dilluns, 1 de juny del 2026

DEL RIGOR TÉCNICO A LA PROPAGANDA INTERESADA EN TIEMPO RÉCORD

Respuesta de úvaM al artículo de Amunt Mestalla sobre el nuevo estadio del Valencia CF

La página web y cuenta de X conocida como Amunt Mestalla ha publicado recientemente un artículo titulado Del mejor estadio del mundo al peor estadio del mundo en tiempo récord, en el que se pretende reducir la crítica al nuevo estadio del Valencia CF a una mezcla de ruido, catastrofismo, nostalgia y resistencia emocional al cambio.

El título tiene intención. Como también la tiene el propio nombre del medio digital: un Amunt Mestalla empleado desacomplejadamente para defender el relato que conduce a la desaparición del que ha sido nuestro hogar durante más de un siglo.

En consecuencia, nuestra respuesta también debe ser intencionada. Porque el verdadero salto que debería preocupar al valencianismo no es el que va de una ilusión inicial convenientemente idealizada al rechazo actual, sino el que pretende convertir argumentos técnicos, informes periciales, advertencias jurídicas y una demanda contencioso-administrativa en una simple caricatura de redes sociales.

Desde úvaM consideramos necesario responder de forma directa. No para situar una pieza de opinión en el centro del debate, sino porque la demanda presentada frente al Ayuntamiento de València, y el trabajo técnico y jurídico que la sustenta, nos obligan a denunciar cualquier intento de reducir esta cuestión a ruido, nostalgia o catastrofismo.

El trabajo que hay detrás de nuestras denuncias ha sido realizado por valencianistas sin otro interés que proteger el patrimonio del Valencia CF, denunciar el uso instrumental que Meriton hace del club y exigir rigor y rendición de cuentas a las instituciones. Por respeto a ese esfuerzo, a los informes que lo sustentan y a todos los valencianistas que no aceptan que el futuro del club se decida mediante hechos consumados, debemos responder. Especialmente cuando se intenta convertir una cuestión técnica, normativa, económica, urbanística y patrimonial en una caricatura de redes sociales.

No es ruido: son informes, hechos y responsabilidad

El artículo de Amunt Mestalla utiliza un recurso recurrente: mezclar comentarios de redes sociales, críticas estéticas y opiniones dispersas con objeciones técnicas y jurídicas formalmente documentadas. Se citan ejemplos supuestamente exagerados para presentar toda oposición al nuevo estadio como ruido o catastrofismo.

Esa confusión no es inocente. Sirve para evitar el fondo.

úvaM no responde por cada comentario publicado en redes sociales. úvaM responde por lo que ha denunciado formalmente: deficiencias técnicas, normativas, presupuestarias, urbanísticas y patrimoniales relativas al proyecto del nuevo estadio y a la actuación municipal que ha permitido su avance.

Vivimos tiempos en los que parece necesario recordar que, en determinados asuntos, no todas las opiniones tienen el mismo peso. Una pieza de opinión no equivale a un informe técnico. Una valoración interesada no sustituye a un análisis jurídico. Una comparación superficial no desactiva una demanda contencioso-administrativa. Una obra que avanza físicamente no queda automáticamente convalidada desde el punto de vista técnico, urbanístico o legal.

Al contrario: si las deficiencias denunciadas se confirman, quienes hayan permitido que la obra avanzara pese a estar advertidos deberán asumir las responsabilidades que correspondan.

Lo que se oculta al hablar de la fachada

El artículo de Amunt Mestalla admite que la fachada del nuevo estadio resulta decepcionante, pero intenta limitar ahí la crítica razonable. Todo lo demás lo presenta como exageración.

Ese enfoque empobrece deliberadamente el debate. Y resulta tremendamente significativo que el artículo no haga ninguna mención a las gravísimas deficiencias denunciadas por úvaM, en este caso literalmente ante un juzgado, que hasta ahora no han sido rebatidas por quienes defienden públicamente el nuevo estadio.

La fachada es solo lo que se ve. Lo relevante está también en lo que no se ve: estructura, seguridad, resistencia, durabilidad, protección frente al fuego, cubierta, instalación fotovoltaica, definición de unidades ejecutables, suficiencia presupuestaria, cumplimiento de la licencia, control municipal y responsabilidad patrimonial.

Reducir la discusión a si el estadio es más o menos atractivo exteriormente es una forma de no hablar del fondo. El problema no es si el estadio gusta. El problema es si lo que se está ejecutando, y el modo en que se está ejecutando, cumple con lo exigible y protege adecuadamente al Valencia CF y al interés general de la ciudad; o si, por el contrario, responde a otros intereses.

El cumplimiento de la norma frente a un relato que parece una burla

El artículo presenta a los arquitectos como simples ejecutores de un encargo cambiante y desvía la atención hacia una supuesta “antipatía” que, según su planteamiento, condicionaría cualquier crítica.

Pero un encargo cambiante no rebaja la exigencia esencial de cualquier actuación de esta naturaleza: el proyecto debe cumplir la normativa aplicable, estar técnicamente justificado y no presentar las graves deficiencias que han sido denunciadas, relativas a la estructura, la seguridad, la resistencia, la durabilidad, la protección frente al fuego, la cubierta, la instalación fotovoltaica, la definición real de unidades ejecutables y la suficiencia presupuestaria.

Por otra parte, la crítica estética a una obra arquitectónica es legítima. También lo es denunciar el intento de construir un relato para presentar como mejora lo que son renuncias del proyecto: presentar como gran valor urbano un estadio supuestamente “abierto a la ciudad” por no poder costear el cerramiento previsto inicialmente de unas balconadas orientadas hacia zonas de paso de tráfico urbano, o exhibir como valor añadido la posibilidad de celebrar bodas, bautizos y comuniones, solo puede interpretarse como una burla a la inteligencia del valencianismo. Nadie debería sorprenderse de las reacciones que ese relato ha provocado.

El valencianismo no necesita que le expliquen como virtud lo que percibe como pérdida, y menos aún que lo haga quien ha realizado el trabajo. Y las administraciones públicas no pueden valorar una actuación de esta magnitud desde el relato, sino desde la normativa, la legalidad urbanística, la suficiencia técnica del proyecto y la protección del interés público.

No es low cost: es peor, muy caro con resultado low cost

Otro argumento recurrente es que el nuevo estadio no puede considerarse low cost porque su coste anunciado es elevado. Hay que reconocer que, en esto, el artículo tiene razón, aunque por desgracia para sus autores e inductores no por el motivo que pretenden: la realidad es que el estadio es caro y el resultado está muy por debajo del proyecto original.

Que una obra sea cara no demuestra que sea buena, ni suficiente, ni adecuada a lo comprometido. Puede ser cara precisamente porque arrastra años de mala gestión, una estructura concebida para otro proyecto, paralizaciones, rediseños, costes hundidos, compromisos financieros o una operación urbanística que parece diseñada más en beneficio de un tercero que del propio club.

El problema, por tanto, no es si el estadio es “barato” o “caro”. El problema es que el Valencia CF puede acabar asumiendo un coste muy elevado para recibir un estadio degradado respecto del proyecto original, con prestaciones recortadas, dudas técnicas relevantes y un impacto patrimonial enorme.

Si el sacrificio económico, urbanístico e histórico que se exige al club no se corresponde con el resultado final, el coste elevado no desmiente la crítica: la confirma.

Los ingresos extraordinarios: el cuento de la lechera de Meriton, otra vez

El relato favorable al nuevo estadio descansa también sobre la expectativa de nuevos ingresos: explotación comercial, hospitality, eventos, conciertos y modernización de la experiencia de estadio.

Pero esas previsiones deben tratarse con extrema cautela porque el Valencia CF ya ha conocido planes de negocio de Meriton que no se han cumplido. Sin ir más lejos, el plan presentado durante el proceso de venta planteaba la eliminación de la deuda en un plazo breve de tiempo, una promesa desmentida por los hechos. Ese incumplimiento, auténtico pecado original de Meriton, debería haber puesto en cuestión ante las instituciones públicas, si no la legalidad, sí la legitimidad de su control accionarial sobre el club.

Desde entonces, su gestión ha estado marcada por promesas de recuperación deportiva y económica que la realidad ha desmentido reiteradamente. Por eso, cualquier previsión de ingresos futuros debe ser auditada, contrastada y sometida a escenarios prudentes, sin depender de estimaciones realizadas por partes interesadas y presentadas como certezas.

También la venta del terciario a Atitlan encaja en esa lógica: un activo llamado a generar valor recurrente para el club se transforma en un ingreso puntual de alrededor de 30 millones, con renuncia a ingresos futuros. Otro relato de ingresos estructurales reducido a una operación de necesidad inmediata.

El propio mercado de eventos obliga además a ser prudente: si un recinto como el Santiago Bernabéu, promovido por el Real Madrid y dotado de una capacidad económica e institucional incomparable, ha encontrado problemas relevantes para explotar conciertos por cuestiones acústicas, no resulta difícil imaginar qué podría ocurrir con el tholos mediterráneo de las balconadas abiertas a la ciudad.

Y Valencia cuenta ya con el Roig Arena: un recinto cubierto, moderno, profesionalizado, dimensionado para el mercado local y con una estructura comercial claramente orientada a captar eventos. Cualquier proyección económica del nuevo estadio que ignore esa competencia, las restricciones acústicas, los costes operativos y la capacidad real de gestión del club es incompleta e interesada.

La viabilidad del Valencia CF no puede apoyarse en otro cuento de la lechera. Debe apoyarse en análisis independientes, prudentes y contrastables.

Mestalla no es el problema: es la solución

El artículo intenta contraponer Mestalla como emoción y el nuevo estadio como racionalidad. Esa contraposición es falsa.

Mestalla tiene un valor emocional evidente, y ese valor importa: estamos hablando de un club de fútbol, y no de un club de fútbol cualquiera. La identidad, la memoria colectiva, la centralidad urbana, la continuidad histórica y el arraigo social forman parte del patrimonio real del Valencia CF y de la propia ciudad de Valencia.

Pero Mestalla no es solo emoción. Es también una respuesta racional al problema que el nuevo estadio ha generado. Desde el punto de vista económico, patrimonial, urbanístico y deportivo, la permanencia en Mestalla debería haberse estudiado con rigor como alternativa real frente a una operación que exige al club asumir más deuda, más riesgo, más dependencia de ingresos futuros inciertos y una pérdida irreversible de su hogar histórico.

Nadie serio plantea dejar Mestalla como está. La alternativa es reformarlo, adaptarlo y modernizarlo. Eso exige análisis técnico, urbanístico y económico; exige decisiones complejas; y exige actuar también sobre el suelo del nuevo estadio. Pero complejo no significa imposible. En urbanismo, las situaciones difíciles se estudian, se tramitan y se resuelven cuando existe voluntad política y defensa del interés general.

Presentar la continuidad de Mestalla como algo justificable únicamente desde la nostalgia es una forma de no afrontar el verdadero problema: que el nuevo estadio puede no ser necesario, puede no ser conveniente y puede comprometer aún más la viabilidad del Valencia CF.

La exigencia selectiva: dureza con las iniciativas desinteresadas, indulgencia con el encargo profesional millonario

Resulta especialmente revelador que el artículo examine con tanta severidad una iniciativa ciudadana como Sempre Mestalla, impulsada por aficionados valencianistas, mientras evita aplicar el mismo nivel de exigencia al proyecto profesional del club, encargado durante años a un estudio internacional y con un coste millonario.

Una propuesta ciudadana no tiene por qué tener el grado de desarrollo de un proyecto de ejecución. Su función puede ser otra: abrir un debate, plantear una alternativa, movilizar al valencianismo y exigir que se estudie con rigor una opción distinta a la resignación ante los hechos consumados.

Lo que resulta moralmente inaceptable es descalificar con dureza el esfuerzo voluntario de aficionados que intentan proteger el patrimonio del club, mientras se normalizan y omiten las deficiencias denunciadas en un proyecto profesional que sí debía estar plenamente justificado desde el punto de vista técnico, económico, normativo y administrativo.

Si existen dudas sobre las cifras de Sempre Mestalla, lo razonable es contrastarlas mediante una comparación independiente. Pero esa comparación debe ser completa y simétrica: coste real de terminar el nuevo estadio, coste real de reformar Mestalla, efectos sobre la deuda, ingresos prudentes, riesgos técnicos, cargas urbanísticas, alternativas sobre el suelo del nuevo estadio, impacto patrimonial y protección del interés del Valencia CF.

Exigir perfección al ciudadano voluntarioso y consentir insuficiencias al encargo millonario no es rigor. Es una forma interesada de cerrar el debate.

Irreversible: la ley de la selva frente a las obligaciones de la administración pública

La tesis final del relato favorable al nuevo estadio es que ya no hay marcha atrás. Se invocan el inmovilizado contable, los contratos, la financiación, las parcelas, el convenio, la licencia y los compromisos institucionales para concluir que solo queda terminar.

Esa es la lógica de los hechos consumados. Y aceptar esa lógica equivale a sustituir las garantías propias de una sociedad democrática por la ley de la selva: avanzar lo suficiente, comprometer lo suficiente, gastar lo suficiente y firmar lo suficiente para que cualquier control posterior parezca imposible o irresponsable.

Pero ni el inmovilizado contable ni los contratos privados convierten la operación en irreversible. Pueden exigir ajustes, análisis patrimoniales y consecuencias entre partes, pero no sustituyen el cumplimiento de la legalidad ni eliminan la obligación de control municipal.

Lo mismo ocurre urbanísticamente: habría que revisar usos, cargas, aprovechamientos, convenios y compensaciones. Difícil, sí; imposible, no. En democracia, las dificultades se tramitan y se someten a control; no se usan para imponer hechos consumados.

Lo verdaderamente irresponsable sería aceptar que una actuación se vuelve incuestionable simplemente porque ha avanzado lo suficiente. Si esa tesis se acepta, cualquier mala gestión puede convertirse en irreversible por acumulación de errores. Precisamente para evitarlo existen el control administrativo, la responsabilidad pública, la rendición de cuentas y la tutela judicial.

Conviene recordarlo ahora, porque probablemente será el siguiente desplazamiento del debate: señalar una deficiencia no crea el problema. Lo crea, en su caso, quien la provoca, quien la ignora o quien permite que la actuación avance pese a estar advertido. Si las objeciones formuladas carecen de fundamento, deberán rebatirse con informes, datos y resoluciones motivadas. Pero si se confirman, el debate no podrá desplazarse hacia quien las señaló, sino hacia quienes tenían la obligación de comprobarlas, corregirlas o impedir que produjeran consecuencias.

Por eso este debate trasciende el ámbito del Valencia CF y Mestalla, y adquiere un valor cívico y ciudadano muy relevante.

Preguntas incómodas

Llegados a este punto, es el momento de que el valencianismo y la sociedad valenciana en su conjunto se hagan una serie de preguntas incómodas: ¿sirve esta operación al Valencia CF, a su viabilidad y a su patrimonio? ¿Sirve a la ciudad y al interés general? ¿O sirve a la necesidad de cerrar un problema político, financiero y urbanístico generado durante años por una gestión profundamente dañina para el club?

Resulta significativo que una operación de esta naturaleza haya sido capaz de generar consensos políticos difíciles de imaginar en casi cualquier otro ámbito. En un clima público marcado por la confrontación, que alrededor del nuevo estadio se haya construido una convergencia tan amplia debería invitar a una reflexión serena, no a la aceptación automática.

úvaM no pide adhesiones emocionales ni actos de fe. Pide responsabilidad, rigor, transparencia y control. Que se contesten los informes. Que se expliquen las deficiencias denunciadas. Que se auditen las previsiones de ingresos. Que se analice la viabilidad económica real. Que se justifique cada decisión urbanística. Que el Ayuntamiento ejerza plenamente su responsabilidad. Que no se sustituya el cumplimiento de la ley por la velocidad de una obra.

El nuevo estadio no debe imponerse como una fatalidad. Debe justificarse como una decisión legal, segura, viable, rentable y beneficiosa para el Valencia CF y para la ciudad. Y en estos momentos no lo es.

Si todo se hubiera hecho técnica y administrativamente bien, el debate podría limitarse al terreno estético, sentimental o de oportunidad. Pero eso implicaba un proyecto completo, un análisis riguroso, un presupuesto realista y unos tiempos incompatibles con los plazos del Mundial de 2030, utilizado como excusa para validarlo todo. Y también chocaba con las urgencias de una operación urbanística en la que el papel del Valencia CF parece ser el de servir como garantía.

El relato y los hechos

Después de todo lo anterior, la cuestión queda reducida a una diferencia esencial entre relato y hechos. El artículo de Amunt Mestalla no desmonta los argumentos técnicos, jurídicos, económicos, urbanísticos y patrimoniales planteados; intenta rodearlos, relativizarlos o presentarlos como inevitables.

No rebate las deficiencias denunciadas, sino que las omite. No analiza con rigor la viabilidad económica, sino que confía en previsiones interesadas. No afronta el coste patrimonial de la operación, sino que lo presenta como inevitable. No explica por qué el nuevo estadio es necesario, conveniente y administrativamente admisible, sino que insiste en que ya no hay alternativa.

Por eso la diferencia es sencilla: hay quien defiende el interés del Valencia CF con rigor, independencia y responsabilidad, y hay quien viste de normalidad decisiones que favorecen la continuidad del relato de Meriton, aunque el club siga asumiendo el riesgo, el coste y las consecuencias.

En realidad, como casi siempre, todo se reduce a lo que dijo el añorado Vicente Peris: “Al Valencia se viene a servir, no a servirse.

 

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