diumenge, 8 de gener de 2012

De la posesión de Mestalla

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Hui tornem a publicar este article del nostre amic i col·laborador Miquel Nadal com a mostra d'afecte cap a ell i la seua família.


Al contrario de lo que les sucedía a otros niños, uno de los principales atractivos del Valencia y Mestalla es que yo podía agregar posesivos en cada una de mis afirmaciones. El Valencia era “mi” Valencia. El Valencia era “nuestro” Valencia. De alguna forma, Mestalla me pertenecía. Y los niños del Madrid y del Barcelona no podían decir lo mismo, de una forma tan preciada como la mía. Desde la distancia, claro está. Desde la lejanía de la carencia del pase Mestalla era algo mío: un terreno de juego intuido y deseado. En aquel tiempo infantil “cruzar” el río me parecía una peripecia. Atravesar el puente de Peris y Valero y pasar a la Avenida de Primado Reig un trayecto con el que llegaba a otra ciudad diferente, con otras fachadas y letreros.

En aquel momento de las definiciones y los cromos vivíamos más allá de Tránsitos, en la calle Plus Ultra, perpendicular a la Carrera de San Luis y paralela a la calle Porvenir. El autor del nomenclátor debía ser un cínico. Calles sin asfaltar. Acequias. La huerta cercana. Solares y maleza. Todo un mundo de talleres menestrales, bodegas, tiendas de ultramarinos y bares como El Parral o Casa Toribio. Una toponimia de periferia, de casas de campo, sendas y acequias: Casa Tronaes, la Barraca de Maldeventre, la casa del Pedrapiquer, la de Voro el Xurro. La onomástica del mundo que me rodeaba: los Alabau, Arce, Gimeno, Puchades o Mocholí. No sabíamos que cada nuevo paso en el estudio nos alejaba de aquel espacio.

Con el nacimiento de mis hermanos nos cambiamos a la Carrera de San Luis, a escasos trescientos metros, al lado del Cine Lido y mucho más cerca del Colegio de los Salesianos en el que jugaba el Don Bosco. En el fondo fue un cambio entre distintas modalidades de la estrechez inmobiliaria. Pisos pequeños, tabiques que parecían amplificar los ruidos, habitaciones compartidas y literas. El campo de fútbol del Don Bosco, de tierra claro está, acogía durante los recreos casi una docena de partidos simultáneos. Asociaba esa estrechez futbolística y vital con la casa de mi abuela que era, todavía, una casa con corral, geranios, murcianas y una tortuga. Dos casas más allá vivía una familia con el apodo “els dels carros”. El señor Enrique era carretero y tenía cuadra con caballos. Aficionado al vino, llevaba faja y alpargatas y cuando se achispaba cantaba la misa en latín porque había estudiado en el Patronato de la Juventud Obrera y en el Seminario. Era del UDELAGE. Del Gimnástico. Tres casas más allá había una planta baja en la que se guardaba el material de las funciones y revistas del teatro Ruzafa. En la calle Bernia vivía mi tío Gasolina, trabajador de la CAMPSA, del Levante F.C. del Camino Hondo del Grao y lector de El Caso. Yo elegí Mestalla.

En aquel tiempo, en el año 1972, mi padre me llevó a Mestalla. Y Mestalla ya fue para siempre el lugar amplio, verde, sin tabiques ni estrechez en el que circulaba el aire, el espacio en el que yo podía elegir los detalles necesarios para tatuar un posesivo y poder hablar de mi Valencia, de mi Mestalla, el Mestalla de Warons y Danone, el Mestalla del barrio de General Pando, el de la calle Pintor Ricardo Verde. El Mestalla de mi primer pase infantil en 1974 y de la muerte de Vicente Peris. Después vinieron más de tres décadas. Con mi Mestalla y mi Valencia. Aprendí la cercanía de Algirós y la Gran Pista de la Exposición. Montes y Cubells. Fechas, datos y temporadas. Pero también las acciones que han herido de muerte mis posesivos. Mis últimas tardes en Mestalla.


Miquel Nadal
Socio del Valencia CF
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