divendres, 9 de març del 2012

Geografía e historia personal del fútbol valenciano

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Este article va ser originalment publicat al blog Un rincón apartado en juny de 2009.

A Rafa Lahuerta, Vicent Chilet, José Luis García y Felip Bens. Y a Pepe March, por supuesto.
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Déjenme que les cuente una historia personal, creada a partir de miles de sensaciones diferentes a lo largo de los últimos veinte años. Una historia que comienza a finales de los ochenta en el viejo Mestalla, todavía Luis Casanova, que se extiende en el tiempo hasta una fresca mañana de junio, y que tiene visos de alargarse, si la suerte y la salud me acompañan, durante otras cinco o seis décadas. El relato de una educación sentimental trenzada a base de briznas verdes de hierba y rayas de cal, de redes pintadas de colores, de rejas con escudos engarzados y azulejos decorados con nombres de familias. De enormes moles de piedra y cemento que nacieron con vocación de coliseos y acabaron resultando templos.

Contrariamente a lo que ocurre con muchos de mis amigos, que atesoran nítidos recuerdos de su primera vez en un estadio de fútbol, yo no soy capaz de encontrar en mi memoria el punto de inicio de toda esta fábula. Reconozco que soy malo para rememorar los debuts. Fue en Mestalla, claro. De la mano de mi padre. Y paren de contar. A partir de aquí sólo hay destellos, fugaces imágenes que a veces se congelan: la vertiginosa sensación de ver el fútbol desde lo alto de la grada, tan diferente del campo de tierra del Benetússer que frecuentábamos todos los sábados; el olor del embutido preparado en el corazón del estadio; el parsimonioso ondear de las banderas de los clubes de Primera allá en lo alto de la grada; aquel videomarcador que escupía anuncios, alineaciones y goles con la imagen del entonces innovador teletexto; la ilusión del niño, foto en mano, esperando en la puerta del vestuario la salida de los jugadores; y la salida de Mestalla en dirección al coche verde de mi padre, mano cerrada sobre el papel con los autógrafos de Giner y Fernando

Hace una semana escuché una entrevista a John Carlin en la que confesaba que uno de sus mayores miedos era que un día su hijo le confesase que no le gustaba el fútbol. Durante muchos años mi padre debió temer lo mismo. A él, deportista amateur antes de hacerse polvo una pierna sobre un cuadrado de juego, apasionado aficionado, certero comentarista, le había salido un hijo raro, sin aparente interés por el fútbol. Mientras otros niños consumían su infancia en el irregular piso del enorme descampado de Zafranar, eterno balón en los pies, su chiquillo pintarrajeaba, corría, aprendía a leer. Nada, sin embargo, que lo acercara a una pasión tan envolvente como la que él sentía por su equipo y su deporte favoritos.

Hubo suerte. Mi conversión a la religión balompédica fue fulgurante. En un cortísimo espacio de tiempo pasé de obviar todo aquello que sonase a balón y juego a rellenar libretas y papeles de todo tipo con alineaciones y dibujos sobre fútbol. Complacido, mi padre se animó a llevarme a Mestalla. Siempre de manera intermitente, una o dos veces al año, nos aprovechábamos de las ausencias de mi tío Paco o de algún partido menor para atravesar la ciudad y plantarnos en el estadio, en medio de aquel añorado bullicio de la Valencia de comienzos de los noventa.

Pasaron los años. El balonmano irrumpió de golpe en nuestras vidas y desplazó parte del espacio dedicado al fútbol. Sin embargo algunos días, a la salida del Universitari, buscábamos la luz emanada por el cercano faro de Mestalla antes de volver a casa en el metro. Eran los años de gestación del gran Valencia de Ranieri, Cúper y Benítez, los del retorno a la ilusión de saborear victorias para varias generaciones de valencianistas y de descubrirlas para los más jóvenes. Al poco tiempo comencé a trabajar y nuestras episódicas visitas al estadio acabaron menguando casi hasta desvanecerse. Como contraprestación vivíamos los partidos de noches de sábado en el bar, rodeados de un buen número de parroquianos que acabaron por convertirse en personajes fijos en nuestras vidas. Allí, a varios kilómetros de Mestalla, construimos nuestro pequeño refugio, con la compañía de la fanta y la cerveza, del cortado descafeinado y el tocado de Terry, del bocadillo de tortilla y el de jamón serrano. Descubrí la felicidad de poder festejar un gol que da una Liga, o del que te acerca a coger una asa de la copa de la Champions. Y en nuestras escasas salidas, siempre que el horario lo permitía, vibrábamos de emoción con los nuestros. Como en Sevilla, la gran fiesta del valencianismo en la última década, que vivimos en primera persona.

El segundo año del trabajo me hizo desembarcar en el Ciutat de València. Cada quince días tomaba el metro y, tras franquear las puertas del estadio de Orriols, me adentraba en una historia completamente diferente a la que había vivido y mamado en casa. Una realidad alternativa que hasta entonces me había alcanzado de refilón en la media docena de ocasiones en que había visitado el campo. Un cuento repleto de personajes entrañables como Manolo Preciado, Raimon o Enriquito, de picapedredos del fútbol. También de cafres, que como en todas partes asoman la cabeza en los momentos dulces y la esconden en los duros. Poco a poco fui desarrollando una simpatía más que justificada, a pesar de Mijatovic y de Villarroel, por aquel equipo que vestía de azulgrana y al que todo parecía salirle mal. Quizá mi amigo epistolar Rafa Lahuerta la achaque a una particular evolución del síndrome de Estocolmo. Puede que sea así.

Pasé tres temporadas asistiendo regularmente a los partidos del Llevant en Orriols. Allí viví el ascenso a Primera División de un equipo que, hasta entonces, sólo había jugado dos años entre los mejores. El Ciutat de València pasó a convertirse en otro escenario más de mi historia futbolística. Mi padre, que muchas veces me acompañaba, no perdía ocasión, en la vuelta a casa, para sacar punta a lo visto en el partido de turno. La charla solía fluctuar entre la aseveración tajante de mi padre y mi dubitativa justificación de la realidad granota. El Llevant jugaba mal, sí, pero al menos había emoción sobre el césped. El campo estaba plagado de madridistas, pero también había algunos realmente puros de corazón como mis entonces desconocidos y hoy germans Felip Bens y José Luis García. Qué mal hicieron en marcharse de Vallejo. ¿Tú sabes dónde estaba Vallejo? No. Y me explicaba someramente sus visitas al antiguo campo del Gimnástico, junto al río y l'Estacioneta, y la historia del gato y la palmera, y Ferrete, Wilkes y demás.

Luego llegó la promoción profesional y el abandono de la emoción del día de partido en el estadio, con puntuales excepciones. Retorné a Mestalla con motivo de las rondas clasificatorias de la Intertoto y la UEFA y pasé buenos y malos momentos, de los que algún vividor del club fue coprotagonista. Allí, bajo la cabina de prensa, protegido por la vetusta tribuna del estadio, asomaba mi padre. Crítico como siempre, seguía el fútbol amparado en la experiencia que otorgan cincuenta años como testigo accidental del fútbol valenciano. También volví a Orriols para ver al Llevant retornar a Primera. Solían ser visitas de sábado por la tarde sin la compañía habitual. Sometido ya a una agotadora diálisis, mi padre se quedaba en casa descansando. Veía el partido por la tele y a mi vuelta a casa retomábamos el ritual del comentario a dos voces. Hasta que toda esta historia compartida se desvaneció para siempre, pocos días después de un Valencia-Paris Saint Germain de pretemporada.

Desde hace unos días frecuento por cuestiones laborales el entorno de Mestalla y el solar del antiguo Vallejo. Al pasar por ambos lugares me detengo al notar una punzada en el corazón. Oteo las esquinas de Mestalla en busca de la vespa blanca con el escudo del murciélago o el chico bajito de los rizos, el cuaderno y la prosa limpia y magistral. Pienso, al pasar por la finca que ocupa el que fuera escenario de las glorias del equipo de limpio y honroso historial, en esos sufridores levantinistas de base que luchan por desligar al club de sus amores de una imagen tan baqueteada y maltratada, tan folklórica. Y recuerdo a mi padre, honorable culpable de mi introducción en el mundo del fútbol. Bendito y añorado creyente...


José Ricardo March
Seguidor del Valencia CF
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dimecres, 7 de març del 2012

El ser valencianista

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Açò de ser valencianista i que no t'agrade especialment el futbol, no t'enrecordes mai d'un resultat ni d'una alineació, fins i tot t'avorrixques com un panoli partit rere partit… puix no ha de ser molt de rebut… o si? No deixar d'assistir a Mestalla, no deixar d'indignar-te amb resultats o declaracions, no deixar d'interessar-te per la imatge pública del teu club, no deixar de voler que vinguen els millors jugadors al teu equip… ja és més normal… no?

Encara i tot, que sàpies tot el teu currículum de trofeus que el VCF a aconseguit al llarg de la seua història, que t'indignes quan no ocupa el lloc a la taula que li correspon, que ho dones tot als partits fonamentals –siga per la competició o per l'enfrontament amb el pèrfid Madrid-… és suficient per a considerar-se un bon valencianista? Fins i tot gastar-te els diners en viure en primera fila totes i cadascuna de les finals que hem jugat o renovant els passes sempre o sempre…

Reivindique des d'ací una condició de seguidor, mai de la vida “hincha” o “hooligan”… més be “fan”… potser diferent, però de bon tros vàlida i sentida. Aquell que no escolta les tertúlies de ràdio incendiàries ni els programes de televisió minorista especialitzada (és un dir, clar…) però s'enfada quan el nostre club no rep el tractament que li pertoca, per història i categoria, o s'indigna quan l'arbitratge és profusament contrari als nostres drets i interessos… o contesta les campanyes periodístiques de la Meseta freda i tèrbola…

Jo no tinc cap samarreta de l'equip, però no les deixe de regalar a família i amics… Mai combregue amb els entrenadors que tenim, però vullc que siguen ferms i es facen respectar… Critique la gestió del club pels seus estaments oficials, des de fa massa anys, però em rebel•le quan no som considerats uns “grans”… I m'agrada pensar que tenim una trajectòria esportiva èpica la qual vullc siga coneguda per tots…

Es pot ser nacionalista sense centrar-se a soles en la llengua, es pot ser demòcrata sense anar a votar, es pot ser progressista sense ser catalanista, es pot ser seguidor del VCF d'una altra manera… vivint el teu club de futbol com una senya d'identitat definidora i fonamental de la teua terra i la teua gent, sent el millor aparador exterior de la teua ciutat i la teua comunitat, i per supost sent l'equip del teu cor i la teua ànima… per les raons que siguen, ni més ni menys! Amunt.


Lluís Bertomeu Torner
Soci del València CF
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diumenge, 4 de març del 2012

Se busca

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El cartel no dejaba lugar a dudas. 90 años, salud crítica, muy débil, con ausencias de memoria, salió y no se sabe hacia donde, atiende al nombre de Valencia C. F.; en caso de encontrar alguna pista sobre su paradero llamen inmediatamente al Sr. Llorente. La ciudad amaneció empapelada con estos pasquines. Familiares cercanos, miles de ellos, habían llamado a la policía y le habían dado aviso de la desaparición y, al mismo tiempo, imprimieron los avisos, los pegaron a todo muro que resisitiera en pie el envite de las excavadoras, que empezaban a derruir la antigua casa solariega y familiar. Mestalla es como se conocía entre los miembros de la familia a aquel magnífico lugar de comunión.

El abuelo llevaba perdido desde hacía mucho tiempo. Cuando él ya no fue capaz de recordar las cosas por sí mismo, ninguno de sus hijos más queridos tuvo la decencia de hacerse cargo de la imprescindible tarea de no olvidar. De recordar todo lo necesario para que los futuros descendientes supieran la verdad de la familia, ésa que el abuelo fundó con su nacimiento en un incierto 1919. Una fecha que ahora aparecía por doquier en decenas de productos comerciales, pero ausente de su verdadero significado, sea cuál fuera aquel. Ya nadie lo recuerda. Los hijos en los que depositó su confianza no supieron hacer gala de ello. No fueron dignos de tan alto premio. Como una madre vaciaba los cajones llenos de naderías de su hijo adolescente, así echaron al garete recuerdos, objetos valiosos, ficheros, documentos, banderas y trofeos, y si no los perdieron, los arrinconaron para hacer sitio a sus grandes culos y barrigas. Pasados los años, el abuelo tuvo una segunda juventud. Siendo ya muy mayor fue capaz de reverdecer laureles y cierta lucidez llenó su mirada, una mirada franca y pura que no se cruzó con ninguna similar proviniente de sus amados descendientes. Incluso en aquella edad de oro, el abuelo tuvo la salud suficiente como para mirar atrás y ver que su larga vida estaba llena de hitos y logros, caídas y victorias sucediéndose en una secuencia tan real como las de cualquier otra vida, pero siempre plenas y dignas de ser recordadas. Unas para ser tenidas en cuenta y evitadas, otras para ser repetidas. Un bagaje de orgullo y emoción imprescindible en cualquier vida que quiera llamarse plena.

Así que hoy, mientras, el frío me llega a la punta de los dedos y la noche del lunes es una broma pesada, pienso en el abuelo. En dónde encontrarlo, en dónde habrán ido a parar sus recuerdos más personales, si han sido expoliados, robados o lo que aún sería peor, simplemente olvidados. ¿Alguien se ha dado cuenta de a quién pertenecen en realidad?. Pienso si alguno de sus hijos más queridos es consciente de que una familia se hace grande o miserable no por el apellido que arrastra sino por las obras grandes o miserables que sus componentes llevan a cabo. Y pensando en mi hijo y en todos los hijos que serán, nietos, biznietos y tataranietos del abuelo, me pregunto, ¿para cuando podremos ver en la vitrina de casa del abuelo aquellos objetos y recuerdos que nos cuentan sus aventuras y desventuras? ¿Dónde estás, abuelo? ¿Quién tiene cautiva tu memoria, que es la nuestra?


Francisco García
Socio del Valencia CF
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dilluns, 13 de febrer del 2012

40 anys sense Vicente Peris

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Hui, quan es complix el 40 aniversari del tràgic traspàs del gerent del València CF Vicente Peris, tornem a publicar este article en el que voliem manifestar la nostra convicció en que un club com el nostre no pot oblidar les persones que han contribuit a engrandir-lo i dur-lo fins als nostres dies, que no poc prescindir d'eixe capital moral que representa la memòria. I ho fem també hui com a reconeixement a les últimes iniciatives del club, començant a tractar estos temes amb la necessària dignitat, com feu ahir en l'homenatge que li va retre al propi Vicente Peris davant la seua família.
Del “viejo” Casale al jove Peris

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Durant quasi 25 anys el retrat que il·lustra este post va presidir les oficines del pavelló social del VCF en el xamfrà d'Arts Gràfiques amb l'avinguda d'Aragó. Vicente Peris, el gerent mort a Mestalla el 13 de febrer de 1972 mentre el València CF li guanyava a l'Atleti un partit de màxima tensió per la mínima. Només tenia 48 anys i la seua mort va suposar un abans i un després. No sols pel drama personal i familiar; també per la fonda empremta que el seu sobtat adéu va generar en el valencianisme. La seua mort va precipitar la dimissió de Julio de Miguel i possiblement va impedir la consolidació d'un projecte esportiu de primer orde.

Sostenim que el VCF va aconseguir el seu màxim equilibri en eixe període de temps. Una etapa de maduresa social i esportiva en plena línia ascendent. La copa del '67, les tres finals consecutives i la lliga del '71 així ho confirmen. Però més enllà del palmarés, queda l'empremta dels detalls i la seua ressonància: el reconeixement internacional del club, la gira mexicana, els actes commemoratius de les Bodes d'Or, el programa prepartit, el rellotge del Gol Gran, les obres de la nova seu del club i la consolidació en l'imaginari popular de Mestalla com a escenari mític. En resum, una època on el VCF va estar a l'avantguarda del futbol espanyol en organització i iniciatives de qualsevol tipus, que veien la seua recompensa en una graderia sempre plena i en permanent ebullició.

Quan Peris ens va deixar nosaltres erem xiquets o encara no havíem nascut però vam créixer escoltant l'ona expansiva del seu llegat. I el que és més cridaner, el testimoni mil vegades enunciat que amb ell al comandament el VCF mai haguera descendit a segona divisió. Especulacions, cert. Però especulacions que van despertar una al·lucinada curiositat per l'absent. En totes parts, una rara unanimitat mostrava una figura sense fissures. Tots els detalls engrandien la seua memòria i l'empremta del seu treball. Un valencianista exemplar, deien.

Sempre hem pensat que en la lluita contra l'oblit, el record dels grans hòmens és el millor sosteniment per a fer masticable i quotidià el mite del VCF. L'anonimat ha sigut el gran valedor moral d'este club. L'anonimat dels seus milers i milers de seguidors. Les xicotetes i vibrants històries de supervivència i tenacitat. El club com a patrimoni sentimental. Però l'anonimat és una força invisible que necessita referents molt visibles. En eixe sentit, la història del València està obligada a llegir-se als ulls de l'impuls d'alguns hòmens crucials i les seues respectives biografies. Poderosament la d'estos tres: Luis Colina, Eduardo Cubells i Vicente Peris. No eren ni van ser presidents però el seu exemple i el seu testimoni és crucial per a entendre el solatge real del VCF com a entitat. Els tres van morir quan encara podien oferir grans servicis al club. I en el cas tràgic de Peris, al peu del baló. En els budells de Mestalla.

Sense ànim de paréixer necròfils és significatiu l'influx de la pulsió mort en el destí del VCF. La sobtada mort de Luis Bonora va accelerar la fundació del València FC en 1919. Per contra, la prematura defunció de Peris va suposar la fi del València clàssic. Un club sostingut sobre valors molt ferms que a partir d'eixe instant va caminar erràtic, sense un pla clar d'actuació. Salvat quasi sempre per la poderosa maquinària social que l'empara.

D'altra banda, resulta paradoxal la lleu distància temporal existent entre el 19 de desembre de 1971 i el 13 de febrer de 1972. A penes mes i mig. I una reflexió: el que separa la mort fictícia del “viejo” Casale en el Monumental de River Plate de la mort real del jove Vicente Peris a Mestalla és també el que separa la novel·la de la realitat. I no obstant això, el relat de ficció pareix imposar-se al fet obvi i notori de l'absència real. La sensació narrativa que l'arquetip literari val més que l'home pres de l'oblit.

D'ara en avant, seria desitjable que la foto retrat que il·lustra este post recobrara el seu protagonisme en les oficines del VCF, encara que ja no queden coetanis de Peris en les dependències administratives. Es fa imprescindible que les generacions presents i futures coneguen Peris i el que va significar per al València. És el mínim que podem fer per qui va ser exemple i testimoni de l'assumpció del club com a motor i emblema de la pròpia vida. No hi ha millor homenatge que perpetuar la seua memòria. Per una vegada, la metàfora sang, suor i llàgrimes diu la veritat.


Últimes vesprades a Mestalla

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dijous, 9 de febrer del 2012

Quique Moreno. In memoriam.

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A l'edat de 48 anys se'ns ha anat Quique Moreno Bellver. A molts eixe nom tal vegada no li dirà res. Però va ser jugador del València, CF. És cert, no va jugar molt, més ben poc, en les temporades en què va pertànyer en el primer equip. A penes 27 partits en les quatre temporades que va estar, sumant els seus partits oficials amb els amistosos. Amb eixos números no ha passat a la història del club, però sí que va passar a la meua història particular del València CF.

Era un lliure amb una classe i una elegància fora del normal. Deixeble avantatjat de Ricardo Arias. Li precedia fama de poc professional, dels que entrenar li agradava molt poc i molt probablement això li suposara la seua tan escassa participació com a futbolista del València.

Però va tindre el seu moment de glòria. En la nefasta temporada 82-83, mentres l'equip en la lliga anava donant tombs, directes cap a la segona divisió, a Europa la dinàmica era ben distinta. En la copa de la UEFA s'havia eliminat al Manchester United i al Banik Ostrava, no sense problemes, i en octaus de final ens havia tocat en sort el Spartak de Moscou.

L'anada a Rússia va finalitzar 0-0 amb un antològic partit de Jose Ramón Bermell, potser el millor que va fer com a porter valencianista.

Per a la tornada, entre setmana en horari vespertí, perquè es va jugar un 8 de desembre, festiu, Mestalla va registrar un gran ple. Jugant de blanc-i-negre, Solsona va avançar al València en la primera part amb un dretàs des de fora de l'àrea que va batre a Dasaev per tota l'esquadra. Un altre grandíssim gol per al record. Ja en la segona part, quan els russos xafaven l'accelerador, va arribar el moment de Quique Moreno. El seu moment. Va arrancar des de camp propi, i driblant a tot aquell que li eixia a l'encontre, davant de l'eixida del mític Dasaev li va batre per a col•locar el 2-0 i sentenciar l'eliminatòria. Eixe gol definia molt bé qui era Quique Moreno, un futbolista fi i amb una qualitat impressionant. Eixe gol és el culpable que un futbolista, la trajectòria del qual en el club no fóra ni la més brillant, ni la més destacada, passara a la meua història particular del València CF.

Valga este xicotet text per a rendir-li el meu més sincer homenatge.

DEP, Quique Moreno Bellver.


Jose Miguel Lavarías
Soci del València CF
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dilluns, 6 de febrer del 2012

Pena máxima

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La ejecución del penalti ha simbolizado en el universo futbolístico el alfa y el omega del juego, la suerte suprema y, en definitiva, todo un ritual metafórico, trasunto sobre el césped del baile entre la vida y la muerte. No en vano, abundan las traslaciones literarias y cinematográficas de este lance, el más poético del fútbol con diferencia.

La singladura del Valencia C.F. no ha resultado ajena a los avatares acaecidos desde el punto de penalti. Sin ir más lejos, el momento culminante de toda esta historia se produjo en aquella tanda milanesa que propició el duelo en la cumbre de dos gigantes de la escena: Kahn y Cañizares. Más allá del duro encaje de la derrota, abogamos por la revisión optimista de aquel desenlace. El tiempo y los triunfos venideros, sin margen para una frustración paralizadora, evidencian que nuestra divisa es vivir al día.

Y por ese filo de la navaja se deslizan las luces y sombras de una trayectoria cuajada de catarsis. Que se lo pregunten al Flaco Pellegrino, que meses después de fallar el postrer penalti en San Siro tuvo que convertir el más decisivo en el infierno de Celtic Park. O al Deportivo de La Coruña, al que nuestro reserva González le inoculó una maldición fatalista asociada a nuestro club.

Sin estos sinsabores, no concederíamos el valor suficiente a gloriosas paradas como la de Pereira a Rix en Heysel´80.

No obstante, del tiempo de la mercantilización galopante del fútbol a esta parte, se ha trivializado el arte del penalti; no así sus efectos, igualmente letales. A principios de los noventa, previamente a la introducción de toda la mercadotecnia relativa al fútbol-negocio, resultaba sencillo identificar a los lanzadores de penaltis de los equipos punteros. Esta seguridad iba ligada a un elevado porcentaje de acierto y rara vez marraban alguna pena máxima jugadores como Koeman o Garitano. Siempre pensé que figurar en el listado del entrenador como el especialista en la materia te eximía de la responsabilidad que la discrecionalidad y las arbitrariedades interponen entre el punto de cal y el guardameta. Con el tiempo, se ha ido imponiendo entre la doctrina la máxima de que debe patear el que mejor predisposición psicológica muestre, sin establecer tantas gradaciones a priori entre los favoritos. Indiscutiblemente, aunque no deberíamos soslayar las variables analítica y tecnológica, se fallan más penaltis que veinte años atrás. Incluso, futbolistas reputados como especialistas y que marcaron una época en sus clubes (Tamudo, Torres, Raúl), no destacaban por su infalibilidad en estas lides.

Pero volvemos a nuestro Valencia para incidir en que, precisamente nuestra mejor escuadra contemporánea, la que aleccionó Rafa Benítez, fue quizás la que erró más penaltis, debido al ejercicio coral de esta suerte. Como ejemplos de esta desdicha, aquella eliminación copera contra el Alicante, las dos penas máximas que el celtista Caballero atajó en el mismo encuentro a Baraja o el fallo de Rufete en las postrimerías de un VCF-Athletic de Bilbao, como frustrado desagravio tras su gol de Cardeñosa de la jornada anterior en Anoeta.

Afortunadamente, tenemos ejemplos recientes en los que rastrear la pauta del éxito. Como Gaizka Mendieta, que aprendió de Salenko a hipnotizar cancerberos, con unas brillantísimas marcas y un estilo heterodoxo, lánguido pero efectivo, como su carácter. David Villa también demostró una resolución implacable. Ambos se erigieron en la garantía que se precia en este crucial apartado.

Desde el prisma defensivo, Cañizares fue el último gran cerrojo, todo un dragón que acomplejaba al rival con su avasalladora personalidad. Otro de nuestros imprescindibles coetáneos, Zubizarreta, quedó siempre estigmatizado por no despuntar especialmente en esta disciplina. Sin embargo, Andoni, un tipo sereno y garantía de rendimiento, guardó para la afición tres hermosos regalos con doble de retranca en forma de penaltis parados: Klinsmann, Penev y Mijatovic.

Durante las últimas temporadas, ni César Sánchez, ni Moyà, ni Guaita nos han deparado la alegría de detener una pena máxima en partido oficial, así que hacemos votos por el dichoso estreno de nuestro guardameta autóctono y nos congratulamos por el final de este particular maleficio, felizmente roto por los felinos reflejos y la sangre fría de un Alves que aspira a seguir doctorándose desde los once metros a costa de nuestros contrincantes.

Entretanto, que los once metros nos sean leves.

Amunt València!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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