dijous, 29 d’agost de 2019

UN FRASCO DE ORINA



(A Rafa Sancayetano, con todo mi afecto).



Hubo un tiempo en el que el Valencia creyó hallar la gallina de los huevos de oro encarnada en un pelotero de excepcionales condiciones sobre el tapete y mente frágil como una nube. Fichado a toda prisa en el mercado de invierno de la 97/98 para paliar la sequía goleadora, Bucurel Adrian Ilie ofreció durante la siguiente temporada y media un rendimiento descomunal al frente de la delantera blanquinegra, sacando provecho de su inmensa calidad y de una fantástica asociación con Claudio López. Impresionado, el valencianismo vio en él al estilete para despellejar al madridismo, la tradicional aspiración de la hinchada en épocas de sequía. E incubó el también habitual miedo a la pérdida. Que es, por supuesto, lo que más teme el presidente de turno. 


Así, espoleado por Ion Becali, amo y señor del fútbol rumano, y su asociado Tente Sánchez, Pedro Cortés accedió a dar el oro y el moro a Adrian para evitar su previsible marcha y la furia de la grada. Empezó por lo básico: rodearlo de los suyos. Generosas comisiones mediante, Becali y Tente establecieron en Valencia una numerosa colonia cárpata. Primero desembarcó Popescu, protagonista de una sonrojante goleada en Salamanca la temporada anterior. Y más tarde lo haría Dennis Serban, el trotón aunque irrelevante cerebro del Steaua de Bucarest. 

Entre ambos, sin embargo, el Valencia había incorporado al premio gordo: el hermano de Adrian, un año menor que él. A Sabin Ilie lo trajeron desde un oscuro club turco contraviniendo todas las enseñanzas que había dejado Pasieguito en su época de secretario técnico: se le fichó a través de un intermediario y un vídeo trucado sin investigar su vida ni hacerle el seguimiento idóneo. Nadie tuvo interés por averiguar por qué aquel tipo, que había marcado una escandalosa cifra de goles en Rumanía, había quedado inédito en la temporada anterior. Importaba poco, en principio. Se toleraba todo a cambio de que Adrian mantuviera su sonrisa de esfinge. Sabin llegó pasado de peso, cargado de oro y con ademanes de estrella, reforzado por aquella declaración de Cortés que abrió las secciones de deportes de todos los medios de la ciudad: “Sabin es el hermano bueno”.

La mejor carta de presentación de Ilie II llegó en su primera comparecencia en Mestalla. Saltó al césped entre la ovación de los que, ingenuos, soñaban con la repetición del milagro rumano. Dio varios toques al esférico y, tras adoptar una actitud de gran intensidad, enfiló la portería y se preparó para disparar. La afición contuvo el aliento, que desembocó en estupor al comprobar el resultado del lanzamiento, un zapatazo que, dicen los que asistieron a su puesta de largo, perdió el balón en los confines de la vieja General de Pie Norte.

Desde ese día la chufla tan presente entre el valencianismo hizo el resto. A Sabin se le empezó a tildar de fracaso absoluto y a conocer con los agradables apelativos de botijo o culebrilla, mientras entre la hinchada menudeaban las camisetas con su nombre y dorsal. Ranieri, al que le bastaron segundos para calar al tipo, le dio un par de ratos en la Intertoto antes de condenarlo al ostracismo junto a Nico Olivera. Entretanto, la elevada ficha de Sabin le permitía vivir como un pachá en Valencia: buenas cenas, buenos coches, buenas compañías. Una fantástica vida sin preocupaciones. 

Y en estas llegó Serban. El Valencia, impresionado por sus carreras y gambeteos en una eliminatoria de la UEFA en Bucarest, le echó el lazo. Pero para que pudiera debutar había que liberar una ficha. Fue sencillo imaginar quién saltaría de la plantilla: el otrora “hermano bueno”. Tocaba buscar un acomodo adecuado, un club incauto que pagase (parte de) la ficha de Sabin. Y entonces apareció de nuevo Tente para sugerir la conveniencia de ceder al rollizo delantero al Lleida. 

Dicho y hecho. Sabin Ilie se paseó por la Terra Ferma durante los meses que duró su cesión como un nuevo rico. Ganaba varias veces más que el mejor pagado de sus compañeros y esta desahogada situación le permitió convertirse en un privilegiado espectador de la vida con abono asegurado en el Lleida cada domingo. De su paso por la ciudad catalana se recuerdan anécdotas con cuentagotas: un brillante partido en la Copa Catalunya en el que, con dos goles, fue el principal responsable de la eliminación del Barça; la escasa cifra de cuatro tantos en la Liga, insuficientes a todas luces para sacar lustre al jugador. Y una racha de suerte en juegos de azar que le llevó a ingresar unos cuantos millones de pesetas de la época gracias a la Loto 6/49. 

La historia de Lleida se repitió hasta la saciedad. El Valencia exponía cada verano su mercancía menos llamativa con escasa convicción de venta. El historial del rumano y su pobre rendimiento en la Segunda División ayudaban poco. Se le buscó sitio en equipos de su patria con la intención de que algún incauto picara como antes lo había hecho el Valencia. Vana esperanza. Sus cortas estancias en clubes de diverso pelaje le convirtieron en puntual objeto de reseña en la prensa valenciana, entre la cortesía informativa y el arma arrojadiza. Porque sí, durante muchos años la alusión a Sabin Ilie fue uno de los recursos preferidos por los periodistas deportivos de la ciudad para fustigar a Javier Subirats, a Pedro Cortés o a quien se pusiera por delante.
Como su hermano Adrian, capaz de prolongar sus vacaciones con la excusa del temor al fin del mundo en la Nochevieja de 1999, Sabin era un tipo que traspasaba con creces el límite de lo excéntrico. Su conducta descuidada y contestataria se manifestó especialmente en la temporada 2000/01 durante su cesión al Energie Cottbus de la Bundesliga. Tras unos meses de relativa tranquilidad, en los que Sabin repitió su pobre rendimiento de Lleida, llegó la bomba. La prensa difundió que el delantero rumano había cometido un grave acto de indisciplina al negarse a salir al campo en un encuentro cuando faltaban tres minutos. Surgieron, además, rumores, que hablaban de su cada vez más desordenada vida. Miel sobre hojuelas para los que pagaban su (millonario) sueldo.

Por fin, entre fallidos traspasos y salidas temporales amontonadas apresuradamente en el cuaderno de contabilidad, el Valencia había encontrado la oportunidad perfecta para desembarazarse del delantero. En marzo de 2001, poco después del episodio de la objeción, Sabin recibió una carta de despido (procedente) con el membrete del murciélago. Liquidado, como antes había ocurrido con Gabi Popescu -que se marchó inesperadamente de Soria durante su cesión al Numancia dejando la ropa tendida en el balcón de su casa (allí permanenció durante muchas semanas)-. Sabin no acusó recibo ni contestó a la carta, quizá consciente de su escaso poder a la hora de negociar. O posiblemente porque no le dio la importancia que merecía.

Pasaron los meses. La temporada finalizó, con el doloroso apéndice que para el Valencia supuso la derrota en la final de la Champions ante el Bayern. El club, angustiado tras las negativas de entrenadores de postín a preparar al equipo, firmó a un desconocido llamado Rafa Benítez, de la mano del que comenzó a planificar la siguiente temporada. En la lista de descartes seguros figuraban muchos de los grandes pufos de años anteriores: Dennis Serban, Roberto Amarilla, Daniel Fagiani y Diego Alonso, entre otros. Fue el verano del frustrado traspaso de Mendieta al Real Madrid, del “Gaizka, son 10.000”, la seguridad privada en Paterna y las lágrimas kitsch de Pedro Cortés. Mendieta era el más esperado en la vuelta al trabajo. Pero hubo de competir, una vez más, con la estrambótica compañía de animación Hermanos Ilie.

Bien aleccionado por Becali, certero difusor ante un selecto grupo de medios de comunicación de las intenciones de su pupilo -cobrar los dos años (112 millones de pesetas, que acabaría pagando el club para evitar el juicio) al no reconocer el despido procedente del Valencia- Sabin se presentó en Paterna, acompañado por su hermano, el primer día de la pretemporada 2001/2002, con el acostumbrado bote de orina para las analíticas post-veraniegas. No pasó del hall. Tras unos minutos de espera, visiblemente enfadado, salió dando zancadas del recinto. Su último servicio al Valencia CF fue depositar un cilindro de plástico lleno de orines sobre el mostrador de la recepción de la Ciudad Deportiva de Paterna. Todo un testamento.


José Ricardo March.

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