dilluns, 11 de maig de 2009

Campions de Copa a Mestalla. RCD Espanyol

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Una noche de mayo, en Mestalla

Debo ser de los pocos que vieron la jugada completa. No sé por qué giré la cabeza hacia la izquierda (si total era un saque de puerta) y entonces le vi. Estaba detrás de la portería atento al más mínimo detalle, arrancó desde la línea de fondo, esperó a que su ex compañero botara el balón y en ese preciso instante, metió la cabeza para robarle la cartera a quien hacía menos de un año había sido su portero, era en aquel momento su rival, y desde ese momento su enemigo manifiesto. Después sólo hizo falta un pequeño regate y empujar el esférico hacia el fondo de la red. Todo esto, que parece mucho, ocurrió en apenas 5 segundos. En ese breve espacio de tiempo Raúl Tamudo acababa de perder un amigo, mientras nosotros entrábamos en éxtasis. Era el 27 de Mayo de 2000, en Mestalla y nunca lo olvidaré.

Nací, me crié y crecí en un ambiente perico, sin fanatismos, pero muy espanyolista. Siendo un crío me llevaron a Sarrià y allí descubrí un mundo nuevo. Eran tardes de marcador simultáneo Dardo, de transistores pegados a las orejas, de ‘rico bombón almendrado’... Vivía convencido de que aquello era la normalidad, que Barcelona, España y el mundo entero eran sólo blanquiazules. Muy pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Ser del Espanyol supone sentirse forastero algunas veces en tu propia tierra, despreciado muchas más y ridiculizado casi siempre. Fuera de Catalunya ese problema no existe y dejas de sufrir las bromas de los compañeros, simplemente se te ignora o, como me ocurrió a mí al llegar hace 15 años a Valencia, pasas a convertirte en el bicho raro del grupo.

Habían transcurrido sólo 2 minutos y allí estaba yo, abrazado a mi buen amigo Fernando, ilicitano y también perico, en uno de los laterales de Mestalla. Sólo 2 minutos y ya ganábamos 1-0, dos minutos y una eternidad por delante. Ser del Espanyol conlleva asumir un grado de masoquismo extremo. Somos sufridores por naturaleza, la experiencia nos ha demostrado que el dicho:”poco dura la alegría en casa del pobre” en nuestro caso se cumple y, para muestra más evidente, la vuelta de la Final de la Copa de la UEFA de 1988: una ventaja de 3 goles a 0 desperdiciada en apenas 20 minutos. Ahora quedaban 88, ¡cómo no íbamos a estar nerviosos! Ni el hecho de que el Atleti fuera carne de Segunda ni de que hubiera llegado a esta Final de la Copa del Rey por descalificación del Barça en la semifinal nos tranquilizaban. Aun así, pero con muchos nervios, llegamos al descanso.

La Final del 2000 me pilló en una época de convulsa relación sentimental y después de un largo período de apatía futbolística. Era tal mi falta de motivación que, a pesar de la posibilidad de ganar un título, de tratarse del año del Centenario, y de que familiares y amigos se trasladaban a Valencia para presenciar el partido, ni siquiera había tenido la previsión de comprar una entrada. Y además necesitaba dos. Así que, cuando aquella mañana de sábado llegué a las taquillas de Mestalla y las encontré cerradas, el pánico se apoderó de mí. Deambulé como alma en pena por los alrededores del Estadio y ni siquiera encontré a los reventas, removí cielo y tierra, busqué entre todos mis contactos, quemé el móvil, incluso apalabré un pase con un viejo conocido, periodista de TV3, pero al final, casi a la hora de comer di con la persona adecuada. Pagué el precio justo, adquirí mis dos entradas, respiré aliviado y me enfundé la bufanda del Espanyol

La ubicación era casi perfecta, a media altura, frente a la grada principal de Mestalla, en una zona que podríamos considerar mixta, en la que nos encontrábamos mezclados con otros muchos ‘pericos’ y otros tantos ‘colchoneros’. El clima era de relativa cordialidad y respeto mutuo, pero quedaban 45 minutos y podía pasar de todo. Y pasó casi de todo. El Atleti salió a dejarse la piel y puso a prueba en más de una ocasión a Cavallero y a los nervios de los 23 mil espanyolistas desplazados a Valencia. Para más inri, en el minuto 77, nos quedábamos con 10 por expulsión de Nando y, de nuevo, el pesimismo que nos caracteriza se hizo más patente que nunca. Fueron los peores momentos, lo reconozco, el reloj parecía detenerse y no querer avanzar. Una vez más volví a pensar en todas las injusticias del fútbol y de la vida, y entonces, cuando todo presagiaba la desgracia, llegó el gol de Sergio y con él pareció acabarse el mundo. La rabia del eterno perdedor estalló de repente. Sólo el 2-1 consiguió enmudecer nuestras gargantas y apagar nuestros cánticos por unos instantes. Afortunadamente, era ya el minuto 90. Aquella noche de mayo, no queríamos abandonar Mestalla, tuvieron que echarnos de allí. Gritamos, reímos y también lloramos y mucho, porque éramos unos afortunados, porque pudimos vivir aquel momento después de 60 años sin títulos, porque nos dolía tanto (siempre nos dolerá, al igual que la de Glasgow) aquella final de Leverkusen, porque muchos de los nuestros se quedaron en el camino sin sentir jamás lo que nosotros estábamos sintiendo, porque aquella noche de mayo, en Mestalla, el mundo, mi mundo, volvía a ser blanquiazul.


Txema Millán
Periodista y Socio del Espanyol
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2 comentaris:

Anònim ha dit...

esa final la ví en tribuna. La segunda vez que estuve en tribuna. Iba con los pericos pero recuerdo que sobre todo iba de bajonazo. Fue 3 días después de palmar en Paris.

BT

Natxo ha dit...

Aquest article, de càrrega nostàlgica i autobiogràfica, em recorda aquell espanyol ofensiu i lluitador de la meua infantesa. Malgrat el meu barcelonisme, no he pogut evitar sentir-me un poc espanyolista i emocionar-me amb la teua descripció de diumenges amb transistor. No us heu de preocupar els pericos per ser "bitxos raros"; hui per hui, la distinció i la singularitat són molt valuoses.