divendres, 4 de gener de 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO



Jornada 18

2019

Llego a 2019 agotado de fútbol. Hace 30 años lo imaginaba distinto. Me veía en la grada de Mestalla, con un puro y dos nanos de rabiosos ojos azules, celebrando bajo una lluvia de fuegos artificiales el centenario de nuestro equipo. Es posible, ahora me doy cuenta, que fuera uno de los primeros tarados en pensar en 2019 cuando 2019 era poco más que una película de ciencia ficción todavía por rodar. No sé si era defensa propia o ensoñación, pero el centenario del Valencia siempre estuvo presente en casa, al menos hasta que mi padre murió. Él lo utilizaba como frontera vital, yo como elemento de esperanza. En la misma semana de marzo en la que el VCF cumple 100 años, él debía cumplir 80. Ya entonces sabíamos que esa proyección tenía difícil cumplimiento. 

En 1989 el VCF era un club sano, pero él era un hombre enfermo. Si lo pienso, esa estampa recurrente de mi yo adulto acompañado por dos niños de ojos azules era una manera más de inmortalizar su presencia: me “futurizaba” a imagen y semejanza suya. Ahora que 2019 ha llegado descubro con estupor que no hay puro, ni hijos, ni tan siquiera el estricto VCF previo a las sociedades anónimas que él nos enseñó a amar. 

Sin ser lo mismo, sin parecerse en nada, algo similar le pasó a Max Aub cuando volvió a Valencia en 1969 desde su exilio mexicano. Encontró una ciudad que siendo la misma ya no era la suya, tal y como explica con dolorosa certidumbre en ese libro imprescindible que es La gallina ciega, diario español. 

Este verano, el 30 de agosto, se cumplen 50 años de aquel regreso de Max Aub a Valencia. El centenario trae consigo efemérides secundarias que sacralizan aún más la impronta de nuestro club. La de Max Aub no es la única. Empiezo 2019 releyendo Campo Abierto, la novela que inmortaliza a Vicente Farnals, socialista nada sectario, hombre de bien, jugador de fútbol, hincha del Valencia FC gracias a Montes y Cubells. Doy por descontado que ese retrato literario que Max Aub hizo del fútbol local sería pieza de museo en cualquier otro club menos cainita y desmemoriado que el nuestro. “El campo es duro: ni una brizna de hierba. La hierba para los vascos, aquí la pelota salta más. La controlamos mejor”. Doy por descontado que la militancia no se nutre sólo de resultados y títulos. Las palabras inventan la realidad, y el Valencia, pese a ser un club nacido en ambiente ilustrado, perdió esa batalla hace demasiado tiempo. 

Puede que la recuperación de Max Aub no sea el objeto social del VCF, pero es precisamente la consistencia de las palabras lo que da solidez a los proyectos. Leer a Max Aub no lleva implícito que el Valencia gane partidos, pero acota el escenario para que la charlatanería no nos imponga a la fuerza un escenario permanente de caos e infantilismo. Quizá la luz y el caos nos definan, pero ello no implica renunciar al mandato de la inteligencia que amplía la mirada y no ciñe el foco a lo efímero y lo superficial. Leer a Max Aub no sacará al Valencia CF de su ostracismo literario, pero te permitirá, querido lector, comprender mucho mejor algunas cosas. 

Ojalá en agosto, este próximo 30 de agosto, alguien tenga la bonita iniciativa de acordarse de él, de su regreso a la ciudad de la que tuvo que escapar acabada la guerra civil. Max Aub no marcó goles para el Valencia, pero hizo algo todavía más importante: puso al Valencia FC en el Olimpo sagrado de los clubs con novela propia mucho antes de que el boom literario-futbolero se convirtiera en pegajosa tendencia. Que casi nadie sepa quién fue Vicente Farnals es sólo una evidencia más de la desmemoria que nos ha traído hasta aquí. Por suerte, tiene solución. También el Centenario del Valencia es una buena excusa para leer a Max Aub, nuestro hombre en el estadio Azteca durante la gira valencianista de 1966 en México. Conviene recordarlo. Antes de que el mismísimo Andrés Calamaro le pusiera banda sonora, Max Aub ya estuvo allí. 

Rafa Lahuerta