dilluns, 15 de setembre de 2008

El eco de las almohadillas

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[19 de març de 1972; València CF 1 - Real Madrid 2: Llançament de coixinets davant l'actuació de l'àrbitre Sánchez Ibáñez.]

De nano siempre me fascinaban los aspectos más colaterales del ritual. Ganar o perder eran sucesos que ateñían a los mayores y por los que yo aún pasaba de puntillas. Por una extraña querencia a los callejones, heredada quizás de la calle Zurradores donde nací, el corazón se me desbocaba cuando entrábamos a Mestalla y recorríamos los pasillos interiores hasta nuestra localidad en el sector 6. La estrechez de los vomitorios dejaba ver jirones de verde pero lo que de verdad llamaba mi atención era la humedad algo hosca de las tripas interiores de aquel Mestalla anterior a la reforma de 1978. Pasillos atestados que impelían a las oscuridades subterráneas de las bodegas. Y el eco furibundo que provenía de golpear las almohadillas contra las paredes. Era como una costumbre anticipatoria: un ruido seco y cavernoso. Una especie de clave sonora que daba la bienvenida a los indígenas y servía para marcar el territorio frente a los forasteros.

Las primeras almohadillas que recuerdo eran azules con cordel y se alquilaban jornada tras jornada como un ritual previo dentro del propio ritual del partido. Después llegaron las marrones con la publicidad de Vifasa, que eran más plásticas y rectangulares y cuyo tañido contra las paredes resultaba mucho más potente. Pesaban lo suyo y caían a plomo desde las localidades más altas con el consiguiente peligro. Duraron 4 ó 5 temporadas. Eran momentos de cambio en lo social y la autoridad de los grises ya no imponía el pavor de antaño. Cada lance conflictivo acababa con lluvia de almohadillas, en un periodo fronterizo que convirtió en costumbre local lanzar naranjas al árbitro. También en eso Mestalla desarrolló su propio carácter, a medio camino entre la nostalgia rural y la metáfora reivindicativa. Lo cierto es que las almohadillas de Vifasa tuvieron su apogeo al son del mítico orfeón que se extendía cada vez que el Matador se disponía a lanzar una falta: aquel estremecedor y acompasado grito de Keeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeees, Keeeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeeees. Posiblemente, el rugido más atemorizante de cuantos ha escuchado Mestalla a lo largo de sus casi 90 años de historia.

[Empleats del València retiren els coixinets amb la col·laboració del fotògraf Manuel Sanchis "Finezas". Al fons apareix Luís Vidal amb la seua màquina.]

Con el tiempo, las almohadillas-orquesta de Vifasa dejaron paso a unas más livianas de color verde que volaban sin llegar nunca al campo. O que sólo llegaban de uvas a peras. Esas almohadillas sin 'chicha ni llimonà' ya no hacían ningún ruido al golpearlas contra la pared. Una señal de que el carácter bronco de la parroquia se desintegraba. Esas nuevas y fofas almohadillas sintetizaron el periodo más gris del VCF, como una metáfora siniestra de lo que se avecinaba, dando paso a una época aséptica e incolora de fundas y almohadillas de tono cada vez más light que todavía perduran para desdicha de quienes crecimos en tiempos de almohadillazo limpio contra todo lo que se movía. Sin duda, ese espíritu del almohadillazo y su degradación es un espejo que va más allá de lo anecdótico. Las estanterías de los supermercados se han llenado de productos sin sal, sin azúcar, sin grasas. Los niños ya no juegan en la calle ni llevan rodilleras en los pantalones y el mundo en general se ha convertido en un escenario de pieles tan sensibles y anodinas que cuesta entender como hemos podido llegar hasta aquí atravesando guerras, penurias y epidemias. La blandenguería y la mojigatería son emblemas de los nuevos tiempos, señas identitarias donde todo ha de ser políticamente correcto.

Quizás, defenestrar las almohadillas sólo fue un primer paso. El siguiente fue la prohibición de los festejos pirotécnicos en las gradas. Sin duda, en ese mismo instante debimos sospechar que acabarían echándonos de Mestalla en aras de la modernidad, las comodidades innecesarias y la vocación glamourosa de nuestra clase dirigente. Nos faltaron reflejos. Y ahora ya es tarde. Sólo nos queda este blog. Y el lejano eco de las almohadillas haciendo temblar los cimientos del viejo Mestalla.

Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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7 comentaris:

Paco Gisbert ha dit...

La almohadilla ha sido, junto al pañuelo, el principal vehículo de expresión del asiduo de Mestalla. Servían para protestar, pero también para mostrar júbilo (tras un partido memorable) o como instrumento musical, como bien relatas, Rafa.

kawligas ha dit...

Muy afinado en lo profundo de tu escrito. Los signos de estos tiempos descafeinados. Dylan lo ha llamada "Las Nuevas Edades Oscuras", donde el valor está en fuera de juego, donde la muerte se encuentra en las escaleras de cualquier banco, los niños no son deseados y la verdad está entre rejas. Todo esto y mucho más... Aún nos queda este blog. ¡Qué se lea! ¡Qué se escriba! ¡Qué se sepa!

Anònim ha dit...

Rafa, perfecto. El pastelero trotskista ha mutado en demagogo textil. Las almohadillas sin chicha ni llimoná eran almohadillas "antivuelo". Llegaban ocasionalmente porque eran exactamente almohadillas "con alas" que no solo impedían la llegada al terreno de juego, sino que se estrellaban irremediablemente en los craneos de los abonados situados debajo del lanzador, con el consiguiente giro e insulto del receptor.

tempo è dolore

Vicent Chilet ha dit...

La desaparició dels coixinets és una de les múltiples senyals de la desaparició del vell futbol, de l'estètica del vell futbol. Ho hem parlat en algunes ocasions: la frontera entre el vell i el nou fútbol la trobem entre la reconversió dels clubs en societat anònima i la garrotada final que suposa la descontrolada digestió de la llei Bosman i l'estampació del nom dels jugadors en la samarreta. Eixa jugada comercial ha fet perdre molta de la quota simbólica que tenien els números de l'ú a l'onze. El central Gallas du el 10 en l'Arsenal, per l'amor de Déu!!! Amb el nou estadi, el següent pas serà escoltar les trompetetes dels camps asiàtics...

Queden les mocadorades, la litúrgia inalterable del dia del partit i, per supossat, este blog.

Salutacions des de Québec.

Anònim ha dit...

Algo de lo que aún no hemos hablado. Ahora, al árbitro se le llama burro de manera orquestada. Pero hasta los últimos años 70', el grito de guerra era "fill de puta, fill de puta". Que como le explicó Paco Roig a Ferran Belda no es un insulto, sino una manera cariñosa de hacer amigos.

Creo que el "fill de puta, fill de puta" dedicado al árbitro era en el fondo una manera muy mestallista de brofegar de manera cordial. Nada que ver con la hipocresia que el pequeño de los Roig quiere instaurar ahora en Vilareal...

Y otro insulto muy del viejo Mestalla: porrito, que eres un porrito.

bar Torino

Anònim ha dit...

De almohadillas y peregrinos. Hoy en día somos pocos los que aún llevamos nuestra almohadilla de lona hinchable al campo. Una tradición heredada que arrastra un ritual repetido. Sin embargo las antiguas almohadillas de Mestalla, como bien se comenta, ofrecían la posibilidad de dejar las posaderas a mejor temple y vehiculizar la expresión de ira o alegría a la grada.
Los asiduos a la general de pie, mirábamos de reojo a los caballeros que se afanaban en la cola para alquilarlas: aquellos eran los de la numerada. Desde ese momento su peregrinar por el campo era incierto y, algunos, recogíamos tan deseado trofeo tras el partido del Valencia, cuando jugaba el Mestalla o la Selección Valenciana. Aquella sesión doble de fútbol ya entrada la tarde, permitió a algunos apreciar la comodidad glútea desde la numerada baja y escuchar de cerca los sonidos del césped.

Alfredo Cardona

Pepe de Paco ha dit...

La cuota simbólica a que apunta Vicent es uno de esos asuntos sobre los que volvemos una y otra vez. Yo tengo para mí que el hecho de que los jugadores lleven el nombre a la espalda no sólo no mengua el simbolismo, sino que lo aumenta exponencialmente. ¿Acaso el Kun lleva su nombre en la camiseta para darse a conocer ante la hinchada rival? En absoluto. Esas letras, K-U-N, conforman la clase de símbolo que, hoy en día, sacia la sed del aficionado. A mi modo de ver, hay otras extinciones bastante más dañinas que la de la camiseta ciega. ¿Qué me decís del carnet? No me refiero al plástico magnetizado que hoy se expende, no, sino al cartoncillo que tantas veces rompíamos al salir del estadio. Uno salía empitonado por cualquier derrota inesperada y, al menos, tenía la posibilidad de sacar el carnet y anunciar al resto de transeúntes: "Ya le pueden dar por culo a este equipo, a este club y a todo". Ras. Al minuto las cosas volvían a su lugar pero, ¡dios!, lo bien que te quedabas. Tanto como cuando lanzabas una almohadilla que, como avioncillo de papel, besaba el césped.

Saludos pericos,
Pepe Albert de Paco