dimecres, 9 de març de 2016

Mis 40 temporadas de Mestalla



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Dijo el gran Nick Hornby que es imposible separar los lazos forjados en la infancia con los colores de una camiseta, y quizás no haya mejor manera para describir y definir cómo te haces de un equipo de pequeño. Es la niñez la indiscutible época del mamar, y en ella te adhieres a costumbres y sentimientos que como raíces se te quedarán para siempre como extensión emocional. Formarán parte de ti. No hay nada tan significativo como el decir por qué eres de un equipo, o por qué te gusta un determinado estilo de música, o por qué te vino un hobby concreto. Seguramente, en la mayoría de los casos consultados, la respuesta será que “de pequeñito lo mamé en casa”. De casta le vino al galgo. De tal palo tal astilla.

Es quizás este artículo el que más rebusque entre mis orígenes, y halle en el pozo más profundo de mis memorias y emociones todo aquello que acabe con una desnudez jamás expresada de esta manera, pero que a la postre dé ilustración mental a mi sentimiento valencianista. Y doy gracias por la oportunidad, nunca imaginada por mí como posible, al blog Últimes Vesprades a Mestalla, del cual tengo el libro con el mismo nombre y que tanto valor tiene para mí como para todos los que puedan entender y sentirse identificados en una misma afinidad futbolística.

Para mí, cantar un gol del Valencia, desde pequeño, tenía que ser la mayor de las liberaciones en forma de grito, salto, sonrisa, rabia y orgullo. Fortaleza. Grandeza. Elevación. Emociones sin descripción completa, porque ¿quién podría explicarme a mí con palabras qué se siente cuando marca el Valencia? Difícil. Complicado. Simplemente lo sientes. Por segundos eres indestructible. Así sin más. Hincha, seguidor, ultra o forofo. El que es de un equipo desde pequeño, por lo que arraigó de alguien, o de algo, lo será para siempre, y dará igual si su equipo es de los que suelen ganar o suelen perder. Amor de por vida por el club de sus amores, y nada ni nadie le hará cambiar su escudo por cualquier otro caballo ganador que se le ofrezca cual amante ocasional oportunista que se arrima por interés.

Al final eres de un equipo por lo que transmite, y te sientes identificado, tampoco hay más. Simplemente eso. Todo eso. Todo.

Soy valenciano, nacido y criado en Valencia, pero de orígenes andaluces. Mis padres, tras casarse, acabaron y me tuvieron en Valencia. Vivíamos en la calle Monestir de Poblet, entre Conchita Piquer y la Pista de Ademuz. Mi padre, futbolero, no tuvo mejor idea que enseñarme este deporte asistiendo al Luis Casanova con asiduidad. Mis padres me llevaban desde muy pequeño, tanto que ni recuerdo mis comienzos. Es mi madre quien me da luz a esos pasajes inalcanzables para mí. Ambos tenían pase, yo simplemente me intentaba acomodar a regañadientes en las faldas de mi madre, deseando que llegara el momento de poder ir al lavabo o que premiaran mi buen comportamiento con una Coca Cola. 


Tengo borrosos recuerdos de finales de los 70, cuando mi madre me “cedió” su pase para ser el exclusivo compañero de fatigas de mi padre. Los innegociables Trident de frutas y las pipas Churruca como amenizadores del bendito sufrimiento que (sobre todo a mí) nos esperaría en 90 minutos. A él, por el apego y cariño cogido, le gustaba que el Valencia ganara, pero era yo quien estaba adquiriendo, comprendiendo y aprendiendo el sentimiento de verdad domingo a domingo. Reíamos con el “Moñiga”, compañero de asiento y consumidor compulsivo de puros, venido de Barcelona y periquito de corazón, que en cada malograda jugada o pase calificaba al culpable con ese no cariñoso mote. Al Moñiga no le caía bien Solsona, lógicamente, mientras nosotros lo defendíamos. Ahora, una vez fuera del césped, yo tampoco lo defendería, como pasa para muchos con Cañizares o Albelda. Jugadores que en el campo lo fueron todo, y al salir de él perdieron el cariño de la afición por incomprendidos actos y palabras.

Un día salimos tan contentos tras ganar un partido que la gente se concentró en la Avenida de Suecia para ver salir a los jugadores, y yo, desde los balcones del estadio, aprendí atónito y contagiado por la felicidad de todos, el valor de la victoria. Yo, desconozco porqué, deseaba como loco ponerme unas medias negras hasta la rodilla y emular en mi cuarto de los juguetes al gran Pereira. Aquello no fue lo habitual, ya que a quien me gustaba imitar era a Kempes y/o Arnessen.


“Vuestra victoria, nuestro orgullo” aprendí como lema años después en forma de pancarta alentadora. En qué frase tan corta se resume tan fácilmente un sentimiento. En los ochenta fue la aparición de los grupos de animación, y Yomus fue desde el 83 un foco a tener en cuenta para toda la juventud valencianista que se sentía necesitada de hacerse notar, lejos de la mentalidad tribunera. Yo quedé desligado de mi padre en muchos sentidos con el paso de los años, y eso afectó también al fútbol. Él de su equipo, yo del Valencia, tras la angustiosa 82-83 no pisé más el Luis Casanova hasta que con 13 años iba cuando podía con una entrada “infantil” de 500 pesetas a la vieja General de Pie, fondo norte, a sentirme libremente un valencianista con mayor poderío. Con mayor fuerza a empujar al equipo. Allí aprendí a vivir los partidos activamente, a sentirme coprotagonista del juego. Y a cantar. Con los “Abogado”, “Zulú”… Hasta los 16, edad en la que por motivos familiares abandoné Valencia junto con mi madre. Fueron siete años en Andalucía, sin visitar el Templo, solo viéndolo y oyéndolo por tele y radio, hasta que terminé en Madrid.

Allí recuperé el tiempo perdido alistándome en la Peña Valencianista “18 de Març”, y volví al estadio con el recuperado nombre de “Mestalla” viendo perder al equipo contra el Madrid, en el debut de Ranieri. A la vuelta, andando hasta Torrefiel (donde me hospedaba en casa de amigos durante unos días) coincidí con un hombre mayor, con la bufanda del VCF que, al ver mis atuendos se apresuró a decirme mientras se autoproclamaba en compañero de viaje andante: “en este equip no farem res, tots ficats raere en el italià este…”. Perdimos, pero me había reencontrado con las viejas emociones del directo en casa. En Mestalla.

Con la peña de Madrid pude vivir los partidos junto con gente que residiendo fuera como yo tenían por circunstancias personales ese mismo sentimiento, unos por unas causas, otros por otras… Allí conocí a mi amigo Juan Carlos, que siempre me acompaña en los partidos desde ahí arriba, donde descansa. Gracias a él estuve en París, y gracias a mí él estuvo en Milán. Amistades forjadas por el fútbol. Por el Valencia. Valga este artículo como homenaje a su persona y amistad, a su familia y a los buenos recuerdos que dejó la mejor amistad que me dio el fútbol en general y el Valencia en concreto.

Con la peña “física” compaginaba y compartía pasión a distancia con miembros de Ciberche, y con algunos de ellos en alguna ocasión disfruté de algún partido.


Pero la experiencia (despectivamente llamada) “peñista” no terminó de retenerme porque buscaba una explosión mayor, y fue con el Gol Gran donde realmente me sentí un valencianista activo.

Siempre dije que con la Intertoto del 98, contra el Shinnik Yaroslavl, supe que tenía que volver a una grada de animación, y de aquella de Yomus que yo conocí ya quedaba poco, por no decir nada. Gol Gran transmitía unos valores poco corrientes para la época, sobre todo cuando nació en 1994, con una idea de cultura de grada apolítica y sin violencia, tan alabada como criticada por el “mundillo ultra”.

Tuve que esperar hasta 2000 para poder acceder y participar en esa grada, y de ahí formar la sección “Madrit”, por la que hasta 2004 luché y trabajé en primera fila para que estuviera presente, activamente, en el colectivo. Fueron años de “sarna con gusto no pica”, por los excesos de kilómetros “solo por ti, Valencia alé”. Madrid, Valladolid, Santander, Oviedo, Murcia, Villarreal… hasta Milán, fueron entre otros testigos de nuestra presencia. De 2001 a 2004 prácticamente visitaba Mestalla para cada partido de Liga. “Los mejores años de nuestras vidas”. La pancarta de GG-Madrit no podía fallar.


Pero después del doblete me trasladé a Barcelona por motivos profesionales, y ahí fue donde tuve un nuevo letargo de visitas a Mestalla por distintas circunstancias. No puedo evitar recordar a Juan Carlos: mi último partido con él en Mestalla fue contra su amado Málaga. Empatamos a uno, golazo de Villa, pero un gol en propia puerta de Albiol dio el empate definitivo. Su última visita al “Coliseum de la Avenida Suecia” (como a él le gustaba llamarle) fue en la despedida a Baraja, contra el Tenerife.

En los últimos años he ido recuperando la periodicidad para asistir a los partidos. Aunque le cogíamos el gustillo a los desplazamientos foráneos, por aquello de aprovechar lo deportivo con lo cultural, @Cristina_Roes y yo nos planteamos ver más al equipo en Valencia que fuera, consumirnos gustosamente en fines de semana, vivir en un par de días lo que no podemos en dos meses. Paella en Casa Navarro, copeo en el barri del Carme, largos e interminables paseos en el centro histórico, indiscutibles visitas a la MegaStore, y por supuesto... Mestalla.


Hacía 14 años que no veía en directo la presentación del equipo por lo que tenía asegurado reencontrarme viejas sensaciones. Lo que no me podía imaginar era que con quien me encontraría sería con el ídolo de mi infancia, con el jugador que le dio sentido a creer en la idolatría. Su nombre marca la vida de los valencianistas cuarentones como yo. El Matador, Kempes, es para el valencianismo la excelencia en forma de futbolista. Nunca jamás habrá otro igual. Tan querido como criticado, injustamente tratado sobre todo en su adiós y despedida de este deporte. La cruel manera de decirle “hasta siempre” que tuvimos en Valencia debería ser nuestro mayor ejercicio de autocrítica. Grandes jugadores, y de talla mundial, hemos tenido y seguiremos teniendo, pero como Mario Alberto Kempes ninguno. Sin duda, ésta, fue la gran sorpresa que me deparaba mi visita a Mestalla el pasado 8 de agosto de 2015.


Las convulsas semanas estivales, que provocaron en el progresivo caos deportivo que nos lleva hasta nuestros días, sin fin aparente, no fueron excusa para no creer durante esta temporada en seguir haciendo kilómetros para no faltar a la cita ocasional con el equipo. Visitas foráneas en Mónaco, Cornellà, Villarreal y Camp Nou, casi todas ellas humillantes. En casa con la Roma, Mónaco, Granada, Madrid y Atleti.

Pero la experiencia más emocional fue la del partido contra el equipo andaluz, puesto que al día siguiente tenía sorpresa en el Tour Mestalla, sin duda una vivencia indescriptible con final feliz en forma de regalazo de cumpleaños de mí pareja Cristina, con la complicidad del club. Un día inolvidable, repasando la historia del Valencia CF de una manera tan personalizada...


Son las peculiaridades de un tío con 40 temporadas a la espalda y que, su destino, se obstinó en no permitirle regularmente ver a su equipo con la asiduidad que le hubiera encantado desde nano. Envidio, y mucho, a todos aquellos que renuevan cada año su pase, y que disfrutan (y padecen) cada domingo en Mestalla. Yo, tengo que conformarme con los reencuentros semanales desde el salón de mi casa, viendo cómo se consume parte de mí por culpa de los nervios de cada partido. Pero éste es el sino del hincha, del seguidor de fútbol. Incondicional. Orgulloso en la victoria, resignado y revanchista en la derrota. Condenado a unas “Últimes Vesprades a Mestalla” esporádicas, pero con la misma ilusión de como cuando era un niño.


Óscar L. Sánchez @HinchaVCF
Seguidor del Valencia CF 
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5 comentaris:

Cristina Roes ha dit...

Orgullosa de formar parte de estas "Mis 40 temperadas de Mestalla". Y por muchos años más.

Óscar ha dit...

Por muchos años más!

Juan ha dit...

Gran articulo Oscar, AMUNTTT

Neófito ha dit...

Espero seguir viéndote tan bien por los desplazamientos. Amunt Ojkar!

Óscar ha dit...

Gracias a los dos, Juan y Neófito.
Neo, tú me has clichao! xD