí, pero tampoco. Aquel sábado en que nos acostamos líderes ganando 3-0 al Celta de Vigo, con doblete de Fernando y el broche de oro de Mijatovic de libre directo, se tornaba en frustración medio mes después. La secuencia de horrores ya la relaté antes. Parece mentira que en quince días se gestaran tales cismas, pero somos así de incontinentes.

Ante la adversidad sobrevenida se recurrió a la seriedad de Paco Real para poner freno a la debacle. Nuestra sinuosa singladura reservó un inicio triunfador para el Coronel que se trocaría en cruel decepción, merced al posterior devenir de los hechos. El 0-1 en el Sánchez Pizjuán con aquel estridente equipaje fucsia (como un vestigio del amanerado VCF de Hiddink) albergó esperanzas entre la parroquia de reconstruir los cimientos del proyecto. Apuesto a que al técnico también le desagradó esta casaca, pero aquella práctica y balsámica victoria tuvo su sello intransferible. El margen de confianza se agotó al final del siguiente partido en Mestalla. El 0-0 contra la Real Sociedad, con un equipo romo y desconcertado, nos devolvió a la realidad, la de un club que se disponía a emprender una serie de atropelladas reinvenciones en busca de su identidad. La derrota se instaló en el vestuario de un plantel que no estaba acostumbrado a lidiar con las artimañas del sótano clasificatorio y tuvimos nuestra dosis de sainete cuando el Barcelona de Cruyff nos machacó con un abrumador 0-4 y nuestra endeblez quedó de manifiesto ante el vocerío mediático.

El dedo acusador señaló sin piedad al eslabón más débil y Real, resignado, aguantó con hombría hasta que fue relevado. Un confuso informe sobre Hiddink y unas declaraciones opinables se utilizaron contra Real en un contexto ya de por sí ingrato por la coyuntura de la entidad. La crítica se convirtió en saña y fue años después cuando el rol de villano que se le hizo jugar a Real en el marco de aquella campaña se nos presentaría como el de esos antihéroes que pueden llegar a cautivarnos más que los protagonistas triunfadores de las historias más edulcoradas.

A su manera, Paco Real se rebeló contra el statu quo imperante y la Brunete mediática reaccionó bruscamente porque no toleró que se cuestionaran los fundamentos de aquel Valencia sobreprotegido y subalterno, que ejercía de paje en aquella España de la resaca del 92, metáfora balompédica del sano regionalismo bien entendido. Poco o nada dijeron aquellos indocumentados de los triunfos de Real en los banquillos del fútbol modesto, de su prolífica labor en el Mestalleta o de aquel fulgurante Torrent que llegó a Segunda B, en una época en la que integraba junto a Benito Floro y Quique Hernández la tríada de honor de aquella digna escena.

El Coronel volvió a pasar a la retaguardia, donde más cómodamente se desenvolvía, y siguió sirviendo al club con la prestancia de siempre, más allá del puesto encomendado. Con aquella gabardina inconfundible y tocado a veces con un sombrero que le daba un aire al instructor de La Chaqueta Metálica.

En definitiva, las temporadas nos revelan en el fútbol qué hombres son los imprescindibles y Bertold Brecht nos dijo que eran los capaces de luchar toda la vida.
Paco encarnaba ese ejemplo. Real, como la vida misma.


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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6 comentaris:

kawligas ha dit...

Magnífico artículo y más que merecido. Poner los puntos sobre las íes es una tarea imprescindible.

Anònim ha dit...

Excelente artículo. Real hizo lo que pudo en una de las peores temporadas que se recuerden: la reciente SAD, la humillación europea, el deambular liguero que acabó como acabó en Coruña, el cáncer de Lubo Penev, los problemas internos del club, la llegada del populismo ante el colapso de la era Tuzón que supondría un antes y un después en la historia del Valencia...Recuerdo ese color fucsia hasta final de temporada en detrimento del azul utilizado en Karlsruhe.
Nefasto todo. DEP P.Real.

La Ranita de La Fuente Lagar ha dit...

Si no recuerdo mal Paco Real no le bailó el agua a Jose Ramón de la Morena y a partir de ese momento fue triturado por los medios de comunicación del grupo Prisa.

Anònim ha dit...

Gran post, Simón.

Hombre de club, especie en extinción, de los que en los peores momentos no salen huyendo como las ratas y dan un paso al frente.

Un saludo
Jose Miguel Lavarías

Anònim ha dit...

La convulsión del momento arrastró como bien dices al abismo, al más fácil de hundir, al que nunca diría una palabra en contra de su club.

Necasario artículo, muchas veces los arboles nos impiden ver el bosque.

Pepelu.

Juan ha dit...

Como dice Pepelu, esta clase de articulos son necesarios.
Molt Bo Simón.