dilluns, 1 de febrer de 2016

Un punto de vista



Publiquem l'aticle publicat pel nostre habitual col·laborador Rafa Lahuerta al diari LasProvincias el diumenge 31 de gener.
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Entiendo la fanfarria de la ilusión y el dinero. Mueve el mundo que nos atrapa. Expone en el escaparate una colección de niños cantantes, niños cocineros, niños futbolistas y adultos infantilizados. Con su perversa capacidad  galvaniza un lenguaje optimista del que es muy difícil escapar. Como lugar común es imbatible. Walt Disney dio en el clavo. La ilusión. Recuerdo cuando se puso de moda la palabra. Fue en la frontera temporal que acabó con el viejo fútbol, el de las generales de pie, los campos embarrados y la liturgia de los naranjazos a todo lo que se movía. No digo que aquello fuera mejor pero constato el cambio de paradigma.


Hasta entonces, y más allá de la ilusión que afloraba tras un buen comienzo de campeonato, el gran estandarte era la militancia. La militancia tenía vocación espiritual. Uno iba al fútbol y aprendía lo que de verdad importa. Apenas tres cosas, pero amigo, qué tres cosas: la paciencia, la autogestión del fracaso, el amor por las imperfecciones.

Yo detestaba el fútbol  pero amaba al Valencia. Detrás del Valencia estaba la historia de mi familia, su arraigo en la ciudad, el empeño lúcido por preservar aquella magia que casi nunca acababa bien. Lo que vino después ya lo sabes. Fue un proceso lento pero imparable. La sociedad se futbolizó en sus parámetros más enfermizos y el fútbol se mercantilizó hasta la nausea. Nadie se libró. Ni siquiera el pueblo de Mestalla y sus colas para vender acciones; que anularon, por defecto, el viejo recuerdo de aquel otro Mestalla que en los descansos de los partidos aplaudía las recaudaciones como ejemplo de compromiso y  lealtad institucional.

La mercantilización abusiva generó un nuevo escenario. La maquinaria del espectáculo arrasó con la moderación.  Hubo años en que las plantillas del Valencia parecían confeccionadas para premiar a los buitres. Casi nadie quería asumir que detrás del despilfarro se escondía la ruina. Nadie en la entidad se preocupó por sostener una cultura de club que alimentara un discurso sostenible sin poner todos los huevos en el cesto de la ilusión y su trampa. La ilusión, conviene decirlo, es un concepto sobrevalorado. Es lo más parecido a un contrato comercial. Genera la sospecha del intercambio obligado: te doy porque espero algo de ti. Eso no es ni amor ni fe, es comercio. Alimenta, de forma subterránea, la desconfianza entre equipo y afición. Esa desconfianza debilita al club que carece de un proyecto sólido. Bajo la bandera del yo pago, yo exijo se prioriza un graderío de clientes y no de irreductibles.  Arrinconado el vínculo sagrado  surge la desafección y el inevitable Aneu a fer la mà cuando el equipo se muestra vulnerable y frágil. Demasiadas veces, La ilusión se transforma en desilusión. La manera de frenarla suele ser una nueva huida hacia adelante que enquista el problema pero no lo soluciona.

Al Valencia, la jugada del fútbol moderno le ha salido muy cara. Le ha pillado en tierra de nadie, entre la élite y el pelotón de los supervivientes. Tenemos todos los defectos de los más grandes y ninguna de sus virtudes. Por no tener ni siquiera tenemos la humildad de comprender que sólo somos competitivos cuando nos fajamos en el barro. Nos cuesta mucho aceptar al futbolista modesto pero ejemplar que es tan necesario para armar equipos comprometidos. No hay autocrítica a nivel de club, sólo ataques y trincheras. Buena parte de la afición se victimiza porque la milonga capitalista de el cliente siempre tiene razón actúa como escudo y justificación. Muchos medios mantienen ese tono. Las frases hechas destilan una indigencia intelectual que a veces abochorna: el público es soberano, la millor afició del món, quién paga manda. Trampas. Son frases que, analizadas a fondo, ofrecen un profundo desprecio por el club y sobre todo por la afición, convertida, a efectos, en masa amorfa e irresponsable, que se mueve por impulsos y sin medir realmente la trascendencia de lo que está en juego. Así hemos vivido. Atrapados en un discurso líquido y tramposo, confiados en ese todo vale mientras alguien pague, aunque ya no quede nadie que pague y el futuro dependa de un señor de Singapur a quién hemos de creer por pura superchería. El mal viene de lejos.

El club ha vivido con pánico a su propia afición cuando lo que tocaba era hablar claro, asumir la realidad, volver a empezar. Era el momento para comprobar si éramos clientes o irreductibles. Era el momento de poner la ilusión en un segundo plano y priorizar la militancia. Primó el miedo y la arrogancia. Igual se hubieran sorprendido. El Valencia tiene muchos irreductibles pero apenas hacen ruido. El irreductible acepta no jugar Champions 4 ó 5 años, incluso 20, si con ello se garantiza una supervivencia digna para la entidad.

Servidor, ingenuo como tantos otros, sigue pensando en el Valencia como algo propio, como una herida que no deja de sangrar por muy ridícula que parezca la militancia futbolera a ojos de un mundo que todo lo compra y todo lo vende. Imagino que debí borrarme hace años pero no puedo. No sirvo para cliente, soy irreductible. Lo trascendente es estar en Mestalla cuando se supone que no hay motivos para ir. No me mueve la ilusión anticipatoria, me mueve la militancia. No exijo milagros; sólo entrega, compromiso, respeto. Acepto que el fútbol es imprevisible, injusto, caprichoso y que lo habitual, como en la vida, es fracasar y levantarse; volverlo a intentar. No necesito que nadie me inyecte ilusión. La ilusión la pongo yo. Esa es mi obligación como soporte moral del club. No soy espectador, no soy público, no soy cliente. Soy Mestalla. Formo parte del club, no estoy fuera del club. No me quieran infantilizar. No lo acepto.

Ni tú ni yo podemos marcar goles pero estamos en la obligación de salvaguardar lo único que le queda al Valencia CF para no ser definitivamente fagocitado. No es tiempo de cobrarse facturas. El pasado reciente del Valencia es una lágrima encadenada de la que nadie sale indemne. Pero o nos anclamos en la grada con espíritu numantino o nadie lo hará por nosotros.

Amar al Valencia, aquí y ahora, es llenar Mestalla y crear un clima propicio que inyecte a la entidad  determinación, apoyo y compromiso.

Todo lo que no hay en el campo debe ponerlo la grada para que la propiedad entienda el mensaje y se deje de experimentos. No es el dinero ni la gloria lo que nos hizo del Valencia. Lo que nos hizo del Valencia es la profundidad memorable que te eriza la piel. Esa pasión amigo, esa pasión. Esa pasión que te habla al oído es lo más puro que queda en ti, en mi, en todos nosotros. Esa ingenuidad, que en nada tiene que ver con el infantilismo, es la gran esperanza para un Valencia mejor. No te dejes atrapar por el cinismo, la amargura o el hartazgo.

A veces, casi siempre, lo más urgente es saber tener paciencia. Y la paciencia, como la generosidad, no tiene límites. La paciencia no es una carta blanca ni es el disfraz del conformista. La paciencia es la base, el respeto por las raíces, el poso necesario para que no prendan ni la manipulación ni el arribismo. La paciencia ahuyenta a los trileros porque no da pie a la política suicida del despilfarro y la falta de compromiso. La paciencia alimenta la solidez. El trabajo bien hecho y la discreción no alimentan el morbo. Y ese es posiblemente el gran enemigo del Valencia desde hace años, la falta de sobriedad.

Hay que tirar de este equipo tan poco convincente para salvar al club, lo que supone el club, lo que representa el club, lo que es el club. Esa es la exigencia que vale. La que madura ante las dificultades y afronta los retos con responsabilidad compartida, la que no se borra porque el equipo se ha convertido en un ente extraño y descorazonador.

Cada vez que el Valencia ha querido ser algo que no es ha sucumbido con estrépito. Mestalla, el Mestalla que alimenta la filosofía todavía viva del viejo Valencia de Puchades siempre fue todo lo contrario.  Resistencia, solidez, humildad. Parece que ese mito ya no puede volver, pero sí algo enseña la historia del Valencia es que siempre regresa cuando se levanta la bandera del compromiso, la paciencia y la generosidad.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF 
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8 comentaris:

Anònim ha dit...

Brillante, necesario y congruente en el arranque con una idea que expuso Bob Dylan hace años en una entrevista: ¡Disney ha ganado!
Me emociona la claridad y rotundidad de la exposición. Gracias, una vez más

Fran

Pau Corachán Latorre ha dit...

Si no recuerdo mal, hubo una pancarta en la despedida a Baraja que rezaba esto: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles" Bertolt Brecht.

Ahí reside la esencia. Sólo Mestalla podrá salvar al Valencia. Gracias, Rafa. Los irreductibles seguimos necesitando leerte, aunque sea sólo de vez en cuando.

PD: mientras lo leía sonaba Dylan en mis cascos, qué casualidad Fran.

Anònim ha dit...

"pero sí algo enseña la historia del Valencia es que siempre regresa cuando se levanta la bandera del compromiso, la paciencia y la generosidad".

L'optimisme d'esta frase final connecta en les històries WD de final feliç. Pareix més un anhel que una possibilitat. En tot cas, d'imprescindible lectura…

F

Anònim ha dit...

Sí, Disney gana siempre. Pero siempre quedan insurrectos, irreductibles. Me gustaría poder decir que lo soy tanto como Rafa Lahuerta, pero no es cierto. Mi fe tiene grietas. El otro día por ejemplo, tras ver el partido contra el Sporting, me dije a mí mismo que no debía seguir viendo partidos del Valencia. Soy como un marido pusilánime que cada dos por tres hace las maletas para largarse. En los últimos tres años las he hecho numerosas veces. El caso es que después nunca me voy... quizá soy un cobarde. El club de nuestros desvelos -nunca mejor dicho, el otro día me quitó el sueño- está en un serio peligro. Asúmamoslo y seamos más humildes que nunca, sintámonos como si fuéramos del Levante, tratemos de celebrar lo poco que se nos dé y animemos hasta el último aliento. De lo contrario no hay salvación.

Arturo Montes.

Anònim ha dit...

Por cierto, el artículo es excelente, felicides, Rafa, no regalo elogios.

Juan ha dit...

Genial Rafa, me identifique molt. El articul no te desperdici pero me quede es esta frase:
"No soy espectador, no soy público, no soy cliente. Soy Mestalla. Formo parte del club, no estoy fuera del club. No me quieran infantilizar. No lo acepto."

abiyu ha dit...

Un equipo que debe luchar por lo que le queda, mejor dicho, debería jugar por lo que le queda. La Europa League debe ser un objetivo vital. Ganándola estaremos en el grupo de los grandes, de los que jugarán la Champions League 2016/17. Esta temporada ya está perdida por eso ahora hay mucho que ganar, es un todo o nada, la única tabla de salvación y ahí deberíamos aferrarnos todos, afición, jugadores, cuerpo técnico, cuerpo médico, jardineros, utilleros, voluntarios y la madre del cordero.
Rafa, tu artículo genial.
Ahora cada vez que voy a Mestalla me fijo en lo más alto de Gol Xicotet a ver si estás. Es como saber que la literatura que marcará la historia de nuestro club está ahí, en proceso de creación. Me hizo más ilusión hacerme una foto contigo después de haber leído la gran balada del valencianismo que cualquier foto con un futbolista que últimamente no escriben ni una frase de fútbol.
Te sigo leyendo.
Como Kempes, el Piojo y Pablo Aimar te has convertido en un pibe inmortal. Ellos en el césped, tú en la literatura.

Anònim ha dit...

Excelente aportación, Rafa de tu artículo sobre la militancia y la mentira de la ilusión como artífice de erróneas expectativas.
Hace unos días tuve en la consulta a Antón, el bravo lateral izquierdo del Valencia CF acompañando a su hija y nieto. Le comenté el recuerdo imborrable que tenía de la Liga del 71 sobre todo del día del partido contra el Español en Sarriá en el que nos proclamamos campeones de Liga pese a perder. Hablamos del partido Betis-Valencia y me comentó como tenía su corazón dividido aunque se decantaba ligeramente a favor de los nuestros. Aquellos eran otros tiempos, incluso citando al poeta “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. La sociedad era otra, los clubes se transformaron, el espectáculo de Mestalla hoy se puede visionar desde casa sin tener que llegar una hora antes a la general de pie para coger sitio, ni jugártela saltando por la huerta colindante a la grada de la mar. Pese a nuestro equipaje genético y nuestro carácter articulado sobre radiografías periódicas de nuestro sentimiento, no cabe duda de que la ilusión es una fuerza motivadora de innegable valor. Y uno quisiera tener más Puchades y Vicente Peris, y Pasieguitos para fichar o Luis Casanovas en la Presidencia. Ahora bien, la ilusión del espectáculo de ver la magia de Wilkes, Walter, Waldo, Kempes, Bonhoff, Solsona, Mijatovic, Penev, Claudio López y tantos otros ha creado una semilla de imborrable valor cultivada sobre el césped de Mestalla para hacer crecer a la grada de Mestalla. El significado y la importancia del reclamo de la ilusión bien entendida no es óbice para estar de acuerdo en la autocrítica hacia el aficionado tan proclive a fantasías del todo vale para los inconformistas y vendedores de humo a precio de desprecio a nuestra memoria. Saludos.
Alfredo Cardona