dilluns, 17 de desembre de 2018

EL ESCAPARATE DE VAELLO





Una vez leí que todas las ciudades amanecen igual pero anochecen distinto. No estoy seguro de que así sea, siempre pensé que hay muchas ciudades dentro de una misma. Tantas, posiblemente, como ciudadanos habitándolas, con sus particularidades y circunstancias, con sus filias y sus fobias, con sus pausas y sus prisas.

Las mías giran alrededor de Mestalla por devoción o adicción, por inercia de pasos aprendidos ya difícilmente prescindibles. A estas alturas, imposible cambiar el callejero interior, ese que no entiende más GPS que el de las coordenadas que marcan sus sístoles y diástoles.

No importa si supone unos minutos más en el reloj o unos metros más en la distancia, siempre que es posible fuerzo su encuentro. Es una manera de comprobar que el viejo Campo y probablemente yo, seguimos en pie después de tantos años.

Blasco Ibáñez, Aragón, Avenida de Suecia, Micer Mascó…cualquier calle que alcance su mirada, esas que los días de partido se visten de fiesta porque juega el Valencia.

Sin embargo, lejos de la sombra del Monumento con vida propia y nombre de acequia, existen otros lugares a modo de embajadas que también son parte de Mestalla por lo que en la historia del Valencia suponen: El kilómetro cero en la antigua Bajada de San Francisco donde estuvo ubicado el Bar Torino, las antiguas sedes sociales…y un lugar mágico de disfrute valencianista, el escaparate de la tienda de Pepe Vaello en la novelesca calle Pelaio.

Pararse junto a él y pegar la nariz al cristal, tengas la edad que tengas, te regresa a la infancia viendo en su reflejo aquel niño que salivaba mirando golosinas y pasteles que ahora son fotos de Pepito con su “amigo y hermano” Kempes, de Pepito con Bonhof, de Pepito con Puchades…

Siempre Pepito, siempre su Valencia, que durante tantos años y ya para la eternidad fueron y serán lo mismo.

Y miras a sus ojos intentando descifrar el secreto que guardan y te gratifica y enorgullece saber que es totalmente imposible, porque no hemos tenido mejor guardián del relato que debe quedar de puertas para adentro, ese que a su vez se autoengrandece.

Fidelidad, complicidad y militancia ejemplar hasta el último día de sus noventa y dos años de juventud. 

Echaremos mucho de menos aquellas historias, las que nos podía contar sin incumplir sus pactos de lealtad sobre vestuarios, banquillos, desplazamientos… casi con tanta ilusión como con la que nosotros le escuchábamos cuando los actos alrededor del club en los que habíamos coincidido habían finalizado y nos quedábamos haciendo corrillo en las aceras.

Fue un privilegio, don Pepe, escuchar la historia viva del club directamente de uno de sus protagonistas, usted, para el que nunca hubo derecho de admisión en las entrañas e intrahistorias de nuestro querido Valencia.

No olvidaré cada vez que me veía y me saludaba con un apretón de manos y una palmada en la espalda. Estoy seguro que ni siquiera sabía mi nombre, pero también que su mirada, además de guardar los secretos más preciados, sabía distinguir a la gente del pueblo de Mestalla. Y me sentía, ruborizado, el valencianista más privilegiado del mundo.

El Centenario de nuestro club se pierde su presencia, que como el propio Pepe Vaello deseaba se celebrará en Mestalla, ni viejo ni nuevo, el único, porque Mestalla como Pepito, sólo hay uno.

A sus devotos nos corresponde construir allí, en el escaparate de Vaello, una ermita del recuerdo, limpiar el polvo de esas fotos con nuestras miradas para que sigan estando vivas y diciendo tanto por lo que callan, para que no quede en el olvido esa vitrina de memoria, historia del valencianismo.

Vernos reflejados en el escaparate de Vaello, peregrinaje del valencianismo, anexo de Mestalla, tan cercano a la Estación donde los trenes, como nosotros los valencianistas, con demasiada frecuencia perdemos y encontramos el Norte.

José Carlos Fernández Haba