divendres, 2 de novembre de 2018

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 11

SIETE DÍAS DE ENERO DE 1979

Cultura de club es lo que queda cuando se apagan los focos, el eco del balón que pegó en el poste y se fue a córner, la sonrisa de Puchades cuarenta años después de su partido homenaje. Cultura de club somos nosotros, con nuestra historia individual a cuestas, el imaginario compartido sujeto a mil modificaciones subjetivas, la terca insistencia en seguir levantando una piedra que siempre nos aplasta. Cultura de club también es la resignación que nace tras la ilusión desmedida del verano y la notable frustración del otoño. Cultura de club es poco marketing y mucha fe. No se vende en las taquillas. Exige virtudes antiguas. Respeto, responsabilidad, amor, incondicionalidad. Cultura de club es saber que esto ya lo has vivido; una, dos, más de diez veces. Viene al pelo ese epitafio magnífico con el que Carmen Alborch se despidió la semana pasada: la alegría es saber resistir. Eso, fundamentalmente, es cultura de club: una forma de resistencia. A veces en silencio y otras con tambores, pero resistencia al fin y al cabo. Cultura de club es dialogar con el pasado sin caer en la nostalgia. 

En fútbol, la tradición nunca puede ser un problema o un lastre. La memoria proyecta y fortalece, segrega lecciones, siempre suma. No es un sentimentalismo inocuo ni una inexistente propensión a la melancolía. La melancolía es añoranza de lo que tal vez no sucedió. Nada menos melancólico que la incondicionalidad. El melancólico es alguien que ya ha perdido, que se sabe perdido. Con la melancolía se escriben poemas y algunas novelas. La melancolía es la ciencia de los esfuerzos inútiles y la cultura de club ejemplifica todo lo contrario: el arte de resistir. Para resistir hay que recordar. No se resiste desde la improvisación. No se construye nada desde el artificio irreal del puro presente. El presente no existe. O es pasado o es futuro. 

Recuerdo siete días de enero, enero de 1979. Era una semana con 3 partidos en Mestalla. Domingo, miércoles, domingo. Última jornada de la primera vuelta, partido de copa tras ganar en la ida en Montilivi, primera jornada de la segunda vuelta. El domingo 21 de enero se jugaba un Valencia-Salamanca. Fue el primer partido televisado en color del VCF en Mestalla y también el primer día que estrenábamos los nuevos pases en el sector 5, en la numerada cubierta. Diluviaba. Mi padre creyó que era el momento idóneo para disfrutar del fútbol a cubierto y en eso era único: nadie podía pararle. Llegamos al graderío empapados, sorteando varios ríos: el de Blasco Ibáñez, el de Artes Gráficas y el de los pasillos interiores de Mestalla, fruto sin duda del desbordamiento de la acequia. La avda. de Aragón aún no existía y el acceso a la grada de Numerada no era el actual. Hasta 1982, se entraba por las puertas más esquinadas de la avenida de Suecia, en una disposición espacial que hoy casi nadie recuerda. 

El partido fue horrible. Para colmo, había goteras en nuestras butacas. Recuerdo a Solsona con precisión y al incombustible Carrete, intentando imitar el juego del malabarista de Cornellà. No hay otro partido con tanta lluvia en la historia de Mestalla, ni siquiera el del Banik Ostrava. En el descanso, hastiados del agua y del pésimo fútbol, volvimos a casa. Vimos la segunda parte por la tele, entre escalofríos. El lunes y el martes los pasé en cama. Pero el miércoles volvía el fútbol a Mestalla, un Valencia-Girona de copa. Milagrosamente, ese miércoles ya estaba bueno. El milagro era el partido de la noche. Para ganarme ese privilegio fui al colegio. Pasé un día horrible pero a medida que se acercaba la hora mi estado de salud mejoraba. Tras un tira y afloja, convencimos a mi madre para que me dejara ir. Los partidos entre semana eran un regalo incomparable. Ir a Mestalla un miércoles no tenía precio. Ese hechizo te salvaba la semana. No importa que fueran eliminatorias de copa contra equipos de categorías inferiores. Esos partidos subrayaban mis preferencias: las luces encendidas de Mestalla desde el chaflán de la calle Gorgos, la cena de sobaquillo en el bar Los Checas y una afluencia de público menor, que permitía fijar detalles poco habituales. En ese sentido, aquel Valencia-Girona fue raro. La clasificación ya estaba sentenciada pero el partido fue un desastre made in Valencia. Terminó con empate a uno y la bronca y el desencuentro entre afición y equipo fueron sonoros. De vuelta a casa empecé a sentir escalofríos. Al día siguiente volvió la fiebre. De esa fiebre ya sólo me curé para volver a Mestalla el domingo. El último partido de la semana no mejoró los anteriores. Perdimos 0-1 contra el Madrid de forma merecida. La paciencia de la tropa empezó a quebrarse. Un par de meses más tarde, Marcel Domingo, que había devuelto al Valencia a Europa en la 77-78, fue destituido. Lo sustituyó Pasieguito. El resto ya lo sabes: a finales de junio ganamos la copa del rey en el Calderón. Sucedió hace 40 años. Si atas cabos comprenderás que llevamos 100 repitiendo los mismos giros de guión. 

Sólo hay algo que no puede fallar nunca: tu resistencia. O sea, tu alegría. 

Rafa Lahuerta