divendres, 1 de febrer del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 22

29-1-2019, SI UNA NOCHE DE INVIERNO UN VIAJERO


(A Vicente Montesinos, que lo sabe) 

Volví al fútbol el día del Sporting. No veía un partido de competición española en la grada desde el año pasado, frente a la UD Las Palmas. La primera temporada de Marcelino la seguí de reojo, contento pero ausente, con miedo a pisar Mestalla. A veces me pasa. Saco el abono pero no voy al campo. Mi relación con el VCF es tan intensa y enfermiza que necesito distanciarme cada cierto tiempo. Cuando el equipo va bien me relajo y pienso en alejarme un poquito más. Después sucede algo y el veneno regresa. Suele ser el pánico a coquetear con el descenso lo que me arrastra al cadalso. Entonces subo a la última fila y confirmo lo que ya sé: el Valencia es un misticismo. En la última fila todo adquiere un valor telúrico. 

El martes la ciudad temblaba. El viento arreciaba y los mástiles de las banderas repicaban como campanas de réquiem. Al fondo, el Miguelete cobijaba luces y sombras. El martes, extrañamente, estaba iluminado. Desde Mestalla parecía un faro, el faro de la tradición, el faro de cierta e inevitable arrogancia: la justa para sobrevivir. 

Cuando marcó el 0-1 Molina pensé en todas esas variaciones de la estupidez a las que tan proclive suele ser el Valencia. Ese tiro en el pie también nos define. Es un punto autodestructivo, una impotencia que se gestiona mal porque la impotencia ni siquiera es melancólica y no permite el susurro del lirismo. Nuestra impotencia es una bronca sin medida, “un aneu a fer la mà” de dimensiones bíblicas. Me pasé 90 minutos pensando en esa digestión. Ese aprendizaje de la frustración y la humildad se lo debo al VCF. Han sido tantas expectativas y tantos fracasos que al final uno aprende a callar, a recomponerse en silencio, a digerir de la mejor manera posible los reveses. En otros clubs el fracaso es la norma y se digieren de una manera más natural. No aspiran a otra cosa que a no descender. Aquí no. Esa forma irracional de acumular expectativas fracasadas y mantener pese a ello la firmeza nos distingue. Es un rasgo de carácter que destila tanta insensatez como fortaleza. Es lo que somos. Toda esa rabia fue la que saltó por los aires en 2 minutos. 

Los mástiles de las banderas cambiaron el réquiem por el vincero de Nessun norma. Por un momento entendí que esa locura sin peaje era el gran festejo del Centenario, el llanto descontrolado, la carrera desquiciada por un sector del graderío en el que sólo estaba yo, la certeza de estar rodeado de miles de ausentes, de todos los Pablo Muga que siguen al Valencia desde la última fila de Mestalla. Ahí arriba, en lo más alto del Gol Xicotet, durante algunas noches de invierno, hay viajeros que, como en la novela de Italo Calvino, rozan el secreto. Con el 2-1 me dejé llevar por ese susurro del cuarto anillo, el senado celestial del valencianismo. Supe, entendí, y creo que fue una intuición compartida por todos los presentes en Mestalla, que el tercer gol iba a llegar por el propio impulso de la energía acumulada, una energía que adoptó la forma de rugido, un rugido que no admite réplica. El rugido de Mestalla asombra por su contundencia. Es un rugido de varias generaciones. Vertical, bronco, incontenible cuando se desborda. Un instante así va mucho más allá del éxtasis. No es un orgasmo. Un orgasmo es otra cosa. En un orgasmo hay cooperación necesaria de otro cuerpo. Pero un instante como el del martes en Mestalla te conecta con una dimensión espiritual a la que tienes acceso muy pocas veces en la vida. Lo sabes cuando sucede. Lo sabes cuando has nacido con esa camiseta, has escuchado a los tuyos contarte mil veces las mismas historias, has llorado de niño sin ser capaz de convertir esa pena en palabras o has vibrado en la calle sabiendo que tu equipo ha logrado un título. Parece ridículo, suena ridículo, lo es. Da igual. En noches como la del martes uno se vuelve llanto, alegría pura y tensa, abrazo de multitudes, parte de un todo que todo lo puede. Lo sabes entonces y lo sabes para siempre. Y es tan bonito, poderoso y embriagador que sólo cabe dejarse llevar por la corriente de euforia a sabiendas de que puede que no vuelva nunca más un temblor semejante. Es lo que es y conviene saberlo. Tras el colapso emocional llegó la hora del inventario. Es fácil y se resume en dos palabras: amor y gratitud por quienes nos hicieron del Valencia. Ellos empujaron a la red ese tercer gol. Si eligieron a Rodrigo no fue por casualidad. Es quién más lo merecía. Ese gol, y ya da un poco igual lo que suceda el resto del año, explica el Centenario. 

Rafa Lahuerta


divendres, 25 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 21

DE LO AMARILLENTO

Fue Vilareal, pero pudo ser Alzira, Xátiva, Ontinyent, Gandía, incluso Torrent. De alguna forma, ese espacio ya lo tuvo Alcoi, que por renta y burguesía urbana tenía todas las papeletas para haber consolidado un club en la primera división. De facto, y como lo he vivido lo recuerdo, un Mestalla-Alcoyano tenía mucho más tirón que un Mestalla-Vilareal. 

Antes de que los inventores de rivalidades nos arrollen con su verborrea mediática conviene decirlo alto y claro: el Vilareal en la élite es una gran anomalía. Su presencia es mérito de una buena gestión, pero también de las consecuencias del nuevo fútbol que nació tras la ley de sociedades anónimas de 1992. La trayectoria del club amarillo tiene un valor impostado, tan aparentemente impecable como emocionalmente limitado. Por muchas veces que nos hayan ganado en los últimos tiempos, mi percepción apenas ha variado. Le reconozco a los Roig la capacidad de haber construido una empresa solvente, pero las rivalidades futboleras se construyen en la infancia de los clubs. En ese sentido el Vilareal llega 80 años tarde. Un derbi o un partido de la máxima no se improvisa por mucho que la presión mediática intente crear escenarios paralelos. El fútbol sí tiene memoria, una memoria que traspasa los mesianismos y las quimeras. El Valencia CF se hizo maduro sin oposición. Posiblemente, esa ausencia de rivalidades locales enconadas y perdurables en el tiempo desde los años 20’ sea una de nuestras grandes señas de identidad. Para bien y para mal, ese desconcierto de equipo grande sin rivales locales ha condicionado nuestra historia. Con el Castellón, con el Hércules, con el Elche, con el Levante y también con el Vilareal, el VCF se ha movido entre la condescendencia y el paternalismo, sin saber muy bien cómo afrontar el envite del pequeño. Por contra, para el pequeño la estrategia ha sido siempre la misma: intentar desplazar al grande sin lograrlo. Al Valencia, esa soledad territorial le ha hecho muchas veces levantar el pie de la exigencia y la autoafirmación identitaria. Su hegemonía era tan evidente que no se tomaba muy en serio ni las amenazas de ser descabezado ni su propia grandeza. En ese páramo se ha sentido tan cómodo como poco exigido. Durante décadas ha carecido del hábito y de la necesidad que por ejemplo sí han tenido clubs condicionados por vecinos de similar estatura. 

Ahora que nota el aliento de equipos cercanos moderadamente bien conducidos y muy bien festejados por la Canallesca, mantiene los tics del siglo XX. En ocasiones la propia grada de Mestalla sigue atrapada en una especie de limbo patriarcal, sin saber muy bien cómo tratar al vecino respondón. Todavía nos sorprende la animadversión que provocamos y ese desconcierto genera más dudas que certezas. Hay una ambigüedad ambiental que nace de la ausencia de tradición. No sabemos tomarnos en serio rivalidades de nuevo cuño que secretamente nos incomodan pero tampoco nos mostramos firmes en la defensa de la hegemonía ganada a pulso. Contra esa ambivalencia, lógica por otra parte, la fórmula es bastante sencilla. Contención respetuosa en las formas y máxima exigencia en el vestuario y entre los profesionales del club para saber que el rival sí vive estas contiendas con un plus añadido de intensidad. 

Que la hostilidad metafórica no sea ni pueda ser simétrica no implica que no haya que tomarse los partidos con el mismo espíritu con el que lo hace el rival. Lo demás es lo de siempre: Ganar, ganar y ganar. Y una evidencia que el propio valencianismo debe hacer valer por encima de cualquier otra circunstancia: el fútbol no se inventó en el año 2000. 

Rafa Lahuerta

dimecres, 23 de gener del 2019

PRESENTACIÓ DEL CD ÚLTIMES VESPRADES A MESTALLA


El Casal Faller El Tío Pep ens obri les portes per a gaudir d'una magnífica vesprada, amb xarrada, falles, fútbol, música a càrrec de Cisco Fran i Spagnolo Ferocce, solidaritat i molt valencianisme.

Es posarà a la venda el nou CD solidari de Últimes vesprades a Mestalla, destinat a ajudar a Elvira Roda, la néta de Pepe Llorca, un dels fundadors del Valencia C.F., afectada per la síndrome de sensibilitat química múltiple.

Entrada gratuïta fins a completar aforament.

Vos esperem a tots i a totes vora les 19:30h. 







divendres, 18 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 20


CUANDO XOAN TALLÓN FUE DEL VALENCIA. 

Desde Cangas, Vigo parece Estambul. Sin embargo, una vez en Vigo, Vigo sólo puede ser Vigo. La ciudad del Celta tiene todas las anomalías que le pido a un lugar para enamorarme. Caos, lírica, musgo, urbanismo punitivo y desquiciado deslizándose hacia la bahía. En Vigo yo sería escritor, el escritor gallego que necesita el Valencia CF para ser el Valencia CF. Un escritor gallego es casi un pleonasmo. Todos necesitamos uno en nuestras vidas, aunque sea para convertirnos en dependientes de comercio o en refrito póstumo de una novela de Bernard Malamud. Un escritor gallego inventa la realidad cuando estás abocado al abismo. Después comprendes que la realidad no sirve para nada, pero por el camino haces amigos, te invitan a congresos y celebran banquetes en tu honor donde hay una rubia lánguida que te hace ojitos. Si es miope o no carece de interés. Tú crees que se ha enamorado de ti, y eso es lo que cuenta. 

Soy poco original, pero a ese escritor gallego le pongo siempre la cara de Xoan Tallón. Con un Xoan Tallón valencianista el mundo tendría sentido. Inventarle un pasado ché al autor de Salvaje Oeste es fácil. Basta con recurrir a Pereira, el Salinger de los porteros. El héroe de Heysel salió de Bruselas convertido en estatua para la posteridad, cuando él sólo quería pasar desapercibido. Años después se escondió en su aldea gallega. Un día, Tallón lo descubrió cogiendo setas por el monte. El primer partido que vi en la tele fue ese, el de tu penalti parado al Arsenal, le dice Tallón. Yo tenía 5 años. Como eras gallego y te parecías a Sandokan, me hice del Valencia. Pereira asiente en silencio. Ya me han descubierto, piensa. A condición de que guarde el secreto y no le haga ninguna foto, quedan a comer en casa Nisio, en Vigo. Obviamente, Pereira no acude a la cita. Tallón se resigna. En esa resignación crece la luz. En un moleskine hacendado color aceituna escribe la primera frase de un cuento: “Nunca te fíes de un portero con barba”. Es 1998 y todavía no ha escrito su gran novela de Valencia. Tiene el funicular, pero le falta el cable. Ya habrá tiempo, se dice. Si al menos Valencia estuviera en Valladolid. En la puerta, a punto de pagar e irse, coincide con Juan Sánchez, el Romario de Aldaya. En ese momento, el canterano del Valencia CF la rompe en Balaídos. El mucho alcohol bebido le da a nuestro escritor un punto de cordialidad que desarma a Juanito Sánchez. Hablan y beben, se hacen amigos. ¿Cómo es Mestalla, Juan? Pregunta el Tallón ficticio. Juanito piensa un poco. Es como el castillo de San Sebastián, si te caes desde la última fila te rompes los dientes. La respuesta fascina al escritor. A partir de ese día se ven con relativa frecuencia. Cuando Juan Sánchez vuelve a Valencia, el clon de Xoan Tallón le regala un libro, La incomprensión del comercio. Es un poemario breve escrito por Juan García Hortelano. Juanito, que lee poco pero es inteligente, lo abre al azar. “De esa noche conserva los mejores recuerdos, quizá de aquella otra noche que aún está por llegar”. Al leerlo siente un ligero escalofrío. Aún no lo sabe, pero la vida va a regalarle esa noche, la del 8 de mayo de 2001, la noche que todos hemos soñado en algún momento de nuestras vidas. El poema es su grito desaforado de gol rompiendo la barrera del sonido. Esa carrera hacia todos los lugares del mundo festejando el segundo tanto es la carrera más hermosa que he visto en mi vida. En su cara estalla la poesía, la rabia, la fe, el éxtasis. Mestalla se descuelga de felicidad. No hay palabras para esa felicidad. Las tribunas tiemblan, la ciudad tiembla, Juan Sánchez llora, todos lloramos. En Vigo, un escritor gallego del Valencia escribe el desenlace. Si lo piensas, es eso, sólo eso, lo que necesitas en tu vida, un escritor gallego que te la susurre al oído. A ser posible, tan bueno como Xoan Tallón. 

Rafa Lahuerta

divendres, 11 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 19

“SIXTO SÍ” Y ABELARDO MUÑOZ.



Fue el último fin de semana de agosto de 1985. Veníamos del homenaje a Saura y de la bronca a Sixto por parte de los amargados de siempre. Desde el viejo Yomus se activaba un soniquete invariable cada vez que atronaba la música de viento: ¡abuelos no, abuelos no, abuelos no! El ceremonial consistía en señalar hacia la tribuna agitando dedos como cuernos. Ese sábado empezó la liga con un Valencia-Valladolid. El equipo pucelano era un pequeño consulado chileno, con Yañez y Aravena en el campo y Vicente Cantatore en el banquillo. 

En el gol Norte triunfó la pancarta casera que trajo Luis, aún con pelo. Era corta, directa, taxativa: “Sixto Sí”. En la General de pie se veneraba a Sixto. Lo habíamos visto triturar defensas en el filial con su peinado new romantic al estilo ochentero y confiábamos en su enorme potencial. Era, con la venia de Cisco Fran, la gran esperanza blanca. 

Aquella noche salió en la segunda parte para revolucionar el partido. Durante muchos minutos el Valladolid fue superior y jugó mejor al fútbol. Sempere detuvo un penalti clave. Sin embargo, fue la salida de Sixto la que agitó el avispero. Mestalla reaccionó y se sumó al festín que activó la pancarta y el cántico de ¡¡¡Sixto sí, Sixto sí, Sixto sí!! Del 0-1 se pasó al 2-1 en apenas un cuarto de hora. Dos penaltis transformados por Arturo Sixto Casabona Martínez obraron la remontada ante el éxtasis de la tropa. El partido acabó con el canterano saludando al gremio libertino que lo había aupado con fervor. De madrugada, cosas de la edad, nos fuimos a la cama creyendo que la grada ganaba partidos. Todavía fue mejor dos semanas después, contra el Celta. Esta vez marcó los 3 goles de la victoria y se puso pichichi. 

Esa noche, el escritor Abelardo Muñoz subió al gol norte para tomar apuntes. Con cada partido del Valencia en casa, el autor de “Chaflán” firmaba una columna en la desaparecida Hoja del Lunes. Esas crónicas fueron lo mejor de la temporada del descenso. Inventó el génerode la novelita lumpen en Mestalla y alimentó la fábula de que se podía escribir desde el fútbol sin tener ni puta idea de fútbol. Su mirada fresca y su talento maquillaban cada lunes el desastre de un equipo que se desplomaba hacia el abismo. El día de autos se presentó como periodista en el núcleo caníbal del gol norte. “El Berga”, que tan sólo un año después defecaría bajo la luna en el círculo central del Javier Marquina en vísperas de un Castellón-Valencia, ejerció de anfitrión. Juntos, sentados en el paravalanchas, parecían los reyes de los suburbios en una época en que Valencia era todavía la capital mundial del Antiturismo. Muñoz tiró mano de su maestría para moverse entre tinieblas y se ganó al personal con su trato franco y desenfadado. Bebió de todas las cervezas que le ofrecieron, fumó todos los petas con que le agasajaron, se hizo un par de rayitas en el deslunado del balcón que daba a la calle Artes Gráficas, y tras cada gol del Valencia subió y bajó entre avalanchas que él mismo festejaba como si no hubiera un mañana. El lunes, no sé si fruto del ciego que pilló o porque no andaba muy bien del oído, tituló su columna “Los Yumas” en lugar de “Los Yomus”. No fue la mejor, pero las risas duraron semanas. A mí, debo reconocerlo, me ganó para su causa: ya no dejé de leerle nunca. De hecho, si sigo comprando la Cartelera Turia es sólo por su firma. 

Alguien con impulso y tiempo debería recopilar esos textos que Abelardo Muñoz escribió en su temporada de cronista en Mestalla. Ese libro sí merece la pena editarlo. La ironía, la lucidez, el gusto por el detalle inadvertido a los ojos del gran público escenificaban el estilo a la contraque Abelardo ha ido puliendo en sus muchos años de escritura nerviosa pero tenaz; y que le han convertido, sin duda, en el demiurgo por antonomasia de la Valencia más salvaje de la transición democrática.

Acabada la temporada 85-86 Muñoz desapareció de nuestros lunes al sol. Hizo su particular Bajada al moro y anduvo por Tánger bastante tiempo. Cuando volvió, su rostro evidenciaba la huella de cierta e inevitabledevastación. 

En 1994 le conocí personalmente. El Club Diario Levante organizó una mesa redonda sobre el poeta Eduardo Hervás y su Antología. Hervás, amigo y coetáneo de Muñoz, se había suicidado en 1972. Era, sinécdoque arriba, metonimia abajo, un poeta de culto. Era tan “de culto”que en la sala sólo éramos siete personas, incluyendo a los tres de la mesa. De los siete, en adelante “Los Siete de Hervás”, yo era el más joven;apenas tenía 22 años y medio, como Hervás cuando se quitó la vida. Alacabar la charla, y tras comprar el poemario del autor suicida y maldito, me acerqué al ponente Muñoz, demacrado, ojeroso, amortajado por una corbata de tonos imposibles. Una vez más, y he perdido la cuenta, se me metió dentro el demonio futbolero y mendaz que me obliga a mezclarlo todo con el puto Valencia FC. Tras asentar la voz con una leve carraspera que me hizo coger confianza, le recordé sus crónicas en Mestalla, así como la posibilidad de un regreso triunfal a la tribuna de prensa de la avda de Suecia. Entonces, desde un lugar parecido al sarcasmo o la piedad, me mirófijamente y dijo: joder, menos mal, creía que no las leía nadie. 

Rafa Lahuerta

divendres, 4 de gener del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 18

2019

Llego a 2019 agotado de fútbol. Hace 30 años lo imaginaba distinto. Me veía en la grada de Mestalla, con un puro y dos nanos de rabiosos ojos azules, celebrando bajo una lluvia de fuegos artificiales el centenario de nuestro equipo. Es posible, ahora me doy cuenta, que fuera uno de los primeros tarados en pensar en 2019 cuando 2019 era poco más que una película de ciencia ficción todavía por rodar. No sé si era defensa propia o ensoñación, pero el centenario del Valencia siempre estuvo presente en casa, al menos hasta que mi padre murió. Él lo utilizaba como frontera vital, yo como elemento de esperanza. En la misma semana de marzo en la que el VCF cumple 100 años, él debía cumplir 80. Ya entonces sabíamos que esa proyección tenía difícil cumplimiento. 

En 1989 el VCF era un club sano, pero él era un hombre enfermo. Si lo pienso, esa estampa recurrente de mi yo adulto acompañado por dos niños de ojos azules era una manera más de inmortalizar su presencia: me “futurizaba” a imagen y semejanza suya. Ahora que 2019 ha llegado descubro con estupor que no hay puro, ni hijos, ni tan siquiera el estricto VCF previo a las sociedades anónimas que él nos enseñó a amar. 

Sin ser lo mismo, sin parecerse en nada, algo similar le pasó a Max Aub cuando volvió a Valencia en 1969 desde su exilio mexicano. Encontró una ciudad que siendo la misma ya no era la suya, tal y como explica con dolorosa certidumbre en ese libro imprescindible que es La gallina ciega, diario español. 

Este verano, el 30 de agosto, se cumplen 50 años de aquel regreso de Max Aub a Valencia. El centenario trae consigo efemérides secundarias que sacralizan aún más la impronta de nuestro club. La de Max Aub no es la única. Empiezo 2019 releyendo Campo Abierto, la novela que inmortaliza a Vicente Farnals, socialista nada sectario, hombre de bien, jugador de fútbol, hincha del Valencia FC gracias a Montes y Cubells. Doy por descontado que ese retrato literario que Max Aub hizo del fútbol local sería pieza de museo en cualquier otro club menos cainita y desmemoriado que el nuestro. “El campo es duro: ni una brizna de hierba. La hierba para los vascos, aquí la pelota salta más. La controlamos mejor”. Doy por descontado que la militancia no se nutre sólo de resultados y títulos. Las palabras inventan la realidad, y el Valencia, pese a ser un club nacido en ambiente ilustrado, perdió esa batalla hace demasiado tiempo. 

Puede que la recuperación de Max Aub no sea el objeto social del VCF, pero es precisamente la consistencia de las palabras lo que da solidez a los proyectos. Leer a Max Aub no lleva implícito que el Valencia gane partidos, pero acota el escenario para que la charlatanería no nos imponga a la fuerza un escenario permanente de caos e infantilismo. Quizá la luz y el caos nos definan, pero ello no implica renunciar al mandato de la inteligencia que amplía la mirada y no ciñe el foco a lo efímero y lo superficial. Leer a Max Aub no sacará al Valencia CF de su ostracismo literario, pero te permitirá, querido lector, comprender mucho mejor algunas cosas. 

Ojalá en agosto, este próximo 30 de agosto, alguien tenga la bonita iniciativa de acordarse de él, de su regreso a la ciudad de la que tuvo que escapar acabada la guerra civil. Max Aub no marcó goles para el Valencia, pero hizo algo todavía más importante: puso al Valencia FC en el Olimpo sagrado de los clubs con novela propia mucho antes de que el boom literario-futbolero se convirtiera en pegajosa tendencia. Que casi nadie sepa quién fue Vicente Farnals es sólo una evidencia más de la desmemoria que nos ha traído hasta aquí. Por suerte, tiene solución. También el Centenario del Valencia es una buena excusa para leer a Max Aub, nuestro hombre en el estadio Azteca durante la gira valencianista de 1966 en México. Conviene recordarlo. Antes de que el mismísimo Andrés Calamaro le pusiera banda sonora, Max Aub ya estuvo allí. 

Rafa Lahuerta