diumenge, 29 de juny del 2014

Sentimiento e imaginería

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Nuestro club atraviesa su trance mercantil –antítesis del sentimiento- más traumático, aunque en el último cuarto de siglo tampoco ha sido ajeno a otras compraventas. La apelación al sentimiento, institucional o de base, cobra, por lo tanto, más sentido que nunca. No busquemos certificados de autenticidad ni expediciones de carnets, quedémonos con que nadie quiere más a su equipo que nosotros, los valencianistas. Y cada cual, a su manera, que haga suyo el enunciado. 

De críos, vivimos nuestro valencianismo con una pasión inusitada. En ocasiones, echo de menos esa frescura y aquella manera de exteriorizarla. ¿O era interiorizarla? Porque los que pasamos nuestra pubertad en los noventa conocimos el auge de la mercadotecnia valencianista. Una vía que exploramos, no sólo para seguir gritando a los cuatro vientos que éramos del VCF, sino también para decorar nuestras vidas cotidianas de imaginería valencianista. No se trataba de la explotación expansiva –comprensible, como ineludible fuente de ingresos- de hoy en día, sino de una serie de iniciativas, más o menos improvisadas, que contaron con el beneplácito del aficionado. De una marabunta que, más allá de la inmutable fidelidad de Mestalla, empezaba a realizar demostraciones de fuerza más efectistas (Bernabéu ´95, Balaídos ´96). Eran tiempos de reconstrucción, sobre la sólida base que cimentó Arturo Tuzón y que dispuso el colchón imprescindible para el toma y daca de aciertos y errores que desembocó en el mejor Valencia de la historia. Los de la generación cuya infancia no vio ningún título nos curtimos durante esos años noventa. Y la iconografía del rat-penat y la senyera nos sirvió para osmotizar diariamente esa fe que se requiere en todos esos momentos en los que aparentemente no pasa nada, que en el fútbol son los más y los que realmente explican todo. 

Empezamos a coleccionar todo aquello que llevara grabado el escudo de nuestro club, en cualquier formato que se preciara. Surgieron los tres primeros diseños de banderas licenciadas, que contenían combinaciones de la senyera complementando al escudo, y todo tipo de material en la misma línea, pocos años antes de la transición hacia el negro y el naranja como colores secundario y terciario, respectivamente: bufandas –se tiraba mucho de un azul un tanto impersonal-, ceniceros, llaveros, cortinas… ¿Quién no tenía, por ejemplo, aquel cuadro del escudo compuesto por papel de aluminio coloreado que se solía ganar en la feria? Algunas iniciativas surgían al alimón con los diarios valencianos. De hecho, comprábamos Superdeporte como una especie de profesión de fe. Incluso se comercializaban productos inimaginables a día de hoy, como la cinta “Cuando el Valencia eliminó al Real Madrid”, cuyo título ofrece pistas sobre la travesía del desierto que afrontábamos y que dio pie a otras promociones como la de la historia por capítulos del club, el subcampeonato de 1996 o los recopilatorios de goles de Fernando y Mijatovic. También incluíamos a la plantilla en aquellas credenciales de posesión, ya que quizás fue la última con la que la grada se identificó totalmente. Ni con la del Doblete existió tal complicidad, quizás porque Mijatovic ya nos había vacunado por entonces contra la ingenuidad idólatra. Esto no quiere decir que secunde esa máxima de que “sólo animamos por el escudo”. Es una entelequia, un gran club lo forman grandes personas y hemos de aprender a valorarlas, preferentemente, en vida: Tuzón, Colina, Puchades, Peris, por citar sólo algunos ejemplos. El caso es que a los futbolistas de esa época los teníamos en todos los formatos: monedas, llaveros, insignias… incluso en un puzle que distribuyó por entregas Superdeporte!

Fueron los inicios de la mercadotecnia y deduzco que se dejaron de ganar millones en concepto de ingresos atípicos. No obstante, en un alegato contra el fútbol-negocio, doy por bien invertido ese dinero que algunos ganaron a costa de la imagen de nuestro club, como forma de evangelización. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta el dinero gastado en los Tavanos y Carletos de turno –comisiones mediante-, no doy por mal empleado el perdido por la explotación ajena de nuestro escudo. Toparte con él como marcador de territorio siempre le arranca a uno una sonrisa. Y un escalofrío de orgullo que se acrecienta proporcionalmente con la distancia. 

Yo, el de antes, ya no soy el mismo. No colecciono –las bufandas cogen mucho polvo-, pero guardo. Aunque uno vaya convirtiéndose progresivamente en un consumidor más responsable, existe un poso de esta veneración por el escudo que nunca se pierde. Es puro, es inmaterial, es intangible. Y es lo que necesitamos en estos tiempos de zozobra. No se trata de nostalgia, sino de hacernos fuertes en la memoria y la identidad. 

Porque ninguna transacción enajenará nuestros recuerdos ni lo que sentimos por el VCF. Por eso, cuando leo que Gayà, un chaval de Pedreguer, duerme aún con las sábanas del VCF o veo un niño por la calle con nuestra camiseta recibo un chute de esperanza. 

Vaya desde aquí, por lo tanto, mi apoyo a todos los proyectos que, al margen de personalismos o resultados coyunturales, trabajan por salvaguardar la memoria de lo que fuimos y la identidad que queremos seguir manteniendo: Últimes Vesprades a Mestalla, Amics del Bar Torino, Diario de Mestalla –con su magnífico seguimiento de la cantera- y miles de valencianistas anónimos que lo hacen posible. 


Simón Alegre 
Socio del Valencia CF 
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dijous, 29 de maig del 2014

El escudo

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Fue la novedad del verano pasado. Por primera vez en su historia, el Valencia 2013/2014 lucirá luciría su clásico escudo en forma bicromática. Siempre lo ha había hecho tricolor o con cuatro colores (en algunas etapas la franja azul aparecería en blanco) más el negro del Rat Penat.

Ya pronto, en 1921, se adoptaría el escudo actual abandonando el primitivo que no era sino el escudo de la ciudad sobre un balón. También en ese año se adopta el pantalón negro tras la fundación con el blanco, al que se volvería en 1924.

El escudo ha presentado pocas variaciones desde entonces, salvo con algunas variantes en sus diseño. En 1994 se oficializa la forma actual, que es básicamente la misma que la de 1921.

Es en los años 60 hasta los 90 cuando vemos alguna forma del escudo un tanto infantilizada tanto en productos como banderas, bufandas, pasquines, revistas,  banderines etc. El escudo bordado en el pecho sólo sufre una variación sustancial en 1980 cuando aparece serigrafiado y no bordado en las camisetas del primer equipo. Es la época de Adidas y todos lo recordamos por las fotos de la Supercopa alzada en 1980 por el capitán Saura.

El escudo bordado en el pecho. El escudo grande en la camisa blanca y nada más. Esos grandes y gruesos escudos de tela que en los inicios los jugadores o sus mujeres se encargaban de hilar. Esta costumbre llegaría hasta la llegada de las máquinas de coser y la llegada de las marcas deportivas. Pese a ello, algún jugador (caso de Ricardo Arias) confesó que ellos mismos o el querido Españeta se encargaban de tal faena cuando el escudo se deshilachaba un poco ya que no habían camisetas para suplir, como ocurre ahora, proporcionadas por la marca deportiva. Antes, una misma camiseta era lavada y vuelta a utilizar en otro partido. Eran otros tiempos, no tan lejanos. Ahora son más pequeños, ocupan menos espacio en la camiseta.

Mi recuerdo personal es que el escudo dejó de ser grande en la temporada 94/95, cuando ya se bordó con la forma actual. Hasta entonces era más grande y hubo temporadas (las de Rasán) donde el escudo pesaba. Pero pesaba en el sentido mismo de la palabra. Aún guardo esa camisa que es como una reliquia.

Lo cierto es que el escudo ha permanecido 94 años impertérrito, como un espectador privilegiado, para lo bueno y para lo malo, en todas y cada una de las camisetas de los 11 protagonistas que saltaban al césped. Nos hemos acostumbrado a él pero no por ello no somos capaces de admirar su hermosura y toda la carga simbólica que representan sus elementos, tan bien dispuestos y elegidos. Desde aquí este pequeñísimo homenaje al diseñador o diseñadores que puedo imaginar reunidos con rudimentarios materiales de dibujo buscando e ideando el símbolo que tendría que representar a ese club en el que habían puesto todas sus ilusiones. Podemos decir que ha seguido observando dignamente con el paso del tiempo.


Fernando Tomás Puchades
Antiguo socio del Valencia CF
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divendres, 16 de maig del 2014

Del bar Torino al Palace

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Des del dia u de març de 1919, data en que uns joves idealistes es reuniren a un cèntric establiment del "cap i casal" per a crear un club de foot-ball que portara el nom de la nostra terra, fins al dia de hui, moltes coses han passat al nostre València CF: alegries en forma de victòries, triomfs i títols però també decepcions, tragèdies i derrotes.

Una història quasi centenària, però de les de veritat sense trampes ni fusions, viurà  en la jornada de demà un dels seus moments més transcendentals, i no pel que puga passar al terreny de joc en un partit, l' últim d'una temporada nefasta en l'apartat esportiu i de la que sols recordarem que per uns segons no jugarem una final europea, sinó pel que es decidirà a les sales d'un luxós hotel situat no molt lluny de Mestalla.

En eixe hotel els patrons de la nostra Fundació estan convocats a una assemblea on es prendrà una decisió transcendental per al nostre devenir com a club i com a referent d'una societat, la valenciana, cada vegada més desencantada i desvertebrada.

En les seues mans està el futur del nostre València, esperem pel nostre bé que l'opció escollida siga l'encertada i la millor, sense protagonismes ni egoismes personals. El que es juguem és molt, el que es juguem és el nostre València.

P.D.- Sols espere poder continuar sentint al València com a algo nostre, encara que el club tinga nou propietari.


Josep A. Bosch Valero
Soci del València CF
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dimecres, 2 d’abril del 2014

Gomar en tiempos difíciles

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No fue el mejor gerente de la historia del club. Lo sabemos nosotros y lo sabía él. Tocó el cielo y se hundió en el infierno. Y ambas cosas las hizo con la misma templanza y con su valencianismo intacto. Comandó la nave en Heyssel, en aquella final inolvidable que entonces puso al Valencia en órbita pero también en Barcelona la noche del 12 de abril de 1986. Al día siguiente, cuando se certificó el derrumbe, el célebre Butanito lo entrevistó en directo. Al final, las lágrimas entrecortaron las palabras de nuestro gerente. Estábamos en segunda y esas lágrimas eran las nuestras. Las del valencianismo. 

Lo primero que hizo Tuzón, no sé si bien o mal, fue defenestrarlo. Otro en su lugar hubiera militado para los restos en la conspiración y el rencor. Pero Gomar quería demasiado al Valencia CF como para convertirse en un resentido. Nunca lo fue y ese creo que es su mayor mérito. No debió ser fácil verse señalado porque nunca lo es para nadie. Pero Gomar supo aceptar ese papel y jugarlo para siempre con insólita dignidad. Insisto, no debió ser fácil. Quizás en esas vicisitudes estribe la grandeza real de los hombres. Y Gomar demostró que era de los buenos. 

Con el tiempo, y sobre todo porque él siempre antepuso el valencianismo a su vanidad, Gomar dejó de ser un hombre señalado. También ahí demostró grandeza y amplitud de miras. Posiblemente, el descenso fue para todos una mancha demasiado grande. Algo parecido sucedió con el mandato de Ramos Costa. El fútbol es cruel. Mucho. Y hombres como Gomar o Ramos Costa o el mismísimo doctor Tormo lo supieron mejor que nadie. Los tres supieron aceptar que su tiempo había pasado y los tres demostraron un valencianismo poco común. Se retiraron a sus cuarteles de invierno, hicieron mutis por el foro. Nunca, y eso me consta de primera mano, dejaron de alegrarse por las victorias de su Valencia. El Valencia les costó dinero, salud, incomprensión. Conviene saberlo. Algunos como Ramos Costa pagaron con creces su pasión. Ninguno se hizo rico. Más bien al contrario. Ninguno fue Paco Roig o Llorente. 

Lo intentaron. Por momentos cosecharon grandes triunfos pero al final vivieron el fracaso, la deserción, el varapalo de la masa. Pasieguito, otro baluarte de aquellos años, dijo que la masa es cruel. Y no le faltaba razón. El Valencia ganó la copa, la recopa y la supercopa. Pero cada vez éramos menos socios. Los sueños de grandeza de Ramos Costa eran lícitos. Pero algo falló. Es un fallo cíclico y endémico. Es el trauma fundacional de este país. Montamos la falla y la quemamos. Algunos, los menos, son indultados pero la mayoría van de cabeza a la hoguera. Algo parecido está pasando ahora. Y sólo espero que no acabe igual que entonces. 

Mi opinión sobre Gomar es subjetiva. Tengo cierta afinidad afectiva, lo reconozco, pero por eso también sé cosas que otros no saben. Durante aquellos años me relacioné habitualmente con su hijo Salva, hoy miembro del staff social de Paterna. Nunca le oí hablar mal del Valencia. Al contrario. Su padre ya no estaba en la nave pero él seguía siendo tan valencianista como el que más. Pensadlo bien. Hace falta querer mucho al Valencia y tener madera de la buena para no caer en esa tentación tan humana de ir contra quienes han herido a tu padre. Los Gomar, como los Ramos Costa fueron y son ejemplares en eso. De ahí mi reconocimiento y mi afecto más sincero. Que su hijo Salva esté en Paterna es una buena noticia para el valencianismo. Lo conoce mejor que nadie. Y a pesar de ello, sigue siendo de los nuestros. 


Rafa Lahuerta Yúfera 
Socio del Valencia CF
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dilluns, 24 de març del 2014

A propósito de Penev y el teatro

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Fui a ver Penev al teatro “Ultramar”, en la calle Alzira. Valió la pena. Dos actores en estado de gracia sostienen una trama que arranca sonrisas y puñetazos a partes iguales. La sobriedad del escenario hace el resto. Posiblemente el talento consista en eso, en desarmar las mentiras del poder en un cuarto a oscuras. El Valencia CF no es el hilo de la obra pero si su trasfondo sentimental más llamativo. “La vida es una puta mierda salvo cuando rueda el balón o se abre el telón” escribe en un texto paralelo Xavo Giménez, director y protagonista de la obra. Razones no le faltan. Penev es eso. Aquella fuerza poderosa que pinchaba balones con el pecho y se buscaba la vida hasta llegar a la portería rival. Un poco como nos pasa a todos. En el mejor de los casos, un sueldecillo de mierda para sobrevivir y algo de frescura para no dejarnos engañar en exceso por la rabiosa actualidad que todo lo degrada. La grandeza de Penev está en atacar al poder sin perder el aroma de la inocencia. El fútbol es el opio del pueblo pero también es la luz que nos hizo soñar y aprender a vivir. Puede que haberme asomado a las mismas ventanas que Xavo me ayude a comprender mejor su magnífico texto. O es sólo la  vanidad, que me hace sentir dentro de la trama con más elementos biográficos a mi favor. 

Cuando  Penev llegó a Valencia yo ya no iba al colegio pero conservo en la memoria esas tardes afiladas mirando por la ventana del aula el orden de las banderas en la grada de mar. Años de plomo en el corazón de Mestalla. El descenso, el ascenso, el regreso a Europa. Todo está ahí. En esa inocencia. En esa desesperación. En esa incapacidad para saber lo que sucede de verdad y como  contarlo. Xavo lo logra con aparente sencillez. La difícil sencillez del actor en su momento de plena madurez vital. La ciudad se derrumba, las madres se mueren,  el Valencia se vende, los hijos son idiotas, todo parece irse a la mierda. O casi todo. 

Aún hay esperanza en los cuartos clandestinos donde algunos hombres lúcidos escriben la historia que nunca aparecerá en los telediarios que ya no podemos ver. Porque Penev también va de eso. De sueños rotos, de televisiones cerradas, de países expoliados, de ciudades arruinadas, de muchas vidas gastadas y a punto de estallar. Tampoco sé si esa es la única certeza del presente. Puede que siempre haya sido así y sólo con los años uno descubre que el argumento de la trama es el que es: envejecer y morir. Descubrir, en útlima instancia, un cromo gastado en el bolsillo de la chaqueta. Cubells. Puchades. Valdez. Kempes. Penev. Paco Alcacer quizás. Cada cuál el suyo. Cada cual con su Penev personal e intransferible. 

Pd: La obra sólo tiene un pequeño e intrascendente desliz. Viola nunca le marcó 4 goles al Celta. La hazaña le corresponde a Toni. Fue el último partido de copa que mi padre vio en Mestalla. Noviembre de 1989. Pero eso, en todo caso, ya es otra obra. Otro texto. Otro post. La temporada de los anómalos hat-tricks. Fenoll. Toni. Cuixart. Porto en Uefa. Celta en copa. Logroñés en liga. 


Rafa Lahuerta Yúfera 
Socio del Valencia CF 
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dimarts, 18 de març del 2014

El futbolista eterno

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A José Lizondo, amb tota la meua gratitud i estima.
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De todas las fotos en las que aparece Juan Ramón vistiendo la camiseta del Valencia hay un par que me gustan especialmente. La primera (que acompaña este texto) corresponde a un duelo en contra el Madrid en la temporada 39/40. Sentado sobre la línea de gol y agarrado a un poste, Juan Ramón trata de evitar lo inevitable: que el balón se cuele en la portería de un guardameta que aparece, arrodillado, en segundo plano. El rosto del zaguero denota esfuerzo, concentración, tensión y sacrificio, en claro contraste con la felicidad de Alday, que festeja con alardes el tanto.

La segunda imagen, que seguramente conoces, está tomada en la apoteósica vuelta de honor del CD Mestalla tras ascender a Primera en el 52. Sí, lees bien. El filial, repleto de muchachos de la casa, ascendió a Primera -aunque luego el Valencia renunciaría a su plaza- tras bailar a los gallitos de Segunda en un play-off sensacional. Juan Ramón estaba con ellos. Con cuarenta años a sus espaldas, rendía su último servicio al club de su vida poniéndose al frente de aquella grupa alegre y divertida que congregaba a multitudes en una celebración dominical del fútbol total.     

Esfuerzo. Concentración. Tensión. Sacrificio. Compromiso. Estas cinco fueron las constantes vitales del gran Juan Ramón Santiago durante sus dos décadas de pan y sopa en Mestalla. Casi nada. Lo había traído Luis Colina en el 34 por la puerta de atrás mientras Gaspar Rubio y Severiano Goiburu  acaparaban los flashes y agudos comentarios de la prensa. Daba lo mismo. Porque Juan Ramón no era un extraño para Colina ni la afición valenciana. Había llegado a Valencia apenas un año antes para jugar en el Gimnástico, recomendado por un directivo de Altos Hornos que lo había visto jugar en el Erandio y el Alavés. 

Su fichaje fue una de las mejores decisiones que tomó el viejo zorro de Pardiñas en su longeva carrera en el Valencia. Con el tiempo, mientras el halo de las estrellas se desvanecía, la figura de Juan Ramón se agigantó hasta el punto de convertirse en indispensable para todos los entrenadores, entre Fiberv y Quincoces, que se sentaron en el banco de Mestalla. Sobrio, seguro, atento al corte e, incluso, dotado de cierta calidad técnica, Juan Ramón se convirtió en un seguro de vida para la otrora zozobrante zaga de Mestalla.

La historia del Valencia nos ha mostrado dos caras complementarias de Juan Ramón separadas por un tremendo desgarro emocional. En su primera etapa observamos a un defensa empujado, esencialmente, por el entusiasmo juvenil y las ganas de triunfar. Tantas que incluso llegó a poner en jaque al club en un par de ocasiones. Una, tras un incidente en el campo con el delantero del Athletic de Madrid Elicegui en el que creyó que no se le había apoyado como merecía. Otra, en el transcurso de una complicada renovación que se enquistó: la directiva no quería dar a Juan Ramón el dinero que él creía haberse ganado sobre el campo: cinco mil pesetas.

Y, en estas, llegó la guerra. Juan Ramón, que estaba pasando el verano con su mujer en su tierra, no dudó en retornar a Valencia para ponerse a las órdenes de su club. Repetía, a pequeña escala y en el ámbito deportivo, la actitud de respeto institucional que su partido, el PNV (del que siempre fue simpatizante confeso), había tenido con la República. Lo fácil hubiera sido quedarse en casa y obviar la llamada de Colina. Pero volvió. Con ese gesto, sin que él lo supiera, se empezó a gestar el gran capitán de los años 40.

Ya en Valencia, Juan Ramón sufrió aquel desgarro del que hablábamos: conoció la muerte de su hermano Julián, también futbolista, que se había encuadrado en un batallón de gudaris. Nuestro protagonista añadió a sus cualidades la madurez y el obligado estoicismo del que trata de mascar los clavos del dolor. Juan Ramón mantuvo desde entonces a raya, y hasta el final, la tensión y la angustia. Excepto en la final de la Copa del 37, cuando se lió a tortazos con Martínez Català y fue expulsado del campo. El Valencia, con un solo defensa sobre el campo, acabó perdiendo aquella final.  

A la vuelta de la contienda Juan Ramón entendió que nada sino el fútbol y el amor de los suyos lo ayudarían a sobrellevar la tragedia: en los últimos mil días había perdido mucho más que la guerra. Tuvo la enorme suerte de poder reintegrarse al club de inmediato. En abril del 39 hizo pareja en Vallejo con Calpe en el primer partido de la posguerra. Entonces todavía no lo sabía, pero en la zaga rival de aquel encuentro inicial le esperaba el que sería su compañero de baile hasta el final, un muchacho flaco con trazas de buena persona, un tal Álvaro que se había pasado parte de la guerra jugando a fútbol y recogiendo material militar abandonado por el ejército de la República.

Junto a Álvaro, Juan Ramón formó durante diez años una de las ententes que han quedado impresas en la historia del club y cuyo recitado habría de algo así como santo y seña para todo aquel que quisiera entrar en Mestalla. La dupla Álvaro-Juan Ramón está al nivel de las que forman Cubells y Montes, Pasiego y Puchades, Waldo y Guillot o Baraja y Albelda. Dio al Valencia tardes de inmensa gloria, títulos y fama de solvencia y elegancia, por mucho que los cronistas madrileños se empeñaran en decir que aquellos dos hombres eran algo parecido a dos carniceros. 

Mentían como bellacos. De Álvaro ya conté no hace mucho que se han dicho auténticas barbaridades, rebajándolo a matón con botas de tacos. A Juan Ramón le pasó más o menos lo mismo. Mientras tanto, los molían a codazos, patadas y puñetazos semiclandestinos que enervaban a Mestalla y los enviaban a la enfermería día sí, día también. El vasco llegó a acudir al estadio con una escayola larga y blanca que cubría toda su pierna con la que posó, orgulloso, para Vidal, Finezas y compañía. Era su contundente respuesta a todas aquellas malintencionadas acusaciones que llegaban, envenenadas, desde Madrid.  

Aun así, a pesar de los golpes físicos y morales, Juan Ramón aguantó sobre el césped unos cuantos años más. Recibió honores de héroe al ser convocado con la selección, pero su elevada edad y la guerra en Europa lo apartaron de metas internacionales más altas. 

Todo ello duró hasta el 50. Una nueva técnica, la WM, y una generación más joven, encabezada por Luis Díaz, lo apartaron del primer equipo. Juan Ramón tenía 38 años y una Medalla al Mérito Deportivo a sus espaldas, pero quería seguir jugando. Llegó a un acuerdo con Iturraspe para alinearse con el Mestalla: era necesario servir de ejemplo a los jóvenes que empujaban para llegar arriba. Enfundado en una camiseta blanca (¿El Mestalla? ¿El Valencia? Qué más daba), Juan Ramón saltó una tarde de enero del 1951 al césped para redebutar en su estadio, con la ilusión de un juvenil, en Segunda División. La grada se puso en pie. Ovacionaba a un tipo extraordinario. A un futbolista eterno.


José Ricardo March
Aficionado del Valencia CF
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