divendres, 17 d’abril del 2009

Banqueta visitant. Sevilla FC

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Dos pasiones y un mismo color

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

Dos grandes ciudades en enclaves de ribera, mediterránea la una, multicívica la otra.

Contrastes de la que se mantuvo sumisa, durante siglos, a la dominación musulmana, dejándose querer…

Y la que impuso su ley, poderosamente, en los múltiples pleitos medievales que marcarían su carácter para siempre.

Valencia, Sevilla.
Sevilla, Valencia.

Dos ríos vertebrales, dos puertos famosos, dos mares detrás.

El pueblo volcado en dos fiestas cumbres, marzo y abril.

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

Nombres también que suenan redondos, clásicos, apasionados… para nosotros, los futboleros.

Nombres que anuncian aromas antiguos de linimento, habanos, pipas, caramelos de eucalipto …
Marcadores simultáneos y carruseles…

Estampas de viejas botas, calzón largo y camisetas blancas, blanquísimas, sin mácula a la vista (ni publicidad invasora).

Señorío, caballerosidad.

Alta tensión.

Y goles, muchos goles.

Resultados abultados cada uno en su casa, y por esta regla general, Mestalla como lugar de temidas goleadas. Pavor histórico del sevillismo, afortunadamente venido a menos en estos últimos tiempos que tan felices vivimos por Nervión.

Evocar Mestalla, desde la lejanía, es pensar inevitablemente en grandes figuras míticas de todos los tiempos.

Los que me tocó vivir en mi infancia, con el gran Mario Alberto Kempes (nadie celebraba un gol como él) en el principio de la fila, seguido por Johnny Rep, Saura, el equilibrista Daniel Solsona, y los tirazos de aquel alemán de hierro, Rainer Bonhoff, único que podía hacerle sombra en cuanto a potencia de disparo a nuestro Héctor Horacio Scotta…

El Valencia que vi proclamarse campeón de liga en mi casa, el Ramón Sánchez-Pizjuán, yo estuve allí, como muchos de vosotros, aquella noche en que un muro infranqueable comandado por nuestro Carlitos Marchena propulsó a aquel equipo granítico para hacer morder el polvo a los poderosos de siempre. Aquella noche sentí envidia, viendo lo grande que se hacían otros, cuando ni siquiera adivinaba lo que me esperaba apenas a la vuelta de unos años. Envidia grande, sana, que rompió en ovación cerrada en mi estadio, homenaje sincero para los campeones…

Y aquellos otros a las que no vi jugar, pero de los que escuché hablar a mis mayores: Mundo, Puchades, Guillot, Badenes, Faas Wilkes, etc.

Figuras legendarias de ayer y hoy.

Inolvidable también, cómo no, el recuerdo de aquella tanda de penalties sin fin en la Recopa contra el Arsenal, el partidazo de aquel pequeño extremo bigotudo, Pablo, las paradas de Pereira…, antecedente de nuestro grandísimo y venerado Andrés Palop, valencianista, sevillista, en la mágica, para nosotros, noche de Glasgow del 16 de mayo de 2007.

Andrés Palop Cervera, talismán deportivo donde los haya, que hizo ascender al Villarreal a primera, se hinchó a ganar títulos con vuestro Valencia, liga, uefa, supercopa, subcampeonatos “champions”, etc., se vino a nuestro Sevilla, para encontrar la llave de la vitrina de trofeos, que la teníamos perdida desde hacía medio siglo… Capaz de hacer un gol inverosímil a la salida de un corner en el minuto 94 de una eliminatoria europea … Y que remata la faena (esperemos que solo por ahora), nada más y nada menos, que haciéndose campeón de Europa el verano pasado con la selección española en Alemania, en su única concentración con la roja.

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

A veces los grandes éxitos vienen de la mano de personas humildes y semidesconocidas. ¿Cuánto sabemos de eso, verdad?

Vengo a acordarme con ello de aquel gallego sabio llamado Ramón Encinas, el gran “Moncho” Encinas, que une a ambos equipos en la conquista de su primera –en nuestro caso, única (hasta ahora)- corona en el Campeonato Nacional de Liga.

1942, Valencia.
1946, Sevilla.

Cuentan que Encinas, hombre callado y sencillo, pero tan listo como el que más, poseía algo así como un hechizo casi invulnerable con el color blanco, pues en su carrera hizo campeones a los equipos que vestían con esta indumentaria.

Se lo dedico a él, al gran Andrés Palop, a todos los valencianistas, al sevillismo en general…

Y al viejo Mestalla…

Permíteme que te tutee.

Cuánto te echaremos de menos.

Este año, después de que nuestros equipos disputaran esa igualadísima eliminatoria copera de cuartos que olía a final anticipada, soñé por un momento que mi Sevilla pudiera competir por un título nacional sobre tu hierba.

Pensé en una invasión sevillista de tu ciudad, cariñosa, amigable, como aquella vez que los tuyos, hace ya diez años, vinieron a mi tierra para alzar la copa de aquella final contra el Atlético de Madrid en el Estadio de La Cartuja.

Hubiera podido ser además nuestra particular revancha de un choque del que posiblemente ya no te acuerdas. Acaba de hacer ahora cincuenta años, cuando ante ti, el 19 de diciembre de 1948, mi equipo disputó la Copa Eva Duarte Perón, antecedente de la actual Supercopa de España, contra el FC Barcelona, encuentro que perdimos por un gol a cero.

Se nos fue la oportunidad…

Muy pronto sólo nos quedará tu recuerdo, un recuerdo lejano, color sepia…

También hondo, orgulloso…

La nostalgia de tu grada irreductible, que ha vivido tanta gloria difícil de superar.

Valencia CF, admirado y respetado.

Nos vemos el domingo en Mestalla. Que gane el mejor.


Ayer y Hoy Sevillista
http://ayerhoysevillista.blogspot.com/
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dimecres, 15 d’abril del 2009

La temporada sin X

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Desde el 24 de Marzo de 1963 y tras igualar en Mestalla contra el Elche 2-2 el Valencia CF no volvió a empatar un encuentro hasta el primer partido de la temporada 64-65 ante el Murcia. Treinta y cuatro partidos de la competición de Liga, un record no igualado y que le ha dejado a día de hoy, como el único equipo que estuvo toda una temporada la 63-64 ganando o perdiendo sus partidos, sin conocer el empate. Los apostantes a las quinielas tuvieron que jugar con un dado sin X cuando lanzaban al aire su apuesta con el Valencia en el casillero. No sé si a ustedes se les ocurre una explicación ante tan inusual hecho o son partidarios de la teoría decimonónica "caprichos del destino". La magia del fútbol hace acopio de datos y estadísticas para que la lógica impere sobre el azar, sin embargo mis conjeturas ante tan excepcional circunstancia diacrónica, me han llevado a buscar una causa al enigma. Con ese trance he vagado escaleras arriba buscando los vomitorios durante años con la inquietud de que alguien, de entre los muertos, destape la incógnita. Este es mi relato, ayúdenme.

En el verano de 1963, en pleno boom turístico, el ministerio de Información y Turismo lanzaba el slogan publicitario "España es diferente". El Valencia CF debió captar la esencia del mensaje y dejó para la posteridad su peculiar manera de contribuir al Régimen, que en pocos meses iba a celebrar los XXV años de paz. Nuestro debut en Liga, presagiaba un halo de nubarrones misteriosos. Era un sábado 14 de Septiembre contra el Barcelona en Mestalla; una tromba de agua dejó el campo impracticable y la tormenta fundió el alumbrado eléctrico. El partido fue suspendido, no hubo goles. Se repitió íntegro un día 13 de noviembre, con el resultado de 0-2. La siguiente jornada en Mestalla, tras el partido suspendido contra el Barça, supuso la primera ocasión de enfrentamiento contra el Levante UD en Primera.

Mi maestro, el Sr. Goñi, navarro y amante del fútbol daba clases de repaso a últimas horas de la tarde. Los lunes me convertía en alumno ejemplar. El resumen del partido de la jornada liguera por televisión, suponía un acicate suficiente para resolver con destreza cálculos matemáticos que alimentaran mis piernas para salir de estampida hacia casa. No era para menos ver en la delantera a Héctor Núñez, Waldo y Sánchez Lage, un triángulo americano, y la guinda de un valenciano, Guillot. Aquella plantilla tenía como guardameta titular a Zamora, hijo del legendario portero internacional Ricardo Zamora. Era un mocetón con una planta y facciones más propias de galán del celuloide que de jugador de fútbol. Con ocasión de una entrevista que le realizó mi hermana para una revista fallera, Festividades, llegaron a casa varias fotos grandes, alguna dedicada, para su publicación. Como portero, supo darnos a los valencianistas buenas dosis de suspense al alternar acciones brillantes con lapsos intempestivos con sus manos y pies.

Una noche de aquel mes de noviembre, mientras hacía los deberes del curso de Ingreso, sonó el teléfono, John F. Kennedy acababa de ser asesinado en Dallas. Aquel año del 63 daba sus últimos suspiros y con él se llevaba, entre otros personajes públicos, a el Papa Juan XXIII, J. Cocteau, Edith Piaf, Cernuda, Aldous Huxley; habían llegado a nuestras pantallas "Con faldas y a lo loco" de Billy Wilder, "Los Pájaros" de A. Hitchcock o el estreno del "El Verdugo" de Berlanga. El Valencia acababa un año más con el trofeo de la Copa de Ferias en su vitrina. Los empates no llegaban, pero sí más derrotas. Con el inicio del año 1964, nuevo entrenador, Mundo sustituía a Pasieguito; el equipo prosiguió su racha de no empates, aunque mejoró el número de victorias. En la clasificación final quedamos en sexto lugar a 14 puntos del campeón R. Madrid. En la Copa del Generalísimo, en dieciseisavos tuvimos un enfrentamiento fratricida, contra el filial CD Mestalla. ¿Alguna duda sobre resultado tan incierto?... No hubo empate. Aunque este llegaría contra el Betis en cuartos: 2-2 en Sevilla. Disputamos nuestra tercera final de la Copa de Ferias y perdimos contra el Zaragoza 2-1 con un arbitraje más que polémico, tromba de agua incluida. El Valencia de la temporada sin X estaba formado por Zamora, Ñito, Piquer, Quincoces, Mestre, Vidagany, Arnal, Chicao, Paquito, Roberto, Sastre, H. Núñez, Cabello, Mañó, S. Lage, Guillot, Waldo, Ribelles, Urtiaga, Suco, Ficha. También llegaron a jugar Martinez, Verdú, García Verdugo, y Totó. Aquel año del 1964, España ganaría a la URSS la final de la Copa de Europa, con gol de Marcelino, se celebrarían las Olimpiadas de Tokio sin opción a ninguna medalla de la escasa delegación española, los Beatles triunfaban al igual que la minifalda, y llegaba El Gatopardo de Visconti. Eduardo Cubells, al que tan excelente homenaje se ha realizado estos días en ultimesvesprades, se nos fue para siempre.

El 13 de Septiembre de 1964, prácticamente un año después de aquella tormenta que azotó Mestalla y nos dejó sin luz artificial, Valencia y Murcia firmaron la igualada en la Condomina. El record atípico continúa en las estadísticas de la Liga. Un misterio del medio azar de este juego de competición en los 90 años de historia del Valencia CF.


Alfredo Cardona
Socio del Valencia CF
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dimecres, 8 d’abril del 2009

Banderines

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Si la memoria no me juega una mala pasada, presencié mi primer partido copero en Mestalla en septiembre de 1991. Yo tenía escasos ocho años y acudí junto a mi padre y mi tío Paco en un Ford Sierra recién salido de fábrica que me maravillaba por su mecanismo limpiaparabrisas, del que salía un chorrito de agua que dejaba como nuevo el cristal en un santiamén. Recuerdo más bien poco de aquel día: la habitual aseveración, por parte del portero de turno, de “este xiquet té més de huit anys”; la subida hasta el Gol Sur, aún entonces uno de los puntos más altos del estadio; el aburrimiento de mis vecinos de sillas a pesar de los goles y el papel de comparsa que jugó el rival, el riojano CD Arnedo. Fue, según leo en las crónicas de la época, un partido aburrido, intrascendente, que únicamente sirvió para que el malogrado Rommel Fernández se luciese marcando cuatro goles. Y para que los jugadores del Arnedo se hicieran retratar con la vacía grada a la espalda, orgullosos de haber pisado un escenario de Primera División.

Quizá el banderín conmemorativo que ambos equipos intercambiaron en aquella eliminatoria se halle entre la montaña que el Valencia guarda, a falta de museo, Dios sabe dónde. Como los obsequios de tantos otros partidos olvidados. Me gusta imaginar cómo, por el contrario, muchos recordatorios blancos y con el escudo del murciélago bien visible han visto pasar los años desde un lugar de privilegio en la sede de los clubes modestos que un día visitaron Mestalla. Esos banderines, junto a fotos y hojas de diarios que empiezan a amarillear, representan los noventa minutos de gloria de aquellos aguerridos onces que soñaron con la campanada de derrotar al Valencia en su estadio. Y siguen siendo objeto de admiración y punto de arranque de historias llenas de nostalgia que acaban con un café, un suspiro y un “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Pensemos por un momento en las sensaciones vividas por un futbolista cualquiera de un equipo de Segunda B o Tercera al encarar por vez primera el túnel de salida a Mestalla. La mezcla de ilusión y nervios al pisar el campo en el que han recitado lecciones muchos de los grandes de la historia del fútbol. La emoción al reconocer en las desnudas gradas del coliseo caras familiares o pancartas de apoyo. La inmensa alegría del gol que puede dar la campanada y sacar de la circulación a un poderoso rival como el Valencia. El intenso estremecimiento al escuchar los cánticos de la afición local. La tan acostumbrada decepción que supone la derrota. Y, a veces, el maravilloso sabor de la victoria imprevisible, que se transforma en euforia al dar su particular vuelta de honor al estadio.

Por todo eso resultaría injusto no recordar a los equipos pequeños que pasaron por Valencia y que, ofrecieran o no un buen espectáculo, dejaron su pequeña huella sobre un césped cargado de historia. Arnedo, Maspalomas, Sestao, Conquense, Deportivo Aragón, Sant Andreu, Burriana, Gandía... todos ellos merecen su parte del pastel. Todos ellos también forman parte de la gran historia de Mestalla.


José Ricardo March
Aficionado del Valencia CF
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dilluns, 6 d’abril del 2009

Mucho peor que el Rivaldazo

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De todas las fotos que ilustran el paisaje de Mestalla esta es una de las más inquietantes y difíciles de metabolizar. Se trata, y ahí radica el impacto y su misterio, de una despedida entre amantes sin que uno de los dos lo sepa todavía. La imagen es de abril de 1948. Y pertenece a un Valencia-Barça. Penúltima jornada de liga. El Valencia es líder, con 34 puntos. El Barça segundo, con 33. Si ganan los blancos son campeones. Si empatan, todo queda en el aire hasta el domingo siguiente. Pero sucede lo imprevisto. Y el Valencia pierde: 1-3. El mazazo es descomunal. Un derechazo que deja al equipo tumbado en la lona. Siete días después el Barça gana su partido con comodidad y el Valencia, todavía bajo los efectos del golpe, pierde con estrépito en Vigo. Adiós al título.

Aún con todo, lo que convierte esta foto en un documento casi trágico para la historia del club es su carácter de fin de ciclo. O de ciclo a punto de agotarse, si tenemos en cuenta la copa del 49' y las 2 ó 3 temporadas inmediatas donde el equipo se sigue mostrando muy competitivo. Ahora bien, esta foto destila y presupone ese adiós. Las señales todavía no son visibles, pero 60 años después volvemos a la instantánea con el doloroso certificado de las certezas cumplidas. Después de una década triunfal, con 3 ligas y 5 finales de copa, esta foto representa el inicio de una particular travesía en el desierto. Nadie de los presentes en Mestalla aquella tarde podía imaginar, no sólo que el Valencia perdería esa liga que ya acariciaba, sino que estaría 24 años sin volver a ganarla. O peor aún, que en los siguientes 50 años sólo lo haría en una ocasión, en 1971.

De todos los lances cabalísticos que el fútbol procura siempre me ha fascinado la interpretación a posteriori de los acontecimientos. La diferencia entre derrotas o victorias según el eco que el palmarés les otorgue en la memoria. Ese matiz literario es el estiércol sobre el que un club edifica su relato. Por eso esta foto me parece tan dolorosa y sugestiva a la vez. Se ve un Gol Gran al límite de su capacidad. Con una grada variopinta y plural. Todas las edades, todos los espectros sociales. Un reventón de época para ver al Valencia ganar su cuarta liga. Nadie presupone nada. De cualquier manera, incluso con la derrota, nadie intuye que esa será la última vez en que el Valencia tenga tan cerca el título hasta pasadas dos décadas. El gran Mestalla todavía es un proyecto y la grada es un hervidero. Parece obvio que se han vendido más entradas de las que el aforo permite. Parece claro que nadie concibe la derrota.

En 1948 el Valencia es todavía una entidad joven, con pocos golpes deportivos y apenas cicatrices. Ha perdido finales pero ha conseguido lo más importante: hacerse hueco entre los mejores. Es, en ese momento, el club más potente del país. Todo el mundo lo sabe. La prensa de la capital, en esa época cerca del influjo castrense del At Aviación, intenta desprestigiar con la leyenda negra del equipo bronco y copero, sin advertir que esa divisa será para siempre el blasón de la nostalgia con que el Valencia y el pueblo de Mestalla intenten recuperar muchos años después sus señas de identidad. Las que esa misma tarde, y sin que nadie pueda advertirlo todavía, está empezando a perder de una manera casi inapreciable. O sólo apreciable, como sucede siempre que el ventajismo del futuro nos lo permite, en el alambre del tiempo transcurrido. Ese mismo tiempo que nos permite añadir que el Rivaldazo, al lado de aquella tarde de 1948, sólo fue un leve rasguño.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 3 d’abril del 2009

Banqueta visitant. Getafe CF

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Dolor y sufrimiento

Es para mí motivo de honda satisfacción haceros llegar mi mensaje de cordialidad en una fecha tan entrañable como la víspera del partido que disputarán el Valencia y el Getafe en el estadio de Mestalla. Como todos los años, no quiero dejar de expresar hoy mi cariño, cercanía y comprensión hacia la familia valencianista, sumida ahora en el dolor, el sufrimiento y la soledad por culpa de la difícil situación económica que padece.

Hoy el equipo que perdió el otro día, mi equipo favorito, os visita y eso nos debe tomar conciencia de lo mucho que mi equipo y el vuestro hemos avanzado en las últimas décadas y el enorme potencial que, trabajando unidos, el fútbol español encierra para nuestro futuro. Pero no debemos ni podemos dar por sentados los avances que juntos hemos logrado con gran esfuerzo y sacrificio, atravesando incluso momentos de intenso dolor y sufrimiento. De ahí, una vez más, mi apelación a los jugadores y aficiones para que contribuyan, mediante la cordialidad y el buen comportamiento, a asegurar el mejor espectáculo futbolístico, siempre en el marco de las reglas del juego. Es hora de redoblar esfuerzos en esa dirección, desde el respeto mutuo, con un comportamiento educado y responsable. Eso es lo que la gran mayoría de los aficionados espera de ambos clubes y sus representantes.

El año pasado nuestros equipos vivieron un enfrentamiento deportivo de enorme relevancia y magnitud con ocasión de la final de la Copa. Desde la diversidad y la riqueza de ambas aficiones, todos dimos ejemplo de respeto y convivencia para asentar los valores de nuestro sistema futbolístico. Hoy es el día en que podemos refrendarlas. No se trata de renunciar a nuestras propias convicciones, sino de concentrarnos en todo lo que nos une para buscar un acuerdo en lo esencial, siempre al servicio de un futuro cada vez mejor para el fútbol español. Un futuro que merece una dedicación diaria por parte de todos y cada uno de nosotros. Soseguemos la rivalidad balompédica y trabajemos con espíritu integrador. Profundamente convencidos acerca de nuestras posibilidades, respetuosos con nuestra diversidad, sin perder nunca la unidad que nos da la fuerza y dimensión necesarias para el progreso.

No obstante, quiero expresar mi seria preocupación por los problemas deportivos que atraviesan ambos equipos. Me preocupa especialmente la falta de resultados que permita a Valencia y Getafe vivir en una situación desahogada en la clasificación, con el objetivo de aspirar a las metas que cada uno de los dos conjuntos se ha marcado. Juntos podemos vencer problemas y dificultades si actuamos con realismo, rigor, ética y mucho esfuerzo, anteponiendo siempre el interés general sobre el particular, buscando variantes tácticas y soluciones con generosidad, responsabilidad y amplitud de miras. No es tiempo para el desánimo. Hemos logrado salir adelante con fuerza de periodos complejos y reemprender el camino aún con mayor dinamismo.

A todos los valencianistas, especialmente a quienes acudirán a Mestalla el domingo, así como a los que verán el partido por televisión, reitero de corazón mi mayor afecto y mis mejores deseos para que disfrutéis de un partido de sana rivalidad en el que gane el mejor.

J.C.B.B.
Aficionado del Getafe CF
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dimecres, 1 d’abril del 2009

El fútbol es la vida (Blues de Mestalla)

·Erase una vez cuatro hermanos; bueno, en realidad, eran cinco, pero dado que uno era una mujer y el fútbol femenino en los años 40 no se había popularizado aún, lo dejaremos en cuatro. Nacidos a caballo entre la década de los 20 y los 30, todos vivieron de primera mano la hegemonía futbolística del Valencia C. F. de la delantera eléctrica. El mayor Pepe, fue fotografiado en su quinto cumpleaños junto a un balón, probablemente su juguete más querido. Tras él iban Paco, Abraham “El Chato” y Luis. Los hermanos pequeños gustaban de llamar al mayor “El Sheriff”, dado que ejercía de primogénito y siempre tuvo un fuerte ascendente sobre todos ellos. Escolarizados a duras penas, cuando los primeros granos aparecieron en sus rostros, la calle se había convertido en su verdadera escuela. Y en la calle siempre había piedras de sobra, polvo omnipresente y muchachos ociosos, como ellos, a los que retar en un partido. En esa cancha borde e impía se fraguaron las primeras jugadas, aún recordadas en los paseos rutinarios hacia Mestalla los días de partido. La primera juventud, perlada con entradas furtivas al campo de Mestalla, coladas por los recovecos del gol sur, caídas de “El Sheriff” en la acequia que da nombre al campo y escapadas “in extremis” de la guardia civil, dio paso a una juventud plena de futuro. Los años 50 se instalaban en las vidas de estos muchachos ofreciéndoles bailes veraniegos y partidos de fútbol en los equipos de su barrio. De allí a la gloria del Olimpo futbolístico sólo les separaban algunos partidos y varios goles por la escuadra. Queridos lectores, como sospecháis, tened la certeza de que aquello nunca sucedió. Pero el fútbol, enfermedad o modo de vida, locura transitoria o felicidad completa, ya era una secuencia más del ADN de todos ellos. Paco, Paquito “Valor” cuando empezó a trabajar como representante de la marca de chocolates, jugaba allí donde le dejaban, incluso estuvo a prueba con el Oliva para jugar en tercera división. “El Sheriff” sabía que el fútbol no le daría de comer y contrajo nupcias con una rica heredera, pasando a formar parte del Imperio de la Lejía Valenciana. “El Chato” buscaba su lugar en el mundo y unió su destino al de Paco, vendiendo chocolate por toda la ciudad; durante su servicio militar, el Atlético Baleares lo quería fichar, pero una lesión de menisco le puso la zancadilla. Luis conoció Holanda, fue emigrante y luego volvió, y jugó al fútbol, aunque nadie confiaba demasiado en él, quizá por ser el benjamín. La calle ya estaba asfaltada por aquel entonces, eran los años 60 y el teatro de los sueños pasó a ser la playa. Nazaret primero y Las Arenas después. Los vestuarios de “El Áncora” emulando los de tantos campos de mala muerte en los que sus tobillos fueron golpeados. Como los pioneros del fútbol valenciano, en los meses de verano, todos los jueves, iban hasta unas casas cerca de las termas, sacaban unas porterías de hierro y las clavaban en la arena. Y jugaban. Como niños, como aquellos niños que conocían de memoria la alineación: ...Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Los domingos del resto del año también se repetía esta liturgia pagana. Llegó el día en que mis primos y yo jugábamos haciendo castillos en la arena cuando Paco pasó a Abraham y éste dejó solo a Luis para marcar. Una muesca más. Unos minutos plenos de vida. Los mejores, estoy seguro. Rodeados de su gente: Belinda (a quien llamaban así por ser homosexual), Cuenca, “Pie Duro”, “el impresor” (a quien rompieron tibia y peroné en un lance del juego), el profesor Pardo, Congel (un militar muy moreno que jugó hasta los 50 años), Parra (que era dependiente de una tienda de moda femenina en Poeta Querol), Luis el pintor, Valero (un tipo que conducía un deportivo pero al que mi padre intentó colar en un partido contra el Atlético de Madrid en 1974 y al que pillaron), Amalio (que daba cuenta a los demás de lo bien que se la había mamado su mujer la noche anterior), “el culturista”, “el holandés”, Coco (homosexual y reventa), los hermanos Willy, el hijo de Iturraspe, los herederos de La Marcelina y decenas o quizá cientos que pasaron por allí y jugaron un partido o decenas de ellos. Sol, Suso Martínez y Kempes también. Maltrabajas, cierrabares, vividores, futbolistas, honrados trabajadores que tenían a bien celebrar la muerte del dictador jugando al fútbol un domingo ventoso. A los 12 años jugué con ellos. De portero. Toda una consagración para un chiquillo que veía, en las figuras de su padre y tíos, a verdaderos héroes vivos. Jugadores de fútbol primero, gerente de una fábrica de lejía y vendedores de chocolate en segundo lugar. Sí, porque Luis acabó vendiendo chocolate también. Mestalla seguía en sus vidas, entonces, de un modo más respetable. Socios del club de sus amores. Los cuatro hermanos viajando a la final de 1967, haciéndose un lugar en el mundo, viendo crecer a sus hijos y viviendo el fútbol día y noche. Los hermanos chocolateros saliendo de viaje de negocios hacia Asturias y volviendo una hora después, porque se les había olvidado el balón. “El Sheriff” siguiendo al Valencia por toda España y parte del extranjero, con mi prima, enamorada de Sol, recogiendo jornada a jornada en un álbum recortes y autógrafos, que quizá aún conserve o tal vez haya quemado en una pira esotérica. Paco yendo habitualmente al campo y “El Chato” y Luis esporádicamente.

Un día aquel panorama idílico se truncó. Y, por razones que aún no he comprendido, todo cambió. Cosas de familia, me dijeron. Las tumultuosas reuniones familiares, antes tan deseadas: el santo de Casimira (la madre de todos ellos), el día de Navidad (y las generosas estrenas de mi padrino el tío Pepe), y el de Año Nuevo (en casa de la hermana que nunca jugó al fútbol, pero que hacía unos mantecados manchegos de rechupete); se esfumaron. Del mismo modo y al unísono, los primos perdimos pie y contacto con la realidad de cada uno de nosotros. Hasta el punto de que ahora ya somos casi unos desconocidos. Aún veía, años después, a mi tío Pepe unas filas abajo, en tribuna, los días de partido, y él se giraba y me saludaba, e igual hacía yo. Si al salir nos cruzábamos, siempre comentábamos algo del partido, pero sin llegar a detenernos, ni besarnos. Pasaron muchos años. Muchos. Y la muerte llegó a la familia. Cuando se llevó por delante a Abraham, fue a traición, como un hachazo de Benito. Fui a verlo al hospital. Las últimas palabras que recuerdo haber intercambiado con él tenían que ver con el fichaje de un jugador que decían que era muy bueno. De Río Cuarto. Allí, en la U.C.I. del Dr. Peset, mis últimos instantes con “El Chato”, mi tío más divertido, fueron de ilusión y esperanza en que un nuevo jugador haría que nuestro equipo triunfara por fin. Después un cáncer de colon hizo cambiar el paso, siempre firme y autorizado, de “El Sheriff” y aún en esas condiciones, sin poder volver a pisar Mestalla, la actualidad del Valencia era la que le permitía escapar de sí mismo y del Alzheimer de su esposa. Aún quedan con vida dos de estos futbolistas míticos, valencianistas sempiternos y vividores natos. Paquito “Valor”, mi padre, que en esta temporada ha empezado a no poder caminar, pero que espera volver pronto a pisar Mestalla y mi tío Luis, de cuya vida no sé casi nada. Así que como comprenderás, querido lector, no necesito que Fernando Fernán Gómez me recuerde que el fútbol es la vida. Yo ya lo sé desde hace mucho, y de buena tinta.


Francisco García
Socio del Valencia CF

PD. El jugador de la foto es mi padre, Paquito "Valor", fotografiado en el Camp del Sagunt el 1 de noviembre de 1956.
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