dimecres, 1 d’abril de 2009

El fútbol es la vida (Blues de Mestalla)

·Erase una vez cuatro hermanos; bueno, en realidad, eran cinco, pero dado que uno era una mujer y el fútbol femenino en los años 40 no se había popularizado aún, lo dejaremos en cuatro. Nacidos a caballo entre la década de los 20 y los 30, todos vivieron de primera mano la hegemonía futbolística del Valencia C. F. de la delantera eléctrica. El mayor Pepe, fue fotografiado en su quinto cumpleaños junto a un balón, probablemente su juguete más querido. Tras él iban Paco, Abraham “El Chato” y Luis. Los hermanos pequeños gustaban de llamar al mayor “El Sheriff”, dado que ejercía de primogénito y siempre tuvo un fuerte ascendente sobre todos ellos. Escolarizados a duras penas, cuando los primeros granos aparecieron en sus rostros, la calle se había convertido en su verdadera escuela. Y en la calle siempre había piedras de sobra, polvo omnipresente y muchachos ociosos, como ellos, a los que retar en un partido. En esa cancha borde e impía se fraguaron las primeras jugadas, aún recordadas en los paseos rutinarios hacia Mestalla los días de partido. La primera juventud, perlada con entradas furtivas al campo de Mestalla, coladas por los recovecos del gol sur, caídas de “El Sheriff” en la acequia que da nombre al campo y escapadas “in extremis” de la guardia civil, dio paso a una juventud plena de futuro. Los años 50 se instalaban en las vidas de estos muchachos ofreciéndoles bailes veraniegos y partidos de fútbol en los equipos de su barrio. De allí a la gloria del Olimpo futbolístico sólo les separaban algunos partidos y varios goles por la escuadra. Queridos lectores, como sospecháis, tened la certeza de que aquello nunca sucedió. Pero el fútbol, enfermedad o modo de vida, locura transitoria o felicidad completa, ya era una secuencia más del ADN de todos ellos. Paco, Paquito “Valor” cuando empezó a trabajar como representante de la marca de chocolates, jugaba allí donde le dejaban, incluso estuvo a prueba con el Oliva para jugar en tercera división. “El Sheriff” sabía que el fútbol no le daría de comer y contrajo nupcias con una rica heredera, pasando a formar parte del Imperio de la Lejía Valenciana. “El Chato” buscaba su lugar en el mundo y unió su destino al de Paco, vendiendo chocolate por toda la ciudad; durante su servicio militar, el Atlético Baleares lo quería fichar, pero una lesión de menisco le puso la zancadilla. Luis conoció Holanda, fue emigrante y luego volvió, y jugó al fútbol, aunque nadie confiaba demasiado en él, quizá por ser el benjamín. La calle ya estaba asfaltada por aquel entonces, eran los años 60 y el teatro de los sueños pasó a ser la playa. Nazaret primero y Las Arenas después. Los vestuarios de “El Áncora” emulando los de tantos campos de mala muerte en los que sus tobillos fueron golpeados. Como los pioneros del fútbol valenciano, en los meses de verano, todos los jueves, iban hasta unas casas cerca de las termas, sacaban unas porterías de hierro y las clavaban en la arena. Y jugaban. Como niños, como aquellos niños que conocían de memoria la alineación: ...Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Los domingos del resto del año también se repetía esta liturgia pagana. Llegó el día en que mis primos y yo jugábamos haciendo castillos en la arena cuando Paco pasó a Abraham y éste dejó solo a Luis para marcar. Una muesca más. Unos minutos plenos de vida. Los mejores, estoy seguro. Rodeados de su gente: Belinda (a quien llamaban así por ser homosexual), Cuenca, “Pie Duro”, “el impresor” (a quien rompieron tibia y peroné en un lance del juego), el profesor Pardo, Congel (un militar muy moreno que jugó hasta los 50 años), Parra (que era dependiente de una tienda de moda femenina en Poeta Querol), Luis el pintor, Valero (un tipo que conducía un deportivo pero al que mi padre intentó colar en un partido contra el Atlético de Madrid en 1974 y al que pillaron), Amalio (que daba cuenta a los demás de lo bien que se la había mamado su mujer la noche anterior), “el culturista”, “el holandés”, Coco (homosexual y reventa), los hermanos Willy, el hijo de Iturraspe, los herederos de La Marcelina y decenas o quizá cientos que pasaron por allí y jugaron un partido o decenas de ellos. Sol, Suso Martínez y Kempes también. Maltrabajas, cierrabares, vividores, futbolistas, honrados trabajadores que tenían a bien celebrar la muerte del dictador jugando al fútbol un domingo ventoso. A los 12 años jugué con ellos. De portero. Toda una consagración para un chiquillo que veía, en las figuras de su padre y tíos, a verdaderos héroes vivos. Jugadores de fútbol primero, gerente de una fábrica de lejía y vendedores de chocolate en segundo lugar. Sí, porque Luis acabó vendiendo chocolate también. Mestalla seguía en sus vidas, entonces, de un modo más respetable. Socios del club de sus amores. Los cuatro hermanos viajando a la final de 1967, haciéndose un lugar en el mundo, viendo crecer a sus hijos y viviendo el fútbol día y noche. Los hermanos chocolateros saliendo de viaje de negocios hacia Asturias y volviendo una hora después, porque se les había olvidado el balón. “El Sheriff” siguiendo al Valencia por toda España y parte del extranjero, con mi prima, enamorada de Sol, recogiendo jornada a jornada en un álbum recortes y autógrafos, que quizá aún conserve o tal vez haya quemado en una pira esotérica. Paco yendo habitualmente al campo y “El Chato” y Luis esporádicamente.

Un día aquel panorama idílico se truncó. Y, por razones que aún no he comprendido, todo cambió. Cosas de familia, me dijeron. Las tumultuosas reuniones familiares, antes tan deseadas: el santo de Casimira (la madre de todos ellos), el día de Navidad (y las generosas estrenas de mi padrino el tío Pepe), y el de Año Nuevo (en casa de la hermana que nunca jugó al fútbol, pero que hacía unos mantecados manchegos de rechupete); se esfumaron. Del mismo modo y al unísono, los primos perdimos pie y contacto con la realidad de cada uno de nosotros. Hasta el punto de que ahora ya somos casi unos desconocidos. Aún veía, años después, a mi tío Pepe unas filas abajo, en tribuna, los días de partido, y él se giraba y me saludaba, e igual hacía yo. Si al salir nos cruzábamos, siempre comentábamos algo del partido, pero sin llegar a detenernos, ni besarnos. Pasaron muchos años. Muchos. Y la muerte llegó a la familia. Cuando se llevó por delante a Abraham, fue a traición, como un hachazo de Benito. Fui a verlo al hospital. Las últimas palabras que recuerdo haber intercambiado con él tenían que ver con el fichaje de un jugador que decían que era muy bueno. De Río Cuarto. Allí, en la U.C.I. del Dr. Peset, mis últimos instantes con “El Chato”, mi tío más divertido, fueron de ilusión y esperanza en que un nuevo jugador haría que nuestro equipo triunfara por fin. Después un cáncer de colon hizo cambiar el paso, siempre firme y autorizado, de “El Sheriff” y aún en esas condiciones, sin poder volver a pisar Mestalla, la actualidad del Valencia era la que le permitía escapar de sí mismo y del Alzheimer de su esposa. Aún quedan con vida dos de estos futbolistas míticos, valencianistas sempiternos y vividores natos. Paquito “Valor”, mi padre, que en esta temporada ha empezado a no poder caminar, pero que espera volver pronto a pisar Mestalla y mi tío Luis, de cuya vida no sé casi nada. Así que como comprenderás, querido lector, no necesito que Fernando Fernán Gómez me recuerde que el fútbol es la vida. Yo ya lo sé desde hace mucho, y de buena tinta.


Francisco García
Socio del Valencia CF

PD. El jugador de la foto es mi padre, Paquito "Valor", fotografiado en el Camp del Sagunt el 1 de noviembre de 1956.
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8 comentaris:

Anònim ha dit...

Gran post y muy bien escrito.

BT

cronopio44 ha dit...
L'autor ha eliminat aquest comentari.
Pedro ha dit...

Eso es una saga familiar, sí señor...Yo juararía que pasé alguna vez por esos partidos playeros...

Anònim ha dit...

Bonito artículo Fran. El fútbol es la vida. Seguro que hay cosas en la vida más importantes que el fútbol, pero tampoco se le debe vanalizar gratuitamente. Hay demasiadas historias de pasión, amor, odio, tristeza, de pura vida concentrada, en los aficionados al fútbol como para decidir que es solo algo superficial. Los jugadores y los trofeos son importantes, pero no son nada sin la gente que les ha ido a ver. Hay miles de historias detrás de los aficionados y aunque no suelen salir en los libros ni en los blogs, son los que han hecho del fútbol lo que es, no el deporte rey, sino una parte importante en la vida de mucha gente.

Anònim ha dit...

Uno se da cuenta de la edad cuando percibes a los jugadores de futbol, antes mucho mayores que uno mismo, como jovenes. El siguiente escalon es añorarse joven con la foto del padre.
Com li sembla a som pare!

Anònim ha dit...

La fuerza del fútbol la otorgan las voces anónimas de la grada. Y máxime ahora que los clubs son entidades centenarias y aglutinan en su relato la memoria de varias generaciones.

BT

kawligas ha dit...

¡Qué cierto y profundo lo que dices, Rafa!

Luis Ponce ha dit...

Esa foto seguro que no es tuya Kawligas? eres el mismo!!! Gran texto.