dimarts, 25 d’agost de 2009

Mestalla Cotidiano

·
Por diversas circunstancias he tenido la suerte de divagar por Mestalla en muchas ocasiones ajenas a esa catarsis litúrgica que los valencianistas compartimos en cada encuentro como locales. He conocido, por lo tanto, otra realidad un tanto ignorada de nuestro estadio que también merece su cuota de evocación y homenaje en este espacio dedicado a la memoria del nostre lloc al món.

En primer lugar, cabe señalar que Mestalla es un estadio relativamente abierto y familiar en comparación con otros que he visitado y que impostan un ridículo esnobismo de raigambre provinciana. Esta cercanía se nota ya a partir de la conserjería, lugar desde el que Antonio, antigua gloria de nuestra sección de atletismo, te atiende solícitamente y con la mejor predisposición. Recuerdo otro conserje que trabajó en la oficina de la entrada a principios de siglo. Un hombre con gafas y pinta de llevar bastante tiempo en el club, rechoncho y achaparrado y que solía recibir con un talante de gruñón recalcitrante que no era más que un peaje con el que mostrar una autoridad que complementaba una personalidad realmente entrañable.

Esta estructura de plantilla familiar no equivale ni mucho menos a carecer de profesionalidad. Hombres como los anteriormente mentados son los que han hecho grande a nuestro club a base de trabajo y amor por los colores. Y ni lo primero ni lo segundo lo aseguran los figurantes con renombrados linajes y dudosas hojas de servicios con los que nos han obsequiado algunos de nuestros últimos dirigentes.

Pero sigamos con nuestro recorrido por el Mestalla de los días laborables o las vísperas de los partidos. Lo primero que llama la atención al franquear la conserjería es la suciedad que se apila sobre el cemento, pues no se limpia a conciencia prácticamente hasta que se vuelve a disputar un encuentro. Esta práctica resulta lógica si pensamos que en los días posteriores a los partidos se siguen acumulando desechos, por lo que la actividad principal de la semana posterior al lance consiste en acopiar los residuos que quedan por las gradas a los pies de las escaleras de acceso al graderío, con el fin de profundizar en la limpieza final más adelante.

Al igual que el contingente de limpiadoras, forman parte del día a día del recinto una cuadrilla que se dedica al mantenimiento del rectángulo de juego y otras zonas anejas. Bautizados popularmente como los pinta-rayas por algún amigo, ellos se encargan de verter la cal sobre las líneas que demarcan esa alfombra verde con la que desde hace años se identifica a Mestalla, gracias al cuidado del césped que procuran. Hacia el mediodía se puede llegar a observar incluso a un operario que deposita briznas de hierba en calvas estratégicas del terreno de juego para dotar a Mestalla de un aspecto más telegénico.

A veces decides adentrarte con mayor profundidad en los recovecos del estadio y descubres zonas insólitas, como un estrecho pasadizo que comunica la tribuna con el fondo norte, los diversos cuartos que han proliferado por las galerías (utensilios de mantenimiento, banderas oficiales para colgar durante cada encuentro, grupos de animación…) o una especie de pesebre secreto colgante que recae al deslunado de Joan Reglà.

Tampoco caerán en el olvido algunas expediciones furtivas por Mestalla, como aquellas meriendas de pubertad en las que soñábamos con nuestro vertical y majestuoso coliseo de esquinas colindantes con las tribunas, aprovechando los boquetes forzosos por las obras. Al final quedó como testimonio mudo de aquel Gran Mestalla utópico y postmoderno la grada solitaria, la que sólo se sintió amada y reconocida por el valencianismo cuando los héroes del 99 le ofrendaron la Copa más añorada.

Sobre las visitas más atolondradas y noctámbulas de los que alguna vez no se han conformado con el horario discotequero de algunos partidos sabatinos, con un poso de mala conciencia por la profanación del templo, correremos un tupido velo, ya que este blog también lo leen niños.
Las zonas más altas y nuevas del campo recuerdan a un palomar recubierto por unos excrementos que, por su tamaño, más bien podrían ser de albatros. Por esas latitudes me crucé en una ocasión con un empleado que resultó ser el alpinista. Dada mi ignorancia sobre tal oficio pronto comprobé que el tipo se dedicaba a solucionar incidencias relacionadas con el videomarcador.

Paseo por las galerías de Mestalla e inevitablemente piso mis propios recuerdos. Como si de un yacimiento arqueológico se tratara, aparecen superpuestos bajo mis Adidas estratos de pintura que deletrean pancartas que me hacen recorrer las últimas quince temporadas de la historia de nuestro estadio y de nuestro club. Lemas reivindicativos, de celebración, críticos, animosos, literarios, sarcásticos y hasta epitafios… Palabras más, palabras menos, una genealogía jeroglífica con la que documentar las vivencias y las ilusiones de sucesivas generaciones de hinchas valencianistas.

Personalmente, prefiero un estadio cuyas gradas soporten con sus pros y sus contras el peso de la historia del club y las experiencias de su hinchada. Un espacio de anhelos comunes que, cada uno a nuestra manera, hemos hecho propio en base a nuestras peculiares formas de vivir el valencianismo. Difícilmente podremos aspirar a ello en recintos asépticos e impersonales que alienan cualquier atisbo de singularidad, pensados para el consumidor acrítico y para faraónica gloria de políticos-constructores y no para los que queremos vivir el fútbol apostando por modelos tradicionales y sostenibles que, desde luego, no concuerdan con la americanización y la inversión de valores a la que irremisiblemente nos llevan los nuevos jerifaltes del stablishment político-inmobiliario-mediático.

En nuestra mano está dignificar Mestalla en sus últimes vesprades.

A pesar de que los dirigentes de los clubes cada vez tienen menos en cuenta a la afición, el peso de la hinchada en el nuevo estadio sólo podrá mantenerse si sabemos hacer valer nuestra condición de jugador número doce durante la vida que le quede a Mestalla.

Languidecer en la faceta absentista que se observó la pasada temporada equivale a firmar un coma irreversible por anticipado.

¡Homenajeemos de la mejor manera a Mestalla y a sus gentes, vivamos cada partido en el estadio de nuestras vidas como si fuera el último!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
·

4 comentaris:

Anònim ha dit...

Pedazo afoto. Gran post.

Yo creo que comprendí el hilo de la película aquella tarde de 1996, previa al Valencia-Español del gol de Arroyo, en que el hermano de Bonilla cagó en un water de la numerada. Me pareció un momento cargado de simbolismo y rutina poética. Cagar en Mestalla. Porque hablar de sexo no toca...

BT

abiyu ha dit...

Mestalla, un templo sagrado.
Y el nuevo Mestalla la nueva Catedral Moderna, sin rito, sin liturgia, sin acabar!!!!!
Por favor que respeten el proyecto arquitectónico del nuevo estadio, si no va a ser así, mejor nos quedamos 10 años más en Mestalla hasta que se pueda realizar el estadio prometido.
No seamos cutres!

Anònim ha dit...

Ahí está la sagrada familia y nadie dice nada.

BT

Anònim ha dit...

No son muchas las ocasiones que ví entrenar al Valencia en Mestalla en los años 60, entonces no existían los campos de Paterna, pero me va por la cabeza que las gradas presentaban un aspecto bastante pulcro. De hecho nada más acabar el partido se empezaba a recoger la almohadillas y apilarlas. Hace dos o tres temporadas entré una mañana en busca de un objeto perdido, unas gafas. Fue una experiencia casi mística, conocida de otras décadas. Un tour entre montones de basura amontonados entre escaleras. ¡Vaya cantidad de mugre hacemos en un partido y eso que actualmente no te dejan entrar naranjas ni botellas!

Alfredo Cadona